Filología


Los humanos, como todos los seres vivos, nacen, crecen, se reproducen y mueren, actividades que siempre se citan por orden cronológico, que no de importancia. La reproducción, es decir, la copia, ha sido siempre una de las ocupaciones a las que el hombre ha dedicado más tiempo y esfuerzo, incluso hoy día, aunque pensemos lo contrario en esta época trufada de estrés y anticonceptivos. Realizamos copias de nosotros en la cama, y de los objetos en la fábrica, la oficina o el ordenador doméstico. La naturaleza se copia a sí misma en forma de semillas, ovejas o tomates, y nosotros copiamos de ella merced a los clónicos y trangénicos. Son imprescindibles las copias cuando reclamas a la Administración, cuando pagas tus impuestos, cuando contratas la hipoteca o alquilas un triciclo; y necesarias para salvaguardar los poemas, mensajes o fotos poco recomendables que recibes con errática frecuencia de un ser querido. Aquello que carece de copia alcanza un valor incalculable y es insustituible, de cuya importancia sólo nos damos cuenta cuando perdemos el original y no tenemos nada para reemplazarlo; por ejemplo, la ubicua anécdota de que se nos estropea el disco duro del ordenador, y olvidamos con horror la última vez que realizamos una copia de seguridad. De modo que una preocupación primordial de los hombres ha sido siempre hallar el modo de realizar copias rápidamente. Gracias a los robots industriales, las regrabadoras de DVD y las fotocopiadoras, lo que antes se hacía a mano, de manera lenta y penosa pero a la vez con cariño e incluso vocación artística, ahora se realiza en serie con gran celeridad: millones de personas ganan su sustento fabricando copias de anillos, tornillos, ladrillos o cigarrillos, o vendiéndolas en negocios estables o improvisados en torno a una manta sobre la acera. Nuestra sociedad gira alrededor de la copia, con los beneficios económicos y los problemas legales que suscita; se ha convertido en una actividad esencial en nuestras vidas, por lo que es justo que dediquemos unas líneas a explicar su etimología.

 

De la antigua raíz indoeuropea op- “trabajar, producir, obtener” nacieron en latín un buen número de palabras: una de ellas fue opus obra, trabajo”, es decir, la acción de trabajar, de la cual hablaremos largo y tendido en algún año bisiesto; pero hoy nos concentraremos en ops, opis, (que no hay que confundir con el griego ops, opos, “ojo”, y por extensión, “rostro, semblante”, como en kyklos ops “ojo redondo” > cíclope), cuyo significado original era “recurso, producto, bien”, lo que viene a ser el resultado del trabajo que realizamos en el opus. Como ya sabrán, en tiempos antiguos el trabajo fundamental para ganarse, nunca mejor dicho, el pan estaba relacionado con la agricultura y sus labores anejas, tales como la siembra o recolección, de manera que ops concretó en un principio su significado en “fruto de la tierra”. Y fue con esta acepción con la que nuestra palabra adquirió rango divino encarnada en Opis, también llamada Rea y Cibeles, diosa de la tierra fértil en tanto que madre de todos los frutos, y a quien se adoraba para pedir abundancia de cosechas.

 

Sin embargo, cumpliendo el destino habitual de las palabras, no tardó en generalizarse fuera del ámbito agrícola, de suerte que opes, el plural de ops, pasó a significar “abundancia de recursos, riqueza de bienes”, e incluso “generosidad, largueza”. Porque una constante de todos los tiempos ha sido que los ricos u opulentos, es decir, los que poseen abundancia de recursos u opes como los flatulentos abundan en flatos y los purulentos en pus, son los más preocupados por mantener las apariencias ante sus súbditos y sobre todo sus iguales. De manera que la honra, la imagen que diríamos ahora, les exige hacer continua ostentación de su generosidad en un banquete opíparo < opi parere “proveer, producir, llevar”, que es lo mismo que decir “que lleva riquezas”, o sea, “bien provisto de viandas”, y de ahí el sentido moderno de “abundante, magnífico, espléndido”. Tal gargantuesca actividad, como es evidente, vaciaba por completo los tesoros de los potentados, pero a cambio les permitía conseguir apoyos en la guerra o los negocios, con lo que recuperaban las riquezas gastadas y podían reafirmar su estatus en un nuevo festín. Todas estas acepciones relacionan a nuestra palabra con la bondad tradicional. Y al igual que vimos que los bienes que atesora convierten al buen señor en alguien poderoso y fuerte, capaz de brindar ayuda y protección a sus fieles súbditos, ops adquiere en primer lugar el significado de “fuerza, poder”, y a partir de ahí el de “ayuda, auxilio, asistencia”; y éste es el significado de opitulación, una palabra que no les sonará de nada pero que pueden consultar en el diccionario, y que procede de Opitulus < opi tulere, “llevar la ayuda”, es decir, “el Auxiliador”, uno de los múltiples apelativos del dios Júpiter.

 

En esos festines de los que hemos hablado, y de los que hay extensa constancia en los poemas homéricos, los héroes reafirmaban su amistad intercambiándose regalos, que a su vez habían obtenido como obsequio de otros grandes personajes, o como despojo en sus incursiones predatorias. Y pasaban días enteros narrando y escuchando hazañas de cuando la guerra se libraba en forma de peleas individuales, antes de que la falange y la legión los uniformara a todos en un ejército anónimo. Como recuerdo de aquellas gestas individuales, los latinos instituyeron la tradición de los spolia opima, que eran las armas y demás efectos que un general romano arrancaba del cuerpo de un comandante enemigo al que había matado en combate singular, y que luego depositaba en el templo de Júpiter, no Opítulo, sino Feretrio. Debido a gran dificultad en obtenerlos, procuraban inmensa fama y prestigio al vencedor, y eran considerados los trofeos más preciados, los mejores, los óptimos. Pero no por ello hay que decir erróneamente spolia optima, ni confundir opimo con óptimo, como suele ser frecuente. Porque opimo, que no ópimo, es un adjetivo que significa “rico, abundante, fértil”, pero también “graso”, y que según algunos deriva de ops, aunque muchos otros no están de acuerdo y lo consideran de origen desconocido; tal vez un préstamo de otra lengua, cuyos antecedentes se remonten incluso a la misma raíz indoeuropea op- “trabajar, producir”, aunque por otras vías. Por lo que respecta a óptimo, aunque se utilice como superlativo de bueno con el sentido de “excelente, el mejor”, no es ése su significado original. La gran mayoría de expertos se inclina por considerarlo un superlativo derivado de la misma palabra ops, y significaría “el más rico, el más fuerte”, pero esa teoría presenta varias objeciones: ops no es un adjetivo, con lo que difícilmente podría producir un superlativo, y en caso de serlo, lo normal sería opissimus, o aun mejor, opulentissimus, que es el término habitual. De modo que cobra fuerza la posibilidad de que óptimo sea un arcaísmo o un préstamo de otra lengua, formado por el adverbio indoeuropeo op u opi (cuyos significados se han transmitido al latín ob “delante de”, y de ahí “en contra”, y sobre todo al griego epi “sobre, encima”), al que se añadió la desinencia arcaica -timus propia de algunos superlativos adverbiales. Con lo cual, el aútentico significado de óptimo sería “el que está en lo más alto”, tal como se puede ver en la expresión legal optimo jure cives, “ciudadano de más alto derecho”, o dicho en jerga leguleya, “ciudadano de pleno derecho”; o en otro más de los apelativos de Júpiter, Óptimo Máximo, que es lo mismo que “el más alto y el más grande de los dioses”; o también en los optimates, la aristocracia conservadora, que aunque se traduzca como “los mejores”, se refiere propiamente a “los de la clase más alta, los que están por encima de todos”. En resumidas cuentas, spolia opima significa literalmente “rico botín, ricos despojos”, expresiones que se siguen empleando en las crónicas militares y épicas, pero no por ello son óptimos en el sentido de los más elevados, aunque llegaran a convertirse en los más honorables.

 

Si ops es la abundancia de recursos, como hemos dicho, y también la fuerza y el auxilio, la negación de ops, es decir, la in-ops > inopia, es la falta absoluta de recursos, o sea, la miseria e indigencia del que carece de lo necesario para vivir. Esta es la acepción que tiene esta palabra en todas las lenguas romances, incluido el castellano de América, pero en España se contaminó en la expresión estar o vivir en la inopia, que como es obvio significaba “vivir en la extrema pobreza”. Pero una característica del indigente era que vivía al margen de la sociedad, aislado de todo contacto con el mundo civilizado, de forma que no se enteraba de lo que sucedía en éste. Y fue así cómo estar en la inopia perdió su significado original y pasó a equivaler a estar en Babia, es decir, tener la mente absorta en un lugar tan apartado que no se da cuenta de lo que sucede alrededor. El paso siguiente fue aislar inopia del resto de la frase y pasar a significar “ignorancia” o “ensimismamiento”, hasta el punto de que actualmente se puede dar por obsoleto su sentido inicial de “penuria”. Y es que a la pobreza siempre le sigue la ignorancia, como podemos comprobar hoy día por el número de alumnos en las escuelas del Tercer Mundo.

 

¿Y vive usted en tan completa inopia que se ha olvidado de hablar de la copia?, me preguntarán impacientes. Calma, que tras estos largos antecedentes llegamos por fin a nuestro destino. Les presento a cum > con, una preposición que ya conocerán de sobra con el significado de “unión, compañía”, y que unida a ops pasó a ser una intensificación de ésta. De manera que co-ops, la copia, significa literalmente “abundancia de recursos, gran cantidad de bienes”, es decir, lo mismo que opes, al que acabó por suplantar. Incluso la diosa Opis, la madre tierra, se vio relegada por Copia, la diosa de la abundancia y luego identificada con la Fortuna, que llevaba consigo un gran cuerno del que brotaba gran cantidad de frutos y flores: la cornu copiae > cornucopia, el Cuerno de la Abundancia, con el cual la cabra Amaltea alimentó a ¿adivinan quién?, pues al jovencito Júpiter, de quien no hay forma de despegarnos en esta historia. Y siguiendo con la suplantación, así como opes, plural de ops, significaba originariamente “recursos”, el plural de copia, copiae, pasa a la lengua militar como sinónimo de intendencia, es decir, los recursos en hombres, armas y demás pertrechos para la guerra. Pero copia también logró suplantar a ops: de igual forma que, como ya vimos, esta palabra acabó significando “fuerza, poder”, copia se desliza hacia el poder entendido como facultad o posibilidad de hacer u obtener algo. En el latín medieval nos la encontramos en frases en las que equivale a “licencia, permiso”, como en copiam de scribendi facere, “dar permiso para transcribir”, relativo a los legajos que podían ser reproducidos por los amanuenses en el monasterio. Se fijarán ustedes en que, si bien en aquella época aún no existían los derechos de autor, sí estaban muy presentes los de reproducción, sólo que entonces a cargo de la Iglesia y no la SGAE. De manera que copia pasó a significar “derecho de reproducción”, y sólo fue cuestión de tiempo que, por metonimia, concretara su acepción moderna de “transcripción” al copiar al dictado, “reproducción, imitación” o “ejemplar”.

 

Huelga decir que nadie emplea copia con su sentido original, si bien lo conserva el diccionario y por tanto pueden recurrir a él para epatar a sus amigotes. La impresión que causarán será óptima si combinan esa acepción con algunos derivados de copia que aún la mantienen. Por ejemplo, copioso, que como deberían saber significa “abundante, cuantioso”; o acopiar, que significa propiamente “hacer copia, hacer cantidad”, y de ahí “juntar, reunir en abundancia alguna cosa”. Así que no se queden en la inopia y corran a hacer acopio de copias de esta etimología: les espera un opíparo banquete surtido de copiosas viandas a cargo de la asombrada concurrencia, y quién sabe si al final los spolia opima depositados a los pies de su cama.

 

 

Es paradójico que los elementos constituyan un tema sumamente complejo, y que el modo de explicarlos resulte bastante complicado en vez de elemental. Sería tentador desdeñar las dudas con el mítico “elemental, querido Watson”, pero lo cierto es que siempre reaparece el fantasma del insigne Eugenio D’Ors: “¿Está suficientemente claro? Pues bien, ¡oscurezcámoslo!”. Quizá el problema radique en que, por muchos títulos de los que hagamos gala, seguimos teniendo una capacidad expresiva propia de estudios elementales: desconocemos muchas palabras, nos repetimos como tartamudos, perdemos el hilo del discurso, damos rodeos en vez de ir al grano, y lo acabamos enrevesando todo. ¿Hablamos del lector o del escritor? Juzguen ustedes mismos.

 

Para empezar a complicar los elementos, vamos a hablar de una raíz que no tiene ninguna relación etimológica con ellos: la indoeuropea steigh-, “caminar, andar, paso”, que ha experimentado una evolución muy curiosa; en unas lenguas se fijó en el acto concreto de andar, que incluso derivó a significados como “llegar”, “atacar” o “cabalgar”, pero en otras se fijó en aquéllos que andaban. Por ejemplo, en griego produjo el verbo steicho, que alteró el significado original cuando se trasplantó al modo de andar de un grupo de personas: si son ustedes una pandilla que se dirige al bar pueden hacerlo como deseen, en parejas, por separado, u ocupando toda la acera; pero si son soldados, los que hicieron la mili recordarán cómo les enseñaron a marchar en formación, es decir, en una o varias filas, uno detrás de otro. Este sentido militar, de avanzar en líneas ordenadas, fue el que prevaleció al final en el verbo steicho.

 

Por su parte, en las lenguas germánicas, la raíz también se fijó en el acto de andar pero sobre todo hacia arriba, sin importar el orden en que se hiciera, y de ahí nació el verbo steigen “marchar, ascender”. De él derivaron palabras que se fijaron en lo andado, es decir, el sendero, pero impregnado del sentido ascendente del verbo. Es el caso del anglosajón staeger, del cual procede el inglés stair, cuyo significado original es “cuesta arriba”, en especial por una pendiente abrupta que exige apoyarse en escalones naturales, y de ahí el significado actual de “escalera”. Esta referencia al sendero nos lleva a una palabra latina cuya etimología no está nada clara: vestigium -> vestigio. Su significado original es “pisada, huella del pie”, y en principio se aplicaba a la que dejaban animales y hombres en el sendero, si bien ahora se ha extendido a todo rastro material o intelectual que nos indique la presencia en el pasado de alguien o algo. Es posible que -stigium sea el modo en que la raíz steigh- pasó al latín con el significado de “paso”, pero no es seguro, y sobre todo, se desconoce el origen de ve-. Algunos sugieren que sería una aliteración de best-stigium, “paso de bestia”, pero hay que tener en cuenta que bestia se aplicaba inicialmente a los animales salvajes, y sólo después pasó a los bueyes y demás bestias de carga. La explicación que más me convence es la que la hace derivar de ver-stigium, y éste a su vez del verbo verre, que significa “barrer” pero originariamente “arrastrar por el suelo, dejar surcos”: de modo que verstigium significaría “paso arrastrado, paso que deja surco o huella”. Pero sigue siendo una elucubración y no existe ningún fundamento sólido para darla como válida; incluso es posible que stigium proceda de stingium < stingere “pinchar, marcar”, o de stringium < stringere “cerrar, estrechar”, como se piensa que ocurre con fastigium > fastigio y praestigium > prestigio, palabras que en principio no tienen ninguna relación con la raíz que nos ocupa. En todo caso, supongo que ya sabrán que investigar < in vestigare significa “coger los vestigios”, es decir, buscar huellas, aunque ahora sean las de las manos más que las de los pies.

 

Es tiempo de reincorporarnos a la fila de soldados griegos que dejamos marchando al final del primer párrafo. La columna que avanza en línea tiene que detenerse una vez llega al campo de batalla, pero a fin de ser efectiva debe mantener esa misma formación. Así que del verbo steicho nació el sustantivo stichos, con el significado de “línea de soldados de la falange”, pero que no tardó en generalizarse a una línea o hilera compuesta de cualquier cosa, fuesen niños de excursión, árboles junto al camino o baldosas en el suelo. Sin embargo, el sentido que acabó por prevalecer fue el de “línea de escritura”, es decir, “renglón, verso”, del cual hay varios derivados en poesía. Por ejemplo, en la poesía grecolatina eran muy habituales las miniestrofas de dos versos, por lo general un hexámetro seguido de un pentámetro: esa composición se llamaba dístico < distichos, formado a partir del adverbio dis “dos veces”. Otra composición, que conocerán los aficionados a los anagramas, consiste en una sucesión de versos, cuyas letras situadas en los extremos, sea el inicio o el final, forman un vocablo o frase: son los acrósticos < akrostichos, que incluye akros “extremo”. Y por último, cuando un verso es muy largo se suele dividir mediante una pausa o cesura en dos mitades, cada una de las cuales se llama hemistiquio < hemistichion, de hemi “medio, mitad” y stichos “línea, verso”.

 

Debido a que, como hemos dicho, stichos concentró su significado en “línea de escritura”, se hizo necesario un nuevo sustantivo que mantuviera el significado de “línea ordenada en general”. El elegido fue stoichos, una variante dialectal del anterior, que no tiene ninguna relación con stoikos > estoico: esta palabra deriva en realidad de stoa “columnata, pórtico”, procedente de una raíz que significa “estar quieto, firme, estable”; el motivo es que Zenón de Citio, el fundador de la doctrina, daba sus lecciones bajo un pórtico de Atenas. De stoichos nació otro verbo, stoicheo, que regresó al sentido original de “marchar en línea ordenada”. Fue muy empleado posteriormente en el griego eclesiástico, donde adquirió el sentido moral de “proceder según un orden”, y de ahí “vivir, marchar en la vida según un orden o una regla”; lo que hoy llamaríamos “línea de conducta”, que en su caso era la ética cristiana. Pero no nos adelantemos, porque lo más importante es que, así como stoichos fijaba su significado en la línea continua, un derivado suyo, stoicheia, volvió a fijarse en que toda línea está formada a base de puntos. Desde este punto de vista, una línea es una serie o sucesión de componentes, que como ya hemos dicho podían ser soldados, árboles, baldosas o incluso las palabras que forman un verso. Pero todos estos componentes están formados a su vez de otros, hasta que por fin llegamos a los componentes básicos, primordiales, originales. Stoicheia pasó a entonces a significar “serie de componentes básicos”, y de ella derivó el sustantivo stoicheion, “componente básico de una serie”: por ejemplo, los números que conforman las matemáticas, las notas que conforman la música, o las letras que conforman el lenguaje.

 

Si todo esto les parece un rollo, esperen a que nos metamos en harina filosófica. Verán, los primeros pensadores griegos discutieron sobre cuál podría ser el componente primordial de toda la materia: para Tales era el agua, para Anaxímenes el aire, y para Heráclito el fuego. El filósofo Empédocles cortó por lo sano, y decidió que todos ellos eran los principios básicos, a los que sumó un cuarto, la tierra. El nombre que les dio fue rhizoma, “raíces”, a partir de los cuales crecían y se desarrollaban todas las demás sustancias y organismos. Aristóteles integró en su pensamiento esta teoría de los cuatro componentes o esencias básicas (a los que añadió una quinta, el éter, que sería la más pura e intangible, y en última instancia origen de todas las demás), pero sustituyó rhizoma por el ya visto stoicheion. También Euclides empleó la misma denominación en su tratado sobre los principios básicos de la geometría. Cuando todas estas obras fueron traducidas al latín, el nombre que se escogió como equivalente a stoicheion fue elementum > elemento.

 

Ustedes se preguntarán: ¿tanta verborrea sobre una raíz que no tiene ninguna relación con la palabra de la que trata el artículo? El caso es que la explicación es bastante elemental: como nadie tiene ninguna certeza sobre la etimología de elemento, vamos a intentar descubrirla a partir del origen y evolución de la palabra griega equivalente. Como ya hemos dicho, el stoicheion designaba el elemento básico de una serie, pero antes de Aristóteles había dos series a las que los pensadores prestaban mucha atención: los sonidos musicales y los sonidos vocales, que por muchas combinaciones que permitan, en última instancia forman una lista muy reducida. Así como los pitagóricos pugnaron por desentrañar los fundamentos matemáticos de la música, los primeros gramáticos trataron de clasificar los sonidos básicos de su respectiva lengua. Una vez aislado cada sonido, pudo ser fijado en el cerebro para aprender a pronunciarlo correctamente, y luego trasladado a la escritura en forma de letra: había nacido el alfabeto fonético, mucho más fácil de aprender que los alfabetos silábicos e ideográficos anteriores. De este modo, aparte de “componente básico”, stoicheion se empezó a utilizar como sinónimo de “letra del alfabeto”; y stoicheia, aparte de significar “serie de componentes”, pasó a equivaler a “alfabeto”. Es en este punto cuando entra en escena el elementum.

 

Aprender el alfabeto no era propio de analfabetos, es decir, los que no sabían leer ni escribir, y por tanto no tenían necesidad de recitarlo de memoria. Pero los aprendices de escriba se veían obligados a realizar infinidad de ejercicios, copiando una y otra vez las letras sobre tablillas de madera o arcilla. Ahora bien, no escribían las letras como les apetecía, sino siguiendo un orden que ha permanecido casi inmutable desde que los fenicios idearan el alfabeto. Y como la lista de letras es larga, se han conservado muchas tablillas en diversas lenguas que muestran que se escribía en dos líneas: la primera va de la A a la K, mientras que la segunda va de la L hasta el final. Y es aquí donde florecen las elucubraciones, y surge la teoría de que, como el alfabeto se aprendía en dos series, al final se consideró que no había uno sino dos alfabetos, cuyo nombre derivó de las primeras letras de la serie: como la primera serie comenzaba por A, B, G (cuyo sonido y forma pasó en latín a C), se llamó AbeCedarium > abecedario; mientras que la segunda, que comenzaba con las letras L, M, N, se llamó eLeMeNtarium > elementario. Y cuando volvió a considerarse el alfabeto como una unidad, no se le denominó a partir de la primera serie, como hacemos ahora, sino de la segunda; por el contrario, las letras nunca se denominaron abecedum, sino elementum. Y fue así como elementa (plural de elementum), la serie alfabética, pasó a denominar toda serie de componentes básicos, y por eso fue escogida para traducir stoicheia; mientras que el elementum, la letra, se convirtió en la partícula fundamental, el abecé de todas las cosas, el stoicheion.

 

Aunque encierra una cierta lógica, y no es fruto de ningún charlatán sino de especialistas serios, la verdad es que a mi parecer esta teoría suena a etimología popular. Es cierto que elementum significó “letra”, y elementa “alfabeto”, y elementarius “relativo a las letras, al alfabeto” (de donde deriva estudios elementales: aprender los elementos, es decir, a leer y escribir las letras), pero está por ver si ocurrió antes o después de que se les considerara sinónimos de stoicheia y stoicheion. Por muchas tablillas de ejercicios donde figure separado en dos renglones, no existe ninguna evidencia de que el alfabeto no se considerara una sola unidad, ni de que a la segunda serie se le llamara elementarium. Ni se explica por qué en ninguna otra lengua que use un alfabeto derivado del fenicio se ha hallado ninguna palabra que juegue también con las letras L, M, N (por ejemplo, si en griego existe alpha-bet, ¿por qué no existe lambda-my?). Se me antoja una explicación forzada para hacer encajar las piezas, que en todo caso es indemostrable. Es posible que elementum proceda de la elisión de algún verbo, como es el caso de momentum < movimentum < movere, o frumentum < frugimentum < frugire. Tal vez fuese el verbo eligere “elegir, escoger”, cuyo participio es electus, pero en ese caso la derivación lógica sería eligimentum > elimentum; aparte que no vemos ninguna relación semántica con “componente básico de una serie”. O podría proceder de elevare “elevar, alzar” > elevamentum, que muy figuradamente podríamos relacionar con “componente del que se eleva o desarrolla la materia”; pero aquí nos encontramos con la seria objeción de que los verbos de la primera conjugación siempre conservan la -a- en los compuestos y derivados, y no podría elidirse a ele(va)mentum. Incluso hay quien apunta a que podría ser una aliteración del ya visto alimentum > alementum > olementum > oelementum > elementum, y significaría que los elementos serían el alimento que nutre y hace crecer toda la materia; pero resulta una transformación muy brutal y sin parangón. En suma, estamos dando palos de ciego, y quizá la explicación más lógica (y fácil) sea la que hace derivar elementum de algún préstamo desconocido de otra lengua, por ejemplo el etrusco.

Así que ya ven: hemos derrochado decenas de polísticos, “muchos renglones”, así como todas las letras del abecedarium y del elementarium, para concluir que seguimos tan confusos como al principio. Ni siquiera hemos avanzado según una línea ordenada, sino que hemos desertado de la formación en varias ocasiones para plantar nuestros vestigios allá donde nos daba la gana. Los elementos no son un tema elemental, y lo hemos complicado más de lo que ya estaba.

 

Al hablar de etimologías, continuamente mencionamos que las palabras van cambiando con el transcurso del tiempo, una vocal se convierte en otra, una consonante se transforma en otra muy diferente, algunos sonidos desaparecen, las sílabas se juntan y se fusionan… De apotheke pasamos a bodega, de femina a hembra, de coculus a populus > pueblo… y ustedes lo aceptan como niños buenos y ciudadanos de progreso; si el enterado éste lo dice, pues será verdad. ¿Pero lo entienden realmente? ¿Comprenden cómo pueden producirse esos cambios fonéticos, a veces tan increíbles y, si lo pensamos bien, casi imposibles?

La ortografía castellana se considera una de las mejores del mundo por su sencillez: cada letra representa un sonido, y si representa a más de uno las reglas están perfectamente definidas. Ustedes leen “t” y la pronuncian como “t”, leen “a” y es una “a”, leen “que” y ya saben que se dice “ke”… Por esa razón es relativamente fácil para los extranjeros aprender a pronunciar nuestras palabras (otro asunto es la gramática, que no vean cómo sudan para memorizar y aprender a utilizar nuestro gran número de formas verbales), pero tiene su contrapartida: a nosotros nos resulta bastante más difícil hablar correctamente otras lenguas.

Una de las claves es nuestro sistema vocálico: sólo tenemos cinco vocales, lejos de las siete del catalán, las doce del húngaro, el caos del inglés… Hemos aprendido algunas reglas mnemotécnicas: por ejemplo, si leemos wake pronunciamos “weik”, si leemos side decimos “said”, cuando en realidad en ambos casos la “i” debería ser muy suave. ¿Pero cuántos de ustedes saben que that sad man had a mad cat no se pronuncia como se lee, sino thæt sæd mæn hæd æ mæd cæt? El dígrafo “æ” representa un sonido que no es ni “a” ni “e” ni “ae”, sino un punto intermedio entre los dos, parecido a la “e” átona del catalán mare, que los alemanes transcriben como “ä” y los romanos, originariamente, escribían en el genitivo, “rosae”.

Esos sonidos intermedios, de transición, son la clave de la transformación de las palabras. El concepto “de transición” puede inducir a error, puesto que en su origen no eran tales, sino que las primitivas lenguas poseían decenas de sonidos muy parecidos, que se han ido perdiendo, fusionando o transformando por un proceso universal de simplificación fonética. El lenguaje oral busca la sencillez, el apresuramiento se come lo que considera superfluo, acorta el número de sílabas, las consonantes chocan de un modo que ya no se puede pronunciar de manera fluida, y el hablante busca el camino que le resulta más fácil. Pero cada uno emprende una senda diferente del vecino, imita la forma de hablar de las personas que le rodean; y en una época sin escritura, sin medios de comunicación, sin apenas movilidad geográfica, su mundo se reduce a su familia, su aldea, el mercado donde entabla contacto con gentes que viven a dos días de distancia… Los sonidos se convierten en perfectamente normales para unas lenguas, mientras que para otras se vuelven raros, impronunciables, y deben buscar alternativas. Un proceso lento pero progresivo e inexorable, del que quedan rastros en las lenguas emparentadas.

Antiguamente, casi todas las lenguas tenían vocales cortas y largas, que eran la misma pero pronunciada durante una fracción de segundo más larga: a -> aa, e -> ee… Tenemos ejemplos de ello en el griego clásico, que diferenciaba la omicron (o pequeña, o corta) de la omega (o grande, o larga), así como la epsilon (e breve) de la eta (e larga). El griego moderno, sin embargo, ha suprimido esa diferenciación, y ambos tipos de e y de o se pronuncian igual, y sólo se distinguen a efectos de ortografía (como nosotros con la b y la v). El latín poseía la misma diferenciación fonética, que no ortográfica, puesto que sólo tenía una única letra para ambos tipos de e o de o; pero durante el latín tardío al vulgo le resultaba complicado pronunciar las vocales largas, y la solución que dio fue cambiar la pronunciación, de forma que una o se acercó a la u, y una e se aproximó a la i. Al castellano esas nuevas vocales se le antojaban impronunciables, y las dividió en diptongos: oe -> ue, ie; en cambio, el catalán y el galaicoportugués las conservaron tal cual, y por eso tienen siete vocales. Por su parte, el alemán y el inglés siguen conservando las vocales largas, lo mismo que el finlandés; el húngaro convirtió la e larga en una mezcla de e-i, etc. Cada lengua escoge su propio camino.

Una a es una a, y una o es una o, ¿verdad? Pues no, señor, muchas lenguas las agrupan en un único sonido, y sólo las diferencian cuando reciben el acento tónico. Por eso el inglés God se pronuncia [goad], pero como es un sonido raro a nuestros oídos decimos [god] o, si nos damos ínfulas de angloparlantes, pasamos a la ultracorrección [gad]. Lo mismo sucede con does [doas] o done [doan]. El aparente absurdo fonético del inglés obedece a que su alfabeto limitado, herencia del latín, es incapaz de representar todos esos sonidos de transición, además de las vocales largas, que ha recibido del germánico y del francés, y tiene que hacer malabarismos, y en última instancia esperar que sus hablantes recuerden la pronunciación de cada palabra. Y es que los alfabetos pueden ser una maldición más que un beneficio: los eslavos tuvieron que inventar uno nuevo, el cirílico, para representar sus extraños sonidos, pero incluso algunos de ellos prefirieron el latino, para que sus textos pudieran ser leídos tranquilamente por alemanes o franceses; el resultado es que checos, polacos y croatas tienen ces, tes, eses y erres que no se pronuncian como las nuestras, o incluso deben recurrir a combinaciones de consonantes que se nos hacen ilegibles e impronunciables.

Yo tengo la teoría de que el sonido u no existía en el griego ni el latín primitivos: existía el sonido i y el sonido ü, la mezcla de i y u que encontramos en el alemán Müller. Los griegos representaban este sonido con la ypsilon o y griega, que pasó al latín como la letra u. Este sonido [ü] empezó a volverse raro, y se fue disociando en los sonidos i y u: para representar este último, los griegos crearon el dígrafo ou. Por su parte, en latín desapareció del todo, pero optó por dejar a la letra u la pronunciación del nuevo sonido u y de los restos del antiguo i; por esa razón la letra u ha pasado al castellano, a veces como u (a menudo abierta en o, como muccus > moco), a veces como i (baculus “báculo” > bacillum “baculillo, bacilo”).

Hemos dicho en otra parte que de coculus se puede pasar a populus. ¿No parece increíble? No, si atendemos a los sonidos de transición. El sonido [k] es gutural, pero no todos los pueblos lo pronuncian igual que nosotros: los árabes tienen un sonido que nace en el fondo de la garganta como si fuera una flema; otros lo suavizan en una especie de [g] fuerte, mientras que otros se aproximan a nuestra [j]. Este último sonido se suele representar como kh, y es en el que tenemos que fijarnos. De kh se puede pasar a ph, pronunciado como [f] fuerte, y la prueba está en el mismo castellano, que hizo el camino al revés desde femina > femna > jembra > hembra. Muchos pueblos no pueden pronunciar la [f], buscan un sonido parecido, y acaban pasando de ph a p, como hizo el euskera.

Todos los sonidos se pueden convertir en los demás, esta es la regla general. La velocidad del cambio depende de cada lengua, y se puede decir que se ha detenido por la alfabetización, que nos impone una norma de pronunciación; de seguir iletrados, dentro de cinco mil años el castellano sería completamente impronunciable para nosotros. Algunos sonidos se pueden transformar en otros de manera directa: suele ocurrir con las consonantes que pertenecen al mismo grupo, como las guturales (c/k, j, g), dentales (t, d, z), bilabiales (p, b, f) o nasales (m, n). Para pasar de un grupo a otro, están los sonidos de transición, tanto los que existían antiguamente y permanecen latentes en el sustrato de la lengua, como los que se van creando a medida que la lengua se desgasta y altera.

Hay varias formas de mostrar de manera sucinta esa transición. Aquí tienen una, pero tengan en cuenta que hay múltiples conexiones desde cada sonido. Recuerden que, antiguamente, la v y la w se pronunciaban cercanas a la f, la h era una j suave, y la x se asemejaba a la sh inglesa.

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