Todo subordinado tiene hacia sus superiores el deber de obedecerlos de frente y criticarlos a sus espaldas, y lamentar que le quintupliquen en sueldo sólo por firmar, reunirse y gritar. La ilusión de los más ingenuos es ocupar su puesto, disfrutar de sus prebendas y entregarse a la molicie; pero si supieran lo que eso significa, muchos renunciarían antes de acercarse siquiera a su sillón. Lo que distingue al que tiene madera de jefe de quien sólo aspira a ser su secretario no es que tenga más conocimientos, ni ansia de membretes o participación en los beneficios, sino que desea ejercer de jefe: es decir, mandar. ¿Y qué significa mandar? Pues ordenar que otros cumplan sus decisiones, para lo cual es imprescindible ser capaz de tomarlas: una menudencia que sin embargo escapa al común de los mortales, agobiados por las dudas mucho más que por las deudas. El jefe no necesita saberlo todo; para eso cuenta con expertos y asesores. Estos discuten durante horas sobre lo que se debería hacer, pero quien se atreve a decir lo que se va a hacer, ése será el jefe. En la disyuntiva entre esperar hasta adoptar la mejor decisión, y adoptar una con la esperanza de que sea la mejor, todo jefe que se precie elige la segunda opción. En la salvaje lucha por obtener y retener el poder, quien triunfa no es el que sabe más, sino el que aparenta saber más rápido. Como es obvio, el ansia por demostrar que se es capaz de decidir puede llevar a decisiones precipitadas, y ante la amenaza del error, surge la tentación de echarse atrás. Si rectificar es de sabios, ratificar es de listos, y aunque los cursos de training y coaching le animen a ser flexible como el junco, se arriesga a que lo tomen por un lirio endeble de tacto sedoso y mullida consistencia, que se inclina de un lado a otro a merced del viento. De modo que, una vez tomada la decisión, el jefe se aferra a ella con la tozudez del burro, a fin de que los que envidian su puesto no puedan acusarle de débil, voluble o simple incompetente. Sin mirar las estatuas de sal que deja atrás, se dispone con determinación a afrontar el fracaso y asumir la culpa; y cuando llega el desastre y la guillotina, no se esconde tras la excusa de que “yo sólo obedecía órdenes”, sino que reafirma su opinión mediante “mis órdenes no se obedecieron”. Incluso a la hora de echar la culpa a otros se precisa un carácter fuerte y enérgico: energía que nace de la confianza en sí mismo, la certeza de sus convicciones, la seguridad de realizarlas, y su voluntad de proseguir hasta el final a pesar de los reveses y los muertos.

 

Por el contrario, el dubitativo, el manipulable, el sensiblero, el débil, el blando, sufre atenazado por el miedo más paralizador: el terror a equivocarse, y luego lamentarse. El blando duda y vacila hasta la exasperación, a la espera de que los acontecimientos le ayuden a decidir con transparente claridad; o aun mejor, a que se resuelvan por sí mismos, aunque sea de manera catastrófica, y entonces su decisión no pueda ser sino aceptar los hechos consumados, y pueda echar la culpa al destino o los elementos. Señor, aleja de mí el cáliz de la responsabilidad, parece suplicar su mirada bonachona. A fin de cuentas, decidir no es sino cortar un nudo gordiano a hachazos, con un filo áspero o pulido pero de igual modo mortífero. Y si es preciso negar un caramelo a un niño, romper un contrato laboral o conyugal, o exigir a un amigo el pago de una deuda, el blando reza porque los afectados tomen la iniciativa de cumplir su voluntad y le libren a él de pedírselo. Lejos de humillarle, le alivia que su pareja le abandone por aburrido antes de que él deba sentirse cruel por hacer lo mismo. Sin embargo, bajo la excusa de que no desea hacer daño, lo que teme en realidad es ver el rostro de aquel a quien debe hacer daño. ¿Quién no se apiadaría ante los lloros y las súplicas, o unos ojos yertos de tristeza? Cual abuelete feliz de que los nietos se acerquen a él aunque sea sólo para pedirle dinero, no se atreve a zanjar las protestas con un puñetazo en la mesa, y repetir la primera palabra que aprendió a pronunciar de niño: no. Aunque quizá lo que más teme el blando es enfrentarse a alguien que no es ningún blando, y que, a diferencia de él, no huye de la discusión ni de la bronca. Aquejado de una timidez que disfraza de buenos modales, no se encara con el dueño de un restaurante por la mala comida y el pésimo servicio, sino que prefiere callar, pagar y no regresar, y a lo sumo liberar su enojo por Internet. Y cuando no tiene más remedio que luchar, la batalla es, por su brevedad, dos veces buena para su adversario: si no puede convencer mediante argumentos o súplicas, no tarda en retirarse, o en ceder a la presión ajena. Quizá se retire al baño a carraspear a fin de endurecer la voz, y ensayar gestos imperativos para la siguiente oportunidad, que volverá a desperdiciar mientras no le salgan callos en el corazón. De modo que hagan examen de conciencia, distinguidos jefes o secretarios: ¿se consideran dignos de su puesto o creen que deberían ascenderlos, o incluso degradarlos? ¿Prefieren tener un carácter más duro, más blando, o su alma rebosa de satisfacción? Veamos si la etimología puede ayudarles a decidir este asunto.

 

La palabra blando procede del adjetivo latino blandus, cuyo significado original se podría traducir como “zalamero, lisonjero”. El blando era el individuo que, armado de su voz meliflua y seductora, halagaba el oído de las damas para enamorarlas, del esposo para que disculpara su infidelidad, del poderoso cuyo favor deseaba obtener, o del maestro que blandía una vara para azotarle por perezoso. Carente de fuerza, autoridad o rostro aterrador para imponer su voluntad, buscaba someter la de los demás mediante el camino más sutil de la persuasión y demás artimañas anexas, como el engaño, la adulación, la retórica y el disimulo. Todos pueden defenderse de un cumplido, pero pocos de quien simula estar en desacuerdo contigo, hasta que al final se rinde a tu preclara inteligencia. Hacer la pelota es un arte milenario que no está al alcance de los insípidos lameculos, que acaban relegados al sótano del escalafón más por su fracaso a la hora de embaucar que a la de trabajar. Incluso la cruel naturaleza plagada de depredadores esconde huecos donde hallar un rastro de compasión: el hombre es un lobo para el hombre, pero el lobo es un niño para el lobo que le ha vencido en combate, quien no dejará de enternecerse al ver que el derrotado baja el rabo, se postra inerme ante él, orina con cuidadoso temor, y le ofrece su delicado vientre para que acepte lamerlo en vez de desgarrarlo. Muy al contrario del sensiblero de hoy día, era el blando quien acariciaba la fibra sensible de otros a fin de moverlos al amor o a la piedad y que actuaran en beneficio de él mismo, que sabía identificar con el de ellos. Dueño de una técnica que va perfeccionando con los siglos, sabía cómo manipular a su antojo los sentimientos del prójimo, y así exaltar su vanidad con alabanzas, invocar su honor a base de reproches, provocar su ira mediante burlas, y luego hundirle en la culpa y la vergüenza con lloriqueos. De modales exquisitos, dechado de urbanidad, untuoso como la miel, parece un gatito mimoso al que hubieran arrancado las uñas pero salvado la lengua rasposa. No sólo podemos verlo como el antecesor de Don Juan, sino también de los diplomáticos y cortesanos que sueltan insinuaciones tras las cortinas, conscientes de que la palabra y el mohín son más fuertes que la espada.

 

En última instancia, el blando podía convertirse en lo que conocemos como lengua de serpiente, de mirada hipnótica y susurro venenoso, que no fuerza a Eva sino que la tienta alabando sus virtudes, los méritos que le niegan por envidia, y la grandeza que le espera si tiene el valor de tomarla. En verdad que el término blandus parece aplicarse al principio no al carácter de una persona sino exclusivamente a su voz, y se piensa que su significado original era “de voz suave, halagadora, meliflua”. Esto se habría reflejado en compuestos arcaicos como blandiloquus > blandílocuo “hablar con voz lisonjera”, del que más tarde deriva blandiloquens > blandilocuente “de voz meliflua”. A semejanza de ello, una vez que el término sale de la garganta se crean otros compuestos culteranos, que les ofrezco para bañar en almíbar sus poemas y cartas de amor: blandi dicere > blandidicus > blandicus > blandiciente “que dice palabras dulces”; blandi facere > blandificus > blandífico “que actúa de modo afectuoso”; blandi fluere > blandifluus > blandífluo “que derrama gestos y palabras tiernas; meloso, empalagoso”. Si están a punto de vomitar azúcar, no les extrañe que nuestros ancestros mostrasen un enorme desprecio hacia los blandos. Más nefastos que los cuervos, que sólo arrancan los ojos a los muertos, son los aduladores ya que ciegan a los vivos. No obstante, la comedia y los bailes de máscaras siempre han hallado un público ansioso por confundir ilusión y realidad, y así en todas las cortes se odiaba a la par que admiraba a los consejeros y susurrones, que halagaban a los mismos reyes que pensaban traicionar. Taimados y oportunistas, trepaban por la escala social gracias a su pegajosa labia y al más descarnado cinismo, tanto a la hora de mentir como a la de confesar que la palabra se le ha dado al hombre para encubrir su pensamiento. Sin embargo, no crean que el blando se limitaba a los aduladores palaciegos. También era conveniente saber adular a los electores, a fin de asegurarse un cargo o una votación en el Senado: eblandita suffragia, votos obtenidos con halagos, porque sois la fuerza de la República y sólo en vuestras manos descansa su porvenir. A pesar de todo, aunque los halagos fueran sinceros o al menos piadosos, como los de una madre a su bebé, si se aborrecía a los blandos era por el concepto mismo de andar repartiendo caricias en vez de bofetadas. El músico amansa las fieras, pero el guerrero las caza; y el que inmoviliza a una víbora con una flauta en vez de con un tajo de espada, es porque quizá no se atreve a desafiar sus colmillos. Y así como la Biblia culpa a Eva de dejarse persuadir por la blanda y viscosa serpiente para luego seducir a Adán, los pueblos antiguos asociaban tal conducta suave y reptilínea a los seres que se encargaban de criar la prole y calmar la lujuria: las mujeres.

 

En tiempos pretéritos, antes de que la publicidad nos habituara a que los hombres amamanten a sus hijos con los pectorales depilados, al nacer un niño el padre se limitaba a sopesarlo con recelo, examinarlo en busca de defectos, dejar los lisiados a los perros y colocar en sus rodillas a los sanos. Acto seguido, lo dejaba al cuidado de la madre, que escoltada por las abuelas, tías, hermanas y demás familia aislaba al bebé en un cómodo pesebre de arrullos, besitos, cariños y dulces regañinas. El padre vigilaba con el ceño fruncido, que no lograba ocultar su temor. Su retoño corría el riesgo de degenerar en un mocoso cándido y consentido, que creía que el mundo era un delicioso jardín protegido por los brazos y abrazos de su madre, donde cualquier capricho era colmado con sólo alzar un lloro. Una vez que las mujeres le habían ayudado a sobrevivir de cría, el padre lo tomaba a su cargo para enseñarle a sobrevivir de adulto. Y la primera lección consistía en destetar su mente y enfrentarlo al mundo real: un entorno peligroso del que no le protegería ninguna ONG de mamás mimosas, sino que debía aprender a protegerse por sí mismo. La vida consistía en un juego de asesinos, donde quien prodigaba abrazos se quedaba sin brazos, el compasivo moría a manos de aquel a quien perdonaba la vida, y el remilgado recibía la caricia de un hacha ante sus carantoñas humanitarias. Quien no era exterminado, caía esclavizado, junto con su mujer y sus hijos, y los bienes que con tanto esfuerzo había reunido. Malaventurados los mansos, porque les desposeerán de la tierra. Y para evitarlo, nada mejor que imitar la vida con una disciplina igual de severa aun en las situaciones más triviales, a fin de entrenarse para las importantes. Y si era válida la excusa de “yo soy sólo un mandado”, no se aceptaba la de ser un desmandado; como pudo atestiguar cierto capitán romano que, tras obtener una gran victoria, fue ejecutado por su propio padre por desobedecer su orden de no atacar al enemigo.

 

Semejante educación producía pueblos belicosos dirigidos por hombres adustos e implacables, que rehuían a las mujeres para no infectarse de su delicadeza. Los espartanos pasaban el día con sus compañeros de armas, y sólo trataban a sus mujeres durante escarceos nocturnos: sin que nadie se enterase, se deslizaban a escondidas en su propio hogar, copulaban furiosamente con la esposa, y regresaban en silencio con los hombres. Aparte de engendrar hijos de su mismo temple y fortaleza, la pasión mutua se mantenía ardiente, alimentada por la espera y el morbo de compartir una relación casi secreta. Y lo más importante, tratar al cónyuge como a un amante prohibido no sólo no enternecía a los hombres, sino tampoco a las mujeres, capaces de matar a su hijo si era el único superviviente de una batalla. Por su parte, Catón el Censor, guardián de las tradiciones romanas, el mismo que terminaba todos sus discursos con etcetera delenda Carthago, “y además, Cartago debe ser destruida”, recomendaba besar a la esposa sólo cuando truene; en público, era inimaginable. La fórmula romántica de “puede besar a la novia” se traducía en que el marido acogía la mano de la esposa entre las suyas, como símbolo de su poder sobre ella. Con razón manus, la mano, acabó siendo el término habitual para designar el matrimonio. No había lugar para ñoños sentimentalismos durante la sobria Roma republicana, antes de que, o tempora o mores, los triunfos les enseñaran a disfrutar de la vida muelle. Las caricias y halagos al amado, la tristeza por su ausencia, quedaba para las charlas íntimas de las mujeres en el gineceo. Todo lo que un varón podía alabar de una mujer en las termas era su destreza en la alcoba, caso de ser su amante, o en la rueca de tejer, caso de ser su esposa. Confesar que estaba enamorado, que su gentil mirada le traspasaba el corazón, que ansiaba oír su dulce voz y que le dolían sus desplantes, era el mejor modo de que los demás hombres le repudiaran por mariquita. Incluso un latin lover, con cientos de conquistas en su calzón, sería tildado por los latinos de posible afeminado: tanta necesidad de trabar contacto con hembras era señal de que dependía en exceso de ellas, tanto como un enamorado de su amada, o un eunuco del harén que custodiaba.

 

Así que ya ven que los antiguos romanos, cuya repugnancia hacia el empalago no han precisamente heredado sus actuales sucesores, pensaban que emplear la ternura al modo de las féminas implicaba parecerse a ellas. Y como no podía ser de otra forma, tiñeron nuestra palabra de las connotaciones peyorativas que posee hoy día. El blando va poco a poco alejándose de la víbora seductora, para refugiarse en el cariño maternal y conyugal. En el calor del hogar aprende a ser afable y tranquilo, un encanto de hombre que agrada a todo el mundo con sus modales suaves y delicados. De hecho, el concepto de suavidad, tanto en el plano material como espiritual, se convierte en decisivo. El conjunto de las artes del blando, la blandimenta, no sólo comprende las caricias para aliviar las penas del alma, sino también los linimentos, los bálsamos para mitigar el dolor del cuerpo.

 

Todas estas acepciones de blandus serán las que el latín transmita a las lenguas romances, las cuales añadieron una más: aunque la dulzura posea a nuestro paladar un sabor característico, antaño se entendió como falto de sabor, es decir, falto de sal; de ahí que lo blando fuera también sinónimo de insulso, insípido, soso y, por extensión, aburrido. Y lo mismo sucedió con sus derivados, como el sustantivo blanditia “caricia, halago, atractivo” y el verbo blandiri “halagar, acariciar, suavizar”. En italiano, aún perviven blando, blanditia > blandizia y blandiri > blandire con los mismos significados que sus orígenes latinos. En cambio, en francés ha desaparecido todo rastro del antiguo bland, y sólo subsiste blanditia > blandice “encanto, atractivo” como término poético. Antes de extinguirse, pudo reencarnarse en el inglés bland, el cual nos legó la expresión bland diet, mal traducida como dieta blanda: en realidad, no se refiere a alimentos “blandos” en el sentido actual, que se deshacen en la boca y en tu mano (de hecho, incluye el pan tostado y crujiente), sino que se trata de una dieta suave; es decir, alimentos que no irritan ni estimulan el intestino, para no provocar vómitos ni diarreas.

 

¿Y qué ocurrió en español? Pues, al igual que sus hermanas, nuestra lengua recibió y conservó durante mucho tiempo su herencia romana. Es el caso de los términos antiguos y ya obsoletos blandiri > blandir “halagar, adular, acariciar” y blanditia > blandicia “adulación halago”, el cual produjo blandicioso “adulador”. En cuanto al núcleo del sistema, blando, conservará las acepciones de “suave, dulce, cariñoso”, pero irá olvidando las de lisonjero y seductor. En su lugar, absorberá las de otra palabra lejanamente relacionada, en un proceso que no siguieron las demás lenguas romances, salvo de modo limitado el portugués brando. La blandicia halagadora mutará en la blandeza mullida y tierna. El blando dejará de ser el persuasivo para dejarse persuadir, se amoldará a pacer como un asno manso y domesticado, y su meliflua voz adquirirá la textura blandengue del merengue.

 

No se me impacienten, que por muy blandos que sean al estilo latino no hallarán en mí su homónimo castellano, y esperen a que se lo explique en el próximo artículo.