enero 2007


Es paradójico que los elementos constituyan un tema sumamente complejo, y que el modo de explicarlos resulte bastante complicado en vez de elemental. Sería tentador desdeñar las dudas con el mítico “elemental, querido Watson”, pero lo cierto es que siempre reaparece el fantasma del insigne Eugenio D’Ors: “¿Está suficientemente claro? Pues bien, ¡oscurezcámoslo!”. Quizá el problema radique en que, por muchos títulos de los que hagamos gala, seguimos teniendo una capacidad expresiva propia de estudios elementales: desconocemos muchas palabras, nos repetimos como tartamudos, perdemos el hilo del discurso, damos rodeos en vez de ir al grano, y lo acabamos enrevesando todo. ¿Hablamos del lector o del escritor? Juzguen ustedes mismos.

 

Para empezar a complicar los elementos, vamos a hablar de una raíz que no tiene ninguna relación etimológica con ellos: la indoeuropea steigh-, “caminar, andar, paso”, que ha experimentado una evolución muy curiosa; en unas lenguas se fijó en el acto concreto de andar, que incluso derivó a significados como “llegar”, “atacar” o “cabalgar”, pero en otras se fijó en aquéllos que andaban. Por ejemplo, en griego produjo el verbo steicho, que alteró el significado original cuando se trasplantó al modo de andar de un grupo de personas: si son ustedes una pandilla que se dirige al bar pueden hacerlo como deseen, en parejas, por separado, u ocupando toda la acera; pero si son soldados, los que hicieron la mili recordarán cómo les enseñaron a marchar en formación, es decir, en una o varias filas, uno detrás de otro. Este sentido militar, de avanzar en líneas ordenadas, fue el que prevaleció al final en el verbo steicho.

 

Por su parte, en las lenguas germánicas, la raíz también se fijó en el acto de andar pero sobre todo hacia arriba, sin importar el orden en que se hiciera, y de ahí nació el verbo steigen “marchar, ascender”. De él derivaron palabras que se fijaron en lo andado, es decir, el sendero, pero impregnado del sentido ascendente del verbo. Es el caso del anglosajón staeger, del cual procede el inglés stair, cuyo significado original es “cuesta arriba”, en especial por una pendiente abrupta que exige apoyarse en escalones naturales, y de ahí el significado actual de “escalera”. Esta referencia al sendero nos lleva a una palabra latina cuya etimología no está nada clara: vestigium -> vestigio. Su significado original es “pisada, huella del pie”, y en principio se aplicaba a la que dejaban animales y hombres en el sendero, si bien ahora se ha extendido a todo rastro material o intelectual que nos indique la presencia en el pasado de alguien o algo. Es posible que -stigium sea el modo en que la raíz steigh- pasó al latín con el significado de “paso”, pero no es seguro, y sobre todo, se desconoce el origen de ve-. Algunos sugieren que sería una aliteración de best-stigium, “paso de bestia”, pero hay que tener en cuenta que bestia se aplicaba inicialmente a los animales salvajes, y sólo después pasó a los bueyes y demás bestias de carga. La explicación que más me convence es la que la hace derivar de ver-stigium, y éste a su vez del verbo verre, que significa “barrer” pero originariamente “arrastrar por el suelo, dejar surcos”: de modo que verstigium significaría “paso arrastrado, paso que deja surco o huella”. Pero sigue siendo una elucubración y no existe ningún fundamento sólido para darla como válida; incluso es posible que stigium proceda de stingium < stingere “pinchar, marcar”, o de stringium < stringere “cerrar, estrechar”, como se piensa que ocurre con fastigium > fastigio y praestigium > prestigio, palabras que en principio no tienen ninguna relación con la raíz que nos ocupa. En todo caso, supongo que ya sabrán que investigar < in vestigare significa “coger los vestigios”, es decir, buscar huellas, aunque ahora sean las de las manos más que las de los pies.

 

Es tiempo de reincorporarnos a la fila de soldados griegos que dejamos marchando al final del primer párrafo. La columna que avanza en línea tiene que detenerse una vez llega al campo de batalla, pero a fin de ser efectiva debe mantener esa misma formación. Así que del verbo steicho nació el sustantivo stichos, con el significado de “línea de soldados de la falange”, pero que no tardó en generalizarse a una línea o hilera compuesta de cualquier cosa, fuesen niños de excursión, árboles junto al camino o baldosas en el suelo. Sin embargo, el sentido que acabó por prevalecer fue el de “línea de escritura”, es decir, “renglón, verso”, del cual hay varios derivados en poesía. Por ejemplo, en la poesía grecolatina eran muy habituales las miniestrofas de dos versos, por lo general un hexámetro seguido de un pentámetro: esa composición se llamaba dístico < distichos, formado a partir del adverbio dis “dos veces”. Otra composición, que conocerán los aficionados a los anagramas, consiste en una sucesión de versos, cuyas letras situadas en los extremos, sea el inicio o el final, forman un vocablo o frase: son los acrósticos < akrostichos, que incluye akros “extremo”. Y por último, cuando un verso es muy largo se suele dividir mediante una pausa o cesura en dos mitades, cada una de las cuales se llama hemistiquio < hemistichion, de hemi “medio, mitad” y stichos “línea, verso”.

 

Debido a que, como hemos dicho, stichos concentró su significado en “línea de escritura”, se hizo necesario un nuevo sustantivo que mantuviera el significado de “línea ordenada en general”. El elegido fue stoichos, una variante dialectal del anterior, que no tiene ninguna relación con stoikos > estoico: esta palabra deriva en realidad de stoa “columnata, pórtico”, procedente de una raíz que significa “estar quieto, firme, estable”; el motivo es que Zenón de Citio, el fundador de la doctrina, daba sus lecciones bajo un pórtico de Atenas. De stoichos nació otro verbo, stoicheo, que regresó al sentido original de “marchar en línea ordenada”. Fue muy empleado posteriormente en el griego eclesiástico, donde adquirió el sentido moral de “proceder según un orden”, y de ahí “vivir, marchar en la vida según un orden o una regla”; lo que hoy llamaríamos “línea de conducta”, que en su caso era la ética cristiana. Pero no nos adelantemos, porque lo más importante es que, así como stoichos fijaba su significado en la línea continua, un derivado suyo, stoicheia, volvió a fijarse en que toda línea está formada a base de puntos. Desde este punto de vista, una línea es una serie o sucesión de componentes, que como ya hemos dicho podían ser soldados, árboles, baldosas o incluso las palabras que forman un verso. Pero todos estos componentes están formados a su vez de otros, hasta que por fin llegamos a los componentes básicos, primordiales, originales. Stoicheia pasó a entonces a significar “serie de componentes básicos”, y de ella derivó el sustantivo stoicheion, “componente básico de una serie”: por ejemplo, los números que conforman las matemáticas, las notas que conforman la música, o las letras que conforman el lenguaje.

 

Si todo esto les parece un rollo, esperen a que nos metamos en harina filosófica. Verán, los primeros pensadores griegos discutieron sobre cuál podría ser el componente primordial de toda la materia: para Tales era el agua, para Anaxímenes el aire, y para Heráclito el fuego. El filósofo Empédocles cortó por lo sano, y decidió que todos ellos eran los principios básicos, a los que sumó un cuarto, la tierra. El nombre que les dio fue rhizoma, “raíces”, a partir de los cuales crecían y se desarrollaban todas las demás sustancias y organismos. Aristóteles integró en su pensamiento esta teoría de los cuatro componentes o esencias básicas (a los que añadió una quinta, el éter, que sería la más pura e intangible, y en última instancia origen de todas las demás), pero sustituyó rhizoma por el ya visto stoicheion. También Euclides empleó la misma denominación en su tratado sobre los principios básicos de la geometría. Cuando todas estas obras fueron traducidas al latín, el nombre que se escogió como equivalente a stoicheion fue elementum > elemento.

 

Ustedes se preguntarán: ¿tanta verborrea sobre una raíz que no tiene ninguna relación con la palabra de la que trata el artículo? El caso es que la explicación es bastante elemental: como nadie tiene ninguna certeza sobre la etimología de elemento, vamos a intentar descubrirla a partir del origen y evolución de la palabra griega equivalente. Como ya hemos dicho, el stoicheion designaba el elemento básico de una serie, pero antes de Aristóteles había dos series a las que los pensadores prestaban mucha atención: los sonidos musicales y los sonidos vocales, que por muchas combinaciones que permitan, en última instancia forman una lista muy reducida. Así como los pitagóricos pugnaron por desentrañar los fundamentos matemáticos de la música, los primeros gramáticos trataron de clasificar los sonidos básicos de su respectiva lengua. Una vez aislado cada sonido, pudo ser fijado en el cerebro para aprender a pronunciarlo correctamente, y luego trasladado a la escritura en forma de letra: había nacido el alfabeto fonético, mucho más fácil de aprender que los alfabetos silábicos e ideográficos anteriores. De este modo, aparte de “componente básico”, stoicheion se empezó a utilizar como sinónimo de “letra del alfabeto”; y stoicheia, aparte de significar “serie de componentes”, pasó a equivaler a “alfabeto”. Es en este punto cuando entra en escena el elementum.

 

Aprender el alfabeto no era propio de analfabetos, es decir, los que no sabían leer ni escribir, y por tanto no tenían necesidad de recitarlo de memoria. Pero los aprendices de escriba se veían obligados a realizar infinidad de ejercicios, copiando una y otra vez las letras sobre tablillas de madera o arcilla. Ahora bien, no escribían las letras como les apetecía, sino siguiendo un orden que ha permanecido casi inmutable desde que los fenicios idearan el alfabeto. Y como la lista de letras es larga, se han conservado muchas tablillas en diversas lenguas que muestran que se escribía en dos líneas: la primera va de la A a la K, mientras que la segunda va de la L hasta el final. Y es aquí donde florecen las elucubraciones, y surge la teoría de que, como el alfabeto se aprendía en dos series, al final se consideró que no había uno sino dos alfabetos, cuyo nombre derivó de las primeras letras de la serie: como la primera serie comenzaba por A, B, G (cuyo sonido y forma pasó en latín a C), se llamó AbeCedarium > abecedario; mientras que la segunda, que comenzaba con las letras L, M, N, se llamó eLeMeNtarium > elementario. Y cuando volvió a considerarse el alfabeto como una unidad, no se le denominó a partir de la primera serie, como hacemos ahora, sino de la segunda; por el contrario, las letras nunca se denominaron abecedum, sino elementum. Y fue así como elementa (plural de elementum), la serie alfabética, pasó a denominar toda serie de componentes básicos, y por eso fue escogida para traducir stoicheia; mientras que el elementum, la letra, se convirtió en la partícula fundamental, el abecé de todas las cosas, el stoicheion.

 

Aunque encierra una cierta lógica, y no es fruto de ningún charlatán sino de especialistas serios, la verdad es que a mi parecer esta teoría suena a etimología popular. Es cierto que elementum significó “letra”, y elementa “alfabeto”, y elementarius “relativo a las letras, al alfabeto” (de donde deriva estudios elementales: aprender los elementos, es decir, a leer y escribir las letras), pero está por ver si ocurrió antes o después de que se les considerara sinónimos de stoicheia y stoicheion. Por muchas tablillas de ejercicios donde figure separado en dos renglones, no existe ninguna evidencia de que el alfabeto no se considerara una sola unidad, ni de que a la segunda serie se le llamara elementarium. Ni se explica por qué en ninguna otra lengua que use un alfabeto derivado del fenicio se ha hallado ninguna palabra que juegue también con las letras L, M, N (por ejemplo, si en griego existe alpha-bet, ¿por qué no existe lambda-my?). Se me antoja una explicación forzada para hacer encajar las piezas, que en todo caso es indemostrable. Es posible que elementum proceda de la elisión de algún verbo, como es el caso de momentum < movimentum < movere, o frumentum < frugimentum < frugire. Tal vez fuese el verbo eligere “elegir, escoger”, cuyo participio es electus, pero en ese caso la derivación lógica sería eligimentum > elimentum; aparte que no vemos ninguna relación semántica con “componente básico de una serie”. O podría proceder de elevare “elevar, alzar” > elevamentum, que muy figuradamente podríamos relacionar con “componente del que se eleva o desarrolla la materia”; pero aquí nos encontramos con la seria objeción de que los verbos de la primera conjugación siempre conservan la -a- en los compuestos y derivados, y no podría elidirse a ele(va)mentum. Incluso hay quien apunta a que podría ser una aliteración del ya visto alimentum > alementum > olementum > oelementum > elementum, y significaría que los elementos serían el alimento que nutre y hace crecer toda la materia; pero resulta una transformación muy brutal y sin parangón. En suma, estamos dando palos de ciego, y quizá la explicación más lógica (y fácil) sea la que hace derivar elementum de algún préstamo desconocido de otra lengua, por ejemplo el etrusco.

Así que ya ven: hemos derrochado decenas de polísticos, “muchos renglones”, así como todas las letras del abecedarium y del elementarium, para concluir que seguimos tan confusos como al principio. Ni siquiera hemos avanzado según una línea ordenada, sino que hemos desertado de la formación en varias ocasiones para plantar nuestros vestigios allá donde nos daba la gana. Los elementos no son un tema elemental, y lo hemos complicado más de lo que ya estaba.

 

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La etimología es la ciencia que trata de indagar el origen y evolución de las palabras, tanto en el plano formal (por qué decimos mucho si procede de multus) como sobre todo el semántico: qué significaban en un principio, lo cual nos puede dar una idea de lo que significan realmente ahora. Pero hay que tener en cuenta que, si bien la evolución formal suele ser lenta, la semántica es mucho más rápida: cada hablante añade un pequeño matiz a una palabra, y si tiene éxito y lo contagia al resto de hablantes, la acepción cambia con respecto a la generación precedente. Por otro lado, cada palabra que deriva de otra no sólo hereda esos matices de significado, sino que añade los suyos propios, con lo cual aumenta progresivamente la distancia con respecto a las palabras que proceden de la misma raíz, como esos primos en décimoquinto grado que, aunque desciendan del mismo recontratatarabuelo, nadie en su sano juicio considera que son parientes. Por esa razón, el mayor peligro para un aficionado a la etimología es analizar una palabra a partir de un diccionario actual, el cual indica lo que significa en ese momento, que puede y suele ser muy diferente de lo que significaba en sus orígenes. Luego vienen las falsas conexiones con palabras homónimas, como pensar que dos niños son primos porque ambos tienen la nariz aguileña, las teorías delirantes que conjugan el tocino con la velocidad, y las empanadas mentales que acaban en el ridículo y el desprestigio… en suma, la etimología de baratillo. Analicemos el caso de la adolescencia.

 

En más de un libro de psicología he leído que un adolescente es aquel que adolece. ¿Y qué significa adolecer? La acepción vulgar y corriente es “faltar, privar”: adolece de información, leemos en los artículos de muchos periodistas que pretenden pasar por cultos, intercalando palabras extrañas para disimular que, justamente, “adolecen” de información y formación lingüística. Este sentido de adolecer se halla tan extendido que no tardará en ser admitido por la Academia, y caen en saco roto las advertencias de quienes explican que ese verbo significa realmente “padecer, sufrir”: la frase correcta debería ser adolece de falta de información, pero se hace tan larga, y suena a la vez tan rebuscada, que la indigencia y la pereza verbal la reducen a lo ya visto. Pero en ese momento, una vez ridiculizados los periodistas que van de cultos, intervienen los que van de más cultos, y nos instruyen sobre su teoría de los adolescentes: seres que padecen el conflicto entre una pubertad de la que tratan de escapar, y una madurez a la que desean y a la vez temen llegar, lo que les ocasiona un sufrimiento que se manifiesta psicosomáticamente en acné, masturbación y botellón contestatario. Bien, pues ahora me toca a mí ir de aun más culto y les digo que esta bonita teoría esta edificada sobre arena. A-dolecer es la forma antigua en que el castellano asumió dolecer < dolescere (hoy las reglas de derivación son más simples, y diríamos *dolecear), que significa “doler, causar dolor”. Por su parte, un adolescente es, literalmente, “el que está creciendo”, sea de modo doliente, paciente o sonriente. No, adolescente no deriva tampoco de una mezcla de ambas raíces, como también he leído en otros sitios: en inglés y francés nunca se creó ningún a-dolescere, pero sí adolescent desde el Medievo.

 

El verbo latino adolescere significa “comenzar a crecer”, y es un compuesto del verbo adolere “crecer” y el sufijo incoativo -scere (el cual indica el comienzo de la acción, como en negrescere > ennegrecer, propiamente “comenzar a ponerse negro”). A su vez, este verbo adolere se compone de dos palabras: la preposición ad, que indica dirección o proximidad, y el verbo alere, que en compuestos adquiere la forma olere (ya les hablé de que la a y la o pueden confundirse muchas veces en un sonido intermedio, como sucede en húngaro e inglés). Por su parte, este verbo alere significa simplemente “nutrir, dar de comer”, y lo pueden reconocer en su derivado más famoso: alimento, es decir, “nutrimento, lo que sirve para nutrirse”. Fíjense, futuros imitadores de Tolkien, en el modo natural de inventar nuevas palabras a partir de la derivación y la composición: para los latinos, el concepto de “crecer” no sale de la manga, sino que es la evolución lógica de “nutrir hacia [arriba]”. No obstante, hay que decir que este sentido ascendente es una perogrullada, por cuanto viene incluido en el propio verbo alere, el cual procede de la raíz indoeuropea al-, que significa “mover hacia arriba, levantar, alzar”.

 

A la adolescencia se la denomina de manera coloquial la “edad del pavo”, posiblemente porque es una época de especial sensibilidad, y al púber se le sube el moco del pavo (es decir, el rubor) ante cualquier tontería. Sin embargo, según la etimología hay que concluir que esta expresión significa que el adolescente está creciendo a marchas forzadas, y necesita por tanto un sustancioso alimento material y espiritual, para lo cual se atiborra el vientre de hamburguesas y el cerebro de vídeos porno. Quien está siendo alimentado, sea de cuerpo o mente, se denomina en griego alomenos, cuyo equivalente latino es alumenus > alumnus > alumno. Por muy adecuados que sean los conocimientos con los que pretendan alimentar nuestro futuro, o quizás por culpa de ello, la vida de alumno puede llegar a ser muy amarga, pero no por ello hay que relacionar alumenus con alumen “sal amarga”, de la cual proceden alumbre y aluminio. Los días de examen, cuando nos hemos alimentado mucho de cubatas y poco de libros, es tiempo de encomendarse a los santos o a la Virgen, para que nos proteja en su regazo como a un niño de pecho. La Virgen es el Alma Mater, que no significa “madre del alma”, sino “Madre nutricia, madre que alimenta a su bebé”; era la patrona de la Universidad de Bolonia, la primera del mundo, y por eso se denomina alma mater a cualquier universidad, y por extensión a las escuelas o academias donde se nutre de conocimientos al alumno.

 

Según la alimentación que reciba el alumno, unida a sus características fisiólogicas y al ejercicio que practique, su cuerpo adquirirá más o menos fuerza, y soportará en diferente medida las enfermedades e inclemencias. De igual modo, es en la adolescencia cuando se forja su carácter, que será más o menos fuerte según su alimentación espiritual, sus características psicológicas y la moralidad que practique. Los latinos denominaban al carácter “alimento o crecimiento interior”, o indu-ales, forma arcaica de la preposición in (equivalente al griego endo) y el sustantivo ales, derivado del verbo alere. Esta palabra se contrajo en indoles, que pasó al castellano como índole, y extendió su significado primero a la naturaleza de las personas en cualquier edad, y luego a la de las cosas. La índole de un adolescente puede ser tímida, estudiosa, honesta, hijadeputa e incluso indolente, que significa literalmente insensible al dolor (in-dolere, no doler), y que extendió su significado a mostrarse insensible ante cualquier cosa: alguien que pasa de todo y no muestra interés por nada. No, indolente no tiene nada que ver con índole ni con el tema que nos ocupa: es otro ejemplo de la confusión entre palabras cuasi-homónimas; como la que sufrían los latinos entre estos dos términos y el verbo indolescere, que no significa “no doler” sino todo lo contrario, “sentir un dolor profundo”, y que está relacionado con nuestro querido adolecer. Ya vemos que el lío que tenemos hoy con respecto a lo que a-dolecen los ad-olescentes cuenta con una larga y gloriosa tradición.

 

Pero todo lo malo se acaba, y llega un día en que el alumno, el que se está nutriendo, ya está completamente nutrido: se convierte en alitus, participio de alere, contraído en altus > alto. Un adolescente es alto porque está bien alimentado, al menos en lo que al cuerpo se refiere: se ha hecho grande, tanto a lo ancho (a veces, demasiado ancho) como a lo largo. Este sentido de estatura fue el que terminó por prevalecer, y lo alto acabó siendo lo que se eleva o alza < altiare sobre la tierra; o sobre los hombres, y de ahí la connotación de noble, ilustre, excelso, que tiene un Alto Tribunal o la Alta Costura. No obstante, el significado original de alto permaneció en otras expresiones. Por ejemplo, mantuvo el sentido de “grande, enorme”, mezclado con el de “superior, por encima” que había adquirido a través de los ilustres adolescentes altos, y el resultado fue un sinónimo de “superlativo, máximo”, como en la alta traición o los centros de alto rendimiento. Y por otro lado, hemos dicho que lo alto pasó a significar lo largo, pero la longitud puede manifestarse tanto hacia arriba como hacia abajo: de ahí el significado de “profundo” que vemos en la alta mar.

 

El adolescente alto está ya nutrido, alimentado, y debido a que esto se manifiesta en un aumento de masa corporal, el propio verbo alere pasó a significar también “crecer”. Pero ya hemos dicho que esta acepción es la propia del verbo adolescere, que ahora, al final del camino, recupera de nuevo su primacía. El adolescente, el que está creciendo, llega un infeliz y ansiado día en que está completamente crecido: está adolitus, contraído en adultus > adulto. Su cuerpo ha llegado a la madurez y deja de crecer por mucho que lo alimente. Ante él se inicia el resto de su vida, en el que puede optar por seguir nutriendo su espíritu en algún alma mater, o también nutrir a otros, proalimentar, pro-ales > prole. Alguien con la facultad de criar prole, engendrar progenie, es un prolífico, como los conejos o los pollos que se fabrican industrialmente para llevarlos de inmediato al matadero. El mismo destino que solían tener los proletarios, ciudadanos romanos que vivían en la miseria y peor que muchos esclavos, cuya única utilidad pública era engendrar hombres para el ejército, pero que sólo podían costearse un armamento ridículo, y por tanto sólo servían para hacer bulto y dejarse matar. Lo mismo que les esperaba a los proletarios del siglo XIX, aunque a éstos se les encontró también la utilidad de engendrar brazos para las fábricas.

 

Quizá sea también éste el destino que le aguarde a nuestro adolescente una vez sea adulto. En todo caso, hay uno del que no podrá escapar: desnutrirse, en latín ab-alere > abolere > abolir. Llega un momento en que su cuerpo ha crecido demasiado y empieza a decrecer de manera acelerada. Hemos visto que “crecido” se decía en latín altus, y de su misma raíz procede el germánico alt, del que derivó el inglés old, que significa propiamente “demasiado crecido”, y de ahí “viejo”. Este mismo sentido lo podemos encontrar en expresiones como “a altas horas”, que equivale a decir “crecida, de edad avanzada, envejecida la noche”. El antiguo adolescente es ahora un viejo cuyo cuerpo se ve privado de alimento, de vida, por la enfermedad y el tiempo. Adolece de falta de energía interna, de suerte que su existencia queda extinguida, suprimida como una ley caduca que ya no sirve para la nueva generación que ocupa su lugar.

 

¡Oh Maravilloso Nuevo Mundo, un mundo feliz donde la vejez queda abolida, y la vida es una continua e indolente adolescencia!

 

 

Tenga una flor, bella dama, para que deje de llorar, que haga solazar su espíritu y una sonrisa brotar.

La palabra flor deriva del latín florem, acusativo de flos < flors. La etimología más probable dice que deriva de una raíz indoeuropea, bhla- o bhlo-, que significa “inflarse, expandirse, abrirse”, y por extensión “brotar”, sea de la tierra, del agua, de la piel o incluso de la boca. Esta raíz mantuvo el sonido “b” en las lenguas germánicas, y de ahí deriva el alemán blume y el inglés bloom, la palabra tradicional para referirse a las flores antes de la extensión del galicismo flower. Incluso en esta última lengua tenemos también la palabra blow, que aunque lo traduzcamos normalmente como “soplar, aspirar, succionar” originariamente significaba “inflar la boca de aire”. Ya ven que cuando a usted le practican un blowjob, una mamada, en puridad le están hinchando los huevos. No obstante, la palabra que más nos afecta en este caso es la propia brotar, que posiblemente deriva del germánico bruton < bluton, “crecer”. La trasliteración entre la “r” y la “l” es un fenómeno muy corriente, como bien nos indican los chistes sobre chinos.

En griego, esta misma raíz derivó en palabras de poco uso corriente hoy día, pero que se emplean en terminología científica: blastos “germen [que brota de la tierra]” (como en blastema, “células embrionarias”, o blastodermo, “células en forma de membrana procedentes de la segmentación del huevo”); o bryos, “musgo”, como en briofito, que es el orden botánico al que pertenece el musgo. Por otro lado, la aspiración que ya comentamos del sonido “bh” derivó finalmente en el sonido “ph”, y así tenemos phlykhtaina > flictena “pústula, ampolla [que brota de la piel]”; y también phyllon, “hoja”, y del que proceden algunos términos botánicos comenzados por filo- (no confundir con el homónimo que significa “amigo de”, como filosofía o francofilia).

En latín, el sonido “bh” se aspiró en la “f”, y de ahí viene nuestra flor y sus derivados, como florido o floral. Y también viene foliumhoja, folio”, que es el equivalente latino del ya visto phyllon, con su derivado follaje, que también crece y se expande, y de la cual nacen las flores. Pero quizá no venga Flora, la diosa de la vegetación, sino que es posible que derive del griego chlora, que significa “verde” (como el cloro y la clorofila), y que por una confusión de nombres se identificó más tarde con la diosa de las flores; a ustedes no les crecen claveles en la tripa, ¿verdad?, aunque sí una serie de bacterias vegetales que se denominan flora intestinal. Chlora se pronunciaba “jlora”, y así como la “f” latina se convirtió en español en “j” y luego en “h” muda, el fenómeno contrario es perfectamente lógico. Sin embargo, ni de flor ni de flora deriva floresta, la cual es una mala pronunciación del francés forest > forêt “bosque”, que tiene una raíz diferente.

Muy bien, bella dama. Un galán se ha acercado y le ha obsequiado con un brote de colorines, es decir, una flor. Al mismo tiempo ensalza su hermosura y donaire, su gracia al caminar y su fiereza al foll… Tal conjunto de alabanzas es lo que, como ya sabrá, se denomina echar flores, porque estas son el símbolo de la belleza natural. Usted sonríe ligeramente y agradece al caballero su floreo, es decir, que sus halagos serán todo lo bonitos que él quiera, pero en realidad son palabras huecas, vanas y supérfluas, un exceso de verborrea como una flor de enormes pétalos que esconde una mísera semilla, que es lo que de verdad importa.

No obstante, el seductor no se da por enterado, y ante sus palabras se siente transportado a la época de d’Artagnan y sus galantes mosqueteros. Quisiera tener en las manos un florete, sin darse cuenta de que era un espadín con el que entrenaban las mujeres y los imberbes, y que para su protección no tenía filo, y además terminaba en un botón de cuero que semejaba el brote de una flor sin pétalos, es decir, una florecilla. Entonces sacaría el florete y haría unos movimientos con ella para impresionarla, pero como no tiene punta lo que haría sería ondear la florecilla, es decir, florear, realizar un floreo, que ya vemos cómo puede tener un doble significado. Y otro más, porque esta vibración que se ejerce con la punta del florete, y por extensión de cualquier espada, ha trasladado su significado a cualquier otro movimiento metálico, como puede ser el rasgueo de una guitarra; un cante flamenco, por ejemplo, con el cual realizar todo tipo de florituras, que literalmente significa “florecimiento”, pero que lo usamos para referirnos a cualquier adorno precioso pero innecesario, como la flor de un jardin.

Ya ve lo que da de sí un simple brote, florecilla indomable en la flor de la edad, que quizá añore la flor de su virginidad, aunque tenga la sensualidad y el deseo siempre a flor de piel.