Naturaleza


No es ningún secreto que, cuando contemplamos por televisión un documental de naturaleza, lo que más nos interesa no es observar las gacelas mientras pastan hierba o copulan en medio de la sabana, sino el momento en que huyen despavoridas del león o hiena que, a fin de no frustrar a su ansiosa audiencia, siempre acaba por capturar, matar y destripar alguna. La fascinación por los depredadores ha acompañado al ser humano desde que aprendió a temerlos y luego dominarlos, y ha aumentado aún más si cabe desde que se convirtió en el mayor de ellos. Un sentimiento contradictorio en el que también interviene el asco y la repulsión: al mismo tiempo que nos gusta ver animales desgarrando los intestinos de otros, la mayoría no soporta contemplar a humanos abriendo en canal un cerdo o clavando bicheros en la cabeza de un atún. Queremos gozar del fruto de la depredación, pero sin sufrir el espectáculo y el esfuerzo de matar. Una contradicción muchas veces farisea, pues el dolor que sentimos por un zorro despellejado no parece merecerlo la ternera reducida a chaqueta de cuero o hamburguesa al microondas. Poca ternura y compasión nos producen las presas, salvo cuando su depredador se transforma en nuestra presa, como el lobo esquilmador de ovejas, el tigre matador de hombres y la encantadora cría de foca que se convertirá en feroz asesina de pingüinos. Y es que aún hay clases entre los animales, así como entre los carnívoros: un depredador, que caza y mata la presa, no compartirá mesa con un parásito, que necesita que la presa sobreviva durante un tiempo, sea toda la vida mientras se alimenta de ella, o hasta que sus crías acaben de crecer en las entrañas de la incauta; y ninguno de ellos se rebajará a mezclarse con un carroñero, que no se atreve a cazar ni acercarse a la presa hasta que esté muerta. Quizá ese respeto que profesamos a los depredadores se deba a que son escasos como el oro, y a que matar sea un trabajo no exento de fracasos y peligros. Para convertirse en tal, la presa debe ser apresada, por lo que es preciso que sea capaz de escapar y defenderse: un trozo de hierba arrancada no convierte a una vaca en depredador por mucha saña con que la mastique; y cuanta mayor sea la fuerza, inteligencia o rapidez de la presa, más mérito y diversión para el depredador. Por el contrario, no apreciamos cómo se gana el jornal la inmensa plebe de la escala zoológica, el complejo mecanismo con el que la vaca transforma la hierba en leche pura, pero siempre nos admira la perfecta elegancia con la que nada el tiburón antes de arrancar una pierna de un bocado ¿Son bellos porque matan, o disculpamos que maten porque son bellos? Monstruos, pero hermosos, se dice de los vampiros de discoteca new age, lejos de las criaturas grotescas de los mitos aldeanos. Pues si la depredación se nos aparece como un fenómeno connatural al Universo, por mucha ira o dolor que nos cause, es lógico que numerosos teóricos lo consideren asímismo natural con respecto al hombre. Homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre, dejó sentenciado Plauto dos mil años antes que Hobbes. Algo que asumen hasta sus últimas consecuencias los violadores y asesinos en serie, aristócratas ante el espejo aunque sean chusma a nuestros ojos: el que mata tiene en su mano el máximo poder sobre el que huye, impone sus propias reglas, está más allá del bien y del mal y, a fin de cuentas, ejerce de vicario de Dios en la tierra. El débil cae para que el fuerte gane vida, máxima que ha llevado a justificar el darwinismo social, el belicismo, el genocidio, el racismo y nazismo; y en última instancia la sociedad de La máquina del tiempo de H.G. Wells, donde en un futuro remoto una parte de la humanidad sirve de presa y alimento a la otra. Una postura horriblemente sincera, que cuando se vuelve cínica anima incluso a justificar la cleptocracia, el estado depredador o ladrón, como los paupérrimos países del Tercer Mundo que nadan entre inmensas riquezas naturales: un estado que no produce, sino que expolia la riqueza que otros producen, mediante impuestos salvajes o la corrupción generalizada y sistemática. En los últimos tiempos, “depredador” ha pasado a ser una palabra comodín que se emplea para denigrar cualquier cosa que nos moleste: capitalismo depredador, turismo depredador, urbanismo depredador, mujeriego depredador… muchos conceptos que dan para infinidad de páginas y conciertos de solidaridad ética y etílica, pero aquí somos más humildes y nos ocuparemos sólo de su etimología.

 

La palabra depredador procede del latín tardío depraedator, compuesto de la preposición de, que en este caso ejerce una función intensiva, y del sustantivo praedator “cazador”, o con más propiedad, “apresador, captor”. Aunque se empleen a menudo como sinónimos, el depredador pertenece a una categoría superior a la del simple predador: éste se limita a matar el número de presas necesarias para saciar su apetito, mientras que el depredador necesita un número ilimitado de presas movido por su insaciable apetito de matar. Llevado por su vesania, el depredador se instala en un territorio y se dedica a asolarlo a conciencia, hasta el punto de diezmar la población de presas y poner en peligro la supervivencia de éstas, así como en última instancia la suya propia. Lo cual no le supone un problema irresoluble, ya que tras la devastación abandona ese erial, y emigra a parajes vírgenes o al menos todavía fértiles. Aparte de los consabidos ejemplos sobre la destrucción de la tierra y los recursos naturales, una muestra de ello lo tendríamos en el sueño existencial de muchos de nosotros, el de ser un notorio predador sexual que conquista hombres o mujeres de manera compulsiva y eficaz. Sin embargo, hay quien no se conforma con hacer acopio y alarde de una larga lista de piezas capturadas, y se ve impelido a convertirse en un depredador sexual al que no le basta con seducir, sino que debe destruir a su conquista, arruinar su vida e ilusiones, y reducirla a un despojo que se arrastra abyectamente suplicando un instante más de cariño y atención. Si bien el diccionario sanciona la confusión entre ambos términos, mantiene una sutil diferencia al establecer dos acepciones de depredar: cazar para subsistir (o sea, predar), y saquear con gran violencia y destrozo (que es la depredación propiamente dicha). El italiano, por el contrario, atribuye a depredar únicamente la segunda acepción, y la ejemplifica en la soldadesca, con una larga tradición en la península transalpina de cobrarse en la ciudad que la había contratado el botín prometido y no entregado.

No obstante, estas disquisiciones entre ambos términos eran más difusas al principio, porque desde sus orígenes la predación ha estado teñida de sangre y violencia. En efecto, dicha palabra es un derivado del latín praeda, un nombre colectivo que designaba las cosas capturadas como botín al enemigo, ya fuera en acción de guerra o de rapiña, actividades que en tiempos antiguos solían ir unidas de la mano. La praeda era por tanto el despojo (y no despojos, que son los restos de cadáveres y cabañas carbonizadas que quedan pudriéndose en el campo de batalla) de objetos valiosos que se practicaba a los vencidos, y constituía uno de los principales medios por los que los hombres buenos de antaño acrecentaban su patrimonio o res. Viendo que rendía más robar que mendigar, al tiempo que ganaban honra y respeto entre sus convecinos, muchas víctimas de la praeda que se quedaban sin tierras, o sin ganas de cultivarlas, se iniciaban a su vez en el negocio de predar < praedari, que no es sino saquear y piratear, por mucho que Homero y demás hagiógrafos prefiriesen eufemismos tales como despojar o expoliar. El que se dedicaba a la praeda era el praedo “saqueador”, una palabra que ha subsistido en el italiano predone, pero que en español desapareció en favor de predador, el que se dedica a predar, verbo que como suponen acabó cambiando de significado. Pero antes de que Isabel de Inglaterra regulara la piratería como contribución extraordinaria a las arcas públicas, las naciones se encontraban con que acogían a un gran número de predadores o bandidos que, aparte del daño que causaban a sus contribuyentes, no les pagaban ningún impuesto por atacar a los extranjeros. Con lo que, a fin de remediar tamaña injusticia, los soberanos decidieron lanzarse a la predación < praedatio o pillaje a escala militar: no se practica el pillaje como castigo al vencido en guerra; se emprende la guerra para practicar el pillaje.

 

De modo que que ya ven que un genuino predador, y así sigue figurando como primera acepción del diccionario, no es más que un simple ladrón que vive furtivamente de la rapiña y el saqueo. Lejos de la imagen del león como valeroso cazador que gobierna la sabana, se identificaría más bien con una pequeña ave rapaz como el halcón o el cernícalo, que tras vigilar a su presa cae de improviso sobre ella, y luego huye con celeridad a lugar seguro donde poder disfrutar de su captura. La comparación entre atacar una manada de ciervos para arrancarles la piel y los cuernos, y atacar una población de personas para arrebatarles pieles y joyas, no tardó en surgir, y la praeda, el botín, se convirtió en la presa que persigue el predador o cazador. Y aunque éste es el principal significado que perdura en la actualidad, se produjo asímismo una evolución semántica que ha perdurado en español. En primer lugar, siendo la praeda el fruto de la rapiña, obtenida mediante el pillaje o la caza, se convirtió después en sinónimo de ganancia o beneficio; algo que contradice la máxima de estos tiempos legalistas de que “los bienes mal habidos nunca aprovechan”, pero que podemos ver en una de las acepciones de la expresión hacer presa: aprovechar la circunstancia, acción o situación en perjuicio ajeno y en favor del intento propio. Y en segundo lugar, la praeda pasó a denominar cualquier cosa obtenida por la fuerza, no sólo física sino también mental e incluso legal: la predación ya no precisa ser sanguinaria, sino que puede ejercerse a través de coacciones y amenazas, sobornos y engaños, chantajes y extorsión, y como en los viejos tiempos de las naciones piratas, adquirir prestigio y respeto mediante la propia ley.

 

No obstante, lo más importante para nosotros es que la propia palabra praeda experimentó cambios morfológicos. En las lenguas románicas evolucionó a preda, y así permaneció en italiano, pero en español cambió en el Medievo a prea (del mismo modo que lauda > loda > loa), así como su verbo derivado prear. En cambio, al pasar al catalán, preda sufrió un curioso fenómeno que se produjo asímismo en unas cuantas palabras de esa lengua, por el cual se pronunció en primer lugar como [predja] y luego como [preça], que fue tomada por el español en la forma presa. El significado original de esta palabra era “víctima de la predación”, entendida como caza o saqueo, que luego se extendió a sufrir cualquier tipo de daño físico o moral. Pero entonces tuvo lugar una homonimia con otra palabra que vimos en otro artículo, la presa derivada de praensa, participio a su vez de praehendere “prender, coger, apresar”, y se produjo una transferencia de significados en varias direcciones. Por un lado, la mencionada acepción de “víctima” pasó a incorporarse a presa entendida como sustantivo derivado de praeda, pero no como adjetivo derivado de praensa, razón por la cual hasta el hombre más ufano de su recia virilidad debería decir con propiedad que es presa, y no preso, de los nervios o de un rapto de cólera; no obstante, en este caso se han mezclado los diversos significados de presa, y nuestro sentido gramatical considera que el empleo del masculino es correcto por cuanto somos presos, es decir, prisioneros de las emociones que nos tienen aferrada el alma, aunque aún no nos hayan derrotado y seamos sólo objeto de su ataque o agresión. A continuación, prea fue presa de presa, y hubo de ver cómo ésta invadía su territorio semántico y le arrebataba un rico botín en forma del propio concepto de botín, obtenido tanto del saqueo como de la caza. Incapaz de resistir a la depredadora presa, prea aún sobrevive en las anticuadas madrigueras del diccionario, pero se ha extinguido en el habla común. El mismo destino que sufrió el verbo prear, suplantado por apresar, que a su significado anterior de “hacer presa”, derivado de la presa prendida, sumó el de “hacer presas”, nacido de la presa predada. Y a su vez, el propio verbo apresar perdió el favor de los científicos y literatos en beneficio del cultismo predar y sus derivados, hasta que todos ellos quedaron relegados tiempo después por la estirpe de depredar.

 

Si depredar equivale a cazar, que como sabemos significa “capturar”, podríamos relacionarlo con el ya visto deprehendere, “coger, prender de manera imprevista”, que como analizamos debería haber dado en español deprender si no hubiera sido anulado por sorprender. Y lo cierto es que esta continua interferencia entre prender y predar tiene un sólido fundamento, ya que en última instancia los dos tienen un mismo origen. En latín arcaico, praeda se decía praida, contracción a su vez de prai-heda, primo hermano del mismo prae-hendere que derivó en nuestro prender. Y el antecesor de ambos se considera que es la raíz indoeuropea ghed-, o su variante nasalizada ghend-, donde la gh representa un sonido intermedio entre la [g] española de gato y la [h] inglesa de house. La reconstrucción de dicha raíz ha llevado a pensar que debió de significar “coger, asir, agarrar”, así como “contener”, y quizá nació de una onomatopeya que reflejaba vagamente el sonido producido al aferrar una piedra o un trozo de madera con la mano, o incluso al frotarse las manos. O quizá al frotarse las zarpas un depredador, pero dejemos los delirios oníricos y echemos mano a lo que sabemos con un mínimo de certeza.

 

Mano” en inglés se dice hand, que pese a la semejanza con ghend- no parece provenir de esta raíz sino de komt- o tal vez kant-, pero como éstas significan asímismo “coger, alcanzar”, es posible que haya un antepasado común devorado por la larga noche de la Edad de Piedra. De igual modo, en la misma lengua inglesa nos encontramos con el verbo hunt “cazar”, y por tanto también “depredar”, que al principio quería decir “coger, capturar”, y cuyo linaje se ha remontado a kend-: una raíz indoeuropea que tanto por forma como por significado podría ser un pariente lejano de la anterior o de la propia ghend-, pero en este terreno debemos andar con tiento si no queremos ser presa de especulaciones deshonestas. Y sin abandonar el inglés, lo que se puede afirmar con la “seguridad” que permite la ciencia etimológica es que la variante ghed- evolucionó, a través de otras lenguas germánicas, al conocido verbo get, de múltiples significados que orbitan alrededor de una idea básica: “obtener, conseguir, alcanzar”. Como imaginarán, estos verbos no son sino sinónimos rebuscados del concepto original que venimos tratando aquí, “coger, prender”, el cual podemos hallar en el pozo semántico de dos compuestos de get que perviven hoy día. Por un lado tenemos beget, un verbo poco utilizado y que al principio significaba lo mismo que get, pero de una manera más intensa y férrea, debido a la partícula be-; y de igual modo que aprender pasó de significar “coger algo con fuerza” a “coger, captar algo por la mente o el espíritu”, beget pasó a ser “prender una idea” y después “concebir una idea”, de donde se extendió a “concebir, engendrar, originar” en sentido amplio, tal como se emplea hoy día en el lenguaje literario y arcaizante. Y por otra parte tenemos un verbo mucho más conocido, forget, que por obra de la partícula privativa for- “al lado, aparte” era en sus orígenes un antónimo de get: “dejar de coger, soltar”, en especial en el ámbito de las ideas y recuerdos, donde acabó por adquirir el sentido moderno de “olvidar, perdonar”. Mas no podemos acabar este repaso al anglosajón sin mencionar el verbo gessen, que al principio significaba “tratar de coger”: al igual que los anteriores, abandonó el territorio físico para instalarse en el de las ideas, donde mantuvo su carácter dubitativo y cambió a “apuntar o dirigir la atención hacia algo”; pero la atención a veces se desvía, el ataque yerra el blanco porque no está donde pensábamos, de suerte que lanzamos la mirada en todas direcciones cual depredador hambriento que confía en capturar alguna presa por mera casualidad; y fue así como este verbo, ya con la forma actual guess, varió su significado a “creer, estimar, conjeturar”.

 

Por lo que respecta al latín, es probable, pero de ningún modo seguro, que la raíz ghed- diese lugar a hedera > hiedra, cuyo significado original reflejaría la afición de esta planta por prenderse, aferrarse, a las paredes de los edificios. Las dudas provienen de que no hay más ejemplos de que la raíz evolucionase en soledad, sino que, tanto en prai-heda > praeda como en prae-hendere, viene siempre prendida a la preposición prae, procedente de un arcaico prai. Como bien sabrán, dicha partícula indica anterioridad de tiempo o lugar, con lo cual ambas palabras significarían algo parecido a “coger previamente”, o “coger lo que está colocado antes de otra cosa”, que no parece tener mucho sentido. No obstante, en el caso de praeda, cuyo origen hemos dicho que se remonta al botín de guerra, podemos hallar un par explicaciones plausibles. Por un lado, prae puede hacer referencia a la caución o garantía: al rendir una ciudad, ésta intentaba negociar con su agresor lo que le iba a entregar en concepto de “molestias” por el esfuerzo invertido en reducirla a cenizas; así que, a fin de librarse de enojosos intermediarios que no hacen sino enrevesarlo todo, el predador se apoderaba previamente de todo el botín, y luego ya hablaría, o no, de la cantidad exacta con que se iba a quedar al final. Pero estas disquisiciones no son propias de una época en la que un saqueador de prestigio no se rebajaba a negociar cual mercachifle. De modo que lo más probable es que praeda fuera el nombre que recibía el botín que el predador mostraba triunfante al regresar a su patria, el cual había cogido previamente en las ciudades cuya destrucción motivaba justamente el homenaje de sus compatriotas. En cuanto a la otra palabra en disputa, así como sabemos que praeda se escribía antes praida, y por tanto lo remontamos a prai-heda, no hay testimonios de prai-hendere, pero sí numerosos de prehendere. En realidad, la inmensa mayoría de las fuentes ofrecen esta forma, en vez de praehendere como debería ser lo normal, y se sospecha que esta última es una hipercorrección: un cambio artificial que se aplica a una palabra, en especial en su forma escrita, para adecuarla a lo que se supone que debería ser lo correcto, aunque realmente estemos equivocados al respecto. Esto ha llevado a suponer que la auténtica forma era pre-hendere, aliteración a su vez de per-hendere, donde la preposición per ejercería una función intensiva: de manera que su significado sería “coger por completo, apoderarse de algo”, a fin de indicar que la mano no se limita a acariciar esos objetos sino a aferrarlos con fuerza, llevarlos consigo, y en última instancia incluso a considerarlos de su propiedad.

 

Y de esta forma termina el gran viaje que hemos emprendido en estos tres últimos artículos, en los que hemos visto a los depredadores aprehender sus presas por sorpresa. Espero que quedaran resueltas todas sus dudas, y que les haya resultado ameno e instructivo. No se pierdan la próxima entrega, en la que abordaremos un tema muy distinto a la vez que interesante, y sin duda polémico.

 

Tenga una flor, bella dama, para que deje de llorar, que haga solazar su espíritu y una sonrisa brotar.

La palabra flor deriva del latín florem, acusativo de flos < flors. La etimología más probable dice que deriva de una raíz indoeuropea, bhla- o bhlo-, que significa “inflarse, expandirse, abrirse”, y por extensión “brotar”, sea de la tierra, del agua, de la piel o incluso de la boca. Esta raíz mantuvo el sonido “b” en las lenguas germánicas, y de ahí deriva el alemán blume y el inglés bloom, la palabra tradicional para referirse a las flores antes de la extensión del galicismo flower. Incluso en esta última lengua tenemos también la palabra blow, que aunque lo traduzcamos normalmente como “soplar, aspirar, succionar” originariamente significaba “inflar la boca de aire”. Ya ven que cuando a usted le practican un blowjob, una mamada, en puridad le están hinchando los huevos. No obstante, la palabra que más nos afecta en este caso es la propia brotar, que posiblemente deriva del germánico bruton < bluton, “crecer”. La trasliteración entre la “r” y la “l” es un fenómeno muy corriente, como bien nos indican los chistes sobre chinos.

En griego, esta misma raíz derivó en palabras de poco uso corriente hoy día, pero que se emplean en terminología científica: blastos “germen [que brota de la tierra]” (como en blastema, “células embrionarias”, o blastodermo, “células en forma de membrana procedentes de la segmentación del huevo”); o bryos, “musgo”, como en briofito, que es el orden botánico al que pertenece el musgo. Por otro lado, la aspiración que ya comentamos del sonido “bh” derivó finalmente en el sonido “ph”, y así tenemos phlykhtaina > flictena “pústula, ampolla [que brota de la piel]”; y también phyllon, “hoja”, y del que proceden algunos términos botánicos comenzados por filo- (no confundir con el homónimo que significa “amigo de”, como filosofía o francofilia).

En latín, el sonido “bh” se aspiró en la “f”, y de ahí viene nuestra flor y sus derivados, como florido o floral. Y también viene foliumhoja, folio”, que es el equivalente latino del ya visto phyllon, con su derivado follaje, que también crece y se expande, y de la cual nacen las flores. Pero quizá no venga Flora, la diosa de la vegetación, sino que es posible que derive del griego chlora, que significa “verde” (como el cloro y la clorofila), y que por una confusión de nombres se identificó más tarde con la diosa de las flores; a ustedes no les crecen claveles en la tripa, ¿verdad?, aunque sí una serie de bacterias vegetales que se denominan flora intestinal. Chlora se pronunciaba “jlora”, y así como la “f” latina se convirtió en español en “j” y luego en “h” muda, el fenómeno contrario es perfectamente lógico. Sin embargo, ni de flor ni de flora deriva floresta, la cual es una mala pronunciación del francés forest > forêt “bosque”, que tiene una raíz diferente.

Muy bien, bella dama. Un galán se ha acercado y le ha obsequiado con un brote de colorines, es decir, una flor. Al mismo tiempo ensalza su hermosura y donaire, su gracia al caminar y su fiereza al foll… Tal conjunto de alabanzas es lo que, como ya sabrá, se denomina echar flores, porque estas son el símbolo de la belleza natural. Usted sonríe ligeramente y agradece al caballero su floreo, es decir, que sus halagos serán todo lo bonitos que él quiera, pero en realidad son palabras huecas, vanas y supérfluas, un exceso de verborrea como una flor de enormes pétalos que esconde una mísera semilla, que es lo que de verdad importa.

No obstante, el seductor no se da por enterado, y ante sus palabras se siente transportado a la época de d’Artagnan y sus galantes mosqueteros. Quisiera tener en las manos un florete, sin darse cuenta de que era un espadín con el que entrenaban las mujeres y los imberbes, y que para su protección no tenía filo, y además terminaba en un botón de cuero que semejaba el brote de una flor sin pétalos, es decir, una florecilla. Entonces sacaría el florete y haría unos movimientos con ella para impresionarla, pero como no tiene punta lo que haría sería ondear la florecilla, es decir, florear, realizar un floreo, que ya vemos cómo puede tener un doble significado. Y otro más, porque esta vibración que se ejerce con la punta del florete, y por extensión de cualquier espada, ha trasladado su significado a cualquier otro movimiento metálico, como puede ser el rasgueo de una guitarra; un cante flamenco, por ejemplo, con el cual realizar todo tipo de florituras, que literalmente significa “florecimiento”, pero que lo usamos para referirnos a cualquier adorno precioso pero innecesario, como la flor de un jardin.

Ya ve lo que da de sí un simple brote, florecilla indomable en la flor de la edad, que quizá añore la flor de su virginidad, aunque tenga la sensualidad y el deseo siempre a flor de piel.

Uno de los materiales más excelsos a la hora de fabricar obras de arte es la criselefantina, nombre que recibe la mezcla de oro (en griego, chrysos) y elefantina. ¿Y qué es la tal palabra? Como podrán suponer, no se trata de las vísceras, ni la grasa, ni el esperma solidificado, ni la piel curtida del elefante, sino que es un nombre alternativo del marfil. Esta denominación tiene su origen en una falsa etimología, sumamente extendida en particular entre los aficionados al arte, y que es preciso erradicar de una vez por todas. Según esta caterva de “expertos”, la palabra elefante significaría originariamente “marfil”, y por metonimia el nombre habría pasado después al enorme animal cuya característica más prominente sería, justamente, ostentar unos prominentes colmillos de un blanco exquisito y refulgente. En realidad, la situación es exactamente la contraria: el elefante no se denomina así por sus colmillos de elefantina, sino que la elefantina recibe su nombre por ser propia del elefante (si bien también la podemos encontrar en los dientes del hipopótamo).

La palabra elefante procede, a través del latín, del griego elephas, elephantos. No está completamente claro su origen. Una de las teorías la relaciona con el griego alphos, nombre que recibía una variante menos dañina de la lepra llamada “lepra blanca”, y emparentado con el latín albus, “albo, albino, blanco”. Como es obvio, la idea que subyace bajo esta hipótesis es la que vimos antes de que elefante designaba originariamente al marfil. Sin embargo, teniendo en cuenta el lugar de procedencia de estos animales, la teoría más plausible es que el nombre derive del fenicio aleph-hind, que significa “buey indio, buey de la India”. Si han leído a Borges ya sabrán que la primera letra del alfabeto fenicio y hebreo se llamaba aleph porque representaba la cabeza de un buey, y que luego los griegos la rebautizaron como alfa.

Ya vimos en otra ocasión el fenómeno del iotacismo, por el cual la “a” y la “i” pueden transformarse entre sí tras fusionarse en un sonido intermedio; de modo que alephind puede muy bien convertirse en alephand > elephant, al que luego se le añadiría la “s” del nominativo, elephants, que por las reglas internas del griego suprime a continuación el grupo -nt- precedente: elephas. Aunque los europeos asociemos fundamentalmente a los elefantes con Tarzán y las selvas de Africa, los pueblos de Oriente Medio los conocieron en primer lugar a través de las junglas del valle del Indo. Y en cuanto a su asimiliación con los bueyes, tenemos el ejemplo de los romanos: la primera vez que éstos tuvieron ocasión de verlos no fue durante la invasión de Aníbal, sino mucho antes, cuando el rey Pirro del Epiro se enfrentó con ellos en la batalla de Heraclea con ayuda de 20 elefantes; los romanos quedaron tan atónitos ante algo jamás visto que los llamaron “bueyes lucanos”, debido a que la región donde tuvo lugar la batalla, y de dónde suponían que eran originarios los bicharracos, se llamaba Lucania (la actual Basilicata, en el arco de la bota italiana).

El adjetivo de elefante es elefantino, y que, de empezar denominando a todo lo propio de este animal, acabó restringido a lo más exclusivo y característico de él: los colmillos de marfil. Pero ya hemos dicho que éste era un nombre alternativo, porque los latinos lo llamaban de otra manera: ebur, evolucionado del más antiguo ebors < ebos. La teoría más sólida dice que el origen de esta palabra es también fenicio, y que derivaría a su vez del egipcio ab “elefante” o ebu “marfil”; una vez más, el nombre del colmillo procede del animal, y no al revés. El adjetivo de ebur era ebureus, del cual proceden el francés ivoire y el inglés ivory, que con el tiempo han pasado a significar también el sustantivo “marfil”. En castellano, sin embargo, la palabra que ha sobrevivido es ebúrneo, forma sumamente poética y pedante de decir “de marfil o parecido a él”, y que procede a su vez de eburno, forma obsoleta de llamar a esa sustancia.

¿Y de dónde procede la propia palabra marfil, que es la que impera con holgura en el castellano actual? Pues del árabe azm-al-fil, que significa “hueso del elefante”. Es curioso observar cómo para los beduinos los colmillos del paquidermo no eran dientes, sino una prolongación del hueso de la mandíbula. El castellano y las lenguas romances en general son refractarias a pronunciar dos sílabas seguidas acabadas en “l”, así que suelen aliterar una de ellas en “r”: en este caso, de malfil se pasó pronto a marfil. Y los aficionados al ajedrez pueden reconocer la palabra fil en alfil, que significa literalmente “el elefante”, puesto que era lo que representaba esta pieza en sus orígenes persas antes de que, tras su paso a la Europa cristiana, se transformase en una especie de obispo o arcipreste.

Así que, tras este pequeño viaje etimológico, ya hemos descubierto nuevas formas de llamar a la criselefantina: criseburno, crismarfil; y si recordamos la denominación de oro en latín, tenemos aurelefantina, aureburno, aureomarfil… Ahora contemplen el cuerpo desnudo de su amado o deseada, dedíquenle el epíteto que prefieran, y añoren los tiempos en que lucir un cuerpo ebúrneo era lo más excelso y precioso que podía existir, aun más si embellecido por un pendiente o una gargantilla de oro.

Los antiguos indoeuropeos se fijaron en que el agua que fluye plácidamente por un río, formando un único cuerpo que cambia de forma mientras discurre por el cauce, era diferente de la que se arroja desde las manos, un recipiente o una cascada: en este caso, el agua se rompe, se disgrega en lágrimas, se desintegra hasta que vuelve de nuevo a fundirse con la carne líquida de la que procede. De modo que al agua en esta situación la denominaron con una raíz que significa “verter un líquido”, de la cual proviene la palabra latina gutta, que derivó en castellano como gota.

La propiedad de los líquidos para deshacerse momentáneamente en gotas ha tenido siempre una gran importancia. En medicina, por ejemplo, se consideraba que las inflamaciones en las articulaciones de los pies o las manos se debían a las gotas de algún humor corrupto; de ahí que a los que sufrían tal tortura se les llamara gotosos, o enfermos de gota. La apoplejía o infarto cerebral también se denominó en otros tiempos gota, ya que se consideraba causada por gotas de sangre que obstruían el cerebro tras romperse alguna arteria. Por otro lado, el agua de lluvia cae siempre en gotas, que se infiltraban en las casas a través de las grietas o goteras, antes de que a algún arquitecto se le ocurriera conducirlas por unos canalones en la cara inferior de las cornisas, llamadas por esa razón goterones. El concepto de gotero, aunque ahora lo apliquemos en exclusiva al dispensador de suero en una cama de hospital, tiene su origen en un antiguo recipiente de cuello estrecho y boca pequeña, con el que se vertía el vino gota a gota para efectuar sacrificios, y que se utilizaba también para guardar el preciado aceite.

Cuando el mar se desborda por un barco hasta anegar el fondo y la cubierta, es preciso expulsar todo el líquido antes de que el peso le haga naufragar. Para tal fin, los marineros utilizaban una pala de madera con forma de cuchara llamada gotaza, derivado del adjetivo < guttacea, es decir, “[pala] de gotas”, puesto que al golpear el agua la convertía en gotas que volaban de vuelta al mar. Esta ardua labor se denominaba ab guttare > aguttare, “desde la gota”, es decir, “gota a gota, gotear”, porque el agua se sacaba a gotas con ayuda de la gotaza. Con este sentido original pasó al castellano como agotar, hasta que posteriormente su significado se mezcló con ex guttare > eguttare “extraer las gotas”, y de ahí procede la acepción actual de “extraer hasta la última gota”.

Gracias a la etimología, ya sabe que, si alguna vez le llaman inagotable, es que no han logrado exprimirle hasta la última gota, sea de sudor o cualquier otro fluido del cuerpo. Siempre tendrá más en la reserva, así como fuerzas que emplear de la manera que juzgue más adecuada.

No siempre somos lo que aparentamos, y la imagen que ofrecemos es un reflejo de la que los demás proyectan sobre nosotros. El mar es transparente como el cristal, coloreado en un tercio por sal blanquecina, pero en un día nublado parece un derrame de mercurio. Luc Besson popularizó la expresión “El gran azul”, y sin embargo los egipcios lo llamaban “el gran verde”, así como para Homero tenía el color del vino tinto. Para los griegos era undoso, y untuoso como el aceite; para los nórdicos estaba envuelto en la bruma y el estruendo de la cascada del fin del mundo. El mar es profundo y oscuro, refugio de monstruos y tempestades; y juega a crear castillos en el aire, como la fatamorgana, que transforma el horizonte en una pared vertical, donde el Estrecho de Messina se refleja suspendido sobre el agua. Ha separado a los animales y ha unido a los hombres, produce miedo y atrae como el vértigo, es símbolo de libertad y esclavo de la luna. En la costa quizá lo más hermoso del mar no sea el mar, sino la tierra que abraza el mar. En la lejanía parece aburrido y uniforme, un yermo interminable que siempre ofrece la misma cara, a la espera de que una sirena o un delfín permita distraer la vista un rato. Y sin embargo tiene un fulgor hipnótico, los ojos descansan intentando divisar el infinito, el alma se adormece arrullada por el susurro de las olas…

Las paradojas del mar se muestran en la variedad de raíces que presentan las lenguas indoeuropeas. La más importante es mari- o mori-, de la cual derivan tanto el latino mare como sus equivalentes en las lenguas celtas, eslavas y germánicas. El significado exacto de esta raíz se desconoce, y existen diferentes hipótesis que la relacionan con raíces semejantes. Quizá la más verosímil sea la que la enlaza con la raíz mar-, que significa “brillar, centellear, resplandecer con una luz blanquecina”, y de la cual procede el griego marmaros > mármol, así como maira, la primitiva palabra griega para nombrar la Luna. Acostumbrados al mar verde o azul, esta teoría quizá se nos antoje ridícula, y que sólo pudo ser creada por noctámbulos que desconocían la luz del sol, pero una vez más debemos recordar que las cosas no son siempre lo que parecen. Hay que tener en cuenta que, aunque nuestra herencia grecorromana nos haga pensar lo contrario, el mar por excelencia para los indoeuropeos no era el Mediterráneo, sino el Báltico, desde donde se extendieron hasta la costa septentrional del Mar Negro. En esas tierras el cielo suele estar nublado y el mar plateado, e incluso en un día claro el agua acostumbra a estar algo agitada, y la espuma centellea en las crestas de las olas. E incluso en los estrechos entre el Egeo y el Mar Negro existe un ensanchamiento llamado Mar de Mármara, “Mar de Mármol”, o más propiamente, “Mar Resplandeciente”.

De modo que, en puridad, el mar no sería de colores cálidos sino fríos y grisáceos, y no estaría asociado a la alegría y la pasión del sol, sino a la delicadeza e incluso la melancolía de la luna, ante cuyo rostro oscila sin cesar en el baile de las mareas. Este concepto nos lleva a la siguiente teoría, que sostiene que mare procede de otra raíz también llamada mar- o mor-, pero esta vez con el significado de “morir”, de la cual les hablaré con más detalle en otra ocasión. En la costa hay peces y algas, pero la alta mar se debió antojar por primera vez a nuestros ancestros un lugar sin vida, un desierto estéril en cuyas aguas ni siquiera se podía aplacar la sed. Es posible que esta hipótesis esté relacionada con la anterior: la luna que resplandece en la noche se llama en euskera ilargia, “luz muerta”.

En las lenguas germánicas, la raíz evolucionó al inglés mere o al alemán meer, con el significado de “lago”, tanto dulce como salado. Se emplea en alternancia con la raíz saiwa, de la que procede el inglés sea y el alemán see, cuyo significado original se desconoce, pero que parece indicar “la totalidad, el absoluto”. Esto nos vuelve a poner en relación con la raíz mar-, “centellear, resplandecer”, cuyo significado evolucionó a “claro” > “puro” > “entero, total”, y de la cual procede la palabra mero, “puro, simple, sin mezcla”. Aunque en las mitologías europeas el mar no juega un papel tan esencial como en la polinesia, donde todos los seres son hijos suyos, tiene una poderosa influencia, en especial para los pueblos del norte. En el imaginario celta, más allá del mar se encuentran las islas del Más Allá, un lugar paradisiaco adonde van a morar las almas de los muertos. Los vikingos ponían a sus muertos con sus armas en una nave, a la que prendían fuego dejando que el mar se los llevara: de esa manera lograban entrar purificados en el Walhalla. El mar no rodea la tierra, sino que la tierra surge del mar, y en ella se hundirá en el Ragnarok al final de los tiempos. El destino de los hombres es morir en brazos del mar.

El mar se agita, duerme intranquilo incluso en los momentos de calma. Para los griegos, para quienes el Mediterráneo bullía de vida y de calor, esa fluctuación era lo más característico, así que para denominarlo apelaron a la raíz tar- o tra-, “mover, agitar”. De ella derivan palabras tan dispares como transporte, término y terror, de las que hablaremos en su momento, pero en lo que nos interesa evolucionó a tarassa > thalassa, de la cual proceden talasocracia “dominio sobre el mar”, talasoterapia “terapia basada en los baños o el aire del mar”, o talasemia “sangre marina”, una forma de anemia hemofílica hereditaria que suele presentarse en los pueblos ribereños del Mediterráneo. A medida que nos alejamos de la costa el mar presenta una mayor agitación, las olas se levantan a mayor altura y las tempestades son más frecuentes y peligrosas. De modo que la alta mar fue llamada pelagos > piélago, de una raíz que significa “fluctuar, moverse, batir”, de la cual también proceden fluir, lluvia e incluso llorar, y de la que, una vez más, hablaremos largo y tendido en otra ocasión. Para los griegos, el mar por excelencia era el Egeo, al que llamaban poéticamente Archipiélago, “El Gran Mar”; y como está plagado de islas, la palabra pasó a designar no el mar, sino el conjunto de islas que brotan en él.

Frío y cálido, resplandeciente y lánguido, el absoluto del que procede todo y adonde todo va a morir, siempre en movimiento aunque se nos antoje tranquilo y en calma, rugiente y silencioso… El mar nos muestra muchas facetas, y sólo al sumergirnos en él podemos apreciar su transparencia, y descubrir los secretos que esconde en su interior.

La palabra laurel procede, a través del occitano laurier, del vocablo latino laurus, que propiamente denomina el árbol del laurel. En latín antiguo se decía laudus, y la etimología tradicional lo relaciona con laudare, “encomiar, alabar”. De este verbo tenemos derivados cultos como laudatorio “que alaba o contiene alabanza”, o la expresión summa cum laude, es decir, que te dan matrícula de honor y encima una palmada en la espalda, por lo bien que has absorbido las enseñanzas de tu tutor. No obstante, la palabra más propiamente castellana es loa < loda < lauda, que como ya sabrán significa “alabanza”. Según algunos, del verbo laudare también deriva el cóctel de vino blanco, azafrán e incluso opio conocido como láudano, para señalar que es una medicina célebre, famosa entre los antiguos; no obstante, en realidad es una deformación de ládano < ladanum, que deriva del griego ladanon o ledanon, y este a su vez del árabe ledan, “arbusto, mata”, puesto que el láudano original era una resina olorosa que se extraía de un arbusto muy común en las riberas del Mediterráneo, la lada o jara.

De modo que ya vemos que, según la tradición, el laurel recibió su nombre porque era el material con el que se confeccionaban las célebres coronas con las que se rendía alabanza a los generales triunfadores: si la victoria había sido importante y decisiva, el laureado entraba en Roma montado sobre un carro, coronado de laurel, mientras el pueblo le aclamaba a su paso por lo macho y gallardo que había sido; si la victoria había sido menor, el general entraba a pie, coronado de mirto, y con el único acompañamiento de los senadores, que de esa forma le rendían una ovación silenciosa, como correspondía a la seriedad de su cargo, sin los aplausos y vítores propios de la plebe.

Sin embargo, la etimología moderna se inclina por la explicación contraria: el laurel no se llamó así por ser el material de la corona del triunfo, sino que su nombre era muy anterior a esa costumbre (supuestamente de origen etrusco), y las coronas se hicieron de laurel por ser una planta muy común en Italia. El propio Virgilio nos cuenta en la “Eneida” que el Lacio anterior a la llegada de Eneas y sus troyanos exiliados se llamaba Laurente < Laurentium, “tierra de laureles”, debido a la profusión con la que crecía en esa zona. Así que los romanos, después de escoger el lobo como su animal totémico, se inclinaron por el laurel como su planta nacional (de igual modo que el arce representa a Canadá, o el cedro al Líbano), y lo retorcieron en forma de corona como símbolo patriotero. De Laurentium deriva Laurentius > Laurencio > Lorenzo, que como pueden ver significaría “lleno de laurel”, o incluso ser sinónimo de “latino” o “romano”.

En realidad, laurus/laudus no procede de laudare (quizá sea incluso al revés), sino que es una deformación de djaurus < daurus. Esta palabra deriva de una antigua raíz indoeuropea, drau- o dru-, que significa “leño, tronco de árbol”. Es la misma raíz de la cual deriva el celta druida, “que vive entre los árboles” (de dreu, “encina”), los griegos dríade “divinidad que habita en los bosques” o drina “culebra de los árboles”, o incluso el inglés driu > triu > tree, “árbol”.

Así que ya ven: un laurel no es más que un arbusto, “el arbusto”, para los latinos, que lo adoptaron como emblema y lo elevaron a la categoría de símbolo del triunfo y la victoria. Y del laurus, el árbol del laurel, tenemos el nombre propio de Lauro y sobre todo de Laura, que podríamos decir que significa “laurel”, “arbusto”, “la triunfadora”, “la laureada”, o incluso “la encomiable, la digna de ser loada y alabada”.

¿A usted, bella dama, alguna vez le han regalado una orquídea como esta?

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Pues sepa usted que el caballeroso galán no es más que un guarro obsceno, y que la sonrisa con la que usted agradece el detalle podrá ser interpretada como que accede al comercio carnal con él. ¿Se ha fijado en los dos bulbos pilosos que emergen por debajo de la flor? Fíjese con atención. ¿No le recuerdan a los huevos de un camionero? Hace bien, porque debido a ello es por lo que esa flor merece su nombre. Y es que la etimología de orquídea radica en el griego orchis, que significa “testículo”.

Así que ya sabe. Dé un buen zapatazo al marrano que se ha atrevido a mancillar su honor de esta manera, y procure acertarle en las orquídeas. Ya verá como el muy cabrón sufre pronto de orquitis, es decir, inflamación de los testículos.