Al hablar de etimologías, continuamente mencionamos que las palabras van cambiando con el transcurso del tiempo, una vocal se convierte en otra, una consonante se transforma en otra muy diferente, algunos sonidos desaparecen, las sílabas se juntan y se fusionan… De apotheke pasamos a bodega, de femina a hembra, de coculus a populus > pueblo… y ustedes lo aceptan como niños buenos y ciudadanos de progreso; si el enterado éste lo dice, pues será verdad. ¿Pero lo entienden realmente? ¿Comprenden cómo pueden producirse esos cambios fonéticos, a veces tan increíbles y, si lo pensamos bien, casi imposibles?

La ortografía castellana se considera una de las mejores del mundo por su sencillez: cada letra representa un sonido, y si representa a más de uno las reglas están perfectamente definidas. Ustedes leen “t” y la pronuncian como “t”, leen “a” y es una “a”, leen “que” y ya saben que se dice “ke”… Por esa razón es relativamente fácil para los extranjeros aprender a pronunciar nuestras palabras (otro asunto es la gramática, que no vean cómo sudan para memorizar y aprender a utilizar nuestro gran número de formas verbales), pero tiene su contrapartida: a nosotros nos resulta bastante más difícil hablar correctamente otras lenguas.

Una de las claves es nuestro sistema vocálico: sólo tenemos cinco vocales, lejos de las siete del catalán, las doce del húngaro, el caos del inglés… Hemos aprendido algunas reglas mnemotécnicas: por ejemplo, si leemos wake pronunciamos “weik”, si leemos side decimos “said”, cuando en realidad en ambos casos la “i” debería ser muy suave. ¿Pero cuántos de ustedes saben que that sad man had a mad cat no se pronuncia como se lee, sino thæt sæd mæn hæd æ mæd cæt? El dígrafo “æ” representa un sonido que no es ni “a” ni “e” ni “ae”, sino un punto intermedio entre los dos, parecido a la “e” átona del catalán mare, que los alemanes transcriben como “ä” y los romanos, originariamente, escribían en el genitivo, “rosae”.

Esos sonidos intermedios, de transición, son la clave de la transformación de las palabras. El concepto “de transición” puede inducir a error, puesto que en su origen no eran tales, sino que las primitivas lenguas poseían decenas de sonidos muy parecidos, que se han ido perdiendo, fusionando o transformando por un proceso universal de simplificación fonética. El lenguaje oral busca la sencillez, el apresuramiento se come lo que considera superfluo, acorta el número de sílabas, las consonantes chocan de un modo que ya no se puede pronunciar de manera fluida, y el hablante busca el camino que le resulta más fácil. Pero cada uno emprende una senda diferente del vecino, imita la forma de hablar de las personas que le rodean; y en una época sin escritura, sin medios de comunicación, sin apenas movilidad geográfica, su mundo se reduce a su familia, su aldea, el mercado donde entabla contacto con gentes que viven a dos días de distancia… Los sonidos se convierten en perfectamente normales para unas lenguas, mientras que para otras se vuelven raros, impronunciables, y deben buscar alternativas. Un proceso lento pero progresivo e inexorable, del que quedan rastros en las lenguas emparentadas.

Antiguamente, casi todas las lenguas tenían vocales cortas y largas, que eran la misma pero pronunciada durante una fracción de segundo más larga: a -> aa, e -> ee… Tenemos ejemplos de ello en el griego clásico, que diferenciaba la omicron (o pequeña, o corta) de la omega (o grande, o larga), así como la epsilon (e breve) de la eta (e larga). El griego moderno, sin embargo, ha suprimido esa diferenciación, y ambos tipos de e y de o se pronuncian igual, y sólo se distinguen a efectos de ortografía (como nosotros con la b y la v). El latín poseía la misma diferenciación fonética, que no ortográfica, puesto que sólo tenía una única letra para ambos tipos de e o de o; pero durante el latín tardío al vulgo le resultaba complicado pronunciar las vocales largas, y la solución que dio fue cambiar la pronunciación, de forma que una o se acercó a la u, y una e se aproximó a la i. Al castellano esas nuevas vocales se le antojaban impronunciables, y las dividió en diptongos: oe -> ue, ie; en cambio, el catalán y el galaicoportugués las conservaron tal cual, y por eso tienen siete vocales. Por su parte, el alemán y el inglés siguen conservando las vocales largas, lo mismo que el finlandés; el húngaro convirtió la e larga en una mezcla de e-i, etc. Cada lengua escoge su propio camino.

Una a es una a, y una o es una o, ¿verdad? Pues no, señor, muchas lenguas las agrupan en un único sonido, y sólo las diferencian cuando reciben el acento tónico. Por eso el inglés God se pronuncia [goad], pero como es un sonido raro a nuestros oídos decimos [god] o, si nos damos ínfulas de angloparlantes, pasamos a la ultracorrección [gad]. Lo mismo sucede con does [doas] o done [doan]. El aparente absurdo fonético del inglés obedece a que su alfabeto limitado, herencia del latín, es incapaz de representar todos esos sonidos de transición, además de las vocales largas, que ha recibido del germánico y del francés, y tiene que hacer malabarismos, y en última instancia esperar que sus hablantes recuerden la pronunciación de cada palabra. Y es que los alfabetos pueden ser una maldición más que un beneficio: los eslavos tuvieron que inventar uno nuevo, el cirílico, para representar sus extraños sonidos, pero incluso algunos de ellos prefirieron el latino, para que sus textos pudieran ser leídos tranquilamente por alemanes o franceses; el resultado es que checos, polacos y croatas tienen ces, tes, eses y erres que no se pronuncian como las nuestras, o incluso deben recurrir a combinaciones de consonantes que se nos hacen ilegibles e impronunciables.

Yo tengo la teoría de que el sonido u no existía en el griego ni el latín primitivos: existía el sonido i y el sonido ü, la mezcla de i y u que encontramos en el alemán Müller. Los griegos representaban este sonido con la ypsilon o y griega, que pasó al latín como la letra u. Este sonido [ü] empezó a volverse raro, y se fue disociando en los sonidos i y u: para representar este último, los griegos crearon el dígrafo ou. Por su parte, en latín desapareció del todo, pero optó por dejar a la letra u la pronunciación del nuevo sonido u y de los restos del antiguo i; por esa razón la letra u ha pasado al castellano, a veces como u (a menudo abierta en o, como muccus > moco), a veces como i (baculus “báculo” > bacillum “baculillo, bacilo”).

Hemos dicho en otra parte que de coculus se puede pasar a populus. ¿No parece increíble? No, si atendemos a los sonidos de transición. El sonido [k] es gutural, pero no todos los pueblos lo pronuncian igual que nosotros: los árabes tienen un sonido que nace en el fondo de la garganta como si fuera una flema; otros lo suavizan en una especie de [g] fuerte, mientras que otros se aproximan a nuestra [j]. Este último sonido se suele representar como kh, y es en el que tenemos que fijarnos. De kh se puede pasar a ph, pronunciado como [f] fuerte, y la prueba está en el mismo castellano, que hizo el camino al revés desde femina > femna > jembra > hembra. Muchos pueblos no pueden pronunciar la [f], buscan un sonido parecido, y acaban pasando de ph a p, como hizo el euskera.

Todos los sonidos se pueden convertir en los demás, esta es la regla general. La velocidad del cambio depende de cada lengua, y se puede decir que se ha detenido por la alfabetización, que nos impone una norma de pronunciación; de seguir iletrados, dentro de cinco mil años el castellano sería completamente impronunciable para nosotros. Algunos sonidos se pueden transformar en otros de manera directa: suele ocurrir con las consonantes que pertenecen al mismo grupo, como las guturales (c/k, j, g), dentales (t, d, z), bilabiales (p, b, f) o nasales (m, n). Para pasar de un grupo a otro, están los sonidos de transición, tanto los que existían antiguamente y permanecen latentes en el sustrato de la lengua, como los que se van creando a medida que la lengua se desgasta y altera.

Hay varias formas de mostrar de manera sucinta esa transición. Aquí tienen una, pero tengan en cuenta que hay múltiples conexiones desde cada sonido. Recuerden que, antiguamente, la v y la w se pronunciaban cercanas a la f, la h era una j suave, y la x se asemejaba a la sh inglesa.

A > E > I > U > O > A


C/K/Q > G > Y/LL > J > H > F > W > V > B > P > B > M > N > Ñ > Y/LL > L > R > X > S > C/Z > CH > T > D

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