octubre 2006


Es una vergüenza lo que está pasando, ¿no cree? Se le enciende el rostro al ver tanta ignominia, en un rubor que se confunde con el sonrojo turbador de saber que usted forma parte de ese colectivo. ¿Y qué es lo que está ocurriendo que le produce tal vergüenza ajena? Va por barrios, e incluso por domicilios fiscales. En última instancia, el bochorno es un sentimiento de cada individuo, sujeto a su forma de ser y de pensar, y es muy difícil de compartir o comprender por parte de quienes no estén esclavizados a su misma piel.

Debido a que vergüenza tiene también la acepción de “pudor”, e incluso de órgano genital (“taparse las vergüenzas”), algunos listillos creen que está relacionada con otras palabras referidas al sexo, como verga o virgen. Pura etimología de baratillo, fruto de la nefasta costumbre de fijarse en la semejanza formal de las palabras, y no en lo que significaban en un principio. En realidad deriva de vergonza < vergondja (pronunciado [vergon-ya]) < vercondia, forma vulgar del latín clásico verecundia. De hecho, el sinónimo culto de vergonzoso es verecundo, un vocablo perfecto para burlarse del vecino y que éste crea que le estamos llamando “persona veraz, que dice la verdad”. Y el significado original de verecundia sí está relacionado con el hecho de cubrirse las vergüenzas, aunque no en el sentido que muchos creen.

La terminación -cundo es propia de algunos adjetivos verbales latinos, y transmite a quien la posee las facultades definidas por el verbo. Así, de fari “hablar” tenemos facundo, “hablador, parlanchín”, y de feo “producir, generar” nos encontramos con fecundo, “productivo, fértil”. Verecundo deriva del verbo vereri, que literalmente significa “temer, no atreverse a hacer algo”, pero no por miedo o terror, sino por respeto o reverencia, palabra que procede de ese mismo verbo.

A su vez, éste es un significado posterior, porque en principio vereri quería decir “guardarse, cuidarse de hacer algo”. La razón estriba en que procede de la raíz indoeuropea var-, que significa “cubrir, proteger, defender”, la cual podemos encontrar en cuatro verbos de origen germánico:

varian > warjan, el que mejor mantiene el sentido original de “proteger”, que pasó al castellano como guarir, con sus derivados guarecer y guarida;

varen > waren, “protegerse de un pacto o de un daño”, que pasó al latín tardío como varentem con el sentido de “seguro, caución”, y de ahí el francés garant, en castellano garantía;

vardon > wardon, que amplió el significado a “observar, vigilar”, y así tenemos derivados como guardar y guardia, que vigila y a la vez protege un lugar;

– y varnion > warnjon, que en principio significaba “proveer la defensa de un lugar”, es decir, proporcionar los hombres y material necesarios para fortificar un sitio. De aquí deriva el inglés warn, “alarma, advertencia”, porque tal era la función de la guardia apostada allí. Ahora bien, los muros, torres y empalizadas, una vez levantados y reparados, solían ser embellecidos para resaltar la categoría y dignidad de sus moradores. Así que este significado de “adorno, aditamento” es el que también recogió el castellano guarnir, y sus derivados guarnecer y guarnición.

En suma, ya vemos cómo, propiamente, la vergüenza es el temor reverencial hacia las cosas elevadas, humanas o divinas, y que en última instancia refrena nuestros actos como medio de guardarnos, protegernos, de sus posibles efectos. Por eso un niño que no guarda silencio ni compostura ante personas mayores desconocidas, a quienes antiguamente se le enseñaba a respetar, decimos que es un desvergonzado. Y el rubor que nos sonroja cuando nuestra pareja menciona en público alguna anécdota sexual, obedece a la profanación contra algo que siempre nos inculcaron a mantener en secreto, en sagrado, al igual que las vergüenzas y partes pudendas. Y es que la timidez, el temor, siempre ha sido un instrumento esencial para la defensa y supervivencia de los animales; los temerarios son fascinantes, pero acaban llorados en la tumba.

Pero el que nunca sale de sus resguardados muros acaba por pudrirse dentro de ellos. De modo que luche por abrir un hueco en sus propias defensas, y deje que el bochorno se suavice en un aire fresco. Un poco de respeto, de reverencia, de vergüenza, no siempre está de más, pero no deje que le coarte hasta el extremo de no atreverse a hacer nada.

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¿Tienen interés por conocer la etimología de joder? Vamos a intentar saciar su curiosidad.

En principio, la respuesta es fácil: viene del verbo latino futuere. La evolución debería haber dado en hoder, ya que en castellano la “f” latina pasó a “h” en tantísimos ejemplos; pero en este caso la “h” no se volvió muda, sino que mantuvo su aspiración y al final se palatalizó en “j”. Es el mismo proceso por el cual podemos decir “menúa jartá”, si bien esta expresión queda como dialectal y aldeana por no haberse incorporado a la norma general del habla.

¿Pero de dónde viene futuere? Aquí hay explicaciones de lo más peregrinas.

– Está relacionado con furar, que significa “agujerear”. En este caso, sería más bien “meterse por el agujero”, o sea, “penetrar”.

– Viene de una raíz indoeuropea, *bhau(t), que significa “golpear”, dando a entender la idea de violencia que implica joder sexual o moralmente.

– Está relacionada con la misma raíz de la que derivan femina y física: la idea de engendrar, generar, plantar, procrear. Existe en griego el verbo futein, que significa “plantar árboles”. ¿Tiene ganas de plantar un pino?

– Relacionada con la anterior, la raíz fu- significa “ser, nacer, ocurrir”. La podemos encontrar en futuro, “lo que va a ser”. Así que podríamos decir que futurus futuere, “el futuro es joder, o ser jodido”.

Algunos de ustedes, en particular los que no hayan visto jamás una tienda de barrio y toda su vida transite en centros comerciales, seguramente creerán que etimología de la palabra droga viene del inglés drug; y que no se implantó en castellano hasta que Jimi Hendrix palmó por la heroína, o cuando sus Satánicas Majestades (vaya epíteto más imbécil) dedicaron una oda a la cocaína; los más pedantes recordarán probablemente a Sherlock Holmes o Sigmund Freud, alabando las virtudes del polvo blanco ya en el siglo XIX. Pues desengáñense, señores: la palabra droga es bastante anterior a todo eso.

Situémonos a finales del siglo XVI. España es la mayor potencia del mundo, e inunda Europa con el oro y la plata de América, que va a parar directamente a las manos de los banqueros alemanes y flamencos que financian sus inútiles e incesantes guerras. Una de ellas la libran contra los rebeldes holandeses, que a falta de poder militar prefieren dedicarse al comercio. Poco a poco, aprovechando que los portugueses ahora pertenecen al opresor Imperio Español, se van apoderando de sus antiguas colonias en Asia, en particular las islas que ahora forman parte de Indonesia, y que se llamaban las Islas de las Especias. De allí traen una serie de plantas machacadas y en polvo que debido a su aroma sirven para condimentar las insípidas comidas renacentistas, junto con otras que poseen beneficiosos, o al menos insólitos, efectos medicinales. Las colocan por toda Europa en una forma que ya habrán visto en cualquiera de los repetitivos mercados medievales de hoy día, junto con la etiqueta “plantas secas” o “áridos”: en holandés droog, relacionado con el alemán trock-en y el inglés dry, es decir, “seco”.

Esta palabra pasó primero al francés como drogue, y de allí se extendió al resto de lenguas europeas. Las drogas se vendieron primero en las boticas, que ya dijimos que eran una especie de colmado donde había de todo, y que con el tiempo se quedaron sólo con las drogas medicinales. Por su parte, las alimenticias como el azafrán pasaron a venderse en establecimientos denominados ultramarinos, porque ofrecían productos de ultramar, como eran las especias asiáticas y americanas. Y las de cosmética, como los polvos para ennegrecer los ojos o blanquear la piel, se vendían en las droguerías (en inglés, drugstore, tantas veces visto en las películas), establecimientos que fueron ampliando su oferta hasta abarcar productos de limpieza y perfumería. Así que la palabra droga se fue limitando cada vez más a la medicina y farmacia, ámbito donde nacieron y se desarrollaron las drogas modernas, los estimulantes y los narcóticos.

Otra teoría hace derivar las drogas de las lenguas célticas, como el bretón o el gaélico, donde existen palabras como droug o droch, que significan “cosa perjudicial”. Pero esta hipótesis está influenciada por el sentido actual de la palabra droga, muy alejado del que tenía antiguamente y que persiste en el nombre droguería, cuando una droga no era más que un producto de herbolario. Y es que decir “droga en polvo” es una pura obviedad, una perogrullada: lo extraño, lo sorprendente, es que una droga sea líquida o gaseosa.

Fue Perogrullo el primero en descubrir que las modas cambian de manera sorprendente, y que lo que ayer nos parecía elegante y seductor, hoy lo consideramos anticuado e incluso repulsivo. No hace mucho, una mujer de alcurnia se distinguía por una piel blanquísima que indicara que no trabajaba en el campo, unos senos menudos que no mostraran los estigmas de la maternidad, y una boca pequeña y discreta, delimitada por unos labios finísimos sólo ligeramente engrosados en la parte frontal, promesa de un tenue beso que tal vez podría llegar tras pacientes días de asedio cortés. Hoy día, incluso las aristócratas han renunciado al disfraz del pudor y desean exhibir su ardor sexual, luciendo una piel dorada que se revuelca en la arena al vaivén de unos pechos neumáticos, bajo unos labios grandes como los de un rape, carnosos como los de un besugo besucón. Espadas que hieren como labios, concebidos para besar sin medida, para chupar con lascivia, para saborear sin límite de goce, solos o en compañía de una lengua al objeto de lamer y relamerse. ¿Fue siempre así o, una vez más, el ser humano se ha desviado de su evolución natural?

La palabra labio procede del latín labium, a su vez una variante del más antiguo labrum. Ambos términos pasaron a las lenguas romances, hasta que con el paso del tiempo unas se decantaron por labrum (francés, italiano y galaicoportugués) y otras por labium (castellano y catalán). Es muy posible que ya en latín se emplearan para distinguir los dos tipos de labios: San Isidoro de Sevilla nos dice en sus Etimologías que en el siglo VI el labium designaba el labio superior, mientras que el labrum era el inferior, más grueso. Curiosamente, ambos términos se emplean hoy en zoología, pero de manera inversa, para diferenciar los labios de los insectos y artrópodos en general. La mosca utiliza el inferior, que ahora no es el labrum sino el labium, a modo de lengua, lamiendo la partículas de comida. Y es de nuevo el propio San Isidoro quien dice que labra (el plural latino de labrum) era como algunos llamaban a los labios de los hombres, mientras que labia correspondía a los de las mujeres. ¿Fue en la Edad Antigua cuando nació el concepto de labia como sinónimo de “lenguaraz, charlatán” y además asociado a las mujeres, mientras que hoy indica la verborrea persuasiva y seductora, y se aplica sobre sobre todo a los hombres? La verdad es que es una acepción que también existe en otras lenguas indoeuropeas, como las celtas, donde existen palabras que significan “hablar, locuacidad, lenguaje” que están emparentadas con labio. Lo más probable es que, siendo los labios las puertas que dan paso a la boca, se usaran desde muy antiguo como sinónimo de ésta y todo lo que ella encierra, en particular la lengua y la facultad de hablar, como seguimos haciendo nosotros con expresiones como “mis labios están sellados”.

La mosca chupa con la lengua y lame con el labio, al contrario que nosotros. Demos la enhorabuena a la mosca, porque hace lo correcto, ya que labio procede de la misma raíz que lamer < lammere < lambere. ¿Nunca han dado un lametón con el labio inferior, deslizando con ansia su humedad por un helado o por un ombligo sudoroso? Entonces es que han renegado de sus ancestros los chimpancés, que arrancan las hojas de los árboles a medida que las lamen con sus gruesos labios. Lo mismo que hacen los burros y los jamelgos, que no arrancan la hierba con los dientes sino con lamidas de los labios; en cambio, la jirafa lame las hojas de las acacias con la lengua, y emplea sus ásperos labios como protección contra las espinas. Los carnívoros apenas tienen labios, sino que emplean los dientes para desgarrar la carne y los tendones, mientras que las aves los han convertido en duros y afilados picos. De modo que ya vemos que la primitiva función de los labios era la de ayudar en las labores de comida, ya fuera como pinza lamedora o como protección. Sin embargo, ahora los humanos comemos con las manos, lamemos con la lengua, y los antaño resistentes labios son la parte más sensible de la boca. ¿De qué nos sirven, entonces? De muy poco, y por esa razón la naturaleza los ha ido afinando y menguando cada vez más, hasta que de pronto hemos descubierto su poder sexual, el placer de sentirlos, e imaginarlos, frescos y siempre lábiles (palabra que, sin embargo, tiene un origen diferente), húmedos y resbaladizos por nuestra piel, y los engrosamos artificialmente para aumentar esa deliciosa sensación.

Lambere parece ser una evolución de *labbere, con la intercalación de una m eufónica para facilitar la pronunciación; es un fenómeno muy común también en griego, aunque en esta lengua se emplea sobre todo en las consonantes guturales (amygdala > amindala “almendra”). Tanto este verbo como labium/labrum provienen de la raíz indoeuropea lab- o leb-, que, efectivamente, significa “lamer”. De esa raíz deriva el inglés lap, una de cuyas acepciones significa lo mismo, así como lip, “labio”, con lo que una vez más se refuerza la conexión entre ambos conceptos. Muy posiblemente sea una raíz onomatopéyica, es decir, creada por imitación al sonido que producían los labios al rozar algo, en particular al beber un líquido.

Los labios delimitan y defienden la boca, forman una barrera que hay que abrir para penetrar en ella, de igual modo que los labios inferiores se cierran sobre la sonrisa vertical que adorna el pubis. Son de alguna manera un contorno, un reborde, como los que en todas las épocas se han empleado para perfilar las puertas y ventanas, las partes más nobles de una casa por cuanto son sus orificios. En euskera, labio se dice ezpaina, y una teoría dice que ése es el origen de España, con el sentido de “borde, extremidad del mundo antiguo”. La propia palabra labrum no sólo significaba “labio” en latín, sino también “margen”, y se considera que el célebre vino italiano lambrusco procede de labrusco < (vitis) labri ruscum, “vid salvaje de los márgenes”, puesto que solía crecer espontáneamente en las lindes de los campos.

En última instancia, se considera que la mencionada raíz lab- proviene de otra más antigua, labh-, que significa “aferrarse, prender, coger”. El concepto de lamer equivaldría a tocar ligeramente con los labios, a los que se prende la comida para arrancarla, o se adhiere el líquido para beberlo. ¿Les parecen jugosos los morros de una lamprea? Sepan que su nombre deriva del latín lampreda < lampreta, a su vez una trasliteración de lampetra, “lamepiedras”, porque se agarra fuertemente con la boca a las piedras, y se desliza por ellas como si las estuviera lamiendo. De aferrarse a las rocas también saben algunas plantas, como el lampazo < lappaceus < lappa, cuyo nombre latino original se ha trasvasado al célebre molusco lapa, que tras pegar su concha a la roca dispone de plena intimidad para lamerla y rozarla con glotonería y excitación.

De modo que vayan al espejo, contemplen sus labios, y si no son golosos ni parecen apetecibles, o si por el contrario le cuelgan como a los Austrias aquejados de prognatismo, no se acomplejen. Lo que importa es cómo los usen, así que ábranlos, proyéctenlos un poco hacia adelante como si fueran a sorber de una paja, y láncense a besar como lapas desenfrenadas. En última instancia siempre les podrán servir para lamer el pan o las hojas de lechuga, un buen entrenamiento por si alguna vez se quedan mancos.

Los hombres desean a las mujeres, como las mujeres desean las esmeraldas; un equilibrio antiguo como el tiempo. Así reza un antiguo adagio, y si bien en nuestra época puede sonar a sexista y anticuado (la categoría de una mujer ya no se mide en función de las joyas de su ajuar, sino de los zapatos de Prada y los bolsos de Fendi que coleccione en su vestidor), lo cierto es que en otros tiempos fue un fiel reflejo de la realidad. Es paradigmático el collar de herretes que Luis XIII de Francia regaló a su mujer, y ésta a su vez a su amigo el duque de Buckingham, y que hubieron de ser rescatados por D’Artagnan y sus mosqueteros de los letales guantes de Milady de Winter. Por no hablar del collar de diamantes que María Antonieta se negó a pagar, lo que exacerbó el odio que le profesaba el pueblo y fue causa indirecta de la Revolución Francesa. El oro ha cegado a los hombres, y las gemas han poseído a las mujeres, podríamos simplificar. El oro mantiene su valor transformado en cualquier cosa, pero las piedras dejan de ser preciosas al ceder a su fragilidad. La belleza de lo efímero.

La esmeralda simboliza el amor, la felicidad y la fidelidad. Es la gema del amor conyugal, la que todo marido modelo y buen padre de familia debería regalar a su esposa en su aniversario de boda, en vez de perlas cultivadas o diamantes de imitación. ¿Pero ha tenido siempre esas connotaciones tan hogareñas? ¿El rubí honra la cama, y la esmeralda la casa? A ver si la etimología nos puede sacar de dudas.

La palabra esmeralda entró al español a través del francés antiguo esmeraude. El diptongo “au” se convierte en numerosas ocasiones en “o”, de forma que la palabra española debería haber sido “esmeroda”. Pero estas transformaciones tienen lugar con el tiempo; cuando los antiguos castellanos oían hablar a sus vecinos gabachos, entendían algo semejante a “esmeraad”: la “u” era casi inaudible, y dejaba un espacio en blanco que llevaba a un alargamiento de la “a”. Dado que las vocales alargadas no son propias del español, había que rellenar el hueco con otro sonido (lo que se conoce como epéntesis), y la elegida fue la “l”, como resucitación del sonido original, como veremos a continuación.

Estos cambios de consonantes son muy curiosos. El mismo proceso por el que esmeraude pasó a esmeralda sucedió, pero de modo inverso, entre esmeraude y la palabra de la que procedía, el latín vulgar esmaraldus o esmaralda. Ahora son los franceses los que no pueden pronunciar la “l” intercalada (de hecho, también les resulta muy difícil pronunciar la “s” intercalada, salvo excepciones como Espagne), así que alargan la “a”; pero como las vocales alargadas tampoco son propias del francés, la segunda “a” acaba por transformarse en otra vocal, la “u”, hasta que, finalmente, todos esos procesos han desembocado en el francés moderno emeraude (pronunciado “emerod”)

Si nos remontamos hacia atrás vemos que estos cambios fonéticos siguen ocurriendo, por la incapacidad de algunos pueblos para pronunciar ciertos sonidos, y la necesidad de cubrir el hueco que deja el alargamiento de la vocal precedente. Porque el latín vulgar esmaraldus proviene, otra vez, del latín tardío smaraudus. Y éste, a su vez, del latín clásico smaragdus, préstamo del griego smaragdos, donde detenemos de momento nuestro camino.

Smaragdos, o maragdos, no designaba propiamente nuestra esmeralda, sino más bien la aguamarina, que tiene un color verde más claro y transparente que aquella. No significa nada en griego, y de hecho no nació de esta lengua, sino que proviene de otra. Sobre este asunto hay dos teorías diferentes.

Para unos, el origen es semita, y provendría de la raíz fenicia baraq, “brillar, iluminar” (de la que proviene el apellido de Amílcar y Aníbal Barca, conocidos como “Hijos del Trueno”, aunque más bien sería “Hijos del relámpago”). La “b” y la “m” son muy parecidas, como puede comprobar cualquiera que se apriete la nariz mientras intenta pronunciar “mamá”: ese sonido gangoso es el intermedio entre las dos consonantes, y el que permite su fácil transformación. Vean el ejemplo de plumbum, que no tardó en pronunciarse como plummum, y de ahí plomo; o también palumba > palumma > paloma. Esta hipótesis es factible, y hemos de tener en cuenta que la esmeralda proviene de la India, y que pudieron ser los mercaderes fenicios los que la introdujeran en Occidente. Y, además, la palabra hebrea para designar a la esmeralda es bareqeth, que bien pudiera haber pasado al griego como bareqethos > mareqethos > mareqtos > maregdos, maragdos.

La segunda teoría busca los orígenes en el sánscrito, la lengua de los primitivos arios de, justamente, la India. Ahí nos encontramos con la palabra marakatas o maraktas, que significa “esmeralda”, y la verdad es que es sumamente fácil su transformación en maragdos. ¿Pero nació esa palabra del propio sánscrito, o es a su vez un préstamo de la raíz semita que hemos visto antes? Pues la verdad es que en esa lengua existe una raíz, marak-, que significa “luz, brillo”, aunque es perfectamente posible, por su semejanza, que provenga del semita baraq.

En suma, ya vemos cómo, en última instancia, una esmeralda no es más que una piedra que brilla, lo cual puede englobar a la totalidad de las gemas, sean del color que sean. Y la verdad es que el griego smaragdos, e incluso el castellano esmeralda, se usaron durante mucho tiempo como sinónimo de “piedra preciosa en general”. Su reducción a nuestra querida piedra verde tal vez se deba a que, para los pueblos indoeuropeos, los colores amarillo y verde claro (que en el fondo es una variante de aquel) siempre han representado la idea de brillo y resplandor, incluso en su etimología.

¿Y qué hay entonces de la felicidad que nos proporciona regalar una esmeralda a nuestra esposa, como medio de fomentar el amor y prevenir la infidelidad? Nada nos puede decir la etimología al respecto. Más bien habría que apelar al simbolismo del verde como color de la esperanza, de lo que hablaremos en otra ocasión. En todo caso, yo les recomiendo que bajen al parque con el rocío de la madrugada, cojan un puñado de hierba fresca y resplandeciente, la impregnen del aroma de un beso, y la depositen junto al desayuno que previamente habrán preparado para ella. Manifestarán mucho más amor que con todas las esmeraldas del mundo, y obtendrán mucha más felicidad.

Según la etimología tradicional, el nombre de Italia deriva del latín vitulus, que pasó a Grecia como fitalós y de ahí italós. Vitulus significa “buey”, con el diminutivo vitello, vitella, “vitela”, que en castellano designó primero a los terneros, y ahora mismo a la piel curtida de ellos. Así pues, el nombre de Italia haría referencia a que es un país abundante en pastos de bueyes, Vitulía, así como, según algunos dicen, Hispania debe su nombre a su abundancia en conejos.

Otras hipótesis, estrechamente relacionadas con esta, hacen derivar italós del etrusco, o del sardo (la lengua de Cerdeña, prerromana) bíttalu, pero con el mismo significado de “buey”.

Hace pocos años surgió una nueva teoría, según la cual el nombre se habría dado en primer lugar a la isla de Elba, donde fue desterrado Napoleón, a escasa distancia de la costa al norte de Roma. Los griegos la habrían llamado Aithále, “la Humeante, la Llena de Fuegos”, a causa de las forjas que surgían allí, o de los abundantes incendios para eliminar los bosques y dejar la tierra a la agricultura. Así, se habría producido una evolución Aithále > Aithalía > Eitalía > Etalía > Italía, y con el tiempo el nombre pasó a designar toda la península. Es éste un fenómeno bastante común: Africa designó al principio únicamente el actual país de Túnez, y Asia era el nombre de un prado cerca de la ciudad de Efeso, o según otros, de las cercanías de Troya. Sin embargo, se sabe que el primitivo nombre de Italia fue dado por los griegos a la moderna Calabria, el pie de la bota italiana, mucho más al sur. Y se sabe también que el nombre de “itálicos” fue dado en principio exclusivamente a los pueblos de la península desde Roma hacia el sur, con excepción expresa de los etruscos del centro y de los galos del norte. Además, designar un país porque allí realicen la quema de bosques no es muy lógico, dado que esa práctica se llevaba a cabo en todas partes, Grecia incluida. Y, sobre todo, no hay ninguna constancia del paso de Aithále a Italía: su evolución es una pura reconstrucción hipotética.

La hipótesis de Vitulía > Italia, “tierra de bueyes”, es bastante aceptada en la actualidad. Algunos estudiosos sostienen que es un nombre totémico, haciendo referencia a que los antiguos itálicos adoraban a los bueyes y heredaron su nombre de ellos. Se pone el ejemplo de la tribu de los Hirpinos, cuyo nombre deriva de hirpus, “lobo”. O los picentes, de la actual Ascoli Piceno, cuyo nombre viene del picus, “pájaro carpintero”.

Durante las últimas semanas ha estado usted atormentando al objeto de su amor o de su deseo, mientras le explicaba el origen de cualesquiera palabras que salían en la conversación. Ha sido usted la antorcha que iluminaba el tortuoso sendero hacia el conocimiento científico y bíblico; pero también se ha mostrado excesivamente torticero, retorciendo los significados hasta distorsionarlos por completo. Ahora el objeto de su amor se ha hartado y usted se estruja los sesos, pensando cómo ha podido torcerse lo que iba tan bien encaminado. No puede dormir, el pesar le provoca violentos retortijones y se pregunta si acaso le ha mirado un tuerto.

No se torture más. Con este texto le garantizamos que obtendrá un nuevo entorchado en su larga lista de éxitos, y que recibirá una aclamación ruidosa digna de la torcida brasileña.

El verbo torcer viene del latín torquere, que significa propiamente “girar, dar la vuelta”. Deriva de la raíz tark- o tork-, que se piensa que puede ser una modificación de otra raíz más antigua, tar-, que significa “mover”, y de la que hablaremos en su momento. Así pues, torcerse no es más que moverse en giros, desviándose de la dirección originaria.

Del torquere original el castellano ha heredado muy pocas palabras. La más famosa es la torques, un collarín de oro o bronce terminado en extremos redondeados y que se abría en la garganta. Se supone que fue un invento de los celtas, o al menos fueron estos los que la popularizaron. Durante el saqueo de Roma por los galos en el 390 a.C., algunos romanos simpatizaron con la bravura y nobleza de los antepasados de Asterix, y adoptaron su gargantilla: por eso ganaron el sobrenombre de Torcuatos. Y un tipo de paloma (en latín era masculino, palomo) que lleva una mancha en el cuello a modo de collarín fue denominada torquatus > torquatu > torcuace > torcaz.

En puridad, de torquere habría derivado torguer, troguer o troyer. Torcer viene probablemente de tortiare < torctiare, derivado de tortus < torctus < torcitus, participio de ese verbo. Recordemos que, en latín antiguo, la letra “c” se pronunciaba como “k”, y que sólo siglos después derivó hacia el sonido “ch”, y de ahí al “zeta” actual.

Ya estamos en torctus, a través de un camino tal vez tortuoso (es decir, con muchas vueltas, giros y rodeos; lleno de torceduras, en suma). ¿Le tortura saber a dónde le va a llevar? Hace bien, porque esa palabra, tortura, deriva de torctura, y significa literalmente  “torcedura”: es decir, el acto de torcer o retorcer. Y dicha torcedura se efectuaba en el potro de tortura, el aparato donde se amarraban con fuerza los brazos y piernas del reo para estirarlos, descoyuntarlos, retorcerlos. ¿Qué tormento, verdad? No es de extrañar, ya que el tormento deriva de torcmentum, y se refiere a ese instrumento de retorcimiento ideado por una mente retorcida, el potro de tortura. El tormento era el medio material, la tortura era la consecuencia de utilizarlo. Ahora ambas palabras significan cualquier medio de infligir dolor físico, sea retorcer o desollar, y por extensión el dolor del corazón o de la mente. ¿Nunca le han dicho que no se torture por las malas experiencias? Quiere decir que no retuerza una y otra vez los recuerdos en su cerebro, sino que déjelos fluir en dirección hacia el olvido.

Y ya puestos, ¿qué es una tormenta? No tiene nada que ver con Thor, el dios escandinavo cuyo martillo al chocar contra las nubes desata los truenos, cuyos chispazos son los relámpagos. Lisa y llanamente, es el plural de torcmentum. No está claro si se refiere a las nubes que giran rápidamente sobre el mar y se retuercen alrededor de las montañas, hasta que forman una masa irregular y compacta que cae con furia sobre la tierra; una tormenta, entonces, no sería más que la forma tradicional de llamar a los huracanes. O tal vez se refiera a que las tormentas lanzan rayos y agua con gran furia, como si fuese el antiguo instrumento de guerra llamado tormento, un antepasado de la catapulta que disparaba proyectiles a base de girar a toda velocidad.

Vuelta atrás de nuevo hacia torctus. Qué torticero es el autor, ¿verdad? Esa palabra designa a alguien injusto (es decir, torcido del camino recto), con intenciones tortuosas (o sea, torcidas, desviadas), o que aplica mal la razón, torciendo los argumentos para extraer falsas deducciones o contrapone a su interlocutor los mismos argumentos usados contra él. Procede de tortitia, concepto abstracto nacido de torctus(como iustitia, “justicia”, viene de iustus, “justo”), para designar la cualidad de los torcidos o, como diríamos ahora, retorcidos. Y es que lo torcido siempre ha tenido mala fama, como bien saben los tuertos (< torctus), originariamente los de mirada torcta, torcida, bizca.

Si vamos al femenino de torctus nos sale torcta, de la cual parece derivarse torta, y su diminutivo tortilla. Se haría referencia a que la masa se retuerce y voltea hasta aplanarla y redondearla. Pero es una explicación un tanto rebuscada, y otros prefieren derivarla de tracta, “masa manejada, amasada”.

¿Y saben qué es una tortillera? Pues una torcida, una desviada. Esa palabra deriva de tortiliare, “torcer”, verbo creado a partir de tortilis, “torcido”, otro derivado de torctus. En castellano, ese verbo dio en tortijar, y aún mejor, retortijar, de donde vienen los famosos retortijones, “retorcimientos extremos”. Así que ya saben que, ateniéndonos a la etimología, quienes sufren los mayores retortijones por su mal comportamiento son las tortilleras.

En latín antiguo, la “t” después de consonante acostumbra a convertirse en ch > sh > s. Es un fenómeno que se da en multitud de participios, y en este caso concreto torctus derivó también a torsus. A partir de aquí tenemos el sustantivo torsión, “torcimiento”, con sus derivados contorsión, “torcerse uno mismo, torcerse con gran fuerza”, distorsión, “torcerse de manera equivocada; deformarse”, y extorsión, “retorcer en exceso, con gran fuerza y sin justicia > usurpar mediante la violencia y amenaza”. También existe torso, “tronco del cuerpo humano; estatua sin cabeza, brazos y piernas”: sin embargo, no se ve gran relación entre esta palabra y el hecho de torcerse, así que se supone que deriva más bien de tursus, “erguido, erecto, de pie”.

Por último, de torquere nació el tórculo, un mecanismo para prensar uvas o aceitunas a base de retorcer una especie de tornillo. Es posible que esa palabra sea la matriz, o incluso un diminutivo, de nuestra familiar tuerca (< ¿torca?). A partir de ella se creó el verbo torculare, con el aumentativo extorculare, “prensar en exceso, exprimir”, que en castellano derivó a extorclare > extorglare > extrollar > estrullar > estrujar.

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