febrero 2007


Los humanos, como todos los seres vivos, nacen, crecen, se reproducen y mueren, actividades que siempre se citan por orden cronológico, que no de importancia. La reproducción, es decir, la copia, ha sido siempre una de las ocupaciones a las que el hombre ha dedicado más tiempo y esfuerzo, incluso hoy día, aunque pensemos lo contrario en esta época trufada de estrés y anticonceptivos. Realizamos copias de nosotros en la cama, y de los objetos en la fábrica, la oficina o el ordenador doméstico. La naturaleza se copia a sí misma en forma de semillas, ovejas o tomates, y nosotros copiamos de ella merced a los clónicos y trangénicos. Son imprescindibles las copias cuando reclamas a la Administración, cuando pagas tus impuestos, cuando contratas la hipoteca o alquilas un triciclo; y necesarias para salvaguardar los poemas, mensajes o fotos poco recomendables que recibes con errática frecuencia de un ser querido. Aquello que carece de copia alcanza un valor incalculable y es insustituible, de cuya importancia sólo nos damos cuenta cuando perdemos el original y no tenemos nada para reemplazarlo; por ejemplo, la ubicua anécdota de que se nos estropea el disco duro del ordenador, y olvidamos con horror la última vez que realizamos una copia de seguridad. De modo que una preocupación primordial de los hombres ha sido siempre hallar el modo de realizar copias rápidamente. Gracias a los robots industriales, las regrabadoras de DVD y las fotocopiadoras, lo que antes se hacía a mano, de manera lenta y penosa pero a la vez con cariño e incluso vocación artística, ahora se realiza en serie con gran celeridad: millones de personas ganan su sustento fabricando copias de anillos, tornillos, ladrillos o cigarrillos, o vendiéndolas en negocios estables o improvisados en torno a una manta sobre la acera. Nuestra sociedad gira alrededor de la copia, con los beneficios económicos y los problemas legales que suscita; se ha convertido en una actividad esencial en nuestras vidas, por lo que es justo que dediquemos unas líneas a explicar su etimología.

 

De la antigua raíz indoeuropea op- “trabajar, producir, obtener” nacieron en latín un buen número de palabras: una de ellas fue opus obra, trabajo”, es decir, la acción de trabajar, de la cual hablaremos largo y tendido en algún año bisiesto; pero hoy nos concentraremos en ops, opis, (que no hay que confundir con el griego ops, opos, “ojo”, y por extensión, “rostro, semblante”, como en kyklos ops “ojo redondo” > cíclope), cuyo significado original era “recurso, producto, bien”, lo que viene a ser el resultado del trabajo que realizamos en el opus. Como ya sabrán, en tiempos antiguos el trabajo fundamental para ganarse, nunca mejor dicho, el pan estaba relacionado con la agricultura y sus labores anejas, tales como la siembra o recolección, de manera que ops concretó en un principio su significado en “fruto de la tierra”. Y fue con esta acepción con la que nuestra palabra adquirió rango divino encarnada en Opis, también llamada Rea y Cibeles, diosa de la tierra fértil en tanto que madre de todos los frutos, y a quien se adoraba para pedir abundancia de cosechas.

 

Sin embargo, cumpliendo el destino habitual de las palabras, no tardó en generalizarse fuera del ámbito agrícola, de suerte que opes, el plural de ops, pasó a significar “abundancia de recursos, riqueza de bienes”, e incluso “generosidad, largueza”. Porque una constante de todos los tiempos ha sido que los ricos u opulentos, es decir, los que poseen abundancia de recursos u opes como los flatulentos abundan en flatos y los purulentos en pus, son los más preocupados por mantener las apariencias ante sus súbditos y sobre todo sus iguales. De manera que la honra, la imagen que diríamos ahora, les exige hacer continua ostentación de su generosidad en un banquete opíparo < opi parere “proveer, producir, llevar”, que es lo mismo que decir “que lleva riquezas”, o sea, “bien provisto de viandas”, y de ahí el sentido moderno de “abundante, magnífico, espléndido”. Tal gargantuesca actividad, como es evidente, vaciaba por completo los tesoros de los potentados, pero a cambio les permitía conseguir apoyos en la guerra o los negocios, con lo que recuperaban las riquezas gastadas y podían reafirmar su estatus en un nuevo festín. Todas estas acepciones relacionan a nuestra palabra con la bondad tradicional. Y al igual que vimos que los bienes que atesora convierten al buen señor en alguien poderoso y fuerte, capaz de brindar ayuda y protección a sus fieles súbditos, ops adquiere en primer lugar el significado de “fuerza, poder”, y a partir de ahí el de “ayuda, auxilio, asistencia”; y éste es el significado de opitulación, una palabra que no les sonará de nada pero que pueden consultar en el diccionario, y que procede de Opitulus < opi tulere, “llevar la ayuda”, es decir, “el Auxiliador”, uno de los múltiples apelativos del dios Júpiter.

 

En esos festines de los que hemos hablado, y de los que hay extensa constancia en los poemas homéricos, los héroes reafirmaban su amistad intercambiándose regalos, que a su vez habían obtenido como obsequio de otros grandes personajes, o como despojo en sus incursiones predatorias. Y pasaban días enteros narrando y escuchando hazañas de cuando la guerra se libraba en forma de peleas individuales, antes de que la falange y la legión los uniformara a todos en un ejército anónimo. Como recuerdo de aquellas gestas individuales, los latinos instituyeron la tradición de los spolia opima, que eran las armas y demás efectos que un general romano arrancaba del cuerpo de un comandante enemigo al que había matado en combate singular, y que luego depositaba en el templo de Júpiter, no Opítulo, sino Feretrio. Debido a gran dificultad en obtenerlos, procuraban inmensa fama y prestigio al vencedor, y eran considerados los trofeos más preciados, los mejores, los óptimos. Pero no por ello hay que decir erróneamente spolia optima, ni confundir opimo con óptimo, como suele ser frecuente. Porque opimo, que no ópimo, es un adjetivo que significa “rico, abundante, fértil”, pero también “graso”, y que según algunos deriva de ops, aunque muchos otros no están de acuerdo y lo consideran de origen desconocido; tal vez un préstamo de otra lengua, cuyos antecedentes se remonten incluso a la misma raíz indoeuropea op- “trabajar, producir”, aunque por otras vías. Por lo que respecta a óptimo, aunque se utilice como superlativo de bueno con el sentido de “excelente, el mejor”, no es ése su significado original. La gran mayoría de expertos se inclina por considerarlo un superlativo derivado de la misma palabra ops, y significaría “el más rico, el más fuerte”, pero esa teoría presenta varias objeciones: ops no es un adjetivo, con lo que difícilmente podría producir un superlativo, y en caso de serlo, lo normal sería opissimus, o aun mejor, opulentissimus, que es el término habitual. De modo que cobra fuerza la posibilidad de que óptimo sea un arcaísmo o un préstamo de otra lengua, formado por el adverbio indoeuropeo op u opi (cuyos significados se han transmitido al latín ob “delante de”, y de ahí “en contra”, y sobre todo al griego epi “sobre, encima”), al que se añadió la desinencia arcaica -timus propia de algunos superlativos adverbiales. Con lo cual, el aútentico significado de óptimo sería “el que está en lo más alto”, tal como se puede ver en la expresión legal optimo jure cives, “ciudadano de más alto derecho”, o dicho en jerga leguleya, “ciudadano de pleno derecho”; o en otro más de los apelativos de Júpiter, Óptimo Máximo, que es lo mismo que “el más alto y el más grande de los dioses”; o también en los optimates, la aristocracia conservadora, que aunque se traduzca como “los mejores”, se refiere propiamente a “los de la clase más alta, los que están por encima de todos”. En resumidas cuentas, spolia opima significa literalmente “rico botín, ricos despojos”, expresiones que se siguen empleando en las crónicas militares y épicas, pero no por ello son óptimos en el sentido de los más elevados, aunque llegaran a convertirse en los más honorables.

 

Si ops es la abundancia de recursos, como hemos dicho, y también la fuerza y el auxilio, la negación de ops, es decir, la in-ops > inopia, es la falta absoluta de recursos, o sea, la miseria e indigencia del que carece de lo necesario para vivir. Esta es la acepción que tiene esta palabra en todas las lenguas romances, incluido el castellano de América, pero en España se contaminó en la expresión estar o vivir en la inopia, que como es obvio significaba “vivir en la extrema pobreza”. Pero una característica del indigente era que vivía al margen de la sociedad, aislado de todo contacto con el mundo civilizado, de forma que no se enteraba de lo que sucedía en éste. Y fue así cómo estar en la inopia perdió su significado original y pasó a equivaler a estar en Babia, es decir, tener la mente absorta en un lugar tan apartado que no se da cuenta de lo que sucede alrededor. El paso siguiente fue aislar inopia del resto de la frase y pasar a significar “ignorancia” o “ensimismamiento”, hasta el punto de que actualmente se puede dar por obsoleto su sentido inicial de “penuria”. Y es que a la pobreza siempre le sigue la ignorancia, como podemos comprobar hoy día por el número de alumnos en las escuelas del Tercer Mundo.

 

¿Y vive usted en tan completa inopia que se ha olvidado de hablar de la copia?, me preguntarán impacientes. Calma, que tras estos largos antecedentes llegamos por fin a nuestro destino. Les presento a cum > con, una preposición que ya conocerán de sobra con el significado de “unión, compañía”, y que unida a ops pasó a ser una intensificación de ésta. De manera que co-ops, la copia, significa literalmente “abundancia de recursos, gran cantidad de bienes”, es decir, lo mismo que opes, al que acabó por suplantar. Incluso la diosa Opis, la madre tierra, se vio relegada por Copia, la diosa de la abundancia y luego identificada con la Fortuna, que llevaba consigo un gran cuerno del que brotaba gran cantidad de frutos y flores: la cornu copiae > cornucopia, el Cuerno de la Abundancia, con el cual la cabra Amaltea alimentó a ¿adivinan quién?, pues al jovencito Júpiter, de quien no hay forma de despegarnos en esta historia. Y siguiendo con la suplantación, así como opes, plural de ops, significaba originariamente “recursos”, el plural de copia, copiae, pasa a la lengua militar como sinónimo de intendencia, es decir, los recursos en hombres, armas y demás pertrechos para la guerra. Pero copia también logró suplantar a ops: de igual forma que, como ya vimos, esta palabra acabó significando “fuerza, poder”, copia se desliza hacia el poder entendido como facultad o posibilidad de hacer u obtener algo. En el latín medieval nos la encontramos en frases en las que equivale a “licencia, permiso”, como en copiam de scribendi facere, “dar permiso para transcribir”, relativo a los legajos que podían ser reproducidos por los amanuenses en el monasterio. Se fijarán ustedes en que, si bien en aquella época aún no existían los derechos de autor, sí estaban muy presentes los de reproducción, sólo que entonces a cargo de la Iglesia y no la SGAE. De manera que copia pasó a significar “derecho de reproducción”, y sólo fue cuestión de tiempo que, por metonimia, concretara su acepción moderna de “transcripción” al copiar al dictado, “reproducción, imitación” o “ejemplar”.

 

Huelga decir que nadie emplea copia con su sentido original, si bien lo conserva el diccionario y por tanto pueden recurrir a él para epatar a sus amigotes. La impresión que causarán será óptima si combinan esa acepción con algunos derivados de copia que aún la mantienen. Por ejemplo, copioso, que como deberían saber significa “abundante, cuantioso”; o acopiar, que significa propiamente “hacer copia, hacer cantidad”, y de ahí “juntar, reunir en abundancia alguna cosa”. Así que no se queden en la inopia y corran a hacer acopio de copias de esta etimología: les espera un opíparo banquete surtido de copiosas viandas a cargo de la asombrada concurrencia, y quién sabe si al final los spolia opima depositados a los pies de su cama.

 

 

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Es bien sabido que uno de los principales métodos por los cuales evoluciona una lengua es mediante el argot, la jerga y los vulgarismos. Esto ha sucedido desde que el ser humano empezó a balbucear palabras, cuando aún no existía la distinción entre lenguaje culto y popular, sino que las diferencias obedecían a las formas de hablar propias de cada familia o clan aislado tras sus muros. De pronto una de esas variantes empezaba a adquirir prestigio, fuera porque en ella se expresaban los reyes o los más excelsos poetas, y pasaba a ser la joya de una minoría selecta, que trataba de conservarla prístina e inmaculada cual hermoso fósil, lejos de las ásperas gargantas de la chusma que pululaba entre el estiércol. De manera que dejaban al vulgo con sus horribles dialectos, que a fuerza de cotorrear sin cesar anécdotas soeces e inmundas, triviales y rastreras, se llenaban de fuerza y elasticidad, renovándose continuamente en una constante creación de palabras y significados. Era tal el descaro del populacho, que en ocasiones osaban arrimar sus sucios labios a la lengua dorada; y tal como temían los sabios, deformaban las preciosas palabras con horrendas transformaciones fonéticas, y retorcían su significado mediante absurdas metáforas y ridículas polisemias. Mas llegaba un momento en que algunos de los custodios de la lengua noble se fijaban en la que hablaba la plebe, y advertían que su vitalidad y extraordinaria riqueza léxica era no sólo sumamente expresiva, sino también agradable. De manera que la añadían a sus conversaciones y escritos, primero intercalando algunos términos, luego párrafos enteros, y por último se rendían a ella con la lascivia del neófito. La lengua infame se vengaba de la augusta arrinconándola en polvorientos anaqueles, donde libros que nadie entendía se pudrían en el olvido. Así sucedió con el latín, muerto y enterrado por obra de sus hijas bastardas, las lenguas romances; y si éstas no corren la misma suerte sólo se debe a la acción decidida de las élites en forma de alfabetización en masa, medios de comunicación omnipresentes, y una vigilancia exhaustiva por parte de las Academias. Ahora, como siempre, la lengua oficial coexiste con la vulgar, pero sólo aquéllas que carecen de un organismo centralizador, como es el caso del inglés, corren cierto riesgo de verse suplantadas por éstas a largo plazo. De vez en cuando, como los reyes que concedían títulos de nobleza a los burgueses para que no se rebelaran, los diccionarios abren sus puertas a unos cuantos términos de baja estofa, a condición de que tengan unos cuantos años de vida y no se limiten a un reducido ámbito geográfico o social. Uno de los últimos en entrar en el Olimpo ha sido el célebre flipar, ampliamente utilizado en el castellano de España.

 

La etimología de los vulgarismos suele ser confusa, debido precisamente a su linaje espurio, y a que proceden con frecuencia de las ínfimas capas de la sociedad. El que suscribe estas líneas lleva oyendo y empleando el verbo flipar y sus derivados desde hace casi treinta años, de modo que tiene ciertos conocimentos de primera mano para hablar con propiedad, y puede así flipar con flipantes explicaciones sobre su origen. Por ejemplo, en cierta enciclopedia digital que pretende aunar sabiduría y democracia, y que por tanto está abierta a que cualquier ignaro añada o modifique lo que se le antoje, se lo pone como ejemplo en un artículo dedicado a la Etimología en general. Allí se afirma que se emplea “para describir una acción jocosa, superada, divertida. Tiene su origen en los popularmente conocidos juegos de Flipper, asociando la actitud de la persona con la gracia y el colorido que se muestra en dichos juegos”. Es evidente que el autor de esta insensatez es algún jovenzuelo que utiliza este término desde hace poco, y que por tanto desconoce sus orígenes, su significado original y las diversas acepciones que aún mantiene, muy distintas de las que él emplea con su grupete de amigos. Como dice el poeta, “la palabra es plata y el silencio es oro”, y en lenguaje vulgar, “no abras la bocaza sin tener ni puta idea”.

 

La palabra flipar arrastra el doble estigma de ser vulgarismo por parte de padre, y anglicismo por parte de madre. En efecto, su origen se encuentra en el verbo inglés to flip, que antes de tener en Norteamérica el significado genérico de “agitar, sacudir”, como dice la Real Academia, ya se empleaba en Gran Bretaña desde hace medio milenio. Nació seguramente como una onomatopeya, para imitar el ruido sordo ocasionado al restallar el pulgar contra otro dedo: bien contra la yema del dedo índice o corazón, lo que se conoce como castañeta, como hacía el entrañable Vickie el Vikingo cuando se le ocurría una idea genial, o cuando lanzamos una moneda al aire o sobre una mesa; bien contra la uña o envés y producir así un movimiento de palanca, como hacemos para dar un capirotazo en la cabeza de quien se muestra lerdo y torpe, o para expulsar el molesto moco que se nos queda pegado tras hurgar en la nariz. A partir de este chasquido con el pulgar, el verbo extendió su significado a cualquier golpe o movimiento producido rápidamente con los dedos, como cuando nos quitamos de encima una mosca, o tiramos al suelo las migas que se amontonan en la mesa; o como cuando pasamos las hojas de un libro o damos la vuelta a un filete en la sartén, que es lo que significa hoy día flipar en portugués.

 

El instrumento que realiza un flip, un chasquido, es un flipper, como el mítico encendedor que producía ese ruido al restallar el pulgar no contra otro dedo, sino contra una ruedecilla para prender fuego. Pero flip amplió también su significado a “dar un manotazo o palmetazo”, de suerte que flipper pasó a ser sinónimo de aleta que palmotea en el agua, como las que lucen las tortugas, pingüinos o focas; o los delfines, como el celebérrimo Flipper, razón por la cual mereció ese nombre. Pero las aletas también pueden golpear en el aire, como hacen las focas amaestradas que juegan a la pelota. Y a propósito de ello, antes era omnipresente ver en cualquier bar cierta máquina recreativa, en la cual una pelotita lograba puntos al chocar contra obstáculos luminosos, y para evitar que cayera por un agujero era necesario darle un palmetazo. Para ello se empleaban dos palas situadas a ambos lados, remedo de las aletas, llamadas por tanto flippers, nombre que pasó por metonimia a denominar el artefacto entero, además de pinball o máquina del millón.

 

A partir de aquí nuestra palabra empieza a fijarse en otros significados. Como el flip era un golpe seco y rápido, produjo un derivado, flippant, que originariamente significaba “rápido, suelto”, y por extensión, “ágil, vivo, despierto, animado”. Un comportamiento flipante era propio de quien manejaba algo con suma facilidad y ligereza, ya fueran los pies al bailar, la espada al pelear, o la lengua al hablar. Esta última acepción acabó por prevalecer, de manera que el flipante era alguien ingenioso con facilidad de palabra. Pero del locuaz al lenguaraz hay una frontera muy fina, como vemos continuamente en los graciosillos que no saben contenerse. De manera que flipante acabó por adquirir connotaciones negativas, y pasó a designar al que habla de manera frívola e irreflexiva, e incluso se muestra borde e impertinente. De este flippant inglés no deriva propiamente el flipante español, si bien de alguna manera el significado de aquél ha pasado a formar parte también del nuestro.

 

Pero sigamos flipando con flip, que de ser un golpe seco con los dedos pasó a ser por un lado la sacudida y agitación de que nos habla la Academia, y por otro un puyazo con la uña, de donde “aguijón, punzamiento”, y por abstracción, “estimular, avivar”. Y en este punto, este término, que pertenecía con toda propiedad al lenguaje oficial, se desliza como suele suceder al vulgar, con el significado de “excitarse de repente”, sea en el sentido de entusiasmarse o enfurecerse. Y con esta acepción pasa a la jerga de los hippies y luego de los psicodélicos, todos los cuales tienen algo en común: el uso y abuso de toda clase de drogas, sean estimulantes o narcotizantes. En ese ambiente se crea una expresión, flip one’s lid, que significa literalmente “sacudida de tarro”, y que podríamos traducir con propiedad por “estar zumbado”. Aislado flip del resto de la frase, sigue una evolución semántica comprensible: las sensaciones extremas que producen tales sustancias se reflejan en el lenguaje, de manera que flip se convierte en la excitación, el entusiasmo o la furia llevada al paroxismo, sin orden ni control; mientras que el flipped, por su parte, es quien se comporta de manera irracional y enloquecida por efecto del consumo de drogas.

 

Estas acepciones son las que pasan al francés mediante el verbo flipper, que de ser la angustia y los terrores paranoicos provocados por las drogas, se utiliza en la actualidad como equivalente a “tener miedo”, o dicho de manera vulgar, “estar cagado” por cualquier motivo. El castellano, sin embargo, se fija en aspectos menos negativos: el flip es el flipe, la excitación o estupefacción causada por los estupefacientes; el flipped, el flipado, es un simple sinónimo de drogado; flipar se convierte en experimentar las alucinaciones producidas por las drogas; y fliparse equivale a drogarse. Cuando estos términos se extiendan fuera del ámbito drogadicto, adquirirán nuevos significados más alegres que coexistirán con los otros: de esa manera, flipar y sus derivados se convertirán en “alucinar, estar estupefacto, estar atónito” por un lado, y “estar encantado, entusiasmado, maravillado” por otro.

 

Así que ya ven cómo, de un simple chasquido de dedos, hemos llegado a las paranoias de las drogas que nos hacen ver aletas de delfín en una máquina recreativa. El verbo flipar ha arraigado profundamente en el lenguaje, en especial el de los jóvenes, razón por la cual la Academia lo ha admitido en su seno. Sin embargo, de un tiempo a esta parte se ha vulgarizado el vulgarismo, y de ser un intransitivo muchos lo utilizan como transitivo: fliparlo. Es una expresión tan incorrecta como decir lo alucino, lo estoy maravillado, o me lo entusiasma, e imagino que su origen se deberá a indigencia verbal y pereza gramatical: decir flipo con eso exige emplear las malhadadas preposiciones, aparte de alargar la frase, así que cortamos por lo sano y lo reducimos a lo flipo. El tiempo dirá si esta expresión arraiga e incluso erradica la anterior, pero a despecho de pasar por el típico carroza que quiere conservar un lenguaje académico fosilizado y caduco, ya les advierto que lo flipo es un desatino y, para mis oídos, bastante cacofónico.

¿Qué es real? ¿Cómo definirías lo real? Las palabras de Matrix han resonado en la conciencia de la Humanidad desde los tiempos de Platón. ¿Cómo diferenciar un objeto de la sombra que crees ver reflejada al fondo de la caverna? Estás encadenado a tu mente y a tu cuerpo, y por una cruel paradoja sólo a través de ellos puedes descubrir lo que existe fuera de ellos. Lo que percibes es real, y lo que piensas, irreal, ¿o es al revés? Si, como decía Schiller, el universo es un pensamiento de Dios, ¿qué ocurriría si no pudiese despertar de su sueño? Vives en un mundo de apariencias e ilusiones, que si carecen de cuerpo lo suplen con un exceso de alma: la vida sólo es real cuando afecta a tu vida real; la Muerte no es sino una palabra hasta que la ves ante tus ojos. Mas siempre han creído los hombres que en las palabras reside el poder de conjurar la realidad, y aquello que carece de nombre parece desvanecerse. Monstruos innombrables rondaban en la oscuridad, lejos de la hoguera donde el brujo hacía surgir la vida en cuentos bellos y fascinantes, que sólo un necio arruinaría mostrando su falsedad. La realidad es dolorosa y cierras los ojos para matarla, pero sigue haciendo daño porque sabes que acecha ahí fuera. Pocas cosas hay más placenteras que estar completamente loco y gozar en plenitud de tu mundo de sueños; y pocas más aterradoras que esos momentos de lucidez en los que eres consciente de que te estás volviendo loco. La ignorancia es la felicidad.

 

La palabra real procede del latín tardío realis, que es a su vez un adjetivo derivado de res. ¿Y qué significa res? En un artículo anterior hablábamos de cómo, para vencer nuestra ineptitud a la hora de aprender idiomas, asociábamos una palabra con un único significado, y lo repetíamos por doquier sin pensar que existiera ningún otro. En el caso del latín sucede lo mismo; de todas las palabras que intentamos aprender en la escuela, dos se nos han grabado indelebles como símbolo de esa lengua: rosa, rosae como modelo de declinación, y res, rei con el significado de “cosa”, de la cual procedía la res publica, la cosa pública, la República. ¿Y es eso cierto? Pues… sí, pero no. Ciertamente, “cosa” fue uno de los múltiples significados que tuvo res en la época romana, pero no el único, ni el más importante. Y no se corresponde fielmente con lo que significa real, ni tampoco con república.

 

La etimología de res nace en la raíz indoeuropea rei- o ree, que quiere decir “dar, otorgar, conceder”. La res no sólo indicaba un concepto absolutamente real, sino muy material: eran los bienes que se transmitían de padres a hijos, de suegros a yernos, de jefes a súbditos, de hombre a hombre, en forma de herencia, dote, regalo o intercambio comercial. Por lo tanto, aunque lo real se equiparaba a lo tangible, no lo integraban de ningún modo las “cosas” indeterminadas e incluso despreciables tal como las entendemos ahora, sino las posesiones concretas que constituían la hacienda, el ajuar, el patrimonio de una familia: vestidos, aperos, utensilios, adornos, y también animales, casas o tierras de labranza. El que poseía mucha res, una gran cantidad de bienes, era alguien bueno como vimos en su momento, y distribuía parte de ellos entre sus deudos para asegurarse su fidelidad; de igual modo, la raíz que nos ocupa produjo palabras en sánscrito y antiguo iranio con el significado de “rico, opulento”, “abundante, fértil”, o “presente, regalo, favor”. Asímismo, este sentido de propiedad también sobrevivió en latín, donde se conservó en expresiones jurídicas o fijadas por el uso. Por ejemplo, es famoso en Derecho romano la consideración de un esclavo como res; pero no porque fuese “algo”, una cosa amorfa, un animal infrahumano, que perdía su alma y volvía a recobrarla milagrosamente al ser liberado, sino porque, si bien seguía siendo “alguien”, un ser humano, era un bien propiedad de otro, y carecía de derechos individuales y políticos, los cuales adquiría o recuperaba con la manumisión.

 

A partir de este concepto originario, “bien material propiedad de alguien”, la palabra res irá acumulando nuevos significados a través de un proceso múltiple plagado de desvíos e intersecciones, que intentaremos explicar a continuación.

  • Por un lado, se fijará en el sentido de “bien”, el cual se diferencia de un objeto normal en que resulta beneficioso, es decir, útil, a su poseedor, razón por la cual lo conserva. Mediante un simple mecanismo de abstracción, del bien útil nos deslizamos a la cualidad genérica de útil, y de este modo res pasa a significar también “interés, beneficio, utilidad, ventaja, provecho”. Pero el proceso no acaba aquí: ya dijimos que los bienes pueden pasar de mano en mano a través del intercambio comercial, una de cuyos requisitos es que exista beneficio para ambas partes. De esta forma, el interés particular se amplía al interés mutuo, y nuestra palabra pasa a significar también “negocio, trato, contrato”.

  • Por otro lado, res se concentrará en el sentido de “material”, y lo ampliará a todos los objetos que aparecen ante nuestros ojos, aunque nos resulten inútiles, deleznables e incluso peligrosos: un guijarro, una rama podrida, una bosta de vaca, etc. En suma, esta acepción es la más cercana a lo que ahora entendemos por “cosa”. Ahora bien, entre los bienes materiales que entraban dentro de la categoría de res se encontraban también los animales que tenía la familia. En el momento en que la palabra amplía su significado a todos los objetos inanimados, también lo hace a todos los animados, incluidos los inocuos, perjudiciales y monstruosos: es decir, pasa a significar “ser, ente” en general, pero sigue conservando su carácter animal, de modo que no incluye a los humanos excepto en un contexto peyorativo.

  • Y por último, se fijará en el sentido de “propiedad de alguien”, donde se establecen varias ramificaciones semánticas. En primer lugar, amplía el significado a todo tipo de objetos con dueño, materiales o inmateriales: se convierte en sinónimo de “asunto, tema que concierne a alguien”, y que a su vez se ve contaminado por la acepción de “interés” que vimos antes. En segundo lugar, se amplía a todo lo que es propio no de alguien, sino de algo: no se trata sólo de los asuntos de una persona, ni siquiera los de una colectividad, sino los relacionados con cualquier concepto o ámbito de actuación; así, tenemos los asuntos divinos, militares, filosóficos, económicos, literarios, etc. In medias res, recomendaba Horacio empezar una narración: en mitad del asunto, dejándose de aburridos prolegómenos, sino sumergirle de golpe en el meollo de la historia, y que se fuese empapando sin dilación de los personajes y sucesos que se le presentan uno tras otro. Cada uno de esos ámbitos, por lo tanto, posee res en la triple acepción de bienes que le pertenecen, asuntos que le son propios, e intereses que le conciernen. Y esto se cumple también en los dos ámbitos principales de los romanos: el privado o familiar, res familiaris, y el público o político, res publica. De forma que república no significa eso tan vago de “cosa pública”, sino “bienes de propiedad pública”, que luego se generaliza a “asuntos e intereses propios del ámbito público”. No tardará en producirse una nueva transferencia semántica, y la república pasará a ser simplemente el “ámbito público”, y de ahí “el Estado” que lo dirige y regula, donde todos sus bienes, asuntos e intereses se dan por sobreentendidos.

 

En última instancia, es inevitable que todas estas acepciones se mezclen, y res pase a abarcar todo tipo de objetos concretos, materiales e inmateriales, útiles e inútiles, con o sin dueño. Se convierte en sinónimo de “acto, hecho, suceso”, con el sentido de acción cumplida, materializada, que ha existido en realidad, en oposición a los dichos, opiniones, temores o rumores, que pertenecen al ámbito subjetivo, probable pero también imposible. Cuando esos actos forman parte de las viejas leyendas que tanto gustaban a los romanos, res pasa a significar también “hazaña, gesta”: Res populi romani, las gestas del pueblo romano, como subtituló Livio a su gran historia de Roma. Nuestra querida palabra puede significar cualquier cosa concreta, lo que lleva como corolario que no signifique nada en concreto. Adquiere un sentido vago, indeterminado, que le permite incluso funcionar como eufemismo de lo que el pudor condenaba: si quieres indicar la mierda, el sexo, sin mencionarlo por su nombre, te queda el recurso de hablar de “eso”, “esa cosa”, esa res. El último paso es que llega a perder todo significado en ciertas expresiones latinas; por ejemplo, cuando va seguida de un adjetivo, sólo significa ese adjetivo en género neutro: res divinae, los asuntos divinos, se traduce por “lo divino”, res militaris por “lo militar”, res publica por “lo público”, etc. Otra de esas expresiones fue res nata, “lo nacido o natural”, que se generalizó a “lo hecho, lo existente, el asunto”; en latín medieval se empieza a usar principalmente en construcciones negativas: non res nata, “no hay asunto”, rem natam non fecit, “no hizo el hecho”, de forma que la antigua frase latina adquiere el sentido de “nulo, insignificante, inexistente”. De la primera expresión procede por un lado el catalán res, y por otro el castellano non nata > non nada > nonada (de donde viene anonadar, “reducir a la nada”), que finalmente se convirtió en nada; mientras que de la segunda expresión en acusativo proceden el francés rien y el galaicoportugués ren.

 

Uno de los ámbitos de que hablábamos anteriormente siempre tuvo una gran relevancia en el mundo romano: la Ley y el Derecho. Fue tal su importancia, que res no sólo significó “asunto en general”, sino en multitud de ocasiones “asunto judicial”, es decir, los pleitos y litigios que tanto gustaban a los aprendices de orador. Cuando tu esclavo se escapaba, o el vecino robaba los frutos de tu higuera que caían en su huerto, o te sentías lesionado en cualquiera de tus derechos, siempre podías acudir a los tribunales para practicar una reivindicación < rei vindicatio, es decir, reclamar lo que te pertenece. Entonces se iniciaba una res, es decir, un proceso o causa, todo lo relativo al cual se denominaba reus, un adjetivo derivado de res. Lo más importante de un litigio son, como es obvio, los litigantes, de forma que reus pasó a denominar específicamente a cualquiera de ellos. Y siguiendo el proceso lógico, lo esencial para que exista un litigio es que haya alguien contra quien se entable aquél, de manera que reus pasó a ser el demandado, acusado, procesado. Y como suele suceder, las más de las veces el demandado era considerado responsable < re spondere, es decir, que estaba atado, vinculado, ligado, desposado < sponsus con los actos o res de los que se le acusaba. Y fue con este sentido de “condenado” con el que reus se convirtió en nuestro reo. Reo de la fortuna, llamaban los romanos a quien consideraban responsable de la mala fortuna; reo de sus palabras, se dice de los bocazas que prometen y hablan más de la cuenta.

 

Y como colofón, ¿qué relación existe entre res y las reses que pacen en los prados? Según la Real Academia, la res o cabeza de ganado procede del árabe ra’as “cabeza”, palabra emparentada con rais “cabeza de tribu, cabeza del Estado”, título que se solía aplicar a Sadam Hussein. Otros, por ejemplo Coromines, sostiene que eso es imposible por razones fonéticas: de ra’as habría derivado ras, palabra que nunca aparece en textos medievales, sino únicamente res; por otra parte, habría que haberle antepuesto el artículo como a los demás préstamos árabes, de manera que el resultado habría sido al-ras > ar-ras > arrases o arraces, pero no reses. Y por si fuera poco, el ras árabe es masculino y su derivado habría mantenido ese género. De modo que los indicios apuntan a nuestra res, palabra que ya era femenina en latín, y que como hemos visto significaba originariamente “bienes en propiedad”, incluidos los animales. Aparte que res con el sentido de “objeto, cosa” no fue raro en castellano antiguo, donde se conservaron calcos del latín como los ya vistos res familiares, res pública, o res nada.

 

¿Qué es, entonces, lo real? Pues todo lo que existe, como ya sabemos, y que está basada en una res, sea ésta un objeto, ente, hecho o asunto. El pensamiento es real, pero los pensamientos no lo son, aunque muchas veces desearíamos que lo fueran. Por suerte, cuando la realidad nos atenace con su aterradora presencia siempre podemos escapar de ella a nuestro mundo irreal, o crear una nueva realidad virtual. Y si nos resulta aburrida, ¿por qué no hacer de ella un espectáculo, un reality show?