Es bien sabido que uno de los principales métodos por los cuales evoluciona una lengua es mediante el argot, la jerga y los vulgarismos. Esto ha sucedido desde que el ser humano empezó a balbucear palabras, cuando aún no existía la distinción entre lenguaje culto y popular, sino que las diferencias obedecían a las formas de hablar propias de cada familia o clan aislado tras sus muros. De pronto una de esas variantes empezaba a adquirir prestigio, fuera porque en ella se expresaban los reyes o los más excelsos poetas, y pasaba a ser la joya de una minoría selecta, que trataba de conservarla prístina e inmaculada cual hermoso fósil, lejos de las ásperas gargantas de la chusma que pululaba entre el estiércol. De manera que dejaban al vulgo con sus horribles dialectos, que a fuerza de cotorrear sin cesar anécdotas soeces e inmundas, triviales y rastreras, se llenaban de fuerza y elasticidad, renovándose continuamente en una constante creación de palabras y significados. Era tal el descaro del populacho, que en ocasiones osaban arrimar sus sucios labios a la lengua dorada; y tal como temían los sabios, deformaban las preciosas palabras con horrendas transformaciones fonéticas, y retorcían su significado mediante absurdas metáforas y ridículas polisemias. Mas llegaba un momento en que algunos de los custodios de la lengua noble se fijaban en la que hablaba la plebe, y advertían que su vitalidad y extraordinaria riqueza léxica era no sólo sumamente expresiva, sino también agradable. De manera que la añadían a sus conversaciones y escritos, primero intercalando algunos términos, luego párrafos enteros, y por último se rendían a ella con la lascivia del neófito. La lengua infame se vengaba de la augusta arrinconándola en polvorientos anaqueles, donde libros que nadie entendía se pudrían en el olvido. Así sucedió con el latín, muerto y enterrado por obra de sus hijas bastardas, las lenguas romances; y si éstas no corren la misma suerte sólo se debe a la acción decidida de las élites en forma de alfabetización en masa, medios de comunicación omnipresentes, y una vigilancia exhaustiva por parte de las Academias. Ahora, como siempre, la lengua oficial coexiste con la vulgar, pero sólo aquéllas que carecen de un organismo centralizador, como es el caso del inglés, corren cierto riesgo de verse suplantadas por éstas a largo plazo. De vez en cuando, como los reyes que concedían títulos de nobleza a los burgueses para que no se rebelaran, los diccionarios abren sus puertas a unos cuantos términos de baja estofa, a condición de que tengan unos cuantos años de vida y no se limiten a un reducido ámbito geográfico o social. Uno de los últimos en entrar en el Olimpo ha sido el célebre flipar, ampliamente utilizado en el castellano de España.

 

La etimología de los vulgarismos suele ser confusa, debido precisamente a su linaje espurio, y a que proceden con frecuencia de las ínfimas capas de la sociedad. El que suscribe estas líneas lleva oyendo y empleando el verbo flipar y sus derivados desde hace casi treinta años, de modo que tiene ciertos conocimentos de primera mano para hablar con propiedad, y puede así flipar con flipantes explicaciones sobre su origen. Por ejemplo, en cierta enciclopedia digital que pretende aunar sabiduría y democracia, y que por tanto está abierta a que cualquier ignaro añada o modifique lo que se le antoje, se lo pone como ejemplo en un artículo dedicado a la Etimología en general. Allí se afirma que se emplea “para describir una acción jocosa, superada, divertida. Tiene su origen en los popularmente conocidos juegos de Flipper, asociando la actitud de la persona con la gracia y el colorido que se muestra en dichos juegos”. Es evidente que el autor de esta insensatez es algún jovenzuelo que utiliza este término desde hace poco, y que por tanto desconoce sus orígenes, su significado original y las diversas acepciones que aún mantiene, muy distintas de las que él emplea con su grupete de amigos. Como dice el poeta, “la palabra es plata y el silencio es oro”, y en lenguaje vulgar, “no abras la bocaza sin tener ni puta idea”.

 

La palabra flipar arrastra el doble estigma de ser vulgarismo por parte de padre, y anglicismo por parte de madre. En efecto, su origen se encuentra en el verbo inglés to flip, que antes de tener en Norteamérica el significado genérico de “agitar, sacudir”, como dice la Real Academia, ya se empleaba en Gran Bretaña desde hace medio milenio. Nació seguramente como una onomatopeya, para imitar el ruido sordo ocasionado al restallar el pulgar contra otro dedo: bien contra la yema del dedo índice o corazón, lo que se conoce como castañeta, como hacía el entrañable Vickie el Vikingo cuando se le ocurría una idea genial, o cuando lanzamos una moneda al aire o sobre una mesa; bien contra la uña o envés y producir así un movimiento de palanca, como hacemos para dar un capirotazo en la cabeza de quien se muestra lerdo y torpe, o para expulsar el molesto moco que se nos queda pegado tras hurgar en la nariz. A partir de este chasquido con el pulgar, el verbo extendió su significado a cualquier golpe o movimiento producido rápidamente con los dedos, como cuando nos quitamos de encima una mosca, o tiramos al suelo las migas que se amontonan en la mesa; o como cuando pasamos las hojas de un libro o damos la vuelta a un filete en la sartén, que es lo que significa hoy día flipar en portugués.

 

El instrumento que realiza un flip, un chasquido, es un flipper, como el mítico encendedor que producía ese ruido al restallar el pulgar no contra otro dedo, sino contra una ruedecilla para prender fuego. Pero flip amplió también su significado a “dar un manotazo o palmetazo”, de suerte que flipper pasó a ser sinónimo de aleta que palmotea en el agua, como las que lucen las tortugas, pingüinos o focas; o los delfines, como el celebérrimo Flipper, razón por la cual mereció ese nombre. Pero las aletas también pueden golpear en el aire, como hacen las focas amaestradas que juegan a la pelota. Y a propósito de ello, antes era omnipresente ver en cualquier bar cierta máquina recreativa, en la cual una pelotita lograba puntos al chocar contra obstáculos luminosos, y para evitar que cayera por un agujero era necesario darle un palmetazo. Para ello se empleaban dos palas situadas a ambos lados, remedo de las aletas, llamadas por tanto flippers, nombre que pasó por metonimia a denominar el artefacto entero, además de pinball o máquina del millón.

 

A partir de aquí nuestra palabra empieza a fijarse en otros significados. Como el flip era un golpe seco y rápido, produjo un derivado, flippant, que originariamente significaba “rápido, suelto”, y por extensión, “ágil, vivo, despierto, animado”. Un comportamiento flipante era propio de quien manejaba algo con suma facilidad y ligereza, ya fueran los pies al bailar, la espada al pelear, o la lengua al hablar. Esta última acepción acabó por prevalecer, de manera que el flipante era alguien ingenioso con facilidad de palabra. Pero del locuaz al lenguaraz hay una frontera muy fina, como vemos continuamente en los graciosillos que no saben contenerse. De manera que flipante acabó por adquirir connotaciones negativas, y pasó a designar al que habla de manera frívola e irreflexiva, e incluso se muestra borde e impertinente. De este flippant inglés no deriva propiamente el flipante español, si bien de alguna manera el significado de aquél ha pasado a formar parte también del nuestro.

 

Pero sigamos flipando con flip, que de ser un golpe seco con los dedos pasó a ser por un lado la sacudida y agitación de que nos habla la Academia, y por otro un puyazo con la uña, de donde “aguijón, punzamiento”, y por abstracción, “estimular, avivar”. Y en este punto, este término, que pertenecía con toda propiedad al lenguaje oficial, se desliza como suele suceder al vulgar, con el significado de “excitarse de repente”, sea en el sentido de entusiasmarse o enfurecerse. Y con esta acepción pasa a la jerga de los hippies y luego de los psicodélicos, todos los cuales tienen algo en común: el uso y abuso de toda clase de drogas, sean estimulantes o narcotizantes. En ese ambiente se crea una expresión, flip one’s lid, que significa literalmente “sacudida de tarro”, y que podríamos traducir con propiedad por “estar zumbado”. Aislado flip del resto de la frase, sigue una evolución semántica comprensible: las sensaciones extremas que producen tales sustancias se reflejan en el lenguaje, de manera que flip se convierte en la excitación, el entusiasmo o la furia llevada al paroxismo, sin orden ni control; mientras que el flipped, por su parte, es quien se comporta de manera irracional y enloquecida por efecto del consumo de drogas.

 

Estas acepciones son las que pasan al francés mediante el verbo flipper, que de ser la angustia y los terrores paranoicos provocados por las drogas, se utiliza en la actualidad como equivalente a “tener miedo”, o dicho de manera vulgar, “estar cagado” por cualquier motivo. El castellano, sin embargo, se fija en aspectos menos negativos: el flip es el flipe, la excitación o estupefacción causada por los estupefacientes; el flipped, el flipado, es un simple sinónimo de drogado; flipar se convierte en experimentar las alucinaciones producidas por las drogas; y fliparse equivale a drogarse. Cuando estos términos se extiendan fuera del ámbito drogadicto, adquirirán nuevos significados más alegres que coexistirán con los otros: de esa manera, flipar y sus derivados se convertirán en “alucinar, estar estupefacto, estar atónito” por un lado, y “estar encantado, entusiasmado, maravillado” por otro.

 

Así que ya ven cómo, de un simple chasquido de dedos, hemos llegado a las paranoias de las drogas que nos hacen ver aletas de delfín en una máquina recreativa. El verbo flipar ha arraigado profundamente en el lenguaje, en especial el de los jóvenes, razón por la cual la Academia lo ha admitido en su seno. Sin embargo, de un tiempo a esta parte se ha vulgarizado el vulgarismo, y de ser un intransitivo muchos lo utilizan como transitivo: fliparlo. Es una expresión tan incorrecta como decir lo alucino, lo estoy maravillado, o me lo entusiasma, e imagino que su origen se deberá a indigencia verbal y pereza gramatical: decir flipo con eso exige emplear las malhadadas preposiciones, aparte de alargar la frase, así que cortamos por lo sano y lo reducimos a lo flipo. El tiempo dirá si esta expresión arraiga e incluso erradica la anterior, pero a despecho de pasar por el típico carroza que quiere conservar un lenguaje académico fosilizado y caduco, ya les advierto que lo flipo es un desatino y, para mis oídos, bastante cacofónico.

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