¿Es usted un borde con sus compañeros, y se encuentra al borde del abismo de la soledad y el abandono? Quizá le guste saborear ese estado, o esté tan harto de sí mismo que prefiera gastar sus últimos ahorros en un burdel, antes de tirar su vida por la borda. Vamos a investigar un poco todo esto.

Los filólogos no se ponen de acuerdo sobre si alguna vez existió una única raza indoeuropea, de la cual descienden las etnias románicas, germánicas, bálticas, célticas, indoiranias, etc., o si algunas de estas ramas fueron siempre independientes de las otras, y su contacto se limitó a meros préstamos de palabras, y luego también formas gramaticales. Por supuesto, es mucho más romántico y sugestivo creer en un punto de origen común, una suerte de Paraíso Terrenal ario, del cual se fueron desgajando las distintas etnias y lenguas mientras se erigía una Torre de Babel superpoblada. La búsqueda de ese foco original ha durado dos siglos, y se ha localizado en el Himalaya, Irán, norte del Mar Negro, Dinamarca, Suiza, Yugoslavia… Hoy se cree que no existió una única raza original, pero quizá sí una primitiva lengua indoeuropea, que ejerció una gran influencia sobre las tribus vecinas hasta el punto de superponerse, o incluso sustituir, a su antigua lengua.

El mayor problema del primitivo indoeuropeo es que no existen documentos de cómo podría ser, y todo se basa en reconstrucciones hipotéticas, elucubraciones, a partir de comparar las diferentes lenguas derivadas (aunque las lenguas bálticas, el letón y el lituano, se jactan de ser las más fieles a la gramática y fonética del indoeuropeo). Ahora mismo existe un amplio catálogo de raíces, cuya forma precisa, al ser desconocida, admite diferentes variantes, como la que ya hemos visto dru- o drau-, ya que las palabras que se suponen derivadas han adoptado formas algo diferentes en los diversos idiomas. Estas raíces expresan objetos materiales de la época (un árbol, una oveja, una piedra…) o ideas a partir de las cuales crear palabras de significado más complejo, y que exigen un nivel de abstracción un tanto difusa para el hombre del Neolítico: la idea de ir hacia adelante, de subir, de bajar, de arrojar, de arrastrarse, de volar, etc.

Una de esas raíces reconstruidas es bhar-, con el significado de “punta, extremidad”, o incluso “uña, garra”. El dígrafo “bh” denota una “b” aspirada, que puede convertirse en “f” o incluso desaparecer. En lo que nos interesa no desaparece, sino que conserva el sonido “b” hasta las primitivas lenguas germánicas, donde derivó en dos palabras: brort, con el significado de “punta, aguja, extremidad afilada”, y bort, con el sentido de “extremidad lateral, margen”.

De brort, la aguja, derivó el verbo francés broder, que en español se convirtió en bordar, el cual originalmente significaba tan sólo “usar la aguja”. Pero ese sentido se confundió con la irrupción de bort, el margen, es decir, el borde, y bordar pasó a significar “usar la aguja en el borde”, es decir, “orlar, guarnecer, recamar”, que al ser el lugar más delicado hay que hacerlo con gran primor, e intentar que el trabajo nos quede bordado. Hay que aclarar que bordar, aunque se confunda muchas veces con coser, en realidad significa ejecutar un relieve en el tejido, una orilla, un borde. ¿Todo claro hasta aquí? Seguimos.

Sepan que bort, el borde, se convirtió en antiguo alemán en bord, donde adquirió en primer lugar el significado de “borde de madera”. Con este sentido pasó al castellano el término náutico borda, es decir, el borde superior de la embarcación, que al igual que el resto estaba fabricado en madera. Un buque tiene dos lados, dos bordas, pero en vez de llamarse “borda derecha” y “borda izquierda” el punto de referencia no fue el centro de la nave, sino el timón, que en la Edad Media se encontraba a la derecha. Así que la borda derecha se denominó según el islandés styribord , que pasó al francés como estribord , y de ahí el castellano estribor, “borda del timón”; y la izquierda se llamó a partir del holandés bacboord, que pasó al francés como bâbord, babor, “borda posterior”, porque al girar el enorme timón hacia la izquierda el piloto debe hacer tal esfuerzo que se coloca de espaldas a ese flanco. En ese punto, lo que está a su izquierda es precisamente la parte delantera de la nave, la proa, del griego prora “hacia adelante”, mientras que lo que está a su derecha es la parte trasera, la popa, del latín puppis, que según parece deriva del griego epopis, “lugar de observación” (los que no hayan estado en la Armada, que sepan que la popa es el lugar más noble del barco, donde se sitúan las estancias principales, debido a que es el punto donde menos oscila la nave y se puede uno relajar tranquilamente). ¿Menudo lío, verdad?

Pero la evolución semántica no se detuvo aquí. El germánico bord pasó a significar “listón de madera”, y después “tabla”, y por extensión “cabaña construida a base de tablas”, para diferenciarla de las tradicionales que se construían con paja. De aquí tenemos la borda, que es como se denomina en Navarra y el Pirineo a las chozas donde se refugian los pastores y animales. Pero así como en latín existía ya la taberna, derivada de tabula “tabla”, para indicar una cabaña con una tabla a modo de mostrador, que servía de hostería e incluso de prostíbulo, la nueva palabra para significar “tabla” también creó su propio tipo de cabaña: el bordellum, “tablilla” que a través del provenzal bordel nos ha llegado como burdel. El proceso es el mismo por el cual el inglés bar, que significa “barra” (del mostrador) ha pasado a denominar el local entero. Y es que en aquella época, donde los únicos que salían a beber eran los hombres, y las únicas mujeres que se encontraban eran la familia del tabernero y sus criadas-prostitutas, la diferencia entre un club y un puticlub no estaba tan delimitada como ahora.

Y en suma, ¿tiene todo esto algo que ver con que usted sea un borde? Pues no, sólo es una mezcla de palabras de diferente origen y significado que han pasado a tener la misma forma: lo que se llama homofonía, contrario de homonimia, que son palabras de distinta forma pero que significan lo mismo (como Presidente del Gobierno español, homónimo del Primer Ministro británico). Borde deriva, posiblemente, del catalán bord, y este del latín burdo, que significa “mulo”, es decir, un caballo degenerado, mestizo, bastardo de asno y yegua (lo contrario es un burdégano, fruto de caballo y asna). Burdo pasó a significar lo rústico, tosco, zafio, y ese es el sentido que también heredó nuestro querido borde.

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