Historia


El concepto de pecado nefando, el mas abominable de los crímenes, que atraía sobre su autor la eterna maldición de los dioses y los hombres, ha ido cambiando a lo largo de los siglos. El canibalismo y el bestialismo eran innombrables al ser propios de animales humanoides; sólo hace muy poco y en algunas culturas dejó de serlo la sodomía; el infanticidio aún se practica con las niñas y antes era habitual con los bebés deformes; pero la que pervive con toda su fuerza en cualquier rincón del mundo es la traición. Desde muy antiguo, el mayor enemigo de la patria no era el que amenazaba con invadir sus fronteras, sino el súbdito felón que intentaba destruirla desde dentro, mediante la cobardía, la desobediencia, el sacrilegio e incluso el adulterio. Al violarse la confianza entre los miembros del grupo, se ponía en peligro la cohesión, la seguridad y la misma supervivencia del grupo en su conjunto. En el máximo nivel se encontraba la alta traición, que en teoría significaba poner el Estado en manos del enemigo, pero que en la práctica consistía en faltar a la lealtad debida al rey y conspirar para derrocarlo. El Estado soy yo se había dicho con otras palabras muchos siglos antes de Luis XIV, desde los primeros clanes familiares sujetos al poder incontestable de un jefe; Hitler se aseguró la obediencia de los militares a su régimen mediante un juramento de fidelidad a su persona. Cree el traidor que todos son de su condición, y los propios tiranos que se adueñaban del poder merced a un puñal en las regias espaldas, se cuidaban mucho de vigilar y ejecutar a cualquier sospechoso de pretender emularlos. Siguiendo una larga tradición que se remonta al menos a los emperadores romanos, los bienes del traidor ejecutado eran confiscados para expiar su execrable crimen. De modo que los juicios por traición no sólo eliminaban a los desobedientes y protestones, sino que constituían un suculento negocio para las arcas públicas, que era lo mismo que decir las privadas de Su Majestad. Roma no paga a traidores, aun cuando no pudiera gobernar sin ellos, así que siempre se podía recurrir a su amenaza cuando no había más presas a las que esquilmar; o para crear un mundo de guerreros fanáticos, temerosos de la traición y llenos de odio militante, como en 1984 o en cualquier estado totalitario, donde la nación se confunde con el partido y sus dirigentes. Aun hoy día, la alemana Marlene Dietrich sigue siendo repudiada en su patria por animar a las tropas aliadas a luchar contra los nazis. De igual modo, dejando al margen a los pocos inmortales cuya hazaña fue de tal magnitud que su nombre se convirtió en sinónimo de traidor, como el noruego Quisling o el griego Efialtes, la desconfianza y el miedo a la traición rigen a escala mezquina las relaciones personales del común de las gentes. Los infames son los otros, que quizá no te causen una ruina digna de titulares de prensa, como secuestrarte, ocupar tu casa o matar a tu pez de colores, pero que te pueden dejar abandonado cuando precises su ayuda, o divulgar datos falsos o ciertos a tus espaldas. Hay que ser fieles a lo prometido, y a lo debido por reglas inamovibles e inquebrantables por más que se nos antojen ajenas, obsoletas y ridículas, sin importar que ello sea malo, perverso o dañino. No se traiciona al amigo que traicionó a su pareja, ni se descubre al compañero que husmea en los vestuarios de las secretarias, ni mucho menos se delata al cuñado aficionado a los niños. ¡Eso no se hace a un amigo!, clama con escándalo y sonrojo nuestra conciencia, tras enterrar en lo profundo que uno sea amigo de semejante ser. ¿Y qué decir cuando estamos amarrados por los lazos sanguinolentos de la parentela natural y política? La ley legal nos exhorta a denunciar, pero la ley social, la tradición de la amistad o del mero compañerismo, nos obliga a callar, mientras que la ley del clan nos exige incluso apoyar. Te puedes fiar de quien es íntimo amigo del asesino que quizá un día te acuchille, pero no de quien lo ha delatado. ¿Quién te asegura que la vida no te llevará a ti mismo a convertirte en criminal, y que entonces no necesitarás a un camarada fiel que te apoye o al menos te encubra? Acusar se considera una conducta tan vil e indigna, que incluso surgen escrúpulos morales en un conflicto de lealtades en apariencia fácil, cuando piensas en traicionar al amigo de la infancia justamente por encubrir la traición de otro amigo de segunda fila. Chivato, los días que te quedan son una cuenta atrás. Traicionas a tus semejantes por temor a que se te anticipen. Traicionas a tus mayores al apostatar de su fe inerte y renunciar a sus costumbres inveteradas. Traicionas tus principios, cuando de repente observas con horror que tus valores se derrumban por la desesperación, y te enfrentas realmente a situaciones que, con estúpida inocencia, proclamabas que no te harían conculcar tus ideales. Y te preguntas si eres un renegado o tan sólo has evolucionado, ya que es de sabios rectificar a tiempo; o quizá seas consciente de tu traición, pero no estás seguro de arrepentirte de ella, ni te atreves a jurar que no la repetirás de nuevo. Nunca olvidamos las traiciones que hemos padecido, pero nunca recordamos las que hemos cometido.

 

La palabra traición procede del latín traditionem, acusativo de traditio, sustantivo creado a partir del verbo tradere. A su vez, éste es una reducción de transdere, formado por la preposición trans, que ya los romanos pronunciaban [tras], y luego [tra] ante consonante sonora, y el verbo dere, variante de dare “dar” en compuestos. Acostumbrados como estamos por los diccionarios, los neologismos y los sabihondos a que trans signifique “al otro lado” o “a través de” (así transalpino, que puede indicar tanto “lugar al otro lado de los Alpes” como “recorrido a través de los Alpes”), no nos percatamos de que su auténtica acepción es “de un lado a otro”. Y sin embargo, lo podemos comprobar en decenas de palabras de uso común, tales como transformar “cambiar de una forma a otra”, transportar “llevar algo de un lugar a otro”, o transexual “que cambia de un sexo a otro”. De manera que la modificación que efectúa trans no radica en la existencia de un objeto o concepto que se desplaza de un lugar o situación a otro, sino en la existencia de un lugar o situación de origen y otro de destino. De igual modo, nuestro transdere > tradere se diferencia del mero dare en que no se fija en el objeto o concepto que se da, sino en el sujeto que lo da y, sobre todo, en el que lo recibe. Y así es como podemos deducir que tradere significa propiamente “dar algo a alguien”, “pasar de mano en mano” o también “poner en manos de otro”; en resumen, todo lo que comprende hoy día la noción de ”entregar”. No damos un brindis al sol, a la espera de que alguien lo recoja, sino que ponemos directamente la copa en las manos del destinatario escogido. La traditio, la abominable traición, era en su origen un término neutro que hacía referencia al simple acto de entregar algo a alguien, y se empleaba sobre todo en el ámbito comercial y jurídico a propósito de la compraventa de bienes y mercancías. Aun hoy día, un derivado culto, la tradición, se sigue utilizando con ese sentido como tecnicismo del Derecho comercial: la entrega de una cosa de manos del antiguo propietario al nuevo; un documento por el que se realiza una transmisión de propiedad, como la escritura pública de una casa, se dice que tiene valor o efecto traditorio. Por cierto, aunque el intercambio sea un proceso basado en entregar y recibir, de tradere no proviene el inglés trade “comercio”, sino que esta palabra deriva de un término germánico que significa “rastro, estela, curso”, y que aludía a la ruta marítima que seguían los barcos que se dedicaban a llevar mercancías de un puerto a otro. En el entorno legal de los antiguos latinos, traicionar no era atentar contra esa misma legalidad, sino tan sólo cambiar de dueño, antaño de tus propiedades y luego de tu lealtad, hasta que las pésimas connotaciones de ese verbo hicieron preferible sustituirlo por “transmitir”: vender, ceder o legar a otro, sean tus acreedores o herederos, un derecho o un objeto. Por su parte, el traditor, el traidor, no era más que el encargado de realizar dicha entrega o transmisión a otra persona. Desde el punto de vista de la etimología, el mensajero que te notifica el despido, el cartero que te lleva una multa de tráfico, el repartidor de pizzas a domicilio, no son sino traidores a sueldo. Y en efecto, el concepto de ser un vendido, de vender a tu patria, convicción o compañeros a cambio de poder y riquezas, es algo que siempre se ha asociado a la traición; aunque ésta pueda realizarse también de manera gratuita, o más bien diríamos a cambio de un beneficio íntimo e intransferible, tal como la venganza, el rencor o la supervivencia. Es el caso de los traditores o donantes eclesiásticos, obispos que durante las Persecuciones entregaban a los romanos copias de las sagradas Escrituras que habían jurado salvaguardar, a fin de salvar y guardar intacto su propio pellejo.

 

Mas no es de estos traditores de donde procede el sentido moderno de traidor. Si bien en algunos textos del latín clásico encontramos ejemplos que apuntan a dicha equiparación, la acepción dominante de traditor sigue siendo en aquella época la de mero transmisor de algo. En su lugar, los códigos legales prefieren otros términos de más alcurnia. Por un lado está la proditio, que de ser la perfidia o desobediencia desleal al jefe militar, pasa a designar la colaboración con el enemigo y se convierte en sinónimo de traditio, pero cargada plenamente de connotaciones negativas: entregar o rendir al enemigo una fortaleza o un ejército, e incluso información confidencial, con lo cual acaba también significando “desvelar, denunciar”. Por otro lado tenemos la perduellio (de perduellis, “enemigo”, derivado de duellum > bellum “guerra”), que consistía en convertirse en enemigo público de la patria por cualquier medio, tal como la deserción o la rebelión violenta a fin de usurpar el poder. Y en la cúspide se hallaba el crimen de lesa majestad, que al principio se aplicaba a la tiranía o abuso de poder por parte de las autoridades, pero que con la llegada del Imperio acabó irónicamente por convertirse en lo contrario: todo atentado, pacífico o violento, de palabra u obra, por acción u omisión, contra el poder y el orden establecido, con la excusa de que suponía atentar contra la seguridad del pueblo y del Estado romanos.

 

Esta situación cambia drásticamente en la Edad Media con el surgimiento de las naciones europeas. Por influjo de los códigos germánicos, el soberano desciende de las alturas de la omnipotencia divina, y pasa a ocupar un simple y frágil escalón por encima de sus vasallos, cuyos derechos y apetencias se ve obligado a respetar: nos, que valemos tanto como vos, y juntos más que vos, os hacemos rey con tal que guardéis nuestros fueros y libertades, y si no, no, conminan a jurar los nobles aragoneses a su flamante rey. Aunque situado en la cima de la jerarquía, el rey no deja de ser un primus inter pares, el primero entre sus iguales, uno más de ellos, que tan pronto lo elevan como pueden deponerlo. El poder de los vasallos era tal que se aceptaba que tenían derecho a rebelarse cuando se considerasen ultrajados por su señor; y tras unas cuantas granjas incendiadas e iglesias saqueadas, el vasallo suplicaba perdón, se arrodillaba en la nieve como penitencia, llegaba a un acuerdo con su señor, y volvían la paz y los villancicos al reino. Sin embargo, el rey no cejará en su empeño por recuperar su antigua condición y ser considerado no sólo superior a todos sus vasallos, sino incluso extraño a ellos, de otra índole o naturaleza, y que merece por tanto un respeto, poder y lealtad casi sagrados. Y en su ayuda acudirá la Iglesia, con el recuerdo del traditor por antonomasia, el arquetipo del traidor por los siglos de los siglos en la tradición de la cultura occidental: Judas Iscariote. Unus vestrum me traditurus est, “uno de vosotros me ha de entregar”, escuchaban los oídos del pueblo año tras año durante la Pascua, en la conmemoración de la Ultima Cena. En las continuas misas y procesiones, los clérigos no dejaban de hablar de traditor y traditio para designar el supremo crimen de un hombre contra otro: Judas, a quien se le había entregado el máximo honor y confianza, entregaba al martirio a quien debía proteger y servir; era un rebelde ante su maestro y señor, de igual modo que Lucifer ante Dios; y cual ángel caído, sufrió una muerte infame y pecaminosa que le hizo más acreedor si cabe de la condenación eterna, donde todo será llanto y rechinar de dientes. De este modo, gracias a Judas el acto de entregar a alguien adquiere terribles matices de significado: se quiebra la necesaria confianza entre los hombres, la víctima queda reducida a simple mercancía que se compra y vende a cambio de una recompensa, tienen lugar consecuencias tan fatales como matar al mismo Dios, y se hace por tanto indispensable infligir un castigo ejemplar al criminal. Al mismo tiempo, con el nacimiento de los romances y los cantares de gesta, los términos traición y traidor se extienden entre el pueblo en boca de los juglares: la Canción de Roldán, el Poema de Mío Cid y semejantes se llenan de comparaciones entre Judas y los vasallos desleales. Al igual que Judas, los vasallos son depositarios de la máxima confianza de su señor, y están ligados a él por fuertes lazos de lealtad, basados en el linaje, parentesco matrimonial, o el juramento de vasallaje; y al igual que aquél, le acaban entregando a sus enemigos a cambio de cargos, prebendas, castillos o tierras. La rebelión deja de ser considerada una pendencia de borrachos, molesta pero efímera, y no sólo se convierte en un atentado intolerable contra la paz y seguridad del reino, sino incluso en un acto de soberbia contra el orden social establecido por Dios; y tal como hizo éste frente a Judas y Lucifer, ya no caben el perdón ni las componendas, sino la completa aniquilación de la traición y de la persona del traidor.

 

Por su parte, sus propios súbditos equiparan a Judas con el mismísimo rey, cuando éste actúa de manera desleal y egoísta y, en vez de velar por el bien común y la paz del reino, impone su voluntad arbitrariamente sobre los derechos de sus vasallos, a quienes despoja de sus feudos, roba sus mujeres y caza sus venados. A partir de aquí, cualquier falta de fidelidad entre los hombres, aun una burla o una mentira ridícula que no merezca un cantar de gesta ni un simple sermón dominical, merecerá sin embargo su propia similitud con Judas. Y así es como el término traditio, gracias a haber sido el escogido en la Vulgata, la traducción de la Biblia al latín que hablaba el vulgo, se impone en las lenguas vulgares nacidas del latín, en las que suplanta y borra a los términos clásicos y prestigiosos: proditio, perduellio y lesa majestad. No obstante, esta última sobrevivirá como sinónimo de la alta traición, la traición suprema y definitiva, dirigida contra el país y su soberano, en contraposición a la pequeña traición, que antes de ser abolida por la corrección política consistía en matar simplemente al soberano del hogar, fuese el amo o el marido. La /d/ intervocálica se pierde en las lenguas romances occidentales, y el verbo tradere deriva a trair en francés (con la ortografía moderna trahir), catalán y portugués, mientras que en castellano antiguo se convierte en traer. A mediados del Medievo, traer las manos significaba “entregar las manos”, es decir, “entregarse, rendirse”, pero pueden imaginar la confusión que se armaría con el verbo homónimo traer, derivado de trahere “trasladar”. En la cruenta batalla que siguió, el traer que les entregó tradere acabó traicionado por sus hablantes, y desapareció de la lengua en favor del traer que trajo trahere; lamentable pérdida que nos privó del juego de palabras “el traedor es un traidor”, al estilo del conocido dicho italiano traduttore, traditore, “el traductor es un traidor”. Y a falta de verbo que expresara el acto de la traición, se recurrió a dicho sustantivo para crear la locución hacer traición, que posteriormente evolucionó a la más culta cometer traición. Durante muchos siglos no hubo verbo simple, hasta que en el siglo XIX nace el neologismo traicionar: es seguro que al principio sonó tan artificial y antigramatical como particionar o recepcionar, pero durante el siglo XX el vulgo se entregó de lleno al nuevo verbo, y abandonó a sus predecesores en el baúl de los términos rebuscados y pedantes.

 

Como ustedes son muy listos, a estas alturas ya se habrán percatado de que, de la misma traditio en la que se gestó la traición, nació también la tradición. Ya hemos dicho que esta palabra aún subsiste para definir la entrega de una cosa a manos del nuevo propietario, sea mediante la venta, regalo, o el legado de un testamento. Y aparte del ajuar doméstico, los muebles apolillados, las deudas e hipotecas, los prados ahora cubiertos de asfalto y hollín, ¿qué mejor cosa podía legar un hombre a sus descendientes, sino la explicación de por qué la luna y el sol tienen el mismo tamaño aparente, la forma apropiada de eructar en la mesa, o cómo bailar la danza en la que cortejó a la mujer con la que le habían comprometido sus padres? Ya en la época romana, el término traditio tenía bien asentada la acepción de patrimonio inmaterial que una generación entregaba a la siguiente. Desde los tiempos cavernarios, los mayores reunían a su familia alrededor del fuego, y aparte de anécdotas propias en cacerías y peleas, les narraban con certeza y rotundidad histórica hechos de un pasado nebuloso, cuentos en los que Blancanieves bajaba envuelta en llamas de los cielos, y tras ser violada por su padre y matar a sus hermanos, engendraba al bisabuelo que convirtió en ciudad un yermo infestado de alimañas y cañaverales. La tradición pasaba de boca en boca a base de recuerdos y leyendas, con lo que llegó a significar también “relato”; pero si bien servía para amenizar las largas veladas en compañía de los mismos rostros y voces, su propósito fundamental era la educación. Aunque los padres desean que sus hijos disfruten de una vida mejor que la que ellos tuvieron, también desean que vivan de la misma manera que ellos, con su misma escala de valores, ya que es la única que conocieron y por tanto la mejor posible. De modo que el hogar servía también de escuela y templo, donde a través de las historias y los rituales se enseñaban las creencias y costumbres de la comunidad. El término traditio se convierte entonces en sinónimo de entrega de conocimientos, con intención didáctica pero sobre todo moral, a fin de adoctrinar a los discípulos en el camino correcto: tradere virtutem hominibus, “entregar (es decir, enseñar) a los hombres la virtud”, proclama Cicerón. Las tradiciones, incluso las más nimias y aparentemente inocuas, se constituyen por lo tanto en fuente de las normas de comportamiento de los miembros de la sociedad, tanto entre ellos como con respecto a sus gobernantes y los mismos dioses. Sin embargo, la propia tradición no tiene un por qué, una justificación más allá de su propia existencia a lo largo de siglos o milenios, así que se erige en axioma incuestionable por sí misma. De modo que no está al cuidado de doctores y expertos que expliquen su fundamento lógico y racional, sino de sabios y hechiceros capaces de interpretar la verdad que se esconde tras los símbolos y ritos que el pueblo repite de manera inconsciente. Los custodios de la tradición no saben ni desean explicar la razón de que sea perjudicial limpiarse el culo con la mano derecha, pero saben con certeza que es un sacrilegio que vuelve impuro al infractor y a sus vecinos, y para evitar el castigo de los dioses promueven el castigo de los hombres. La tradición se convierte entonces en instrumento de control por parte de reyes y sacerdotes, que ven así legitimados tanto su posición como el orden social en el que se asienta su poder: atentar contra sus leyes y personas supone traicionar la tradición, no sólo es un crimen sino incluso un pecado, que debe expiarse con todo rigor. A pesar de todo, ¡ay!, las tradiciones que se entregan a la generación venidera, con la esperanza de que ésta haga lo propio con la que le suceda, y los hábitos se perpetúen por los siglos de los siglos, acaban pervertidas en manos de sus depositarios. El mundo que dejamos a nuestros hijos no es el que ellos quieren, nuestros usos y costumbres les producen hastío y sonrojo, los vestidos huelen a rancio y los bailes sólo emparejan a los viejos, las leyendas avergüenzan a los niños de pecho, las ceremonias retumban en el vacío inane, y los dioses ya no asustan ni reciben sacrificios. Se rebelan ante nuestros ideales y traicionan nuestra memoria con orgullo; no quieren conservar tradiciones caducas sino progresar hacia un futuro desconocido pero propio. Al final, el único patrimonio que transmitimos incólume a nuestros vástagos lo conforman los mismos reproches que escuchamos a su vez de nuestros padres: no sé dónde vamos a parar, ya no hay respeto por nada, esta juventud no tiene remedio, en mis tiempos había más educación, ahora todo es orgía y desenfreno, vamos cada vez a peor, hambre y guerra es lo que haría falta… o tempora, o mores, “qué tiempos, qué costumbres”, se lamentaba con más estilo el ínclito Cicerón. Las tradiciones que con tanto celo protegíamos para entregárselas, privadas de toda vitalidad y significado, acaban comercializadas como souvenirs y espectáculos para turistas. Y sin embargo, los rituales, la repetición automática de actos, nos salvan del insoportable vértigo de la libertad, de la obligación de tomar decisiones a cada momento, con el temor de que resulten perjudiciales o peligrosas; y cuando no existen tradiciones sociales, la ansiedad nos impulsa a crear las nuestras, en forma de manías como la limpieza obsesiva del cuerpo o mascar chicle durante el coito, o de adicción al trabajo, al chocolate con vodka o a los culebrones de televisión.

 

Como hemos dicho al principio del artículo, traditio pasó al español como traición, que si dejó difuminado el concepto original de entrega, perdió por completo la acepción de entrega de conocimientos y creencias. De modo que durante el Renacimiento se recuperó el cultismo tradición, y a partir de éste una serie de derivados que el latín sólo conoció en las encíclicas modernas: es el caso de tradicional, traducción literal de un inexistente traditionalis. Pero en el camino, el verbo correspondiente, que como sabemos debería haber sido tradere > traer, llevaba siglos muerto y enterrado, una calamidad que nos privó de juegos de palabras con triple significado, y nos obligó a buscar otro verbo que le sustituyera. Y puesto que el neologismo tradicionar se le antojó al vulgo poseído de una afectación grotesca que al parecer no encontraba en traicionar, hubo que echar mano de sinónimos de diferente etimología. El más empleado es transmitir, del cual les hablaré con detalle en otra ocasión, pero que significa “enviar de un lado a otro”, un concepto muy semejante al “dar de mano en mano” del primitivo tradere. Y así es como el verbo traer, momificado, nos ha entregado póstumamente su significado bajo la carne de otro verbo bienhechor, y puede dormir con una sonrisa en el país de los chistes perdidos.

 

En resumen, hemos visto cómo el concepto original de “entregar” de la primitiva traditio se perdió a causa de la traición, y se diluyó a medida que se transmitía la tradición. Sin embargo, no nos entreguemos a la pena y la añoranza, ya que ha sobrevivido en un neologismo de cuyo significado pocos se percatan: extradición. Mucha gente sigue pensando que esta palabra se descompone en extra-dición, que significaría algo parecido a “decir fuera”, o sea, “decir en el exterior del país”: se supone que sería un modo resumido de indicar “dictar sentencia para echar a alguien fuera del país”, tal vez por influjo de otro término jurídico, jurisdicción. Y a causa de ésta y de palabras semejantes, como contradicción, escriben erróneamente extradicción. En realidad, esta palabra se compone de la preposición ex “fuera” y de tradición, ahora con el sentido pleno y genuino de “entregar”, con lo que el correcto significado de ex-tradición es “entregar a alguien fuera del país”: se distingue del exilio o destierro en que no se le echa sin más de las fronteras para que perezca en el mar o en el desierto, y de la deportación en que no se limita a confinarlo en el punto más remoto de Siberia. Traicionando tan veteranas y conspicuas tradiciones, estos tiempos legalistas exigen un trato más justo incluso para un criminal de lesa majestad, de manera que se le pone directamente en manos del país extranjero que lo reclama para juzgarlo, un lento y fastidioso trámite antes de condenarlo. Si extradicion fuese un término latino, posiblemente ahora los humoristas y presentadores de late-shows disfrutarían de la extraición y de las polisemias graciosillas del verbo extraer, pero para su desgracia se acuñó durante el siglo XIX mediante el francés extradition. Con esa misma forma pasó al inglés, que incluso le añadió una nueva acepción en psicología: proceso por el cual la mente traslada una sensación a un punto situado a cierta distancia del centro de la sensación; es decir, lo que ocurre cuando la mente siente que le duele en otra parte. Como los anglosajones no tienen nuestros reparos gramaticales a la hora de idear derivados, hicieron con extradition lo que rehusaron con tradition: crear por regresión el verbo extradite. Un término que adaptamos al español como extraditar, ya que al parecer nuestros oídos hallaron en él una belleza y precisión que no mereció extradicionar, ni mucho menos extraicionar.

 

Misterios del lenguaje que dejo a su consideración, con la esperanza de que hayan pasado un rato ameno e instructivo. No me traicionen y permanezcan atentos a que yo corresponda a su fidelidad con un nuevo artículo, que como manda la tradición, tardará un tiempo.

 

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Los humanos, como todos los seres vivos, nacen, crecen, se reproducen y mueren, actividades que siempre se citan por orden cronológico, que no de importancia. La reproducción, es decir, la copia, ha sido siempre una de las ocupaciones a las que el hombre ha dedicado más tiempo y esfuerzo, incluso hoy día, aunque pensemos lo contrario en esta época trufada de estrés y anticonceptivos. Realizamos copias de nosotros en la cama, y de los objetos en la fábrica, la oficina o el ordenador doméstico. La naturaleza se copia a sí misma en forma de semillas, ovejas o tomates, y nosotros copiamos de ella merced a los clónicos y trangénicos. Son imprescindibles las copias cuando reclamas a la Administración, cuando pagas tus impuestos, cuando contratas la hipoteca o alquilas un triciclo; y necesarias para salvaguardar los poemas, mensajes o fotos poco recomendables que recibes con errática frecuencia de un ser querido. Aquello que carece de copia alcanza un valor incalculable y es insustituible, de cuya importancia sólo nos damos cuenta cuando perdemos el original y no tenemos nada para reemplazarlo; por ejemplo, la ubicua anécdota de que se nos estropea el disco duro del ordenador, y olvidamos con horror la última vez que realizamos una copia de seguridad. De modo que una preocupación primordial de los hombres ha sido siempre hallar el modo de realizar copias rápidamente. Gracias a los robots industriales, las regrabadoras de DVD y las fotocopiadoras, lo que antes se hacía a mano, de manera lenta y penosa pero a la vez con cariño e incluso vocación artística, ahora se realiza en serie con gran celeridad: millones de personas ganan su sustento fabricando copias de anillos, tornillos, ladrillos o cigarrillos, o vendiéndolas en negocios estables o improvisados en torno a una manta sobre la acera. Nuestra sociedad gira alrededor de la copia, con los beneficios económicos y los problemas legales que suscita; se ha convertido en una actividad esencial en nuestras vidas, por lo que es justo que dediquemos unas líneas a explicar su etimología.

 

De la antigua raíz indoeuropea op- “trabajar, producir, obtener” nacieron en latín un buen número de palabras: una de ellas fue opus obra, trabajo”, es decir, la acción de trabajar, de la cual hablaremos largo y tendido en algún año bisiesto; pero hoy nos concentraremos en ops, opis, (que no hay que confundir con el griego ops, opos, “ojo”, y por extensión, “rostro, semblante”, como en kyklos ops “ojo redondo” > cíclope), cuyo significado original era “recurso, producto, bien”, lo que viene a ser el resultado del trabajo que realizamos en el opus. Como ya sabrán, en tiempos antiguos el trabajo fundamental para ganarse, nunca mejor dicho, el pan estaba relacionado con la agricultura y sus labores anejas, tales como la siembra o recolección, de manera que ops concretó en un principio su significado en “fruto de la tierra”. Y fue con esta acepción con la que nuestra palabra adquirió rango divino encarnada en Opis, también llamada Rea y Cibeles, diosa de la tierra fértil en tanto que madre de todos los frutos, y a quien se adoraba para pedir abundancia de cosechas.

 

Sin embargo, cumpliendo el destino habitual de las palabras, no tardó en generalizarse fuera del ámbito agrícola, de suerte que opes, el plural de ops, pasó a significar “abundancia de recursos, riqueza de bienes”, e incluso “generosidad, largueza”. Porque una constante de todos los tiempos ha sido que los ricos u opulentos, es decir, los que poseen abundancia de recursos u opes como los flatulentos abundan en flatos y los purulentos en pus, son los más preocupados por mantener las apariencias ante sus súbditos y sobre todo sus iguales. De manera que la honra, la imagen que diríamos ahora, les exige hacer continua ostentación de su generosidad en un banquete opíparo < opi parere “proveer, producir, llevar”, que es lo mismo que decir “que lleva riquezas”, o sea, “bien provisto de viandas”, y de ahí el sentido moderno de “abundante, magnífico, espléndido”. Tal gargantuesca actividad, como es evidente, vaciaba por completo los tesoros de los potentados, pero a cambio les permitía conseguir apoyos en la guerra o los negocios, con lo que recuperaban las riquezas gastadas y podían reafirmar su estatus en un nuevo festín. Todas estas acepciones relacionan a nuestra palabra con la bondad tradicional. Y al igual que vimos que los bienes que atesora convierten al buen señor en alguien poderoso y fuerte, capaz de brindar ayuda y protección a sus fieles súbditos, ops adquiere en primer lugar el significado de “fuerza, poder”, y a partir de ahí el de “ayuda, auxilio, asistencia”; y éste es el significado de opitulación, una palabra que no les sonará de nada pero que pueden consultar en el diccionario, y que procede de Opitulus < opi tulere, “llevar la ayuda”, es decir, “el Auxiliador”, uno de los múltiples apelativos del dios Júpiter.

 

En esos festines de los que hemos hablado, y de los que hay extensa constancia en los poemas homéricos, los héroes reafirmaban su amistad intercambiándose regalos, que a su vez habían obtenido como obsequio de otros grandes personajes, o como despojo en sus incursiones predatorias. Y pasaban días enteros narrando y escuchando hazañas de cuando la guerra se libraba en forma de peleas individuales, antes de que la falange y la legión los uniformara a todos en un ejército anónimo. Como recuerdo de aquellas gestas individuales, los latinos instituyeron la tradición de los spolia opima, que eran las armas y demás efectos que un general romano arrancaba del cuerpo de un comandante enemigo al que había matado en combate singular, y que luego depositaba en el templo de Júpiter, no Opítulo, sino Feretrio. Debido a gran dificultad en obtenerlos, procuraban inmensa fama y prestigio al vencedor, y eran considerados los trofeos más preciados, los mejores, los óptimos. Pero no por ello hay que decir erróneamente spolia optima, ni confundir opimo con óptimo, como suele ser frecuente. Porque opimo, que no ópimo, es un adjetivo que significa “rico, abundante, fértil”, pero también “graso”, y que según algunos deriva de ops, aunque muchos otros no están de acuerdo y lo consideran de origen desconocido; tal vez un préstamo de otra lengua, cuyos antecedentes se remonten incluso a la misma raíz indoeuropea op- “trabajar, producir”, aunque por otras vías. Por lo que respecta a óptimo, aunque se utilice como superlativo de bueno con el sentido de “excelente, el mejor”, no es ése su significado original. La gran mayoría de expertos se inclina por considerarlo un superlativo derivado de la misma palabra ops, y significaría “el más rico, el más fuerte”, pero esa teoría presenta varias objeciones: ops no es un adjetivo, con lo que difícilmente podría producir un superlativo, y en caso de serlo, lo normal sería opissimus, o aun mejor, opulentissimus, que es el término habitual. De modo que cobra fuerza la posibilidad de que óptimo sea un arcaísmo o un préstamo de otra lengua, formado por el adverbio indoeuropeo op u opi (cuyos significados se han transmitido al latín ob “delante de”, y de ahí “en contra”, y sobre todo al griego epi “sobre, encima”), al que se añadió la desinencia arcaica -timus propia de algunos superlativos adverbiales. Con lo cual, el aútentico significado de óptimo sería “el que está en lo más alto”, tal como se puede ver en la expresión legal optimo jure cives, “ciudadano de más alto derecho”, o dicho en jerga leguleya, “ciudadano de pleno derecho”; o en otro más de los apelativos de Júpiter, Óptimo Máximo, que es lo mismo que “el más alto y el más grande de los dioses”; o también en los optimates, la aristocracia conservadora, que aunque se traduzca como “los mejores”, se refiere propiamente a “los de la clase más alta, los que están por encima de todos”. En resumidas cuentas, spolia opima significa literalmente “rico botín, ricos despojos”, expresiones que se siguen empleando en las crónicas militares y épicas, pero no por ello son óptimos en el sentido de los más elevados, aunque llegaran a convertirse en los más honorables.

 

Si ops es la abundancia de recursos, como hemos dicho, y también la fuerza y el auxilio, la negación de ops, es decir, la in-ops > inopia, es la falta absoluta de recursos, o sea, la miseria e indigencia del que carece de lo necesario para vivir. Esta es la acepción que tiene esta palabra en todas las lenguas romances, incluido el castellano de América, pero en España se contaminó en la expresión estar o vivir en la inopia, que como es obvio significaba “vivir en la extrema pobreza”. Pero una característica del indigente era que vivía al margen de la sociedad, aislado de todo contacto con el mundo civilizado, de forma que no se enteraba de lo que sucedía en éste. Y fue así cómo estar en la inopia perdió su significado original y pasó a equivaler a estar en Babia, es decir, tener la mente absorta en un lugar tan apartado que no se da cuenta de lo que sucede alrededor. El paso siguiente fue aislar inopia del resto de la frase y pasar a significar “ignorancia” o “ensimismamiento”, hasta el punto de que actualmente se puede dar por obsoleto su sentido inicial de “penuria”. Y es que a la pobreza siempre le sigue la ignorancia, como podemos comprobar hoy día por el número de alumnos en las escuelas del Tercer Mundo.

 

¿Y vive usted en tan completa inopia que se ha olvidado de hablar de la copia?, me preguntarán impacientes. Calma, que tras estos largos antecedentes llegamos por fin a nuestro destino. Les presento a cum > con, una preposición que ya conocerán de sobra con el significado de “unión, compañía”, y que unida a ops pasó a ser una intensificación de ésta. De manera que co-ops, la copia, significa literalmente “abundancia de recursos, gran cantidad de bienes”, es decir, lo mismo que opes, al que acabó por suplantar. Incluso la diosa Opis, la madre tierra, se vio relegada por Copia, la diosa de la abundancia y luego identificada con la Fortuna, que llevaba consigo un gran cuerno del que brotaba gran cantidad de frutos y flores: la cornu copiae > cornucopia, el Cuerno de la Abundancia, con el cual la cabra Amaltea alimentó a ¿adivinan quién?, pues al jovencito Júpiter, de quien no hay forma de despegarnos en esta historia. Y siguiendo con la suplantación, así como opes, plural de ops, significaba originariamente “recursos”, el plural de copia, copiae, pasa a la lengua militar como sinónimo de intendencia, es decir, los recursos en hombres, armas y demás pertrechos para la guerra. Pero copia también logró suplantar a ops: de igual forma que, como ya vimos, esta palabra acabó significando “fuerza, poder”, copia se desliza hacia el poder entendido como facultad o posibilidad de hacer u obtener algo. En el latín medieval nos la encontramos en frases en las que equivale a “licencia, permiso”, como en copiam de scribendi facere, “dar permiso para transcribir”, relativo a los legajos que podían ser reproducidos por los amanuenses en el monasterio. Se fijarán ustedes en que, si bien en aquella época aún no existían los derechos de autor, sí estaban muy presentes los de reproducción, sólo que entonces a cargo de la Iglesia y no la SGAE. De manera que copia pasó a significar “derecho de reproducción”, y sólo fue cuestión de tiempo que, por metonimia, concretara su acepción moderna de “transcripción” al copiar al dictado, “reproducción, imitación” o “ejemplar”.

 

Huelga decir que nadie emplea copia con su sentido original, si bien lo conserva el diccionario y por tanto pueden recurrir a él para epatar a sus amigotes. La impresión que causarán será óptima si combinan esa acepción con algunos derivados de copia que aún la mantienen. Por ejemplo, copioso, que como deberían saber significa “abundante, cuantioso”; o acopiar, que significa propiamente “hacer copia, hacer cantidad”, y de ahí “juntar, reunir en abundancia alguna cosa”. Así que no se queden en la inopia y corran a hacer acopio de copias de esta etimología: les espera un opíparo banquete surtido de copiosas viandas a cargo de la asombrada concurrencia, y quién sabe si al final los spolia opima depositados a los pies de su cama.

 

 

Como todos los seres vivos, las palabras nacen, crecen, maduran, engendran su propia descendencia, evolucionan, son sustituidas por sus vástagos y bastardos, acaban abandonadas en algún asilo, y mucho tiempo después, mueren en el olvido. Así ha sucedido desde la más remota antigüedad, y mientras los hombres gocen de un mínimo de libertad, seguirá ocurriendo en el futuro. Las cambios de forma se han visto prácticamente detenidos desde que las palabras quedaron fijadas por la escritura, y en especial desde que ésta se generalizó mediante la alfabetización. Pero las mutaciones de significado no acaban nunca, y se producen a cada instante en que alguien las utiliza: cada hablante les da un matiz ligeramente diferente según sus propias circunstancias e intenciones del momento, y siempre que encuentre un interlocutor propicio, se abre el camino para que esa desviación particular se extienda al resto de personas.

Vamos a hablar de un cambio de significado no tan brutal como otros que ya hemos visto, pero que no deja de tener su enjundia. Del antiguo indoeuropeo nos ha llegado la raíz ant-, que en principio significaba “de frente”. Se aplicaba a todos los objetos o personas con las que nos topábamos en nuestro camino, inclusive el final de éste, por ejemplo en forma de límite o frontera (que, como es obvio, significa “lo que está colocado enfrente”). Ahora bien, cuando nos topamos con alguien en nuestro camino, pueden ocurrir dos situaciones: que esa persona vaya en nuestra misma dirección, y por tanto nos preceda, o que vaya en dirección contraria, y entonces nos obstaculice el paso; puede suceder incluso que la sigamos a escasa distancia, que nos detengamos junto a ella, o que la esquivemos y la dejemos a un lado del camino.

Todas estas connotaciones pasaron a las lenguas derivadas del indoeuropeo de un modo diverso, puesto que se conservaron en algunas, mientras que se perdieron en otras. En lo que nos interesa, las acepciones de “al lado” o “a lo largo” se olvidaron en la preposición griega anti- y en la latina ante-, las cuales por otro lado explotaron el resto de posibilidades.

Anti- se concentró sobre todo en el sentido de “obstáculo con que nos encontramos de frente”. De aquí procede la acepción de “opuesto, contrario, enfrente”, que es la que más se utiliza con diferencia en los neologismos actuales, como los célebres antiglobalización, antisemita, anticonceptivo, etc; o en palabras tradicionales como antagonista (< anti agones, “el que lucha contra uno, el enemigo”) o antípodas, que literalmente significa “el que anda al revés”, es decir, que se refiere a las gentes que viven al otro lado del mundo y que por tanto debería usar el masculino genérico, pero que también sirve para designar el lugar donde viven aquéllos, y entonces puede emplear el femenino: las [tierras de los] antípodas.

Sin embargo, anti- desarrolló también en el pasado otros significados derivados del original, aunque se hayan olvidado por la omnipresencia de “opuesto”, y eso lleve a muchos errores y falsas etimologías. Por ejemplo, tenemos el de “acudir al reencuentro”, y de aquí “responder, contestar”, que sobrevive en términos propios de la retórica y la poesía, como la antífona, “el que habla en respuesta, el que responde”, que es la frase con la que los fieles responden repetidamente a los salmos del cura tras la lectura del Evangelio; o la antistrofa “estrofa que responde a la primera > segunda estrofa”. Cuando alguien te responde hace lo mismo que tú, ocupa tu lugar, te sustituye, y de aquí proviene la acepción de “en vez de”, como en anticresis, que no significa luchar contra los cresos o ricos, sino “sustituir la riqueza”, quedarse con el usufructo de algo en pago de una deuda. Y para que algo te sustituya con eficacia debe ser idéntico o al menos parecido a ti, y eso nos lleva a la última acepción, “semejante, similar”, que encontramos en antílope < antalops < anti elaphos “similar a un ciervo”, o en la famosa Antígona, que no significa “ir contra un ángulo” (pentágono, “cinco ángulos”) ni “ir contra sus padres” (gonos, “generación, antepasados, padres”), sino “semejante a sus padres”, porque se encarga de mantener las tradiciones heredadas de ellos.

Por su parte, el latín ante- heredó un atisbo de los significados anteriores en la acepción “en presencia de”, es decir, lo que está ante nuestras narices. Pero sobre todo se fijó en el sentido de precedencia, lo que nos encontramos en el camino en nuestra misma dirección: lo que está antes de nosotros, lo que va por delante < denante < de in ante “desde aquí en adelante”; en suma, lo anterior, “más antes”. La Historia es un largo camino donde lo que marcha antes es lo antiguo < antiquo < antiquus, aunque ahora sólo designe a lo que va muy por delante de nosotros. Los objetos antiguos, los que nos preceden a tanta distancia que ni nos molestamos en seguir su estela, acaban por volverse trastos inútiles, que a veces conservamos por cariño o por su belleza. La labor de antiguar los objetos viejos, declararlos antiguos y cifrar su antigüedad exacta, corresponde el antiguario o anticuario, y el objeto antiguado o anticuado se convierte en una antigualla, del italiano anticaglia, que originariamente sólo designaba un objeto antiquísimo, sin el matiz despectivo que ha adquirido hoy día.

La vida, así como la historia de las sucesivas generaciones, es también un largo camino, que como es obvio es abierto por nuestros antecesores, es decir, “los que anteceden, los que caminan antes”, del latín antecessor, que en francés se convirtió en antcessetour > ancestour > ancestre, en castellano ancestro. Los que marchan por delante son los ancianos < antianus, “los que están antes”, los antiguos de la familia, y que en la Antigüedad eran quienes gozaban de mayor sabiduría y autoridad, hasta que hoy han quedado anticuados, y se les arrincona o abandona como a vulgares antiguallas.

Según la historia tradicional, Alonso de Ojeda, Américo Vespucio y Juan de la Cosa fueron los primeros en explorar la costa de Venezuela en 1499. Al llegar a lo que es hoy día el Lago de Maracaibo, encontraron unos nativos cuyas casas estaban construidas sobre estacas de madera clavadas en el agua, lo que se conoce como palafitos. El italiano Vespucio encontró aquellas construcciones semejantes a las de la ciudad de Venecia, y por esa razón llamó a esa región Venezuela, es decir Pequeña Venecia, de igual modo que una plaza pequeña se denomina “plazuela”. No obstante, habría que saber hasta qué punto el -uela, del latino -ola < -ula, -ila, era corriente en aquella época, y si no habría empezado a adquirir la connotación despectiva que tiene hoy día. Por otro lado, el diminutivo de Venecia no sería propiamente Venezuela, sino más bien Veneciola (que podría haber evolucionado a Venezuela durante la formación del castellano en la Edad Media, pero no después), Veneciela o Venecilla. Y por último, las crónicas dicen claramente que a Vespucio los palafitos del lago le recordaron a Venecia, pero no dice explícitamente que a ese sitio le llamó Pequeña Venecia o piccola Venezia, sino que es una deducción posterior. Así que esta teoría tradicional ha quedado en entredicho, y se abre paso la que explicamos a continuación.

Resulta que Martín Fernández de Enciso, un geográfo que al parecer acompañaba a la expedición, afirma en su obra Summa de Geografia (1519) que junto al lago existía una gran roca plana, encima de la cual había un poblado indígena conocido como Veneçiuela, Veniçeuela o Veneçuela, que pudo haberse transformado en Venezuela por pura pronunciación natural. De modo que el topónimo del país ya no sería de origen europeo, sino autóctono, por lo que esta teoría ha sido acogida con gran entusiasmo por los intelectuales locales, aunque no sabemos si resultará de consuelo para los escasos descendientes de indígenas que aún sobreviven allí. Pero la cosa no está tan clara, ya que el texto menciona a un sito al que llaman Veneciuela, pero no dice explícitamente que los indios lo llamaran así antes de que llegasen los europeos y que, por lo tanto, se pueda concluir que el origen del vocablo Venezuela sea indígena. Además, se conoce muy poco de este geógrafo, y lo de que acompañara a la expedición de Vespucio es pura especulación: en ningún sitio se afirma claramente que viajaran juntos, y bien pudiera ser que escribiera su crónica a partir de lo que le relataron los descubridores.

De modo que el origen de Venezuela sigue en el limbo. ¿Y si en última instancia el nombre tampoco fuese indígena? O mejor dicho, ¿y si fuese indígena, pero no de los indios caribes sino de mucho más lejos, en concreto de los guanches canarios? La última teoría que ha surgido sugiere que la colonización canaria de Venezuela empezó unos cuantos siglos o milenios atrás de lo que imaginábamos. El autor se fija en la palabra guanche aguer > guera, que al parecer significa “laguna”. A continuación nos habla de la palabra de origen germano uela, que significa “onda” y por extensión “río, laguna”, y que se introdujo en el guanche hace unos dos milenios, no sabemos cómo ni por qué. Con estos datos, el autor se fija en el topónimo Wi-n-aguer > Veneguera, que al parecer se traduce por “Los de la Laguna”, y que ante la aparición del nuevo vocablo se transformó también en Veneuela. Con ese nombre viajó hasta América, puesto que, por si no lo saben, los canarios descubrieron ese continente mucho antes que Colón, los vikingos y los catalanes, y fue por arrebatarles el secreto por lo que acabaron conquistados por Castilla. Una vez en América, el vocablo se aposentó en las riberas de una pequeña laguna en las inmediaciones del lago de Maracaibo, y para adaptarse a la nueva situación echó mano del afijo ibero ci, “pequeño”: de esta forma el topónimo se transformó en Vene-ci-uela, “los de la pequeña laguna”, y así quedó congelado y sin modificarse hasta que varios siglos después aparecieron los europeos. Una perfecta muestra de viajes astrales y espaciotemporales que les dejo como ejemplo de etimología de baratillo.

Algunos de ustedes, en particular los que no hayan visto jamás una tienda de barrio y toda su vida transite en centros comerciales, seguramente creerán que etimología de la palabra droga viene del inglés drug; y que no se implantó en castellano hasta que Jimi Hendrix palmó por la heroína, o cuando sus Satánicas Majestades (vaya epíteto más imbécil) dedicaron una oda a la cocaína; los más pedantes recordarán probablemente a Sherlock Holmes o Sigmund Freud, alabando las virtudes del polvo blanco ya en el siglo XIX. Pues desengáñense, señores: la palabra droga es bastante anterior a todo eso.

Situémonos a finales del siglo XVI. España es la mayor potencia del mundo, e inunda Europa con el oro y la plata de América, que va a parar directamente a las manos de los banqueros alemanes y flamencos que financian sus inútiles e incesantes guerras. Una de ellas la libran contra los rebeldes holandeses, que a falta de poder militar prefieren dedicarse al comercio. Poco a poco, aprovechando que los portugueses ahora pertenecen al opresor Imperio Español, se van apoderando de sus antiguas colonias en Asia, en particular las islas que ahora forman parte de Indonesia, y que se llamaban las Islas de las Especias. De allí traen una serie de plantas machacadas y en polvo que debido a su aroma sirven para condimentar las insípidas comidas renacentistas, junto con otras que poseen beneficiosos, o al menos insólitos, efectos medicinales. Las colocan por toda Europa en una forma que ya habrán visto en cualquiera de los repetitivos mercados medievales de hoy día, junto con la etiqueta “plantas secas” o “áridos”: en holandés droog, relacionado con el alemán trock-en y el inglés dry, es decir, “seco”.

Esta palabra pasó primero al francés como drogue, y de allí se extendió al resto de lenguas europeas. Las drogas se vendieron primero en las boticas, que ya dijimos que eran una especie de colmado donde había de todo, y que con el tiempo se quedaron sólo con las drogas medicinales. Por su parte, las alimenticias como el azafrán pasaron a venderse en establecimientos denominados ultramarinos, porque ofrecían productos de ultramar, como eran las especias asiáticas y americanas. Y las de cosmética, como los polvos para ennegrecer los ojos o blanquear la piel, se vendían en las droguerías (en inglés, drugstore, tantas veces visto en las películas), establecimientos que fueron ampliando su oferta hasta abarcar productos de limpieza y perfumería. Así que la palabra droga se fue limitando cada vez más a la medicina y farmacia, ámbito donde nacieron y se desarrollaron las drogas modernas, los estimulantes y los narcóticos.

Otra teoría hace derivar las drogas de las lenguas célticas, como el bretón o el gaélico, donde existen palabras como droug o droch, que significan “cosa perjudicial”. Pero esta hipótesis está influenciada por el sentido actual de la palabra droga, muy alejado del que tenía antiguamente y que persiste en el nombre droguería, cuando una droga no era más que un producto de herbolario. Y es que decir “droga en polvo” es una pura obviedad, una perogrullada: lo extraño, lo sorprendente, es que una droga sea líquida o gaseosa.

¿Saben cuál es el origen de Astérix y Obélix?

Es posible que Goscinny inventara esos nombres al azar, porque le resultaban simpáticos, pero aquí les doy una explicación ultrapedante que dejará con la boca abierta a sus posibles ligues, cuñados, compañeros de curro y demás gente que jamás pensaría de la profundidad de sus conocimientos.

Asterix viene de Asterisque, “asterisco”, y Obelix de Obelisque, “obelisco”. ¿Y qué son tales cosas? Preste atención.

Corre el año 1517 y un fraile agustino llamado Martin Lutero, que empezaba a hacerse un nombre entre sus vecinos y amiguetes merced a sus novedosas enseñanzas teológicas en la pequeña universidad de Wittenberg, se entera de que el Papa está ofreciendo una nueva indulgencia plenaria a cambio de limosnas. Como rezaba un dicho alemán de la época, “trinca la moneda en el cofre del bulero, y sube el alma del Purgatorio al Cielo”. A las autoridades les sentaba muy mal esta continua evasión de capitales hacia Roma, tras la cual los campesinos no tenían un céntimo para ayudar a la Iglesia alemana, ni mucho menos al fisco. Pero lo que peor sienta a nuestro frailecillo es que el predicador de la indulgencia pone el énfasis en los actos externos de penitencia (es decir, pagar limosna), mientras que él sostiene que basta con el arrepentimiento interno, siempre que sea sincero y profundo. Así que escribe a toda prisa sus 95 tesis, donde expone sin orden ni concierto sus opiniones y críticas a la Iglesia, y las clava en la puerta de la iglesia.

En otra época, semejante gesto habría pasado completamente inadvertido, pero el rencor contra Roma estaba muy extendido en Alemania, y las tesis llegaron a todas partes a lomos de la recién nacida imprenta. Una copia llegó hasta un eminente profesor de Teología, Johann Eck, que como réplica aguda, pero bien fundamentada, escribió unas Anotaciones en XVIII proposiciones en forma de 31 notas marginales u observaciones. Este texto, al divulgarse, recibió el título de Obelisci, como una reminiscencia de los “obeliscos” usados por el antiguo teólogo Orígenes en el texto crítico de su Hexapla.

Al impulsivo Lutero no le gustó nada esto, y como contrarréplica publicó 31 Asteriscos, nombre también procedente de Orígenes, donde rebatía uno a uno los otros tantos obeliscos de Eck. En ellos Lutero apela más a los sentimientos que a la razón (en plan, “si estoy errado que el Cielo me juzgue”), pero aunque Eck ganó el combate teológico, nada pudo impedir la extensión de la doctrina de Lutero entre las masas.

Y en suma, ¿qué son los asteriscos y obeliscos? Un asterisco es una estrellita, *, como bien es sabido, y se emplea en un texto como una llamada a una nota a pie de página. Y un obelisco es una flecha vertical que se colocaba en el margen de las páginas, para asímismo llamar a una nota a pie de página, y que se denominaba así por su semejanza con los grandes pilares rematados en pirámides que encontramos en Egipto, y también en la Plaza de San Pedro de Roma.

En definitiva, asteriscos y obeliscos son anotaciones, observaciones, puntualizaciones, con la connotación de pullas y contrapullas malévolas por mor de la disputa entre Lutero y Eck. ¿Tuvo algo que ver esto con la denominación de nuestros héroes, para indicar que siempre andan a la greña entre ellos? A falta de respuestas por parte de Goscinny no hay forma de saberlo, pero aquí han visto la etimología que subyace, quizá de manera inconsciente por el autor, tras esos nombres.

 

¿Tiene usted grandes ambiciones en la vida, sean de índole personal o profesional, pero le repugna pedir influencias, ofrecer sus favores, camelar con falsas promesas, rondar a los jerifaltes, buscar un padrino apropiado, entrar en el círculo de los poderosos, ser un trepa, en definitiva? ¿Cree que lo va a obtener todo por su propio esfuerzo, que sus insignes cualidades serán evidentes para aquellos de quienes depende su ascenso, y que motu proprio le encumbrarán a donde merece? Usted quiere ganar, pero jugando limpio, sin rebajarse a humillaciones ni corruptelas. Pues permita que la etimología le desengañe antes de que sea demasiado tarde.

Viajemos en el tiempo hasta una mañana cualquiera en el Foro romano. La jornada laboral de un ciudadano era sumamente breve para nuestros parámetros (unas cuatro horas), item más si el trabajo se encomendaba a los esclavos, de manera que disponían de mucho tiempo libre que dedicar a los asuntos públicos. De manera que la plaza está llena de hombres ociosos que se dedican a deambular (< ambulare, “pasear, caminar”) de un lado a otro, charlando con los conocidos, o simplemente esperando a que suceda algo. Ya ven que en ese sentido el carácter latino, o tal vez el humano en general, no ha variado mucho en dos mil años. Un espectador moderno diría que el ambiente está muy animado; pero un romano de la época entendería esa expresión como figurada, ya que dicha palabra deriva de la preposición ambi-, en griego anfi-, que significa “alrededor, en torno a”, y ellos la aplicaban primordialmente a la materia fluida que rodeaba alguna cosa: es decir, al aire que respiraban, que podía estar denso, sofocante, maloliente, fresco, y por extensión se aplicó después a las personas rodeadas por ese aire, así como a la mentalidad y circunstancias que mostraban en un momento dado.

Ambiente era el participio activo del verbo ambire < ambi ire, “ir, andar alrededor de algo”, es decir, “pasear, rondar, vagabundear”, del cual procede el ya visto ambulare, “andar de un lado a otro”. Eso es lo que, en apariencia, está haciendo esa masa ambulante de gandules; pero en realidad están esperando a que otras personas se les acerquen y les ronden con gran actividad y energía, no para invitarles a bailar ni a leer los Diálogos de Platón en algún catre, sino para pedirles su voto. Verán, durante la República todos los cargos públicos estaban sujetos al sufragio popular, en una magnífica demostración de la democracia participativa. En realidad no era un sistema tan perfecto, porque para poder votar debías ser hombre, libre, ciudadano romano, y estar presente físicamente en la ciudad de Roma durante los comicios; en aquellos tiempos habían resuelto de manera tajante la duda de si la circunscripción debía ser municipal, provincial o autonómica: sólo se podía votar en los distritos de la capital. Y aunque en teoría los cargos estaban a disposición de cualquiera, en la práctica los únicos que podían aspirar a los puestos superiores eran los que contaban con suficiente abolengo, influencia y dinero como para ser conocidos por el pueblo. Así que se subían por perfecto orden a los pedestales y, aparte de recordar las hazañas de sus padres y abuelos, ofrecían más gloria, más tierras, más pan y más circo a los admirados votantes que les contemplaban con satisfacción. Una vez más, ya vemos lo poco que han cambiado las cosas en veinte siglos.

En cambio, los que aspiraban a los puestos inferiores, no los conocía ni su padre, y carecían de prestigio, padrinos y capacidad oratoria, debían buscar nuevos métodos para atraer el voto. En vez de declamar desde un púlpito, bajaban al nivel del populacho, al que empujaban, agarraban, gritaban, suplicaban, preguntaban por sus problemas particulares, prometían solucionarlos, ofrecían beneficios y prebendas, mientras se insultaban unos a otros y acababan muchas veces a puñetazos. Esta forma de comprar a los electores, mientras iban de un lado a otro interpelándolos uno a uno, se denominó ambición < ambitio, derivado del mismo verbo ambire que vimos antes; es decir, “el paseo, la ronda”. Así que no es de extrañar que el ambicioso, el paseante, se convirtiera en sinónimo de aspirante a un cargo u objetivo, y que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de lograrlo.

El espacio en el que los ambiciosos realizaban su ronda se denominaba ámbito, es decir, “lo andado, lo cercado”. Y las vueltas y giros que hacían entre los electores eran los ambages, < ambi agere, “hacer, actuar, operar alrededor”, que más tarde también se aplicó a sus propios rodeos de palabras y oscuros circunloquios cuando no les interesaba dar una respuesta concreta y debían mostrarse ambiguos (< ambiguus, también derivado de ambi agere). Por ejemplo, cuando después de prometer el oro a todo el mundo se encontraban con que un tendero y un campesino tenían intereses opuestos, y entonces debían realizar equilibrios de funambulista (< funis, “cuerda, cordón”, cuyo diminituvo era funiculus, “cordoncillo”, de donde deriva funicular, porque la tracción se realiza mediante cuerdas o cables) para satisfacer a ambos.

De modo que, sin más preámbulos (< prae ambulare, “andar por delante”, porque guía al lector u oyente al inicio del discurso) le invito a que reflexione sobre hasta dónde está dispuesto a llegar y rebajarse por colmar sus ambiciones. Consúltelo con la almohada, y si no puede dormir por los escrúpulos, salga a pasear como un sonámbulo (del inglés somnambulist, a su vez procedente del latín somnu ambulare, “andar en sueños”), siempre podrá contar con la ayuda de una ambulancia (del francés ambulance, “[hospital] ambulante”). Pero pida que le lleven a un ambulatorio, que como su propio nombre indica, es un hospital donde los que tienen una enfermedad que no les obliga a guardar cama pueden deambular por los pasillos; allí podrá rondar a los enfermeros y demás pacientes, y practicar con ellos sus dotes de ambicioso.

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