Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre si la guerra comenzó con el nacimiento del Estado, cuando los recursos humanos y económicos se pusieron bajo el mando de una autoridad central, o si las escaramuzas y exterminios entre los clanes prehistóricos podrían considerarse conflictos bélicos. En todo caso, el desarrollo del modo de guerrear ha corrido parejo con su denominación. Vamos a empezar hablando de la etimología de la guerra entre los griegos.

En la “Iliada” queda bien claro cómo peleaban los antiguos griegos, de manera semejante a las naciones contemporáneas (es decir, que comparten el mismo tiempo, la misma época, pero no la época nuestra, sino la de aquellos de quienes estamos hablando). La pelea era una completa marabunta de hombres que no seguían ningún orden ni plan establecido, sino que atacaban al primer enemigo que veían delante, y si sobrevivían pasaban al siguiente y así hasta el final. Así que la lucha era una pale, una pelea, una agitación, una confusión de movimientos apresurados, porque había que ser más rápido y diestro que tu rival para lanzarse como un demonio sobre él y lograr abatirlo a base de golpes alocados de brazo. El cuerpo del luchador estaba poseído por un furor animal cercano a la epilepsia, temblaba de ganas de matar mientras su corazón palpitaba (es decir, se agitaba, vibraba, se movía desaforadamente) con todas sus fuerzas. No había tiempo de pensar en nada, sólo de mover los brazos y procurar palpar (batir, agitar > tocar) carne enemiga a la que acuchillar. Todo sucedía tan rápido como un parpadeo (< palpebra < palpare, “batir suavemente”).

Esta forma de pelear que más bien se parecía a un combate de wrestling o lucha libre exigía un fuerte entrenamiento, que solía tener lugar en recintos acotados, y más tarde cubiertos, denominados palestras. Pero con el tiempo quedó obsoleta, puesto que la victoria dependía en exceso de la suerte de contar con hombres más fuertes, enrabietados y numerosos que tu enemigo. La guerra empezó a considerarse un arte, una ciencia, y la pale, la pelea, se convirtió en polemos, el combate. No está claro el origen de este nombre: para unos sería la evolución de pale, mientras que otros lo relacionan con polis, “ciudad”, dando a entender que la guerra era la principal actividad de las ciudades-estado griegas, o que el asedio de las ciudades se convirtió en el centro de la actividad bélica, en vez de la pelea en cambio abierto. Homero usa la variante ptolemos, de donde Ptolomeo, “guerrero”, y Neoptólemo, “guerrero nuevo, guerrero joven”, el hijo de Aquiles y matador de Príamo, el mítico rey de Troya. Y ya sabrán ustedes que de polemos deriva la palabra polémica, es decir, el combate dialéctico, la discusión encendida con un punto de hostilidad. Y el aficionado a las polémicas es el polemista, que literalmente significa “combatiente, guerrero”, el que busca la gresca y la pelea verbal.

Al convertirse las ciudades-estado griegas en repúblicas, se produjo una división de las tareas militares, y por tanto de las palabras. Polemos pasó a significar “guerra”, en el sentido de campaña militar organizada de una ciudad contra otra. El magistrado que la dirigía, el Ministro de Guerra (o de su eufemismo Defensa) que diríamos ahora, era el polemarca, “jefe de la guerra”, que después quedó degradado al rango de oficial superior. La parte principal de los combates seguía desarrollándose a campo abierto, en las llanuras (en griego, stratos, “estrato, planicie), y el que dirigía esa fase era el estratego < stratou egetes, “jefe de campo > jefe del ejército, general”. A fin de lograr la victoria ya no le valía la pelea desorganizada, la makhe (> maquia, como en “tauromaquia”), como se denominaba ahora, sino que precisaba de un plan muy preciso: la estrategia.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que la estrategia, el plan de batalla, fue adquiriendo características mucho más complejas que el mero movimiento de tropas en un lugar determinado. Pasó a significar el plan entero de la guerra, el traslado de todas las tropas de un escenario a otro, simultáneamente o mediante fases sucesivas. Así que cada batalla se confió a la táctica, del griego takhtiké [tekhné], es decir, la técnica, el arte de ordenar, de distribuir las tropas. Takhtike deriva del verbo tasso < tagjo, que significa “ordenar, clasificar”, y del cual provienen también palabras como taxis < tagsis, “rango, clase, ordenación” (taxonomía, “ciencia de la clasificación”, o taxidermia, “piel ordenada, arreglada”); sintaxis, “ordenación simultánea”, es decir, “coordinación”; o sintagma, que es el resultado de la coordinación de elementos, y que los griegos modernos traducen por construcción, o mejor dicho, Constitución.

Ahora la técnica bélica, la táctica, había cambiado: en vez de la masa desorganizada de hombres, que se lanzaba como fieras contra el enemigo a los que abatían a base de agitar los brazos, cada uno de ellos estaba fortificado con un equipo pesado de armas y defensas, denominado hoplon (“objeto que acompaña, que sigue al soldado”, es decir, sus bártulos), dentro del cual destacaba un gran escudo redondo que ha pasado a usurpar el nombre de hoplon. Si quieren ver un museo de armas antiguas vayan a una hoploteca, donde seguramente tendrán reproducciones de esta clase de soldados, los hoplitas. Un hoplita era como un puercoespín, protegido por su escudo y su coraza; en contraprestación, era lento como un caracol, sus brazos apenas podían hacer otra cosa que sostener una lanza de varios metros, y cualquier ataque por el flanco o la retaguardia lo despedazaría al instante. Así que el nuevo modo de luchar era agrupar a los hoplitas en varias hileras compactas, arrimados hombro con hombro, de tal forma que nadie podría rodearles mientras avanzaban lenta pero implacablemente hacia el enemigo. Esta formación se denominó falange, que propiamente significa “rama alargada y estrecha”, y de ahí pasó a significar “hueso” (como los de los dedos) o “línea, hilera”. No, la falange no fue un invento de Alejandro Magno de Macedonia: lo único que hizo él fue aumentar las hileras y la longitud de las lanzas. Ni, por supuesto, fue una invención del amigo José Antonio.

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