Una lengua refleja la mentalidad del pueblo que la habla, tanto en el momento de crearla como en toda su evolución posterior. Rasgos que hoy nos parecen intolerables, como el machismo o el racismo, han informado la sociedad desde los albores de los tiempos, y por muchos eufemismos que empleemos siguen latentes en lo más profundo de las palabras, y a veces encuentran resquicios para barnizar o modificar por completo su significado. Caso parecido es el de los colores: dos pueblos no ven igual, o mejor dicho, sus ojos captan lo mismo, pero su cerebro lo interpreta de distinta manera. Para unos el verde es un color independiente; para otros es una modalidad de amarillo. Incluso las metáforas son diferentes: los hispanos y franceses asocian el marrón a la castaña, los anglosajones a la piel tostada. Y en una misma lengua, un color puede variar de tonalidad tras un largo periodo de exposición al tiempo: al principio, el crudo era el color de la carne destripada y sanguinolenta, hoy es el rosa desleído del cutis de un alemán recién llegado a Mallorca. Estas variaciones afectan de manera muy particular al cabello, y el ejemplo paradigmático es uno de los colores más escasos y por tanto más preciados del género humano: el rubio.

La palabra rubio procede del latín rubeus, que curiosamente significa “enrojecido, rojizo”. No se trata de que los padres del Cid sufrieran una suerte del daltonismo, por el cual veían que de las heridas manaba cerveza en vez de sangre, sino que se produjo un acercamiento de colores que devino en transferencia de significado. Verán, los escritores latinos distinguían entre una enorme gama de tonalidades, a cada una de las cuales le daban un nombre que deja en mantillas a cualquier muestrario de tintes: cerasinus “cereza”, cervinus “marrón piel de ciervo”, electricus “ambarino”, etc. Cuando en su expansión hubieron de chocar contra los guerreros celtas y germanos del norte de Italia, se fijaron en que éstos portaban unas greñas en líneas generales de color anaranjado, pero con tonalidades que variaban de un espécimen a otro: a veces tiraban hacia el rojizo, otras hacia el dorado, y las más hacia el pajizo o trigueño. Semejante amalgama no era obstáculo para los más cultos de estos literatos, antes bien, era un acicate para exhibir su pedantería, empleando o inventando un término distinto para cada ocasión. Por desgracia, en aquella época también abundaban los juntaletras que no quería perder el tiempo en tamañas disquisiciones, y englobaron todos esos tonos en lo que hoy llamaríamos “pelirrojo”. Para ello emplearon el término rubeus > rubio, así como su variante dialectal rufus > rufo.

Durante mucho tiempo, tanto rufo como rubio mantuvieron ambos significados de “pelirrojo”, con la mezcla de tonalidades antes expuesta, y “enrojecido”. Sin embargo, progresivamente se produjo una diferenciación que afectó sólo al castellano, y por influencia de éste, a otras lenguas ibéricas como el gallego o asturiano. El motivo fundamental es la irrupción del término rojo < rosso < russus, que de designar el marrón rojizo pasó a ser el genérico del color rojo. Hasta ese momento, el pelo propiamente rojo era ya patrimonio de rufo, pero debido a la economía léxica no tardó en verse suplantado por rojo, y reducido al ámbito rural. Por lo que respecta a rubio, no tuvo más remedio que correrse hacia el lado amarillo del espectro, y en su camino, acabó por cerrar el paso a otro vocablo que había hecho fortuna en las demás lenguas: el germánico blondo. No obstante, su acepción original persistió en palabras cultas derivadas de rubeus, tales como rubicundo “piel de color encarnado, lo que denota buena salud, en contraste con la amarillenta o pálida”, y por confusión, “cabello de color rubio rojizo”; rubéola “enfermedad caracterizada por erupciones rojas en la piel”; rubinus > rubín > rubí, la piedra preciosa que simboliza la pasión; o el cultismo pedante rúbeo, el cual ha mantenido el significado primitivo de “rojizo”. ¿El cobre con que se fabricaban las antiguas pesetas rubias les parecía amarillento o rojizo? En realidad su nombre procede del árabe rubiyya, “cuarta parte”, porque su valor equivalía a la cuarta parte de otra moneda, el cianí.

Recuperen fuerzas con una cerveza rubia, que vamos a emprender un viaje a lomos de rubeus, el cual es un derivado de ruber, “rojo intenso”. De esta última palabra procede el abstracto rubor, es decir, “rojez”, aplicado a la piel sonrojada por cualquier motivo, sea el calor o una bofetada, aunque ahora se use sobre todo para designar la vergüenza propia y ajena. La intensidad del rojo siempre ha servido para llamar la atención de parte de un texto, como seguimos haciendo hoy día con los lápices bicolores, o hasta no hace mucho con la cinta roja de las máquinas de escribir. Pero este truco ya era conocido desde muy antiguo, y ya los romanos escribían el título de los capítulos con tinta roja a base de minio, cinabrio o púrpura: a esos epígrafes, en particular los de libros de leyes y, posteriormente, eclesiásticos, se les llamaba rúbricas, palabra que luego pasó a designar la firma porque al principio se hacía con un signo de color rojo.

El origen de todas estas palabras se encuentra en la raíz indoeuropea rudh- o reudh-, que significa “del color de la sangre”. En latín evolucionó por un lado a la raíz rubh- > rub-, pero también se mantuvo en su forma original. Es el caso ya visto de rudosus > rudsus > russus > rosso > rojo, que de ser una palabra arrinconada a los sótanos del latín, ha pasado a doblegar a todas las demás en sus lenguas derivadas. Por cierto, no crean que acaban de probar un chiste fácil, y no asocien russus con la Rossija > Russia > Rusia comunista; en realidad, el país de Rus fue fundado por vikingos suecos, los cuales eran llamados ruotsi por los fineses y estonianos que habitaban allí. Y también se mantuvo la raíz en rutilante < rutilus, pero se produjo una vez más un cambio de significado: de refulgir como un atardecer de fuego, acabó, de igual modo que rubio, a resplandecer como el oro. Pero ha sido en las demás lenguas indoeuropeas donde la raíz rudh- ha mantenido con persistencia su significado original de “rojo”. En las lenguas germánicas evolucionó a rauthas, de donde procede el alemán rot y el inglés red. Incluso en el griego tenemos rythros, al que se le añadió una “e” para facilitar la pronunciación, y derivó en el prefijo eritro-, como en eritrocito “glóbulo rojo”, o Eritrea “País Rojo, País del Mar Rojo”.

De modo que podrán extraer unas cuantas conclusiones para cuando intenten seducir a una rubicunda rubia rubia en mano. Si la llaman “pelirroja” no es síntoma de borrachera, sino pura muestra de sabiduría etimológica. No tengan rubor en afirmar que le regalarían allí mismo una piedra rubia, es decir, un rutilante rubí. Y si quieren terminar de epatarla, en caso de que la rubia se jacte de progre rojilla, rubriquen su actuación con un “vaya, así que eres toda una rufa”.

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