Esta entrada podría titularse “Esperanza”, o “Paciencia” o quizá incluso “Fe”. Todos esos títulos podrían referirse a los lectores. Si se refieren a mí, el único nombre que se me ocurre es “Incredulidad”.

Han pasado más de cinco años desde que publiqué mi último artículo aquí. Semejante lapso de tiempo es una eternidad en Internet. En tal situación, lo normal es pensar que el blog está muerto, y que no queda más que repasar su antigua existencia, con la convicción de que nunca más volverá a verse sobre la tierra. Y sin embargo, tanto los comentarios como las estadísticas me indican que la gente ha seguido acudiendo a este lugar. No muchos, por supuesto, pero sí muchísimos más de lo que yo jamás creería. Siguen ilusionados con lo que leyeron, y con lo que quieren seguir leyendo. Como diría cierto anciano que conocemos demasiado en España, eso me llena de orgullo y satisfacción.

No es cuestión de explicarles por qué abandoné este blog. Podría hablarles de abducciones extraterrestres o caída en los abismos de la droga, pero no son más que excusas ante algo muy simple: no tenía tiempo para mis largas (larguísimas entradas), perdí el interés, y cuando recuperé ambas cosas pensé que eran ustedes los que se habrían olvidado de mí. Una vez más, me siento estupefacto al ver que no ha sido así.

Voy a resucitar este blog, pero como ya imaginarán los que me esperaron durante años, eso no ocurrirá mañana. Será en otro lugar, aún no sé si con otro nombre, y en una edición corregida y aumentada. No me limitaré a escribir los textos: también indicaré mis fuentes, para que vean que no me lo saco (todo) de la manga. Asímismo, no será una página dedicada en exclusiva a la etimología. Quiero hacer algo orientado al lenguaje en general, y ya tengo previstas varias entradas que espero que les interesen.

No tengan prisa pero tampoco pausa. En unas semanas les indicaré la nueva dirección de este sitio.

Hasta entonces, gracias a todos por la espera.

Todo subordinado tiene hacia sus superiores el deber de obedecerlos de frente y criticarlos a sus espaldas, y lamentar que le quintupliquen en sueldo sólo por firmar, reunirse y gritar. La ilusión de los más ingenuos es ocupar su puesto, disfrutar de sus prebendas y entregarse a la molicie; pero si supieran lo que eso significa, muchos renunciarían antes de acercarse siquiera a su sillón. Lo que distingue al que tiene madera de jefe de quien sólo aspira a ser su secretario no es que tenga más conocimientos, ni ansia de membretes o participación en los beneficios, sino que desea ejercer de jefe: es decir, mandar. ¿Y qué significa mandar? Pues ordenar que otros cumplan sus decisiones, para lo cual es imprescindible ser capaz de tomarlas: una menudencia que sin embargo escapa al común de los mortales, agobiados por las dudas mucho más que por las deudas. El jefe no necesita saberlo todo; para eso cuenta con expertos y asesores. Estos discuten durante horas sobre lo que se debería hacer, pero quien se atreve a decir lo que se va a hacer, ése será el jefe. En la disyuntiva entre esperar hasta adoptar la mejor decisión, y adoptar una con la esperanza de que sea la mejor, todo jefe que se precie elige la segunda opción. En la salvaje lucha por obtener y retener el poder, quien triunfa no es el que sabe más, sino el que aparenta saber más rápido. Como es obvio, el ansia por demostrar que se es capaz de decidir puede llevar a decisiones precipitadas, y ante la amenaza del error, surge la tentación de echarse atrás. Si rectificar es de sabios, ratificar es de listos, y aunque los cursos de training y coaching le animen a ser flexible como el junco, se arriesga a que lo tomen por un lirio endeble de tacto sedoso y mullida consistencia, que se inclina de un lado a otro a merced del viento. De modo que, una vez tomada la decisión, el jefe se aferra a ella con la tozudez del burro, a fin de que los que envidian su puesto no puedan acusarle de débil, voluble o simple incompetente. Sin mirar las estatuas de sal que deja atrás, se dispone con determinación a afrontar el fracaso y asumir la culpa; y cuando llega el desastre y la guillotina, no se esconde tras la excusa de que “yo sólo obedecía órdenes”, sino que reafirma su opinión mediante “mis órdenes no se obedecieron”. Incluso a la hora de echar la culpa a otros se precisa un carácter fuerte y enérgico: energía que nace de la confianza en sí mismo, la certeza de sus convicciones, la seguridad de realizarlas, y su voluntad de proseguir hasta el final a pesar de los reveses y los muertos.

 

Por el contrario, el dubitativo, el manipulable, el sensiblero, el débil, el blando, sufre atenazado por el miedo más paralizador: el terror a equivocarse, y luego lamentarse. El blando duda y vacila hasta la exasperación, a la espera de que los acontecimientos le ayuden a decidir con transparente claridad; o aun mejor, a que se resuelvan por sí mismos, aunque sea de manera catastrófica, y entonces su decisión no pueda ser sino aceptar los hechos consumados, y pueda echar la culpa al destino o los elementos. Señor, aleja de mí el cáliz de la responsabilidad, parece suplicar su mirada bonachona. A fin de cuentas, decidir no es sino cortar un nudo gordiano a hachazos, con un filo áspero o pulido pero de igual modo mortífero. Y si es preciso negar un caramelo a un niño, romper un contrato laboral o conyugal, o exigir a un amigo el pago de una deuda, el blando reza porque los afectados tomen la iniciativa de cumplir su voluntad y le libren a él de pedírselo. Lejos de humillarle, le alivia que su pareja le abandone por aburrido antes de que él deba sentirse cruel por hacer lo mismo. Sin embargo, bajo la excusa de que no desea hacer daño, lo que teme en realidad es ver el rostro de aquel a quien debe hacer daño. ¿Quién no se apiadaría ante los lloros y las súplicas, o unos ojos yertos de tristeza? Cual abuelete feliz de que los nietos se acerquen a él aunque sea sólo para pedirle dinero, no se atreve a zanjar las protestas con un puñetazo en la mesa, y repetir la primera palabra que aprendió a pronunciar de niño: no. Aunque quizá lo que más teme el blando es enfrentarse a alguien que no es ningún blando, y que, a diferencia de él, no huye de la discusión ni de la bronca. Aquejado de una timidez que disfraza de buenos modales, no se encara con el dueño de un restaurante por la mala comida y el pésimo servicio, sino que prefiere callar, pagar y no regresar, y a lo sumo liberar su enojo por Internet. Y cuando no tiene más remedio que luchar, la batalla es, por su brevedad, dos veces buena para su adversario: si no puede convencer mediante argumentos o súplicas, no tarda en retirarse, o en ceder a la presión ajena. Quizá se retire al baño a carraspear a fin de endurecer la voz, y ensayar gestos imperativos para la siguiente oportunidad, que volverá a desperdiciar mientras no le salgan callos en el corazón. De modo que hagan examen de conciencia, distinguidos jefes o secretarios: ¿se consideran dignos de su puesto o creen que deberían ascenderlos, o incluso degradarlos? ¿Prefieren tener un carácter más duro, más blando, o su alma rebosa de satisfacción? Veamos si la etimología puede ayudarles a decidir este asunto.

 

La palabra blando procede del adjetivo latino blandus, cuyo significado original se podría traducir como “zalamero, lisonjero”. El blando era el individuo que, armado de su voz meliflua y seductora, halagaba el oído de las damas para enamorarlas, del esposo para que disculpara su infidelidad, del poderoso cuyo favor deseaba obtener, o del maestro que blandía una vara para azotarle por perezoso. Carente de fuerza, autoridad o rostro aterrador para imponer su voluntad, buscaba someter la de los demás mediante el camino más sutil de la persuasión y demás artimañas anexas, como el engaño, la adulación, la retórica y el disimulo. Todos pueden defenderse de un cumplido, pero pocos de quien simula estar en desacuerdo contigo, hasta que al final se rinde a tu preclara inteligencia. Hacer la pelota es un arte milenario que no está al alcance de los insípidos lameculos, que acaban relegados al sótano del escalafón más por su fracaso a la hora de embaucar que a la de trabajar. Incluso la cruel naturaleza plagada de depredadores esconde huecos donde hallar un rastro de compasión: el hombre es un lobo para el hombre, pero el lobo es un niño para el lobo que le ha vencido en combate, quien no dejará de enternecerse al ver que el derrotado baja el rabo, se postra inerme ante él, orina con cuidadoso temor, y le ofrece su delicado vientre para que acepte lamerlo en vez de desgarrarlo. Muy al contrario del sensiblero de hoy día, era el blando quien acariciaba la fibra sensible de otros a fin de moverlos al amor o a la piedad y que actuaran en beneficio de él mismo, que sabía identificar con el de ellos. Dueño de una técnica que va perfeccionando con los siglos, sabía cómo manipular a su antojo los sentimientos del prójimo, y así exaltar su vanidad con alabanzas, invocar su honor a base de reproches, provocar su ira mediante burlas, y luego hundirle en la culpa y la vergüenza con lloriqueos. De modales exquisitos, dechado de urbanidad, untuoso como la miel, parece un gatito mimoso al que hubieran arrancado las uñas pero salvado la lengua rasposa. No sólo podemos verlo como el antecesor de Don Juan, sino también de los diplomáticos y cortesanos que sueltan insinuaciones tras las cortinas, conscientes de que la palabra y el mohín son más fuertes que la espada.

 

En última instancia, el blando podía convertirse en lo que conocemos como lengua de serpiente, de mirada hipnótica y susurro venenoso, que no fuerza a Eva sino que la tienta alabando sus virtudes, los méritos que le niegan por envidia, y la grandeza que le espera si tiene el valor de tomarla. En verdad que el término blandus parece aplicarse al principio no al carácter de una persona sino exclusivamente a su voz, y se piensa que su significado original era “de voz suave, halagadora, meliflua”. Esto se habría reflejado en compuestos arcaicos como blandiloquus > blandílocuo “hablar con voz lisonjera”, del que más tarde deriva blandiloquens > blandilocuente “de voz meliflua”. A semejanza de ello, una vez que el término sale de la garganta se crean otros compuestos culteranos, que les ofrezco para bañar en almíbar sus poemas y cartas de amor: blandi dicere > blandidicus > blandicus > blandiciente “que dice palabras dulces”; blandi facere > blandificus > blandífico “que actúa de modo afectuoso”; blandi fluere > blandifluus > blandífluo “que derrama gestos y palabras tiernas; meloso, empalagoso”. Si están a punto de vomitar azúcar, no les extrañe que nuestros ancestros mostrasen un enorme desprecio hacia los blandos. Más nefastos que los cuervos, que sólo arrancan los ojos a los muertos, son los aduladores ya que ciegan a los vivos. No obstante, la comedia y los bailes de máscaras siempre han hallado un público ansioso por confundir ilusión y realidad, y así en todas las cortes se odiaba a la par que admiraba a los consejeros y susurrones, que halagaban a los mismos reyes que pensaban traicionar. Taimados y oportunistas, trepaban por la escala social gracias a su pegajosa labia y al más descarnado cinismo, tanto a la hora de mentir como a la de confesar que la palabra se le ha dado al hombre para encubrir su pensamiento. Sin embargo, no crean que el blando se limitaba a los aduladores palaciegos. También era conveniente saber adular a los electores, a fin de asegurarse un cargo o una votación en el Senado: eblandita suffragia, votos obtenidos con halagos, porque sois la fuerza de la República y sólo en vuestras manos descansa su porvenir. A pesar de todo, aunque los halagos fueran sinceros o al menos piadosos, como los de una madre a su bebé, si se aborrecía a los blandos era por el concepto mismo de andar repartiendo caricias en vez de bofetadas. El músico amansa las fieras, pero el guerrero las caza; y el que inmoviliza a una víbora con una flauta en vez de con un tajo de espada, es porque quizá no se atreve a desafiar sus colmillos. Y así como la Biblia culpa a Eva de dejarse persuadir por la blanda y viscosa serpiente para luego seducir a Adán, los pueblos antiguos asociaban tal conducta suave y reptilínea a los seres que se encargaban de criar la prole y calmar la lujuria: las mujeres.

 

En tiempos pretéritos, antes de que la publicidad nos habituara a que los hombres amamanten a sus hijos con los pectorales depilados, al nacer un niño el padre se limitaba a sopesarlo con recelo, examinarlo en busca de defectos, dejar los lisiados a los perros y colocar en sus rodillas a los sanos. Acto seguido, lo dejaba al cuidado de la madre, que escoltada por las abuelas, tías, hermanas y demás familia aislaba al bebé en un cómodo pesebre de arrullos, besitos, cariños y dulces regañinas. El padre vigilaba con el ceño fruncido, que no lograba ocultar su temor. Su retoño corría el riesgo de degenerar en un mocoso cándido y consentido, que creía que el mundo era un delicioso jardín protegido por los brazos y abrazos de su madre, donde cualquier capricho era colmado con sólo alzar un lloro. Una vez que las mujeres le habían ayudado a sobrevivir de cría, el padre lo tomaba a su cargo para enseñarle a sobrevivir de adulto. Y la primera lección consistía en destetar su mente y enfrentarlo al mundo real: un entorno peligroso del que no le protegería ninguna ONG de mamás mimosas, sino que debía aprender a protegerse por sí mismo. La vida consistía en un juego de asesinos, donde quien prodigaba abrazos se quedaba sin brazos, el compasivo moría a manos de aquel a quien perdonaba la vida, y el remilgado recibía la caricia de un hacha ante sus carantoñas humanitarias. Quien no era exterminado, caía esclavizado, junto con su mujer y sus hijos, y los bienes que con tanto esfuerzo había reunido. Malaventurados los mansos, porque les desposeerán de la tierra. Y para evitarlo, nada mejor que imitar la vida con una disciplina igual de severa aun en las situaciones más triviales, a fin de entrenarse para las importantes. Y si era válida la excusa de “yo soy sólo un mandado”, no se aceptaba la de ser un desmandado; como pudo atestiguar cierto capitán romano que, tras obtener una gran victoria, fue ejecutado por su propio padre por desobedecer su orden de no atacar al enemigo.

 

Semejante educación producía pueblos belicosos dirigidos por hombres adustos e implacables, que rehuían a las mujeres para no infectarse de su delicadeza. Los espartanos pasaban el día con sus compañeros de armas, y sólo trataban a sus mujeres durante escarceos nocturnos: sin que nadie se enterase, se deslizaban a escondidas en su propio hogar, copulaban furiosamente con la esposa, y regresaban en silencio con los hombres. Aparte de engendrar hijos de su mismo temple y fortaleza, la pasión mutua se mantenía ardiente, alimentada por la espera y el morbo de compartir una relación casi secreta. Y lo más importante, tratar al cónyuge como a un amante prohibido no sólo no enternecía a los hombres, sino tampoco a las mujeres, capaces de matar a su hijo si era el único superviviente de una batalla. Por su parte, Catón el Censor, guardián de las tradiciones romanas, el mismo que terminaba todos sus discursos con etcetera delenda Carthago, “y además, Cartago debe ser destruida”, recomendaba besar a la esposa sólo cuando truene; en público, era inimaginable. La fórmula romántica de “puede besar a la novia” se traducía en que el marido acogía la mano de la esposa entre las suyas, como símbolo de su poder sobre ella. Con razón manus, la mano, acabó siendo el término habitual para designar el matrimonio. No había lugar para ñoños sentimentalismos durante la sobria Roma republicana, antes de que, o tempora o mores, los triunfos les enseñaran a disfrutar de la vida muelle. Las caricias y halagos al amado, la tristeza por su ausencia, quedaba para las charlas íntimas de las mujeres en el gineceo. Todo lo que un varón podía alabar de una mujer en las termas era su destreza en la alcoba, caso de ser su amante, o en la rueca de tejer, caso de ser su esposa. Confesar que estaba enamorado, que su gentil mirada le traspasaba el corazón, que ansiaba oír su dulce voz y que le dolían sus desplantes, era el mejor modo de que los demás hombres le repudiaran por mariquita. Incluso un latin lover, con cientos de conquistas en su calzón, sería tildado por los latinos de posible afeminado: tanta necesidad de trabar contacto con hembras era señal de que dependía en exceso de ellas, tanto como un enamorado de su amada, o un eunuco del harén que custodiaba.

 

Así que ya ven que los antiguos romanos, cuya repugnancia hacia el empalago no han precisamente heredado sus actuales sucesores, pensaban que emplear la ternura al modo de las féminas implicaba parecerse a ellas. Y como no podía ser de otra forma, tiñeron nuestra palabra de las connotaciones peyorativas que posee hoy día. El blando va poco a poco alejándose de la víbora seductora, para refugiarse en el cariño maternal y conyugal. En el calor del hogar aprende a ser afable y tranquilo, un encanto de hombre que agrada a todo el mundo con sus modales suaves y delicados. De hecho, el concepto de suavidad, tanto en el plano material como espiritual, se convierte en decisivo. El conjunto de las artes del blando, la blandimenta, no sólo comprende las caricias para aliviar las penas del alma, sino también los linimentos, los bálsamos para mitigar el dolor del cuerpo.

 

Todas estas acepciones de blandus serán las que el latín transmita a las lenguas romances, las cuales añadieron una más: aunque la dulzura posea a nuestro paladar un sabor característico, antaño se entendió como falto de sabor, es decir, falto de sal; de ahí que lo blando fuera también sinónimo de insulso, insípido, soso y, por extensión, aburrido. Y lo mismo sucedió con sus derivados, como el sustantivo blanditia “caricia, halago, atractivo” y el verbo blandiri “halagar, acariciar, suavizar”. En italiano, aún perviven blando, blanditia > blandizia y blandiri > blandire con los mismos significados que sus orígenes latinos. En cambio, en francés ha desaparecido todo rastro del antiguo bland, y sólo subsiste blanditia > blandice “encanto, atractivo” como término poético. Antes de extinguirse, pudo reencarnarse en el inglés bland, el cual nos legó la expresión bland diet, mal traducida como dieta blanda: en realidad, no se refiere a alimentos “blandos” en el sentido actual, que se deshacen en la boca y en tu mano (de hecho, incluye el pan tostado y crujiente), sino que se trata de una dieta suave; es decir, alimentos que no irritan ni estimulan el intestino, para no provocar vómitos ni diarreas.

 

¿Y qué ocurrió en español? Pues, al igual que sus hermanas, nuestra lengua recibió y conservó durante mucho tiempo su herencia romana. Es el caso de los términos antiguos y ya obsoletos blandiri > blandir “halagar, adular, acariciar” y blanditia > blandicia “adulación halago”, el cual produjo blandicioso “adulador”. En cuanto al núcleo del sistema, blando, conservará las acepciones de “suave, dulce, cariñoso”, pero irá olvidando las de lisonjero y seductor. En su lugar, absorberá las de otra palabra lejanamente relacionada, en un proceso que no siguieron las demás lenguas romances, salvo de modo limitado el portugués brando. La blandicia halagadora mutará en la blandeza mullida y tierna. El blando dejará de ser el persuasivo para dejarse persuadir, se amoldará a pacer como un asno manso y domesticado, y su meliflua voz adquirirá la textura blandengue del merengue.

 

No se me impacienten, que por muy blandos que sean al estilo latino no hallarán en mí su homónimo castellano, y esperen a que se lo explique en el próximo artículo.

El uso y abuso de las palabras en boca y manos de sus hablantes produce resultados curiosos. Cuando, en la próxima glaciación, abordemos aquí el empleo de los eufemismos, podremos observar cómo algunos significados malditos contagian sin remedio su podredumbre a las palabras obligadas a llevarlos a cuestas, de modo que éstas deben ser reemplazadas por otras vírgenes e incólumes, que no tardarán en corromperse en cuanto el ciclo se repita. Sin embargo, en ocasiones ocurre el proceso contrario: hay significados que encontramos tan admirables y maravillosos, capaces de trasladarnos a un mundo mágico, armónico y caleidoscópico, que nos desgarra el ansia de encontrar una palabra a la que adjudicárselos. Y si bien dichas palabras ya existen, están ausentes del habla común o carecen de fuerza expresiva a nuestros oídos, de manera que nos aferramos al término que algún gurú de la modernidad imponga como moda, y le embutimos esas connotaciones adorables de las que carecía. No obstante, como esa palabra no ha perdido su significado original, acaba por estallar una agria contienda entre los puristas que exigen mantenerlo y desprecian el nuevo como incorrecto, y los innovadores que le asignaron este último e incluso sostienen que es el que tuvo desde siempre. Uno de los ejemplos más habituales de esta época tan preocupada por los derechos humanos es la omnipresente tolerancia, que empleamos hasta la náusea con el sentido que en cada momento se nos antoja apropiado. A despecho de lo que realmente significa esta palabra, y que pueden entrever en los prospectos de los antibióticos, se la ha adornado de las más excelsas virtudes, hasta el punto de que el diccionario ha acabado por aprobarlas y sancionarlas. En cada ensayo filosófico, columna periodística o redacción escolar, la tolerancia avanza un paso hacia la fusión con el respeto a los demás, aceptación de las diferencias, integración de los recién llegados, generosidad con las costumbres ajenas, filantropía de comedor social, y la comunión de las almas en la fraternidad universal. La pregunta pertinente no es si esta confusión va a continuar, que mucho nos tememos que es irreversible, a la espera de que por alguna nueva moda la tolerancia pierda sus edulcorantes añadidos, se vuelva repulsiva y recupere su significado original, o incluso adquiera uno peor. Difícil de predecir es: siempre en movimiento está el lenguaje. El quid de la cuestión radica en aclarar hasta dónde debe seguir la confusión: ¿tolerar es sinónimo de ignorar, que cada cual se atrinchere en su casa y viva ajeno al ajeno a su cultura, o equivale a integrarse con los demás, invitarles a tomar café en tu casa y acudir a la hora del té a la suya? ¿Se respeta a los vecinos prohibiendo cualquier manifestación cultural y religiosa para no ofender a quien no las comparte, o deben todas las partes tolerar las costumbres de los demás? A la par de la glorificación de la tolerancia, la intolerancia se ha teñido de colores odiosos y convertido en sinónimo de fanatismo totalitario y violento, hasta el punto de que no la empleamos ni siquiera al mencionar lo que nos parece aborrecible, sea la explotación sexual, las agresiones a los árbitros o fumar en los restaurantes. Para ello se ha creado a partir de la palabra agraciada un eufemismo tan preciso y precioso, ejemplo sublime de negación positiva, que recurriremos a él para formular la pregunta clave: ¿cuál es el límite de la tolerancia, y cuándo se convierte en renuncia a lo más propio, e incluso en sumisión ante la tolerancia cero ajena? Veamos si la etimología nos ayuda a resolver el problema.

 

La palabra tolerancia procede del latín tolerantia, que entre los romanos tenía un significado muy sencillo: aguante. La tolerancia, la virtud del tolerante, era la capacidad de soportar los fastidios y penalidades de la vida sin dejarse aplastar por ellos, pero al mismo tiempo sin aprobarlos. La tolerancia originaria equivalía a aceptación en el sentido de reconocer que las desgracias y molestias existen, y que es imposible evitarlas y estúpido ignorarlas, pero no que debían existir, salvo en cuanto sirvieran para fortalecer la tenacidad del tolerante. Se asimila por tanto a la constancia, en la medida en que supone perseverar en la adversidad, encajar los golpes del destino y seguir adelante sin desmayo. Es señal de energía y fortaleza de espíritu, y por ello era muy apreciada por la viril mentalidad de la Roma clásica, que ni en las situaciones más angustiosas se daba definitivamente por rendida, y con firme determinación se preparaba a conciencia para una nueva oportunidad, cuyo éxito dejaba incluso a cargo de la siguiente generación. Un buen ejemplo de hombre tolerante era el legionario romano: cuantos más azotes recibía con la vara de sarmiento de su centurión, cuantas más millas caminaba con su pesado equipo a cuestas, cuantos más fosos cavaba al atardecer antes de levantar la empalizada y montar el campamento, cuantas más veces se entrenaba en repetir las maniobras y acuchillar al enemigo, con más dureza se curtía su cuerpo y mejor se adiestraba su mente para la matanza que seguía al combate. Dice Kofi Annan que “la tolerancia es una virtud que hace la paz posible”. Los romanos estaban plenamente de acuerdo, pero en el mismo sentido que si vis pacem, para bellum: si quieres la paz, prepara la guerra.

 

La tolerancia se remonta a la raíz indoeuropea tel- o tela-, cuyo primitivo significado parece haber sido “llevar o portar algo”, fuera un venado recién cazado, un cesto repleto de bayas y semillas, o el ajuar doméstico en las migraciones. Sin embargo, nuestra raíz pronto se encontró con que debía competir con otras de idéntico significado, como las que engendraron los verbos portare (de donde transportar, ”que lleva de un lado a otro”), ferre (como en somnífero, “que lleva el sueño”) y gerere (origen de beligerante, “que lleva la guerra”). De manera que, aceptando que no podría sobrevivir contra tantos enemigos, tel- descuidó el hecho de llevar algo de un lugar a otro, y atendió al propio hecho de llevarlo a cuestas, con lo que pasó a significar “llevar un peso encima”. De esta manera llegamos al latín arcaico, en el cual la raíz ha cambiado a tol-, y tras haber dado muestras de su tolerancia decide poner a prueba la de sus nuevos vecinos. Aunque no hay ningún rastro de su existencia, la reconstrucción lingüística supone que, puesto que dicha raíz hace referencia al peso, se habría acercado a otra palabra que designaba la carga o peso que se lleva encima, onus, oneris, y por imitación se habría creado un supuesto tolus, toleris con el mismo significado. La paz se impone gracias a la tolerancia, entendida como que uno cede sus derechos y el otro mantiene intactos los suyos, y a partir de este punto los conceptos se habrían bifurcado: onus se concentra en el objeto que pesa, y crea el verbo onerare “pesar”, del cual deriva el adjetivo oneroso “pesado, gravoso”; por su parte, tolus se mantiene fiel a su raíz y se fija en el sujeto que lleva el objeto que pesa, con lo que dará lugar a tolerare “llevar un peso encima”. Parece que nuestro flamante verbo ha encontrado su lugar en el diccionario donde vivir solitario y feliz, pero sus viejos amigos siguen empeñados en integrarse con él. Los verbos portare y ferre mantienen intacto su significado de “llevar o portar una cosa”, pero subrepticiamente recurren a la preposición sub “debajo” para dirigir su atención al portador de esa cosa, y crear derivados que significan asímismo “llevar un peso encima”: es el caso de sub portare > supportare > soportar, y de sub ferre > sufferre > sufferire > suffrire > sofrir > sufrir. Una vez más, tolerare decidió no incomodar a sus sinónimos en aras de la paz y la armonía, y les dejó el campo libre: el sentido físico de llevar el peso de un objeto se va haciendo cada vez más raro, y en la época clásica tolerar se aplica de manera casi exclusiva al aspecto moral de llevar el peso de apuros y disgustos inmateriales. Sin embargo, ¡ay!, la resignación se suele tomar por síntoma de debilidad, la continua generosidad sin exigir un trato recíproco acaba causando la completa ruina, el que siempre ofrece su mano termina con el brazo arrancado, y la amenaza de la tolerancia cero ajena resurge en cuanto uno muestra tolerancia absoluta. Tanto soportar como sufrir vuelven a invadir el espacio léxico de tolerar, y migran al sentido espiritual del peso que causa fatigas y dolores al alma. Y es entonces cuando tolerar deja por fin de tolerar que le afrenten de esa manera y adquiere su pleno sentido clásico: se aparta de sus sinónimos una vez más, y vuelve a cambiar de significado, pero en esta ocasión a “resistir, aguantar, permanecer”. Y lo primero que hace es dirigir esta acepción contra sus rivales, que aunque vuelven a arrimarse a él, se encuentran esta vez con que tolerar ya no retrocede, sino que permanecerá inamovible en su posición durante mucho tiempo. Llegará un momento en que todos ellos se resignen a la mutua vecindad, e incluso a una fusión por la cual compartirán espacio en la misma entrada del diccionario: si buscan el significado de cualquiera de estos verbos, entrarán en un bucle en el que cada uno de ellos remite a su vez a los otros. No obstante, como es sabido la constancia acabará premiando a tolerar, que en el futuro se pintará con los alegres colores de la permisividad, la condescendencia y el respeto. Por su parte, soportar compaginará con calculada ambigüedad el sentido aséptico de sostener un peso, y los viejos tintes peyorativos de aguantar el pesado peso; e incluso, las fuerzas que se precisan para llevar el peso a cuestas le darán el valor positivo de “dar fuerza, ayudar” por influjo del anglicismo support, tal como podemos ver en la terminología informática de “soporte de aplicaciones”, o con los hooligans o supporters que dan fuerzas y ánimos a su equipo, e insultos y botellazos al contrario. Peor suerte correrá sufrir, que en el habla común se hará sinónimo de “soportar un daño físico o moral”, con lo que va a degenerar en “padecer un dolor”; y eso se manifestará incluso cuando se pretende el sentido científico y objetivo de “atravesar un proceso”, cual bebé por el canal del parto: sufrir un cambio siempre parece ser algo traumático, aunque al final resulte indoloro e incluso satisfactorio.

 

La tolerancia latina no es permisiva ni respetuosa, sino militante contra lo que está obligada a llevar sobre los hombros: planta con firmeza los pies en el suelo y resiste impertérrita el embate de sus oponentes, dispuesta a permanecer en su posición sin ceder un palmo de terreno. De hecho, este sentido militar abundará en los textos clásicos, pero escorado hacia el aspecto auxiliar de la intendencia y la logística, que comprende las vituallas y suministros del ejército. A fin de poder sostener la posición en el combate, lo primero que debe hacer el legionario es sostener su propio cuerpo, así que desde muy temprano el verbo tolerar se aplica a las necesidades básicas del sustento. Tolerare famem, tolerar el hambre, dice Julio César, no como sinónimo de aguantar las ganas de comer, sino de calmarlas y satisfacerlas: es decir, alimentarse. A partir de aquí, tolerar equivale a mantener en sentido amplio a los soldados, a quienes no sólo hay que alimentar, sino también pertrechar de armas, suministrar material, y por supuesto pagar una soldada. Sin embargo, el éxito del legionario romano al enfrentarse a sus enemigos no radica sólo en mantener una buena posición defensiva, mientras aguanta los puyazos de cientos de lanzas y espadas, sino en pasar a continuación al ataque con expertas maniobras. Y así como tolerar el hambre significa propiamente eliminarlo, el romano tolerante pasa de soportar lo que le disgusta a combatirlo con fiereza. Es el caso de una expresión habitual, tolerare vitam, soportar la vida, que para los pragmáticos romanos no implica resignarse a sufrir en un valle de lágrimas, aplastado bajo el tedio de la existencia, sino todo lo contrario: ganarse la vida, hacer frente a sus pesares y miserias, con los brazos o los puños si es preciso, empujado por la rabia o el mero instinto de supervivencia.

 

Tras esta etapa belicista, nuestro querido verbo no tardará en aburguesarse y adoptar una resistencia pasiva: como no puede exterminar lo que se le hace insoportable, decide habituarse a su compañía. Su nueva dirección se empieza a vislumbrar en el momento en que abandona la jerga de los austeros militares por el pico de oro de los filósofos, acomodados en sus triclinios mientras elucubran vaguedades durante un opíparo banquete. Y los más conspicuos serán los pensadores estoicos, como Séneca, en cuya pluma la toleratio > toleración, la acción de tolerar, empieza a adquirir un toque fatalista de resignación, que es lo mismo que rendición, ante lo inevitable. De este modo, cuando postulan la necesidad de tolerar la pobreza o la esclavitud, no llaman a las armas o a los decretos legales para combatirla, sino que, siendo imposible que desaparezca, la única solución es aguantar con el semblante impávido y el ánimo sereno, con la única esperanza de que se suavicen sus efectos. Es tiempo después el Cristianismo, a través de la Vulgata, la traducción de la Biblia al latín del populacho, el que asuma esta acepción, y haga deslizar el aguante por la senda del sufrimiento. Llevar sobre los hombros lo que nos produce dolor, como Cristo llevó la cruz, lleva la dicha al alma en espera de la resurrección que éste gozó y nos prometió. La corona de espinas no sólo fortalece cuerpo y espíritu como el sarmiento a un legionario, sino que es la llave que abre el penoso camino hacia la salvación. Todo cuanto padecemos es bueno puesto que lo ha querido Dios y nos sometemos a su voluntad. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el Señor. Bienaventurados los que sufren, es decir, los tolerantes, porque de ellos será el Reino de los Cielos. Dios compensará su entereza ante el dolor: si no en esta vida, sin duda cobrarán con intereses en la otra. Y así es como la vieja tolerancia se irá asimilando a la patientia > paciencia: la virtud de la Pasión, de padecer con calma y en silencio, sostenida por la esperanza en que la deuda se pague, los males se curen y la justicia se cumpla.

 

Un ejemplo de lo que nos produce dolor, aunque no quede claro en qué medida conducirá a la salvación de nuestra alma, es la prostitución, materia en la cual vemos el futuro rumbo de la tolerancia. La lujuria, el sexto pecado en orden de importancia para el Decálogo de la Iglesia, ha tendido sin embargo a convertirse desde siempre en lo primero de que hablan sus sermones. Por más que les exhorten a dominar los apetitos carnales para fortalecer su cuerpo y adecentarlo como templo del Espíritu Santo, los díscolos fieles no se muestran dispuestos a aguantar tan indecible sufrimiento, ni aun bajo la amenaza de peores tormentos en la ultratumba. Siendo imposible borrar la concupiscencia, hay que encauzarla de manera realista, y la primera medida la propone San Pablo: en vez de arder, en la cama y en el infierno, casaos. Siglos después, San Agustín adopta una postura más progresista y pragmática: en vez de arder, iros de putas. Ante todo, el de Hipona deja claro que la prostitución es fuente de pecado, contra la que nunca son suficientes las condenas y anatemas, y que se debería erradicar de esta sociedad enferma que el Cristianismo ha venido a redimir. Ahora bien, a la hora de llevar la teología a la práctica, nuestro santo advierte a la Iglesia de los peligros de que desaparezcan las prostitutas, bien mediante la prohibición o por exceso de celo en los sermones. Si los hombres no se pueden aliviar con ellas, no buscarán consuelo en el templo ni se mortificarán con cilicios; en su lugar, tendrán amantes, se masturbarán en público, violarán a sus vecinas, harán uso del matrimonio con fines recreativos y no procreativos, y extenderán la impudicia fuera de los cotos cerrados y marginales de los burdeles. Lo que algunos tomarían por cinismo o hipocresía no es sino una sutil penetración en los oscuros recovecos del alma humana. Las prostitutas son un mal, pero la lujuria es el Mal, que librada a su antojo podría desatar pasiones más destructivas como la violencia o el odio. El único remedio es taparse la nariz y simular que las putas no existen, y por tanto no son ilegales ni se las puede perseguir, ni mencionarlas salvo como mitos que al parecer se hallan a mil kilómetros de distancia, fuera de la vista y el alcance de las personas decentes. Así es como la tolerancia entra en relación con el concepto del mal menor, y se convierte en la virtud de soportar el mal necesario para evitar males mayores: entre lo malo y lo peor, es preciso elegir lo malo. Del mal, tomar lo menos, dice el sabio, lo que alegará siglos después el Arcipreste de Hita para preferir las mujeres pequeñas a las grandes; nosotros, más pusilánimes, lo usamos a diario en la síntesis “menos mal”, que expresa nuestro alivio no porque haya ocurrido el menor de los males, sino especialmente cuando no ha ocurrido ningún mal. A día de hoy, siguen existiendo en las ciudades, aun de manera oficial y sometidas a impuestos y reglamentos, Zonas de Tolerancia como eufemismo de Barrio Rojo, donde la prostitución está permitida, controlada y, sobre todo, confinada.

 

Llegados a este punto, el tolerante muestra una actitud ambivalente que raya en la esquizofrenia. Por un lado, renuncia a la lucha y se rinde ante algo que, o bien no puede vencer, o bien obtendría una victoria pírrica, por cuanto las posibles ganancias no compensan los enormes sacrificios causados ni los daños futuros. Por otro lado, al tiempo que se siente inferior ante lo invencible, se considera superior a ello, y se arroga la facultad de disponer de su destino. Se encuentra ante algo que quizá debiera prohibir, que desea prohibir, que lo más justo y coherente sería prohibir; pero aun así lo permite para evitar problemas más graves, o porque hoy ha gozado de un plácido sueño y un húmedo despertar, tal que su noble corazón rebosa generosidad; pero dejando claro que quizá al día siguiente ya no se muestre tan magnánimo, o que estime más prudente eliminar lo que ayer convenía autorizar. La tolerancia pasa a ser una virtud del poderoso, que deja vivir el mal con el consuelo de que podría matarlo cuando quisiera. Por encima de todo, es una facultad del Todopoderoso, quien deja actuar al demonio en aras de un bien superior – que el hombre se gane la salvación con el sudor de su alma – o para evitar males mayores, como sería la supresión del libre albedrío y la reducción del hombre a mero animal instintivo. Y en el escalón inferior, en unos tiempos en los que el Trono y la Cruz gobiernan en comunión aunque se disputen la primacía, el mal religioso y moral se diluye fácilmente en el mal político y social. Santo Tomás de Aquino advierte al rey cristiano, que pretende legislar según los preceptos de la Iglesia, de que no sólo está legitimado para permitir en ciertos casos la transgresión de esos mismos preceptos: tiene la obligación moral de hacerlo, so pena de reprobación por querer ser demasiado cristiano. A los zelotes los vomitará Dios.

 

A la vista de tan profundas disquisiciones teológicas, no es extraño que el verbo tolerar, refugiado en el latín de los eclesiásticos, se hubiese perdido en el habla común, razón por la cual no evoluciona hacia toldrar. Fosilizado en tan cultos ambientes, el término se abrirá por fin al público cuando la interferencia entre religión y política estalle de manera sangrienta. Durante el Medievo, se soportaban las transgresiones contra los Mandamientos siempre que se reconociera la validez y autoridad de éstos, y que había que cumplirlos aunque resultara una labor insufrible; cuando se colmaba la paciencia de los fieles, y desafiaban los preceptos con ánimo de suplantarlos por otros, la heterodoxia y la herejía eran aplastadas sin misericordia. Ahora bien, con la Reforma protestante los reyes europeos se encontraron dentro de sus fronteras con una herejía tan firme y extensa que no pudieron exterminarla tras décadas de degollinas y guerras sin cuartel. Los ciudadanos heterodoxos no sólo resistían con igual fiereza, sino que estaban apoyados por países vecinos de su misma religión, con lo cual la guerra civil devenía en internacional, y los estragos eran más profundos y duraderos. Ante el riesgo de ruina definitiva del país, muchos soberanos hubieron de claudicar: cada cual tenía libertad para decidir la religión oficial de su estado, la única eterna y verdadera, pero con gran repugnancia y sentimiento de culpa toleraba, es decir, permitía el culto de las demás confesiones cristianas, en aras de la convivencia y la paz. El término tolerancia pasa a definir el permiso o licencia que concede a disgusto la autoridad para quebrantar sus propias normas; ojalá no existieran las chinches, las putas ni los cismáticos, pero siendo imposible eliminar su infección, sólo nos resta aceptar su presencia.

 

Así pues, se establece una relación de desigualdad entre el tolerante, que puede conceder o retirar el permiso a voluntad, y el tolerado, que simplemente aspira a que se lo concedan y lo mantengan. Por supuesto, como el tolerante no está convencido de la bondad, sino de la utilidad, del permiso, acostumbra a retirarlo en la práctica y aun de modo oficial. El tolerado se halla a merced de los caprichos del tolerante; y ante el continuo temor a verse discriminado o exiliado, exigirá que su libertad religiosa no dependa nunca más de un permiso. Más aún: el que piensa diferente no está cometiendo ningún mal que el gobernante perdona cuando le conviene; al contrario, es un derecho que le pertenece, y que hay que respetar. Un cambio de perspectiva que tiene lugar durante la Ilustración y el liberalismo, con su obsesión con los Derechos del Hombre. El término tolerancia se traslada al centro del debate, como el remedio milagroso para alcanzar la paz y estabilidad, y erradicar la injusticia. No obstante, el camino no estará exento de las dudas y contradicciones que aún hoy se mantienen sobre los límites de lo que se puede y debe tolerar. Es el caso de Locke y su Carta sobre la tolerancia, donde al tiempo que postula que el Estado no se inmiscuya en la religión de sus súbditos, defiende la represión contra católicos y ateos por considerarlos enemigos de ese mismo Estado. El mismo Voltaire, a quien se atribuye falsamente el lema por antonomasia de la tolerancia (“No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero lucharé hasta la muerte por su derecho a decirlo”), clama en su Tratado sobre la tolerancia por la libertad y respeto absoluto de todas las creencias y personas; a excepción de los fanáticos, ya que siembran la discordia y el odio en la sociedad. No se puede tolerar a los intolerantes, sin importar que tal actitud nos debiera incluir en el bando de los proscritos.

 

Y ya conocen el resto de la historia. La libertad religiosa acabó por adquirir fuerza de ley durante la Revolución Francesa y las constituciones surgidas a su vera; y ello dio alas para exigir la libertad de pensar y opinar sobre cualquier aspecto de la vida privada o pública, fuese el nudismo, los besos en el parque, la educación de nuestros hijos o el régimen político; y cómo no, la sempiterna prostitución. La palabra tolerancia ha triunfado como símbolo de libertad, e incluso de igualdad, que nos permitirá alcanzar la fraternidad: todos tenemos el derecho a ser tolerados, y la obligación de tolerar a todo el mundo. En la práctica, al tiempo que no toleramos que nadie se arrogue el derecho a permitir o negar nuestros derechos, nos reservamos dicho derecho con respecto a los demás. A las conductas que juzgamos perjudiciales, respondemos con tolerancia cero; a las que juzgamos intolerantes, respondemos con doble cero. A pesar de los miles de ensayos que tratan de delimitar de modo objetivo la tolerancia, en última instancia la frontera la fija nuestro modo de ver el mundo, como los reyes y dioses absolutos de los que tanto abominamos. Gran parte de la culpa proviene de un término cuyas diversas acepciones mezclamos a nuestro antojo: unas veces, la tolerancia clama al respeto debido; otras, al permiso que concede nuestra autoridad moral. Y siempre en el fondo de sus contradicciones late su oscura genealogía, soportar con fastidio y resignación lo que aborrecemos, y que tiñe nuestro pensamiento por más que tratemos de olvidarla. Menos mal que siempre nos la recuerdan los sociólogos que recalcan que la debilucha juventud actual no tolera el fracaso, o los médicos que advierten en nuestro historial que mostramos intolerancia a la aspirina.

 

En fin, mucha palabrería, y seguimos sin resolver hasta dónde debemos tolerar, ni si está en nuestras manos tolerar, ni siquiera si es adecuado emplear el término tolerar. Aquí somos un tanto legitimistas, y nos gusta conservar la etimología, es decir, el verdadero significado de las palabras. Por otro lado, nuestro objetivo es analizar cómo han evolucionado a lo largo del tiempo; y resulta un tanto absurdo maravillarse por cambios ocurridos hace diez siglos, y escandalizarse por los que ocurrieron hace diez años. De modo que habrá que resignarse a que la vieja y combativa tolerancia se deslice hacia el respeto, la aprobación y el amor incondicional. Lamento haber puesto a prueba su tolerancia a mi ausencia durante varios meses, pero confío en que hayan aprendido a aceptar serenamente su dolor y soledad. Les pido asímismo que toleren que no les garantice que no volverá a ocurrir; o también pueden reconocerme ese derecho, ya puestos.

El concepto de pecado nefando, el mas abominable de los crímenes, que atraía sobre su autor la eterna maldición de los dioses y los hombres, ha ido cambiando a lo largo de los siglos. El canibalismo y el bestialismo eran innombrables al ser propios de animales humanoides; sólo hace muy poco y en algunas culturas dejó de serlo la sodomía; el infanticidio aún se practica con las niñas y antes era habitual con los bebés deformes; pero la que pervive con toda su fuerza en cualquier rincón del mundo es la traición. Desde muy antiguo, el mayor enemigo de la patria no era el que amenazaba con invadir sus fronteras, sino el súbdito felón que intentaba destruirla desde dentro, mediante la cobardía, la desobediencia, el sacrilegio e incluso el adulterio. Al violarse la confianza entre los miembros del grupo, se ponía en peligro la cohesión, la seguridad y la misma supervivencia del grupo en su conjunto. En el máximo nivel se encontraba la alta traición, que en teoría significaba poner el Estado en manos del enemigo, pero que en la práctica consistía en faltar a la lealtad debida al rey y conspirar para derrocarlo. El Estado soy yo se había dicho con otras palabras muchos siglos antes de Luis XIV, desde los primeros clanes familiares sujetos al poder incontestable de un jefe; Hitler se aseguró la obediencia de los militares a su régimen mediante un juramento de fidelidad a su persona. Cree el traidor que todos son de su condición, y los propios tiranos que se adueñaban del poder merced a un puñal en las regias espaldas, se cuidaban mucho de vigilar y ejecutar a cualquier sospechoso de pretender emularlos. Siguiendo una larga tradición que se remonta al menos a los emperadores romanos, los bienes del traidor ejecutado eran confiscados para expiar su execrable crimen. De modo que los juicios por traición no sólo eliminaban a los desobedientes y protestones, sino que constituían un suculento negocio para las arcas públicas, que era lo mismo que decir las privadas de Su Majestad. Roma no paga a traidores, aun cuando no pudiera gobernar sin ellos, así que siempre se podía recurrir a su amenaza cuando no había más presas a las que esquilmar; o para crear un mundo de guerreros fanáticos, temerosos de la traición y llenos de odio militante, como en 1984 o en cualquier estado totalitario, donde la nación se confunde con el partido y sus dirigentes. Aun hoy día, la alemana Marlene Dietrich sigue siendo repudiada en su patria por animar a las tropas aliadas a luchar contra los nazis. De igual modo, dejando al margen a los pocos inmortales cuya hazaña fue de tal magnitud que su nombre se convirtió en sinónimo de traidor, como el noruego Quisling o el griego Efialtes, la desconfianza y el miedo a la traición rigen a escala mezquina las relaciones personales del común de las gentes. Los infames son los otros, que quizá no te causen una ruina digna de titulares de prensa, como secuestrarte, ocupar tu casa o matar a tu pez de colores, pero que te pueden dejar abandonado cuando precises su ayuda, o divulgar datos falsos o ciertos a tus espaldas. Hay que ser fieles a lo prometido, y a lo debido por reglas inamovibles e inquebrantables por más que se nos antojen ajenas, obsoletas y ridículas, sin importar que ello sea malo, perverso o dañino. No se traiciona al amigo que traicionó a su pareja, ni se descubre al compañero que husmea en los vestuarios de las secretarias, ni mucho menos se delata al cuñado aficionado a los niños. ¡Eso no se hace a un amigo!, clama con escándalo y sonrojo nuestra conciencia, tras enterrar en lo profundo que uno sea amigo de semejante ser. ¿Y qué decir cuando estamos amarrados por los lazos sanguinolentos de la parentela natural y política? La ley legal nos exhorta a denunciar, pero la ley social, la tradición de la amistad o del mero compañerismo, nos obliga a callar, mientras que la ley del clan nos exige incluso apoyar. Te puedes fiar de quien es íntimo amigo del asesino que quizá un día te acuchille, pero no de quien lo ha delatado. ¿Quién te asegura que la vida no te llevará a ti mismo a convertirte en criminal, y que entonces no necesitarás a un camarada fiel que te apoye o al menos te encubra? Acusar se considera una conducta tan vil e indigna, que incluso surgen escrúpulos morales en un conflicto de lealtades en apariencia fácil, cuando piensas en traicionar al amigo de la infancia justamente por encubrir la traición de otro amigo de segunda fila. Chivato, los días que te quedan son una cuenta atrás. Traicionas a tus semejantes por temor a que se te anticipen. Traicionas a tus mayores al apostatar de su fe inerte y renunciar a sus costumbres inveteradas. Traicionas tus principios, cuando de repente observas con horror que tus valores se derrumban por la desesperación, y te enfrentas realmente a situaciones que, con estúpida inocencia, proclamabas que no te harían conculcar tus ideales. Y te preguntas si eres un renegado o tan sólo has evolucionado, ya que es de sabios rectificar a tiempo; o quizá seas consciente de tu traición, pero no estás seguro de arrepentirte de ella, ni te atreves a jurar que no la repetirás de nuevo. Nunca olvidamos las traiciones que hemos padecido, pero nunca recordamos las que hemos cometido.

 

La palabra traición procede del latín traditionem, acusativo de traditio, sustantivo creado a partir del verbo tradere. A su vez, éste es una reducción de transdere, formado por la preposición trans, que ya los romanos pronunciaban [tras], y luego [tra] ante consonante sonora, y el verbo dere, variante de dare “dar” en compuestos. Acostumbrados como estamos por los diccionarios, los neologismos y los sabihondos a que trans signifique “al otro lado” o “a través de” (así transalpino, que puede indicar tanto “lugar al otro lado de los Alpes” como “recorrido a través de los Alpes”), no nos percatamos de que su auténtica acepción es “de un lado a otro”. Y sin embargo, lo podemos comprobar en decenas de palabras de uso común, tales como transformar “cambiar de una forma a otra”, transportar “llevar algo de un lugar a otro”, o transexual “que cambia de un sexo a otro”. De manera que la modificación que efectúa trans no radica en la existencia de un objeto o concepto que se desplaza de un lugar o situación a otro, sino en la existencia de un lugar o situación de origen y otro de destino. De igual modo, nuestro transdere > tradere se diferencia del mero dare en que no se fija en el objeto o concepto que se da, sino en el sujeto que lo da y, sobre todo, en el que lo recibe. Y así es como podemos deducir que tradere significa propiamente “dar algo a alguien”, “pasar de mano en mano” o también “poner en manos de otro”; en resumen, todo lo que comprende hoy día la noción de ”entregar”. No damos un brindis al sol, a la espera de que alguien lo recoja, sino que ponemos directamente la copa en las manos del destinatario escogido. La traditio, la abominable traición, era en su origen un término neutro que hacía referencia al simple acto de entregar algo a alguien, y se empleaba sobre todo en el ámbito comercial y jurídico a propósito de la compraventa de bienes y mercancías. Aun hoy día, un derivado culto, la tradición, se sigue utilizando con ese sentido como tecnicismo del Derecho comercial: la entrega de una cosa de manos del antiguo propietario al nuevo; un documento por el que se realiza una transmisión de propiedad, como la escritura pública de una casa, se dice que tiene valor o efecto traditorio. Por cierto, aunque el intercambio sea un proceso basado en entregar y recibir, de tradere no proviene el inglés trade “comercio”, sino que esta palabra deriva de un término germánico que significa “rastro, estela, curso”, y que aludía a la ruta marítima que seguían los barcos que se dedicaban a llevar mercancías de un puerto a otro. En el entorno legal de los antiguos latinos, traicionar no era atentar contra esa misma legalidad, sino tan sólo cambiar de dueño, antaño de tus propiedades y luego de tu lealtad, hasta que las pésimas connotaciones de ese verbo hicieron preferible sustituirlo por “transmitir”: vender, ceder o legar a otro, sean tus acreedores o herederos, un derecho o un objeto. Por su parte, el traditor, el traidor, no era más que el encargado de realizar dicha entrega o transmisión a otra persona. Desde el punto de vista de la etimología, el mensajero que te notifica el despido, el cartero que te lleva una multa de tráfico, el repartidor de pizzas a domicilio, no son sino traidores a sueldo. Y en efecto, el concepto de ser un vendido, de vender a tu patria, convicción o compañeros a cambio de poder y riquezas, es algo que siempre se ha asociado a la traición; aunque ésta pueda realizarse también de manera gratuita, o más bien diríamos a cambio de un beneficio íntimo e intransferible, tal como la venganza, el rencor o la supervivencia. Es el caso de los traditores o donantes eclesiásticos, obispos que durante las Persecuciones entregaban a los romanos copias de las sagradas Escrituras que habían jurado salvaguardar, a fin de salvar y guardar intacto su propio pellejo.

 

Mas no es de estos traditores de donde procede el sentido moderno de traidor. Si bien en algunos textos del latín clásico encontramos ejemplos que apuntan a dicha equiparación, la acepción dominante de traditor sigue siendo en aquella época la de mero transmisor de algo. En su lugar, los códigos legales prefieren otros términos de más alcurnia. Por un lado está la proditio, que de ser la perfidia o desobediencia desleal al jefe militar, pasa a designar la colaboración con el enemigo y se convierte en sinónimo de traditio, pero cargada plenamente de connotaciones negativas: entregar o rendir al enemigo una fortaleza o un ejército, e incluso información confidencial, con lo cual acaba también significando “desvelar, denunciar”. Por otro lado tenemos la perduellio (de perduellis, “enemigo”, derivado de duellum > bellum “guerra”), que consistía en convertirse en enemigo público de la patria por cualquier medio, tal como la deserción o la rebelión violenta a fin de usurpar el poder. Y en la cúspide se hallaba el crimen de lesa majestad, que al principio se aplicaba a la tiranía o abuso de poder por parte de las autoridades, pero que con la llegada del Imperio acabó irónicamente por convertirse en lo contrario: todo atentado, pacífico o violento, de palabra u obra, por acción u omisión, contra el poder y el orden establecido, con la excusa de que suponía atentar contra la seguridad del pueblo y del Estado romanos.

 

Esta situación cambia drásticamente en la Edad Media con el surgimiento de las naciones europeas. Por influjo de los códigos germánicos, el soberano desciende de las alturas de la omnipotencia divina, y pasa a ocupar un simple y frágil escalón por encima de sus vasallos, cuyos derechos y apetencias se ve obligado a respetar: nos, que valemos tanto como vos, y juntos más que vos, os hacemos rey con tal que guardéis nuestros fueros y libertades, y si no, no, conminan a jurar los nobles aragoneses a su flamante rey. Aunque situado en la cima de la jerarquía, el rey no deja de ser un primus inter pares, el primero entre sus iguales, uno más de ellos, que tan pronto lo elevan como pueden deponerlo. El poder de los vasallos era tal que se aceptaba que tenían derecho a rebelarse cuando se considerasen ultrajados por su señor; y tras unas cuantas granjas incendiadas e iglesias saqueadas, el vasallo suplicaba perdón, se arrodillaba en la nieve como penitencia, llegaba a un acuerdo con su señor, y volvían la paz y los villancicos al reino. Sin embargo, el rey no cejará en su empeño por recuperar su antigua condición y ser considerado no sólo superior a todos sus vasallos, sino incluso extraño a ellos, de otra índole o naturaleza, y que merece por tanto un respeto, poder y lealtad casi sagrados. Y en su ayuda acudirá la Iglesia, con el recuerdo del traditor por antonomasia, el arquetipo del traidor por los siglos de los siglos en la tradición de la cultura occidental: Judas Iscariote. Unus vestrum me traditurus est, “uno de vosotros me ha de entregar”, escuchaban los oídos del pueblo año tras año durante la Pascua, en la conmemoración de la Ultima Cena. En las continuas misas y procesiones, los clérigos no dejaban de hablar de traditor y traditio para designar el supremo crimen de un hombre contra otro: Judas, a quien se le había entregado el máximo honor y confianza, entregaba al martirio a quien debía proteger y servir; era un rebelde ante su maestro y señor, de igual modo que Lucifer ante Dios; y cual ángel caído, sufrió una muerte infame y pecaminosa que le hizo más acreedor si cabe de la condenación eterna, donde todo será llanto y rechinar de dientes. De este modo, gracias a Judas el acto de entregar a alguien adquiere terribles matices de significado: se quiebra la necesaria confianza entre los hombres, la víctima queda reducida a simple mercancía que se compra y vende a cambio de una recompensa, tienen lugar consecuencias tan fatales como matar al mismo Dios, y se hace por tanto indispensable infligir un castigo ejemplar al criminal. Al mismo tiempo, con el nacimiento de los romances y los cantares de gesta, los términos traición y traidor se extienden entre el pueblo en boca de los juglares: la Canción de Roldán, el Poema de Mío Cid y semejantes se llenan de comparaciones entre Judas y los vasallos desleales. Al igual que Judas, los vasallos son depositarios de la máxima confianza de su señor, y están ligados a él por fuertes lazos de lealtad, basados en el linaje, parentesco matrimonial, o el juramento de vasallaje; y al igual que aquél, le acaban entregando a sus enemigos a cambio de cargos, prebendas, castillos o tierras. La rebelión deja de ser considerada una pendencia de borrachos, molesta pero efímera, y no sólo se convierte en un atentado intolerable contra la paz y seguridad del reino, sino incluso en un acto de soberbia contra el orden social establecido por Dios; y tal como hizo éste frente a Judas y Lucifer, ya no caben el perdón ni las componendas, sino la completa aniquilación de la traición y de la persona del traidor.

 

Por su parte, sus propios súbditos equiparan a Judas con el mismísimo rey, cuando éste actúa de manera desleal y egoísta y, en vez de velar por el bien común y la paz del reino, impone su voluntad arbitrariamente sobre los derechos de sus vasallos, a quienes despoja de sus feudos, roba sus mujeres y caza sus venados. A partir de aquí, cualquier falta de fidelidad entre los hombres, aun una burla o una mentira ridícula que no merezca un cantar de gesta ni un simple sermón dominical, merecerá sin embargo su propia similitud con Judas. Y así es como el término traditio, gracias a haber sido el escogido en la Vulgata, la traducción de la Biblia al latín que hablaba el vulgo, se impone en las lenguas vulgares nacidas del latín, en las que suplanta y borra a los términos clásicos y prestigiosos: proditio, perduellio y lesa majestad. No obstante, esta última sobrevivirá como sinónimo de la alta traición, la traición suprema y definitiva, dirigida contra el país y su soberano, en contraposición a la pequeña traición, que antes de ser abolida por la corrección política consistía en matar simplemente al soberano del hogar, fuese el amo o el marido. La /d/ intervocálica se pierde en las lenguas romances occidentales, y el verbo tradere deriva a trair en francés (con la ortografía moderna trahir), catalán y portugués, mientras que en castellano antiguo se convierte en traer. A mediados del Medievo, traer las manos significaba “entregar las manos”, es decir, “entregarse, rendirse”, pero pueden imaginar la confusión que se armaría con el verbo homónimo traer, derivado de trahere “trasladar”. En la cruenta batalla que siguió, el traer que les entregó tradere acabó traicionado por sus hablantes, y desapareció de la lengua en favor del traer que trajo trahere; lamentable pérdida que nos privó del juego de palabras “el traedor es un traidor”, al estilo del conocido dicho italiano traduttore, traditore, “el traductor es un traidor”. Y a falta de verbo que expresara el acto de la traición, se recurrió a dicho sustantivo para crear la locución hacer traición, que posteriormente evolucionó a la más culta cometer traición. Durante muchos siglos no hubo verbo simple, hasta que en el siglo XIX nace el neologismo traicionar: es seguro que al principio sonó tan artificial y antigramatical como particionar o recepcionar, pero durante el siglo XX el vulgo se entregó de lleno al nuevo verbo, y abandonó a sus predecesores en el baúl de los términos rebuscados y pedantes.

 

Como ustedes son muy listos, a estas alturas ya se habrán percatado de que, de la misma traditio en la que se gestó la traición, nació también la tradición. Ya hemos dicho que esta palabra aún subsiste para definir la entrega de una cosa a manos del nuevo propietario, sea mediante la venta, regalo, o el legado de un testamento. Y aparte del ajuar doméstico, los muebles apolillados, las deudas e hipotecas, los prados ahora cubiertos de asfalto y hollín, ¿qué mejor cosa podía legar un hombre a sus descendientes, sino la explicación de por qué la luna y el sol tienen el mismo tamaño aparente, la forma apropiada de eructar en la mesa, o cómo bailar la danza en la que cortejó a la mujer con la que le habían comprometido sus padres? Ya en la época romana, el término traditio tenía bien asentada la acepción de patrimonio inmaterial que una generación entregaba a la siguiente. Desde los tiempos cavernarios, los mayores reunían a su familia alrededor del fuego, y aparte de anécdotas propias en cacerías y peleas, les narraban con certeza y rotundidad histórica hechos de un pasado nebuloso, cuentos en los que Blancanieves bajaba envuelta en llamas de los cielos, y tras ser violada por su padre y matar a sus hermanos, engendraba al bisabuelo que convirtió en ciudad un yermo infestado de alimañas y cañaverales. La tradición pasaba de boca en boca a base de recuerdos y leyendas, con lo que llegó a significar también “relato”; pero si bien servía para amenizar las largas veladas en compañía de los mismos rostros y voces, su propósito fundamental era la educación. Aunque los padres desean que sus hijos disfruten de una vida mejor que la que ellos tuvieron, también desean que vivan de la misma manera que ellos, con su misma escala de valores, ya que es la única que conocieron y por tanto la mejor posible. De modo que el hogar servía también de escuela y templo, donde a través de las historias y los rituales se enseñaban las creencias y costumbres de la comunidad. El término traditio se convierte entonces en sinónimo de entrega de conocimientos, con intención didáctica pero sobre todo moral, a fin de adoctrinar a los discípulos en el camino correcto: tradere virtutem hominibus, “entregar (es decir, enseñar) a los hombres la virtud”, proclama Cicerón. Las tradiciones, incluso las más nimias y aparentemente inocuas, se constituyen por lo tanto en fuente de las normas de comportamiento de los miembros de la sociedad, tanto entre ellos como con respecto a sus gobernantes y los mismos dioses. Sin embargo, la propia tradición no tiene un por qué, una justificación más allá de su propia existencia a lo largo de siglos o milenios, así que se erige en axioma incuestionable por sí misma. De modo que no está al cuidado de doctores y expertos que expliquen su fundamento lógico y racional, sino de sabios y hechiceros capaces de interpretar la verdad que se esconde tras los símbolos y ritos que el pueblo repite de manera inconsciente. Los custodios de la tradición no saben ni desean explicar la razón de que sea perjudicial limpiarse el culo con la mano derecha, pero saben con certeza que es un sacrilegio que vuelve impuro al infractor y a sus vecinos, y para evitar el castigo de los dioses promueven el castigo de los hombres. La tradición se convierte entonces en instrumento de control por parte de reyes y sacerdotes, que ven así legitimados tanto su posición como el orden social en el que se asienta su poder: atentar contra sus leyes y personas supone traicionar la tradición, no sólo es un crimen sino incluso un pecado, que debe expiarse con todo rigor. A pesar de todo, ¡ay!, las tradiciones que se entregan a la generación venidera, con la esperanza de que ésta haga lo propio con la que le suceda, y los hábitos se perpetúen por los siglos de los siglos, acaban pervertidas en manos de sus depositarios. El mundo que dejamos a nuestros hijos no es el que ellos quieren, nuestros usos y costumbres les producen hastío y sonrojo, los vestidos huelen a rancio y los bailes sólo emparejan a los viejos, las leyendas avergüenzan a los niños de pecho, las ceremonias retumban en el vacío inane, y los dioses ya no asustan ni reciben sacrificios. Se rebelan ante nuestros ideales y traicionan nuestra memoria con orgullo; no quieren conservar tradiciones caducas sino progresar hacia un futuro desconocido pero propio. Al final, el único patrimonio que transmitimos incólume a nuestros vástagos lo conforman los mismos reproches que escuchamos a su vez de nuestros padres: no sé dónde vamos a parar, ya no hay respeto por nada, esta juventud no tiene remedio, en mis tiempos había más educación, ahora todo es orgía y desenfreno, vamos cada vez a peor, hambre y guerra es lo que haría falta… o tempora, o mores, “qué tiempos, qué costumbres”, se lamentaba con más estilo el ínclito Cicerón. Las tradiciones que con tanto celo protegíamos para entregárselas, privadas de toda vitalidad y significado, acaban comercializadas como souvenirs y espectáculos para turistas. Y sin embargo, los rituales, la repetición automática de actos, nos salvan del insoportable vértigo de la libertad, de la obligación de tomar decisiones a cada momento, con el temor de que resulten perjudiciales o peligrosas; y cuando no existen tradiciones sociales, la ansiedad nos impulsa a crear las nuestras, en forma de manías como la limpieza obsesiva del cuerpo o mascar chicle durante el coito, o de adicción al trabajo, al chocolate con vodka o a los culebrones de televisión.

 

Como hemos dicho al principio del artículo, traditio pasó al español como traición, que si dejó difuminado el concepto original de entrega, perdió por completo la acepción de entrega de conocimientos y creencias. De modo que durante el Renacimiento se recuperó el cultismo tradición, y a partir de éste una serie de derivados que el latín sólo conoció en las encíclicas modernas: es el caso de tradicional, traducción literal de un inexistente traditionalis. Pero en el camino, el verbo correspondiente, que como sabemos debería haber sido tradere > traer, llevaba siglos muerto y enterrado, una calamidad que nos privó de juegos de palabras con triple significado, y nos obligó a buscar otro verbo que le sustituyera. Y puesto que el neologismo tradicionar se le antojó al vulgo poseído de una afectación grotesca que al parecer no encontraba en traicionar, hubo que echar mano de sinónimos de diferente etimología. El más empleado es transmitir, del cual les hablaré con detalle en otra ocasión, pero que significa “enviar de un lado a otro”, un concepto muy semejante al “dar de mano en mano” del primitivo tradere. Y así es como el verbo traer, momificado, nos ha entregado póstumamente su significado bajo la carne de otro verbo bienhechor, y puede dormir con una sonrisa en el país de los chistes perdidos.

 

En resumen, hemos visto cómo el concepto original de “entregar” de la primitiva traditio se perdió a causa de la traición, y se diluyó a medida que se transmitía la tradición. Sin embargo, no nos entreguemos a la pena y la añoranza, ya que ha sobrevivido en un neologismo de cuyo significado pocos se percatan: extradición. Mucha gente sigue pensando que esta palabra se descompone en extra-dición, que significaría algo parecido a “decir fuera”, o sea, “decir en el exterior del país”: se supone que sería un modo resumido de indicar “dictar sentencia para echar a alguien fuera del país”, tal vez por influjo de otro término jurídico, jurisdicción. Y a causa de ésta y de palabras semejantes, como contradicción, escriben erróneamente extradicción. En realidad, esta palabra se compone de la preposición ex “fuera” y de tradición, ahora con el sentido pleno y genuino de “entregar”, con lo que el correcto significado de ex-tradición es “entregar a alguien fuera del país”: se distingue del exilio o destierro en que no se le echa sin más de las fronteras para que perezca en el mar o en el desierto, y de la deportación en que no se limita a confinarlo en el punto más remoto de Siberia. Traicionando tan veteranas y conspicuas tradiciones, estos tiempos legalistas exigen un trato más justo incluso para un criminal de lesa majestad, de manera que se le pone directamente en manos del país extranjero que lo reclama para juzgarlo, un lento y fastidioso trámite antes de condenarlo. Si extradicion fuese un término latino, posiblemente ahora los humoristas y presentadores de late-shows disfrutarían de la extraición y de las polisemias graciosillas del verbo extraer, pero para su desgracia se acuñó durante el siglo XIX mediante el francés extradition. Con esa misma forma pasó al inglés, que incluso le añadió una nueva acepción en psicología: proceso por el cual la mente traslada una sensación a un punto situado a cierta distancia del centro de la sensación; es decir, lo que ocurre cuando la mente siente que le duele en otra parte. Como los anglosajones no tienen nuestros reparos gramaticales a la hora de idear derivados, hicieron con extradition lo que rehusaron con tradition: crear por regresión el verbo extradite. Un término que adaptamos al español como extraditar, ya que al parecer nuestros oídos hallaron en él una belleza y precisión que no mereció extradicionar, ni mucho menos extraicionar.

 

Misterios del lenguaje que dejo a su consideración, con la esperanza de que hayan pasado un rato ameno e instructivo. No me traicionen y permanezcan atentos a que yo corresponda a su fidelidad con un nuevo artículo, que como manda la tradición, tardará un tiempo.

 

No es ningún secreto que, cuando contemplamos por televisión un documental de naturaleza, lo que más nos interesa no es observar las gacelas mientras pastan hierba o copulan en medio de la sabana, sino el momento en que huyen despavoridas del león o hiena que, a fin de no frustrar a su ansiosa audiencia, siempre acaba por capturar, matar y destripar alguna. La fascinación por los depredadores ha acompañado al ser humano desde que aprendió a temerlos y luego dominarlos, y ha aumentado aún más si cabe desde que se convirtió en el mayor de ellos. Un sentimiento contradictorio en el que también interviene el asco y la repulsión: al mismo tiempo que nos gusta ver animales desgarrando los intestinos de otros, la mayoría no soporta contemplar a humanos abriendo en canal un cerdo o clavando bicheros en la cabeza de un atún. Queremos gozar del fruto de la depredación, pero sin sufrir el espectáculo y el esfuerzo de matar. Una contradicción muchas veces farisea, pues el dolor que sentimos por un zorro despellejado no parece merecerlo la ternera reducida a chaqueta de cuero o hamburguesa al microondas. Poca ternura y compasión nos producen las presas, salvo cuando su depredador se transforma en nuestra presa, como el lobo esquilmador de ovejas, el tigre matador de hombres y la encantadora cría de foca que se convertirá en feroz asesina de pingüinos. Y es que aún hay clases entre los animales, así como entre los carnívoros: un depredador, que caza y mata la presa, no compartirá mesa con un parásito, que necesita que la presa sobreviva durante un tiempo, sea toda la vida mientras se alimenta de ella, o hasta que sus crías acaben de crecer en las entrañas de la incauta; y ninguno de ellos se rebajará a mezclarse con un carroñero, que no se atreve a cazar ni acercarse a la presa hasta que esté muerta. Quizá ese respeto que profesamos a los depredadores se deba a que son escasos como el oro, y a que matar sea un trabajo no exento de fracasos y peligros. Para convertirse en tal, la presa debe ser apresada, por lo que es preciso que sea capaz de escapar y defenderse: un trozo de hierba arrancada no convierte a una vaca en depredador por mucha saña con que la mastique; y cuanta mayor sea la fuerza, inteligencia o rapidez de la presa, más mérito y diversión para el depredador. Por el contrario, no apreciamos cómo se gana el jornal la inmensa plebe de la escala zoológica, el complejo mecanismo con el que la vaca transforma la hierba en leche pura, pero siempre nos admira la perfecta elegancia con la que nada el tiburón antes de arrancar una pierna de un bocado ¿Son bellos porque matan, o disculpamos que maten porque son bellos? Monstruos, pero hermosos, se dice de los vampiros de discoteca new age, lejos de las criaturas grotescas de los mitos aldeanos. Pues si la depredación se nos aparece como un fenómeno connatural al Universo, por mucha ira o dolor que nos cause, es lógico que numerosos teóricos lo consideren asímismo natural con respecto al hombre. Homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre, dejó sentenciado Plauto dos mil años antes que Hobbes. Algo que asumen hasta sus últimas consecuencias los violadores y asesinos en serie, aristócratas ante el espejo aunque sean chusma a nuestros ojos: el que mata tiene en su mano el máximo poder sobre el que huye, impone sus propias reglas, está más allá del bien y del mal y, a fin de cuentas, ejerce de vicario de Dios en la tierra. El débil cae para que el fuerte gane vida, máxima que ha llevado a justificar el darwinismo social, el belicismo, el genocidio, el racismo y nazismo; y en última instancia la sociedad de La máquina del tiempo de H.G. Wells, donde en un futuro remoto una parte de la humanidad sirve de presa y alimento a la otra. Una postura horriblemente sincera, que cuando se vuelve cínica anima incluso a justificar la cleptocracia, el estado depredador o ladrón, como los paupérrimos países del Tercer Mundo que nadan entre inmensas riquezas naturales: un estado que no produce, sino que expolia la riqueza que otros producen, mediante impuestos salvajes o la corrupción generalizada y sistemática. En los últimos tiempos, “depredador” ha pasado a ser una palabra comodín que se emplea para denigrar cualquier cosa que nos moleste: capitalismo depredador, turismo depredador, urbanismo depredador, mujeriego depredador… muchos conceptos que dan para infinidad de páginas y conciertos de solidaridad ética y etílica, pero aquí somos más humildes y nos ocuparemos sólo de su etimología.

 

La palabra depredador procede del latín tardío depraedator, compuesto de la preposición de, que en este caso ejerce una función intensiva, y del sustantivo praedator “cazador”, o con más propiedad, “apresador, captor”. Aunque se empleen a menudo como sinónimos, el depredador pertenece a una categoría superior a la del simple predador: éste se limita a matar el número de presas necesarias para saciar su apetito, mientras que el depredador necesita un número ilimitado de presas movido por su insaciable apetito de matar. Llevado por su vesania, el depredador se instala en un territorio y se dedica a asolarlo a conciencia, hasta el punto de diezmar la población de presas y poner en peligro la supervivencia de éstas, así como en última instancia la suya propia. Lo cual no le supone un problema irresoluble, ya que tras la devastación abandona ese erial, y emigra a parajes vírgenes o al menos todavía fértiles. Aparte de los consabidos ejemplos sobre la destrucción de la tierra y los recursos naturales, una muestra de ello lo tendríamos en el sueño existencial de muchos de nosotros, el de ser un notorio predador sexual que conquista hombres o mujeres de manera compulsiva y eficaz. Sin embargo, hay quien no se conforma con hacer acopio y alarde de una larga lista de piezas capturadas, y se ve impelido a convertirse en un depredador sexual al que no le basta con seducir, sino que debe destruir a su conquista, arruinar su vida e ilusiones, y reducirla a un despojo que se arrastra abyectamente suplicando un instante más de cariño y atención. Si bien el diccionario sanciona la confusión entre ambos términos, mantiene una sutil diferencia al establecer dos acepciones de depredar: cazar para subsistir (o sea, predar), y saquear con gran violencia y destrozo (que es la depredación propiamente dicha). El italiano, por el contrario, atribuye a depredar únicamente la segunda acepción, y la ejemplifica en la soldadesca, con una larga tradición en la península transalpina de cobrarse en la ciudad que la había contratado el botín prometido y no entregado.

No obstante, estas disquisiciones entre ambos términos eran más difusas al principio, porque desde sus orígenes la predación ha estado teñida de sangre y violencia. En efecto, dicha palabra es un derivado del latín praeda, un nombre colectivo que designaba las cosas capturadas como botín al enemigo, ya fuera en acción de guerra o de rapiña, actividades que en tiempos antiguos solían ir unidas de la mano. La praeda era por tanto el despojo (y no despojos, que son los restos de cadáveres y cabañas carbonizadas que quedan pudriéndose en el campo de batalla) de objetos valiosos que se practicaba a los vencidos, y constituía uno de los principales medios por los que los hombres buenos de antaño acrecentaban su patrimonio o res. Viendo que rendía más robar que mendigar, al tiempo que ganaban honra y respeto entre sus convecinos, muchas víctimas de la praeda que se quedaban sin tierras, o sin ganas de cultivarlas, se iniciaban a su vez en el negocio de predar < praedari, que no es sino saquear y piratear, por mucho que Homero y demás hagiógrafos prefiriesen eufemismos tales como despojar o expoliar. El que se dedicaba a la praeda era el praedo “saqueador”, una palabra que ha subsistido en el italiano predone, pero que en español desapareció en favor de predador, el que se dedica a predar, verbo que como suponen acabó cambiando de significado. Pero antes de que Isabel de Inglaterra regulara la piratería como contribución extraordinaria a las arcas públicas, las naciones se encontraban con que acogían a un gran número de predadores o bandidos que, aparte del daño que causaban a sus contribuyentes, no les pagaban ningún impuesto por atacar a los extranjeros. Con lo que, a fin de remediar tamaña injusticia, los soberanos decidieron lanzarse a la predación < praedatio o pillaje a escala militar: no se practica el pillaje como castigo al vencido en guerra; se emprende la guerra para practicar el pillaje.

 

De modo que que ya ven que un genuino predador, y así sigue figurando como primera acepción del diccionario, no es más que un simple ladrón que vive furtivamente de la rapiña y el saqueo. Lejos de la imagen del león como valeroso cazador que gobierna la sabana, se identificaría más bien con una pequeña ave rapaz como el halcón o el cernícalo, que tras vigilar a su presa cae de improviso sobre ella, y luego huye con celeridad a lugar seguro donde poder disfrutar de su captura. La comparación entre atacar una manada de ciervos para arrancarles la piel y los cuernos, y atacar una población de personas para arrebatarles pieles y joyas, no tardó en surgir, y la praeda, el botín, se convirtió en la presa que persigue el predador o cazador. Y aunque éste es el principal significado que perdura en la actualidad, se produjo asímismo una evolución semántica que ha perdurado en español. En primer lugar, siendo la praeda el fruto de la rapiña, obtenida mediante el pillaje o la caza, se convirtió después en sinónimo de ganancia o beneficio; algo que contradice la máxima de estos tiempos legalistas de que “los bienes mal habidos nunca aprovechan”, pero que podemos ver en una de las acepciones de la expresión hacer presa: aprovechar la circunstancia, acción o situación en perjuicio ajeno y en favor del intento propio. Y en segundo lugar, la praeda pasó a denominar cualquier cosa obtenida por la fuerza, no sólo física sino también mental e incluso legal: la predación ya no precisa ser sanguinaria, sino que puede ejercerse a través de coacciones y amenazas, sobornos y engaños, chantajes y extorsión, y como en los viejos tiempos de las naciones piratas, adquirir prestigio y respeto mediante la propia ley.

 

No obstante, lo más importante para nosotros es que la propia palabra praeda experimentó cambios morfológicos. En las lenguas románicas evolucionó a preda, y así permaneció en italiano, pero en español cambió en el Medievo a prea (del mismo modo que lauda > loda > loa), así como su verbo derivado prear. En cambio, al pasar al catalán, preda sufrió un curioso fenómeno que se produjo asímismo en unas cuantas palabras de esa lengua, por el cual se pronunció en primer lugar como [predja] y luego como [preça], que fue tomada por el español en la forma presa. El significado original de esta palabra era “víctima de la predación”, entendida como caza o saqueo, que luego se extendió a sufrir cualquier tipo de daño físico o moral. Pero entonces tuvo lugar una homonimia con otra palabra que vimos en otro artículo, la presa derivada de praensa, participio a su vez de praehendere “prender, coger, apresar”, y se produjo una transferencia de significados en varias direcciones. Por un lado, la mencionada acepción de “víctima” pasó a incorporarse a presa entendida como sustantivo derivado de praeda, pero no como adjetivo derivado de praensa, razón por la cual hasta el hombre más ufano de su recia virilidad debería decir con propiedad que es presa, y no preso, de los nervios o de un rapto de cólera; no obstante, en este caso se han mezclado los diversos significados de presa, y nuestro sentido gramatical considera que el empleo del masculino es correcto por cuanto somos presos, es decir, prisioneros de las emociones que nos tienen aferrada el alma, aunque aún no nos hayan derrotado y seamos sólo objeto de su ataque o agresión. A continuación, prea fue presa de presa, y hubo de ver cómo ésta invadía su territorio semántico y le arrebataba un rico botín en forma del propio concepto de botín, obtenido tanto del saqueo como de la caza. Incapaz de resistir a la depredadora presa, prea aún sobrevive en las anticuadas madrigueras del diccionario, pero se ha extinguido en el habla común. El mismo destino que sufrió el verbo prear, suplantado por apresar, que a su significado anterior de “hacer presa”, derivado de la presa prendida, sumó el de “hacer presas”, nacido de la presa predada. Y a su vez, el propio verbo apresar perdió el favor de los científicos y literatos en beneficio del cultismo predar y sus derivados, hasta que todos ellos quedaron relegados tiempo después por la estirpe de depredar.

 

Si depredar equivale a cazar, que como sabemos significa “capturar”, podríamos relacionarlo con el ya visto deprehendere, “coger, prender de manera imprevista”, que como analizamos debería haber dado en español deprender si no hubiera sido anulado por sorprender. Y lo cierto es que esta continua interferencia entre prender y predar tiene un sólido fundamento, ya que en última instancia los dos tienen un mismo origen. En latín arcaico, praeda se decía praida, contracción a su vez de prai-heda, primo hermano del mismo prae-hendere que derivó en nuestro prender. Y el antecesor de ambos se considera que es la raíz indoeuropea ghed-, o su variante nasalizada ghend-, donde la gh representa un sonido intermedio entre la [g] española de gato y la [h] inglesa de house. La reconstrucción de dicha raíz ha llevado a pensar que debió de significar “coger, asir, agarrar”, así como “contener”, y quizá nació de una onomatopeya que reflejaba vagamente el sonido producido al aferrar una piedra o un trozo de madera con la mano, o incluso al frotarse las manos. O quizá al frotarse las zarpas un depredador, pero dejemos los delirios oníricos y echemos mano a lo que sabemos con un mínimo de certeza.

 

Mano” en inglés se dice hand, que pese a la semejanza con ghend- no parece provenir de esta raíz sino de komt- o tal vez kant-, pero como éstas significan asímismo “coger, alcanzar”, es posible que haya un antepasado común devorado por la larga noche de la Edad de Piedra. De igual modo, en la misma lengua inglesa nos encontramos con el verbo hunt “cazar”, y por tanto también “depredar”, que al principio quería decir “coger, capturar”, y cuyo linaje se ha remontado a kend-: una raíz indoeuropea que tanto por forma como por significado podría ser un pariente lejano de la anterior o de la propia ghend-, pero en este terreno debemos andar con tiento si no queremos ser presa de especulaciones deshonestas. Y sin abandonar el inglés, lo que se puede afirmar con la “seguridad” que permite la ciencia etimológica es que la variante ghed- evolucionó, a través de otras lenguas germánicas, al conocido verbo get, de múltiples significados que orbitan alrededor de una idea básica: “obtener, conseguir, alcanzar”. Como imaginarán, estos verbos no son sino sinónimos rebuscados del concepto original que venimos tratando aquí, “coger, prender”, el cual podemos hallar en el pozo semántico de dos compuestos de get que perviven hoy día. Por un lado tenemos beget, un verbo poco utilizado y que al principio significaba lo mismo que get, pero de una manera más intensa y férrea, debido a la partícula be-; y de igual modo que aprender pasó de significar “coger algo con fuerza” a “coger, captar algo por la mente o el espíritu”, beget pasó a ser “prender una idea” y después “concebir una idea”, de donde se extendió a “concebir, engendrar, originar” en sentido amplio, tal como se emplea hoy día en el lenguaje literario y arcaizante. Y por otra parte tenemos un verbo mucho más conocido, forget, que por obra de la partícula privativa for- “al lado, aparte” era en sus orígenes un antónimo de get: “dejar de coger, soltar”, en especial en el ámbito de las ideas y recuerdos, donde acabó por adquirir el sentido moderno de “olvidar, perdonar”. Mas no podemos acabar este repaso al anglosajón sin mencionar el verbo gessen, que al principio significaba “tratar de coger”: al igual que los anteriores, abandonó el territorio físico para instalarse en el de las ideas, donde mantuvo su carácter dubitativo y cambió a “apuntar o dirigir la atención hacia algo”; pero la atención a veces se desvía, el ataque yerra el blanco porque no está donde pensábamos, de suerte que lanzamos la mirada en todas direcciones cual depredador hambriento que confía en capturar alguna presa por mera casualidad; y fue así como este verbo, ya con la forma actual guess, varió su significado a “creer, estimar, conjeturar”.

 

Por lo que respecta al latín, es probable, pero de ningún modo seguro, que la raíz ghed- diese lugar a hedera > hiedra, cuyo significado original reflejaría la afición de esta planta por prenderse, aferrarse, a las paredes de los edificios. Las dudas provienen de que no hay más ejemplos de que la raíz evolucionase en soledad, sino que, tanto en prai-heda > praeda como en prae-hendere, viene siempre prendida a la preposición prae, procedente de un arcaico prai. Como bien sabrán, dicha partícula indica anterioridad de tiempo o lugar, con lo cual ambas palabras significarían algo parecido a “coger previamente”, o “coger lo que está colocado antes de otra cosa”, que no parece tener mucho sentido. No obstante, en el caso de praeda, cuyo origen hemos dicho que se remonta al botín de guerra, podemos hallar un par explicaciones plausibles. Por un lado, prae puede hacer referencia a la caución o garantía: al rendir una ciudad, ésta intentaba negociar con su agresor lo que le iba a entregar en concepto de “molestias” por el esfuerzo invertido en reducirla a cenizas; así que, a fin de librarse de enojosos intermediarios que no hacen sino enrevesarlo todo, el predador se apoderaba previamente de todo el botín, y luego ya hablaría, o no, de la cantidad exacta con que se iba a quedar al final. Pero estas disquisiciones no son propias de una época en la que un saqueador de prestigio no se rebajaba a negociar cual mercachifle. De modo que lo más probable es que praeda fuera el nombre que recibía el botín que el predador mostraba triunfante al regresar a su patria, el cual había cogido previamente en las ciudades cuya destrucción motivaba justamente el homenaje de sus compatriotas. En cuanto a la otra palabra en disputa, así como sabemos que praeda se escribía antes praida, y por tanto lo remontamos a prai-heda, no hay testimonios de prai-hendere, pero sí numerosos de prehendere. En realidad, la inmensa mayoría de las fuentes ofrecen esta forma, en vez de praehendere como debería ser lo normal, y se sospecha que esta última es una hipercorrección: un cambio artificial que se aplica a una palabra, en especial en su forma escrita, para adecuarla a lo que se supone que debería ser lo correcto, aunque realmente estemos equivocados al respecto. Esto ha llevado a suponer que la auténtica forma era pre-hendere, aliteración a su vez de per-hendere, donde la preposición per ejercería una función intensiva: de manera que su significado sería “coger por completo, apoderarse de algo”, a fin de indicar que la mano no se limita a acariciar esos objetos sino a aferrarlos con fuerza, llevarlos consigo, y en última instancia incluso a considerarlos de su propiedad.

 

Y de esta forma termina el gran viaje que hemos emprendido en estos tres últimos artículos, en los que hemos visto a los depredadores aprehender sus presas por sorpresa. Espero que quedaran resueltas todas sus dudas, y que les haya resultado ameno e instructivo. No se pierdan la próxima entrega, en la que abordaremos un tema muy distinto a la vez que interesante, y sin duda polémico.

 

En un artículo anterior analizamos la etimología de sorpresa y del verbo del que procede, praehendere > prender. Vamos a proseguir con el tema, y aprender otros derivados de este último.

 

En un primer momento, como es obvio, praehendere denotaba la acción de coger o agarrar algo físico, material, pero progresivamente se va extendiendo al sentido de coger o captar algo mediante la mente, el espíritu: lo mismo que vimos con respecto al verbo capere y sus derivados, como captar, percibir o decepción. Con el declive de la lengua y la sociedad romanas a finales del Imperio, el verbo se concentrará de nuevo en el aspecto físico, que será el que se transmita al latín vulgar, y de ahí al castellano, en los ejemplos ya vistos de prender y prisión. El aspecto moral de la palabra parecía haberse olvidado en boca de los labriegos que apestaban a ajo y morcilla, pero pervivió en el latín eclesiástico en el que escribían las gentes letradas del Medievo, y resurgió en el Renacimiento mediante una serie de cultismos compuestos con una preposición. La principal característica de éstos es que, al sustantivarse, conservan el dígrafo consonántico -ns de –prensión y no evolucionan a –prisión, lo que nos ayuda a diferenciarlos de los derivados de –presión procedentes de oprimir, comprimir y semejantes.

 

Por ejemplo, el compuesto ad praehendere > apprehendere, que era al principio un intensivo que expresaba “coger algo con fuerza, apoderarse de algo”, sustituyó en el ámbito coloquial al genérico praehendere como equivalente a “asir, coger”, hasta que en latín tardío pasó a ser “coger, captar algo por la mente o el espíritu”. Podría haber sido un simple sinónimo de percibir, pero se utilizó en el ámbito pedagógico como “captar algo nuevo por la mente”, es decir, “coger, adquirir conocimientos” por parte de los alumnos. Con ese significado barrió al venerable verbo discere, “recibir enseñanza” (del cual proceden discente y discípulo), y pasó al castellano como aprender. Y así como el que entiende es en el habla popular un entendido, el que aprende es un aprendido, apócope de “el que tiene un conocimiento aprendido”, en latín vulgar apprenditus; a continuación se le añadió el sufijo -icius, que unido a los participios sirve para formar adjetivos que indican estado, cualidad o condición (como de factus “hecho” > facticius o ficticius, “que tiene la característica de ser hecho”, o sea, “artificial”), dando lugar a apprenditicius, “que tiene la cualidad de ser aprendido”; luego se contrajo a apprenticius, que de denominar a cualquier alumno se limitó a los que se iniciaban en un oficio de la mano de un maestro artesano; y por último pasó a las lenguas romances: en castellano debería haber producido aprendicio, pero recorrió un camino tortuoso a través del francés medieval aprentiz o aprentis, y acabó siendo aprendiz. A pesar de todo, aprender conservó la acepción original de “coger, asir, prender algo o alguien”, sea físico o inmaterial, pero a fin de evitar confusiones la transfirió al cultismo aprehender, cuya doble /e/ siempre remarcamos de manera ridícula para distinguirlo del otro término. No obstante, su antiguo significado aún pervive en expresiones como para que aprendas o aprender la lección: prender o grabar un suceso en la memoria, a fin de escarmentar y no volver a cometer el mismo error. La acción de aprehender es la apprehensio > aprehensión, que en el plano espiritual pasó a definir la inteligencia, la perspicacia, la capacidad de considerar las cosas, es decir, de mirarlas con suma atención a fin de conocerlas. El dotado de aprehensión es un aprehensivo > aprensivo, pero esta acepción hizo sobre todo fortuna con su opuesto desaprensivo: el que no muestra consideración, atenciones ni miramientos hacia nada ni nadie, por mucho que lo conozca. Pero cuando la aprehensión se convirtió en aprensión dio un paso más: la inteligencia no es sino la capacidad de conocer los problemas y de poder resolverlos, de modo que el estadio superior es poder prever los problemas futuros, a fin de tener preparada la respuesta en el momento en que se planteen. Sin embargo, esta necesaria previsión puede convertirse en obsesión, por creer que todo lo que va a traer el futuro serán problemas y desgracias a los que hay que anticiparse de inmediato. Y así es casi inevitable que la aprensión se convierta en el temor o sospecha infundada de que hay peligros y riesgos por doquier, que no sólo surgirán en el futuro sino también ahora mismo, siempre al acecho del aprensivo, que pasa a ser una persona acobardada y cohibida que recela de cuantas personas y circunstancias le rodean. De este modo, la aprensión acaba perdiendo en castellano no sólo las referencias a aprehender, sino también a aprender, y debe ser sustituida en ambas acepciones por el cultismo aprehensión.

 

Parecida es la evolución de de praehendere > deprehendere, “coger, prender de manera imprevista”, que debiera haber dado deprender, pero al ser ocupado su significado por sorprender sólo se conserva hoy día en rumano. Y lo mismo con respecto a cum praehendere > comprehendere “coger algo por completo”, que derivó en castellano como comprender, y que debido a los cambios que, como hemos visto, experimentaron prender, aprehender y aprender, sustituyó a estos como equivalente genérico de “coger, asir”. A partir de aquí pasó a significar “coger algo hasta donde alcanzan sus límites,” sea en el aspecto físico de abarcar, abrazar, contener (como la extensión de terreno que comprende una propiedad, o las deudas e hipotecas que comprende la herencia que ansiabas recibir), como en el moral de entender, conocer algo en profundidad. Y debido a que quien intenta defender sus acciones presupone que apoyaremos su punto de vista cuando nos lo explique, comprender significa también tolerar e incluso justificar, razón por la cual cuando alguien dice que se muestra comprensivo con los terroristas debe puntualizar que conoce sus motivos, pero no los comparte. Y como podrán comprender, por muy larga que sea una compresa < compressa, y mucha extensión de entrepierna que comprenda, no proviene de este verbo sino de comprimir: una compresa está comprimida, aplastada entre el pubis y la braga, para que no se note y tengas la máxima protección y comodidad durante tus días de regla.

 

Del mismo modo, la represa < repressa procede de reprimir, ya que es el agua corriente reprimida, que quiere decir contenida y refrenada por un muro o presa, hasta que por metonimia el significado se transfirió a esta última. Pero al mismo tiempo la represa procede también de repraensa < repraehensa, y en este caso se refiere a una cosa que ha sido cogida o prendida de nuevo; es decir, re-prendida, de re praehendere > reprehendere > reprender. Esta semejanza entre los participios de reprimir y reprender ha provocado que ambos verbos se mezclen y confundan hasta hacerse en muchos casos indistinguibles. Intentaremos aclararlo con un ejemplo. Supongamos que usted, probo progenitor, tiene un hijo díscolo que todas las noches pretende irse de putas y borrachera. A fin de reprimirle, es decir, retenerle a su lado, y retenerle a su vez de las garras del pecado y el vicio, usted le re-prende, esto es, le prende de los hombros una y otra vez siempre que intenta escaparse. De este modo, el significado propio de reprender, “recoger”, se va deslizando poco a poco hacia el de retener, y se empieza a confundir con reprimir; y de igual manera, el acto de reprender, la reprensión, pasa a equivaler a retención. Pero como usted no puede pasarse el día agarrando a su vástago de la chaqueta, y éste sigue escapándose en cuanto usted se aleja, no basta con retenerle, sino que hay que inculcarle buenos modales e imbuirle del sentido de culpa por desobedecer, a fin de que se retenga él mismo y corrija su mal comportamiento. Éste fue el motivo de que reprensión pasara a ser “amonestación, censura, reproche”, y arrastrara en su cambio de significado al verbo reprender, que abandonó la acepción de “retener” y la volvió a ceder en exclusiva a reprimir. Sin embargo, a pesar de sus ímprobos esfuerzos pedagógicos, el mal comportamiento de su hijo persiste y se convierte en una reprimenda, es decir, una acción que merece ser reprimida, refrenada no con buenas razones sino con duras palabras, pero que por una nueva metonimia pasó a designar la severa amonestación con que se reprende al infractor para que se reprima. Mas llega un momento en que su hijo no atiende a razones, ignora sus palabras sean dulces o severas, comprensivas o amenazantes, y es obvio que sólo reprimirá sus malos instintos ante el poder del látigo. Así que usted acaba abandonando la reprensión y las reprimendas, y pasa a ejercer la represión, que en puridad no es sino el acto de reprimir o contener, pero que debido a la insistencia con que se practica para contrarrestar la terquedad con que se le resiste, acaba adquiriendo los tintes de violencia y aun crueldad que posee hoy día.

 

Retrocedamos de nuevo a la mencionada represa, y a su verbo derivado, represar. Al ser una palabra con dos posibles significados, uno de ellos suele dominar e incluso anular por completo al otro, y en este caso concreto el vencedor ha sido el que se refiere a reprimir o contener el agua, y por extensión cualquier otra cosa. No obstante, algunos términos procedentes de represa han conservado el significado propio de reprender, que como hemos dicho es “recoger, recobrar”. Por ejemplo, cuando estamos conduciendo un automóvil y aumentamos de marcha, por mucho que aceleremos se produce una pérdida de potencia, en tanto el motor se habitúa a la nueva situación. El lapso de tiempo que transcurre hasta que el vehículo recobra las fuerzas ha ido disminuyendo hasta hacerse imperceptible según los avances tecnológicos del vehículo, sumado a la pericia del conductor al combinar embrague y acelerador. Esta recuperación se denomina retomada o reprise, el equivalente en francés de la represa, e indica que el motor recoge o retoma la potencia de la marcha anterior y la aumenta sin alteraciones bruscas. Por otra parte, la represa como acción de recobrar algo de tu propiedad ha producido otros términos en el ámbito jurídico; o más bien diríamos antijurídico, pero que luego pasó a ser legal, o al menos legítimo, por la vía de los hechos consumados. Cuando el vecino te arrebata el coche puedes recurrir a los tribunales para recuperarlo, pero cuando el ladrón pertenece a otra nación hostil o en guerra declarada, antes de que existiera el Tribunal Internacional de la Haya no había nadie ante quien plantear esa exigencia. De modo que lo único que podía hacer el agredido era resignarse al pataleo, o tomarse la justicia por su mano, y mediante un golpe de efecto re-prender por la fuerza lo robado, fuese una ciudad fronteriza, un islote en disputa o, muy comúnmente, un navío con las bodegas repletas de ámbar o sal. Y así se arroga el derecho a ejercer la represa o reprensión, o más bien habría que decir reaprehensión, ya que consiste en apoderarse por la fuerza de los bienes que otro ha usurpado previamente mediante esa misma fuerza. Podemos ver que la represa no es sino la típica venganza disfrazada de castigo, y como todas ellas en primer lugar se extendió a apoderarse de cualquier otro bien, aunque no fuese el mismo que te habían robado; y a continuación, buscó adelantarse a las intenciones reales o imaginarias del enemigo, robándole algo como medida de seguridad y precaución antes de que el otro lo hiciera, con lo cual el agredido se convierte en agresor y legitima al otro para responder de igual forma. En este punto la venganza se ha desbocado y se extiende a infligir sin límite cualquier tipo de daño al enemigo, no sólo mediante el robo sino también bloqueos, asedios, incendios, violaciones, destrucción y asesinatos. Se inicia por lo tanto una reacción en cadena de actos represales o de represa, en latín repraehensalis, de donde procede repraehensalia > represalia: el sufijo -alia indica el neutro plural del adjetivo terminado en -alis, y sirve para formar sustantivos colectivos, en este caso “conjunto de represas o cosas reprendidas”, razón por la cual suele decirse represalias, como recordatorio del plural original.

 

¿Han sido capaces de aprehender y comprender la evolución de prender en todos los derivados que hemos visto hasta ahora? Hagan acopio de energías, porque aún deben aprender otro más: in praehendere > imprehendere > emprender, donde in no ejerce de partícula negativa, sino que corresponde a nuestra preposición en. Así como vimos que, en sus orígenes, sorprender equivalía a sobrecoger, reprender a recoger y, en cierto modo, aprender a acoger, emprender debería emparejarse con encoger, pero en este caso ambos verbos han tomado caminos opuestos a partir del doble sentido de la preposición en. Encoger toma de ésta la acepción estática de “estar dentro de algo”, y nace por lo tanto con el sentido de “cogerse (el cuerpo) hacia dentro”, de donde cambia a “contraerse”, y luego adquiere el sentido figurado de retirarse, e incluso acobardarse, con los brazos pegados al cuerpo, los testículos en la garganta y el rabo entre las piernas. Por el contrario, emprender toma la acepción dinámica de “entrar, dirigirse al interior de algo”, por lo cual significa propiamente “coger algo dentro”, y con el tiempo llegará a ser “lanzarse, arrojarse, decidirse”. Intentaremos explicar con detalle el proceso. En un primer momento, el sentido de coger algo que está dentro de otra cosa se desliza fácilmente a “meter la mano para cogerlo”, que por metáfora pasa a equivaler a “encargarse de ello”. A partir de aquí, una tarea que se emprende pasa a ser la que se acomete o ataca, es decir, la que se empieza a ejecutar y poner en práctica. Este sentido aséptico de iniciar una acción cualquiera pervive hoy día en expresiones como emprender la marcha o emprender la huida; así como en el espíritu de iniciativa que se exige a todo aquel que tenga alma de emprendedor, sea para pedir una cita a su amada, despedirse y trabajar como autónomo, o dirigir una carga de caballería. Sin embargo, podemos percibir que las acciones que se emprenden, a diferencia de las que meramente se inician, tienden a ser aquéllas que entrañan cierto riesgo o peligro, quizá porque la mano que se mete a ciegas para coger o tocar algo nunca puede estar segura de encontrar labios o dientes. Y en efecto, lo que emprende un emprendedor, que no es sino una empresa, asume en primer lugar el sentido militar de “proeza, gesta, hazaña”, y a continuación se convierte en cualquier obra ardua y difícil, cuyo éxito es bastante incierto: por ejemplo, la empresa colombina, la empresa de conquista y colonización, o una empresa comercial, entendida no como una firma o sociedad, sino como una operación concreta, que podía ser el establecimiento de una factoría de pieles en Siberia, o la formación de una caravana por el desierto. Y ya que hablamos de gestas, sabrán que todo caballero llevaba un escudo heráldico con las armas de su familia, herencia de sus ancestros o ganado por sus propios méritos. La mayor parte de las veces, dicho escudo sólo mostraba un conjunto de figuras, pero las familias más distinguidas, así como los reinos y ducados poderosos, lucían también un lema, como es el caso del Liberté, Egalité, Fraternité de Francia, el Austria Est Imperare Orbis Universo (“Austria dominará el mundo”) austriaco, o el Plus Ultra de España. Dicho emblema se llamaba en italiano impresa, no porque estuviera imprimida o impresa (en cuyo caso sería impressa), sino porque representaba la empresa o ideal que se proponía llevar a cabo quien lo ostentaba. Y cuando las primeras firmas comerciales adoptaron también su propio emblema, la empresa pasó a designar por metonimia la entidad que se proponía realizar tal empresa.

 

De manera que, como podrán comprender, un empresario que abandera una empresa no es completamente sinónimo de un emprendedor que emprende una empresa. Sin embargo, en otras lenguas, como el francés e inglés, el empresario es indistinguible del emprendedor o entrepreneur. El verbo imprehendere pasó al francés como emprendre, pero experimentó una curiosa desviación. En cierto momento del Medievo, surgió en esa lengua el verbo entreprendre, que se podría traducir por interprender o entrecoger, con el significado de “coger entre dos o más cosas”; es decir, “escoger”. Ahora bien, como entreprendre se pronuncia de modo parecido a emprendre, acabó por confundirse con éste y absorber su significado. Y de igual modo, el antiguo emprise dejó su puesto a entreprise, que es la empresa considerada tanto como gesta o aventura, e incluso una tentativa de seducción, como firma comercial. Con estos datos, creo que no hará falta aclararles que la nave Enterprise de Star Trek lleva ese nombre como emblema de la empresa que pretende llevar a cabo, la cual consiste en explorar el Universo y no en fundar una empresa en comandita con los klingons.

 

Así que ya ven cuántos matices de significado comprende el verbo prender y sus derivados. Comprendo que aprender este tema es una ardua empresa, y que puede provocar aprensión a los aprendices de etimología, pero con unas diez relecturas creo que serán capaces de aprehenderlo. El caso es que la lección no acaba aquí, pero dejaré para la siguiente entrega la raíz última de la que proceden estos términos, así como otras curiosas palabras emparentadas. Sigan a la escucha y no emprendan la huida.

 

Dejando a un lado el paulatino declive físico, uno de los detalles en los que se manifiesta que vas cumpliendo años es que pierdes de manera aún más acelerada la capacidad de sorpresa. El afán de novedades que ardía en la juventud ahora se torna más urgente al atisbar el ocaso en el horizonte, pero al mismo tiempo disminuye la capacidad de disfrutarlas. No obedece sólo a los estragos de la globalización, por la cual apenas existe un lugar recóndito o paradisiaco que no haya sido fotografiado, televisado, visitado, comentado o empezado a transformar en lo que ya conoces. Incluso cuando te informan de que aún queda alguno, al llegar descubres que es con todo detalle exactamente igual a como te lo contaron, como te lo imaginabas, y como lo viste en los cientos de fotos digitales con las que te apabullaron quienes te lo recomendaron. Observas el entusiasmo de tus acompañantes, e intentas disimular tu decepción para no contagiarla a quien aún mantiene la ilusión por la sorpresa; hasta que acabas manifestándola al relatar tu experiencia, y dejan de llevarte con ellos porque nadie quiere amargarse en compañía de un cínico. Has visto la misma fina arena en tu playa de veraneo, las mismas hermosas palmeras en el parque de tu barrio, la misma comida exótica en el restaurante de la esquina, las mismas extrañas costumbres en los documentales de la tele. Corres de un lugar a otro en una epilepsia de fotos, y a la vuelta es cuando intentas solazarte contemplándolas con detenimiento, a ver si el recuerdo te permite disfrutar de lo que no pudiste en su momento. Planeas un viaje buscando imágenes en Internet, y tú mismo acabas por matar cualquier atisbo de sorpresa; es mejor que te lo cuenten, porque la palabra deformada por boca de otra persona deja un halo de incertidumbre y misterio, que al menos no se evaporará hasta que lo vean tus ojos. Aún te queda la sorpresa de ver que los demás se sorprenden por chistes caducos, anécdotas repetidas, vivencias ajadas, sufrimientos absurdos, amoríos tediosos, furores ridículos… Estás ya de vuelta sin haber llegado; no buscas nada porque hallarás lo mismo que dejaste atrás. Te urgen a sorprender en la cama, en la cocina, en los regalos o en los poemas, y la frustración que causas por no lograrlo es pareja a por no intentarlo; de ahí que cuando se te ocurre algo nuevo retrasas al máximo su cumplimiento, porque sabes que en cuanto lo hagas ya no tendrás ocasión de repetirlo, y habrás gastado otra de las escasas ideas que aún te quedan por germinar. Y llega por fin un momento en que descubres que no merece la pena seguir buscando la sorpresa, las emociones nuevas, la aventura, la gente diferente, sino que la felicidad consiste en volver a disfrutar de lo plenamente vivido y conocido, antes de que se te escurra entre los dedos y no te quede sino un vago y amargo recuerdo.

 

La palabra sorpresa es el participio del verbo sorprender, derivado del francés medieval surprendre, el cual es la evolución de un compuesto latino formado por la preposición super, “sobre” (de igual manera que el surrealismo no es el subrealismo, sino todo lo contrario, el superrealismo, lo que intenta sobrepasar la realidad), y el verbo praehendere, “prender, agarrar, coger”. Mucha gente odia que la sorprendan, lo que tiene una base lógica, y aun diríamos que acertada, puesto que sorprender era originariamente un término militar con un significado muy funesto: coger por encima al enemigo, ya fuese mediante una emboscada desde lo alto de un desfiladero, o cayendo sobre él mientras dormía en el campamento. El siguiente paso semántico fue evidentemente el de cogerle desprevenido, de improviso, de repente, tanto por encima como aun mejor por detrás, e incluso por delante en forma de innumerable ejército. Asímismo, la propia sorpresa, en francés surprise, nació con un significado igual de desagradable: era lo que caía de improviso sobre las menguadas arcas de campesinos y artesanos en forma de impuesto extraordinario, de donde no tardó en convertirse en la acción de sorprender, coger por sorpresa, que es lo que experimenta el incauto trabajador cuando descubre que debe pagar a Hacienda el doble de lo que estimaba.

 

Por lo tanto, sorprender se puede traducir por “sobrecoger”, y al igual que éste no tardó en adquirir el sentido de intimidar, sobresaltar, causar alarma, que era la emoción que embargaba a las víctimas de la sorpresa al ver surgir en el camino a un partisano, un recaudador de impuestos o un alegre salteador, también dispuesto a su manera a exigir su correspondiente contribución extraordinaria. A partir de aquí, nuestra palabra fue abandonando el ámbito castrense, así como las connotaciones estrictamente negativas, y en el Renacimiento equivale a causar asombro y conmoción por cualquier motivo inesperado y repentino, ya fuera fastidioso o maravilloso. De hecho, con el tiempo el sentido favorable ha ido ganando terreno en nuestra mente: así, la simple y desnuda palabra “sorpresa” nos llena de pensamientos deliciosos y placenteros, en los cuales nos dejarán estupefactos de admiración al tenernos preparada la cena cuando volvamos del trabajo con la noticia de que nos han subido el sueldo; mientras que si queremos indicar que la sorpresa no nos inundó precisamente de felicidad, nos vemos obligados a añadir el adjetivo “desagradable”. Pero el sentido negativo original de coger a alguien desprevenido se mantiene latente y resucita de vez en cuando, y se amplía con el de cogerle en un momento inoportuno, dejando al descubierto lo que ocultaba o disimulaba: por ejemplo cuando una mujer sorprende a otra en bragas en su alcoba, y a su marido con las manos en la masa. Incluso el concepto militar originario regresa durante el siglo XIX en expresiones como surprise party, que era como se denominaba a una partida o grupo de hombres, fuesen soldados regulares o guerrilleros, enviados a acechar y atacar por sorpresa al enemigo, con el propósito de destruir su moral antes que vidas o pertrechos. No muchos años después es cuando se despoja de armas e intenciones aviesas al grupo de personas, y la expresión se traslada a cualquier reunión social cuyos asistentes surgen sin que nadie los haya invitado o ni siquiera conozca, primero para charlar y degustar un té con pastas, y luego para bailar y seducirse al son de la música. Este sentido lúdico es el que acaba prevaleciendo, y se convierte en una fiesta espontánea, convocada en el acto a instancias de un arrebato repentino. Por último, pasa a ser una fiesta secreta en honor a alguien que finge desconocer la sorpresa, y con esa acepción pasa al castellano como fiesta sorpresa.

 

Estas connotaciones bruscas y vehementes del primitivo sorprender ya se encuentran en el verbo del que procede, el latino praendere < praehendere. Su significado es, como ya hemos visto, ”asir, agarrar, coger”, pero impregnado del efecto de hacerlo por la fuerza, sea física o mental, que se mantiene hoy día en su derivado italiano, prendere. También lo mantuvo al principio el castellano prender, pero lo perdió al hacerse sinónimo de “recibir”, y aun más cuando a finales de la Edad Media desapareció del habla corriente, sustituido por “tomar”. Pero no murió, sino que fue confinado en una serie de frases hechas que retuvieron el sentido original: prender a alguien, es decir, privarlo de libertad; prender un adorno o complemento a un vestido, que es lo mismo que sujetarlo con un adhesivo o alfiler; prender una planta, que equivale a arraigar en la tierra; o prender fuego, primero como sujeto (el fuego prende) y luego también como objeto (yo prendo fuego), y que en América se ha conservado en la expresión “prender el fuego, el calentador, la estufa” aunque en España se prefiera actualmente el verbo “encender”. Sin olvidarnos del macaco que prende o agarra una rama de árbol con la cola y se cuelga de ella para comer las hojas y frutas, razón por la cual decimos que es prénsil, neologismo acuñado en el siglo XVIII a partir de un supuesto praehensilis. Y aunque la ropa pueda ir prendida al cuerpo, de prender no deriva prenda, sino que ésta es una evolución del latín pígnera o pígnora, plural de pignus “fianza”, a través del proceso péñera > peñra > pendra, que para facilitar la pronunciación alteró las consonantes a prenda. El origen de esta palabra radica en que la ropa, así como los muebles y demás enseres, eran los objetos que se solían dejar a un usurero en prenda, es decir, como garantía de que se satisfaría la deuda para poder recuperar lo que se había pignorado o empeñado.

 

Por suerte para praehendere, aunque el camino de prender parecía haberse extinguido, pudo esparcir su simiente en otras palabras procedentes de su raíz. Por ejemplo, la acción de coger, agarrar, era la praensio < praehensio, que se convirtió en el tecnicismo legal con que se denominaba el derecho que tenía un magistrado romano de prender a un acusado, es decir, agarrarlo del brazo y llevarlo ante los tribunales, o incluso el calabozo. El castellano heredó esta palabra como prensión, pero la vulgarización en boca de la plebe la transformó en preisión > prisión, que como vemos era al principio el acto de prender: poner a alguien en prisión significaba ponerle en situación de estar agarrado, inmovilizado, y por metonimia pasó después a indicar las cadenas y grilletes con que se lo mantenía cogido, es decir, preso < praensus < praehensus, y por ultimo el lugar donde mantener prendido al prisionero. De este participio deriva a su vez el verbo praehensare > praensare, que era un intensivo con la noción de prender a alguien con fuerza, significado que se transmitió al castellano mediante la variante ad praensare > apprensare > apresar. Pero de él no deriva prensar, sino que este verbo es una regresión del latino pressare, derivado a su vez de premere “comprimir, oprimir”. La semejanza formal entre el latín praensare y el castellano prensar ha producido cierta confusión que se extiende a sus derivados, y de igual modo no hay que mezclar la prisión de presos prendidos, con la presión con que oprime una prensa; ni tampoco confundir la prensa con la praensa > presa, que era en primer lugar el femenino de preso, y como tal, la cosa cogida y apresada; pero que luego pasó a ser la acción de coger (que se fosilizó en la expresión hacer presa), e incluso el instrumento para coger y apresar algo: como las garras y colmillos de un carnívoro, o el muro que apresa el agua de una acequia o embalse, y de donde se coge al abrir las compuertas para saciar la sed de las gentes o las tierras.

 

Eso es todo de momento. Pero no crean que hemos acabado con el examen de este tema. En la siguiente entrega repasaremos la etimología de otros derivados de prender, que es un tema con mucha enjundia y que puede dar unas cuantas sorpresas. En todo caso, no olviden que aunque tendamos a pensar en la sorpresa como algo deseable, no lo fue en sus inicios y es lógico que no lo sea al final. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

 

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