La etimología es la ciencia que trata de indagar el origen y evolución de las palabras, tanto en el plano formal (por qué decimos mucho si procede de multus) como sobre todo el semántico: qué significaban en un principio, lo cual nos puede dar una idea de lo que significan realmente ahora. Pero hay que tener en cuenta que, si bien la evolución formal suele ser lenta, la semántica es mucho más rápida: cada hablante añade un pequeño matiz a una palabra, y si tiene éxito y lo contagia al resto de hablantes, la acepción cambia con respecto a la generación precedente. Por otro lado, cada palabra que deriva de otra no sólo hereda esos matices de significado, sino que añade los suyos propios, con lo cual aumenta progresivamente la distancia con respecto a las palabras que proceden de la misma raíz, como esos primos en décimoquinto grado que, aunque desciendan del mismo recontratatarabuelo, nadie en su sano juicio considera que son parientes. Por esa razón, el mayor peligro para un aficionado a la etimología es analizar una palabra a partir de un diccionario actual, el cual indica lo que significa en ese momento, que puede y suele ser muy diferente de lo que significaba en sus orígenes. Luego vienen las falsas conexiones con palabras homónimas, como pensar que dos niños son primos porque ambos tienen la nariz aguileña, las teorías delirantes que conjugan el tocino con la velocidad, y las empanadas mentales que acaban en el ridículo y el desprestigio… en suma, la etimología de baratillo. Analicemos el caso de la adolescencia.

 

En más de un libro de psicología he leído que un adolescente es aquel que adolece. ¿Y qué significa adolecer? La acepción vulgar y corriente es “faltar, privar”: adolece de información, leemos en los artículos de muchos periodistas que pretenden pasar por cultos, intercalando palabras extrañas para disimular que, justamente, “adolecen” de información y formación lingüística. Este sentido de adolecer se halla tan extendido que no tardará en ser admitido por la Academia, y caen en saco roto las advertencias de quienes explican que ese verbo significa realmente “padecer, sufrir”: la frase correcta debería ser adolece de falta de información, pero se hace tan larga, y suena a la vez tan rebuscada, que la indigencia y la pereza verbal la reducen a lo ya visto. Pero en ese momento, una vez ridiculizados los periodistas que van de cultos, intervienen los que van de más cultos, y nos instruyen sobre su teoría de los adolescentes: seres que padecen el conflicto entre una pubertad de la que tratan de escapar, y una madurez a la que desean y a la vez temen llegar, lo que les ocasiona un sufrimiento que se manifiesta psicosomáticamente en acné, masturbación y botellón contestatario. Bien, pues ahora me toca a mí ir de aun más culto y les digo que esta bonita teoría esta edificada sobre arena. A-dolecer es la forma antigua en que el castellano asumió dolecer < dolescere (hoy las reglas de derivación son más simples, y diríamos *dolecear), que significa “doler, causar dolor”. Por su parte, un adolescente es, literalmente, “el que está creciendo”, sea de modo doliente, paciente o sonriente. No, adolescente no deriva tampoco de una mezcla de ambas raíces, como también he leído en otros sitios: en inglés y francés nunca se creó ningún a-dolescere, pero sí adolescent desde el Medievo.

 

El verbo latino adolescere significa “comenzar a crecer”, y es un compuesto del verbo adolere “crecer” y el sufijo incoativo -scere (el cual indica el comienzo de la acción, como en negrescere > ennegrecer, propiamente “comenzar a ponerse negro”). A su vez, este verbo adolere se compone de dos palabras: la preposición ad, que indica dirección o proximidad, y el verbo alere, que en compuestos adquiere la forma olere (ya les hablé de que la a y la o pueden confundirse muchas veces en un sonido intermedio, como sucede en húngaro e inglés). Por su parte, este verbo alere significa simplemente “nutrir, dar de comer”, y lo pueden reconocer en su derivado más famoso: alimento, es decir, “nutrimento, lo que sirve para nutrirse”. Fíjense, futuros imitadores de Tolkien, en el modo natural de inventar nuevas palabras a partir de la derivación y la composición: para los latinos, el concepto de “crecer” no sale de la manga, sino que es la evolución lógica de “nutrir hacia [arriba]”. No obstante, hay que decir que este sentido ascendente es una perogrullada, por cuanto viene incluido en el propio verbo alere, el cual procede de la raíz indoeuropea al-, que significa “mover hacia arriba, levantar, alzar”.

 

A la adolescencia se la denomina de manera coloquial la “edad del pavo”, posiblemente porque es una época de especial sensibilidad, y al púber se le sube el moco del pavo (es decir, el rubor) ante cualquier tontería. Sin embargo, según la etimología hay que concluir que esta expresión significa que el adolescente está creciendo a marchas forzadas, y necesita por tanto un sustancioso alimento material y espiritual, para lo cual se atiborra el vientre de hamburguesas y el cerebro de vídeos porno. Quien está siendo alimentado, sea de cuerpo o mente, se denomina en griego alomenos, cuyo equivalente latino es alumenus > alumnus > alumno. Por muy adecuados que sean los conocimientos con los que pretendan alimentar nuestro futuro, o quizás por culpa de ello, la vida de alumno puede llegar a ser muy amarga, pero no por ello hay que relacionar alumenus con alumen “sal amarga”, de la cual proceden alumbre y aluminio. Los días de examen, cuando nos hemos alimentado mucho de cubatas y poco de libros, es tiempo de encomendarse a los santos o a la Virgen, para que nos proteja en su regazo como a un niño de pecho. La Virgen es el Alma Mater, que no significa “madre del alma”, sino “Madre nutricia, madre que alimenta a su bebé”; era la patrona de la Universidad de Bolonia, la primera del mundo, y por eso se denomina alma mater a cualquier universidad, y por extensión a las escuelas o academias donde se nutre de conocimientos al alumno.

 

Según la alimentación que reciba el alumno, unida a sus características fisiólogicas y al ejercicio que practique, su cuerpo adquirirá más o menos fuerza, y soportará en diferente medida las enfermedades e inclemencias. De igual modo, es en la adolescencia cuando se forja su carácter, que será más o menos fuerte según su alimentación espiritual, sus características psicológicas y la moralidad que practique. Los latinos denominaban al carácter “alimento o crecimiento interior”, o indu-ales, forma arcaica de la preposición in (equivalente al griego endo) y el sustantivo ales, derivado del verbo alere. Esta palabra se contrajo en indoles, que pasó al castellano como índole, y extendió su significado primero a la naturaleza de las personas en cualquier edad, y luego a la de las cosas. La índole de un adolescente puede ser tímida, estudiosa, honesta, hijadeputa e incluso indolente, que significa literalmente insensible al dolor (in-dolere, no doler), y que extendió su significado a mostrarse insensible ante cualquier cosa: alguien que pasa de todo y no muestra interés por nada. No, indolente no tiene nada que ver con índole ni con el tema que nos ocupa: es otro ejemplo de la confusión entre palabras cuasi-homónimas; como la que sufrían los latinos entre estos dos términos y el verbo indolescere, que no significa “no doler” sino todo lo contrario, “sentir un dolor profundo”, y que está relacionado con nuestro querido adolecer. Ya vemos que el lío que tenemos hoy con respecto a lo que a-dolecen los ad-olescentes cuenta con una larga y gloriosa tradición.

 

Pero todo lo malo se acaba, y llega un día en que el alumno, el que se está nutriendo, ya está completamente nutrido: se convierte en alitus, participio de alere, contraído en altus > alto. Un adolescente es alto porque está bien alimentado, al menos en lo que al cuerpo se refiere: se ha hecho grande, tanto a lo ancho (a veces, demasiado ancho) como a lo largo. Este sentido de estatura fue el que terminó por prevalecer, y lo alto acabó siendo lo que se eleva o alza < altiare sobre la tierra; o sobre los hombres, y de ahí la connotación de noble, ilustre, excelso, que tiene un Alto Tribunal o la Alta Costura. No obstante, el significado original de alto permaneció en otras expresiones. Por ejemplo, mantuvo el sentido de “grande, enorme”, mezclado con el de “superior, por encima” que había adquirido a través de los ilustres adolescentes altos, y el resultado fue un sinónimo de “superlativo, máximo”, como en la alta traición o los centros de alto rendimiento. Y por otro lado, hemos dicho que lo alto pasó a significar lo largo, pero la longitud puede manifestarse tanto hacia arriba como hacia abajo: de ahí el significado de “profundo” que vemos en la alta mar.

 

El adolescente alto está ya nutrido, alimentado, y debido a que esto se manifiesta en un aumento de masa corporal, el propio verbo alere pasó a significar también “crecer”. Pero ya hemos dicho que esta acepción es la propia del verbo adolescere, que ahora, al final del camino, recupera de nuevo su primacía. El adolescente, el que está creciendo, llega un infeliz y ansiado día en que está completamente crecido: está adolitus, contraído en adultus > adulto. Su cuerpo ha llegado a la madurez y deja de crecer por mucho que lo alimente. Ante él se inicia el resto de su vida, en el que puede optar por seguir nutriendo su espíritu en algún alma mater, o también nutrir a otros, proalimentar, pro-ales > prole. Alguien con la facultad de criar prole, engendrar progenie, es un prolífico, como los conejos o los pollos que se fabrican industrialmente para llevarlos de inmediato al matadero. El mismo destino que solían tener los proletarios, ciudadanos romanos que vivían en la miseria y peor que muchos esclavos, cuya única utilidad pública era engendrar hombres para el ejército, pero que sólo podían costearse un armamento ridículo, y por tanto sólo servían para hacer bulto y dejarse matar. Lo mismo que les esperaba a los proletarios del siglo XIX, aunque a éstos se les encontró también la utilidad de engendrar brazos para las fábricas.

 

Quizá sea también éste el destino que le aguarde a nuestro adolescente una vez sea adulto. En todo caso, hay uno del que no podrá escapar: desnutrirse, en latín ab-alere > abolere > abolir. Llega un momento en que su cuerpo ha crecido demasiado y empieza a decrecer de manera acelerada. Hemos visto que “crecido” se decía en latín altus, y de su misma raíz procede el germánico alt, del que derivó el inglés old, que significa propiamente “demasiado crecido”, y de ahí “viejo”. Este mismo sentido lo podemos encontrar en expresiones como “a altas horas”, que equivale a decir “crecida, de edad avanzada, envejecida la noche”. El antiguo adolescente es ahora un viejo cuyo cuerpo se ve privado de alimento, de vida, por la enfermedad y el tiempo. Adolece de falta de energía interna, de suerte que su existencia queda extinguida, suprimida como una ley caduca que ya no sirve para la nueva generación que ocupa su lugar.

 

¡Oh Maravilloso Nuevo Mundo, un mundo feliz donde la vejez queda abolida, y la vida es una continua e indolente adolescencia!