Ciencia


Es paradójico que los elementos constituyan un tema sumamente complejo, y que el modo de explicarlos resulte bastante complicado en vez de elemental. Sería tentador desdeñar las dudas con el mítico “elemental, querido Watson”, pero lo cierto es que siempre reaparece el fantasma del insigne Eugenio D’Ors: “¿Está suficientemente claro? Pues bien, ¡oscurezcámoslo!”. Quizá el problema radique en que, por muchos títulos de los que hagamos gala, seguimos teniendo una capacidad expresiva propia de estudios elementales: desconocemos muchas palabras, nos repetimos como tartamudos, perdemos el hilo del discurso, damos rodeos en vez de ir al grano, y lo acabamos enrevesando todo. ¿Hablamos del lector o del escritor? Juzguen ustedes mismos.

 

Para empezar a complicar los elementos, vamos a hablar de una raíz que no tiene ninguna relación etimológica con ellos: la indoeuropea steigh-, “caminar, andar, paso”, que ha experimentado una evolución muy curiosa; en unas lenguas se fijó en el acto concreto de andar, que incluso derivó a significados como “llegar”, “atacar” o “cabalgar”, pero en otras se fijó en aquéllos que andaban. Por ejemplo, en griego produjo el verbo steicho, que alteró el significado original cuando se trasplantó al modo de andar de un grupo de personas: si son ustedes una pandilla que se dirige al bar pueden hacerlo como deseen, en parejas, por separado, u ocupando toda la acera; pero si son soldados, los que hicieron la mili recordarán cómo les enseñaron a marchar en formación, es decir, en una o varias filas, uno detrás de otro. Este sentido militar, de avanzar en líneas ordenadas, fue el que prevaleció al final en el verbo steicho.

 

Por su parte, en las lenguas germánicas, la raíz también se fijó en el acto de andar pero sobre todo hacia arriba, sin importar el orden en que se hiciera, y de ahí nació el verbo steigen “marchar, ascender”. De él derivaron palabras que se fijaron en lo andado, es decir, el sendero, pero impregnado del sentido ascendente del verbo. Es el caso del anglosajón staeger, del cual procede el inglés stair, cuyo significado original es “cuesta arriba”, en especial por una pendiente abrupta que exige apoyarse en escalones naturales, y de ahí el significado actual de “escalera”. Esta referencia al sendero nos lleva a una palabra latina cuya etimología no está nada clara: vestigium -> vestigio. Su significado original es “pisada, huella del pie”, y en principio se aplicaba a la que dejaban animales y hombres en el sendero, si bien ahora se ha extendido a todo rastro material o intelectual que nos indique la presencia en el pasado de alguien o algo. Es posible que -stigium sea el modo en que la raíz steigh- pasó al latín con el significado de “paso”, pero no es seguro, y sobre todo, se desconoce el origen de ve-. Algunos sugieren que sería una aliteración de best-stigium, “paso de bestia”, pero hay que tener en cuenta que bestia se aplicaba inicialmente a los animales salvajes, y sólo después pasó a los bueyes y demás bestias de carga. La explicación que más me convence es la que la hace derivar de ver-stigium, y éste a su vez del verbo verre, que significa “barrer” pero originariamente “arrastrar por el suelo, dejar surcos”: de modo que verstigium significaría “paso arrastrado, paso que deja surco o huella”. Pero sigue siendo una elucubración y no existe ningún fundamento sólido para darla como válida; incluso es posible que stigium proceda de stingium < stingere “pinchar, marcar”, o de stringium < stringere “cerrar, estrechar”, como se piensa que ocurre con fastigium > fastigio y praestigium > prestigio, palabras que en principio no tienen ninguna relación con la raíz que nos ocupa. En todo caso, supongo que ya sabrán que investigar < in vestigare significa “coger los vestigios”, es decir, buscar huellas, aunque ahora sean las de las manos más que las de los pies.

 

Es tiempo de reincorporarnos a la fila de soldados griegos que dejamos marchando al final del primer párrafo. La columna que avanza en línea tiene que detenerse una vez llega al campo de batalla, pero a fin de ser efectiva debe mantener esa misma formación. Así que del verbo steicho nació el sustantivo stichos, con el significado de “línea de soldados de la falange”, pero que no tardó en generalizarse a una línea o hilera compuesta de cualquier cosa, fuesen niños de excursión, árboles junto al camino o baldosas en el suelo. Sin embargo, el sentido que acabó por prevalecer fue el de “línea de escritura”, es decir, “renglón, verso”, del cual hay varios derivados en poesía. Por ejemplo, en la poesía grecolatina eran muy habituales las miniestrofas de dos versos, por lo general un hexámetro seguido de un pentámetro: esa composición se llamaba dístico < distichos, formado a partir del adverbio dis “dos veces”. Otra composición, que conocerán los aficionados a los anagramas, consiste en una sucesión de versos, cuyas letras situadas en los extremos, sea el inicio o el final, forman un vocablo o frase: son los acrósticos < akrostichos, que incluye akros “extremo”. Y por último, cuando un verso es muy largo se suele dividir mediante una pausa o cesura en dos mitades, cada una de las cuales se llama hemistiquio < hemistichion, de hemi “medio, mitad” y stichos “línea, verso”.

 

Debido a que, como hemos dicho, stichos concentró su significado en “línea de escritura”, se hizo necesario un nuevo sustantivo que mantuviera el significado de “línea ordenada en general”. El elegido fue stoichos, una variante dialectal del anterior, que no tiene ninguna relación con stoikos > estoico: esta palabra deriva en realidad de stoa “columnata, pórtico”, procedente de una raíz que significa “estar quieto, firme, estable”; el motivo es que Zenón de Citio, el fundador de la doctrina, daba sus lecciones bajo un pórtico de Atenas. De stoichos nació otro verbo, stoicheo, que regresó al sentido original de “marchar en línea ordenada”. Fue muy empleado posteriormente en el griego eclesiástico, donde adquirió el sentido moral de “proceder según un orden”, y de ahí “vivir, marchar en la vida según un orden o una regla”; lo que hoy llamaríamos “línea de conducta”, que en su caso era la ética cristiana. Pero no nos adelantemos, porque lo más importante es que, así como stoichos fijaba su significado en la línea continua, un derivado suyo, stoicheia, volvió a fijarse en que toda línea está formada a base de puntos. Desde este punto de vista, una línea es una serie o sucesión de componentes, que como ya hemos dicho podían ser soldados, árboles, baldosas o incluso las palabras que forman un verso. Pero todos estos componentes están formados a su vez de otros, hasta que por fin llegamos a los componentes básicos, primordiales, originales. Stoicheia pasó a entonces a significar “serie de componentes básicos”, y de ella derivó el sustantivo stoicheion, “componente básico de una serie”: por ejemplo, los números que conforman las matemáticas, las notas que conforman la música, o las letras que conforman el lenguaje.

 

Si todo esto les parece un rollo, esperen a que nos metamos en harina filosófica. Verán, los primeros pensadores griegos discutieron sobre cuál podría ser el componente primordial de toda la materia: para Tales era el agua, para Anaxímenes el aire, y para Heráclito el fuego. El filósofo Empédocles cortó por lo sano, y decidió que todos ellos eran los principios básicos, a los que sumó un cuarto, la tierra. El nombre que les dio fue rhizoma, “raíces”, a partir de los cuales crecían y se desarrollaban todas las demás sustancias y organismos. Aristóteles integró en su pensamiento esta teoría de los cuatro componentes o esencias básicas (a los que añadió una quinta, el éter, que sería la más pura e intangible, y en última instancia origen de todas las demás), pero sustituyó rhizoma por el ya visto stoicheion. También Euclides empleó la misma denominación en su tratado sobre los principios básicos de la geometría. Cuando todas estas obras fueron traducidas al latín, el nombre que se escogió como equivalente a stoicheion fue elementum > elemento.

 

Ustedes se preguntarán: ¿tanta verborrea sobre una raíz que no tiene ninguna relación con la palabra de la que trata el artículo? El caso es que la explicación es bastante elemental: como nadie tiene ninguna certeza sobre la etimología de elemento, vamos a intentar descubrirla a partir del origen y evolución de la palabra griega equivalente. Como ya hemos dicho, el stoicheion designaba el elemento básico de una serie, pero antes de Aristóteles había dos series a las que los pensadores prestaban mucha atención: los sonidos musicales y los sonidos vocales, que por muchas combinaciones que permitan, en última instancia forman una lista muy reducida. Así como los pitagóricos pugnaron por desentrañar los fundamentos matemáticos de la música, los primeros gramáticos trataron de clasificar los sonidos básicos de su respectiva lengua. Una vez aislado cada sonido, pudo ser fijado en el cerebro para aprender a pronunciarlo correctamente, y luego trasladado a la escritura en forma de letra: había nacido el alfabeto fonético, mucho más fácil de aprender que los alfabetos silábicos e ideográficos anteriores. De este modo, aparte de “componente básico”, stoicheion se empezó a utilizar como sinónimo de “letra del alfabeto”; y stoicheia, aparte de significar “serie de componentes”, pasó a equivaler a “alfabeto”. Es en este punto cuando entra en escena el elementum.

 

Aprender el alfabeto no era propio de analfabetos, es decir, los que no sabían leer ni escribir, y por tanto no tenían necesidad de recitarlo de memoria. Pero los aprendices de escriba se veían obligados a realizar infinidad de ejercicios, copiando una y otra vez las letras sobre tablillas de madera o arcilla. Ahora bien, no escribían las letras como les apetecía, sino siguiendo un orden que ha permanecido casi inmutable desde que los fenicios idearan el alfabeto. Y como la lista de letras es larga, se han conservado muchas tablillas en diversas lenguas que muestran que se escribía en dos líneas: la primera va de la A a la K, mientras que la segunda va de la L hasta el final. Y es aquí donde florecen las elucubraciones, y surge la teoría de que, como el alfabeto se aprendía en dos series, al final se consideró que no había uno sino dos alfabetos, cuyo nombre derivó de las primeras letras de la serie: como la primera serie comenzaba por A, B, G (cuyo sonido y forma pasó en latín a C), se llamó AbeCedarium > abecedario; mientras que la segunda, que comenzaba con las letras L, M, N, se llamó eLeMeNtarium > elementario. Y cuando volvió a considerarse el alfabeto como una unidad, no se le denominó a partir de la primera serie, como hacemos ahora, sino de la segunda; por el contrario, las letras nunca se denominaron abecedum, sino elementum. Y fue así como elementa (plural de elementum), la serie alfabética, pasó a denominar toda serie de componentes básicos, y por eso fue escogida para traducir stoicheia; mientras que el elementum, la letra, se convirtió en la partícula fundamental, el abecé de todas las cosas, el stoicheion.

 

Aunque encierra una cierta lógica, y no es fruto de ningún charlatán sino de especialistas serios, la verdad es que a mi parecer esta teoría suena a etimología popular. Es cierto que elementum significó “letra”, y elementa “alfabeto”, y elementarius “relativo a las letras, al alfabeto” (de donde deriva estudios elementales: aprender los elementos, es decir, a leer y escribir las letras), pero está por ver si ocurrió antes o después de que se les considerara sinónimos de stoicheia y stoicheion. Por muchas tablillas de ejercicios donde figure separado en dos renglones, no existe ninguna evidencia de que el alfabeto no se considerara una sola unidad, ni de que a la segunda serie se le llamara elementarium. Ni se explica por qué en ninguna otra lengua que use un alfabeto derivado del fenicio se ha hallado ninguna palabra que juegue también con las letras L, M, N (por ejemplo, si en griego existe alpha-bet, ¿por qué no existe lambda-my?). Se me antoja una explicación forzada para hacer encajar las piezas, que en todo caso es indemostrable. Es posible que elementum proceda de la elisión de algún verbo, como es el caso de momentum < movimentum < movere, o frumentum < frugimentum < frugire. Tal vez fuese el verbo eligere “elegir, escoger”, cuyo participio es electus, pero en ese caso la derivación lógica sería eligimentum > elimentum; aparte que no vemos ninguna relación semántica con “componente básico de una serie”. O podría proceder de elevare “elevar, alzar” > elevamentum, que muy figuradamente podríamos relacionar con “componente del que se eleva o desarrolla la materia”; pero aquí nos encontramos con la seria objeción de que los verbos de la primera conjugación siempre conservan la -a- en los compuestos y derivados, y no podría elidirse a ele(va)mentum. Incluso hay quien apunta a que podría ser una aliteración del ya visto alimentum > alementum > olementum > oelementum > elementum, y significaría que los elementos serían el alimento que nutre y hace crecer toda la materia; pero resulta una transformación muy brutal y sin parangón. En suma, estamos dando palos de ciego, y quizá la explicación más lógica (y fácil) sea la que hace derivar elementum de algún préstamo desconocido de otra lengua, por ejemplo el etrusco.

Así que ya ven: hemos derrochado decenas de polísticos, “muchos renglones”, así como todas las letras del abecedarium y del elementarium, para concluir que seguimos tan confusos como al principio. Ni siquiera hemos avanzado según una línea ordenada, sino que hemos desertado de la formación en varias ocasiones para plantar nuestros vestigios allá donde nos daba la gana. Los elementos no son un tema elemental, y lo hemos complicado más de lo que ya estaba.

 

Durante las últimas semanas ha estado usted atormentando al objeto de su amor o de su deseo, mientras le explicaba el origen de cualesquiera palabras que salían en la conversación. Ha sido usted la antorcha que iluminaba el tortuoso sendero hacia el conocimiento científico y bíblico; pero también se ha mostrado excesivamente torticero, retorciendo los significados hasta distorsionarlos por completo. Ahora el objeto de su amor se ha hartado y usted se estruja los sesos, pensando cómo ha podido torcerse lo que iba tan bien encaminado. No puede dormir, el pesar le provoca violentos retortijones y se pregunta si acaso le ha mirado un tuerto.

No se torture más. Con este texto le garantizamos que obtendrá un nuevo entorchado en su larga lista de éxitos, y que recibirá una aclamación ruidosa digna de la torcida brasileña.

El verbo torcer viene del latín torquere, que significa propiamente «girar, dar la vuelta». Deriva de la raíz tark- o tork-, que se piensa que puede ser una modificación de otra raíz más antigua, tar-, que significa «mover», y de la que hablaremos en su momento. Así pues, torcerse no es más que moverse en giros, desviándose de la dirección originaria.

Del torquere original el castellano ha heredado muy pocas palabras. La más famosa es la torques, un collarín de oro o bronce terminado en extremos redondeados y que se abría en la garganta. Se supone que fue un invento de los celtas, o al menos fueron estos los que la popularizaron. Durante el saqueo de Roma por los galos en el 390 a.C., algunos romanos simpatizaron con la bravura y nobleza de los antepasados de Asterix, y adoptaron su gargantilla: por eso ganaron el sobrenombre de Torcuatos. Y un tipo de paloma (en latín era masculino, palomo) que lleva una mancha en el cuello a modo de collarín fue denominada torquatus > torquatu > torcuace > torcaz.

En puridad, de torquere habría derivado torguer, troguer o troyer. Torcer viene probablemente de tortiare < torctiare, derivado de tortus < torctus < torcitus, participio de ese verbo. Recordemos que, en latín antiguo, la letra «c» se pronunciaba como «k», y que sólo siglos después derivó hacia el sonido «ch», y de ahí al «zeta» actual.

Ya estamos en torctus, a través de un camino tal vez tortuoso (es decir, con muchas vueltas, giros y rodeos; lleno de torceduras, en suma). ¿Le tortura saber a dónde le va a llevar? Hace bien, porque esa palabra, tortura, deriva de torctura, y significa literalmente  «torcedura»: es decir, el acto de torcer o retorcer. Y dicha torcedura se efectuaba en el potro de tortura, el aparato donde se amarraban con fuerza los brazos y piernas del reo para estirarlos, descoyuntarlos, retorcerlos. ¿Qué tormento, verdad? No es de extrañar, ya que el tormento deriva de torcmentum, y se refiere a ese instrumento de retorcimiento ideado por una mente retorcida, el potro de tortura. El tormento era el medio material, la tortura era la consecuencia de utilizarlo. Ahora ambas palabras significan cualquier medio de infligir dolor físico, sea retorcer o desollar, y por extensión el dolor del corazón o de la mente. ¿Nunca le han dicho que no se torture por las malas experiencias? Quiere decir que no retuerza una y otra vez los recuerdos en su cerebro, sino que déjelos fluir en dirección hacia el olvido.

Y ya puestos, ¿qué es una tormenta? No tiene nada que ver con Thor, el dios escandinavo cuyo martillo al chocar contra las nubes desata los truenos, cuyos chispazos son los relámpagos. Lisa y llanamente, es el plural de torcmentum. No está claro si se refiere a las nubes que giran rápidamente sobre el mar y se retuercen alrededor de las montañas, hasta que forman una masa irregular y compacta que cae con furia sobre la tierra; una tormenta, entonces, no sería más que la forma tradicional de llamar a los huracanes. O tal vez se refiera a que las tormentas lanzan rayos y agua con gran furia, como si fuese el antiguo instrumento de guerra llamado tormento, un antepasado de la catapulta que disparaba proyectiles a base de girar a toda velocidad.

Vuelta atrás de nuevo hacia torctus. Qué torticero es el autor, ¿verdad? Esa palabra designa a alguien injusto (es decir, torcido del camino recto), con intenciones tortuosas (o sea, torcidas, desviadas), o que aplica mal la razón, torciendo los argumentos para extraer falsas deducciones o contrapone a su interlocutor los mismos argumentos usados contra él. Procede de tortitia, concepto abstracto nacido de torctus(como iustitia, «justicia», viene de iustus, «justo»), para designar la cualidad de los torcidos o, como diríamos ahora, retorcidos. Y es que lo torcido siempre ha tenido mala fama, como bien saben los tuertos (< torctus), originariamente los de mirada torcta, torcida, bizca.

Si vamos al femenino de torctus nos sale torcta, de la cual parece derivarse torta, y su diminutivo tortilla. Se haría referencia a que la masa se retuerce y voltea hasta aplanarla y redondearla. Pero es una explicación un tanto rebuscada, y otros prefieren derivarla de tracta, «masa manejada, amasada».

¿Y saben qué es una tortillera? Pues una torcida, una desviada. Esa palabra deriva de tortiliare, «torcer», verbo creado a partir de tortilis, «torcido», otro derivado de torctus. En castellano, ese verbo dio en tortijar, y aún mejor, retortijar, de donde vienen los famosos retortijones, «retorcimientos extremos». Así que ya saben que, ateniéndonos a la etimología, quienes sufren los mayores retortijones por su mal comportamiento son las tortilleras.

En latín antiguo, la «t» después de consonante acostumbra a convertirse en ch > sh > s. Es un fenómeno que se da en multitud de participios, y en este caso concreto torctus derivó también a torsus. A partir de aquí tenemos el sustantivo torsión, «torcimiento», con sus derivados contorsión, «torcerse uno mismo, torcerse con gran fuerza», distorsión, «torcerse de manera equivocada; deformarse», y extorsión, «retorcer en exceso, con gran fuerza y sin justicia > usurpar mediante la violencia y amenaza». También existe torso, «tronco del cuerpo humano; estatua sin cabeza, brazos y piernas»: sin embargo, no se ve gran relación entre esta palabra y el hecho de torcerse, así que se supone que deriva más bien de tursus, «erguido, erecto, de pie».

Por último, de torquere nació el tórculo, un mecanismo para prensar uvas o aceitunas a base de retorcer una especie de tornillo. Es posible que esa palabra sea la matriz, o incluso un diminutivo, de nuestra familiar tuerca (< ¿torca?). A partir de ella se creó el verbo torculare, con el aumentativo extorculare, «prensar en exceso, exprimir», que en castellano derivó a extorclare > extorglare > extrollar > estrullar > estrujar.

Es posible que muchos de ustedes, mientras contemplaban el atardecer tras un picnic en compañía del efebo o doncella al que deseaban beneficiarse, le hayan susurrado ante la salida de Venus por el occidente: «Ya sabrás que los antiguos pensaban que la Tierra era plana, y por eso decían que era un Planeta, es decir, un plano pequeño, porque era más pequeño que el Sol. Como banqueta, jijijijiji».

Esperemos que nunca hayan dicho semejante cosa, porque habrán quedado como un necio pedante, que es lo peor que se puede imaginar. Si pedantean, que me parece bien como herramienta de prejodienda, al menos háganlo con propiedad. Veamos los fallos de esa explicación:

– En primer lugar, el diminutivo en -eta, -ita no es propio del latín (donde se decía -ula, -cula), sino de las lenguas románicas derivadas de ella. En especial, es propio del francés y del catalán, de donde pasó al castellano (luchando contra los más autóctonos -illa o -ina).

– En segundo lugar, los antiguos sabían que Venus era un planeta, pero no así la Tierra, con la que no tenía ninguna relación para ellos. Hubieron de llegar Copérnico y Galileo para que ambos objetos tuvieran la misma categoría celeste.

– En tercer lugar, la creencia de que la Tierra era plana estaba bastante devaluada para los grecorromanos cultos que se molestaban en hablar de Astronomía. Sabían que la Tierra era esférica, pero la situaban en el centro del Universo, alrededor del cual giraban el Sol, la Luna y los planetas.

– Y en cuarto lugar, planeta no es un diminutivo del latín planus (entonces sería planulus), sino que deriva del griego planetes, que significa «errante». Los antiguos, al mirar el cielo, se encontraban con estrellas fijas en el cielo, que formaban constelaciones inmutables, y otras cinco (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno) que variaban de posición a lo largo de los días y meses. Así que se las llamo estrellas moviles, estrellas errantes, y debido a su gran luminosidad y voluntad propia de cambiar de posición ascendieron al rango de dioses. También se dieron cuenta de que estas estrellas móviles se desplazaban mes tras mes a lo largo de una serie de constelaciones, las mismas que hoy conocemos como las 12 del Zodiaco.

Espero que les haya quedado clara esta explicación. Así que carraspeen, digan a su pareja que la etimología que le dieron antes es la que creen los incultos, y ahora cojan su mano mientras le dicen la verdad con gran aplomo y seguros de sí mismos.

Por increíble que les parezca, el lugar más apropiado de todo el mundo para que se encienda y manifieste el deseo hacia otra persona se encuentra cerca de Avilés, durante una noche estrellada a la vista de la planta siderúrgica de Ensidesa. Las zonas industriales del Ruhr en Alemania, o de Silesia en Polonia, también cuentan. Busquen un escenario parecido lo más cerca de su casa, y olvídense de campos de margaritas y de bares donde bailar lambada. Sean originales, es decir, vuelvan a los orígenes.

Cuando su acompañante empiece a poner malos ojos y aún peor nariz ante el ambiente con el que usted pretende obsequiarle, dígale que se acueste y contemple el cielo. Antes habrá averiguado su signo zodiacal y habrá elegido la fecha exacta para divisarlo con claridad. A través de la neblina sulfurosa de la fábrica podrá indicarle el triángulo ridículo de Aries, el cuasi-invisible Cáncer o el majestuoso Escorpión (la única constelación que merece su nombre, salvo el Triángulo y la Cruz del Sur), según proceda. Entonces mire a los ojos de su acompañante y dígale: Las estrellas te dicen lo que siento por ti.

Antes de que la carcajada de su partenaire se prolongue irremediablemente, explíquele que estrella, en latín, se decía originariamente sidus, derivado de sidors, emparentado con el griego aster «astro». Su plural es sidera «estrellas, constelación», que con el tiempo se acortó en sdera > stera, diminutivo sterella, y de ahí strella > stella. ¿Tiene clara la etimología hasta aquí? ¿Su mente sigue en la tierra o vuela en las distancias siderales?

Vuelva a sidera, y dígale que los antiguos creían, como ahora, en la gran influencia de las estrellas sobre las personas. Y antes de que la conversación degenere en la astrología, explíquele que los latinos crearon un verbo, siderare, que significaba «mirar fijamente a las estrellas», tanto por el atractivo que ejercía su fulgor, como para intentar leer los designios de los hados en ellas. Y dígale que cuando usted observa sus hermosos ojos los está considerando, mirándolos tan fijamente como se mira a una brillante estrella.

Ahora su acompañante debería estar considerando sus palabras, es decir, escuchándolas atentamente. Háblele brevemente de la preposición latina de-, que da a las palabras el significado de terminación, reforzamiento o separación. Y de cómo los latinos idearon un nuevo verbo, desiderare, para expresar, o bien que se miraba con gran fuerza algo que llamaba poderosamente la atención (primero las estrellas, después cualquier cosa), o bien que la mirada se apartaba de las estrellas porque no veía augurios en ellas, y luego las echaba ardientemente de menos y debía mirarlas otra vez.

En ese momento, como habrá imaginado, es cuando podrá decirle que desiderare > desedirare > desejrare > desejar > desear.

Una vez que su acompañante haya decidido pasar del estado de deseado al de considerado, es posible que la nube tóxica de la fábrica venga a acompañar el pitillo postcoital. Es entonces cuando debe decirle que los antiguos, antes de aprender los rudimentos de la minería, el único modo que tenían de obtener mineral de hierro era sacándolo de los meteoritos, «piedritas del cielo». Así que los latinos llamaban también al hierro sidereus, «de las estrellas». Y una planta siderúrgica, como su nombre indica, no es más que una fábrica donde se trabaja (urgia) el hierro.