¡El pene sólo sirve para mear!, dijo una vez, airado y tajante, alguien que jamás lo había empleado para ningún otro propósito. Quizá por ese motivo el orador había olvidado los usos anexos que tal órgano tiene desde que un bebé lo descubre, pero en todo caso deseaba que su audiencia los olvidara. Para lograrlo fue por lo que empleó esa palabra y no el eufemismo “miembro viril”, que en un entorno coloquial puede provocar más risa que un término vulgar o incluso soez. El pene carece de la fuerza expresiva de la polla, y de la fantasía de un falo erecto y tieso; es una palabra lánguida incluso cuando quiere significar potencia. El falo sólo sirve para una tarea, pero el pene es multifuncional, por lo que ha menguado a una cosa blanda y difusa, sin propósito definido ni tamaño específico, que pende flácidamente de nuestra imaginación hasta que apenas sirve, en efecto, más que para orinar o decorar esculturas aniñadas. Estamos rodeados de símbolos fálicos pero no pénicos, de falócratas pero no de penipotenciarios. Desaparecido del vocabulario durante siglos, el pene renació como un cultismo científico y sólo se utiliza en un ámbito neutro, como la medicina, los remedios contra la insatisfacción sexual, o la definición léxica. Uno de los detalles en los que se manifiesta que alguien domina una lengua es que sabe cambiar de registro según el contexto, y conoce los sinónimos adecuados para hablar de manera erudita, vulgar u obscena; de ahí que resulte chocante que, en el fragor de un abrazo amoroso, una novia extranjera te diga con ánimo de halago “me gusta tu pene”. Es una pena que el pene ya no penetre en nuestra mente con la misma intensidad que antiguamente, de modo que vamos a intentar restablecer su pujanza con ayuda una vez más de la etimología.

 

La palabra pene deriva del latín penis, cuyo significado original consideraban los romanos que era “rabo”, y que servía como nombre genérico que englobaba los dos que poseen los animales machos, con preferencia por el posterior, en especial a propósito de los bueyes y caballos. Al aplicarse al macho humano, que sólo posee uno, habría sido cuando ese nombre se redujo al rabo delantero de humanos y animales, mientras que para el trasero de éstos se acabó eligiendo el término cauda, “cola”. De ahí que cuando hablemos de penitis, “inflamación del pene”, o de penectomía, “amputación del pene”, nos refiramos hoy día a aquello en lo que están todos ustedes pensando, y no a cortar las orejas y el rabo del toro tras una faena de antología. Por no hablar del penilingus, que puede considerarse el tratamiento que se practica a un pene que, por su estado, aún no merece una felación. Los hombres piensan en el pene y también con él, una metáfora que se hizo realidad cuando se diseccionó la primera cabeza y se descubrió que tenían un pene en el cerebro: el llamado tercer ojo, glándula pineal o, técnicamente, epífisis, que en muchas culturas se considera la sede del alma. Pero también lo tienen las mujeres en su mente, así como entre las piernas, como bien sabían los antiguos, que hablaban del penis muliebris, el pene femenino, muchos siglos antes de que naciera el término clítoris y se descubriera que no es sino un pene atrofiado. Sin embargo, el concepto originario sobrevivió en una serie de términos que no se prestan tan fácilmente a esos chascarrillos penianos. Por ejemplo, la cola de los mamíferos suele terminar en una mata de pelo, y les sirve para mantener el equilibrio o para azotarse a fin de espantar las moscas y moscones. Las moscas siempre vuelven, como el polvo y los parásitos, de modo que el rabo trasero de un toro era idóneo para barrer la suciedad del suelo, así como el delantero servía para confeccionar un recio y doloroso látigo. De manera que de penis surgió el diminutivo peniculus, con el significado de “colita”, o más bien, “cepillo, escobilla”, y que por supuesto también servía como juego de palabras con “micropene”. A su vez, esta palabra produjo su propio diminutivo, penicillum, “brocha”, que en puridad no es sino una escobilla que sirve para decorar con primor las paredes y luego los lienzos, y que por tal razón solía elaborarse a partir de suaves crines en vez de burda pelambrera de rabo. El penicillum se corrompió en el latín vulgar como penicellum, que derivó en el francés peincel > pincel, del cual provienen el homónimo español y el inglés pencil. Pero el término original fue rescatado por la ciencia para denominar un hongo con un largo filamento piloso: el penicillium notatum, del cual se consigue la penicilina, que ya ven que etimológicamente significa “extracto de pene”.

Puesto que, como es obvio, los rabos delantero y trasero tienen diferente utilidad, el concepto semántico que indujo a agruparlos bajo una misma palabra debió de ser que ambos son apéndices más o menos alargados, que penden de un lado u otro de las ingles. Por esa razón los latinos consideraban que penis era una variante de un supuesto pennix < pendix, “apéndice”, derivado del verbo pender. Por cierto, de ninguna de estas tres palabras procede pendejo, y tampoco hace referencia al pene como se suele creer, sino al vello que lo rodea. Pero hoy pensamos que estaban equivocados, ya que, por comparación con términos equivalentes en otras lenguas indoeuropeas, se ha llegado a la conclusión de que seguramente proviene de una forma más arcaica, pesnis. En latín, los grupos consonánticos -sn- y -sm- experimentan un fenómeno semejante al que sucede en la mitad sur de España: el sonido [s] se aspira convirtiéndose en [h], y después desaparece o se funde con la consonante nasal, según que la vocal precedente sea larga o corta. De manera que la secuencia fonética reconstruida sería pesnis > pehnis > penis, a partir de una supuesta raíz pes- cuyo significado sería, como es obvio, “miembro viril”, más allá del cual no se ha podido remontar con seguridad. No obstante, les voy a presentar unas cuantas teorías que, si bien no están de ningún modo confirmadas, al menos nos harán reflexionar y entretenernos un rato.

 

El equivalente griego de pesnis no es el falo, que hace referencia al pene enhiesto y poderoso, sino el vacilante peos, que se presume derivado de pehos < pesos. De él proceden una serie de neologismos que seguramente no han oído en su vida, pero que les invito a memorizar: peotomía, que es una variante de penectomía, “amputación del pene”; peodeictofilia, cuya definición técnica es “afición por mostrar el pene a extraños”, sea para provocarles sorpresa, miedo o risa, lo que se conoce por exhibicionismo; o la peotilomanía, que no es más que la costumbre de tocarse los huevos, o dicho de manera científica, “tic nervioso que consiste en tocarse el pene constantemente, pero sin intención de masturbarse”. Así que ya ven que, cuando sus amistades les reprendan por decir vete al peo como vulgarismo grosero de “vete al pedo, vete a la mierda”, pueden replicar que están empleando un sinónimo erudito de “vete al carajo”. Además del pene, los griegos fijaron sus ojos en el prepucio, que según ellos estaba dividido en dos partes: posthe, la piel que recubre el tronco del pene, y akroposthion, “extremo del posthe”, que es la parte final que sobresale del glande. Por metonomia, posthe (y su derivado posthion) pasó también a designar el prepucio entero, luego el pene, y también se utilizó como apelativo de los jóvenes en tanto que poseedores de prepucio y pene. En la actualidad, posto- se ha recuperado como un cultismo médico que designa de nuevo el prepucio, pero ahora reducido al colgajo tubular que sobresale en el extremo, es decir, el antiguo akroposthion: así, tenemos los neologismos postectomía, “corte del prepucio”, que no es sino la circuncisión o la operación de fimosis, postitis, “inflamación del prepucio”, y apostia, “falta congénita de prepucio”. A su vez, prepucio viene del latín praeputium, cuyo origen no está claro. Para unos sería un compuesto de la preposición latina prae “delante de” y del griego posthion con el sentido de “pene”, deformado en praepottium > praeputium por influjo de putus, “muchacho”, palabra que ya vimos al hablar de las putas; de manera que el prepucio sería lo que está delante del pene, es decir, el akroposthion griego. Sin embargo, otros derivan putium del verbo putare, “pensar”, pero cuyo significado original era “cortar, limpiar”; así que praeputium significaría “antes de la limpieza [del pene]”, tanto ritual como médica, que era lo que se pretendía al cortar el prepucio. Mientras que otros, finalmente, derivan putium de otra raíz indoeuropea paut-, que significa “pene”, pero también “vulva” y “ano”.

 

Fíjense en esta última frase porque es muy interesante. El caso es que en muchas lenguas indoeuropeas encontramos un gran número de palabras procedentes de raíces con cierta semejanza (paut-, pausd-, peisd-, posd-, incluso la raíz pes- de la que deriva penis…), que no sólo se refieren al pene, sino también al aparato genital femenino e incluso al excretor unisex. Esto ha inducido a algunos a conjeturar que quizá todas estas raíces deriven de la onomatopeya ps-, que simbolizaría el sonido de un líquido al precipitarse desde una fuente o al fluir por un río rápido. Huelga decir que, en el caso concreto de la anatomía humana y animal, dicho sonido sería el producido por la orina o las heces en estado de pastosa licuefacción. Y de ser cierta esta teoría, el pene estaría relacionado con pissiare, un verbo reconstruido del latín vulgar que se supone antecesor del francés pisser, el inglés to piss y el italiano pisciare, todos los cuales significan “orinar, mear”. Por el contrario, parece que en castellano el verbo que debería haber derivado de esa raíz (pissar) no fructificó por considerarse obsceno y demasiado explícito, y se sustituyó por el más disimulado hacer pis. Pero se conservó la pissa, el instrumento que sirve para tal fin, que en algunas regiones evolucionó a pixa > pija, y en otras a pisha > picha. Así que ya ven que quizá el severo orador del que hablábamos al comienzo era un profundo conocedor de los arcanos de la etimología, y tenía razón en que el pene, al menos en sus orígenes, sólo sirve para mear. Y abundando en esta teoría, también se cree que de la mencionada onomatopeya ps-, ahora con el significado de agua que fluye por un río, habría derivado la raíz peisk- “pez”, de la cual proceden el latín pisce y el inglés fish; pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

 

El plural de penis es penes, que en la falocracia romana, cuya sociedad se basaba en el poder omnímodo del pater familias, también funcionaba como preposición con el sentido paternalista y aun machista de “en poder de, en manos de, perteneciente a”. Pero en realidad estamos ante una confusión de palabras homónimas, puesto que este penes no procedía de los penes, sino de los padres, a través de una raíz pa- o pe- que significaría “proteger, dominar”, y también “alimentar, sostener”. Los padres acogían en su casa a sus hijos, esposa y nueras, a fin de darles protección y sustento, al tiempo que afianzar su dominio sobre ellos. De ahí que naciera el sustantivo penus con el sentido de “víveres, provisiones”, que como solían guardarse en una despensa situada en un lugar recóndito de la vivienda, pasó a adquirir el sentido de “interior de la casa”, y por extensión, el hogar e incluso la patria, y todos cuantos en ella moraban. Así, la protección y bienestar del hogar y la familia, incluido el pater familias, se encomendaba a los Penates, los dioses del penus, a quienes se consagraba un santuario situado en la parte más profunda de éste. De igual manera, de penus nació también el adverbio penitus, “muy adentro, profundamente”. En latín, los adverbios de lugar suelen diferenciar entre el sufijo -itus, que da un sentido estático, y -tro o -tra, que indica movimiento: por ejemplo, junto a intus, “en el interior”, tenemos intro, “al interior”, del cual nació intrare “entrar, ir o llevar al interior”; y del mismo modo, junto a penitus, “en lo profundo”, habría existido un supuesto penitro o penitra “hasta lo profundo”, que habría dado lugar a penitrare o penetrare > penetrar, “internarse profundamente”. En un principio, penetrar hacía referencia a llegar al interior de un espacio o a través de cualquier entrada, por muy ancha que ésta fuese. Pero al llegar a las profundidades de la tierra o de un cuerpo la materia es más densa, las paredes se comprimen, y el objeto penetrante necesita una forma afilada y un gran impulso para seguir avanzando: de ahí que el significado se ampliara a introducirse por un conducto estrecho e incluso microscópico, como los poros de un tejido o piel. Sentimos cómo penetra el calor en nuestra piel, y en nuestra mente el deseo de sentir la penetración hasta que llegue al penetralis, “lo íntimo, profundo”, de donde vienen los penetrales, la parte más recóndita de una casa, y por extensión, del corazón o de otro rincón del cuerpo, y luego de cualquier cosa. Y en última instancia ambas pieles en contacto podrán compenetrarse, porque aunque una no penetre en la otra sí lo harán el sudor y demás fluidos, que fluirán por los poros hasta influirse mutuamente, y poder adoptar así la misma postura.

 

Así que ya ven que el pene es ese apéndice que pende para mear, y que cuando alcanza cierto estado también sirve para penetrar. Hay penes que apenas pueden funcionar sino de manera penosa, y que sufren la penitencia de pasar penuria; pero esa es también otra historia, y será asímismo contada en otra ocasion.

 

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El alma es, sin lugar a dudas, uno de los conceptos más defenestrados en la actualidad. Omnipresente durante milenios en todas las culturas por su íntima conexión con la religión, desde el momento en que ésta cayó de su pedestal el alma corrió igual suerte. “Cosas de curas”, se dice con desdén, incluso por parte de muchos de los que creen en algún tipo de Dios, pero difusamente en la vida de ultratumba, y de ningún modo en una réplica albina a escala diminuta, que se ennegrece cual pulmón de fumador a causa de los vicios y pecados, y que en el último momento sale revoloteando hacia las alturas. Los hombres han perdido su alma, y aún no está claro si los perros la han encontrado. En los últimos tiempos ha experimentado una resurrección, pero se ve como síntoma de infantilismo o demencia, propio de la pseudoespiritualidad New Age, el neopaganismo, sectas que adoran a Satán o al anticiclón de las Azores, creyentes en semidioses extraterrestres, y místicos de todo pelaje. Sin embargo, como la etimología les demostrará, sepan todos ustedes que aun los desalmados tienen alma, así como sus mascotas y cachorrillos, aunque no tengan el ánimo de reconocerlo.

 

La palabra alma es una aliteración de arma, a la andaluza manera, la cual es una disimilación de anma, contracción a su vez de la voz latina anima (mediante un proceso semejante a hominem > homne > homre > hombre). El origen de esta última se encuentra en la raíz indoeuropea an- o ane-, que significa “soplar, aire”, nacida probablemente como onomatopeya de la respiración fuerte y dificultosa, como es el caso de los asmáticos o moribundos. En aquellos tiempos remotos, cuando aún no existía el electroencefalograma, y se desconocía el funcionamiento y propósito del corazón, la prueba más evidente que separaba a los vivos de los muertos era que aquéllos se pasaban el rato suspirando por una nueva bocanada de aire. El hombre o animal con el cuerpo atravesado por una estaca, por mucho que se desangrara o perdiera la consciencia, aún seguía con vida en tanto respirase, y era al dejar de hacerlo cuando podía darse por muerto. La respiración se vio por tanto como el principio básico e indispensable para la vida, la fuerza elemental que sustenta, es decir, alimenta los cuerpos, y por ello debe retroalimentarse sin cesar en una sucesión ininterrumpida de jadeos. Pero en el acto de respirar, la inspiración ha sido siempre menos perceptible que la espiración, y de ahí que anima, el alma, significase originariamente “soplo”. Jehová sopla en la boca fangosa de Adán, y de este modo le insufla la vida, el aliento vital que recorre todo su cuerpo y lo mantiene en movimiento, hasta que un aciago día lo abandona sin más despedida que un último suspiro.

 

Si el anima es el soplo que permite la vida, es obvio que todos los seres que soplan, que respiran, poseen alma, incluido cualquier animal, como su propio nombre indica: animalis, el que respira, el que tiene anima; el que está vivo, en suma. Anima es una función fisiológica más, como producir plaquetas o segregar jugos gástricos, y por eso el hombre es un simple animal, por muy superior que se crea. A despecho de saber que comparte su misma naturaleza, o quizás por eso mismo, siempre ha querido distanciarse de ellos, considerándolos no sólo inferiores, sino dañinos o peligrosos, con los cuales sólo se puede tratar a palos o incluso a hachazos. Llamar a alguien ¡animal! es un insulto con el que expresamos el mayor de los desprecios hacia su comportamiento. Tal es el rechazo que profesamos a los animales, que su propio nombre nos pareció repugnante por cuanto revelaba que podían compartir nuestra misma anima, y siempre hemos buscado sinónimos para no pronunciarlo, o sin más lo hemos manoseado con guantes de hierro. Así, el conjunto de animalis era animalia, y con ese nombre pasó a las lenguas romances; pero en el Medievo se olvidó que era un plural, cambió a auimalia > alimalia, y de ahí al francés almaille, portugués alimária, y castellano alimania > alimaña, lengua en la que adquirió el sentido de bicho infecto y nocivo del cual no basta con defenderse, sino que hay que matar y erradicar de la faz de la tierra. A los animales se les ha negado el alma y a las alimañas la vida, y tanto unos como otros siguen suspirando porque les den un respiro. Quizá exhalen su último aliento en forma de dibujos animados, los cuales no respiran pero están vivos, o al menos se mueven como si lo estuvieran. Porque al ser lo más esencial para la vida, anima se convierte en sinónimo de ésta, y de ahí que animar sea dar, crear vida, como hace Frankenstein con su criatura; y que reanimar sea devolver la vida a los muertos, como el protagonista de Re-animator, y por extensión a los que están a punto de serlo, como los infartados, apopléjicos y comatosos. Los animales que aún respiran, salvo los que sirven de carne o juguete de compañía, puede que llegue un día en que caigan al suelo exánimes, de ex-animus “fuera del alma”, es decir, que han perdido el aliento y con él la vida, o se hallan tan debilitados que dan la apariencia de haberla perdido. Y sólo podrán habitar en museos bajo la piel de figuras inánimes < in-animus, “sin alma”, que llevan tanto tiempo privados de aliento y vida que nos producen la impresión de seres inanimados que nunca la han tenido.

 

Aunque nosotros hablemos del alma, considerada como una sola entidad para cada ser vivo, en las culturas antiguas se consideraba que el cuerpo humano albergaba dos o incluso tres tipos de sustancias o conceptos intangibles. En el caso de los griegos, ya desde los tiempos de Homero marcaban una distinción entre la psyche > psique, “soplo, aire”, el thymos > timo “olor, humor”, y el nous “conocimiento”. La psique era el principio esencial que sustentaba el cuerpo y lo mantenía vivo, el tenue suspiro que emparejaba al hombre con los animales e incluso con los vegetales. El aire no huele a nada, es siempre el mismo en todas partes, una sombra difusa que fluye inerte por todo el cuerpo a merced de los instintos, y aun de las necesidades fisiológicas. La psique es una boca recién lavada con un dentífrico aséptico, reproducido en serie para llenar el mundo de fotocopias de besos con sabor a flúor. Por el contrario, el timo, el olor, es el aliento personal e intransferible, impregnado de los humores que fermentan en el interior de cada uno: sus deseos, odios, anhelos, angustias y temores, que lo empujan a la acción y lo diferencian del resto de sus semejantes. La psique da vida al cuerpo, pero el timo lo llena de vida. La psique es el principio pasivo, la esencia vital, mientras que el timo es el activo, la fuerza vital. En el timo residen los afectos y pasiones, es el coraje y el fervor que impulsa a los reyes a buscar la gloria en lejanas tierras, a los guerreros a matar y saquear, a los poetas a desangrar la vida en versos, a los artistas a morir por la belleza, a los amantes a huir del marido y la sociedad, a los ricos a seguir enriqueciéndose, a los derrotados a suicidarse… El timo no es tenue sino denso y caliente como la sangre, un fuego que quema en el pecho y en especial en el corazón. El aire inspirado, la psique, templa y enfría su ardor, de modo que acaba convirtiéndose en la voluntad y el carácter capaz de dominar las pasiones desmedidas. Y en ese proceso de refrigeración, el timo llega incluso a absorber las funciones del nous, que se nos había quedado colgado, y que era la sustancia encargada de la razón, el conocimiento, y el pensamiento: en suma, la inteligencia.

 

Trasladados estos conceptos a los textos latinos, la psique se traduce por anima, a la cual corresponde de manera literal, mientras que para timo se escoge el término animus, el ánimo. No está claro si ambas palabras son hermanas, o si una nació de la otra; o quizá anima llegó al latín directamente desde el indoeuropeo, mientras que animus vino como calco del griego anemos, el viento que sopla del mar o las montañas (y por extensión de una garganta animal o humana), y del cual procede anemómetro, “instrumento para medir la velocidad del viento”. Sea como sea, podemos observar que animus, el principio superior, la parte más noble del ser humano, es masculino, mientras que anima, el principio inferior, que iguala al hombre con los animales, es femenino. Es una dualidad semejante a la que existe en todos los cuerpos animados, porque tanto animus como anima se consideran partes indisolubles de un mismo principio y comparten la misma naturaleza, aunque tengan una jerarquía: el masculino controla al femenino, lo que responde a la mentalidad de la sociedad romana, donde toda mujer se hallaba siempre bajo la autoridad de un tutor varón, fuera éste su marido, padre o hermanos.

 

El ánimo, a semejanza del timo, es originariamente el asiento de las pasiones y los apetitos, sean positivos o negativos. De ahí vienen expresiones como refrenar los ánimos, que es lo mismo que “refrenar los arrebatos, la ira, las pasiones”; o a causa del ánimo, en latín animi causa, que no significa propiamente “por causa del ánimo” sino “por placer, por diversión”. Asímismo, derivan una serie de expresiones y vocablos que mezclan las acepciones de “coraje, valor”, “esfuerzo, energía”, como dar ánimos “infundir valor, infundir energía”, o su contrario perder el ánimo. Estas expresiones equivalen al verbo animar, el cual ya vimos como derivado de anima con el significado de “crear vida”, y a su opuesto desanimar, de los cuales procede a su vez el reflexivo animarse “tener valor, tener energía”. El que posee ánimo es un animoso < animosus, es decir, “valeroso, ardiente, enérgico”. Pero el valor y el ardor llevados al paroxismo pueden desembocar en la soberbia y la ira, que cuando se dirige contra alguien conduce a la hostilidad y la beligerancia; de ahí que la cualidad de animoso, animosidad, adquiera en el latín eclesiástico el sentido de “aversión, ojeriza”, de donde pasa al francés y de éste al castellano en el siglo XIX. Pero al igual que el timo, el ánimo también templa los ánimos, refrena sus instintos y se vuelve cauce de la voluntad y los deseos; de ahí expresiones como tener ánimos, “tener deseo o voluntad”; con ánimo de “con deseo o intención de hacer algo”; o tener en ánimo “estar decidido, estar resuelto, tener la intención de hacer algo”. Y de igual modo, llega un punto en que el ánimo absorbe las funciones del nous, la mente, y se confunde con la inteligencia. No sólo es el refugio de las pasiones, los sentimientos y la voluntad, sino también del pensamiento, la razón, el juicio y la memoria. Se convierte en el principio pensante, el alma racional, opuesto al anima, el principio vital, el alma irracional. Es todo aquello que permite al ser humano superar su condición animal y hacerse persona, de forma que no se limita a reaccionar de manera instintiva ante las pulsiones inmediatas, sino que puede analizar su comportamiento y su entorno, y fijarse un proyecto de vida a largo plazo. Este sentido global es el que encontramos en la palabra animadversión < animum adversio, “volver el ánimo, la voluntad, la mente hacia algo”, de donde “observar, fijarse, advertir”; pero no tardo en adquirir un matiz de censura y reprobación, y pasó a significar “castigar con severidad”, hasta que en el siglo XVII tomó el sentido de “ojeriza” por influencia de aversión y de la animosidad hostil; y también porque todos saben que si un profesor me censura y castiga, no es porque yo me porte mal, sino simple y llanamente porque me tiene manía.

 

Esta dicotomia entre animus y anima, razón y sinrazón, se difumina cuando se traducen los textos de nuevos filósofos griegos. En su afán por encontrar el término que mejor se adapte a sus propias ideas, empiezan a arrinconar al timo (que había pasado a significar “calor, ardor”) y buscan otro término que refleje la idea original de aire y respiración. El elegido es pneuma, que como todas los demás que estamos tratando aquí significa “soplo, viento, suspiro, aliento”, y cuya traducción literal al latín es spiritus > espíritu. El espíritu sopla donde quiere y tiende a sustituir a animus como alma que regula la sensibilidad y la inteligencia del hombre. Como si quisiera rellenar ese vacío, el anima, el alma vegetativa e irracional, amplía su significado y se utiliza muchas veces con el sentido de animus. Es el caso de una serie de derivados indistinguibles de uno u otro, como aequanimus > ecuánime, “de alma o ánimo igual, constante, inalterable, imparcial”; magnanimus > magnánimo, “de alma o ánimo grande, elevado”; unanimus > unánime, “que actúa con una única mente, voluntad, sentimiento”; o longanimus > longánime, “que posee largueza de alma o ánimo, generosidad, clemencia”.

 

Con el latín eclesiástico y la Escolástica medieval, la confusión entre anima y animus, alma y espíritu, es completa y definitiva. El motivo es de índole teológica. Ya hemos dicho que los griegos y latinos, como reflejo de una concepción común a todos los pueblos primitivos, consideraban ambos conceptos como contrapuestos y de diferente jerarquía, pero a la vez indisolubles y que compartían la misma naturaleza. En el momento de la muerte, el ánimo, el timo, el alma racional y sensitiva que proporcionaba la fuerza vital al cuerpo, desaparecía para siempre a la muerte de éste. Privado de él, el ánima, la psique, el alma irracional, salía del cuerpo en el último suspiro y pasaba a vegetar en el infierno como un fantasma sin conciencia ni sensaciones, sombra difusa de la persona que había habitado en la tierra. El Cristianismo suprimió esta diferencia: ya no existen dos almas, una irracional e inmortal, y la otra racional pero mortal; por el contrario, ambas se funden en una sola, inmortal y de la misma naturaleza que Dios, quien la infunde en el cuerpo de los hombres en el momento de su concepción, y al que regresa tras la muerte de éstos hasta la resurrección final. El alma sólo mantiene con la respiración un vínculo metafórico: es un préstamo que Dios concede en usufructo a los hombres, y por lo tanto éstos deben devolverla intacta, y no pueden disponer de ella como ni cuando les apetezca. No sólo el homicidio, sino el suicido está también prohibido, al igual que la eutanasia: como dice San Isidoro, “la vida puede seguir existiendo aunque falte el “ánimo”; y el “alma” subsiste aun careciendo de inteligencia”.

 

Anima pasará como “alma” al castellano, si bien mantendrá una diferencia por obra del latín eclesiástico: conservará la forma romance entre los vivos, y regresará al latín cuando se trate de difuntos, como las ánimas del purgatorio. Espíritu se convierte en mero sinónimo de alma, aunque mantendrá ciertas diferencias como eco de que en su origen era un concepto más elevado que ésta: esa es la razón de que digamos “pobre de espíritu”, pero no “pobre de alma”, o desalmado “sin conciencia, sin corazón”, en vez de desespiritualizado. En cuanto a animus, sepultado por el alma y el espíritu, no sobrevivirá en las lenguas romances. Algunas, como el español e italiano, lo recuperarán como cultismo, razón por la cual se dice ánimo y no almo. Y en el siglo XX resucitará por obra del psicoanálisis, que lo convierte en la parte racional y lógica del alma femenina, como oposición al anima, ahora reducida al lado afectivo, pasional e irracional del alma masculina. Dos mil años después, los animales aún no han recuperado su alma, pero hombres y mujeres siguen empeñados en separar la suya.

 

 

Los humanos, como todos los seres vivos, nacen, crecen, se reproducen y mueren, actividades que siempre se citan por orden cronológico, que no de importancia. La reproducción, es decir, la copia, ha sido siempre una de las ocupaciones a las que el hombre ha dedicado más tiempo y esfuerzo, incluso hoy día, aunque pensemos lo contrario en esta época trufada de estrés y anticonceptivos. Realizamos copias de nosotros en la cama, y de los objetos en la fábrica, la oficina o el ordenador doméstico. La naturaleza se copia a sí misma en forma de semillas, ovejas o tomates, y nosotros copiamos de ella merced a los clónicos y trangénicos. Son imprescindibles las copias cuando reclamas a la Administración, cuando pagas tus impuestos, cuando contratas la hipoteca o alquilas un triciclo; y necesarias para salvaguardar los poemas, mensajes o fotos poco recomendables que recibes con errática frecuencia de un ser querido. Aquello que carece de copia alcanza un valor incalculable y es insustituible, de cuya importancia sólo nos damos cuenta cuando perdemos el original y no tenemos nada para reemplazarlo; por ejemplo, la ubicua anécdota de que se nos estropea el disco duro del ordenador, y olvidamos con horror la última vez que realizamos una copia de seguridad. De modo que una preocupación primordial de los hombres ha sido siempre hallar el modo de realizar copias rápidamente. Gracias a los robots industriales, las regrabadoras de DVD y las fotocopiadoras, lo que antes se hacía a mano, de manera lenta y penosa pero a la vez con cariño e incluso vocación artística, ahora se realiza en serie con gran celeridad: millones de personas ganan su sustento fabricando copias de anillos, tornillos, ladrillos o cigarrillos, o vendiéndolas en negocios estables o improvisados en torno a una manta sobre la acera. Nuestra sociedad gira alrededor de la copia, con los beneficios económicos y los problemas legales que suscita; se ha convertido en una actividad esencial en nuestras vidas, por lo que es justo que dediquemos unas líneas a explicar su etimología.

 

De la antigua raíz indoeuropea op- “trabajar, producir, obtener” nacieron en latín un buen número de palabras: una de ellas fue opus obra, trabajo”, es decir, la acción de trabajar, de la cual hablaremos largo y tendido en algún año bisiesto; pero hoy nos concentraremos en ops, opis, (que no hay que confundir con el griego ops, opos, “ojo”, y por extensión, “rostro, semblante”, como en kyklos ops “ojo redondo” > cíclope), cuyo significado original era “recurso, producto, bien”, lo que viene a ser el resultado del trabajo que realizamos en el opus. Como ya sabrán, en tiempos antiguos el trabajo fundamental para ganarse, nunca mejor dicho, el pan estaba relacionado con la agricultura y sus labores anejas, tales como la siembra o recolección, de manera que ops concretó en un principio su significado en “fruto de la tierra”. Y fue con esta acepción con la que nuestra palabra adquirió rango divino encarnada en Opis, también llamada Rea y Cibeles, diosa de la tierra fértil en tanto que madre de todos los frutos, y a quien se adoraba para pedir abundancia de cosechas.

 

Sin embargo, cumpliendo el destino habitual de las palabras, no tardó en generalizarse fuera del ámbito agrícola, de suerte que opes, el plural de ops, pasó a significar “abundancia de recursos, riqueza de bienes”, e incluso “generosidad, largueza”. Porque una constante de todos los tiempos ha sido que los ricos u opulentos, es decir, los que poseen abundancia de recursos u opes como los flatulentos abundan en flatos y los purulentos en pus, son los más preocupados por mantener las apariencias ante sus súbditos y sobre todo sus iguales. De manera que la honra, la imagen que diríamos ahora, les exige hacer continua ostentación de su generosidad en un banquete opíparo < opi parere “proveer, producir, llevar”, que es lo mismo que decir “que lleva riquezas”, o sea, “bien provisto de viandas”, y de ahí el sentido moderno de “abundante, magnífico, espléndido”. Tal gargantuesca actividad, como es evidente, vaciaba por completo los tesoros de los potentados, pero a cambio les permitía conseguir apoyos en la guerra o los negocios, con lo que recuperaban las riquezas gastadas y podían reafirmar su estatus en un nuevo festín. Todas estas acepciones relacionan a nuestra palabra con la bondad tradicional. Y al igual que vimos que los bienes que atesora convierten al buen señor en alguien poderoso y fuerte, capaz de brindar ayuda y protección a sus fieles súbditos, ops adquiere en primer lugar el significado de “fuerza, poder”, y a partir de ahí el de “ayuda, auxilio, asistencia”; y éste es el significado de opitulación, una palabra que no les sonará de nada pero que pueden consultar en el diccionario, y que procede de Opitulus < opi tulere, “llevar la ayuda”, es decir, “el Auxiliador”, uno de los múltiples apelativos del dios Júpiter.

 

En esos festines de los que hemos hablado, y de los que hay extensa constancia en los poemas homéricos, los héroes reafirmaban su amistad intercambiándose regalos, que a su vez habían obtenido como obsequio de otros grandes personajes, o como despojo en sus incursiones predatorias. Y pasaban días enteros narrando y escuchando hazañas de cuando la guerra se libraba en forma de peleas individuales, antes de que la falange y la legión los uniformara a todos en un ejército anónimo. Como recuerdo de aquellas gestas individuales, los latinos instituyeron la tradición de los spolia opima, que eran las armas y demás efectos que un general romano arrancaba del cuerpo de un comandante enemigo al que había matado en combate singular, y que luego depositaba en el templo de Júpiter, no Opítulo, sino Feretrio. Debido a gran dificultad en obtenerlos, procuraban inmensa fama y prestigio al vencedor, y eran considerados los trofeos más preciados, los mejores, los óptimos. Pero no por ello hay que decir erróneamente spolia optima, ni confundir opimo con óptimo, como suele ser frecuente. Porque opimo, que no ópimo, es un adjetivo que significa “rico, abundante, fértil”, pero también “graso”, y que según algunos deriva de ops, aunque muchos otros no están de acuerdo y lo consideran de origen desconocido; tal vez un préstamo de otra lengua, cuyos antecedentes se remonten incluso a la misma raíz indoeuropea op- “trabajar, producir”, aunque por otras vías. Por lo que respecta a óptimo, aunque se utilice como superlativo de bueno con el sentido de “excelente, el mejor”, no es ése su significado original. La gran mayoría de expertos se inclina por considerarlo un superlativo derivado de la misma palabra ops, y significaría “el más rico, el más fuerte”, pero esa teoría presenta varias objeciones: ops no es un adjetivo, con lo que difícilmente podría producir un superlativo, y en caso de serlo, lo normal sería opissimus, o aun mejor, opulentissimus, que es el término habitual. De modo que cobra fuerza la posibilidad de que óptimo sea un arcaísmo o un préstamo de otra lengua, formado por el adverbio indoeuropeo op u opi (cuyos significados se han transmitido al latín ob “delante de”, y de ahí “en contra”, y sobre todo al griego epi “sobre, encima”), al que se añadió la desinencia arcaica -timus propia de algunos superlativos adverbiales. Con lo cual, el aútentico significado de óptimo sería “el que está en lo más alto”, tal como se puede ver en la expresión legal optimo jure cives, “ciudadano de más alto derecho”, o dicho en jerga leguleya, “ciudadano de pleno derecho”; o en otro más de los apelativos de Júpiter, Óptimo Máximo, que es lo mismo que “el más alto y el más grande de los dioses”; o también en los optimates, la aristocracia conservadora, que aunque se traduzca como “los mejores”, se refiere propiamente a “los de la clase más alta, los que están por encima de todos”. En resumidas cuentas, spolia opima significa literalmente “rico botín, ricos despojos”, expresiones que se siguen empleando en las crónicas militares y épicas, pero no por ello son óptimos en el sentido de los más elevados, aunque llegaran a convertirse en los más honorables.

 

Si ops es la abundancia de recursos, como hemos dicho, y también la fuerza y el auxilio, la negación de ops, es decir, la in-ops > inopia, es la falta absoluta de recursos, o sea, la miseria e indigencia del que carece de lo necesario para vivir. Esta es la acepción que tiene esta palabra en todas las lenguas romances, incluido el castellano de América, pero en España se contaminó en la expresión estar o vivir en la inopia, que como es obvio significaba “vivir en la extrema pobreza”. Pero una característica del indigente era que vivía al margen de la sociedad, aislado de todo contacto con el mundo civilizado, de forma que no se enteraba de lo que sucedía en éste. Y fue así cómo estar en la inopia perdió su significado original y pasó a equivaler a estar en Babia, es decir, tener la mente absorta en un lugar tan apartado que no se da cuenta de lo que sucede alrededor. El paso siguiente fue aislar inopia del resto de la frase y pasar a significar “ignorancia” o “ensimismamiento”, hasta el punto de que actualmente se puede dar por obsoleto su sentido inicial de “penuria”. Y es que a la pobreza siempre le sigue la ignorancia, como podemos comprobar hoy día por el número de alumnos en las escuelas del Tercer Mundo.

 

¿Y vive usted en tan completa inopia que se ha olvidado de hablar de la copia?, me preguntarán impacientes. Calma, que tras estos largos antecedentes llegamos por fin a nuestro destino. Les presento a cum > con, una preposición que ya conocerán de sobra con el significado de “unión, compañía”, y que unida a ops pasó a ser una intensificación de ésta. De manera que co-ops, la copia, significa literalmente “abundancia de recursos, gran cantidad de bienes”, es decir, lo mismo que opes, al que acabó por suplantar. Incluso la diosa Opis, la madre tierra, se vio relegada por Copia, la diosa de la abundancia y luego identificada con la Fortuna, que llevaba consigo un gran cuerno del que brotaba gran cantidad de frutos y flores: la cornu copiae > cornucopia, el Cuerno de la Abundancia, con el cual la cabra Amaltea alimentó a ¿adivinan quién?, pues al jovencito Júpiter, de quien no hay forma de despegarnos en esta historia. Y siguiendo con la suplantación, así como opes, plural de ops, significaba originariamente “recursos”, el plural de copia, copiae, pasa a la lengua militar como sinónimo de intendencia, es decir, los recursos en hombres, armas y demás pertrechos para la guerra. Pero copia también logró suplantar a ops: de igual forma que, como ya vimos, esta palabra acabó significando “fuerza, poder”, copia se desliza hacia el poder entendido como facultad o posibilidad de hacer u obtener algo. En el latín medieval nos la encontramos en frases en las que equivale a “licencia, permiso”, como en copiam de scribendi facere, “dar permiso para transcribir”, relativo a los legajos que podían ser reproducidos por los amanuenses en el monasterio. Se fijarán ustedes en que, si bien en aquella época aún no existían los derechos de autor, sí estaban muy presentes los de reproducción, sólo que entonces a cargo de la Iglesia y no la SGAE. De manera que copia pasó a significar “derecho de reproducción”, y sólo fue cuestión de tiempo que, por metonimia, concretara su acepción moderna de “transcripción” al copiar al dictado, “reproducción, imitación” o “ejemplar”.

 

Huelga decir que nadie emplea copia con su sentido original, si bien lo conserva el diccionario y por tanto pueden recurrir a él para epatar a sus amigotes. La impresión que causarán será óptima si combinan esa acepción con algunos derivados de copia que aún la mantienen. Por ejemplo, copioso, que como deberían saber significa “abundante, cuantioso”; o acopiar, que significa propiamente “hacer copia, hacer cantidad”, y de ahí “juntar, reunir en abundancia alguna cosa”. Así que no se queden en la inopia y corran a hacer acopio de copias de esta etimología: les espera un opíparo banquete surtido de copiosas viandas a cargo de la asombrada concurrencia, y quién sabe si al final los spolia opima depositados a los pies de su cama.

 

 

Es bien sabido que uno de los principales métodos por los cuales evoluciona una lengua es mediante el argot, la jerga y los vulgarismos. Esto ha sucedido desde que el ser humano empezó a balbucear palabras, cuando aún no existía la distinción entre lenguaje culto y popular, sino que las diferencias obedecían a las formas de hablar propias de cada familia o clan aislado tras sus muros. De pronto una de esas variantes empezaba a adquirir prestigio, fuera porque en ella se expresaban los reyes o los más excelsos poetas, y pasaba a ser la joya de una minoría selecta, que trataba de conservarla prístina e inmaculada cual hermoso fósil, lejos de las ásperas gargantas de la chusma que pululaba entre el estiércol. De manera que dejaban al vulgo con sus horribles dialectos, que a fuerza de cotorrear sin cesar anécdotas soeces e inmundas, triviales y rastreras, se llenaban de fuerza y elasticidad, renovándose continuamente en una constante creación de palabras y significados. Era tal el descaro del populacho, que en ocasiones osaban arrimar sus sucios labios a la lengua dorada; y tal como temían los sabios, deformaban las preciosas palabras con horrendas transformaciones fonéticas, y retorcían su significado mediante absurdas metáforas y ridículas polisemias. Mas llegaba un momento en que algunos de los custodios de la lengua noble se fijaban en la que hablaba la plebe, y advertían que su vitalidad y extraordinaria riqueza léxica era no sólo sumamente expresiva, sino también agradable. De manera que la añadían a sus conversaciones y escritos, primero intercalando algunos términos, luego párrafos enteros, y por último se rendían a ella con la lascivia del neófito. La lengua infame se vengaba de la augusta arrinconándola en polvorientos anaqueles, donde libros que nadie entendía se pudrían en el olvido. Así sucedió con el latín, muerto y enterrado por obra de sus hijas bastardas, las lenguas romances; y si éstas no corren la misma suerte sólo se debe a la acción decidida de las élites en forma de alfabetización en masa, medios de comunicación omnipresentes, y una vigilancia exhaustiva por parte de las Academias. Ahora, como siempre, la lengua oficial coexiste con la vulgar, pero sólo aquéllas que carecen de un organismo centralizador, como es el caso del inglés, corren cierto riesgo de verse suplantadas por éstas a largo plazo. De vez en cuando, como los reyes que concedían títulos de nobleza a los burgueses para que no se rebelaran, los diccionarios abren sus puertas a unos cuantos términos de baja estofa, a condición de que tengan unos cuantos años de vida y no se limiten a un reducido ámbito geográfico o social. Uno de los últimos en entrar en el Olimpo ha sido el célebre flipar, ampliamente utilizado en el castellano de España.

 

La etimología de los vulgarismos suele ser confusa, debido precisamente a su linaje espurio, y a que proceden con frecuencia de las ínfimas capas de la sociedad. El que suscribe estas líneas lleva oyendo y empleando el verbo flipar y sus derivados desde hace casi treinta años, de modo que tiene ciertos conocimentos de primera mano para hablar con propiedad, y puede así flipar con flipantes explicaciones sobre su origen. Por ejemplo, en cierta enciclopedia digital que pretende aunar sabiduría y democracia, y que por tanto está abierta a que cualquier ignaro añada o modifique lo que se le antoje, se lo pone como ejemplo en un artículo dedicado a la Etimología en general. Allí se afirma que se emplea “para describir una acción jocosa, superada, divertida. Tiene su origen en los popularmente conocidos juegos de Flipper, asociando la actitud de la persona con la gracia y el colorido que se muestra en dichos juegos”. Es evidente que el autor de esta insensatez es algún jovenzuelo que utiliza este término desde hace poco, y que por tanto desconoce sus orígenes, su significado original y las diversas acepciones que aún mantiene, muy distintas de las que él emplea con su grupete de amigos. Como dice el poeta, “la palabra es plata y el silencio es oro”, y en lenguaje vulgar, “no abras la bocaza sin tener ni puta idea”.

 

La palabra flipar arrastra el doble estigma de ser vulgarismo por parte de padre, y anglicismo por parte de madre. En efecto, su origen se encuentra en el verbo inglés to flip, que antes de tener en Norteamérica el significado genérico de “agitar, sacudir”, como dice la Real Academia, ya se empleaba en Gran Bretaña desde hace medio milenio. Nació seguramente como una onomatopeya, para imitar el ruido sordo ocasionado al restallar el pulgar contra otro dedo: bien contra la yema del dedo índice o corazón, lo que se conoce como castañeta, como hacía el entrañable Vickie el Vikingo cuando se le ocurría una idea genial, o cuando lanzamos una moneda al aire o sobre una mesa; bien contra la uña o envés y producir así un movimiento de palanca, como hacemos para dar un capirotazo en la cabeza de quien se muestra lerdo y torpe, o para expulsar el molesto moco que se nos queda pegado tras hurgar en la nariz. A partir de este chasquido con el pulgar, el verbo extendió su significado a cualquier golpe o movimiento producido rápidamente con los dedos, como cuando nos quitamos de encima una mosca, o tiramos al suelo las migas que se amontonan en la mesa; o como cuando pasamos las hojas de un libro o damos la vuelta a un filete en la sartén, que es lo que significa hoy día flipar en portugués.

 

El instrumento que realiza un flip, un chasquido, es un flipper, como el mítico encendedor que producía ese ruido al restallar el pulgar no contra otro dedo, sino contra una ruedecilla para prender fuego. Pero flip amplió también su significado a “dar un manotazo o palmetazo”, de suerte que flipper pasó a ser sinónimo de aleta que palmotea en el agua, como las que lucen las tortugas, pingüinos o focas; o los delfines, como el celebérrimo Flipper, razón por la cual mereció ese nombre. Pero las aletas también pueden golpear en el aire, como hacen las focas amaestradas que juegan a la pelota. Y a propósito de ello, antes era omnipresente ver en cualquier bar cierta máquina recreativa, en la cual una pelotita lograba puntos al chocar contra obstáculos luminosos, y para evitar que cayera por un agujero era necesario darle un palmetazo. Para ello se empleaban dos palas situadas a ambos lados, remedo de las aletas, llamadas por tanto flippers, nombre que pasó por metonimia a denominar el artefacto entero, además de pinball o máquina del millón.

 

A partir de aquí nuestra palabra empieza a fijarse en otros significados. Como el flip era un golpe seco y rápido, produjo un derivado, flippant, que originariamente significaba “rápido, suelto”, y por extensión, “ágil, vivo, despierto, animado”. Un comportamiento flipante era propio de quien manejaba algo con suma facilidad y ligereza, ya fueran los pies al bailar, la espada al pelear, o la lengua al hablar. Esta última acepción acabó por prevalecer, de manera que el flipante era alguien ingenioso con facilidad de palabra. Pero del locuaz al lenguaraz hay una frontera muy fina, como vemos continuamente en los graciosillos que no saben contenerse. De manera que flipante acabó por adquirir connotaciones negativas, y pasó a designar al que habla de manera frívola e irreflexiva, e incluso se muestra borde e impertinente. De este flippant inglés no deriva propiamente el flipante español, si bien de alguna manera el significado de aquél ha pasado a formar parte también del nuestro.

 

Pero sigamos flipando con flip, que de ser un golpe seco con los dedos pasó a ser por un lado la sacudida y agitación de que nos habla la Academia, y por otro un puyazo con la uña, de donde “aguijón, punzamiento”, y por abstracción, “estimular, avivar”. Y en este punto, este término, que pertenecía con toda propiedad al lenguaje oficial, se desliza como suele suceder al vulgar, con el significado de “excitarse de repente”, sea en el sentido de entusiasmarse o enfurecerse. Y con esta acepción pasa a la jerga de los hippies y luego de los psicodélicos, todos los cuales tienen algo en común: el uso y abuso de toda clase de drogas, sean estimulantes o narcotizantes. En ese ambiente se crea una expresión, flip one’s lid, que significa literalmente “sacudida de tarro”, y que podríamos traducir con propiedad por “estar zumbado”. Aislado flip del resto de la frase, sigue una evolución semántica comprensible: las sensaciones extremas que producen tales sustancias se reflejan en el lenguaje, de manera que flip se convierte en la excitación, el entusiasmo o la furia llevada al paroxismo, sin orden ni control; mientras que el flipped, por su parte, es quien se comporta de manera irracional y enloquecida por efecto del consumo de drogas.

 

Estas acepciones son las que pasan al francés mediante el verbo flipper, que de ser la angustia y los terrores paranoicos provocados por las drogas, se utiliza en la actualidad como equivalente a “tener miedo”, o dicho de manera vulgar, “estar cagado” por cualquier motivo. El castellano, sin embargo, se fija en aspectos menos negativos: el flip es el flipe, la excitación o estupefacción causada por los estupefacientes; el flipped, el flipado, es un simple sinónimo de drogado; flipar se convierte en experimentar las alucinaciones producidas por las drogas; y fliparse equivale a drogarse. Cuando estos términos se extiendan fuera del ámbito drogadicto, adquirirán nuevos significados más alegres que coexistirán con los otros: de esa manera, flipar y sus derivados se convertirán en “alucinar, estar estupefacto, estar atónito” por un lado, y “estar encantado, entusiasmado, maravillado” por otro.

 

Así que ya ven cómo, de un simple chasquido de dedos, hemos llegado a las paranoias de las drogas que nos hacen ver aletas de delfín en una máquina recreativa. El verbo flipar ha arraigado profundamente en el lenguaje, en especial el de los jóvenes, razón por la cual la Academia lo ha admitido en su seno. Sin embargo, de un tiempo a esta parte se ha vulgarizado el vulgarismo, y de ser un intransitivo muchos lo utilizan como transitivo: fliparlo. Es una expresión tan incorrecta como decir lo alucino, lo estoy maravillado, o me lo entusiasma, e imagino que su origen se deberá a indigencia verbal y pereza gramatical: decir flipo con eso exige emplear las malhadadas preposiciones, aparte de alargar la frase, así que cortamos por lo sano y lo reducimos a lo flipo. El tiempo dirá si esta expresión arraiga e incluso erradica la anterior, pero a despecho de pasar por el típico carroza que quiere conservar un lenguaje académico fosilizado y caduco, ya les advierto que lo flipo es un desatino y, para mis oídos, bastante cacofónico.

¿Qué es real? ¿Cómo definirías lo real? Las palabras de Matrix han resonado en la conciencia de la Humanidad desde los tiempos de Platón. ¿Cómo diferenciar un objeto de la sombra que crees ver reflejada al fondo de la caverna? Estás encadenado a tu mente y a tu cuerpo, y por una cruel paradoja sólo a través de ellos puedes descubrir lo que existe fuera de ellos. Lo que percibes es real, y lo que piensas, irreal, ¿o es al revés? Si, como decía Schiller, el universo es un pensamiento de Dios, ¿qué ocurriría si no pudiese despertar de su sueño? Vives en un mundo de apariencias e ilusiones, que si carecen de cuerpo lo suplen con un exceso de alma: la vida sólo es real cuando afecta a tu vida real; la Muerte no es sino una palabra hasta que la ves ante tus ojos. Mas siempre han creído los hombres que en las palabras reside el poder de conjurar la realidad, y aquello que carece de nombre parece desvanecerse. Monstruos innombrables rondaban en la oscuridad, lejos de la hoguera donde el brujo hacía surgir la vida en cuentos bellos y fascinantes, que sólo un necio arruinaría mostrando su falsedad. La realidad es dolorosa y cierras los ojos para matarla, pero sigue haciendo daño porque sabes que acecha ahí fuera. Pocas cosas hay más placenteras que estar completamente loco y gozar en plenitud de tu mundo de sueños; y pocas más aterradoras que esos momentos de lucidez en los que eres consciente de que te estás volviendo loco. La ignorancia es la felicidad.

 

La palabra real procede del latín tardío realis, que es a su vez un adjetivo derivado de res. ¿Y qué significa res? En un artículo anterior hablábamos de cómo, para vencer nuestra ineptitud a la hora de aprender idiomas, asociábamos una palabra con un único significado, y lo repetíamos por doquier sin pensar que existiera ningún otro. En el caso del latín sucede lo mismo; de todas las palabras que intentamos aprender en la escuela, dos se nos han grabado indelebles como símbolo de esa lengua: rosa, rosae como modelo de declinación, y res, rei con el significado de “cosa”, de la cual procedía la res publica, la cosa pública, la República. ¿Y es eso cierto? Pues… sí, pero no. Ciertamente, “cosa” fue uno de los múltiples significados que tuvo res en la época romana, pero no el único, ni el más importante. Y no se corresponde fielmente con lo que significa real, ni tampoco con república.

 

La etimología de res nace en la raíz indoeuropea rei- o ree, que quiere decir “dar, otorgar, conceder”. La res no sólo indicaba un concepto absolutamente real, sino muy material: eran los bienes que se transmitían de padres a hijos, de suegros a yernos, de jefes a súbditos, de hombre a hombre, en forma de herencia, dote, regalo o intercambio comercial. Por lo tanto, aunque lo real se equiparaba a lo tangible, no lo integraban de ningún modo las “cosas” indeterminadas e incluso despreciables tal como las entendemos ahora, sino las posesiones concretas que constituían la hacienda, el ajuar, el patrimonio de una familia: vestidos, aperos, utensilios, adornos, y también animales, casas o tierras de labranza. El que poseía mucha res, una gran cantidad de bienes, era alguien bueno como vimos en su momento, y distribuía parte de ellos entre sus deudos para asegurarse su fidelidad; de igual modo, la raíz que nos ocupa produjo palabras en sánscrito y antiguo iranio con el significado de “rico, opulento”, “abundante, fértil”, o “presente, regalo, favor”. Asímismo, este sentido de propiedad también sobrevivió en latín, donde se conservó en expresiones jurídicas o fijadas por el uso. Por ejemplo, es famoso en Derecho romano la consideración de un esclavo como res; pero no porque fuese “algo”, una cosa amorfa, un animal infrahumano, que perdía su alma y volvía a recobrarla milagrosamente al ser liberado, sino porque, si bien seguía siendo “alguien”, un ser humano, era un bien propiedad de otro, y carecía de derechos individuales y políticos, los cuales adquiría o recuperaba con la manumisión.

 

A partir de este concepto originario, “bien material propiedad de alguien”, la palabra res irá acumulando nuevos significados a través de un proceso múltiple plagado de desvíos e intersecciones, que intentaremos explicar a continuación.

  • Por un lado, se fijará en el sentido de “bien”, el cual se diferencia de un objeto normal en que resulta beneficioso, es decir, útil, a su poseedor, razón por la cual lo conserva. Mediante un simple mecanismo de abstracción, del bien útil nos deslizamos a la cualidad genérica de útil, y de este modo res pasa a significar también “interés, beneficio, utilidad, ventaja, provecho”. Pero el proceso no acaba aquí: ya dijimos que los bienes pueden pasar de mano en mano a través del intercambio comercial, una de cuyos requisitos es que exista beneficio para ambas partes. De esta forma, el interés particular se amplía al interés mutuo, y nuestra palabra pasa a significar también “negocio, trato, contrato”.

  • Por otro lado, res se concentrará en el sentido de “material”, y lo ampliará a todos los objetos que aparecen ante nuestros ojos, aunque nos resulten inútiles, deleznables e incluso peligrosos: un guijarro, una rama podrida, una bosta de vaca, etc. En suma, esta acepción es la más cercana a lo que ahora entendemos por “cosa”. Ahora bien, entre los bienes materiales que entraban dentro de la categoría de res se encontraban también los animales que tenía la familia. En el momento en que la palabra amplía su significado a todos los objetos inanimados, también lo hace a todos los animados, incluidos los inocuos, perjudiciales y monstruosos: es decir, pasa a significar “ser, ente” en general, pero sigue conservando su carácter animal, de modo que no incluye a los humanos excepto en un contexto peyorativo.

  • Y por último, se fijará en el sentido de “propiedad de alguien”, donde se establecen varias ramificaciones semánticas. En primer lugar, amplía el significado a todo tipo de objetos con dueño, materiales o inmateriales: se convierte en sinónimo de “asunto, tema que concierne a alguien”, y que a su vez se ve contaminado por la acepción de “interés” que vimos antes. En segundo lugar, se amplía a todo lo que es propio no de alguien, sino de algo: no se trata sólo de los asuntos de una persona, ni siquiera los de una colectividad, sino los relacionados con cualquier concepto o ámbito de actuación; así, tenemos los asuntos divinos, militares, filosóficos, económicos, literarios, etc. In medias res, recomendaba Horacio empezar una narración: en mitad del asunto, dejándose de aburridos prolegómenos, sino sumergirle de golpe en el meollo de la historia, y que se fuese empapando sin dilación de los personajes y sucesos que se le presentan uno tras otro. Cada uno de esos ámbitos, por lo tanto, posee res en la triple acepción de bienes que le pertenecen, asuntos que le son propios, e intereses que le conciernen. Y esto se cumple también en los dos ámbitos principales de los romanos: el privado o familiar, res familiaris, y el público o político, res publica. De forma que república no significa eso tan vago de “cosa pública”, sino “bienes de propiedad pública”, que luego se generaliza a “asuntos e intereses propios del ámbito público”. No tardará en producirse una nueva transferencia semántica, y la república pasará a ser simplemente el “ámbito público”, y de ahí “el Estado” que lo dirige y regula, donde todos sus bienes, asuntos e intereses se dan por sobreentendidos.

 

En última instancia, es inevitable que todas estas acepciones se mezclen, y res pase a abarcar todo tipo de objetos concretos, materiales e inmateriales, útiles e inútiles, con o sin dueño. Se convierte en sinónimo de “acto, hecho, suceso”, con el sentido de acción cumplida, materializada, que ha existido en realidad, en oposición a los dichos, opiniones, temores o rumores, que pertenecen al ámbito subjetivo, probable pero también imposible. Cuando esos actos forman parte de las viejas leyendas que tanto gustaban a los romanos, res pasa a significar también “hazaña, gesta”: Res populi romani, las gestas del pueblo romano, como subtituló Livio a su gran historia de Roma. Nuestra querida palabra puede significar cualquier cosa concreta, lo que lleva como corolario que no signifique nada en concreto. Adquiere un sentido vago, indeterminado, que le permite incluso funcionar como eufemismo de lo que el pudor condenaba: si quieres indicar la mierda, el sexo, sin mencionarlo por su nombre, te queda el recurso de hablar de “eso”, “esa cosa”, esa res. El último paso es que llega a perder todo significado en ciertas expresiones latinas; por ejemplo, cuando va seguida de un adjetivo, sólo significa ese adjetivo en género neutro: res divinae, los asuntos divinos, se traduce por “lo divino”, res militaris por “lo militar”, res publica por “lo público”, etc. Otra de esas expresiones fue res nata, “lo nacido o natural”, que se generalizó a “lo hecho, lo existente, el asunto”; en latín medieval se empieza a usar principalmente en construcciones negativas: non res nata, “no hay asunto”, rem natam non fecit, “no hizo el hecho”, de forma que la antigua frase latina adquiere el sentido de “nulo, insignificante, inexistente”. De la primera expresión procede por un lado el catalán res, y por otro el castellano non nata > non nada > nonada (de donde viene anonadar, “reducir a la nada”), que finalmente se convirtió en nada; mientras que de la segunda expresión en acusativo proceden el francés rien y el galaicoportugués ren.

 

Uno de los ámbitos de que hablábamos anteriormente siempre tuvo una gran relevancia en el mundo romano: la Ley y el Derecho. Fue tal su importancia, que res no sólo significó “asunto en general”, sino en multitud de ocasiones “asunto judicial”, es decir, los pleitos y litigios que tanto gustaban a los aprendices de orador. Cuando tu esclavo se escapaba, o el vecino robaba los frutos de tu higuera que caían en su huerto, o te sentías lesionado en cualquiera de tus derechos, siempre podías acudir a los tribunales para practicar una reivindicación < rei vindicatio, es decir, reclamar lo que te pertenece. Entonces se iniciaba una res, es decir, un proceso o causa, todo lo relativo al cual se denominaba reus, un adjetivo derivado de res. Lo más importante de un litigio son, como es obvio, los litigantes, de forma que reus pasó a denominar específicamente a cualquiera de ellos. Y siguiendo el proceso lógico, lo esencial para que exista un litigio es que haya alguien contra quien se entable aquél, de manera que reus pasó a ser el demandado, acusado, procesado. Y como suele suceder, las más de las veces el demandado era considerado responsable < re spondere, es decir, que estaba atado, vinculado, ligado, desposado < sponsus con los actos o res de los que se le acusaba. Y fue con este sentido de “condenado” con el que reus se convirtió en nuestro reo. Reo de la fortuna, llamaban los romanos a quien consideraban responsable de la mala fortuna; reo de sus palabras, se dice de los bocazas que prometen y hablan más de la cuenta.

 

Y como colofón, ¿qué relación existe entre res y las reses que pacen en los prados? Según la Real Academia, la res o cabeza de ganado procede del árabe ra’as “cabeza”, palabra emparentada con rais “cabeza de tribu, cabeza del Estado”, título que se solía aplicar a Sadam Hussein. Otros, por ejemplo Coromines, sostiene que eso es imposible por razones fonéticas: de ra’as habría derivado ras, palabra que nunca aparece en textos medievales, sino únicamente res; por otra parte, habría que haberle antepuesto el artículo como a los demás préstamos árabes, de manera que el resultado habría sido al-ras > ar-ras > arrases o arraces, pero no reses. Y por si fuera poco, el ras árabe es masculino y su derivado habría mantenido ese género. De modo que los indicios apuntan a nuestra res, palabra que ya era femenina en latín, y que como hemos visto significaba originariamente “bienes en propiedad”, incluidos los animales. Aparte que res con el sentido de “objeto, cosa” no fue raro en castellano antiguo, donde se conservaron calcos del latín como los ya vistos res familiares, res pública, o res nada.

 

¿Qué es, entonces, lo real? Pues todo lo que existe, como ya sabemos, y que está basada en una res, sea ésta un objeto, ente, hecho o asunto. El pensamiento es real, pero los pensamientos no lo son, aunque muchas veces desearíamos que lo fueran. Por suerte, cuando la realidad nos atenace con su aterradora presencia siempre podemos escapar de ella a nuestro mundo irreal, o crear una nueva realidad virtual. Y si nos resulta aburrida, ¿por qué no hacer de ella un espectáculo, un reality show?

 

 

Es paradójico que los elementos constituyan un tema sumamente complejo, y que el modo de explicarlos resulte bastante complicado en vez de elemental. Sería tentador desdeñar las dudas con el mítico “elemental, querido Watson”, pero lo cierto es que siempre reaparece el fantasma del insigne Eugenio D’Ors: “¿Está suficientemente claro? Pues bien, ¡oscurezcámoslo!”. Quizá el problema radique en que, por muchos títulos de los que hagamos gala, seguimos teniendo una capacidad expresiva propia de estudios elementales: desconocemos muchas palabras, nos repetimos como tartamudos, perdemos el hilo del discurso, damos rodeos en vez de ir al grano, y lo acabamos enrevesando todo. ¿Hablamos del lector o del escritor? Juzguen ustedes mismos.

 

Para empezar a complicar los elementos, vamos a hablar de una raíz que no tiene ninguna relación etimológica con ellos: la indoeuropea steigh-, “caminar, andar, paso”, que ha experimentado una evolución muy curiosa; en unas lenguas se fijó en el acto concreto de andar, que incluso derivó a significados como “llegar”, “atacar” o “cabalgar”, pero en otras se fijó en aquéllos que andaban. Por ejemplo, en griego produjo el verbo steicho, que alteró el significado original cuando se trasplantó al modo de andar de un grupo de personas: si son ustedes una pandilla que se dirige al bar pueden hacerlo como deseen, en parejas, por separado, u ocupando toda la acera; pero si son soldados, los que hicieron la mili recordarán cómo les enseñaron a marchar en formación, es decir, en una o varias filas, uno detrás de otro. Este sentido militar, de avanzar en líneas ordenadas, fue el que prevaleció al final en el verbo steicho.

 

Por su parte, en las lenguas germánicas, la raíz también se fijó en el acto de andar pero sobre todo hacia arriba, sin importar el orden en que se hiciera, y de ahí nació el verbo steigen “marchar, ascender”. De él derivaron palabras que se fijaron en lo andado, es decir, el sendero, pero impregnado del sentido ascendente del verbo. Es el caso del anglosajón staeger, del cual procede el inglés stair, cuyo significado original es “cuesta arriba”, en especial por una pendiente abrupta que exige apoyarse en escalones naturales, y de ahí el significado actual de “escalera”. Esta referencia al sendero nos lleva a una palabra latina cuya etimología no está nada clara: vestigium -> vestigio. Su significado original es “pisada, huella del pie”, y en principio se aplicaba a la que dejaban animales y hombres en el sendero, si bien ahora se ha extendido a todo rastro material o intelectual que nos indique la presencia en el pasado de alguien o algo. Es posible que -stigium sea el modo en que la raíz steigh- pasó al latín con el significado de “paso”, pero no es seguro, y sobre todo, se desconoce el origen de ve-. Algunos sugieren que sería una aliteración de best-stigium, “paso de bestia”, pero hay que tener en cuenta que bestia se aplicaba inicialmente a los animales salvajes, y sólo después pasó a los bueyes y demás bestias de carga. La explicación que más me convence es la que la hace derivar de ver-stigium, y éste a su vez del verbo verre, que significa “barrer” pero originariamente “arrastrar por el suelo, dejar surcos”: de modo que verstigium significaría “paso arrastrado, paso que deja surco o huella”. Pero sigue siendo una elucubración y no existe ningún fundamento sólido para darla como válida; incluso es posible que stigium proceda de stingium < stingere “pinchar, marcar”, o de stringium < stringere “cerrar, estrechar”, como se piensa que ocurre con fastigium > fastigio y praestigium > prestigio, palabras que en principio no tienen ninguna relación con la raíz que nos ocupa. En todo caso, supongo que ya sabrán que investigar < in vestigare significa “coger los vestigios”, es decir, buscar huellas, aunque ahora sean las de las manos más que las de los pies.

 

Es tiempo de reincorporarnos a la fila de soldados griegos que dejamos marchando al final del primer párrafo. La columna que avanza en línea tiene que detenerse una vez llega al campo de batalla, pero a fin de ser efectiva debe mantener esa misma formación. Así que del verbo steicho nació el sustantivo stichos, con el significado de “línea de soldados de la falange”, pero que no tardó en generalizarse a una línea o hilera compuesta de cualquier cosa, fuesen niños de excursión, árboles junto al camino o baldosas en el suelo. Sin embargo, el sentido que acabó por prevalecer fue el de “línea de escritura”, es decir, “renglón, verso”, del cual hay varios derivados en poesía. Por ejemplo, en la poesía grecolatina eran muy habituales las miniestrofas de dos versos, por lo general un hexámetro seguido de un pentámetro: esa composición se llamaba dístico < distichos, formado a partir del adverbio dis “dos veces”. Otra composición, que conocerán los aficionados a los anagramas, consiste en una sucesión de versos, cuyas letras situadas en los extremos, sea el inicio o el final, forman un vocablo o frase: son los acrósticos < akrostichos, que incluye akros “extremo”. Y por último, cuando un verso es muy largo se suele dividir mediante una pausa o cesura en dos mitades, cada una de las cuales se llama hemistiquio < hemistichion, de hemi “medio, mitad” y stichos “línea, verso”.

 

Debido a que, como hemos dicho, stichos concentró su significado en “línea de escritura”, se hizo necesario un nuevo sustantivo que mantuviera el significado de “línea ordenada en general”. El elegido fue stoichos, una variante dialectal del anterior, que no tiene ninguna relación con stoikos > estoico: esta palabra deriva en realidad de stoa “columnata, pórtico”, procedente de una raíz que significa “estar quieto, firme, estable”; el motivo es que Zenón de Citio, el fundador de la doctrina, daba sus lecciones bajo un pórtico de Atenas. De stoichos nació otro verbo, stoicheo, que regresó al sentido original de “marchar en línea ordenada”. Fue muy empleado posteriormente en el griego eclesiástico, donde adquirió el sentido moral de “proceder según un orden”, y de ahí “vivir, marchar en la vida según un orden o una regla”; lo que hoy llamaríamos “línea de conducta”, que en su caso era la ética cristiana. Pero no nos adelantemos, porque lo más importante es que, así como stoichos fijaba su significado en la línea continua, un derivado suyo, stoicheia, volvió a fijarse en que toda línea está formada a base de puntos. Desde este punto de vista, una línea es una serie o sucesión de componentes, que como ya hemos dicho podían ser soldados, árboles, baldosas o incluso las palabras que forman un verso. Pero todos estos componentes están formados a su vez de otros, hasta que por fin llegamos a los componentes básicos, primordiales, originales. Stoicheia pasó a entonces a significar “serie de componentes básicos”, y de ella derivó el sustantivo stoicheion, “componente básico de una serie”: por ejemplo, los números que conforman las matemáticas, las notas que conforman la música, o las letras que conforman el lenguaje.

 

Si todo esto les parece un rollo, esperen a que nos metamos en harina filosófica. Verán, los primeros pensadores griegos discutieron sobre cuál podría ser el componente primordial de toda la materia: para Tales era el agua, para Anaxímenes el aire, y para Heráclito el fuego. El filósofo Empédocles cortó por lo sano, y decidió que todos ellos eran los principios básicos, a los que sumó un cuarto, la tierra. El nombre que les dio fue rhizoma, “raíces”, a partir de los cuales crecían y se desarrollaban todas las demás sustancias y organismos. Aristóteles integró en su pensamiento esta teoría de los cuatro componentes o esencias básicas (a los que añadió una quinta, el éter, que sería la más pura e intangible, y en última instancia origen de todas las demás), pero sustituyó rhizoma por el ya visto stoicheion. También Euclides empleó la misma denominación en su tratado sobre los principios básicos de la geometría. Cuando todas estas obras fueron traducidas al latín, el nombre que se escogió como equivalente a stoicheion fue elementum > elemento.

 

Ustedes se preguntarán: ¿tanta verborrea sobre una raíz que no tiene ninguna relación con la palabra de la que trata el artículo? El caso es que la explicación es bastante elemental: como nadie tiene ninguna certeza sobre la etimología de elemento, vamos a intentar descubrirla a partir del origen y evolución de la palabra griega equivalente. Como ya hemos dicho, el stoicheion designaba el elemento básico de una serie, pero antes de Aristóteles había dos series a las que los pensadores prestaban mucha atención: los sonidos musicales y los sonidos vocales, que por muchas combinaciones que permitan, en última instancia forman una lista muy reducida. Así como los pitagóricos pugnaron por desentrañar los fundamentos matemáticos de la música, los primeros gramáticos trataron de clasificar los sonidos básicos de su respectiva lengua. Una vez aislado cada sonido, pudo ser fijado en el cerebro para aprender a pronunciarlo correctamente, y luego trasladado a la escritura en forma de letra: había nacido el alfabeto fonético, mucho más fácil de aprender que los alfabetos silábicos e ideográficos anteriores. De este modo, aparte de “componente básico”, stoicheion se empezó a utilizar como sinónimo de “letra del alfabeto”; y stoicheia, aparte de significar “serie de componentes”, pasó a equivaler a “alfabeto”. Es en este punto cuando entra en escena el elementum.

 

Aprender el alfabeto no era propio de analfabetos, es decir, los que no sabían leer ni escribir, y por tanto no tenían necesidad de recitarlo de memoria. Pero los aprendices de escriba se veían obligados a realizar infinidad de ejercicios, copiando una y otra vez las letras sobre tablillas de madera o arcilla. Ahora bien, no escribían las letras como les apetecía, sino siguiendo un orden que ha permanecido casi inmutable desde que los fenicios idearan el alfabeto. Y como la lista de letras es larga, se han conservado muchas tablillas en diversas lenguas que muestran que se escribía en dos líneas: la primera va de la A a la K, mientras que la segunda va de la L hasta el final. Y es aquí donde florecen las elucubraciones, y surge la teoría de que, como el alfabeto se aprendía en dos series, al final se consideró que no había uno sino dos alfabetos, cuyo nombre derivó de las primeras letras de la serie: como la primera serie comenzaba por A, B, G (cuyo sonido y forma pasó en latín a C), se llamó AbeCedarium > abecedario; mientras que la segunda, que comenzaba con las letras L, M, N, se llamó eLeMeNtarium > elementario. Y cuando volvió a considerarse el alfabeto como una unidad, no se le denominó a partir de la primera serie, como hacemos ahora, sino de la segunda; por el contrario, las letras nunca se denominaron abecedum, sino elementum. Y fue así como elementa (plural de elementum), la serie alfabética, pasó a denominar toda serie de componentes básicos, y por eso fue escogida para traducir stoicheia; mientras que el elementum, la letra, se convirtió en la partícula fundamental, el abecé de todas las cosas, el stoicheion.

 

Aunque encierra una cierta lógica, y no es fruto de ningún charlatán sino de especialistas serios, la verdad es que a mi parecer esta teoría suena a etimología popular. Es cierto que elementum significó “letra”, y elementa “alfabeto”, y elementarius “relativo a las letras, al alfabeto” (de donde deriva estudios elementales: aprender los elementos, es decir, a leer y escribir las letras), pero está por ver si ocurrió antes o después de que se les considerara sinónimos de stoicheia y stoicheion. Por muchas tablillas de ejercicios donde figure separado en dos renglones, no existe ninguna evidencia de que el alfabeto no se considerara una sola unidad, ni de que a la segunda serie se le llamara elementarium. Ni se explica por qué en ninguna otra lengua que use un alfabeto derivado del fenicio se ha hallado ninguna palabra que juegue también con las letras L, M, N (por ejemplo, si en griego existe alpha-bet, ¿por qué no existe lambda-my?). Se me antoja una explicación forzada para hacer encajar las piezas, que en todo caso es indemostrable. Es posible que elementum proceda de la elisión de algún verbo, como es el caso de momentum < movimentum < movere, o frumentum < frugimentum < frugire. Tal vez fuese el verbo eligere “elegir, escoger”, cuyo participio es electus, pero en ese caso la derivación lógica sería eligimentum > elimentum; aparte que no vemos ninguna relación semántica con “componente básico de una serie”. O podría proceder de elevare “elevar, alzar” > elevamentum, que muy figuradamente podríamos relacionar con “componente del que se eleva o desarrolla la materia”; pero aquí nos encontramos con la seria objeción de que los verbos de la primera conjugación siempre conservan la -a- en los compuestos y derivados, y no podría elidirse a ele(va)mentum. Incluso hay quien apunta a que podría ser una aliteración del ya visto alimentum > alementum > olementum > oelementum > elementum, y significaría que los elementos serían el alimento que nutre y hace crecer toda la materia; pero resulta una transformación muy brutal y sin parangón. En suma, estamos dando palos de ciego, y quizá la explicación más lógica (y fácil) sea la que hace derivar elementum de algún préstamo desconocido de otra lengua, por ejemplo el etrusco.

Así que ya ven: hemos derrochado decenas de polísticos, “muchos renglones”, así como todas las letras del abecedarium y del elementarium, para concluir que seguimos tan confusos como al principio. Ni siquiera hemos avanzado según una línea ordenada, sino que hemos desertado de la formación en varias ocasiones para plantar nuestros vestigios allá donde nos daba la gana. Los elementos no son un tema elemental, y lo hemos complicado más de lo que ya estaba.

 

La etimología es la ciencia que trata de indagar el origen y evolución de las palabras, tanto en el plano formal (por qué decimos mucho si procede de multus) como sobre todo el semántico: qué significaban en un principio, lo cual nos puede dar una idea de lo que significan realmente ahora. Pero hay que tener en cuenta que, si bien la evolución formal suele ser lenta, la semántica es mucho más rápida: cada hablante añade un pequeño matiz a una palabra, y si tiene éxito y lo contagia al resto de hablantes, la acepción cambia con respecto a la generación precedente. Por otro lado, cada palabra que deriva de otra no sólo hereda esos matices de significado, sino que añade los suyos propios, con lo cual aumenta progresivamente la distancia con respecto a las palabras que proceden de la misma raíz, como esos primos en décimoquinto grado que, aunque desciendan del mismo recontratatarabuelo, nadie en su sano juicio considera que son parientes. Por esa razón, el mayor peligro para un aficionado a la etimología es analizar una palabra a partir de un diccionario actual, el cual indica lo que significa en ese momento, que puede y suele ser muy diferente de lo que significaba en sus orígenes. Luego vienen las falsas conexiones con palabras homónimas, como pensar que dos niños son primos porque ambos tienen la nariz aguileña, las teorías delirantes que conjugan el tocino con la velocidad, y las empanadas mentales que acaban en el ridículo y el desprestigio… en suma, la etimología de baratillo. Analicemos el caso de la adolescencia.

 

En más de un libro de psicología he leído que un adolescente es aquel que adolece. ¿Y qué significa adolecer? La acepción vulgar y corriente es “faltar, privar”: adolece de información, leemos en los artículos de muchos periodistas que pretenden pasar por cultos, intercalando palabras extrañas para disimular que, justamente, “adolecen” de información y formación lingüística. Este sentido de adolecer se halla tan extendido que no tardará en ser admitido por la Academia, y caen en saco roto las advertencias de quienes explican que ese verbo significa realmente “padecer, sufrir”: la frase correcta debería ser adolece de falta de información, pero se hace tan larga, y suena a la vez tan rebuscada, que la indigencia y la pereza verbal la reducen a lo ya visto. Pero en ese momento, una vez ridiculizados los periodistas que van de cultos, intervienen los que van de más cultos, y nos instruyen sobre su teoría de los adolescentes: seres que padecen el conflicto entre una pubertad de la que tratan de escapar, y una madurez a la que desean y a la vez temen llegar, lo que les ocasiona un sufrimiento que se manifiesta psicosomáticamente en acné, masturbación y botellón contestatario. Bien, pues ahora me toca a mí ir de aun más culto y les digo que esta bonita teoría esta edificada sobre arena. A-dolecer es la forma antigua en que el castellano asumió dolecer < dolescere (hoy las reglas de derivación son más simples, y diríamos *dolecear), que significa “doler, causar dolor”. Por su parte, un adolescente es, literalmente, “el que está creciendo”, sea de modo doliente, paciente o sonriente. No, adolescente no deriva tampoco de una mezcla de ambas raíces, como también he leído en otros sitios: en inglés y francés nunca se creó ningún a-dolescere, pero sí adolescent desde el Medievo.

 

El verbo latino adolescere significa “comenzar a crecer”, y es un compuesto del verbo adolere “crecer” y el sufijo incoativo -scere (el cual indica el comienzo de la acción, como en negrescere > ennegrecer, propiamente “comenzar a ponerse negro”). A su vez, este verbo adolere se compone de dos palabras: la preposición ad, que indica dirección o proximidad, y el verbo alere, que en compuestos adquiere la forma olere (ya les hablé de que la a y la o pueden confundirse muchas veces en un sonido intermedio, como sucede en húngaro e inglés). Por su parte, este verbo alere significa simplemente “nutrir, dar de comer”, y lo pueden reconocer en su derivado más famoso: alimento, es decir, “nutrimento, lo que sirve para nutrirse”. Fíjense, futuros imitadores de Tolkien, en el modo natural de inventar nuevas palabras a partir de la derivación y la composición: para los latinos, el concepto de “crecer” no sale de la manga, sino que es la evolución lógica de “nutrir hacia [arriba]”. No obstante, hay que decir que este sentido ascendente es una perogrullada, por cuanto viene incluido en el propio verbo alere, el cual procede de la raíz indoeuropea al-, que significa “mover hacia arriba, levantar, alzar”.

 

A la adolescencia se la denomina de manera coloquial la “edad del pavo”, posiblemente porque es una época de especial sensibilidad, y al púber se le sube el moco del pavo (es decir, el rubor) ante cualquier tontería. Sin embargo, según la etimología hay que concluir que esta expresión significa que el adolescente está creciendo a marchas forzadas, y necesita por tanto un sustancioso alimento material y espiritual, para lo cual se atiborra el vientre de hamburguesas y el cerebro de vídeos porno. Quien está siendo alimentado, sea de cuerpo o mente, se denomina en griego alomenos, cuyo equivalente latino es alumenus > alumnus > alumno. Por muy adecuados que sean los conocimientos con los que pretendan alimentar nuestro futuro, o quizás por culpa de ello, la vida de alumno puede llegar a ser muy amarga, pero no por ello hay que relacionar alumenus con alumen “sal amarga”, de la cual proceden alumbre y aluminio. Los días de examen, cuando nos hemos alimentado mucho de cubatas y poco de libros, es tiempo de encomendarse a los santos o a la Virgen, para que nos proteja en su regazo como a un niño de pecho. La Virgen es el Alma Mater, que no significa “madre del alma”, sino “Madre nutricia, madre que alimenta a su bebé”; era la patrona de la Universidad de Bolonia, la primera del mundo, y por eso se denomina alma mater a cualquier universidad, y por extensión a las escuelas o academias donde se nutre de conocimientos al alumno.

 

Según la alimentación que reciba el alumno, unida a sus características fisiólogicas y al ejercicio que practique, su cuerpo adquirirá más o menos fuerza, y soportará en diferente medida las enfermedades e inclemencias. De igual modo, es en la adolescencia cuando se forja su carácter, que será más o menos fuerte según su alimentación espiritual, sus características psicológicas y la moralidad que practique. Los latinos denominaban al carácter “alimento o crecimiento interior”, o indu-ales, forma arcaica de la preposición in (equivalente al griego endo) y el sustantivo ales, derivado del verbo alere. Esta palabra se contrajo en indoles, que pasó al castellano como índole, y extendió su significado primero a la naturaleza de las personas en cualquier edad, y luego a la de las cosas. La índole de un adolescente puede ser tímida, estudiosa, honesta, hijadeputa e incluso indolente, que significa literalmente insensible al dolor (in-dolere, no doler), y que extendió su significado a mostrarse insensible ante cualquier cosa: alguien que pasa de todo y no muestra interés por nada. No, indolente no tiene nada que ver con índole ni con el tema que nos ocupa: es otro ejemplo de la confusión entre palabras cuasi-homónimas; como la que sufrían los latinos entre estos dos términos y el verbo indolescere, que no significa “no doler” sino todo lo contrario, “sentir un dolor profundo”, y que está relacionado con nuestro querido adolecer. Ya vemos que el lío que tenemos hoy con respecto a lo que a-dolecen los ad-olescentes cuenta con una larga y gloriosa tradición.

 

Pero todo lo malo se acaba, y llega un día en que el alumno, el que se está nutriendo, ya está completamente nutrido: se convierte en alitus, participio de alere, contraído en altus > alto. Un adolescente es alto porque está bien alimentado, al menos en lo que al cuerpo se refiere: se ha hecho grande, tanto a lo ancho (a veces, demasiado ancho) como a lo largo. Este sentido de estatura fue el que terminó por prevalecer, y lo alto acabó siendo lo que se eleva o alza < altiare sobre la tierra; o sobre los hombres, y de ahí la connotación de noble, ilustre, excelso, que tiene un Alto Tribunal o la Alta Costura. No obstante, el significado original de alto permaneció en otras expresiones. Por ejemplo, mantuvo el sentido de “grande, enorme”, mezclado con el de “superior, por encima” que había adquirido a través de los ilustres adolescentes altos, y el resultado fue un sinónimo de “superlativo, máximo”, como en la alta traición o los centros de alto rendimiento. Y por otro lado, hemos dicho que lo alto pasó a significar lo largo, pero la longitud puede manifestarse tanto hacia arriba como hacia abajo: de ahí el significado de “profundo” que vemos en la alta mar.

 

El adolescente alto está ya nutrido, alimentado, y debido a que esto se manifiesta en un aumento de masa corporal, el propio verbo alere pasó a significar también “crecer”. Pero ya hemos dicho que esta acepción es la propia del verbo adolescere, que ahora, al final del camino, recupera de nuevo su primacía. El adolescente, el que está creciendo, llega un infeliz y ansiado día en que está completamente crecido: está adolitus, contraído en adultus > adulto. Su cuerpo ha llegado a la madurez y deja de crecer por mucho que lo alimente. Ante él se inicia el resto de su vida, en el que puede optar por seguir nutriendo su espíritu en algún alma mater, o también nutrir a otros, proalimentar, pro-ales > prole. Alguien con la facultad de criar prole, engendrar progenie, es un prolífico, como los conejos o los pollos que se fabrican industrialmente para llevarlos de inmediato al matadero. El mismo destino que solían tener los proletarios, ciudadanos romanos que vivían en la miseria y peor que muchos esclavos, cuya única utilidad pública era engendrar hombres para el ejército, pero que sólo podían costearse un armamento ridículo, y por tanto sólo servían para hacer bulto y dejarse matar. Lo mismo que les esperaba a los proletarios del siglo XIX, aunque a éstos se les encontró también la utilidad de engendrar brazos para las fábricas.

 

Quizá sea también éste el destino que le aguarde a nuestro adolescente una vez sea adulto. En todo caso, hay uno del que no podrá escapar: desnutrirse, en latín ab-alere > abolere > abolir. Llega un momento en que su cuerpo ha crecido demasiado y empieza a decrecer de manera acelerada. Hemos visto que “crecido” se decía en latín altus, y de su misma raíz procede el germánico alt, del que derivó el inglés old, que significa propiamente “demasiado crecido”, y de ahí “viejo”. Este mismo sentido lo podemos encontrar en expresiones como “a altas horas”, que equivale a decir “crecida, de edad avanzada, envejecida la noche”. El antiguo adolescente es ahora un viejo cuyo cuerpo se ve privado de alimento, de vida, por la enfermedad y el tiempo. Adolece de falta de energía interna, de suerte que su existencia queda extinguida, suprimida como una ley caduca que ya no sirve para la nueva generación que ocupa su lugar.

 

¡Oh Maravilloso Nuevo Mundo, un mundo feliz donde la vejez queda abolida, y la vida es una continua e indolente adolescencia!