Sociedad


¿Es usted un borde con sus compañeros, y se encuentra al borde del abismo de la soledad y el abandono? Quizá le guste saborear ese estado, o esté tan harto de sí mismo que prefiera gastar sus últimos ahorros en un burdel, antes de tirar su vida por la borda. Vamos a investigar un poco todo esto.

Los filólogos no se ponen de acuerdo sobre si alguna vez existió una única raza indoeuropea, de la cual descienden las etnias románicas, germánicas, bálticas, célticas, indoiranias, etc., o si algunas de estas ramas fueron siempre independientes de las otras, y su contacto se limitó a meros préstamos de palabras, y luego también formas gramaticales. Por supuesto, es mucho más romántico y sugestivo creer en un punto de origen común, una suerte de Paraíso Terrenal ario, del cual se fueron desgajando las distintas etnias y lenguas mientras se erigía una Torre de Babel superpoblada. La búsqueda de ese foco original ha durado dos siglos, y se ha localizado en el Himalaya, Irán, norte del Mar Negro, Dinamarca, Suiza, Yugoslavia… Hoy se cree que no existió una única raza original, pero quizá sí una primitiva lengua indoeuropea, que ejerció una gran influencia sobre las tribus vecinas hasta el punto de superponerse, o incluso sustituir, a su antigua lengua.

El mayor problema del primitivo indoeuropeo es que no existen documentos de cómo podría ser, y todo se basa en reconstrucciones hipotéticas, elucubraciones, a partir de comparar las diferentes lenguas derivadas (aunque las lenguas bálticas, el letón y el lituano, se jactan de ser las más fieles a la gramática y fonética del indoeuropeo). Ahora mismo existe un amplio catálogo de raíces, cuya forma precisa, al ser desconocida, admite diferentes variantes, como la que ya hemos visto dru- o drau-, ya que las palabras que se suponen derivadas han adoptado formas algo diferentes en los diversos idiomas. Estas raíces expresan objetos materiales de la época (un árbol, una oveja, una piedra…) o ideas a partir de las cuales crear palabras de significado más complejo, y que exigen un nivel de abstracción un tanto difusa para el hombre del Neolítico: la idea de ir hacia adelante, de subir, de bajar, de arrojar, de arrastrarse, de volar, etc.

Una de esas raíces reconstruidas es bhar-, con el significado de «punta, extremidad», o incluso «uña, garra». El dígrafo «bh» denota una «b» aspirada, que puede convertirse en «f» o incluso desaparecer. En lo que nos interesa no desaparece, sino que conserva el sonido «b» hasta las primitivas lenguas germánicas, donde derivó en dos palabras: brort, con el significado de «punta, aguja, extremidad afilada», y bort, con el sentido de «extremidad lateral, margen».

De brort, la aguja, derivó el verbo francés broder, que en español se convirtió en bordar, el cual originalmente significaba tan sólo «usar la aguja». Pero ese sentido se confundió con la irrupción de bort, el margen, es decir, el borde, y bordar pasó a significar «usar la aguja en el borde», es decir, «orlar, guarnecer, recamar», que al ser el lugar más delicado hay que hacerlo con gran primor, e intentar que el trabajo nos quede bordado. Hay que aclarar que bordar, aunque se confunda muchas veces con coser, en realidad significa ejecutar un relieve en el tejido, una orilla, un borde. ¿Todo claro hasta aquí? Seguimos.

Sepan que bort, el borde, se convirtió en antiguo alemán en bord, donde adquirió en primer lugar el significado de «borde de madera». Con este sentido pasó al castellano el término náutico borda, es decir, el borde superior de la embarcación, que al igual que el resto estaba fabricado en madera. Un buque tiene dos lados, dos bordas, pero en vez de llamarse «borda derecha» y «borda izquierda» el punto de referencia no fue el centro de la nave, sino el timón, que en la Edad Media se encontraba a la derecha. Así que la borda derecha se denominó según el islandés styribord , que pasó al francés como estribord , y de ahí el castellano estribor, «borda del timón»; y la izquierda se llamó a partir del holandés bacboord, que pasó al francés como bâbord, babor, «borda posterior», porque al girar el enorme timón hacia la izquierda el piloto debe hacer tal esfuerzo que se coloca de espaldas a ese flanco. En ese punto, lo que está a su izquierda es precisamente la parte delantera de la nave, la proa, del griego prora «hacia adelante», mientras que lo que está a su derecha es la parte trasera, la popa, del latín puppis, que según parece deriva del griego epopis, «lugar de observación» (los que no hayan estado en la Armada, que sepan que la popa es el lugar más noble del barco, donde se sitúan las estancias principales, debido a que es el punto donde menos oscila la nave y se puede uno relajar tranquilamente). ¿Menudo lío, verdad?

Pero la evolución semántica no se detuvo aquí. El germánico bord pasó a significar «listón de madera», y después «tabla», y por extensión «cabaña construida a base de tablas», para diferenciarla de las tradicionales que se construían con paja. De aquí tenemos la borda, que es como se denomina en Navarra y el Pirineo a las chozas donde se refugian los pastores y animales. Pero así como en latín existía ya la taberna, derivada de tabula «tabla», para indicar una cabaña con una tabla a modo de mostrador, que servía de hostería e incluso de prostíbulo, la nueva palabra para significar «tabla» también creó su propio tipo de cabaña: el bordellum, «tablilla» que a través del provenzal bordel nos ha llegado como burdel. El proceso es el mismo por el cual el inglés bar, que significa «barra» (del mostrador) ha pasado a denominar el local entero. Y es que en aquella época, donde los únicos que salían a beber eran los hombres, y las únicas mujeres que se encontraban eran la familia del tabernero y sus criadas-prostitutas, la diferencia entre un club y un puticlub no estaba tan delimitada como ahora.

Y en suma, ¿tiene todo esto algo que ver con que usted sea un borde? Pues no, sólo es una mezcla de palabras de diferente origen y significado que han pasado a tener la misma forma: lo que se llama homofonía, contrario de homonimia, que son palabras de distinta forma pero que significan lo mismo (como Presidente del Gobierno español, homónimo del Primer Ministro británico). Borde deriva, posiblemente, del catalán bord, y este del latín burdo, que significa «mulo», es decir, un caballo degenerado, mestizo, bastardo de asno y yegua (lo contrario es un burdégano, fruto de caballo y asna). Burdo pasó a significar lo rústico, tosco, zafio, y ese es el sentido que también heredó nuestro querido borde.

Algunos de ustedes, en particular los que no hayan visto jamás una tienda de barrio y toda su vida transite en centros comerciales, seguramente creerán que etimología de la palabra droga viene del inglés drug; y que no se implantó en castellano hasta que Jimi Hendrix palmó por la heroína, o cuando sus Satánicas Majestades (vaya epíteto más imbécil) dedicaron una oda a la cocaína; los más pedantes recordarán probablemente a Sherlock Holmes o Sigmund Freud, alabando las virtudes del polvo blanco ya en el siglo XIX. Pues desengáñense, señores: la palabra droga es bastante anterior a todo eso.

Situémonos a finales del siglo XVI. España es la mayor potencia del mundo, e inunda Europa con el oro y la plata de América, que va a parar directamente a las manos de los banqueros alemanes y flamencos que financian sus inútiles e incesantes guerras. Una de ellas la libran contra los rebeldes holandeses, que a falta de poder militar prefieren dedicarse al comercio. Poco a poco, aprovechando que los portugueses ahora pertenecen al opresor Imperio Español, se van apoderando de sus antiguas colonias en Asia, en particular las islas que ahora forman parte de Indonesia, y que se llamaban las Islas de las Especias. De allí traen una serie de plantas machacadas y en polvo que debido a su aroma sirven para condimentar las insípidas comidas renacentistas, junto con otras que poseen beneficiosos, o al menos insólitos, efectos medicinales. Las colocan por toda Europa en una forma que ya habrán visto en cualquiera de los repetitivos mercados medievales de hoy día, junto con la etiqueta «plantas secas» o «áridos»: en holandés droog, relacionado con el alemán trock-en y el inglés dry, es decir, «seco».

Esta palabra pasó primero al francés como drogue, y de allí se extendió al resto de lenguas europeas. Las drogas se vendieron primero en las boticas, que ya dijimos que eran una especie de colmado donde había de todo, y que con el tiempo se quedaron sólo con las drogas medicinales. Por su parte, las alimenticias como el azafrán pasaron a venderse en establecimientos denominados ultramarinos, porque ofrecían productos de ultramar, como eran las especias asiáticas y americanas. Y las de cosmética, como los polvos para ennegrecer los ojos o blanquear la piel, se vendían en las droguerías (en inglés, drugstore, tantas veces visto en las películas), establecimientos que fueron ampliando su oferta hasta abarcar productos de limpieza y perfumería. Así que la palabra droga se fue limitando cada vez más a la medicina y farmacia, ámbito donde nacieron y se desarrollaron las drogas modernas, los estimulantes y los narcóticos.

Otra teoría hace derivar las drogas de las lenguas célticas, como el bretón o el gaélico, donde existen palabras como droug o droch, que significan «cosa perjudicial». Pero esta hipótesis está influenciada por el sentido actual de la palabra droga, muy alejado del que tenía antiguamente y que persiste en el nombre droguería, cuando una droga no era más que un producto de herbolario. Y es que decir «droga en polvo» es una pura obviedad, una perogrullada: lo extraño, lo sorprendente, es que una droga sea líquida o gaseosa.

La etimología de puta es una de las más disputadas del diccionario. Muy probablemente es una mezcla de palabras muy semejantes cuyos significados se han fundido de mala manera en uno solo.

Por un lado tenemos el verbo latino putare, «pensar, juzgar», del cual derivan otros tan conocidos como imputar «pensar en otro > culpar», computar «pensar en conjunto > contar», disputar «pensar por separado > enfrentarse», reputar «volver a pensar > juzgar la calidad de algo o alguien». También deriva el adjetivo putativo, «reputado o tenido por padre, hermano, etc. no siéndolo». De este verbo algunos piensan que podría haber derivado la expresión putata > putada, reputada, es decir, las mujeres de las que se pensaban que eran prostitutas. Pero esta explicación es un tanto rebuscada, y sólo se mantiene para hacer juegos de palabras sobre la reputación de las putas.

Más sentido tiene creer que viene del latín puta, «muchacha», que a su vez deriva de una antigua raíz pu-, «engendrar, procrear», y que podemos encontrar en puer «niño», pubis «región de los genitales», púber «niño que empieza a desarrollar los genitales». También nos encontramos con pre-putium, «prepucio», el colgajo del pene que también se circuncidaba cuando excedía demasiado a los niños grecolatinos, y no sólo a los judíos; así que el prepucio puede indicar lo que existía cuando los pueres «niños» aún no eran putos «muchachos». Pero por otro lado hay que tener en cuenta que ese mismo verbo del que hemos hablado antes, putare, significaba originalmente «limpiar, aclarar», del cual deriva el español podar, «limpiar el árbol cortando las ramas». De modo que el prepucio era lo que estaba antes del corte, de la limpieza del pene, de la fimosis sin anestesia.

Así pues, una puta sería originariamente una muchacha, tal vez esclava o mendiga, que vendía su cuerpo ¿para putar-putear, para limpiar al cliente? Quizá todo lo contrario, porque a la par que putare, los latinos contaban con el verbo putere, del cual deriva el poco usado pudir, «oler mal». Si les digo que ese verbo estaba emparentado con putrere «pudrir», y que el adjetivo putridus «pútrido, podrido, corrupto, corrompido» también se podía decir putidus, tal vez entiendan a dónde voy a parar. Una puta sería una pútida, palabra que en lengua romance derivó a putda > putta, y de ahí nuestro pocha. Y teniendo en cuenta que, en italiano, puta se dice putta, lo cual no tendría sentido si viniera del latín puta «muchacha», creo que la explicación más razonable es que una puta es una putta, sea o no puta: una mujer podrida, sea o no muchacha. Una mujer que se ha corrompido hasta el extremo de vender su cuerpo, y que te puede contagiar su putrefacción en forma de enfermedad venérea.

Pero la mezcolanza entre putta y puta, corrupta y muchacha, se manifiesta en putana, forma catalana que antes también se usaba en castellano: de ahí vienen el castizo putañero, ahora putero. Putana deriva de puta, «muchacha», y el putañero era el que iba de muchachas, es decir, el mujeriego. Pero debido a la fusión con putta, la putana se convirtió en meretriz, y el putañero en frecuentador de putiferios… o mejor dicho, de prostíbulos. Un putiferio no es una casa de putas, significado que ha cogido por asimilación tal vez con monasterio, «lugar de monjes», o dicasterio, «lugar de justicia, juzgado». Putiferio deriva de puti(dus), «podrido, hediondo», y ferium, palabreja derivada de ferre «llevar» o fare «hablar»: palabrería soez, obscenidad, caca culo pis, en suma.

¿Tenían pudor, las putas? Por un lado diríamos que sí, ya que pudor viene de putor, «hedor», que es la cualidad de las putidas o puttas. Pero por otro habremos de concluir que no, ya que pudor viene también del latín homónimo pudor «modestia, recato», que originariamente significaba «vergüenza«. Las putas eran unas impúdicas sinvergüenzas, que lucían sus vergüenzas (o sea, sus partes pudendas) sin mostrarse pudibundas. Hay quien golpea a las putas para excitarse o como señal de dominio. Quizá lo hicieran al principio como medio de inculcarles pudor, ya que esta palabra significaba originariamente «no tener coraje, estar abatido, estar golpeado».

No hace mucho, nuestro preclaro Gurú, el insigne presidente Zapatero, declaró que el País Vasco es un país, tal y como su nombre indica. Y vasco, tendría que haber añadido para completar el plagio de micer Perogrullo. Ahora bien, ¿cuál es la etimología de esa palabra?

País viene del francés pays, que tanto ayer como hoy significa «comarca, región, territorio». Pero no territorio metropolitano, alrededor de una ciudad, que los gabachos llaman arrondissement, sino las áreas rurales y campestres, con sus aldeas embellecidas por el musgo y las telarañas, sus corrales y cochineras, y sus caminos flanqueados de zarzas y culebras. No es de extrañar, ya que pays procede del latín pagés < pagense < (ager) pagensis, los campos (el ager, usea, el agro) que rodeaban el pagus, es decir, la aldea.

El pagus derivó en castellano a pago, que se ha estancado en frases hechas como «no se ve a nadie por estos pagos», o ha venido a significar «viñedo, heredad», y ahora se empieza a ver en etiquetas saturadas de tanto Viña Ardanza o Viña Costera. Pero su adjetivo pagense sobrevivió durante un tiempo en pagés > payés, «campesino, aldeano», antes de desaparecer y volver a resucitar por mor del provenzal y catalán pagès; así que ya ven que hablar de «pan de payés» no es un catalanismo, sino una vuelta a los recios y bruticos orígenes del castellano.

Estas derivaciones de pagus se perdieron en el olvido con la irrupción del francés pays. De aquí vienen expresiones tales como «producto del país» (producto regional) o «vivir sobre el país» (vivir de la tierra, en especial, las tropas que subsisten a base de lo que rapiñan en las tierras ocupadas). Ya hemos visto que pays era originalmente un adjetivo, payés, pero al sustantivarse necesitó en primer lugar un nombre abstracto: este fue el paisaje, es decir, la extensión de tierra, el país, que podía verse desde un lugar en concreto. La mejor atalaya para contemplar un paisaje es siempre una colina (en griego, pagos), como aquella que se erigía en Atenas en honor a Ares, y donde se levantó un tribunal que, precisamente, se denominó Areios Pagos, es decir, Areópago.

Y en segundo lugar precisó un nuevo adjetivo: ese fue el paisano, el campesino, el labriego, el payés, y que más tarde adquirió el significado de «convecino». Y el paisano arrinconó definitivamente al pagano, el habitante del pagus, el aldeano, que según la teoría tradicional fue el más reticente a la irrupción del Cristianismo, y siguió adorando durante mucho tiempo, incluso a escondidas, a los viejos dioses y demonios de la antigüedad.

Así que ya ven: el país es la comarca, la región, la tierra rural donde uno vive, que solía coincidir casi siempre con el lugar donde ha nacido. El lugar de nacimiento es la nación, la nación es el país, y ya hemos visto que el país es la aldea y municipio circundante; el terruño, vamos. Cuando nación adquirió el sentido de «territorio soberano», o que debería ser soberano, un Estado independiente, su equivalente país también fue de la mano. Pero aun así no ha perdido su sentido original de aldea grande, tierra incivilizada (es decir, no urbanizada), pasto de cabras y vacas donde la leyenda y la superstición se empeñan en resistir a las nuevas ideas.

 

¿Tiene usted grandes ambiciones en la vida, sean de índole personal o profesional, pero le repugna pedir influencias, ofrecer sus favores, camelar con falsas promesas, rondar a los jerifaltes, buscar un padrino apropiado, entrar en el círculo de los poderosos, ser un trepa, en definitiva? ¿Cree que lo va a obtener todo por su propio esfuerzo, que sus insignes cualidades serán evidentes para aquellos de quienes depende su ascenso, y que motu proprio le encumbrarán a donde merece? Usted quiere ganar, pero jugando limpio, sin rebajarse a humillaciones ni corruptelas. Pues permita que la etimología le desengañe antes de que sea demasiado tarde.

Viajemos en el tiempo hasta una mañana cualquiera en el Foro romano. La jornada laboral de un ciudadano era sumamente breve para nuestros parámetros (unas cuatro horas), item más si el trabajo se encomendaba a los esclavos, de manera que disponían de mucho tiempo libre que dedicar a los asuntos públicos. De manera que la plaza está llena de hombres ociosos que se dedican a deambular (< ambulare, «pasear, caminar») de un lado a otro, charlando con los conocidos, o simplemente esperando a que suceda algo. Ya ven que en ese sentido el carácter latino, o tal vez el humano en general, no ha variado mucho en dos mil años. Un espectador moderno diría que el ambiente está muy animado; pero un romano de la época entendería esa expresión como figurada, ya que dicha palabra deriva de la preposición ambi-, en griego anfi-, que significa «alrededor, en torno a», y ellos la aplicaban primordialmente a la materia fluida que rodeaba alguna cosa: es decir, al aire que respiraban, que podía estar denso, sofocante, maloliente, fresco, y por extensión se aplicó después a las personas rodeadas por ese aire, así como a la mentalidad y circunstancias que mostraban en un momento dado.

Ambiente era el participio activo del verbo ambire < ambi ire, «ir, andar alrededor de algo», es decir, «pasear, rondar, vagabundear», del cual procede el ya visto ambulare, «andar de un lado a otro». Eso es lo que, en apariencia, está haciendo esa masa ambulante de gandules; pero en realidad están esperando a que otras personas se les acerquen y les ronden con gran actividad y energía, no para invitarles a bailar ni a leer los Diálogos de Platón en algún catre, sino para pedirles su voto. Verán, durante la República todos los cargos públicos estaban sujetos al sufragio popular, en una magnífica demostración de la democracia participativa. En realidad no era un sistema tan perfecto, porque para poder votar debías ser hombre, libre, ciudadano romano, y estar presente físicamente en la ciudad de Roma durante los comicios; en aquellos tiempos habían resuelto de manera tajante la duda de si la circunscripción debía ser municipal, provincial o autonómica: sólo se podía votar en los distritos de la capital. Y aunque en teoría los cargos estaban a disposición de cualquiera, en la práctica los únicos que podían aspirar a los puestos superiores eran los que contaban con suficiente abolengo, influencia y dinero como para ser conocidos por el pueblo. Así que se subían por perfecto orden a los pedestales y, aparte de recordar las hazañas de sus padres y abuelos, ofrecían más gloria, más tierras, más pan y más circo a los admirados votantes que les contemplaban con satisfacción. Una vez más, ya vemos lo poco que han cambiado las cosas en veinte siglos.

En cambio, los que aspiraban a los puestos inferiores, no los conocía ni su padre, y carecían de prestigio, padrinos y capacidad oratoria, debían buscar nuevos métodos para atraer el voto. En vez de declamar desde un púlpito, bajaban al nivel del populacho, al que empujaban, agarraban, gritaban, suplicaban, preguntaban por sus problemas particulares, prometían solucionarlos, ofrecían beneficios y prebendas, mientras se insultaban unos a otros y acababan muchas veces a puñetazos. Esta forma de comprar a los electores, mientras iban de un lado a otro interpelándolos uno a uno, se denominó ambición < ambitio, derivado del mismo verbo ambire que vimos antes; es decir, «el paseo, la ronda». Así que no es de extrañar que el ambicioso, el paseante, se convirtiera en sinónimo de aspirante a un cargo u objetivo, y que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de lograrlo.

El espacio en el que los ambiciosos realizaban su ronda se denominaba ámbito, es decir, «lo andado, lo cercado». Y las vueltas y giros que hacían entre los electores eran los ambages, < ambi agere, «hacer, actuar, operar alrededor», que más tarde también se aplicó a sus propios rodeos de palabras y oscuros circunloquios cuando no les interesaba dar una respuesta concreta y debían mostrarse ambiguos (< ambiguus, también derivado de ambi agere). Por ejemplo, cuando después de prometer el oro a todo el mundo se encontraban con que un tendero y un campesino tenían intereses opuestos, y entonces debían realizar equilibrios de funambulista (< funis, «cuerda, cordón», cuyo diminituvo era funiculus, «cordoncillo», de donde deriva funicular, porque la tracción se realiza mediante cuerdas o cables) para satisfacer a ambos.

De modo que, sin más preámbulos (< prae ambulare, «andar por delante», porque guía al lector u oyente al inicio del discurso) le invito a que reflexione sobre hasta dónde está dispuesto a llegar y rebajarse por colmar sus ambiciones. Consúltelo con la almohada, y si no puede dormir por los escrúpulos, salga a pasear como un sonámbulo (del inglés somnambulist, a su vez procedente del latín somnu ambulare, «andar en sueños»), siempre podrá contar con la ayuda de una ambulancia (del francés ambulance, «[hospital] ambulante»). Pero pida que le lleven a un ambulatorio, que como su propio nombre indica, es un hospital donde los que tienen una enfermedad que no les obliga a guardar cama pueden deambular por los pasillos; allí podrá rondar a los enfermeros y demás pacientes, y practicar con ellos sus dotes de ambicioso.

No está clara la etimología de pueblo. Como es sabido, deriva del latín populus, del cual poplus > poplo > poblo. De ahí, el gallego pasó a pobo, el asturiano a poulo > polo, el catalán a poble, y el castellano a pueblo. ¿Pero cuál es el origen de populus?

Una explicación tradicional lo hace derivar del etrusco puple, que significaría «apto para las armas», es decir, el ejército, formado por todos los hombres de la ciudad en edad de portar armas. Esta teoría tiene su fundamento en la asamblea anual de ciudadanos romanos varones en el campo de Marte, en las afueras de Roma: todos los que tenían la edad y capacidad económica de costearse su propio equipo militar eran llamados a filas por el jefe del ejército, el cual era llamado magister populi (maestro del pueblo). Con el nacimiento de la República, esa asamblea se convirtió en un acto político, los comicios, donde aquellos ciudadanos que contribuían a la defensa del Estado tenían derecho a votar y elegir a los cónsules, censores, ediles, etc. Entre esos altos cargos estaba también el pretor (< prae itor, «el que marcha por delante», nombre original de los cónsules, y que luego pasó a denominar a sus ayudantes) y el dictador, cuyo nombre alternativo era el ya visto de magister populi.

Así que ya vemos que la primitiva función de los puestos claves del Estado romano era esencialmente militar, y los hombres tenían importancia únicamente en función de cómo contribuían a la defensa y expansión de la ciudad. Y según esta teoría, el nombre de Publio, muy corriente entre los romanos, que se sabe que deriva de Poplio, vendría a su vez del etrusco Poplie < puple, y significaría «apto para las armas, miembro del ejército». Y el lugar donde vivirían juntos los puples sería una pupluna o fufluns, «ciudad», que los latinos tradujeron por Populonia, una población de Toscana. No obstante, se sospecha que, en este caso, pupluna deriva de boplo, una palabra ligur (los habitantes de la actual Génova, que algunos dicen que son los antepasados de los catalanes) que significa «altura, colina».

Algunos defensores de esta teoría dicen que la palabra etrusca puple derivaría de una raíz mediterránea, poplo, que significaría «crecido, aumentado, sumado», dando a entender que el pueblo es una agregación de hombres. Y esto nos pone en relación con otra de las teorías: populus sería una contracción de polpulus, el cual derivaría de pol-pol, el cual es la reduplicación de la raíz indoeuropea pol- o por-, que significa «reunir, congregar, agregar, colmar». Es decir, el pueblo sería la asamblea de todos los hombres de una ciudad, que no tienen por qué ser aptos para el ejército, si bien era lo que se esperaba en una época en la que la defensa de un territorio se encomendaba a los ciudadanos capaces de costear su propio equipo, y que a cambio tenían derecho a voto. Sólo los que se jugaban la piel por la ciudad podían intervenir en su destino. Los pacifistas, objetores e insumisos carecían de derechos políticos en la Grecia e Italia antiguas.

De modo que ya vemos que ambas teorías están estrechamente relacionadas. Pero la mencionada raíz pol- o por- nos proporciona más sorpresas. De ella deriva el griego poli- «muy, mucho» (como en polisílabo o polígamo), y de éste viene polis «ciudad», originariamente «congregación, comunidad». Supongo que no es necesario decir que la política es todo lo relativo a los asuntos públicos, los asuntos de la polis. Ni que la policía era el orden y limpieza en la polis. Y también deriva el latín plus «más», dando el sentido de agregación, suma. Y por comparación con otras lenguas, se sabe que también deriva el latín plenus y el griego pleos, que significan «pleno, lleno, colmado». Y también el griego plethos, del cual derivan plétora «multitud» y pletórico «lleno, colmado, satisfecho». Y emparentado con esta última tenemos la plebs, la plebe, la multitud, la muchedumbre.

Y si vamos a otros idiomas, la raíz pol- pasó a fol- en las lenguas germánicas, de donde procede el inglés full «lleno». Asímismo, la raíz derivó a wolg-, «multitud», que pasó al alemán como volk, «pueblo» (y de éste al inglés folk), y de nuevo al latín como volgus > vulgus, el vulgo, la muchedumbre amorfa que constituía la base despreciada de la sociedad. Y en védico, el idioma indoeuropeo de la India, la polis se decía pori. Quisiera saber cómo se decía en celta: quizá fuera fori, o furi, y entonces ahí tendríamos la explicación del vasco uri o iri, que ya sabrán que significa «ciudad».

Para acabar, decir que una tercera teoría hace derivar populus de coculus, una palabra de origen sabélico, otra lengua prerromana de Italia. Los caminos de la fonética son inextricables, y sí, la «k» puede transformarse en «p», por increíble que resulte (se lo explico con más detenimiento aquí). Y coculus está relacionada con el griego kyklos, «círculo», que al igual que hoy día también significaba «sociedad, comunidad». Así que el pueblo no sólo sería una asamblea de hombres, porten o no armas, sino que se ampliaría a todos aquellos que vivían en común, incluidas las mujeres y los niños.

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