Sentimientos


Dejando a un lado el paulatino declive físico, uno de los detalles en los que se manifiesta que vas cumpliendo años es que pierdes de manera aún más acelerada la capacidad de sorpresa. El afán de novedades que ardía en la juventud ahora se torna más urgente al atisbar el ocaso en el horizonte, pero al mismo tiempo disminuye la capacidad de disfrutarlas. No obedece sólo a los estragos de la globalización, por la cual apenas existe un lugar recóndito o paradisiaco que no haya sido fotografiado, televisado, visitado, comentado o empezado a transformar en lo que ya conoces. Incluso cuando te informan de que aún queda alguno, al llegar descubres que es con todo detalle exactamente igual a como te lo contaron, como te lo imaginabas, y como lo viste en los cientos de fotos digitales con las que te apabullaron quienes te lo recomendaron. Observas el entusiasmo de tus acompañantes, e intentas disimular tu decepción para no contagiarla a quien aún mantiene la ilusión por la sorpresa; hasta que acabas manifestándola al relatar tu experiencia, y dejan de llevarte con ellos porque nadie quiere amargarse en compañía de un cínico. Has visto la misma fina arena en tu playa de veraneo, las mismas hermosas palmeras en el parque de tu barrio, la misma comida exótica en el restaurante de la esquina, las mismas extrañas costumbres en los documentales de la tele. Corres de un lugar a otro en una epilepsia de fotos, y a la vuelta es cuando intentas solazarte contemplándolas con detenimiento, a ver si el recuerdo te permite disfrutar de lo que no pudiste en su momento. Planeas un viaje buscando imágenes en Internet, y tú mismo acabas por matar cualquier atisbo de sorpresa; es mejor que te lo cuenten, porque la palabra deformada por boca de otra persona deja un halo de incertidumbre y misterio, que al menos no se evaporará hasta que lo vean tus ojos. Aún te queda la sorpresa de ver que los demás se sorprenden por chistes caducos, anécdotas repetidas, vivencias ajadas, sufrimientos absurdos, amoríos tediosos, furores ridículos… Estás ya de vuelta sin haber llegado; no buscas nada porque hallarás lo mismo que dejaste atrás. Te urgen a sorprender en la cama, en la cocina, en los regalos o en los poemas, y la frustración que causas por no lograrlo es pareja a por no intentarlo; de ahí que cuando se te ocurre algo nuevo retrasas al máximo su cumplimiento, porque sabes que en cuanto lo hagas ya no tendrás ocasión de repetirlo, y habrás gastado otra de las escasas ideas que aún te quedan por germinar. Y llega por fin un momento en que descubres que no merece la pena seguir buscando la sorpresa, las emociones nuevas, la aventura, la gente diferente, sino que la felicidad consiste en volver a disfrutar de lo plenamente vivido y conocido, antes de que se te escurra entre los dedos y no te quede sino un vago y amargo recuerdo.

 

La palabra sorpresa es el participio del verbo sorprender, derivado del francés medieval surprendre, el cual es la evolución de un compuesto latino formado por la preposición super, “sobre” (de igual manera que el surrealismo no es el subrealismo, sino todo lo contrario, el superrealismo, lo que intenta sobrepasar la realidad), y el verbo praehendere, “prender, agarrar, coger”. Mucha gente odia que la sorprendan, lo que tiene una base lógica, y aun diríamos que acertada, puesto que sorprender era originariamente un término militar con un significado muy funesto: coger por encima al enemigo, ya fuese mediante una emboscada desde lo alto de un desfiladero, o cayendo sobre él mientras dormía en el campamento. El siguiente paso semántico fue evidentemente el de cogerle desprevenido, de improviso, de repente, tanto por encima como aun mejor por detrás, e incluso por delante en forma de innumerable ejército. Asímismo, la propia sorpresa, en francés surprise, nació con un significado igual de desagradable: era lo que caía de improviso sobre las menguadas arcas de campesinos y artesanos en forma de impuesto extraordinario, de donde no tardó en convertirse en la acción de sorprender, coger por sorpresa, que es lo que experimenta el incauto trabajador cuando descubre que debe pagar a Hacienda el doble de lo que estimaba.

 

Por lo tanto, sorprender se puede traducir por “sobrecoger”, y al igual que éste no tardó en adquirir el sentido de intimidar, sobresaltar, causar alarma, que era la emoción que embargaba a las víctimas de la sorpresa al ver surgir en el camino a un partisano, un recaudador de impuestos o un alegre salteador, también dispuesto a su manera a exigir su correspondiente contribución extraordinaria. A partir de aquí, nuestra palabra fue abandonando el ámbito castrense, así como las connotaciones estrictamente negativas, y en el Renacimiento equivale a causar asombro y conmoción por cualquier motivo inesperado y repentino, ya fuera fastidioso o maravilloso. De hecho, con el tiempo el sentido favorable ha ido ganando terreno en nuestra mente: así, la simple y desnuda palabra “sorpresa” nos llena de pensamientos deliciosos y placenteros, en los cuales nos dejarán estupefactos de admiración al tenernos preparada la cena cuando volvamos del trabajo con la noticia de que nos han subido el sueldo; mientras que si queremos indicar que la sorpresa no nos inundó precisamente de felicidad, nos vemos obligados a añadir el adjetivo “desagradable”. Pero el sentido negativo original de coger a alguien desprevenido se mantiene latente y resucita de vez en cuando, y se amplía con el de cogerle en un momento inoportuno, dejando al descubierto lo que ocultaba o disimulaba: por ejemplo cuando una mujer sorprende a otra en bragas en su alcoba, y a su marido con las manos en la masa. Incluso el concepto militar originario regresa durante el siglo XIX en expresiones como surprise party, que era como se denominaba a una partida o grupo de hombres, fuesen soldados regulares o guerrilleros, enviados a acechar y atacar por sorpresa al enemigo, con el propósito de destruir su moral antes que vidas o pertrechos. No muchos años después es cuando se despoja de armas e intenciones aviesas al grupo de personas, y la expresión se traslada a cualquier reunión social cuyos asistentes surgen sin que nadie los haya invitado o ni siquiera conozca, primero para charlar y degustar un té con pastas, y luego para bailar y seducirse al son de la música. Este sentido lúdico es el que acaba prevaleciendo, y se convierte en una fiesta espontánea, convocada en el acto a instancias de un arrebato repentino. Por último, pasa a ser una fiesta secreta en honor a alguien que finge desconocer la sorpresa, y con esa acepción pasa al castellano como fiesta sorpresa.

 

Estas connotaciones bruscas y vehementes del primitivo sorprender ya se encuentran en el verbo del que procede, el latino praendere < praehendere. Su significado es, como ya hemos visto, ”asir, agarrar, coger”, pero impregnado del efecto de hacerlo por la fuerza, sea física o mental, que se mantiene hoy día en su derivado italiano, prendere. También lo mantuvo al principio el castellano prender, pero lo perdió al hacerse sinónimo de “recibir”, y aun más cuando a finales de la Edad Media desapareció del habla corriente, sustituido por “tomar”. Pero no murió, sino que fue confinado en una serie de frases hechas que retuvieron el sentido original: prender a alguien, es decir, privarlo de libertad; prender un adorno o complemento a un vestido, que es lo mismo que sujetarlo con un adhesivo o alfiler; prender una planta, que equivale a arraigar en la tierra; o prender fuego, primero como sujeto (el fuego prende) y luego también como objeto (yo prendo fuego), y que en América se ha conservado en la expresión “prender el fuego, el calentador, la estufa” aunque en España se prefiera actualmente el verbo “encender”. Sin olvidarnos del macaco que prende o agarra una rama de árbol con la cola y se cuelga de ella para comer las hojas y frutas, razón por la cual decimos que es prénsil, neologismo acuñado en el siglo XVIII a partir de un supuesto praehensilis. Y aunque la ropa pueda ir prendida al cuerpo, de prender no deriva prenda, sino que ésta es una evolución del latín pígnera o pígnora, plural de pignus “fianza”, a través del proceso péñera > peñra > pendra, que para facilitar la pronunciación alteró las consonantes a prenda. El origen de esta palabra radica en que la ropa, así como los muebles y demás enseres, eran los objetos que se solían dejar a un usurero en prenda, es decir, como garantía de que se satisfaría la deuda para poder recuperar lo que se había pignorado o empeñado.

 

Por suerte para praehendere, aunque el camino de prender parecía haberse extinguido, pudo esparcir su simiente en otras palabras procedentes de su raíz. Por ejemplo, la acción de coger, agarrar, era la praensio < praehensio, que se convirtió en el tecnicismo legal con que se denominaba el derecho que tenía un magistrado romano de prender a un acusado, es decir, agarrarlo del brazo y llevarlo ante los tribunales, o incluso el calabozo. El castellano heredó esta palabra como prensión, pero la vulgarización en boca de la plebe la transformó en preisión > prisión, que como vemos era al principio el acto de prender: poner a alguien en prisión significaba ponerle en situación de estar agarrado, inmovilizado, y por metonimia pasó después a indicar las cadenas y grilletes con que se lo mantenía cogido, es decir, preso < praensus < praehensus, y por ultimo el lugar donde mantener prendido al prisionero. De este participio deriva a su vez el verbo praehensare > praensare, que era un intensivo con la noción de prender a alguien con fuerza, significado que se transmitió al castellano mediante la variante ad praensare > apprensare > apresar. Pero de él no deriva prensar, sino que este verbo es una regresión del latino pressare, derivado a su vez de premere “comprimir, oprimir”. La semejanza formal entre el latín praensare y el castellano prensar ha producido cierta confusión que se extiende a sus derivados, y de igual modo no hay que mezclar la prisión de presos prendidos, con la presión con que oprime una prensa; ni tampoco confundir la prensa con la praensa > presa, que era en primer lugar el femenino de preso, y como tal, la cosa cogida y apresada; pero que luego pasó a ser la acción de coger (que se fosilizó en la expresión hacer presa), e incluso el instrumento para coger y apresar algo: como las garras y colmillos de un carnívoro, o el muro que apresa el agua de una acequia o embalse, y de donde se coge al abrir las compuertas para saciar la sed de las gentes o las tierras.

 

Eso es todo de momento. Pero no crean que hemos acabado con el examen de este tema. En la siguiente entrega repasaremos la etimología de otros derivados de prender, que es un tema con mucha enjundia y que puede dar unas cuantas sorpresas. En todo caso, no olviden que aunque tendamos a pensar en la sorpresa como algo deseable, no lo fue en sus inicios y es lógico que no lo sea al final. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

 

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El alma es, sin lugar a dudas, uno de los conceptos más defenestrados en la actualidad. Omnipresente durante milenios en todas las culturas por su íntima conexión con la religión, desde el momento en que ésta cayó de su pedestal el alma corrió igual suerte. “Cosas de curas”, se dice con desdén, incluso por parte de muchos de los que creen en algún tipo de Dios, pero difusamente en la vida de ultratumba, y de ningún modo en una réplica albina a escala diminuta, que se ennegrece cual pulmón de fumador a causa de los vicios y pecados, y que en el último momento sale revoloteando hacia las alturas. Los hombres han perdido su alma, y aún no está claro si los perros la han encontrado. En los últimos tiempos ha experimentado una resurrección, pero se ve como síntoma de infantilismo o demencia, propio de la pseudoespiritualidad New Age, el neopaganismo, sectas que adoran a Satán o al anticiclón de las Azores, creyentes en semidioses extraterrestres, y místicos de todo pelaje. Sin embargo, como la etimología les demostrará, sepan todos ustedes que aun los desalmados tienen alma, así como sus mascotas y cachorrillos, aunque no tengan el ánimo de reconocerlo.

 

La palabra alma es una aliteración de arma, a la andaluza manera, la cual es una disimilación de anma, contracción a su vez de la voz latina anima (mediante un proceso semejante a hominem > homne > homre > hombre). El origen de esta última se encuentra en la raíz indoeuropea an- o ane-, que significa “soplar, aire”, nacida probablemente como onomatopeya de la respiración fuerte y dificultosa, como es el caso de los asmáticos o moribundos. En aquellos tiempos remotos, cuando aún no existía el electroencefalograma, y se desconocía el funcionamiento y propósito del corazón, la prueba más evidente que separaba a los vivos de los muertos era que aquéllos se pasaban el rato suspirando por una nueva bocanada de aire. El hombre o animal con el cuerpo atravesado por una estaca, por mucho que se desangrara o perdiera la consciencia, aún seguía con vida en tanto respirase, y era al dejar de hacerlo cuando podía darse por muerto. La respiración se vio por tanto como el principio básico e indispensable para la vida, la fuerza elemental que sustenta, es decir, alimenta los cuerpos, y por ello debe retroalimentarse sin cesar en una sucesión ininterrumpida de jadeos. Pero en el acto de respirar, la inspiración ha sido siempre menos perceptible que la espiración, y de ahí que anima, el alma, significase originariamente “soplo”. Jehová sopla en la boca fangosa de Adán, y de este modo le insufla la vida, el aliento vital que recorre todo su cuerpo y lo mantiene en movimiento, hasta que un aciago día lo abandona sin más despedida que un último suspiro.

 

Si el anima es el soplo que permite la vida, es obvio que todos los seres que soplan, que respiran, poseen alma, incluido cualquier animal, como su propio nombre indica: animalis, el que respira, el que tiene anima; el que está vivo, en suma. Anima es una función fisiológica más, como producir plaquetas o segregar jugos gástricos, y por eso el hombre es un simple animal, por muy superior que se crea. A despecho de saber que comparte su misma naturaleza, o quizás por eso mismo, siempre ha querido distanciarse de ellos, considerándolos no sólo inferiores, sino dañinos o peligrosos, con los cuales sólo se puede tratar a palos o incluso a hachazos. Llamar a alguien ¡animal! es un insulto con el que expresamos el mayor de los desprecios hacia su comportamiento. Tal es el rechazo que profesamos a los animales, que su propio nombre nos pareció repugnante por cuanto revelaba que podían compartir nuestra misma anima, y siempre hemos buscado sinónimos para no pronunciarlo, o sin más lo hemos manoseado con guantes de hierro. Así, el conjunto de animalis era animalia, y con ese nombre pasó a las lenguas romances; pero en el Medievo se olvidó que era un plural, cambió a auimalia > alimalia, y de ahí al francés almaille, portugués alimária, y castellano alimania > alimaña, lengua en la que adquirió el sentido de bicho infecto y nocivo del cual no basta con defenderse, sino que hay que matar y erradicar de la faz de la tierra. A los animales se les ha negado el alma y a las alimañas la vida, y tanto unos como otros siguen suspirando porque les den un respiro. Quizá exhalen su último aliento en forma de dibujos animados, los cuales no respiran pero están vivos, o al menos se mueven como si lo estuvieran. Porque al ser lo más esencial para la vida, anima se convierte en sinónimo de ésta, y de ahí que animar sea dar, crear vida, como hace Frankenstein con su criatura; y que reanimar sea devolver la vida a los muertos, como el protagonista de Re-animator, y por extensión a los que están a punto de serlo, como los infartados, apopléjicos y comatosos. Los animales que aún respiran, salvo los que sirven de carne o juguete de compañía, puede que llegue un día en que caigan al suelo exánimes, de ex-animus “fuera del alma”, es decir, que han perdido el aliento y con él la vida, o se hallan tan debilitados que dan la apariencia de haberla perdido. Y sólo podrán habitar en museos bajo la piel de figuras inánimes < in-animus, “sin alma”, que llevan tanto tiempo privados de aliento y vida que nos producen la impresión de seres inanimados que nunca la han tenido.

 

Aunque nosotros hablemos del alma, considerada como una sola entidad para cada ser vivo, en las culturas antiguas se consideraba que el cuerpo humano albergaba dos o incluso tres tipos de sustancias o conceptos intangibles. En el caso de los griegos, ya desde los tiempos de Homero marcaban una distinción entre la psyche > psique, “soplo, aire”, el thymos > timo “olor, humor”, y el nous “conocimiento”. La psique era el principio esencial que sustentaba el cuerpo y lo mantenía vivo, el tenue suspiro que emparejaba al hombre con los animales e incluso con los vegetales. El aire no huele a nada, es siempre el mismo en todas partes, una sombra difusa que fluye inerte por todo el cuerpo a merced de los instintos, y aun de las necesidades fisiológicas. La psique es una boca recién lavada con un dentífrico aséptico, reproducido en serie para llenar el mundo de fotocopias de besos con sabor a flúor. Por el contrario, el timo, el olor, es el aliento personal e intransferible, impregnado de los humores que fermentan en el interior de cada uno: sus deseos, odios, anhelos, angustias y temores, que lo empujan a la acción y lo diferencian del resto de sus semejantes. La psique da vida al cuerpo, pero el timo lo llena de vida. La psique es el principio pasivo, la esencia vital, mientras que el timo es el activo, la fuerza vital. En el timo residen los afectos y pasiones, es el coraje y el fervor que impulsa a los reyes a buscar la gloria en lejanas tierras, a los guerreros a matar y saquear, a los poetas a desangrar la vida en versos, a los artistas a morir por la belleza, a los amantes a huir del marido y la sociedad, a los ricos a seguir enriqueciéndose, a los derrotados a suicidarse… El timo no es tenue sino denso y caliente como la sangre, un fuego que quema en el pecho y en especial en el corazón. El aire inspirado, la psique, templa y enfría su ardor, de modo que acaba convirtiéndose en la voluntad y el carácter capaz de dominar las pasiones desmedidas. Y en ese proceso de refrigeración, el timo llega incluso a absorber las funciones del nous, que se nos había quedado colgado, y que era la sustancia encargada de la razón, el conocimiento, y el pensamiento: en suma, la inteligencia.

 

Trasladados estos conceptos a los textos latinos, la psique se traduce por anima, a la cual corresponde de manera literal, mientras que para timo se escoge el término animus, el ánimo. No está claro si ambas palabras son hermanas, o si una nació de la otra; o quizá anima llegó al latín directamente desde el indoeuropeo, mientras que animus vino como calco del griego anemos, el viento que sopla del mar o las montañas (y por extensión de una garganta animal o humana), y del cual procede anemómetro, “instrumento para medir la velocidad del viento”. Sea como sea, podemos observar que animus, el principio superior, la parte más noble del ser humano, es masculino, mientras que anima, el principio inferior, que iguala al hombre con los animales, es femenino. Es una dualidad semejante a la que existe en todos los cuerpos animados, porque tanto animus como anima se consideran partes indisolubles de un mismo principio y comparten la misma naturaleza, aunque tengan una jerarquía: el masculino controla al femenino, lo que responde a la mentalidad de la sociedad romana, donde toda mujer se hallaba siempre bajo la autoridad de un tutor varón, fuera éste su marido, padre o hermanos.

 

El ánimo, a semejanza del timo, es originariamente el asiento de las pasiones y los apetitos, sean positivos o negativos. De ahí vienen expresiones como refrenar los ánimos, que es lo mismo que “refrenar los arrebatos, la ira, las pasiones”; o a causa del ánimo, en latín animi causa, que no significa propiamente “por causa del ánimo” sino “por placer, por diversión”. Asímismo, derivan una serie de expresiones y vocablos que mezclan las acepciones de “coraje, valor”, “esfuerzo, energía”, como dar ánimos “infundir valor, infundir energía”, o su contrario perder el ánimo. Estas expresiones equivalen al verbo animar, el cual ya vimos como derivado de anima con el significado de “crear vida”, y a su opuesto desanimar, de los cuales procede a su vez el reflexivo animarse “tener valor, tener energía”. El que posee ánimo es un animoso < animosus, es decir, “valeroso, ardiente, enérgico”. Pero el valor y el ardor llevados al paroxismo pueden desembocar en la soberbia y la ira, que cuando se dirige contra alguien conduce a la hostilidad y la beligerancia; de ahí que la cualidad de animoso, animosidad, adquiera en el latín eclesiástico el sentido de “aversión, ojeriza”, de donde pasa al francés y de éste al castellano en el siglo XIX. Pero al igual que el timo, el ánimo también templa los ánimos, refrena sus instintos y se vuelve cauce de la voluntad y los deseos; de ahí expresiones como tener ánimos, “tener deseo o voluntad”; con ánimo de “con deseo o intención de hacer algo”; o tener en ánimo “estar decidido, estar resuelto, tener la intención de hacer algo”. Y de igual modo, llega un punto en que el ánimo absorbe las funciones del nous, la mente, y se confunde con la inteligencia. No sólo es el refugio de las pasiones, los sentimientos y la voluntad, sino también del pensamiento, la razón, el juicio y la memoria. Se convierte en el principio pensante, el alma racional, opuesto al anima, el principio vital, el alma irracional. Es todo aquello que permite al ser humano superar su condición animal y hacerse persona, de forma que no se limita a reaccionar de manera instintiva ante las pulsiones inmediatas, sino que puede analizar su comportamiento y su entorno, y fijarse un proyecto de vida a largo plazo. Este sentido global es el que encontramos en la palabra animadversión < animum adversio, “volver el ánimo, la voluntad, la mente hacia algo”, de donde “observar, fijarse, advertir”; pero no tardo en adquirir un matiz de censura y reprobación, y pasó a significar “castigar con severidad”, hasta que en el siglo XVII tomó el sentido de “ojeriza” por influencia de aversión y de la animosidad hostil; y también porque todos saben que si un profesor me censura y castiga, no es porque yo me porte mal, sino simple y llanamente porque me tiene manía.

 

Esta dicotomia entre animus y anima, razón y sinrazón, se difumina cuando se traducen los textos de nuevos filósofos griegos. En su afán por encontrar el término que mejor se adapte a sus propias ideas, empiezan a arrinconar al timo (que había pasado a significar “calor, ardor”) y buscan otro término que refleje la idea original de aire y respiración. El elegido es pneuma, que como todas los demás que estamos tratando aquí significa “soplo, viento, suspiro, aliento”, y cuya traducción literal al latín es spiritus > espíritu. El espíritu sopla donde quiere y tiende a sustituir a animus como alma que regula la sensibilidad y la inteligencia del hombre. Como si quisiera rellenar ese vacío, el anima, el alma vegetativa e irracional, amplía su significado y se utiliza muchas veces con el sentido de animus. Es el caso de una serie de derivados indistinguibles de uno u otro, como aequanimus > ecuánime, “de alma o ánimo igual, constante, inalterable, imparcial”; magnanimus > magnánimo, “de alma o ánimo grande, elevado”; unanimus > unánime, “que actúa con una única mente, voluntad, sentimiento”; o longanimus > longánime, “que posee largueza de alma o ánimo, generosidad, clemencia”.

 

Con el latín eclesiástico y la Escolástica medieval, la confusión entre anima y animus, alma y espíritu, es completa y definitiva. El motivo es de índole teológica. Ya hemos dicho que los griegos y latinos, como reflejo de una concepción común a todos los pueblos primitivos, consideraban ambos conceptos como contrapuestos y de diferente jerarquía, pero a la vez indisolubles y que compartían la misma naturaleza. En el momento de la muerte, el ánimo, el timo, el alma racional y sensitiva que proporcionaba la fuerza vital al cuerpo, desaparecía para siempre a la muerte de éste. Privado de él, el ánima, la psique, el alma irracional, salía del cuerpo en el último suspiro y pasaba a vegetar en el infierno como un fantasma sin conciencia ni sensaciones, sombra difusa de la persona que había habitado en la tierra. El Cristianismo suprimió esta diferencia: ya no existen dos almas, una irracional e inmortal, y la otra racional pero mortal; por el contrario, ambas se funden en una sola, inmortal y de la misma naturaleza que Dios, quien la infunde en el cuerpo de los hombres en el momento de su concepción, y al que regresa tras la muerte de éstos hasta la resurrección final. El alma sólo mantiene con la respiración un vínculo metafórico: es un préstamo que Dios concede en usufructo a los hombres, y por lo tanto éstos deben devolverla intacta, y no pueden disponer de ella como ni cuando les apetezca. No sólo el homicidio, sino el suicido está también prohibido, al igual que la eutanasia: como dice San Isidoro, “la vida puede seguir existiendo aunque falte el “ánimo”; y el “alma” subsiste aun careciendo de inteligencia”.

 

Anima pasará como “alma” al castellano, si bien mantendrá una diferencia por obra del latín eclesiástico: conservará la forma romance entre los vivos, y regresará al latín cuando se trate de difuntos, como las ánimas del purgatorio. Espíritu se convierte en mero sinónimo de alma, aunque mantendrá ciertas diferencias como eco de que en su origen era un concepto más elevado que ésta: esa es la razón de que digamos “pobre de espíritu”, pero no “pobre de alma”, o desalmado “sin conciencia, sin corazón”, en vez de desespiritualizado. En cuanto a animus, sepultado por el alma y el espíritu, no sobrevivirá en las lenguas romances. Algunas, como el español e italiano, lo recuperarán como cultismo, razón por la cual se dice ánimo y no almo. Y en el siglo XX resucitará por obra del psicoanálisis, que lo convierte en la parte racional y lógica del alma femenina, como oposición al anima, ahora reducida al lado afectivo, pasional e irracional del alma masculina. Dos mil años después, los animales aún no han recuperado su alma, pero hombres y mujeres siguen empeñados en separar la suya.

 

 

A veces te asalta la tristeza y no sabes a qué se debe. El día puede ser completamente luminoso, y sin embargo parece como si una neblina te velara los ojos, tal vez por las lágrimas que no encuentran hueco por el que brotar. Otras veces conoces a la perfección los motivos, pero no encuentras los medios para resolverlos, y te relames morbosamente en tu sufrimiento, imaginando las desdichas que esperas que ocurran al doblar el camino. Te invade la abulia y la desgana, los placeres cotidianos dejan de proporcionarte goce, reflexionas sobre tus actos y deseos, y los encuentras irreales y absurdos. Vagas por la calle con un brillo mate en la piel, y no sientes ánimos ni para llorar. La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?

Triste deriva del latín tristis, cuya etimología ha sido objeto de toda clase de especulaciones y fantasías, puesto que no parece conectada con ninguna otra palabra. Por supuesto, no faltan las asociaciones simplistas, como ya vimos al hablar de la orina, donde todo topónimo que empezaba por aur- se adjudicaba invariablemente a aurus, “oro”; en este caso, las divagaciones conducen al número tres. Por ejemplo, para algunos tristis no es más que una variación de testis < terstis < trestis, tristis, “testigo”, la cual se habría formado a partir de tri- “tres” o “tercero”, y sti- “estar, permanecer”. Un testigo sería el tercer hombre en un juicio, por detrás del acusador y el acusado, donde está como convidado de piedra que ve y oye todo; pero a veces asiste a actos desagradables, luctuosos, fatídicos, que le llenan de congoja el corazón, y de ahí habría derivado otro significado que acabó congelado en un nuevo vocablo. En suma, la esquiva palabra habría nacido para denominar a un triste tristón testigo de hechos tristes. No obstante, si bien esta etimología de testigo es bastante discutible y la analizaremos en su momento, no se sostiene de ninguna manera en el caso de triste: lo que define a éste no es contemplar la tristeza, sino padecerla, mientras que el testigo, por más que se compadezca de él, jamás podrá sentir esa tristeza de modo tan intenso. Y además, esta explicación obvia por completo las diversas connotaciones que esta palabra ha tenido desde muy antiguo, y que paso a explicarles a continuación.

El origen remoto de esta palabra se encuentra probablemente en la onomatopeya tr, que imita el sonido de los pequeños objetos al romperse. De ella habría nacido la raíz indoeuropea ter- o tre-, que significa “frotar, restregar”. Cuando se frota algo con fuerza, como un grano de trigo sobre una piedra afilada, se va desgastando poco a poco, de modo que la raíz no tardó en adquirir la acepción de “consumir, roer”. ¿Entonces un triste sería alguien con el corazón roto, consumido por pensamientos funestos que roe sin cesar hasta que acaba con el alma deshecha? No nos precipitemos y sigamos frotando el grano, pero ahora vamos a hacerlo con mucha más fuerza, hasta que acabe completamente triturado. Como resultado, la raíz evolucionó al intensivo treis-, con sus variantes treisk- y treist-, que significa “aplastar, machacar”. De ella deriva el germánico thriskan, que pasó al castellano como triscar, y que al principio denominaba todo ruido que se produce al pisar, pero que luego se concretó en “pisar el grano”, es decir, “trillar”.

En este punto la raíz experimenta un giro metafórico, y de aplastar el grano pasa a significar aplastar a los enemigos. El triste no es el ser apático y pasivo con el que lo identificamos ahora, sino alguien sumamente nervioso e incluso violento, que lejos de tener el alma deshecha está dispuesto a deshacer almas y cuerpos. En las lenguas germánicas y célticas su carácter se dulcifica, y sólo se fijan en el coraje que muestra en el combate: la raíz evoluciona a dreist, “valiente, audaz, atrevido”, no sólo en la guerra sino en el amor y en todas las vicisitudes de la vida, como es el caso de Tristán < Drystan, que no recibe su nombre por su triste final junto a su enamorada Isolda, sino por la osadía y malas artes de que hace gala en las primitivas versiones de la leyenda. Pero en el resto de lenguas lo que deja huella es su rabia y crueldad, su determinación de hacer daño, de machacar sin piedad a sus rivales. El triste es aquel dispuesto a causar el máximo dolor y sufrimiento posible. Aun hoy día, el italiano conserva un eco de aquellos tiempos al diferenciar la tristezza, “tristeza, melancolía, pesadumbre”, de la tristizia, “atrocidad, ferocidad, inhumanidad”.

Llegados a este punto, hay un paso muy tenue entre causar dolor y sufrir el dolor, y nuestro triste empieza a bascular entre ambos significados. Pero al mismo tiempo adquiere otros nuevos, que inclinarán definitivamente la balanza. Para los latinos, el triste empieza a ser alguien afligido, pero que en vez de mostrarse abúlico y resignado reacciona con rabia e indignación, profiere lamentos llenos de furia y enojo, mientras busca obstinadamente la manera de resolver el problema, o al menos de vengarse. Sin embargo, poco a poco va callando esos pensamientos, si bien su rostro refleja la ira que le corroe. Se convierte en un ser desagradable de modales ásperos y rudos, y de ahí nace la expresión “sabor triste” con el sentido de “amargo”, si bien ahora quiere decir que es insípido. Siempre de mal humor, con un aspecto sombrío que oculta un alma consumida y negra como la muerte, y por esa razón tristis se sigue usando en botánica y zoología como sinónimo de “negro, gris muy oscuro”. Un egoísta de intenciones aviesas, a quien no conviene acercarse, no porque te contagie su pesadumbre, sino por el daño que puede causarte de manera cruel e inmisericorde, como represalia gratuita por el que le han causado a él.

De manera que regrese a la alcoba y acérquese a la princesa. Enjugue sus lágrimas e intente consolarla de su tristeza, sin olvidar que quizás su corazón albergue a un demonio celoso, incapaz de soportar que puedan existir sonrisas en el mundo mientras ella se pudre en la oscuridad.

Es una vergüenza lo que está pasando, ¿no cree? Se le enciende el rostro al ver tanta ignominia, en un rubor que se confunde con el sonrojo turbador de saber que usted forma parte de ese colectivo. ¿Y qué es lo que está ocurriendo que le produce tal vergüenza ajena? Va por barrios, e incluso por domicilios fiscales. En última instancia, el bochorno es un sentimiento de cada individuo, sujeto a su forma de ser y de pensar, y es muy difícil de compartir o comprender por parte de quienes no estén esclavizados a su misma piel.

Debido a que vergüenza tiene también la acepción de “pudor”, e incluso de órgano genital (“taparse las vergüenzas”), algunos listillos creen que está relacionada con otras palabras referidas al sexo, como verga o virgen. Pura etimología de baratillo, fruto de la nefasta costumbre de fijarse en la semejanza formal de las palabras, y no en lo que significaban en un principio. En realidad deriva de vergonza < vergondja (pronunciado [vergon-ya]) < vercondia, forma vulgar del latín clásico verecundia. De hecho, el sinónimo culto de vergonzoso es verecundo, un vocablo perfecto para burlarse del vecino y que éste crea que le estamos llamando “persona veraz, que dice la verdad”. Y el significado original de verecundia sí está relacionado con el hecho de cubrirse las vergüenzas, aunque no en el sentido que muchos creen.

La terminación -cundo es propia de algunos adjetivos verbales latinos, y transmite a quien la posee las facultades definidas por el verbo. Así, de fari “hablar” tenemos facundo, “hablador, parlanchín”, y de feo “producir, generar” nos encontramos con fecundo, “productivo, fértil”. Verecundo deriva del verbo vereri, que literalmente significa “temer, no atreverse a hacer algo”, pero no por miedo o terror, sino por respeto o reverencia, palabra que procede de ese mismo verbo.

A su vez, éste es un significado posterior, porque en principio vereri quería decir “guardarse, cuidarse de hacer algo”. La razón estriba en que procede de la raíz indoeuropea var-, que significa “cubrir, proteger, defender”, la cual podemos encontrar en cuatro verbos de origen germánico:

varian > warjan, el que mejor mantiene el sentido original de “proteger”, que pasó al castellano como guarir, con sus derivados guarecer y guarida;

varen > waren, “protegerse de un pacto o de un daño”, que pasó al latín tardío como varentem con el sentido de “seguro, caución”, y de ahí el francés garant, en castellano garantía;

vardon > wardon, que amplió el significado a “observar, vigilar”, y así tenemos derivados como guardar y guardia, que vigila y a la vez protege un lugar;

– y varnion > warnjon, que en principio significaba “proveer la defensa de un lugar”, es decir, proporcionar los hombres y material necesarios para fortificar un sitio. De aquí deriva el inglés warn, “alarma, advertencia”, porque tal era la función de la guardia apostada allí. Ahora bien, los muros, torres y empalizadas, una vez levantados y reparados, solían ser embellecidos para resaltar la categoría y dignidad de sus moradores. Así que este significado de “adorno, aditamento” es el que también recogió el castellano guarnir, y sus derivados guarnecer y guarnición.

En suma, ya vemos cómo, propiamente, la vergüenza es el temor reverencial hacia las cosas elevadas, humanas o divinas, y que en última instancia refrena nuestros actos como medio de guardarnos, protegernos, de sus posibles efectos. Por eso un niño que no guarda silencio ni compostura ante personas mayores desconocidas, a quienes antiguamente se le enseñaba a respetar, decimos que es un desvergonzado. Y el rubor que nos sonroja cuando nuestra pareja menciona en público alguna anécdota sexual, obedece a la profanación contra algo que siempre nos inculcaron a mantener en secreto, en sagrado, al igual que las vergüenzas y partes pudendas. Y es que la timidez, el temor, siempre ha sido un instrumento esencial para la defensa y supervivencia de los animales; los temerarios son fascinantes, pero acaban llorados en la tumba.

Pero el que nunca sale de sus resguardados muros acaba por pudrirse dentro de ellos. De modo que luche por abrir un hueco en sus propias defensas, y deje que el bochorno se suavice en un aire fresco. Un poco de respeto, de reverencia, de vergüenza, no siempre está de más, pero no deje que le coarte hasta el extremo de no atreverse a hacer nada.

Cuando ustedes hablan de coger algo, inmediatamente piensan en sostener la mano de su ser amado, empuñar una pistola, agarrar el abrigo, asir una copa… sólo en el puro aspecto material. Sin embargo, los latinos empleaban el verbo capere, que significa “asir, prender”, pero también en el sentido de coger algo intelectualmente, conocer su significado (es decir, aprender, comprender), e incluso sensorialmente, a través de la vista, oído, olfato… Deriva de una antigua raíz, cap-, “contener”, de la cual procede también caput, o sea, “cabeza”, porque es la extremidad con la cual se prenden (=aprenden) las cosas.

El participio de este verbo es captus (< capitus, otra vez relacionado con caput), del cual deriva a su vez otro verbo: captare, “intentar, tratar de prender, sorprender, buscar”. De este derivan estos verbos en español:

– el culto captar, “percibir por medio de los sentidos o de la inteligencia”, con lo cual una vez más lo relacionamos con caput;

– el intensivo capturar, con el sentido de “prender”;

– el vulgar catar, que antiguamente significaba “buscar”, y luego “percibir por los sentidos”, primero con la vista (=mirar), ahora por el gusto.

– y también cazar (< caciare < catiare < captiare < captare), “buscar, sorprender, perseguir”.

Al añadir una preposición al verbo capere se transforma en cipere, por un fenómeno llamado iotacismo, por el cual una vocal (en especial, la “a”) acerca su sonido al de la “i”, hasta confundirse con esta o detenerse en un sonido intermedio. Sucede en particular hoy día en el árabe y el rumano, y es el motivo por el cual los periódicos nunca están de acuerdo sobre si Sadam Hussein nació en Takrit o en Tikrit: en realidad, nació en Tâkrit.

En latín antiguo ocurre a menudo, y en este caso concreto nos podemos encontrar varias preposiciones. Veámoslo con un ejemplo:

Lleva todo el día esperando a que su ser amado se ponga en contacto con usted. No tiene propiamente razones para esperarlo, ya que ni siquiera son novios, es más, la otra persona apenas conoce sus sentimientos hacia ella. No obstante, por diversos indicios usted ha podido percibir (< percipere < per capere) que su amado va a llamarle por teléfono o email, o que incluso se va a presentar en su casa. Según la etimología, usted ha prendido para sí mismo esa información, se ha apoderado de ella después de tomarla y ahora es suya. Sus sentidos han sufrido una impresión que ahora usted lleva a su intelecto, donde la hace visible para analizarla y descifrarla a su manera.

Ahora usted se ha pasado toda la tarde carcomiéndose con el significado de esa percepción. Se imagina que en cualquier momento va a recibir (< recipere < re capere) noticias de su ser amado, y no deja de mirar el teléfono o el email en busca de la llamada esperada. Ese mensaje llegará y entonces usted lo prenderá, lo tomará, y lo acogerá en su seno. Su ser amado le pedirá hablar otro rato con usted, y sin ninguna dilación usted decidirá aceptar (< acceptare < accipere < ad capere), es decir, cogerá su invitación y se moverá hacia ella, lo que es una manera poética de decir que lo desea y consiente.

Pasan las horas y la llamada no se produce. Empieza a concebir (< concipere < cum capere) un horrible pensamiento: su ser amado se ha olvidado de usted, no se ha dado cuenta de lo mucho que usted necesitaba que lo llamara, le ha borrado de su mente y usted no significa nada para él. Todo cuanto hablaron en el pasado es agua por el desagüe, y la otra persona sólo le llama, cuando lo hace, después de que usted lo haga, pocas veces por iniciativa propia. Lo que usted acaba de hacer es prender consigo mismo una idea: ha nacido dentro de usted como un feto, y brota de sus labios en forma de concepto (=concebido): el ser que usted ama no le ama.

Llega la noche, su ser amado ya se habrá acostado, y no le ha llamado. En ese momento usted sufre uno de los sentimientos más amargos, envuelto en una palabra bastante hermosa: la decepción. En puridad, usted ha sido desprendido de lo que tenía cogido: decipere < de capere. Lo que pensaba no tenía nada que ver con la realidad. En una palabra, usted ha sufrido una ilusión, se ha engañado a sí mismo, y con ese significado se emplea esta palabra en otras lenguas (en inglés, deceiver, “el que engaña”, no “el que decepciona”). Nosotros hemos desviado el significado: del engaño hemos pasado al desengaño, es decir, desprenderse del engaño, ver por fin la realidad. Y de ahí hemos pasado al significado actual: el pesar, el dolor causado por haberse roto el engaño, la ilusión, en el que éramos tan felices y tan ilusos.

El grado en que se sufre la decepción no tiene tanto que ver con la cantidad de lo esperado, y no logrado, como con la intensidad con la que se esperaba. Si usted esperaba un Porsche y recibe un Seat Ibiza, se decepcionará, obviamente, pero pronto se le pasará. Pero si usted esperaba con todo el ardor de su corazón una simple llamada en la que tan sólo le dijeran “buenas noches”, su decepción puede llevarle incluso a llorar, al ver que no se han acordado de que existía.

Nadie tiene la culpa de los desengaños y las desilusiones, más que quien se lleva a engaño haciéndose ilusiones.

Por increíble que les parezca, el lugar más apropiado de todo el mundo para que se encienda y manifieste el deseo hacia otra persona se encuentra cerca de Avilés, durante una noche estrellada a la vista de la planta siderúrgica de Ensidesa. Las zonas industriales del Ruhr en Alemania, o de Silesia en Polonia, también cuentan. Busquen un escenario parecido lo más cerca de su casa, y olvídense de campos de margaritas y de bares donde bailar lambada. Sean originales, es decir, vuelvan a los orígenes.

Cuando su acompañante empiece a poner malos ojos y aún peor nariz ante el ambiente con el que usted pretende obsequiarle, dígale que se acueste y contemple el cielo. Antes habrá averiguado su signo zodiacal y habrá elegido la fecha exacta para divisarlo con claridad. A través de la neblina sulfurosa de la fábrica podrá indicarle el triángulo ridículo de Aries, el cuasi-invisible Cáncer o el majestuoso Escorpión (la única constelación que merece su nombre, salvo el Triángulo y la Cruz del Sur), según proceda. Entonces mire a los ojos de su acompañante y dígale: Las estrellas te dicen lo que siento por ti.

Antes de que la carcajada de su partenaire se prolongue irremediablemente, explíquele que estrella, en latín, se decía originariamente sidus, derivado de sidors, emparentado con el griego aster “astro”. Su plural es sidera “estrellas, constelación”, que con el tiempo se acortó en sdera > stera, diminutivo sterella, y de ahí strella > stella. ¿Tiene clara la etimología hasta aquí? ¿Su mente sigue en la tierra o vuela en las distancias siderales?

Vuelva a sidera, y dígale que los antiguos creían, como ahora, en la gran influencia de las estrellas sobre las personas. Y antes de que la conversación degenere en la astrología, explíquele que los latinos crearon un verbo, siderare, que significaba “mirar fijamente a las estrellas”, tanto por el atractivo que ejercía su fulgor, como para intentar leer los designios de los hados en ellas. Y dígale que cuando usted observa sus hermosos ojos los está considerando, mirándolos tan fijamente como se mira a una brillante estrella.

Ahora su acompañante debería estar considerando sus palabras, es decir, escuchándolas atentamente. Háblele brevemente de la preposición latina de-, que da a las palabras el significado de terminación, reforzamiento o separación. Y de cómo los latinos idearon un nuevo verbo, desiderare, para expresar, o bien que se miraba con gran fuerza algo que llamaba poderosamente la atención (primero las estrellas, después cualquier cosa), o bien que la mirada se apartaba de las estrellas porque no veía augurios en ellas, y luego las echaba ardientemente de menos y debía mirarlas otra vez.

En ese momento, como habrá imaginado, es cuando podrá decirle que desiderare > desedirare > desejrare > desejar > desear.

Una vez que su acompañante haya decidido pasar del estado de deseado al de considerado, es posible que la nube tóxica de la fábrica venga a acompañar el pitillo postcoital. Es entonces cuando debe decirle que los antiguos, antes de aprender los rudimentos de la minería, el único modo que tenían de obtener mineral de hierro era sacándolo de los meteoritos, “piedritas del cielo”. Así que los latinos llamaban también al hierro sidereus, “de las estrellas”. Y una planta siderúrgica, como su nombre indica, no es más que una fábrica donde se trabaja (urgia) el hierro.