Dejando a un lado el paulatino declive físico, uno de los detalles en los que se manifiesta que vas cumpliendo años es que pierdes de manera aún más acelerada la capacidad de sorpresa. El afán de novedades que ardía en la juventud ahora se torna más urgente al atisbar el ocaso en el horizonte, pero al mismo tiempo disminuye la capacidad de disfrutarlas. No obedece sólo a los estragos de la globalización, por la cual apenas existe un lugar recóndito o paradisiaco que no haya sido fotografiado, televisado, visitado, comentado o empezado a transformar en lo que ya conoces. Incluso cuando te informan de que aún queda alguno, al llegar descubres que es con todo detalle exactamente igual a como te lo contaron, como te lo imaginabas, y como lo viste en los cientos de fotos digitales con las que te apabullaron quienes te lo recomendaron. Observas el entusiasmo de tus acompañantes, e intentas disimular tu decepción para no contagiarla a quien aún mantiene la ilusión por la sorpresa; hasta que acabas manifestándola al relatar tu experiencia, y dejan de llevarte con ellos porque nadie quiere amargarse en compañía de un cínico. Has visto la misma fina arena en tu playa de veraneo, las mismas hermosas palmeras en el parque de tu barrio, la misma comida exótica en el restaurante de la esquina, las mismas extrañas costumbres en los documentales de la tele. Corres de un lugar a otro en una epilepsia de fotos, y a la vuelta es cuando intentas solazarte contemplándolas con detenimiento, a ver si el recuerdo te permite disfrutar de lo que no pudiste en su momento. Planeas un viaje buscando imágenes en Internet, y tú mismo acabas por matar cualquier atisbo de sorpresa; es mejor que te lo cuenten, porque la palabra deformada por boca de otra persona deja un halo de incertidumbre y misterio, que al menos no se evaporará hasta que lo vean tus ojos. Aún te queda la sorpresa de ver que los demás se sorprenden por chistes caducos, anécdotas repetidas, vivencias ajadas, sufrimientos absurdos, amoríos tediosos, furores ridículos… Estás ya de vuelta sin haber llegado; no buscas nada porque hallarás lo mismo que dejaste atrás. Te urgen a sorprender en la cama, en la cocina, en los regalos o en los poemas, y la frustración que causas por no lograrlo es pareja a por no intentarlo; de ahí que cuando se te ocurre algo nuevo retrasas al máximo su cumplimiento, porque sabes que en cuanto lo hagas ya no tendrás ocasión de repetirlo, y habrás gastado otra de las escasas ideas que aún te quedan por germinar. Y llega por fin un momento en que descubres que no merece la pena seguir buscando la sorpresa, las emociones nuevas, la aventura, la gente diferente, sino que la felicidad consiste en volver a disfrutar de lo plenamente vivido y conocido, antes de que se te escurra entre los dedos y no te quede sino un vago y amargo recuerdo.

 

La palabra sorpresa es el participio del verbo sorprender, derivado del francés medieval surprendre, el cual es la evolución de un compuesto latino formado por la preposición super, “sobre” (de igual manera que el surrealismo no es el subrealismo, sino todo lo contrario, el superrealismo, lo que intenta sobrepasar la realidad), y el verbo praehendere, “prender, agarrar, coger”. Mucha gente odia que la sorprendan, lo que tiene una base lógica, y aun diríamos que acertada, puesto que sorprender era originariamente un término militar con un significado muy funesto: coger por encima al enemigo, ya fuese mediante una emboscada desde lo alto de un desfiladero, o cayendo sobre él mientras dormía en el campamento. El siguiente paso semántico fue evidentemente el de cogerle desprevenido, de improviso, de repente, tanto por encima como aun mejor por detrás, e incluso por delante en forma de innumerable ejército. Asímismo, la propia sorpresa, en francés surprise, nació con un significado igual de desagradable: era lo que caía de improviso sobre las menguadas arcas de campesinos y artesanos en forma de impuesto extraordinario, de donde no tardó en convertirse en la acción de sorprender, coger por sorpresa, que es lo que experimenta el incauto trabajador cuando descubre que debe pagar a Hacienda el doble de lo que estimaba.

 

Por lo tanto, sorprender se puede traducir por “sobrecoger”, y al igual que éste no tardó en adquirir el sentido de intimidar, sobresaltar, causar alarma, que era la emoción que embargaba a las víctimas de la sorpresa al ver surgir en el camino a un partisano, un recaudador de impuestos o un alegre salteador, también dispuesto a su manera a exigir su correspondiente contribución extraordinaria. A partir de aquí, nuestra palabra fue abandonando el ámbito castrense, así como las connotaciones estrictamente negativas, y en el Renacimiento equivale a causar asombro y conmoción por cualquier motivo inesperado y repentino, ya fuera fastidioso o maravilloso. De hecho, con el tiempo el sentido favorable ha ido ganando terreno en nuestra mente: así, la simple y desnuda palabra “sorpresa” nos llena de pensamientos deliciosos y placenteros, en los cuales nos dejarán estupefactos de admiración al tenernos preparada la cena cuando volvamos del trabajo con la noticia de que nos han subido el sueldo; mientras que si queremos indicar que la sorpresa no nos inundó precisamente de felicidad, nos vemos obligados a añadir el adjetivo “desagradable”. Pero el sentido negativo original de coger a alguien desprevenido se mantiene latente y resucita de vez en cuando, y se amplía con el de cogerle en un momento inoportuno, dejando al descubierto lo que ocultaba o disimulaba: por ejemplo cuando una mujer sorprende a otra en bragas en su alcoba, y a su marido con las manos en la masa. Incluso el concepto militar originario regresa durante el siglo XIX en expresiones como surprise party, que era como se denominaba a una partida o grupo de hombres, fuesen soldados regulares o guerrilleros, enviados a acechar y atacar por sorpresa al enemigo, con el propósito de destruir su moral antes que vidas o pertrechos. No muchos años después es cuando se despoja de armas e intenciones aviesas al grupo de personas, y la expresión se traslada a cualquier reunión social cuyos asistentes surgen sin que nadie los haya invitado o ni siquiera conozca, primero para charlar y degustar un té con pastas, y luego para bailar y seducirse al son de la música. Este sentido lúdico es el que acaba prevaleciendo, y se convierte en una fiesta espontánea, convocada en el acto a instancias de un arrebato repentino. Por último, pasa a ser una fiesta secreta en honor a alguien que finge desconocer la sorpresa, y con esa acepción pasa al castellano como fiesta sorpresa.

 

Estas connotaciones bruscas y vehementes del primitivo sorprender ya se encuentran en el verbo del que procede, el latino praendere < praehendere. Su significado es, como ya hemos visto, ”asir, agarrar, coger”, pero impregnado del efecto de hacerlo por la fuerza, sea física o mental, que se mantiene hoy día en su derivado italiano, prendere. También lo mantuvo al principio el castellano prender, pero lo perdió al hacerse sinónimo de “recibir”, y aun más cuando a finales de la Edad Media desapareció del habla corriente, sustituido por “tomar”. Pero no murió, sino que fue confinado en una serie de frases hechas que retuvieron el sentido original: prender a alguien, es decir, privarlo de libertad; prender un adorno o complemento a un vestido, que es lo mismo que sujetarlo con un adhesivo o alfiler; prender una planta, que equivale a arraigar en la tierra; o prender fuego, primero como sujeto (el fuego prende) y luego también como objeto (yo prendo fuego), y que en América se ha conservado en la expresión “prender el fuego, el calentador, la estufa” aunque en España se prefiera actualmente el verbo “encender”. Sin olvidarnos del macaco que prende o agarra una rama de árbol con la cola y se cuelga de ella para comer las hojas y frutas, razón por la cual decimos que es prénsil, neologismo acuñado en el siglo XVIII a partir de un supuesto praehensilis. Y aunque la ropa pueda ir prendida al cuerpo, de prender no deriva prenda, sino que ésta es una evolución del latín pígnera o pígnora, plural de pignus “fianza”, a través del proceso péñera > peñra > pendra, que para facilitar la pronunciación alteró las consonantes a prenda. El origen de esta palabra radica en que la ropa, así como los muebles y demás enseres, eran los objetos que se solían dejar a un usurero en prenda, es decir, como garantía de que se satisfaría la deuda para poder recuperar lo que se había pignorado o empeñado.

 

Por suerte para praehendere, aunque el camino de prender parecía haberse extinguido, pudo esparcir su simiente en otras palabras procedentes de su raíz. Por ejemplo, la acción de coger, agarrar, era la praensio < praehensio, que se convirtió en el tecnicismo legal con que se denominaba el derecho que tenía un magistrado romano de prender a un acusado, es decir, agarrarlo del brazo y llevarlo ante los tribunales, o incluso el calabozo. El castellano heredó esta palabra como prensión, pero la vulgarización en boca de la plebe la transformó en preisión > prisión, que como vemos era al principio el acto de prender: poner a alguien en prisión significaba ponerle en situación de estar agarrado, inmovilizado, y por metonimia pasó después a indicar las cadenas y grilletes con que se lo mantenía cogido, es decir, preso < praensus < praehensus, y por ultimo el lugar donde mantener prendido al prisionero. De este participio deriva a su vez el verbo praehensare > praensare, que era un intensivo con la noción de prender a alguien con fuerza, significado que se transmitió al castellano mediante la variante ad praensare > apprensare > apresar. Pero de él no deriva prensar, sino que este verbo es una regresión del latino pressare, derivado a su vez de premere “comprimir, oprimir”. La semejanza formal entre el latín praensare y el castellano prensar ha producido cierta confusión que se extiende a sus derivados, y de igual modo no hay que mezclar la prisión de presos prendidos, con la presión con que oprime una prensa; ni tampoco confundir la prensa con la praensa > presa, que era en primer lugar el femenino de preso, y como tal, la cosa cogida y apresada; pero que luego pasó a ser la acción de coger (que se fosilizó en la expresión hacer presa), e incluso el instrumento para coger y apresar algo: como las garras y colmillos de un carnívoro, o el muro que apresa el agua de una acequia o embalse, y de donde se coge al abrir las compuertas para saciar la sed de las gentes o las tierras.

 

Eso es todo de momento. Pero no crean que hemos acabado con el examen de este tema. En la siguiente entrega repasaremos la etimología de otros derivados de prender, que es un tema con mucha enjundia y que puede dar unas cuantas sorpresas. En todo caso, no olviden que aunque tendamos a pensar en la sorpresa como algo deseable, no lo fue en sus inicios y es lógico que no lo sea al final. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

 

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