¡El pene sólo sirve para mear!, dijo una vez, airado y tajante, alguien que jamás lo había empleado para ningún otro propósito. Quizá por ese motivo el orador había olvidado los usos anexos que tal órgano tiene desde que un bebé lo descubre, pero en todo caso deseaba que su audiencia los olvidara. Para lograrlo fue por lo que empleó esa palabra y no el eufemismo “miembro viril”, que en un entorno coloquial puede provocar más risa que un término vulgar o incluso soez. El pene carece de la fuerza expresiva de la polla, y de la fantasía de un falo erecto y tieso; es una palabra lánguida incluso cuando quiere significar potencia. El falo sólo sirve para una tarea, pero el pene es multifuncional, por lo que ha menguado a una cosa blanda y difusa, sin propósito definido ni tamaño específico, que pende flácidamente de nuestra imaginación hasta que apenas sirve, en efecto, más que para orinar o decorar esculturas aniñadas. Estamos rodeados de símbolos fálicos pero no pénicos, de falócratas pero no de penipotenciarios. Desaparecido del vocabulario durante siglos, el pene renació como un cultismo científico y sólo se utiliza en un ámbito neutro, como la medicina, los remedios contra la insatisfacción sexual, o la definición léxica. Uno de los detalles en los que se manifiesta que alguien domina una lengua es que sabe cambiar de registro según el contexto, y conoce los sinónimos adecuados para hablar de manera erudita, vulgar u obscena; de ahí que resulte chocante que, en el fragor de un abrazo amoroso, una novia extranjera te diga con ánimo de halago “me gusta tu pene”. Es una pena que el pene ya no penetre en nuestra mente con la misma intensidad que antiguamente, de modo que vamos a intentar restablecer su pujanza con ayuda una vez más de la etimología.

 

La palabra pene deriva del latín penis, cuyo significado original consideraban los romanos que era “rabo”, y que servía como nombre genérico que englobaba los dos que poseen los animales machos, con preferencia por el posterior, en especial a propósito de los bueyes y caballos. Al aplicarse al macho humano, que sólo posee uno, habría sido cuando ese nombre se redujo al rabo delantero de humanos y animales, mientras que para el trasero de éstos se acabó eligiendo el término cauda, “cola”. De ahí que cuando hablemos de penitis, “inflamación del pene”, o de penectomía, “amputación del pene”, nos refiramos hoy día a aquello en lo que están todos ustedes pensando, y no a cortar las orejas y el rabo del toro tras una faena de antología. Por no hablar del penilingus, que puede considerarse el tratamiento que se practica a un pene que, por su estado, aún no merece una felación. Los hombres piensan en el pene y también con él, una metáfora que se hizo realidad cuando se diseccionó la primera cabeza y se descubrió que tenían un pene en el cerebro: el llamado tercer ojo, glándula pineal o, técnicamente, epífisis, que en muchas culturas se considera la sede del alma. Pero también lo tienen las mujeres en su mente, así como entre las piernas, como bien sabían los antiguos, que hablaban del penis muliebris, el pene femenino, muchos siglos antes de que naciera el término clítoris y se descubriera que no es sino un pene atrofiado. Sin embargo, el concepto originario sobrevivió en una serie de términos que no se prestan tan fácilmente a esos chascarrillos penianos. Por ejemplo, la cola de los mamíferos suele terminar en una mata de pelo, y les sirve para mantener el equilibrio o para azotarse a fin de espantar las moscas y moscones. Las moscas siempre vuelven, como el polvo y los parásitos, de modo que el rabo trasero de un toro era idóneo para barrer la suciedad del suelo, así como el delantero servía para confeccionar un recio y doloroso látigo. De manera que de penis surgió el diminutivo peniculus, con el significado de “colita”, o más bien, “cepillo, escobilla”, y que por supuesto también servía como juego de palabras con “micropene”. A su vez, esta palabra produjo su propio diminutivo, penicillum, “brocha”, que en puridad no es sino una escobilla que sirve para decorar con primor las paredes y luego los lienzos, y que por tal razón solía elaborarse a partir de suaves crines en vez de burda pelambrera de rabo. El penicillum se corrompió en el latín vulgar como penicellum, que derivó en el francés peincel > pincel, del cual provienen el homónimo español y el inglés pencil. Pero el término original fue rescatado por la ciencia para denominar un hongo con un largo filamento piloso: el penicillium notatum, del cual se consigue la penicilina, que ya ven que etimológicamente significa “extracto de pene”.

Puesto que, como es obvio, los rabos delantero y trasero tienen diferente utilidad, el concepto semántico que indujo a agruparlos bajo una misma palabra debió de ser que ambos son apéndices más o menos alargados, que penden de un lado u otro de las ingles. Por esa razón los latinos consideraban que penis era una variante de un supuesto pennix < pendix, “apéndice”, derivado del verbo pender. Por cierto, de ninguna de estas tres palabras procede pendejo, y tampoco hace referencia al pene como se suele creer, sino al vello que lo rodea. Pero hoy pensamos que estaban equivocados, ya que, por comparación con términos equivalentes en otras lenguas indoeuropeas, se ha llegado a la conclusión de que seguramente proviene de una forma más arcaica, pesnis. En latín, los grupos consonánticos -sn- y -sm- experimentan un fenómeno semejante al que sucede en la mitad sur de España: el sonido [s] se aspira convirtiéndose en [h], y después desaparece o se funde con la consonante nasal, según que la vocal precedente sea larga o corta. De manera que la secuencia fonética reconstruida sería pesnis > pehnis > penis, a partir de una supuesta raíz pes- cuyo significado sería, como es obvio, “miembro viril”, más allá del cual no se ha podido remontar con seguridad. No obstante, les voy a presentar unas cuantas teorías que, si bien no están de ningún modo confirmadas, al menos nos harán reflexionar y entretenernos un rato.

 

El equivalente griego de pesnis no es el falo, que hace referencia al pene enhiesto y poderoso, sino el vacilante peos, que se presume derivado de pehos < pesos. De él proceden una serie de neologismos que seguramente no han oído en su vida, pero que les invito a memorizar: peotomía, que es una variante de penectomía, “amputación del pene”; peodeictofilia, cuya definición técnica es “afición por mostrar el pene a extraños”, sea para provocarles sorpresa, miedo o risa, lo que se conoce por exhibicionismo; o la peotilomanía, que no es más que la costumbre de tocarse los huevos, o dicho de manera científica, “tic nervioso que consiste en tocarse el pene constantemente, pero sin intención de masturbarse”. Así que ya ven que, cuando sus amistades les reprendan por decir vete al peo como vulgarismo grosero de “vete al pedo, vete a la mierda”, pueden replicar que están empleando un sinónimo erudito de “vete al carajo”. Además del pene, los griegos fijaron sus ojos en el prepucio, que según ellos estaba dividido en dos partes: posthe, la piel que recubre el tronco del pene, y akroposthion, “extremo del posthe”, que es la parte final que sobresale del glande. Por metonomia, posthe (y su derivado posthion) pasó también a designar el prepucio entero, luego el pene, y también se utilizó como apelativo de los jóvenes en tanto que poseedores de prepucio y pene. En la actualidad, posto- se ha recuperado como un cultismo médico que designa de nuevo el prepucio, pero ahora reducido al colgajo tubular que sobresale en el extremo, es decir, el antiguo akroposthion: así, tenemos los neologismos postectomía, “corte del prepucio”, que no es sino la circuncisión o la operación de fimosis, postitis, “inflamación del prepucio”, y apostia, “falta congénita de prepucio”. A su vez, prepucio viene del latín praeputium, cuyo origen no está claro. Para unos sería un compuesto de la preposición latina prae “delante de” y del griego posthion con el sentido de “pene”, deformado en praepottium > praeputium por influjo de putus, “muchacho”, palabra que ya vimos al hablar de las putas; de manera que el prepucio sería lo que está delante del pene, es decir, el akroposthion griego. Sin embargo, otros derivan putium del verbo putare, “pensar”, pero cuyo significado original era “cortar, limpiar”; así que praeputium significaría “antes de la limpieza [del pene]”, tanto ritual como médica, que era lo que se pretendía al cortar el prepucio. Mientras que otros, finalmente, derivan putium de otra raíz indoeuropea paut-, que significa “pene”, pero también “vulva” y “ano”.

 

Fíjense en esta última frase porque es muy interesante. El caso es que en muchas lenguas indoeuropeas encontramos un gran número de palabras procedentes de raíces con cierta semejanza (paut-, pausd-, peisd-, posd-, incluso la raíz pes- de la que deriva penis…), que no sólo se refieren al pene, sino también al aparato genital femenino e incluso al excretor unisex. Esto ha inducido a algunos a conjeturar que quizá todas estas raíces deriven de la onomatopeya ps-, que simbolizaría el sonido de un líquido al precipitarse desde una fuente o al fluir por un río rápido. Huelga decir que, en el caso concreto de la anatomía humana y animal, dicho sonido sería el producido por la orina o las heces en estado de pastosa licuefacción. Y de ser cierta esta teoría, el pene estaría relacionado con pissiare, un verbo reconstruido del latín vulgar que se supone antecesor del francés pisser, el inglés to piss y el italiano pisciare, todos los cuales significan “orinar, mear”. Por el contrario, parece que en castellano el verbo que debería haber derivado de esa raíz (pissar) no fructificó por considerarse obsceno y demasiado explícito, y se sustituyó por el más disimulado hacer pis. Pero se conservó la pissa, el instrumento que sirve para tal fin, que en algunas regiones evolucionó a pixa > pija, y en otras a pisha > picha. Así que ya ven que quizá el severo orador del que hablábamos al comienzo era un profundo conocedor de los arcanos de la etimología, y tenía razón en que el pene, al menos en sus orígenes, sólo sirve para mear. Y abundando en esta teoría, también se cree que de la mencionada onomatopeya ps-, ahora con el significado de agua que fluye por un río, habría derivado la raíz peisk- “pez”, de la cual proceden el latín pisce y el inglés fish; pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

 

El plural de penis es penes, que en la falocracia romana, cuya sociedad se basaba en el poder omnímodo del pater familias, también funcionaba como preposición con el sentido paternalista y aun machista de “en poder de, en manos de, perteneciente a”. Pero en realidad estamos ante una confusión de palabras homónimas, puesto que este penes no procedía de los penes, sino de los padres, a través de una raíz pa- o pe- que significaría “proteger, dominar”, y también “alimentar, sostener”. Los padres acogían en su casa a sus hijos, esposa y nueras, a fin de darles protección y sustento, al tiempo que afianzar su dominio sobre ellos. De ahí que naciera el sustantivo penus con el sentido de “víveres, provisiones”, que como solían guardarse en una despensa situada en un lugar recóndito de la vivienda, pasó a adquirir el sentido de “interior de la casa”, y por extensión, el hogar e incluso la patria, y todos cuantos en ella moraban. Así, la protección y bienestar del hogar y la familia, incluido el pater familias, se encomendaba a los Penates, los dioses del penus, a quienes se consagraba un santuario situado en la parte más profunda de éste. De igual manera, de penus nació también el adverbio penitus, “muy adentro, profundamente”. En latín, los adverbios de lugar suelen diferenciar entre el sufijo -itus, que da un sentido estático, y -tro o -tra, que indica movimiento: por ejemplo, junto a intus, “en el interior”, tenemos intro, “al interior”, del cual nació intrare “entrar, ir o llevar al interior”; y del mismo modo, junto a penitus, “en lo profundo”, habría existido un supuesto penitro o penitra “hasta lo profundo”, que habría dado lugar a penitrare o penetrare > penetrar, “internarse profundamente”. En un principio, penetrar hacía referencia a llegar al interior de un espacio o a través de cualquier entrada, por muy ancha que ésta fuese. Pero al llegar a las profundidades de la tierra o de un cuerpo la materia es más densa, las paredes se comprimen, y el objeto penetrante necesita una forma afilada y un gran impulso para seguir avanzando: de ahí que el significado se ampliara a introducirse por un conducto estrecho e incluso microscópico, como los poros de un tejido o piel. Sentimos cómo penetra el calor en nuestra piel, y en nuestra mente el deseo de sentir la penetración hasta que llegue al penetralis, “lo íntimo, profundo”, de donde vienen los penetrales, la parte más recóndita de una casa, y por extensión, del corazón o de otro rincón del cuerpo, y luego de cualquier cosa. Y en última instancia ambas pieles en contacto podrán compenetrarse, porque aunque una no penetre en la otra sí lo harán el sudor y demás fluidos, que fluirán por los poros hasta influirse mutuamente, y poder adoptar así la misma postura.

 

Así que ya ven que el pene es ese apéndice que pende para mear, y que cuando alcanza cierto estado también sirve para penetrar. Hay penes que apenas pueden funcionar sino de manera penosa, y que sufren la penitencia de pasar penuria; pero esa es también otra historia, y será asímismo contada en otra ocasion.

 

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