El alma es, sin lugar a dudas, uno de los conceptos más defenestrados en la actualidad. Omnipresente durante milenios en todas las culturas por su íntima conexión con la religión, desde el momento en que ésta cayó de su pedestal el alma corrió igual suerte. “Cosas de curas”, se dice con desdén, incluso por parte de muchos de los que creen en algún tipo de Dios, pero difusamente en la vida de ultratumba, y de ningún modo en una réplica albina a escala diminuta, que se ennegrece cual pulmón de fumador a causa de los vicios y pecados, y que en el último momento sale revoloteando hacia las alturas. Los hombres han perdido su alma, y aún no está claro si los perros la han encontrado. En los últimos tiempos ha experimentado una resurrección, pero se ve como síntoma de infantilismo o demencia, propio de la pseudoespiritualidad New Age, el neopaganismo, sectas que adoran a Satán o al anticiclón de las Azores, creyentes en semidioses extraterrestres, y místicos de todo pelaje. Sin embargo, como la etimología les demostrará, sepan todos ustedes que aun los desalmados tienen alma, así como sus mascotas y cachorrillos, aunque no tengan el ánimo de reconocerlo.

 

La palabra alma es una aliteración de arma, a la andaluza manera, la cual es una disimilación de anma, contracción a su vez de la voz latina anima (mediante un proceso semejante a hominem > homne > homre > hombre). El origen de esta última se encuentra en la raíz indoeuropea an- o ane-, que significa “soplar, aire”, nacida probablemente como onomatopeya de la respiración fuerte y dificultosa, como es el caso de los asmáticos o moribundos. En aquellos tiempos remotos, cuando aún no existía el electroencefalograma, y se desconocía el funcionamiento y propósito del corazón, la prueba más evidente que separaba a los vivos de los muertos era que aquéllos se pasaban el rato suspirando por una nueva bocanada de aire. El hombre o animal con el cuerpo atravesado por una estaca, por mucho que se desangrara o perdiera la consciencia, aún seguía con vida en tanto respirase, y era al dejar de hacerlo cuando podía darse por muerto. La respiración se vio por tanto como el principio básico e indispensable para la vida, la fuerza elemental que sustenta, es decir, alimenta los cuerpos, y por ello debe retroalimentarse sin cesar en una sucesión ininterrumpida de jadeos. Pero en el acto de respirar, la inspiración ha sido siempre menos perceptible que la espiración, y de ahí que anima, el alma, significase originariamente “soplo”. Jehová sopla en la boca fangosa de Adán, y de este modo le insufla la vida, el aliento vital que recorre todo su cuerpo y lo mantiene en movimiento, hasta que un aciago día lo abandona sin más despedida que un último suspiro.

 

Si el anima es el soplo que permite la vida, es obvio que todos los seres que soplan, que respiran, poseen alma, incluido cualquier animal, como su propio nombre indica: animalis, el que respira, el que tiene anima; el que está vivo, en suma. Anima es una función fisiológica más, como producir plaquetas o segregar jugos gástricos, y por eso el hombre es un simple animal, por muy superior que se crea. A despecho de saber que comparte su misma naturaleza, o quizás por eso mismo, siempre ha querido distanciarse de ellos, considerándolos no sólo inferiores, sino dañinos o peligrosos, con los cuales sólo se puede tratar a palos o incluso a hachazos. Llamar a alguien ¡animal! es un insulto con el que expresamos el mayor de los desprecios hacia su comportamiento. Tal es el rechazo que profesamos a los animales, que su propio nombre nos pareció repugnante por cuanto revelaba que podían compartir nuestra misma anima, y siempre hemos buscado sinónimos para no pronunciarlo, o sin más lo hemos manoseado con guantes de hierro. Así, el conjunto de animalis era animalia, y con ese nombre pasó a las lenguas romances; pero en el Medievo se olvidó que era un plural, cambió a auimalia > alimalia, y de ahí al francés almaille, portugués alimária, y castellano alimania > alimaña, lengua en la que adquirió el sentido de bicho infecto y nocivo del cual no basta con defenderse, sino que hay que matar y erradicar de la faz de la tierra. A los animales se les ha negado el alma y a las alimañas la vida, y tanto unos como otros siguen suspirando porque les den un respiro. Quizá exhalen su último aliento en forma de dibujos animados, los cuales no respiran pero están vivos, o al menos se mueven como si lo estuvieran. Porque al ser lo más esencial para la vida, anima se convierte en sinónimo de ésta, y de ahí que animar sea dar, crear vida, como hace Frankenstein con su criatura; y que reanimar sea devolver la vida a los muertos, como el protagonista de Re-animator, y por extensión a los que están a punto de serlo, como los infartados, apopléjicos y comatosos. Los animales que aún respiran, salvo los que sirven de carne o juguete de compañía, puede que llegue un día en que caigan al suelo exánimes, de ex-animus “fuera del alma”, es decir, que han perdido el aliento y con él la vida, o se hallan tan debilitados que dan la apariencia de haberla perdido. Y sólo podrán habitar en museos bajo la piel de figuras inánimes < in-animus, “sin alma”, que llevan tanto tiempo privados de aliento y vida que nos producen la impresión de seres inanimados que nunca la han tenido.

 

Aunque nosotros hablemos del alma, considerada como una sola entidad para cada ser vivo, en las culturas antiguas se consideraba que el cuerpo humano albergaba dos o incluso tres tipos de sustancias o conceptos intangibles. En el caso de los griegos, ya desde los tiempos de Homero marcaban una distinción entre la psyche > psique, “soplo, aire”, el thymos > timo “olor, humor”, y el nous “conocimiento”. La psique era el principio esencial que sustentaba el cuerpo y lo mantenía vivo, el tenue suspiro que emparejaba al hombre con los animales e incluso con los vegetales. El aire no huele a nada, es siempre el mismo en todas partes, una sombra difusa que fluye inerte por todo el cuerpo a merced de los instintos, y aun de las necesidades fisiológicas. La psique es una boca recién lavada con un dentífrico aséptico, reproducido en serie para llenar el mundo de fotocopias de besos con sabor a flúor. Por el contrario, el timo, el olor, es el aliento personal e intransferible, impregnado de los humores que fermentan en el interior de cada uno: sus deseos, odios, anhelos, angustias y temores, que lo empujan a la acción y lo diferencian del resto de sus semejantes. La psique da vida al cuerpo, pero el timo lo llena de vida. La psique es el principio pasivo, la esencia vital, mientras que el timo es el activo, la fuerza vital. En el timo residen los afectos y pasiones, es el coraje y el fervor que impulsa a los reyes a buscar la gloria en lejanas tierras, a los guerreros a matar y saquear, a los poetas a desangrar la vida en versos, a los artistas a morir por la belleza, a los amantes a huir del marido y la sociedad, a los ricos a seguir enriqueciéndose, a los derrotados a suicidarse… El timo no es tenue sino denso y caliente como la sangre, un fuego que quema en el pecho y en especial en el corazón. El aire inspirado, la psique, templa y enfría su ardor, de modo que acaba convirtiéndose en la voluntad y el carácter capaz de dominar las pasiones desmedidas. Y en ese proceso de refrigeración, el timo llega incluso a absorber las funciones del nous, que se nos había quedado colgado, y que era la sustancia encargada de la razón, el conocimiento, y el pensamiento: en suma, la inteligencia.

 

Trasladados estos conceptos a los textos latinos, la psique se traduce por anima, a la cual corresponde de manera literal, mientras que para timo se escoge el término animus, el ánimo. No está claro si ambas palabras son hermanas, o si una nació de la otra; o quizá anima llegó al latín directamente desde el indoeuropeo, mientras que animus vino como calco del griego anemos, el viento que sopla del mar o las montañas (y por extensión de una garganta animal o humana), y del cual procede anemómetro, “instrumento para medir la velocidad del viento”. Sea como sea, podemos observar que animus, el principio superior, la parte más noble del ser humano, es masculino, mientras que anima, el principio inferior, que iguala al hombre con los animales, es femenino. Es una dualidad semejante a la que existe en todos los cuerpos animados, porque tanto animus como anima se consideran partes indisolubles de un mismo principio y comparten la misma naturaleza, aunque tengan una jerarquía: el masculino controla al femenino, lo que responde a la mentalidad de la sociedad romana, donde toda mujer se hallaba siempre bajo la autoridad de un tutor varón, fuera éste su marido, padre o hermanos.

 

El ánimo, a semejanza del timo, es originariamente el asiento de las pasiones y los apetitos, sean positivos o negativos. De ahí vienen expresiones como refrenar los ánimos, que es lo mismo que “refrenar los arrebatos, la ira, las pasiones”; o a causa del ánimo, en latín animi causa, que no significa propiamente “por causa del ánimo” sino “por placer, por diversión”. Asímismo, derivan una serie de expresiones y vocablos que mezclan las acepciones de “coraje, valor”, “esfuerzo, energía”, como dar ánimos “infundir valor, infundir energía”, o su contrario perder el ánimo. Estas expresiones equivalen al verbo animar, el cual ya vimos como derivado de anima con el significado de “crear vida”, y a su opuesto desanimar, de los cuales procede a su vez el reflexivo animarse “tener valor, tener energía”. El que posee ánimo es un animoso < animosus, es decir, “valeroso, ardiente, enérgico”. Pero el valor y el ardor llevados al paroxismo pueden desembocar en la soberbia y la ira, que cuando se dirige contra alguien conduce a la hostilidad y la beligerancia; de ahí que la cualidad de animoso, animosidad, adquiera en el latín eclesiástico el sentido de “aversión, ojeriza”, de donde pasa al francés y de éste al castellano en el siglo XIX. Pero al igual que el timo, el ánimo también templa los ánimos, refrena sus instintos y se vuelve cauce de la voluntad y los deseos; de ahí expresiones como tener ánimos, “tener deseo o voluntad”; con ánimo de “con deseo o intención de hacer algo”; o tener en ánimo “estar decidido, estar resuelto, tener la intención de hacer algo”. Y de igual modo, llega un punto en que el ánimo absorbe las funciones del nous, la mente, y se confunde con la inteligencia. No sólo es el refugio de las pasiones, los sentimientos y la voluntad, sino también del pensamiento, la razón, el juicio y la memoria. Se convierte en el principio pensante, el alma racional, opuesto al anima, el principio vital, el alma irracional. Es todo aquello que permite al ser humano superar su condición animal y hacerse persona, de forma que no se limita a reaccionar de manera instintiva ante las pulsiones inmediatas, sino que puede analizar su comportamiento y su entorno, y fijarse un proyecto de vida a largo plazo. Este sentido global es el que encontramos en la palabra animadversión < animum adversio, “volver el ánimo, la voluntad, la mente hacia algo”, de donde “observar, fijarse, advertir”; pero no tardo en adquirir un matiz de censura y reprobación, y pasó a significar “castigar con severidad”, hasta que en el siglo XVII tomó el sentido de “ojeriza” por influencia de aversión y de la animosidad hostil; y también porque todos saben que si un profesor me censura y castiga, no es porque yo me porte mal, sino simple y llanamente porque me tiene manía.

 

Esta dicotomia entre animus y anima, razón y sinrazón, se difumina cuando se traducen los textos de nuevos filósofos griegos. En su afán por encontrar el término que mejor se adapte a sus propias ideas, empiezan a arrinconar al timo (que había pasado a significar “calor, ardor”) y buscan otro término que refleje la idea original de aire y respiración. El elegido es pneuma, que como todas los demás que estamos tratando aquí significa “soplo, viento, suspiro, aliento”, y cuya traducción literal al latín es spiritus > espíritu. El espíritu sopla donde quiere y tiende a sustituir a animus como alma que regula la sensibilidad y la inteligencia del hombre. Como si quisiera rellenar ese vacío, el anima, el alma vegetativa e irracional, amplía su significado y se utiliza muchas veces con el sentido de animus. Es el caso de una serie de derivados indistinguibles de uno u otro, como aequanimus > ecuánime, “de alma o ánimo igual, constante, inalterable, imparcial”; magnanimus > magnánimo, “de alma o ánimo grande, elevado”; unanimus > unánime, “que actúa con una única mente, voluntad, sentimiento”; o longanimus > longánime, “que posee largueza de alma o ánimo, generosidad, clemencia”.

 

Con el latín eclesiástico y la Escolástica medieval, la confusión entre anima y animus, alma y espíritu, es completa y definitiva. El motivo es de índole teológica. Ya hemos dicho que los griegos y latinos, como reflejo de una concepción común a todos los pueblos primitivos, consideraban ambos conceptos como contrapuestos y de diferente jerarquía, pero a la vez indisolubles y que compartían la misma naturaleza. En el momento de la muerte, el ánimo, el timo, el alma racional y sensitiva que proporcionaba la fuerza vital al cuerpo, desaparecía para siempre a la muerte de éste. Privado de él, el ánima, la psique, el alma irracional, salía del cuerpo en el último suspiro y pasaba a vegetar en el infierno como un fantasma sin conciencia ni sensaciones, sombra difusa de la persona que había habitado en la tierra. El Cristianismo suprimió esta diferencia: ya no existen dos almas, una irracional e inmortal, y la otra racional pero mortal; por el contrario, ambas se funden en una sola, inmortal y de la misma naturaleza que Dios, quien la infunde en el cuerpo de los hombres en el momento de su concepción, y al que regresa tras la muerte de éstos hasta la resurrección final. El alma sólo mantiene con la respiración un vínculo metafórico: es un préstamo que Dios concede en usufructo a los hombres, y por lo tanto éstos deben devolverla intacta, y no pueden disponer de ella como ni cuando les apetezca. No sólo el homicidio, sino el suicido está también prohibido, al igual que la eutanasia: como dice San Isidoro, “la vida puede seguir existiendo aunque falte el “ánimo”; y el “alma” subsiste aun careciendo de inteligencia”.

 

Anima pasará como “alma” al castellano, si bien mantendrá una diferencia por obra del latín eclesiástico: conservará la forma romance entre los vivos, y regresará al latín cuando se trate de difuntos, como las ánimas del purgatorio. Espíritu se convierte en mero sinónimo de alma, aunque mantendrá ciertas diferencias como eco de que en su origen era un concepto más elevado que ésta: esa es la razón de que digamos “pobre de espíritu”, pero no “pobre de alma”, o desalmado “sin conciencia, sin corazón”, en vez de desespiritualizado. En cuanto a animus, sepultado por el alma y el espíritu, no sobrevivirá en las lenguas romances. Algunas, como el español e italiano, lo recuperarán como cultismo, razón por la cual se dice ánimo y no almo. Y en el siglo XX resucitará por obra del psicoanálisis, que lo convierte en la parte racional y lógica del alma femenina, como oposición al anima, ahora reducida al lado afectivo, pasional e irracional del alma masculina. Dos mil años después, los animales aún no han recuperado su alma, pero hombres y mujeres siguen empeñados en separar la suya.

 

 

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