Uno de los materiales más excelsos a la hora de fabricar obras de arte es la criselefantina, nombre que recibe la mezcla de oro (en griego, chrysos) y elefantina. ¿Y qué es la tal palabra? Como podrán suponer, no se trata de las vísceras, ni la grasa, ni el esperma solidificado, ni la piel curtida del elefante, sino que es un nombre alternativo del marfil. Esta denominación tiene su origen en una falsa etimología, sumamente extendida en particular entre los aficionados al arte, y que es preciso erradicar de una vez por todas. Según esta caterva de “expertos”, la palabra elefante significaría originariamente “marfil”, y por metonimia el nombre habría pasado después al enorme animal cuya característica más prominente sería, justamente, ostentar unos prominentes colmillos de un blanco exquisito y refulgente. En realidad, la situación es exactamente la contraria: el elefante no se denomina así por sus colmillos de elefantina, sino que la elefantina recibe su nombre por ser propia del elefante (si bien también la podemos encontrar en los dientes del hipopótamo).

La palabra elefante procede, a través del latín, del griego elephas, elephantos. No está completamente claro su origen. Una de las teorías la relaciona con el griego alphos, nombre que recibía una variante menos dañina de la lepra llamada “lepra blanca”, y emparentado con el latín albus, “albo, albino, blanco”. Como es obvio, la idea que subyace bajo esta hipótesis es la que vimos antes de que elefante designaba originariamente al marfil. Sin embargo, teniendo en cuenta el lugar de procedencia de estos animales, la teoría más plausible es que el nombre derive del fenicio aleph-hind, que significa “buey indio, buey de la India”. Si han leído a Borges ya sabrán que la primera letra del alfabeto fenicio y hebreo se llamaba aleph porque representaba la cabeza de un buey, y que luego los griegos la rebautizaron como alfa.

Ya vimos en otra ocasión el fenómeno del iotacismo, por el cual la “a” y la “i” pueden transformarse entre sí tras fusionarse en un sonido intermedio; de modo que alephind puede muy bien convertirse en alephand > elephant, al que luego se le añadiría la “s” del nominativo, elephants, que por las reglas internas del griego suprime a continuación el grupo -nt- precedente: elephas. Aunque los europeos asociemos fundamentalmente a los elefantes con Tarzán y las selvas de Africa, los pueblos de Oriente Medio los conocieron en primer lugar a través de las junglas del valle del Indo. Y en cuanto a su asimiliación con los bueyes, tenemos el ejemplo de los romanos: la primera vez que éstos tuvieron ocasión de verlos no fue durante la invasión de Aníbal, sino mucho antes, cuando el rey Pirro del Epiro se enfrentó con ellos en la batalla de Heraclea con ayuda de 20 elefantes; los romanos quedaron tan atónitos ante algo jamás visto que los llamaron “bueyes lucanos”, debido a que la región donde tuvo lugar la batalla, y de dónde suponían que eran originarios los bicharracos, se llamaba Lucania (la actual Basilicata, en el arco de la bota italiana).

El adjetivo de elefante es elefantino, y que, de empezar denominando a todo lo propio de este animal, acabó restringido a lo más exclusivo y característico de él: los colmillos de marfil. Pero ya hemos dicho que éste era un nombre alternativo, porque los latinos lo llamaban de otra manera: ebur, evolucionado del más antiguo ebors < ebos. La teoría más sólida dice que el origen de esta palabra es también fenicio, y que derivaría a su vez del egipcio ab “elefante” o ebu “marfil”; una vez más, el nombre del colmillo procede del animal, y no al revés. El adjetivo de ebur era ebureus, del cual proceden el francés ivoire y el inglés ivory, que con el tiempo han pasado a significar también el sustantivo “marfil”. En castellano, sin embargo, la palabra que ha sobrevivido es ebúrneo, forma sumamente poética y pedante de decir “de marfil o parecido a él”, y que procede a su vez de eburno, forma obsoleta de llamar a esa sustancia.

¿Y de dónde procede la propia palabra marfil, que es la que impera con holgura en el castellano actual? Pues del árabe azm-al-fil, que significa “hueso del elefante”. Es curioso observar cómo para los beduinos los colmillos del paquidermo no eran dientes, sino una prolongación del hueso de la mandíbula. El castellano y las lenguas romances en general son refractarias a pronunciar dos sílabas seguidas acabadas en “l”, así que suelen aliterar una de ellas en “r”: en este caso, de malfil se pasó pronto a marfil. Y los aficionados al ajedrez pueden reconocer la palabra fil en alfil, que significa literalmente “el elefante”, puesto que era lo que representaba esta pieza en sus orígenes persas antes de que, tras su paso a la Europa cristiana, se transformase en una especie de obispo o arcipreste.

Así que, tras este pequeño viaje etimológico, ya hemos descubierto nuevas formas de llamar a la criselefantina: criseburno, crismarfil; y si recordamos la denominación de oro en latín, tenemos aurelefantina, aureburno, aureomarfil… Ahora contemplen el cuerpo desnudo de su amado o deseada, dedíquenle el epíteto que prefieran, y añoren los tiempos en que lucir un cuerpo ebúrneo era lo más excelso y precioso que podía existir, aun más si embellecido por un pendiente o una gargantilla de oro.

Anuncios