Los antiguos indoeuropeos se fijaron en que el agua que fluye plácidamente por un río, formando un único cuerpo que cambia de forma mientras discurre por el cauce, era diferente de la que se arroja desde las manos, un recipiente o una cascada: en este caso, el agua se rompe, se disgrega en lágrimas, se desintegra hasta que vuelve de nuevo a fundirse con la carne líquida de la que procede. De modo que al agua en esta situación la denominaron con una raíz que significa “verter un líquido”, de la cual proviene la palabra latina gutta, que derivó en castellano como gota.

La propiedad de los líquidos para deshacerse momentáneamente en gotas ha tenido siempre una gran importancia. En medicina, por ejemplo, se consideraba que las inflamaciones en las articulaciones de los pies o las manos se debían a las gotas de algún humor corrupto; de ahí que a los que sufrían tal tortura se les llamara gotosos, o enfermos de gota. La apoplejía o infarto cerebral también se denominó en otros tiempos gota, ya que se consideraba causada por gotas de sangre que obstruían el cerebro tras romperse alguna arteria. Por otro lado, el agua de lluvia cae siempre en gotas, que se infiltraban en las casas a través de las grietas o goteras, antes de que a algún arquitecto se le ocurriera conducirlas por unos canalones en la cara inferior de las cornisas, llamadas por esa razón goterones. El concepto de gotero, aunque ahora lo apliquemos en exclusiva al dispensador de suero en una cama de hospital, tiene su origen en un antiguo recipiente de cuello estrecho y boca pequeña, con el que se vertía el vino gota a gota para efectuar sacrificios, y que se utilizaba también para guardar el preciado aceite.

Cuando el mar se desborda por un barco hasta anegar el fondo y la cubierta, es preciso expulsar todo el líquido antes de que el peso le haga naufragar. Para tal fin, los marineros utilizaban una pala de madera con forma de cuchara llamada gotaza, derivado del adjetivo < guttacea, es decir, “[pala] de gotas”, puesto que al golpear el agua la convertía en gotas que volaban de vuelta al mar. Esta ardua labor se denominaba ab guttare > aguttare, “desde la gota”, es decir, “gota a gota, gotear”, porque el agua se sacaba a gotas con ayuda de la gotaza. Con este sentido original pasó al castellano como agotar, hasta que posteriormente su significado se mezcló con ex guttare > eguttare “extraer las gotas”, y de ahí procede la acepción actual de “extraer hasta la última gota”.

Gracias a la etimología, ya sabe que, si alguna vez le llaman inagotable, es que no han logrado exprimirle hasta la última gota, sea de sudor o cualquier otro fluido del cuerpo. Siempre tendrá más en la reserva, así como fuerzas que emplear de la manera que juzgue más adecuada.