Qué sonrisa más radiante exhibe usted. La persona que desea acaba de fijarse en usted y le ha dejado el corazón henchido de felicidad. Mira de reojo el espejo y vuelve a descubrir las bolsas bajo los párpados, las estrías que arañan sus mejilas y las entradas que ralean su cabello. Ayer eran motivo para añadir una nueva arruga de expresión amarga; hoy son la fuente del placer que le supone recibir el epíteto de guapo. Si supiera lo que eso significa quizá debiera buscar un cuarto oscuro y aislado donde preguntarse si se estarán burlando de usted.

Vamos a remontarnos varios milenios atrás, hasta la raíz indoeuropea kvoap-, que significa “exhalar”, es decir “despedir gases, vapores u olores”. Ya ven que, aunque utilicemos el término “exhalar” para referirnos al aliento que se expulsa por la boca, o al aroma de una rosa, es perfectamente legítimo emplear esa palabra a propósito de las flatulencias. Esa raíz es un alargamiento de otra más antigua, koap-, que podemos encontrar en el griego capnos, “humo” (del cual procede capnomancia, “adivinación por el humo”); o en el también griego copros, “excremento”, cuya cualidad más notoria es que despide un olor fétido. Pero no nos desviemos del camino, porque en lo que nos interesa esa raíz llega casi incólume hasta el latín, donde nos la encontramos en la forma cvapor > vapor.

¿Un guapo es un tipo gvaporoso? Calma, que aún no hemos llegado a nuestro destino, aunque no va desencaminada la apreciación. Ya sabrán que el vapor es el gas que surge de los cuerpos húmedos, que al elevarse (es decir, al evaporarse) lleva consigo parte de las sustancias presentes en aquellos. Es lo que sucede con la niebla, el vapor de agua al calentarse, o con el alcohol (uno de cuyos significados, como ya vimos, era el del espíritu que emanaba de las bebidas, justamente, espirituosas). Ahora bien, como cualquier sumiller les podrá decir, es necesario abrir una botella de vino de reserva unos cuantos minutos antes de servirlo, a fin de que el caldo respire, es decir, libere sus aromas, sus efluvios, sus vapores, y sea más delicioso al olfato y paladar. Y como el mismo sumiller les dirá, si dejan abierta esa botella durante muchos días o semanas, los efluvios se evaporarán por completo, el vino perderá su sustancia, se volverá insípido e incluso desagradable, y al final se tornará vinagre.

Esto es justo lo que ocurrió durante muchos siglos, antes de la invención del plástico y el tetra-brik. El vino, en especial el de barril, acababa por estropearse y nadie quería beberlo, aunque un buen bodeguero sabía cómo disimularlo mezclándolo con otro de mejor calidad, así como los posaderos ocultaban la carne podrida bajo un kilo de especias. Ese vino depauperado, sin sustancia ni sabor, era llamado “vino evaporado”, en latín vapidus, que pasó a la lengua vulgar como vapida > vapda > vappa.

A partir de aquí se inicia un proceso de transferencia de significado, lo que técnicamente se llama metáfora. Así como una persona de carácter áspero y rudo decimos que es un avinagrado, un tío vinagre, alguien que se había echado a perder se le empezó a denominar un “evaporado”, un vappa. El concepto de “echar a perder” abarca todas las connotaciones posibles, desde un vagabundo hasta un delincuente, pasando por todo tipo de depravados. Pero en particular se aplicaba a aquellas personas cuyo aspecto y modales, como un buen vino de reserva, prometía encerrar grandes facultades, pero que por pereza, abandono o malicia, en el fondo ya no servían para nada positivo.

A continuación esta palabra evoluciona en el francés medieval como vape > wape, y de ahí pasa al castellano como guapo. En la España del Siglo de Oro, poblada por matasietes y perdonavidas prestos a buscar camorra por un simple cruce de miradas, el término hace fortuna entre el populacho. De allí pasa a Nápoles durante la dominación española, de donde se extiende al resto de Italia como guappo, con el significado de “bravucón, fanfarrón”; un chuloputas, que diríamos hoy. Ahora bien, no olvidemos que uno de los motivos fundamentales de las bravuconadas, y de las peleas, era pavonearse ante las damas para demostrar que uno era el más arrogante, y por ende, el más atractivo. Y como para lograr eso no bastaba con ser osado, ni manejar con destreza el puñal, sino que había que mostrarse galante y lujosamente ataviado, el término fue adquiriendo el significado de “bello, hermoso”, que es el que impera hoy día.

En suma, un guapo es un vanidoso, soberbio, prepotente, arrogante, connotaciones que prácticamente ha perdido en favor de chulo. No obstante, cuando vemos a un joven agraciado andar con decisión por la calle, o a una mujer mostrándose altanera entre un coro de babeantes, el término que nos viene a la cabeza no es “hermoso”, sino guapo, como eco de su antiguo significado.

De modo que vuelva a mirarse al espejo, y pregúntese por qué a usted, un chico muy formal educado en la más estricta moralidad, cuya vida sigue unos cauces perfectamente sanos y sensatos, que nunca se entromete en peleas, con fama de soso y serio, más tímido que una almeja y que, por qué negarlo, tiene un rostro bastante vulgar, a alguien se le ha ocurrido llamarle guapo.

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