En un texto anterior, habíamos comentado que torcer venía probablemente de tortiare < torctiare, derivado de tortus < torctus < torcitus, participio de torquere. La sílaba latina ti+vocal se convirtió en las lenguas romances en c+vocal, que en un principio tenía un sonido muy semejante a la “tz” vasca o catalana actual, o a la “cc” del moderno italiano. Este fenómeno ocurrió también en castellano, si bien la evolución fonética posterior derivó en el sonido “zeta” de hoy en día. De esta forma, como ya hemos visto, tortiare derivó a [/i]tortiere[/i], y luego se convirtió en torcere > torcer. Pero asímismo, de tortiare proviene una variante, torciare > torzar, que no ha sobrevivido en el español actual, pero del cual han derivado una serie de palabras muy interesantes.

El concepto de torcer o torzar se puede aplicar a multitud de objetos, pero ahora vamos a fijarnos en uno en concreto: los hilos. Aunque no tengan ni la menor idea de usar la aguja, sabrán al menos que un tejido se confecciona entrelazando diversas hebras en varias direcciones, hasta formar una trama tan apretada que es difícil de desligar meramente con las manos. Pero la cualidad más importante que tenían los hilos era que podían entrelazarse y retorcerse unos alrededor de otros, de manera que las finas hebras se transformaban en estrechos cordeles o incluso gruesas cuerdas con una capacidad de resistencia mucho mayor. Como podrán imaginar, semejante operación de alta tecnología cualificada exigió un cambio semántico en consonancia.

En un primer instante, nuestra lengua se empeñó en aferrarse al ya conocido verbo tortiare: pero en vez de fijarse en torcer, se inclinó por la forma torzar, de la cual derivó un adjetivo, tortialis, “torcido, retorcido”, que pasó al español como torcial > torzal. Esta palabra es la que ha subsistido para definir un hilo algo grueso compuesto por varias hebras trenzadas y torcidas unas sobre otras. Como suele suceder, el significado se ha traspasado a todo aquello semejante a un hilo, y también se utiliza para los alambres o incluso las tiras de cuero, y por supuesto el cabello: una trenza básica, que si continuara nos convertiría el cabello en una maroma capaz de sujetar un buque, se denomina también torzada.

Pero en este momento entra en escena un nuevo verbo derivado de torcer: intorquere. La preposición in-, aparte de servir de negación (in-útil), tiene el significado de “adentro, interior”. De modo que intorquere significa “torcer hacia dentro”, y con el tiempo pasó a indicar “torcerse alrededor de sí mismo, enrollarse, entrelazarse”. Si como hemos visto torquere derivó en castellano a “torcer”, intorquere debiera haberse convertido en “entorcer”. Pero una interferencia tuvo lugar: la lengua francesa que trajeron los peregrinos a Santiago, y que tuvo una profunda influencia sobre el castellano durante la Edad Media. Resulta que en esa lengua, la forma explicada antes c+vocal evolucionó hacia ch+vocal, que antiguamente sonaba igual que en castellano (de hecho, el francés fue el inventor de esa grafía que luego adoptó nuestra lengua), antes de que pasara a pronunciarse como la “sh” actual. De esta manera, para los gabachos torcere derivó en torcher, y su compuesto intorcere se convirtió en entorcher. ¿Todo más o menos claro hasta aquí? Aunque pueda resultar árido, son necesarios ciertos fundamentos de fonética para comprender la evolución de las palabras.

La manera en que entorcher se abrió paso en el castellano medieval y hasta toparse con torzal es un tanto curiosa. Entre las múltiples aplicaciones que tenían los hilos torzados, es decir, trenzados para crear otro más grueso, estaban las mechas (del francés mèche). Aunque ahora se empleen para señalar cualquier conjunto de hebras separadas del resto (como las mechas de cabellos tintados, o los mechones de pelo natural), antes esta palabra definía exclusivamente los hilos entrelazados en un cordel fino al que se prendía fuego para que ardiera: es la mecha de las velas, también llamada pabilo, o la de los cañones y barriles de pólvora. Pero incluso ésta es una innovación posterior, puesto que en un principio las mechas, en particular las de esparto, se enrollaban alrededor de un palo hasta adquirir un gran grosor; luego se le echaba alquitrán, se prendía fuego, y así podían arder sin que el viento las apagara. Los franceses llamaron a este tipo de mecha entorche, procedente de intorcta, “torcida sobre sí misma, enrollada”, que pasó al castellano como entorcha > antorcha.

De esta forma, entorchar entró en nuestro idioma como “fabricar antorchas”, pero no tardó en extender su significado a “enrollar, entrelazar cualquier cosa”. Y por semejanza, el primer objeto al que se aplicó fueron las mechas, los hilos que se retorcían para confeccionar no sólo antorchas, sino también cuerdas y tejidos. Y al llegar a este punto, el hilo entorchado francés se encontró con el hilo torzado o torzal castellano, y tras una breve pelea el recio mesetario se llevó la parte del león en el reparto del significado: así, se quedó con el significado general de “unión de varias hilos trenzados y torcidos”, y con el particular de “cordoncillo delgado de seda, hecho de varias hebras torcidas, que se emplea para coser y bordar”. Al pobre entorchado no le quedó más remedio que quedarse con las sobras de este último: “cuerda o hilo de seda, cubierto con otro hilo de seda o de metal, retorcido alrededor para darle consistencia”.

Pero hete aquí que un botín en apariencia tan exigua ha resultado ser el de más alta alcurnia y prestigio: porque un torzal puede ser cualquier hebra entrelazada, sea cabello, hilo o alambre, lo más vulgar y rastrero posible, mientras que el entorchado se utiliza en objetos de calidad y renombre. De esta forma tenemos las cuerdas del violín de Stradivarius o el piano de Liszt, así como los bordados del traje de Luis XVI o del lecho de la reina Victoria, con seda cubierta de oro y plata. Y un tipo de entorchado muy especial es el que se borda en forma de galones en las bocamangas de los uniformes de los generales y almirantes, así como de los ministros en traje de gala. El entorchado se convierte así en símbolo del rango alcanzado por cada uno de ellos: cuantos más luzca en la manga, más alto habrá llegado a la jerarquía, más triunfos tendrá en su carrera; y esa es la razón de que entorchado se emplee también como sinónimo de éxito deportivo, de medalla que añadir a la solapa para que resalte en un traje reluciente de bordados.

Como colofón, ¿saben a qué se debe el nombre de torcida brasileña, los hinchas de aquel país? Tal vez me esté tirando a una piscina vacía, y el apelativo tenga un motivo completamente trivial y diferente, pero creo que no ando muy errado. En portugués, una torcida es una mecha de algodón o trapo torcido, que se pone en las velas y candiles; es decir, una antorcha, que en esa lengua también se llama tocha. Así que es muy posible que el nombre de torcida sea una forma anquilosada de denominar a las bengalas, que tanto ayer como hoy alumbran el escenario donde los equipos de fútbol logran un nuevo entorchado o se hunden en el fracaso.

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