“En este mundo podrido y sin ética, a las personas sensibles sólo nos queda la estética“, decía Makinavaja para justificar su chaqueta fucsia y su navaja ensangrentada. Obviando el cinismo, hay que reconocer que está en lo cierto: la sensiblería y el sentimentalismo forman parte, etimológicamente, del carácter de todo esteta.

La palabra estética no es de origen griego, aunque podamos creer que nació de la garganta de Pericles al contemplar la belleza del Erecteion y el Partenón. De igual modo que hidrógeno o cosmología, en realidad es un neologismo acuñado por el filósofo alemán Alexander Baumgarten a mediados del siglo XVIII, cuando empiezan a aflorar las semillas del romanticismo. Como reacción contra el racionalismo de Descartes, la ciencia mecanicista de Newton, la lógica matemática de Liebnitz, el exclusivo poder del intelecto, en suma, nuestro amigo resaltaba la importancia de las sensaciones y percepciones como medio de conocer la realidad que nos rodea. Siento, luego existo.

En una época en la que todo pensador que se preciara ansiaba no sólo crear una nueva ciencia, sino darle un nombre que perdurara por encima de las modas, Baumgarten fijó sus sentidos en una palabra latina que ya había usado Kant, aestheticus, “sensible, perceptual, capaz de sentir”, préstamo a su vez del griego aisthesis > aesthesia > estesia, “sensación, sentimiento, percepción”. Con estos mimbres, el teutón no tardó en concebir la denominación Aesthetica > Estética, con el significado de “Ciencia del conocimiento sensitivo, a través de los sentidos”. No obstante, el campo de aplicación de esta disciplina no se restringía a los cinco sentidos del cuerpo tradicionales, sino que pretendía estudiar también por qué las personas se sienten atraídas por una determinada ideología, por el carácter de una persona, por el clima de un lugar, etc. Lo que Baumgarten pretendía era descubrir por qué las personas juzgan de manera diferente lo que perciben, cómo influyen las condiciones sociales y particulares en nuestros gustos y opiniones, y su aplicación en nuestras relaciones con el prójimo. Su Estética pretendía alejarse tanto del gusto arbitrario, a merced de la opinión particular de cada cual, como de implantar unas rígidas reglas sobre el buen gusto al estilo de las del Neoclasicismo francés, que sostenía que todos los edificios debían ser copias de Versalles, y toda la literatura plagiar a Corneille y Racine.

Como suele ser habitual, los ambiciosos objetivos de Baumgarten han sido olvidados con el tiempo, y en la actualidad la Estética ha dejado de ser la psicología del sentimiento para verse reducida a la teoría de la belleza, en particular de la percibida por la vista (¿alguno de ustedes habla del goce estético al saborear un vino o un solomillo?), y el adjetivo estético se emplea como sinónimo de “artístico, bello”. No obstante, su significado original de “sensitivo, sensible”, se manifiesta en una serie de términos propios de la medicina y la psicología, fruto de la unión de estesia a determinados prefijos de origen griego. De este modo, a partir de la partícula negativa an- tenemos anestesia “falta de sensaciones, insensibilidad”; si se muestra usted insensible ante un cuadro del Greco es que tiene el alma anestesiada. De hiper- “mucho, grande” obtenemos un compuesto de significado evidente, hiperestesia “sensibilidad excesiva o dolorosa”. A partir de koinos- “común” formamos koinoesthesia > coenoesthesia > cenestesia “percepción del propio cuerpo con independencia de los sentidos externos”; no hay que confundirlo con la kinestesia o cinestesia, derivado de kinesis “movimiento”, que es la “percepción interna de la extensión, duración, posición o peso del movimiento a nivel muscular u óseo”. De la preposición para- “junto a” deriva parestesia “sensaciones anormales, tales como el hormigueo o el adormecimiento”. Y de sin- “junto, en unión” tenemos la sinestesia “experimentar sensaciones por un órgano sensitivo como si vinieran de otro órgano, tal como ver los sonidos como colores o imágenes”.

Lo más curioso de la Estética es que su acepción más habitual hoy día, constreñida al arte y la belleza visual, está en flagrante contradicción con su etimología. En efecto, la palabra aisthesis procede de una antigua raíz indoeuropea auisth-, que en latín se convirtió en auisdh-, la cual derivó en ausdire > audire > odire > oír. A su vez, dicha raíz es un intensivo de otra más antigua, auis- < aus-, que podemos encontrar en palabras griegas como aus > ous, otos “oreja”, de la cual derivan términos médicos como otitis “inflamación del oído” u otología “medicina del oído”; mientras que en latín se convirtió en ausis > auris, diminutivo auricula > oricla > oregla > orella > oreja.

En efecto, estas raíces nos sugieren que, para los antiguos, el oído era el sentido por excelencia, el medio más importante por el que percibimos el mundo, mientras que la vista, etimológicamente, está relacionada con el conocimiento, la inteligencia racional. Cómo ha cambiado desde entonces nuestro juicio de la realidad, que ahora consideramos la vista como un órgano pasivo, incapaz de discriminar ni discernir, cuyo abuso nos convierte en seres estúpidos que se tragan todo lo que nos ofrece la televisión. En cambio, el oído era y es un órgano activo, que implica prestar atención a lo que percibimos por él, atender a nuestro interlocutor, escuchar (< auscultar, de ausiculitare, derivado de ausicula < auricula, “oreja”), incluso obedecer (< obedire < oboedire < ob audire, “oír de frente, escuchar con total atención”). No son de extrañar estas acepciones, puesto que la mencionada raíz aus- deriva a su vez de otra más antigua, au- o av-, y que significa “dirigirse hacia algo, ir de frente, encontrar”.

De modo que ya vemos el largo viaje que ha emprendido la Estética desde los lejanos tiempos en los que sólo significaba oír, luego sentir, y ahora gozar con la belleza. Lo cierto es que, si queremos ser un poco fieles a la etimología, deberíamos desterrar el adjetivo estético de las obras pictóricas, escultóricas o arquitectónicas, por no hablar de la peluquería y el maquillaje de las esteticistas, y restringirlo al arte original, la belleza primordial, la que se percibe a través del sentido por antonomasia: la música.

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