No siempre somos lo que aparentamos, y la imagen que ofrecemos es un reflejo de la que los demás proyectan sobre nosotros. El mar es transparente como el cristal, coloreado en un tercio por sal blanquecina, pero en un día nublado parece un derrame de mercurio. Luc Besson popularizó la expresión “El gran azul”, y sin embargo los egipcios lo llamaban “el gran verde”, así como para Homero tenía el color del vino tinto. Para los griegos era undoso, y untuoso como el aceite; para los nórdicos estaba envuelto en la bruma y el estruendo de la cascada del fin del mundo. El mar es profundo y oscuro, refugio de monstruos y tempestades; y juega a crear castillos en el aire, como la fatamorgana, que transforma el horizonte en una pared vertical, donde el Estrecho de Messina se refleja suspendido sobre el agua. Ha separado a los animales y ha unido a los hombres, produce miedo y atrae como el vértigo, es símbolo de libertad y esclavo de la luna. En la costa quizá lo más hermoso del mar no sea el mar, sino la tierra que abraza el mar. En la lejanía parece aburrido y uniforme, un yermo interminable que siempre ofrece la misma cara, a la espera de que una sirena o un delfín permita distraer la vista un rato. Y sin embargo tiene un fulgor hipnótico, los ojos descansan intentando divisar el infinito, el alma se adormece arrullada por el susurro de las olas…

Las paradojas del mar se muestran en la variedad de raíces que presentan las lenguas indoeuropeas. La más importante es mari- o mori-, de la cual derivan tanto el latino mare como sus equivalentes en las lenguas celtas, eslavas y germánicas. El significado exacto de esta raíz se desconoce, y existen diferentes hipótesis que la relacionan con raíces semejantes. Quizá la más verosímil sea la que la enlaza con la raíz mar-, que significa “brillar, centellear, resplandecer con una luz blanquecina”, y de la cual procede el griego marmaros > mármol, así como maira, la primitiva palabra griega para nombrar la Luna. Acostumbrados al mar verde o azul, esta teoría quizá se nos antoje ridícula, y que sólo pudo ser creada por noctámbulos que desconocían la luz del sol, pero una vez más debemos recordar que las cosas no son siempre lo que parecen. Hay que tener en cuenta que, aunque nuestra herencia grecorromana nos haga pensar lo contrario, el mar por excelencia para los indoeuropeos no era el Mediterráneo, sino el Báltico, desde donde se extendieron hasta la costa septentrional del Mar Negro. En esas tierras el cielo suele estar nublado y el mar plateado, e incluso en un día claro el agua acostumbra a estar algo agitada, y la espuma centellea en las crestas de las olas. E incluso en los estrechos entre el Egeo y el Mar Negro existe un ensanchamiento llamado Mar de Mármara, “Mar de Mármol”, o más propiamente, “Mar Resplandeciente”.

De modo que, en puridad, el mar no sería de colores cálidos sino fríos y grisáceos, y no estaría asociado a la alegría y la pasión del sol, sino a la delicadeza e incluso la melancolía de la luna, ante cuyo rostro oscila sin cesar en el baile de las mareas. Este concepto nos lleva a la siguiente teoría, que sostiene que mare procede de otra raíz también llamada mar- o mor-, pero esta vez con el significado de “morir”, de la cual les hablaré con más detalle en otra ocasión. En la costa hay peces y algas, pero la alta mar se debió antojar por primera vez a nuestros ancestros un lugar sin vida, un desierto estéril en cuyas aguas ni siquiera se podía aplacar la sed. Es posible que esta hipótesis esté relacionada con la anterior: la luna que resplandece en la noche se llama en euskera ilargia, “luz muerta”.

En las lenguas germánicas, la raíz evolucionó al inglés mere o al alemán meer, con el significado de “lago”, tanto dulce como salado. Se emplea en alternancia con la raíz saiwa, de la que procede el inglés sea y el alemán see, cuyo significado original se desconoce, pero que parece indicar “la totalidad, el absoluto”. Esto nos vuelve a poner en relación con la raíz mar-, “centellear, resplandecer”, cuyo significado evolucionó a “claro” > “puro” > “entero, total”, y de la cual procede la palabra mero, “puro, simple, sin mezcla”. Aunque en las mitologías europeas el mar no juega un papel tan esencial como en la polinesia, donde todos los seres son hijos suyos, tiene una poderosa influencia, en especial para los pueblos del norte. En el imaginario celta, más allá del mar se encuentran las islas del Más Allá, un lugar paradisiaco adonde van a morar las almas de los muertos. Los vikingos ponían a sus muertos con sus armas en una nave, a la que prendían fuego dejando que el mar se los llevara: de esa manera lograban entrar purificados en el Walhalla. El mar no rodea la tierra, sino que la tierra surge del mar, y en ella se hundirá en el Ragnarok al final de los tiempos. El destino de los hombres es morir en brazos del mar.

El mar se agita, duerme intranquilo incluso en los momentos de calma. Para los griegos, para quienes el Mediterráneo bullía de vida y de calor, esa fluctuación era lo más característico, así que para denominarlo apelaron a la raíz tar- o tra-, “mover, agitar”. De ella derivan palabras tan dispares como transporte, término y terror, de las que hablaremos en su momento, pero en lo que nos interesa evolucionó a tarassa > thalassa, de la cual proceden talasocracia “dominio sobre el mar”, talasoterapia “terapia basada en los baños o el aire del mar”, o talasemia “sangre marina”, una forma de anemia hemofílica hereditaria que suele presentarse en los pueblos ribereños del Mediterráneo. A medida que nos alejamos de la costa el mar presenta una mayor agitación, las olas se levantan a mayor altura y las tempestades son más frecuentes y peligrosas. De modo que la alta mar fue llamada pelagos > piélago, de una raíz que significa “fluctuar, moverse, batir”, de la cual también proceden fluir, lluvia e incluso llorar, y de la que, una vez más, hablaremos largo y tendido en otra ocasión. Para los griegos, el mar por excelencia era el Egeo, al que llamaban poéticamente Archipiélago, “El Gran Mar”; y como está plagado de islas, la palabra pasó a designar no el mar, sino el conjunto de islas que brotan en él.

Frío y cálido, resplandeciente y lánguido, el absoluto del que procede todo y adonde todo va a morir, siempre en movimiento aunque se nos antoje tranquilo y en calma, rugiente y silencioso… El mar nos muestra muchas facetas, y sólo al sumergirnos en él podemos apreciar su transparencia, y descubrir los secretos que esconde en su interior.

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