Es una vergüenza lo que está pasando, ¿no cree? Se le enciende el rostro al ver tanta ignominia, en un rubor que se confunde con el sonrojo turbador de saber que usted forma parte de ese colectivo. ¿Y qué es lo que está ocurriendo que le produce tal vergüenza ajena? Va por barrios, e incluso por domicilios fiscales. En última instancia, el bochorno es un sentimiento de cada individuo, sujeto a su forma de ser y de pensar, y es muy difícil de compartir o comprender por parte de quienes no estén esclavizados a su misma piel.

Debido a que vergüenza tiene también la acepción de “pudor”, e incluso de órgano genital (“taparse las vergüenzas”), algunos listillos creen que está relacionada con otras palabras referidas al sexo, como verga o virgen. Pura etimología de baratillo, fruto de la nefasta costumbre de fijarse en la semejanza formal de las palabras, y no en lo que significaban en un principio. En realidad deriva de vergonza < vergondja (pronunciado [vergon-ya]) < vercondia, forma vulgar del latín clásico verecundia. De hecho, el sinónimo culto de vergonzoso es verecundo, un vocablo perfecto para burlarse del vecino y que éste crea que le estamos llamando “persona veraz, que dice la verdad”. Y el significado original de verecundia sí está relacionado con el hecho de cubrirse las vergüenzas, aunque no en el sentido que muchos creen.

La terminación -cundo es propia de algunos adjetivos verbales latinos, y transmite a quien la posee las facultades definidas por el verbo. Así, de fari “hablar” tenemos facundo, “hablador, parlanchín”, y de feo “producir, generar” nos encontramos con fecundo, “productivo, fértil”. Verecundo deriva del verbo vereri, que literalmente significa “temer, no atreverse a hacer algo”, pero no por miedo o terror, sino por respeto o reverencia, palabra que procede de ese mismo verbo.

A su vez, éste es un significado posterior, porque en principio vereri quería decir “guardarse, cuidarse de hacer algo”. La razón estriba en que procede de la raíz indoeuropea var-, que significa “cubrir, proteger, defender”, la cual podemos encontrar en cuatro verbos de origen germánico:

varian > warjan, el que mejor mantiene el sentido original de “proteger”, que pasó al castellano como guarir, con sus derivados guarecer y guarida;

varen > waren, “protegerse de un pacto o de un daño”, que pasó al latín tardío como varentem con el sentido de “seguro, caución”, y de ahí el francés garant, en castellano garantía;

vardon > wardon, que amplió el significado a “observar, vigilar”, y así tenemos derivados como guardar y guardia, que vigila y a la vez protege un lugar;

– y varnion > warnjon, que en principio significaba “proveer la defensa de un lugar”, es decir, proporcionar los hombres y material necesarios para fortificar un sitio. De aquí deriva el inglés warn, “alarma, advertencia”, porque tal era la función de la guardia apostada allí. Ahora bien, los muros, torres y empalizadas, una vez levantados y reparados, solían ser embellecidos para resaltar la categoría y dignidad de sus moradores. Así que este significado de “adorno, aditamento” es el que también recogió el castellano guarnir, y sus derivados guarnecer y guarnición.

En suma, ya vemos cómo, propiamente, la vergüenza es el temor reverencial hacia las cosas elevadas, humanas o divinas, y que en última instancia refrena nuestros actos como medio de guardarnos, protegernos, de sus posibles efectos. Por eso un niño que no guarda silencio ni compostura ante personas mayores desconocidas, a quienes antiguamente se le enseñaba a respetar, decimos que es un desvergonzado. Y el rubor que nos sonroja cuando nuestra pareja menciona en público alguna anécdota sexual, obedece a la profanación contra algo que siempre nos inculcaron a mantener en secreto, en sagrado, al igual que las vergüenzas y partes pudendas. Y es que la timidez, el temor, siempre ha sido un instrumento esencial para la defensa y supervivencia de los animales; los temerarios son fascinantes, pero acaban llorados en la tumba.

Pero el que nunca sale de sus resguardados muros acaba por pudrirse dentro de ellos. De modo que luche por abrir un hueco en sus propias defensas, y deje que el bochorno se suavice en un aire fresco. Un poco de respeto, de reverencia, de vergüenza, no siempre está de más, pero no deje que le coarte hasta el extremo de no atreverse a hacer nada.

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