Fue Perogrullo el primero en descubrir que las modas cambian de manera sorprendente, y que lo que ayer nos parecía elegante y seductor, hoy lo consideramos anticuado e incluso repulsivo. No hace mucho, una mujer de alcurnia se distinguía por una piel blanquísima que indicara que no trabajaba en el campo, unos senos menudos que no mostraran los estigmas de la maternidad, y una boca pequeña y discreta, delimitada por unos labios finísimos sólo ligeramente engrosados en la parte frontal, promesa de un tenue beso que tal vez podría llegar tras pacientes días de asedio cortés. Hoy día, incluso las aristócratas han renunciado al disfraz del pudor y desean exhibir su ardor sexual, luciendo una piel dorada que se revuelca en la arena al vaivén de unos pechos neumáticos, bajo unos labios grandes como los de un rape, carnosos como los de un besugo besucón. Espadas que hieren como labios, concebidos para besar sin medida, para chupar con lascivia, para saborear sin límite de goce, solos o en compañía de una lengua al objeto de lamer y relamerse. ¿Fue siempre así o, una vez más, el ser humano se ha desviado de su evolución natural?

La palabra labio procede del latín labium, a su vez una variante del más antiguo labrum. Ambos términos pasaron a las lenguas romances, hasta que con el paso del tiempo unas se decantaron por labrum (francés, italiano y galaicoportugués) y otras por labium (castellano y catalán). Es muy posible que ya en latín se emplearan para distinguir los dos tipos de labios: San Isidoro de Sevilla nos dice en sus Etimologías que en el siglo VI el labium designaba el labio superior, mientras que el labrum era el inferior, más grueso. Curiosamente, ambos términos se emplean hoy en zoología, pero de manera inversa, para diferenciar los labios de los insectos y artrópodos en general. La mosca utiliza el inferior, que ahora no es el labrum sino el labium, a modo de lengua, lamiendo la partículas de comida. Y es de nuevo el propio San Isidoro quien dice que labra (el plural latino de labrum) era como algunos llamaban a los labios de los hombres, mientras que labia correspondía a los de las mujeres. ¿Fue en la Edad Antigua cuando nació el concepto de labia como sinónimo de “lenguaraz, charlatán” y además asociado a las mujeres, mientras que hoy indica la verborrea persuasiva y seductora, y se aplica sobre sobre todo a los hombres? La verdad es que es una acepción que también existe en otras lenguas indoeuropeas, como las celtas, donde existen palabras que significan “hablar, locuacidad, lenguaje” que están emparentadas con labio. Lo más probable es que, siendo los labios las puertas que dan paso a la boca, se usaran desde muy antiguo como sinónimo de ésta y todo lo que ella encierra, en particular la lengua y la facultad de hablar, como seguimos haciendo nosotros con expresiones como “mis labios están sellados”.

La mosca chupa con la lengua y lame con el labio, al contrario que nosotros. Demos la enhorabuena a la mosca, porque hace lo correcto, ya que labio procede de la misma raíz que lamer < lammere < lambere. ¿Nunca han dado un lametón con el labio inferior, deslizando con ansia su humedad por un helado o por un ombligo sudoroso? Entonces es que han renegado de sus ancestros los chimpancés, que arrancan las hojas de los árboles a medida que las lamen con sus gruesos labios. Lo mismo que hacen los burros y los jamelgos, que no arrancan la hierba con los dientes sino con lamidas de los labios; en cambio, la jirafa lame las hojas de las acacias con la lengua, y emplea sus ásperos labios como protección contra las espinas. Los carnívoros apenas tienen labios, sino que emplean los dientes para desgarrar la carne y los tendones, mientras que las aves los han convertido en duros y afilados picos. De modo que ya vemos que la primitiva función de los labios era la de ayudar en las labores de comida, ya fuera como pinza lamedora o como protección. Sin embargo, ahora los humanos comemos con las manos, lamemos con la lengua, y los antaño resistentes labios son la parte más sensible de la boca. ¿De qué nos sirven, entonces? De muy poco, y por esa razón la naturaleza los ha ido afinando y menguando cada vez más, hasta que de pronto hemos descubierto su poder sexual, el placer de sentirlos, e imaginarlos, frescos y siempre lábiles (palabra que, sin embargo, tiene un origen diferente), húmedos y resbaladizos por nuestra piel, y los engrosamos artificialmente para aumentar esa deliciosa sensación.

Lambere parece ser una evolución de *labbere, con la intercalación de una m eufónica para facilitar la pronunciación; es un fenómeno muy común también en griego, aunque en esta lengua se emplea sobre todo en las consonantes guturales (amygdala > amindala “almendra”). Tanto este verbo como labium/labrum provienen de la raíz indoeuropea lab- o leb-, que, efectivamente, significa “lamer”. De esa raíz deriva el inglés lap, una de cuyas acepciones significa lo mismo, así como lip, “labio”, con lo que una vez más se refuerza la conexión entre ambos conceptos. Muy posiblemente sea una raíz onomatopéyica, es decir, creada por imitación al sonido que producían los labios al rozar algo, en particular al beber un líquido.

Los labios delimitan y defienden la boca, forman una barrera que hay que abrir para penetrar en ella, de igual modo que los labios inferiores se cierran sobre la sonrisa vertical que adorna el pubis. Son de alguna manera un contorno, un reborde, como los que en todas las épocas se han empleado para perfilar las puertas y ventanas, las partes más nobles de una casa por cuanto son sus orificios. En euskera, labio se dice ezpaina, y una teoría dice que ése es el origen de España, con el sentido de “borde, extremidad del mundo antiguo”. La propia palabra labrum no sólo significaba “labio” en latín, sino también “margen”, y se considera que el célebre vino italiano lambrusco procede de labrusco < (vitis) labri ruscum, “vid salvaje de los márgenes”, puesto que solía crecer espontáneamente en las lindes de los campos.

En última instancia, se considera que la mencionada raíz lab- proviene de otra más antigua, labh-, que significa “aferrarse, prender, coger”. El concepto de lamer equivaldría a tocar ligeramente con los labios, a los que se prende la comida para arrancarla, o se adhiere el líquido para beberlo. ¿Les parecen jugosos los morros de una lamprea? Sepan que su nombre deriva del latín lampreda < lampreta, a su vez una trasliteración de lampetra, “lamepiedras”, porque se agarra fuertemente con la boca a las piedras, y se desliza por ellas como si las estuviera lamiendo. De aferrarse a las rocas también saben algunas plantas, como el lampazo < lappaceus < lappa, cuyo nombre latino original se ha trasvasado al célebre molusco lapa, que tras pegar su concha a la roca dispone de plena intimidad para lamerla y rozarla con glotonería y excitación.

De modo que vayan al espejo, contemplen sus labios, y si no son golosos ni parecen apetecibles, o si por el contrario le cuelgan como a los Austrias aquejados de prognatismo, no se acomplejen. Lo que importa es cómo los usen, así que ábranlos, proyéctenlos un poco hacia adelante como si fueran a sorber de una paja, y láncense a besar como lapas desenfrenadas. En última instancia siempre les podrán servir para lamer el pan o las hojas de lechuga, un buen entrenamiento por si alguna vez se quedan mancos.

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