Durante las últimas semanas ha estado usted atormentando al objeto de su amor o de su deseo, mientras le explicaba el origen de cualesquiera palabras que salían en la conversación. Ha sido usted la antorcha que iluminaba el tortuoso sendero hacia el conocimiento científico y bíblico; pero también se ha mostrado excesivamente torticero, retorciendo los significados hasta distorsionarlos por completo. Ahora el objeto de su amor se ha hartado y usted se estruja los sesos, pensando cómo ha podido torcerse lo que iba tan bien encaminado. No puede dormir, el pesar le provoca violentos retortijones y se pregunta si acaso le ha mirado un tuerto.

No se torture más. Con este texto le garantizamos que obtendrá un nuevo entorchado en su larga lista de éxitos, y que recibirá una aclamación ruidosa digna de la torcida brasileña.

El verbo torcer viene del latín torquere, que significa propiamente “girar, dar la vuelta”. Deriva de la raíz tark- o tork-, que se piensa que puede ser una modificación de otra raíz más antigua, tar-, que significa “mover”, y de la que hablaremos en su momento. Así pues, torcerse no es más que moverse en giros, desviándose de la dirección originaria.

Del torquere original el castellano ha heredado muy pocas palabras. La más famosa es la torques, un collarín de oro o bronce terminado en extremos redondeados y que se abría en la garganta. Se supone que fue un invento de los celtas, o al menos fueron estos los que la popularizaron. Durante el saqueo de Roma por los galos en el 390 a.C., algunos romanos simpatizaron con la bravura y nobleza de los antepasados de Asterix, y adoptaron su gargantilla: por eso ganaron el sobrenombre de Torcuatos. Y un tipo de paloma (en latín era masculino, palomo) que lleva una mancha en el cuello a modo de collarín fue denominada torquatus > torquatu > torcuace > torcaz.

En puridad, de torquere habría derivado torguer, troguer o troyer. Torcer viene probablemente de tortiare < torctiare, derivado de tortus < torctus < torcitus, participio de ese verbo. Recordemos que, en latín antiguo, la letra “c” se pronunciaba como “k”, y que sólo siglos después derivó hacia el sonido “ch”, y de ahí al “zeta” actual.

Ya estamos en torctus, a través de un camino tal vez tortuoso (es decir, con muchas vueltas, giros y rodeos; lleno de torceduras, en suma). ¿Le tortura saber a dónde le va a llevar? Hace bien, porque esa palabra, tortura, deriva de torctura, y significa literalmente  “torcedura”: es decir, el acto de torcer o retorcer. Y dicha torcedura se efectuaba en el potro de tortura, el aparato donde se amarraban con fuerza los brazos y piernas del reo para estirarlos, descoyuntarlos, retorcerlos. ¿Qué tormento, verdad? No es de extrañar, ya que el tormento deriva de torcmentum, y se refiere a ese instrumento de retorcimiento ideado por una mente retorcida, el potro de tortura. El tormento era el medio material, la tortura era la consecuencia de utilizarlo. Ahora ambas palabras significan cualquier medio de infligir dolor físico, sea retorcer o desollar, y por extensión el dolor del corazón o de la mente. ¿Nunca le han dicho que no se torture por las malas experiencias? Quiere decir que no retuerza una y otra vez los recuerdos en su cerebro, sino que déjelos fluir en dirección hacia el olvido.

Y ya puestos, ¿qué es una tormenta? No tiene nada que ver con Thor, el dios escandinavo cuyo martillo al chocar contra las nubes desata los truenos, cuyos chispazos son los relámpagos. Lisa y llanamente, es el plural de torcmentum. No está claro si se refiere a las nubes que giran rápidamente sobre el mar y se retuercen alrededor de las montañas, hasta que forman una masa irregular y compacta que cae con furia sobre la tierra; una tormenta, entonces, no sería más que la forma tradicional de llamar a los huracanes. O tal vez se refiera a que las tormentas lanzan rayos y agua con gran furia, como si fuese el antiguo instrumento de guerra llamado tormento, un antepasado de la catapulta que disparaba proyectiles a base de girar a toda velocidad.

Vuelta atrás de nuevo hacia torctus. Qué torticero es el autor, ¿verdad? Esa palabra designa a alguien injusto (es decir, torcido del camino recto), con intenciones tortuosas (o sea, torcidas, desviadas), o que aplica mal la razón, torciendo los argumentos para extraer falsas deducciones o contrapone a su interlocutor los mismos argumentos usados contra él. Procede de tortitia, concepto abstracto nacido de torctus(como iustitia, “justicia”, viene de iustus, “justo”), para designar la cualidad de los torcidos o, como diríamos ahora, retorcidos. Y es que lo torcido siempre ha tenido mala fama, como bien saben los tuertos (< torctus), originariamente los de mirada torcta, torcida, bizca.

Si vamos al femenino de torctus nos sale torcta, de la cual parece derivarse torta, y su diminutivo tortilla. Se haría referencia a que la masa se retuerce y voltea hasta aplanarla y redondearla. Pero es una explicación un tanto rebuscada, y otros prefieren derivarla de tracta, “masa manejada, amasada”.

¿Y saben qué es una tortillera? Pues una torcida, una desviada. Esa palabra deriva de tortiliare, “torcer”, verbo creado a partir de tortilis, “torcido”, otro derivado de torctus. En castellano, ese verbo dio en tortijar, y aún mejor, retortijar, de donde vienen los famosos retortijones, “retorcimientos extremos”. Así que ya saben que, ateniéndonos a la etimología, quienes sufren los mayores retortijones por su mal comportamiento son las tortilleras.

En latín antiguo, la “t” después de consonante acostumbra a convertirse en ch > sh > s. Es un fenómeno que se da en multitud de participios, y en este caso concreto torctus derivó también a torsus. A partir de aquí tenemos el sustantivo torsión, “torcimiento”, con sus derivados contorsión, “torcerse uno mismo, torcerse con gran fuerza”, distorsión, “torcerse de manera equivocada; deformarse”, y extorsión, “retorcer en exceso, con gran fuerza y sin justicia > usurpar mediante la violencia y amenaza”. También existe torso, “tronco del cuerpo humano; estatua sin cabeza, brazos y piernas”: sin embargo, no se ve gran relación entre esta palabra y el hecho de torcerse, así que se supone que deriva más bien de tursus, “erguido, erecto, de pie”.

Por último, de torquere nació el tórculo, un mecanismo para prensar uvas o aceitunas a base de retorcer una especie de tornillo. Es posible que esa palabra sea la matriz, o incluso un diminutivo, de nuestra familiar tuerca (< ¿torca?). A partir de ella se creó el verbo torculare, con el aumentativo extorculare, “prensar en exceso, exprimir”, que en castellano derivó a extorclare > extorglare > extrollar > estrullar > estrujar.

Anuncios