La primera vez que fui a Hungría, a mediados de los 90, encontré un país que había escapado poco antes de la tutela soviética y del totalitarismo de partido único, y que luchaba por asemejarse al vecino Occidente. Los alumnos desertaban de estudiar ruso en favor del inglés y el alemán, y los precios aún eran bajos para atraer a las masas de turistas que acudían a contemplar el Danubio marrón, o a fantasear con un cuerpo Danone en el balneario del hotel Géllert. Sin embargo, aún se encontraban muchos rastros de su pasado, como las carreteras llenas de Trabants contaminantes, o los horribles escaparates, impropios de cualquier ultramarinos de aldea española.

La estética publicitaria luchaba entre la modernidad de las multinacionales y el paletismo de los autóctonos. Un día encontré en la carretera un enorme cartel de una marca de zumo o extracto de naranja. “Naranja” se dice en húngaro narancs (pronúnciese [náranch]), pero al yerno del propietario se le debió ocurrir que quedaría mucho más cool un nombre que recordase al omnipresente Orange inglés. Posiblemente pensó en Orangina, pero al ser un nombre ya registrado no concibió mejor idea que bautizar a su criatura como Orina. Ni siquiera mi novia húngara, que hablaba con gran fluidez el castellano, podía entender el motivo de mis risotadas. Huelga decir que, al año siguiente, los coloristas reclamos de la orina embotellada habían desaparecido de las carreteras y de los estantes de las tiendas; y aún hoy lamento no haber aprovechado la ocasión para comprar una botella y pegar su etiqueta en mi frigorífico. (Eso sí, acabo de descubrir que existe una empresa llamada Orina, que fabrica equipamiento de moteros y ciclistas: http://www.orina.hu)

Aunque la orina adquiera un tono dorado tras ingerir diez cervezas, su nombre no tiene ninguna relación con el del oro, sino que proviene del latín urina. Tengan muy presente esta afirmación, porque no será la última vez que el oro se entrometa en este asunto a lomos de la etimología de baratillo. No está claro si urina entró en el latín como préstamo del griego ouron, de donde proviene el prefijo uro- (como en urología, “ciencia de la orina y del aparato urinario”, que casi ha quedado restringida al aparato urinario, y por extensión también el reproductor, masculino). Pero es bastante probable, conocidas las relaciones de hermandad entre el latín y el griego primitivos, que ambas palabras fuesen independientes, aunque con un origen común: la raíz indoeuropea auar- o aur-, que significa “fluir, discurrir un líquido”.

Como suele ocurrir en las raíces antiquísimas, y más si, como en este caso, están plagadas de vocales, sufren una fuerte variación con el transcurso del tiempo. Para descubrirlo el instrumento esencial es la filología comparada, y así podemos ver cómo ha evolucionado en las diversas lenguas derivadas del indoeuropeo. Por ejemplo, en las lenguas orientales, como el sánscrito de los arios de la India, la raíz se convirtió en uar- > var-, donde nos encontramos varias palabras que significan “agua” o “lluvia”. En cambio, en las lenguas celtas la raíz se mantuvo originariamente en aur-, con el significado de “agua corriente, río”, de la cual aún derivan algunos topónimos que, como se podrán imaginar, se han confundido con el latín aurum, “oro”. En el norte de Italia, antes dominio de los galos cisalpinos, nos encontramos con el río Metauro, donde pereció Asdrúbal Barca, cuando acudía en auxilio de su famoso hermano Aníbal. En el sur de Francia, tierra de los galos transalpinos, vemos también el río Hérault < Ar-auris y otros parecidos. Y en España tenemos varios ríos llamados Auria, que dieron nombre a las poblaciones adyacentes, las cuales contrajeron el diptongo au- en o- por un proceso bastante universal en las lenguas europeas. La más famosa adquirió su nombre a partir del gentilicio, auriensis > aurense > Orense. Olvídense de estupideces como que se llamó así a partir del oro de las Médulas, que navegaría por el Sil y luego el Miño hasta llegar al Atlántico; no, la ciudad recibió su nombre por el propio río Miño, y por la abundancia de fuentes termales en sus alrededores. Y en el norte de España, concretamente en Guipúzcoa, otro río Auria derivó en Oria; no, este río no era de color parduzco antes de la industrialización, y no se llamó así ni a partir del latino aurea “de oro”, ni del vasco horia “amarillo” (por cierto, esta última palabra tampoco es de origen vasco, sino celta).

Pero el propio celta acortó también la raíz en ur-, con el significado de “agua, lluvia”. De hecho, la mantuvo en una simple palabra, ur, que significa lo mismo que su homónima en euskera: “agua”. Así que creo que tenemos aquí, una vez más, un caso de palabra patrimonial vasca de origen extranjero. Y esa misma raíz es la que acabó derivando también en el latín y el griego, con el significado ya visto relacionado con la idea de “agua”. Por ejemplo, ya se imaginarán que del latín urinare proviene orinar. ¿Pero a que no sabían que otro verbo, urinari, que de haber sobrevivido también habría derivado en orinar, significa “nadar bajo el agua”? De hecho, la palabra urinator significaba tanto “orinador, meón” como “buceador”. ¿Les apetece un chapuzón en un lago de orines?

De la urina primitiva, cuando sólo significaba “agua”, algunos sostienen que deriva urna, puesto que en su origen era una botella de cuello estrecho y vientre abombado, que se utilizaba para recoger agua de las fuentes y ríos. Es la misma que podrán ver en cualquier imagen del signo zodiacal Acuario, que representaba al dios de las aguas. De hecho, una acepción de urna es la de ser una medida antigua para líquidos. En las urnas también se introducían las cenizas de los muertos, y con el tiempo adquirieron una forma cuadrangular, que es la misma que ahora nos imaginamos nada más oír la palabra urna. No obstante, ésta sigue siendo una etimología discutible, y otros prefieren derivarla de otra voz que significa “arcilla, terracota”.

En la medicina actual se utilizan especialmente los términos derivados del ouron griego. Así tenemos a la urea, que para los latinos era otra forma de denominar a la orina, pero que ahora denomina la sustancia orgánica que da a la meada su textura densa, y que al parecer es sumamente beneficiosa para el cutis. Esta misma sustancia nos la encontramos en el marisco, en forma de ácido úrico. La orina viaja de los riñones a la vejiga a través del uréter, una palabra griega que significa literalmente “orinador”, o quizá incluso “submarinista”, como vimos antes. Y sale de la vejiga al exterior a través de la uretra, del griego ourethra, “canal de la orina”. Lo relativo a la uretra y a los uréteres es lo urético; y lo que promueve la circulación de la orina es lo diurético < dia oureo, “orinar a través de algo”.

¿Recuerdan la clásica canción de los Toreros Muertos “Mi agüita amarilla”? Sale de mí un agüita amarilla… y llega a un río, la bebe el pastor… y baja al mar, juega con las medusas que tú te comes… viaja por el cielo y empieza a diluviar… tu madre lava la vajilla con mi agüita amarilla… No hay mejor explicación etimológica que ésta, para comprender de un vistazo el discurrir de la orina desde los lejanos tiempos de la raíz auar-.

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