No hace mucho, nuestro preclaro Gurú, el insigne presidente Zapatero, declaró que el País Vasco es un país, tal y como su nombre indica. Y vasco, tendría que haber añadido para completar el plagio de micer Perogrullo. Ahora bien, ¿cuál es la etimología de esa palabra?

País viene del francés pays, que tanto ayer como hoy significa “comarca, región, territorio”. Pero no territorio metropolitano, alrededor de una ciudad, que los gabachos llaman arrondissement, sino las áreas rurales y campestres, con sus aldeas embellecidas por el musgo y las telarañas, sus corrales y cochineras, y sus caminos flanqueados de zarzas y culebras. No es de extrañar, ya que pays procede del latín pagés < pagense < (ager) pagensis, los campos (el ager, usea, el agro) que rodeaban el pagus, es decir, la aldea.

El pagus derivó en castellano a pago, que se ha estancado en frases hechas como “no se ve a nadie por estos pagos”, o ha venido a significar “viñedo, heredad”, y ahora se empieza a ver en etiquetas saturadas de tanto Viña Ardanza o Viña Costera. Pero su adjetivo pagense sobrevivió durante un tiempo en pagés > payés, “campesino, aldeano”, antes de desaparecer y volver a resucitar por mor del provenzal y catalán pagès; así que ya ven que hablar de “pan de payés” no es un catalanismo, sino una vuelta a los recios y bruticos orígenes del castellano.

Estas derivaciones de pagus se perdieron en el olvido con la irrupción del francés pays. De aquí vienen expresiones tales como “producto del país” (producto regional) o “vivir sobre el país” (vivir de la tierra, en especial, las tropas que subsisten a base de lo que rapiñan en las tierras ocupadas). Ya hemos visto que pays era originalmente un adjetivo, payés, pero al sustantivarse necesitó en primer lugar un nombre abstracto: este fue el paisaje, es decir, la extensión de tierra, el país, que podía verse desde un lugar en concreto. La mejor atalaya para contemplar un paisaje es siempre una colina (en griego, pagos), como aquella que se erigía en Atenas en honor a Ares, y donde se levantó un tribunal que, precisamente, se denominó Areios Pagos, es decir, Areópago.

Y en segundo lugar precisó un nuevo adjetivo: ese fue el paisano, el campesino, el labriego, el payés, y que más tarde adquirió el significado de “convecino”. Y el paisano arrinconó definitivamente al pagano, el habitante del pagus, el aldeano, que según la teoría tradicional fue el más reticente a la irrupción del Cristianismo, y siguió adorando durante mucho tiempo, incluso a escondidas, a los viejos dioses y demonios de la antigüedad.

Así que ya ven: el país es la comarca, la región, la tierra rural donde uno vive, que solía coincidir casi siempre con el lugar donde ha nacido. El lugar de nacimiento es la nación, la nación es el país, y ya hemos visto que el país es la aldea y municipio circundante; el terruño, vamos. Cuando nación adquirió el sentido de “territorio soberano”, o que debería ser soberano, un Estado independiente, su equivalente país también fue de la mano. Pero aun así no ha perdido su sentido original de aldea grande, tierra incivilizada (es decir, no urbanizada), pasto de cabras y vacas donde la leyenda y la superstición se empeñan en resistir a las nuevas ideas.