Cuando ustedes hablan de coger algo, inmediatamente piensan en sostener la mano de su ser amado, empuñar una pistola, agarrar el abrigo, asir una copa… sólo en el puro aspecto material. Sin embargo, los latinos empleaban el verbo capere, que significa “asir, prender”, pero también en el sentido de coger algo intelectualmente, conocer su significado (es decir, aprender, comprender), e incluso sensorialmente, a través de la vista, oído, olfato… Deriva de una antigua raíz, cap-, “contener”, de la cual procede también caput, o sea, “cabeza”, porque es la extremidad con la cual se prenden (=aprenden) las cosas.

El participio de este verbo es captus (< capitus, otra vez relacionado con caput), del cual deriva a su vez otro verbo: captare, “intentar, tratar de prender, sorprender, buscar”. De este derivan estos verbos en español:

– el culto captar, “percibir por medio de los sentidos o de la inteligencia”, con lo cual una vez más lo relacionamos con caput;

– el intensivo capturar, con el sentido de “prender”;

– el vulgar catar, que antiguamente significaba “buscar”, y luego “percibir por los sentidos”, primero con la vista (=mirar), ahora por el gusto.

– y también cazar (< caciare < catiare < captiare < captare), “buscar, sorprender, perseguir”.

Al añadir una preposición al verbo capere se transforma en cipere, por un fenómeno llamado iotacismo, por el cual una vocal (en especial, la “a”) acerca su sonido al de la “i”, hasta confundirse con esta o detenerse en un sonido intermedio. Sucede en particular hoy día en el árabe y el rumano, y es el motivo por el cual los periódicos nunca están de acuerdo sobre si Sadam Hussein nació en Takrit o en Tikrit: en realidad, nació en Tâkrit.

En latín antiguo ocurre a menudo, y en este caso concreto nos podemos encontrar varias preposiciones. Veámoslo con un ejemplo:

Lleva todo el día esperando a que su ser amado se ponga en contacto con usted. No tiene propiamente razones para esperarlo, ya que ni siquiera son novios, es más, la otra persona apenas conoce sus sentimientos hacia ella. No obstante, por diversos indicios usted ha podido percibir (< percipere < per capere) que su amado va a llamarle por teléfono o email, o que incluso se va a presentar en su casa. Según la etimología, usted ha prendido para sí mismo esa información, se ha apoderado de ella después de tomarla y ahora es suya. Sus sentidos han sufrido una impresión que ahora usted lleva a su intelecto, donde la hace visible para analizarla y descifrarla a su manera.

Ahora usted se ha pasado toda la tarde carcomiéndose con el significado de esa percepción. Se imagina que en cualquier momento va a recibir (< recipere < re capere) noticias de su ser amado, y no deja de mirar el teléfono o el email en busca de la llamada esperada. Ese mensaje llegará y entonces usted lo prenderá, lo tomará, y lo acogerá en su seno. Su ser amado le pedirá hablar otro rato con usted, y sin ninguna dilación usted decidirá aceptar (< acceptare < accipere < ad capere), es decir, cogerá su invitación y se moverá hacia ella, lo que es una manera poética de decir que lo desea y consiente.

Pasan las horas y la llamada no se produce. Empieza a concebir (< concipere < cum capere) un horrible pensamiento: su ser amado se ha olvidado de usted, no se ha dado cuenta de lo mucho que usted necesitaba que lo llamara, le ha borrado de su mente y usted no significa nada para él. Todo cuanto hablaron en el pasado es agua por el desagüe, y la otra persona sólo le llama, cuando lo hace, después de que usted lo haga, pocas veces por iniciativa propia. Lo que usted acaba de hacer es prender consigo mismo una idea: ha nacido dentro de usted como un feto, y brota de sus labios en forma de concepto (=concebido): el ser que usted ama no le ama.

Llega la noche, su ser amado ya se habrá acostado, y no le ha llamado. En ese momento usted sufre uno de los sentimientos más amargos, envuelto en una palabra bastante hermosa: la decepción. En puridad, usted ha sido desprendido de lo que tenía cogido: decipere < de capere. Lo que pensaba no tenía nada que ver con la realidad. En una palabra, usted ha sufrido una ilusión, se ha engañado a sí mismo, y con ese significado se emplea esta palabra en otras lenguas (en inglés, deceiver, “el que engaña”, no “el que decepciona”). Nosotros hemos desviado el significado: del engaño hemos pasado al desengaño, es decir, desprenderse del engaño, ver por fin la realidad. Y de ahí hemos pasado al significado actual: el pesar, el dolor causado por haberse roto el engaño, la ilusión, en el que éramos tan felices y tan ilusos.

El grado en que se sufre la decepción no tiene tanto que ver con la cantidad de lo esperado, y no logrado, como con la intensidad con la que se esperaba. Si usted esperaba un Porsche y recibe un Seat Ibiza, se decepcionará, obviamente, pero pronto se le pasará. Pero si usted esperaba con todo el ardor de su corazón una simple llamada en la que tan sólo le dijeran “buenas noches”, su decepción puede llevarle incluso a llorar, al ver que no se han acordado de que existía.

Nadie tiene la culpa de los desengaños y las desilusiones, más que quien se lleva a engaño haciéndose ilusiones.

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