La palabra laurel procede, a través del occitano laurier, del vocablo latino laurus, que propiamente denomina el árbol del laurel. En latín antiguo se decía laudus, y la etimología tradicional lo relaciona con laudare, “encomiar, alabar”. De este verbo tenemos derivados cultos como laudatorio “que alaba o contiene alabanza”, o la expresión summa cum laude, es decir, que te dan matrícula de honor y encima una palmada en la espalda, por lo bien que has absorbido las enseñanzas de tu tutor. No obstante, la palabra más propiamente castellana es loa < loda < lauda, que como ya sabrán significa “alabanza”. Según algunos, del verbo laudare también deriva el cóctel de vino blanco, azafrán e incluso opio conocido como láudano, para señalar que es una medicina célebre, famosa entre los antiguos; no obstante, en realidad es una deformación de ládano < ladanum, que deriva del griego ladanon o ledanon, y este a su vez del árabe ledan, “arbusto, mata”, puesto que el láudano original era una resina olorosa que se extraía de un arbusto muy común en las riberas del Mediterráneo, la lada o jara.

De modo que ya vemos que, según la tradición, el laurel recibió su nombre porque era el material con el que se confeccionaban las célebres coronas con las que se rendía alabanza a los generales triunfadores: si la victoria había sido importante y decisiva, el laureado entraba en Roma montado sobre un carro, coronado de laurel, mientras el pueblo le aclamaba a su paso por lo macho y gallardo que había sido; si la victoria había sido menor, el general entraba a pie, coronado de mirto, y con el único acompañamiento de los senadores, que de esa forma le rendían una ovación silenciosa, como correspondía a la seriedad de su cargo, sin los aplausos y vítores propios de la plebe.

Sin embargo, la etimología moderna se inclina por la explicación contraria: el laurel no se llamó así por ser el material de la corona del triunfo, sino que su nombre era muy anterior a esa costumbre (supuestamente de origen etrusco), y las coronas se hicieron de laurel por ser una planta muy común en Italia. El propio Virgilio nos cuenta en la “Eneida” que el Lacio anterior a la llegada de Eneas y sus troyanos exiliados se llamaba Laurente < Laurentium, “tierra de laureles”, debido a la profusión con la que crecía en esa zona. Así que los romanos, después de escoger el lobo como su animal totémico, se inclinaron por el laurel como su planta nacional (de igual modo que el arce representa a Canadá, o el cedro al Líbano), y lo retorcieron en forma de corona como símbolo patriotero. De Laurentium deriva Laurentius > Laurencio > Lorenzo, que como pueden ver significaría “lleno de laurel”, o incluso ser sinónimo de “latino” o “romano”.

En realidad, laurus/laudus no procede de laudare (quizá sea incluso al revés), sino que es una deformación de djaurus < daurus. Esta palabra deriva de una antigua raíz indoeuropea, drau- o dru-, que significa “leño, tronco de árbol”. Es la misma raíz de la cual deriva el celta druida, “que vive entre los árboles” (de dreu, “encina”), los griegos dríade “divinidad que habita en los bosques” o drina “culebra de los árboles”, o incluso el inglés driu > triu > tree, “árbol”.

Así que ya ven: un laurel no es más que un arbusto, “el arbusto”, para los latinos, que lo adoptaron como emblema y lo elevaron a la categoría de símbolo del triunfo y la victoria. Y del laurus, el árbol del laurel, tenemos el nombre propio de Lauro y sobre todo de Laura, que podríamos decir que significa “laurel”, “arbusto”, “la triunfadora”, “la laureada”, o incluso “la encomiable, la digna de ser loada y alabada”.