¿Tiene usted grandes ambiciones en la vida, sean de índole personal o profesional, pero le repugna pedir influencias, ofrecer sus favores, camelar con falsas promesas, rondar a los jerifaltes, buscar un padrino apropiado, entrar en el círculo de los poderosos, ser un trepa, en definitiva? ¿Cree que lo va a obtener todo por su propio esfuerzo, que sus insignes cualidades serán evidentes para aquellos de quienes depende su ascenso, y que motu proprio le encumbrarán a donde merece? Usted quiere ganar, pero jugando limpio, sin rebajarse a humillaciones ni corruptelas. Pues permita que la etimología le desengañe antes de que sea demasiado tarde.

Viajemos en el tiempo hasta una mañana cualquiera en el Foro romano. La jornada laboral de un ciudadano era sumamente breve para nuestros parámetros (unas cuatro horas), item más si el trabajo se encomendaba a los esclavos, de manera que disponían de mucho tiempo libre que dedicar a los asuntos públicos. De manera que la plaza está llena de hombres ociosos que se dedican a deambular (< ambulare, “pasear, caminar”) de un lado a otro, charlando con los conocidos, o simplemente esperando a que suceda algo. Ya ven que en ese sentido el carácter latino, o tal vez el humano en general, no ha variado mucho en dos mil años. Un espectador moderno diría que el ambiente está muy animado; pero un romano de la época entendería esa expresión como figurada, ya que dicha palabra deriva de la preposición ambi-, en griego anfi-, que significa “alrededor, en torno a”, y ellos la aplicaban primordialmente a la materia fluida que rodeaba alguna cosa: es decir, al aire que respiraban, que podía estar denso, sofocante, maloliente, fresco, y por extensión se aplicó después a las personas rodeadas por ese aire, así como a la mentalidad y circunstancias que mostraban en un momento dado.

Ambiente era el participio activo del verbo ambire < ambi ire, “ir, andar alrededor de algo”, es decir, “pasear, rondar, vagabundear”, del cual procede el ya visto ambulare, “andar de un lado a otro”. Eso es lo que, en apariencia, está haciendo esa masa ambulante de gandules; pero en realidad están esperando a que otras personas se les acerquen y les ronden con gran actividad y energía, no para invitarles a bailar ni a leer los Diálogos de Platón en algún catre, sino para pedirles su voto. Verán, durante la República todos los cargos públicos estaban sujetos al sufragio popular, en una magnífica demostración de la democracia participativa. En realidad no era un sistema tan perfecto, porque para poder votar debías ser hombre, libre, ciudadano romano, y estar presente físicamente en la ciudad de Roma durante los comicios; en aquellos tiempos habían resuelto de manera tajante la duda de si la circunscripción debía ser municipal, provincial o autonómica: sólo se podía votar en los distritos de la capital. Y aunque en teoría los cargos estaban a disposición de cualquiera, en la práctica los únicos que podían aspirar a los puestos superiores eran los que contaban con suficiente abolengo, influencia y dinero como para ser conocidos por el pueblo. Así que se subían por perfecto orden a los pedestales y, aparte de recordar las hazañas de sus padres y abuelos, ofrecían más gloria, más tierras, más pan y más circo a los admirados votantes que les contemplaban con satisfacción. Una vez más, ya vemos lo poco que han cambiado las cosas en veinte siglos.

En cambio, los que aspiraban a los puestos inferiores, no los conocía ni su padre, y carecían de prestigio, padrinos y capacidad oratoria, debían buscar nuevos métodos para atraer el voto. En vez de declamar desde un púlpito, bajaban al nivel del populacho, al que empujaban, agarraban, gritaban, suplicaban, preguntaban por sus problemas particulares, prometían solucionarlos, ofrecían beneficios y prebendas, mientras se insultaban unos a otros y acababan muchas veces a puñetazos. Esta forma de comprar a los electores, mientras iban de un lado a otro interpelándolos uno a uno, se denominó ambición < ambitio, derivado del mismo verbo ambire que vimos antes; es decir, “el paseo, la ronda”. Así que no es de extrañar que el ambicioso, el paseante, se convirtiera en sinónimo de aspirante a un cargo u objetivo, y que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de lograrlo.

El espacio en el que los ambiciosos realizaban su ronda se denominaba ámbito, es decir, “lo andado, lo cercado”. Y las vueltas y giros que hacían entre los electores eran los ambages, < ambi agere, “hacer, actuar, operar alrededor”, que más tarde también se aplicó a sus propios rodeos de palabras y oscuros circunloquios cuando no les interesaba dar una respuesta concreta y debían mostrarse ambiguos (< ambiguus, también derivado de ambi agere). Por ejemplo, cuando después de prometer el oro a todo el mundo se encontraban con que un tendero y un campesino tenían intereses opuestos, y entonces debían realizar equilibrios de funambulista (< funis, “cuerda, cordón”, cuyo diminituvo era funiculus, “cordoncillo”, de donde deriva funicular, porque la tracción se realiza mediante cuerdas o cables) para satisfacer a ambos.

De modo que, sin más preámbulos (< prae ambulare, “andar por delante”, porque guía al lector u oyente al inicio del discurso) le invito a que reflexione sobre hasta dónde está dispuesto a llegar y rebajarse por colmar sus ambiciones. Consúltelo con la almohada, y si no puede dormir por los escrúpulos, salga a pasear como un sonámbulo (del inglés somnambulist, a su vez procedente del latín somnu ambulare, “andar en sueños”), siempre podrá contar con la ayuda de una ambulancia (del francés ambulance, “[hospital] ambulante”). Pero pida que le lleven a un ambulatorio, que como su propio nombre indica, es un hospital donde los que tienen una enfermedad que no les obliga a guardar cama pueden deambular por los pasillos; allí podrá rondar a los enfermeros y demás pacientes, y practicar con ellos sus dotes de ambicioso.

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