Por increíble que les parezca, el lugar más apropiado de todo el mundo para que se encienda y manifieste el deseo hacia otra persona se encuentra cerca de Avilés, durante una noche estrellada a la vista de la planta siderúrgica de Ensidesa. Las zonas industriales del Ruhr en Alemania, o de Silesia en Polonia, también cuentan. Busquen un escenario parecido lo más cerca de su casa, y olvídense de campos de margaritas y de bares donde bailar lambada. Sean originales, es decir, vuelvan a los orígenes.

Cuando su acompañante empiece a poner malos ojos y aún peor nariz ante el ambiente con el que usted pretende obsequiarle, dígale que se acueste y contemple el cielo. Antes habrá averiguado su signo zodiacal y habrá elegido la fecha exacta para divisarlo con claridad. A través de la neblina sulfurosa de la fábrica podrá indicarle el triángulo ridículo de Aries, el cuasi-invisible Cáncer o el majestuoso Escorpión (la única constelación que merece su nombre, salvo el Triángulo y la Cruz del Sur), según proceda. Entonces mire a los ojos de su acompañante y dígale: Las estrellas te dicen lo que siento por ti.

Antes de que la carcajada de su partenaire se prolongue irremediablemente, explíquele que estrella, en latín, se decía originariamente sidus, derivado de sidors, emparentado con el griego aster “astro”. Su plural es sidera “estrellas, constelación”, que con el tiempo se acortó en sdera > stera, diminutivo sterella, y de ahí strella > stella. ¿Tiene clara la etimología hasta aquí? ¿Su mente sigue en la tierra o vuela en las distancias siderales?

Vuelva a sidera, y dígale que los antiguos creían, como ahora, en la gran influencia de las estrellas sobre las personas. Y antes de que la conversación degenere en la astrología, explíquele que los latinos crearon un verbo, siderare, que significaba “mirar fijamente a las estrellas”, tanto por el atractivo que ejercía su fulgor, como para intentar leer los designios de los hados en ellas. Y dígale que cuando usted observa sus hermosos ojos los está considerando, mirándolos tan fijamente como se mira a una brillante estrella.

Ahora su acompañante debería estar considerando sus palabras, es decir, escuchándolas atentamente. Háblele brevemente de la preposición latina de-, que da a las palabras el significado de terminación, reforzamiento o separación. Y de cómo los latinos idearon un nuevo verbo, desiderare, para expresar, o bien que se miraba con gran fuerza algo que llamaba poderosamente la atención (primero las estrellas, después cualquier cosa), o bien que la mirada se apartaba de las estrellas porque no veía augurios en ellas, y luego las echaba ardientemente de menos y debía mirarlas otra vez.

En ese momento, como habrá imaginado, es cuando podrá decirle que desiderare > desedirare > desejrare > desejar > desear.

Una vez que su acompañante haya decidido pasar del estado de deseado al de considerado, es posible que la nube tóxica de la fábrica venga a acompañar el pitillo postcoital. Es entonces cuando debe decirle que los antiguos, antes de aprender los rudimentos de la minería, el único modo que tenían de obtener mineral de hierro era sacándolo de los meteoritos, “piedritas del cielo”. Así que los latinos llamaban también al hierro sidereus, “de las estrellas”. Y una planta siderúrgica, como su nombre indica, no es más que una fábrica donde se trabaja (urgia) el hierro.

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