Es paradójico que los elementos constituyan un tema sumamente complejo, y que el modo de explicarlos resulte bastante complicado en vez de elemental. Sería tentador desdeñar las dudas con el mítico “elemental, querido Watson”, pero lo cierto es que siempre reaparece el fantasma del insigne Eugenio D’Ors: “¿Está suficientemente claro? Pues bien, ¡oscurezcámoslo!”. Quizá el problema radique en que, por muchos títulos de los que hagamos gala, seguimos teniendo una capacidad expresiva propia de estudios elementales: desconocemos muchas palabras, nos repetimos como tartamudos, perdemos el hilo del discurso, damos rodeos en vez de ir al grano, y lo acabamos enrevesando todo. ¿Hablamos del lector o del escritor? Juzguen ustedes mismos.

 

Para empezar a complicar los elementos, vamos a hablar de una raíz que no tiene ninguna relación etimológica con ellos: la indoeuropea steigh-, “caminar, andar, paso”, que ha experimentado una evolución muy curiosa; en unas lenguas se fijó en el acto concreto de andar, que incluso derivó a significados como “llegar”, “atacar” o “cabalgar”, pero en otras se fijó en aquéllos que andaban. Por ejemplo, en griego produjo el verbo steicho, que alteró el significado original cuando se trasplantó al modo de andar de un grupo de personas: si son ustedes una pandilla que se dirige al bar pueden hacerlo como deseen, en parejas, por separado, u ocupando toda la acera; pero si son soldados, los que hicieron la mili recordarán cómo les enseñaron a marchar en formación, es decir, en una o varias filas, uno detrás de otro. Este sentido militar, de avanzar en líneas ordenadas, fue el que prevaleció al final en el verbo steicho.

 

Por su parte, en las lenguas germánicas, la raíz también se fijó en el acto de andar pero sobre todo hacia arriba, sin importar el orden en que se hiciera, y de ahí nació el verbo steigen “marchar, ascender”. De él derivaron palabras que se fijaron en lo andado, es decir, el sendero, pero impregnado del sentido ascendente del verbo. Es el caso del anglosajón staeger, del cual procede el inglés stair, cuyo significado original es “cuesta arriba”, en especial por una pendiente abrupta que exige apoyarse en escalones naturales, y de ahí el significado actual de “escalera”. Esta referencia al sendero nos lleva a una palabra latina cuya etimología no está nada clara: vestigium -> vestigio. Su significado original es “pisada, huella del pie”, y en principio se aplicaba a la que dejaban animales y hombres en el sendero, si bien ahora se ha extendido a todo rastro material o intelectual que nos indique la presencia en el pasado de alguien o algo. Es posible que -stigium sea el modo en que la raíz steigh- pasó al latín con el significado de “paso”, pero no es seguro, y sobre todo, se desconoce el origen de ve-. Algunos sugieren que sería una aliteración de best-stigium, “paso de bestia”, pero hay que tener en cuenta que bestia se aplicaba inicialmente a los animales salvajes, y sólo después pasó a los bueyes y demás bestias de carga. La explicación que más me convence es la que la hace derivar de ver-stigium, y éste a su vez del verbo verre, que significa “barrer” pero originariamente “arrastrar por el suelo, dejar surcos”: de modo que verstigium significaría “paso arrastrado, paso que deja surco o huella”. Pero sigue siendo una elucubración y no existe ningún fundamento sólido para darla como válida; incluso es posible que stigium proceda de stingium < stingere “pinchar, marcar”, o de stringium < stringere “cerrar, estrechar”, como se piensa que ocurre con fastigium > fastigio y praestigium > prestigio, palabras que en principio no tienen ninguna relación con la raíz que nos ocupa. En todo caso, supongo que ya sabrán que investigar < in vestigare significa “coger los vestigios”, es decir, buscar huellas, aunque ahora sean las de las manos más que las de los pies.

 

Es tiempo de reincorporarnos a la fila de soldados griegos que dejamos marchando al final del primer párrafo. La columna que avanza en línea tiene que detenerse una vez llega al campo de batalla, pero a fin de ser efectiva debe mantener esa misma formación. Así que del verbo steicho nació el sustantivo stichos, con el significado de “línea de soldados de la falange”, pero que no tardó en generalizarse a una línea o hilera compuesta de cualquier cosa, fuesen niños de excursión, árboles junto al camino o baldosas en el suelo. Sin embargo, el sentido que acabó por prevalecer fue el de “línea de escritura”, es decir, “renglón, verso”, del cual hay varios derivados en poesía. Por ejemplo, en la poesía grecolatina eran muy habituales las miniestrofas de dos versos, por lo general un hexámetro seguido de un pentámetro: esa composición se llamaba dístico < distichos, formado a partir del adverbio dis “dos veces”. Otra composición, que conocerán los aficionados a los anagramas, consiste en una sucesión de versos, cuyas letras situadas en los extremos, sea el inicio o el final, forman un vocablo o frase: son los acrósticos < akrostichos, que incluye akros “extremo”. Y por último, cuando un verso es muy largo se suele dividir mediante una pausa o cesura en dos mitades, cada una de las cuales se llama hemistiquio < hemistichion, de hemi “medio, mitad” y stichos “línea, verso”.

 

Debido a que, como hemos dicho, stichos concentró su significado en “línea de escritura”, se hizo necesario un nuevo sustantivo que mantuviera el significado de “línea ordenada en general”. El elegido fue stoichos, una variante dialectal del anterior, que no tiene ninguna relación con stoikos > estoico: esta palabra deriva en realidad de stoa “columnata, pórtico”, procedente de una raíz que significa “estar quieto, firme, estable”; el motivo es que Zenón de Citio, el fundador de la doctrina, daba sus lecciones bajo un pórtico de Atenas. De stoichos nació otro verbo, stoicheo, que regresó al sentido original de “marchar en línea ordenada”. Fue muy empleado posteriormente en el griego eclesiástico, donde adquirió el sentido moral de “proceder según un orden”, y de ahí “vivir, marchar en la vida según un orden o una regla”; lo que hoy llamaríamos “línea de conducta”, que en su caso era la ética cristiana. Pero no nos adelantemos, porque lo más importante es que, así como stoichos fijaba su significado en la línea continua, un derivado suyo, stoicheia, volvió a fijarse en que toda línea está formada a base de puntos. Desde este punto de vista, una línea es una serie o sucesión de componentes, que como ya hemos dicho podían ser soldados, árboles, baldosas o incluso las palabras que forman un verso. Pero todos estos componentes están formados a su vez de otros, hasta que por fin llegamos a los componentes básicos, primordiales, originales. Stoicheia pasó a entonces a significar “serie de componentes básicos”, y de ella derivó el sustantivo stoicheion, “componente básico de una serie”: por ejemplo, los números que conforman las matemáticas, las notas que conforman la música, o las letras que conforman el lenguaje.

 

Si todo esto les parece un rollo, esperen a que nos metamos en harina filosófica. Verán, los primeros pensadores griegos discutieron sobre cuál podría ser el componente primordial de toda la materia: para Tales era el agua, para Anaxímenes el aire, y para Heráclito el fuego. El filósofo Empédocles cortó por lo sano, y decidió que todos ellos eran los principios básicos, a los que sumó un cuarto, la tierra. El nombre que les dio fue rhizoma, “raíces”, a partir de los cuales crecían y se desarrollaban todas las demás sustancias y organismos. Aristóteles integró en su pensamiento esta teoría de los cuatro componentes o esencias básicas (a los que añadió una quinta, el éter, que sería la más pura e intangible, y en última instancia origen de todas las demás), pero sustituyó rhizoma por el ya visto stoicheion. También Euclides empleó la misma denominación en su tratado sobre los principios básicos de la geometría. Cuando todas estas obras fueron traducidas al latín, el nombre que se escogió como equivalente a stoicheion fue elementum > elemento.

 

Ustedes se preguntarán: ¿tanta verborrea sobre una raíz que no tiene ninguna relación con la palabra de la que trata el artículo? El caso es que la explicación es bastante elemental: como nadie tiene ninguna certeza sobre la etimología de elemento, vamos a intentar descubrirla a partir del origen y evolución de la palabra griega equivalente. Como ya hemos dicho, el stoicheion designaba el elemento básico de una serie, pero antes de Aristóteles había dos series a las que los pensadores prestaban mucha atención: los sonidos musicales y los sonidos vocales, que por muchas combinaciones que permitan, en última instancia forman una lista muy reducida. Así como los pitagóricos pugnaron por desentrañar los fundamentos matemáticos de la música, los primeros gramáticos trataron de clasificar los sonidos básicos de su respectiva lengua. Una vez aislado cada sonido, pudo ser fijado en el cerebro para aprender a pronunciarlo correctamente, y luego trasladado a la escritura en forma de letra: había nacido el alfabeto fonético, mucho más fácil de aprender que los alfabetos silábicos e ideográficos anteriores. De este modo, aparte de “componente básico”, stoicheion se empezó a utilizar como sinónimo de “letra del alfabeto”; y stoicheia, aparte de significar “serie de componentes”, pasó a equivaler a “alfabeto”. Es en este punto cuando entra en escena el elementum.

 

Aprender el alfabeto no era propio de analfabetos, es decir, los que no sabían leer ni escribir, y por tanto no tenían necesidad de recitarlo de memoria. Pero los aprendices de escriba se veían obligados a realizar infinidad de ejercicios, copiando una y otra vez las letras sobre tablillas de madera o arcilla. Ahora bien, no escribían las letras como les apetecía, sino siguiendo un orden que ha permanecido casi inmutable desde que los fenicios idearan el alfabeto. Y como la lista de letras es larga, se han conservado muchas tablillas en diversas lenguas que muestran que se escribía en dos líneas: la primera va de la A a la K, mientras que la segunda va de la L hasta el final. Y es aquí donde florecen las elucubraciones, y surge la teoría de que, como el alfabeto se aprendía en dos series, al final se consideró que no había uno sino dos alfabetos, cuyo nombre derivó de las primeras letras de la serie: como la primera serie comenzaba por A, B, G (cuyo sonido y forma pasó en latín a C), se llamó AbeCedarium > abecedario; mientras que la segunda, que comenzaba con las letras L, M, N, se llamó eLeMeNtarium > elementario. Y cuando volvió a considerarse el alfabeto como una unidad, no se le denominó a partir de la primera serie, como hacemos ahora, sino de la segunda; por el contrario, las letras nunca se denominaron abecedum, sino elementum. Y fue así como elementa (plural de elementum), la serie alfabética, pasó a denominar toda serie de componentes básicos, y por eso fue escogida para traducir stoicheia; mientras que el elementum, la letra, se convirtió en la partícula fundamental, el abecé de todas las cosas, el stoicheion.

 

Aunque encierra una cierta lógica, y no es fruto de ningún charlatán sino de especialistas serios, la verdad es que a mi parecer esta teoría suena a etimología popular. Es cierto que elementum significó “letra”, y elementa “alfabeto”, y elementarius “relativo a las letras, al alfabeto” (de donde deriva estudios elementales: aprender los elementos, es decir, a leer y escribir las letras), pero está por ver si ocurrió antes o después de que se les considerara sinónimos de stoicheia y stoicheion. Por muchas tablillas de ejercicios donde figure separado en dos renglones, no existe ninguna evidencia de que el alfabeto no se considerara una sola unidad, ni de que a la segunda serie se le llamara elementarium. Ni se explica por qué en ninguna otra lengua que use un alfabeto derivado del fenicio se ha hallado ninguna palabra que juegue también con las letras L, M, N (por ejemplo, si en griego existe alpha-bet, ¿por qué no existe lambda-my?). Se me antoja una explicación forzada para hacer encajar las piezas, que en todo caso es indemostrable. Es posible que elementum proceda de la elisión de algún verbo, como es el caso de momentum < movimentum < movere, o frumentum < frugimentum < frugire. Tal vez fuese el verbo eligere “elegir, escoger”, cuyo participio es electus, pero en ese caso la derivación lógica sería eligimentum > elimentum; aparte que no vemos ninguna relación semántica con “componente básico de una serie”. O podría proceder de elevare “elevar, alzar” > elevamentum, que muy figuradamente podríamos relacionar con “componente del que se eleva o desarrolla la materia”; pero aquí nos encontramos con la seria objeción de que los verbos de la primera conjugación siempre conservan la -a- en los compuestos y derivados, y no podría elidirse a ele(va)mentum. Incluso hay quien apunta a que podría ser una aliteración del ya visto alimentum > alementum > olementum > oelementum > elementum, y significaría que los elementos serían el alimento que nutre y hace crecer toda la materia; pero resulta una transformación muy brutal y sin parangón. En suma, estamos dando palos de ciego, y quizá la explicación más lógica (y fácil) sea la que hace derivar elementum de algún préstamo desconocido de otra lengua, por ejemplo el etrusco.

Así que ya ven: hemos derrochado decenas de polísticos, “muchos renglones”, así como todas las letras del abecedarium y del elementarium, para concluir que seguimos tan confusos como al principio. Ni siquiera hemos avanzado según una línea ordenada, sino que hemos desertado de la formación en varias ocasiones para plantar nuestros vestigios allá donde nos daba la gana. Los elementos no son un tema elemental, y lo hemos complicado más de lo que ya estaba.

 

La etimología es la ciencia que trata de indagar el origen y evolución de las palabras, tanto en el plano formal (por qué decimos mucho si procede de multus) como sobre todo el semántico: qué significaban en un principio, lo cual nos puede dar una idea de lo que significan realmente ahora. Pero hay que tener en cuenta que, si bien la evolución formal suele ser lenta, la semántica es mucho más rápida: cada hablante añade un pequeño matiz a una palabra, y si tiene éxito y lo contagia al resto de hablantes, la acepción cambia con respecto a la generación precedente. Por otro lado, cada palabra que deriva de otra no sólo hereda esos matices de significado, sino que añade los suyos propios, con lo cual aumenta progresivamente la distancia con respecto a las palabras que proceden de la misma raíz, como esos primos en décimoquinto grado que, aunque desciendan del mismo recontratatarabuelo, nadie en su sano juicio considera que son parientes. Por esa razón, el mayor peligro para un aficionado a la etimología es analizar una palabra a partir de un diccionario actual, el cual indica lo que significa en ese momento, que puede y suele ser muy diferente de lo que significaba en sus orígenes. Luego vienen las falsas conexiones con palabras homónimas, como pensar que dos niños son primos porque ambos tienen la nariz aguileña, las teorías delirantes que conjugan el tocino con la velocidad, y las empanadas mentales que acaban en el ridículo y el desprestigio… en suma, la etimología de baratillo. Analicemos el caso de la adolescencia.

 

En más de un libro de psicología he leído que un adolescente es aquel que adolece. ¿Y qué significa adolecer? La acepción vulgar y corriente es “faltar, privar”: adolece de información, leemos en los artículos de muchos periodistas que pretenden pasar por cultos, intercalando palabras extrañas para disimular que, justamente, “adolecen” de información y formación lingüística. Este sentido de adolecer se halla tan extendido que no tardará en ser admitido por la Academia, y caen en saco roto las advertencias de quienes explican que ese verbo significa realmente “padecer, sufrir”: la frase correcta debería ser adolece de falta de información, pero se hace tan larga, y suena a la vez tan rebuscada, que la indigencia y la pereza verbal la reducen a lo ya visto. Pero en ese momento, una vez ridiculizados los periodistas que van de cultos, intervienen los que van de más cultos, y nos instruyen sobre su teoría de los adolescentes: seres que padecen el conflicto entre una pubertad de la que tratan de escapar, y una madurez a la que desean y a la vez temen llegar, lo que les ocasiona un sufrimiento que se manifiesta psicosomáticamente en acné, masturbación y botellón contestatario. Bien, pues ahora me toca a mí ir de aun más culto y les digo que esta bonita teoría esta edificada sobre arena. A-dolecer es la forma antigua en que el castellano asumió dolecer < dolescere (hoy las reglas de derivación son más simples, y diríamos *dolecear), que significa “doler, causar dolor”. Por su parte, un adolescente es, literalmente, “el que está creciendo”, sea de modo doliente, paciente o sonriente. No, adolescente no deriva tampoco de una mezcla de ambas raíces, como también he leído en otros sitios: en inglés y francés nunca se creó ningún a-dolescere, pero sí adolescent desde el Medievo.

 

El verbo latino adolescere significa “comenzar a crecer”, y es un compuesto del verbo adolere “crecer” y el sufijo incoativo -scere (el cual indica el comienzo de la acción, como en negrescere > ennegrecer, propiamente “comenzar a ponerse negro”). A su vez, este verbo adolere se compone de dos palabras: la preposición ad, que indica dirección o proximidad, y el verbo alere, que en compuestos adquiere la forma olere (ya les hablé de que la a y la o pueden confundirse muchas veces en un sonido intermedio, como sucede en húngaro e inglés). Por su parte, este verbo alere significa simplemente “nutrir, dar de comer”, y lo pueden reconocer en su derivado más famoso: alimento, es decir, “nutrimento, lo que sirve para nutrirse”. Fíjense, futuros imitadores de Tolkien, en el modo natural de inventar nuevas palabras a partir de la derivación y la composición: para los latinos, el concepto de “crecer” no sale de la manga, sino que es la evolución lógica de “nutrir hacia [arriba]”. No obstante, hay que decir que este sentido ascendente es una perogrullada, por cuanto viene incluido en el propio verbo alere, el cual procede de la raíz indoeuropea al-, que significa “mover hacia arriba, levantar, alzar”.

 

A la adolescencia se la denomina de manera coloquial la “edad del pavo”, posiblemente porque es una época de especial sensibilidad, y al púber se le sube el moco del pavo (es decir, el rubor) ante cualquier tontería. Sin embargo, según la etimología hay que concluir que esta expresión significa que el adolescente está creciendo a marchas forzadas, y necesita por tanto un sustancioso alimento material y espiritual, para lo cual se atiborra el vientre de hamburguesas y el cerebro de vídeos porno. Quien está siendo alimentado, sea de cuerpo o mente, se denomina en griego alomenos, cuyo equivalente latino es alumenus > alumnus > alumno. Por muy adecuados que sean los conocimientos con los que pretendan alimentar nuestro futuro, o quizás por culpa de ello, la vida de alumno puede llegar a ser muy amarga, pero no por ello hay que relacionar alumenus con alumen “sal amarga”, de la cual proceden alumbre y aluminio. Los días de examen, cuando nos hemos alimentado mucho de cubatas y poco de libros, es tiempo de encomendarse a los santos o a la Virgen, para que nos proteja en su regazo como a un niño de pecho. La Virgen es el Alma Mater, que no significa “madre del alma”, sino “Madre nutricia, madre que alimenta a su bebé”; era la patrona de la Universidad de Bolonia, la primera del mundo, y por eso se denomina alma mater a cualquier universidad, y por extensión a las escuelas o academias donde se nutre de conocimientos al alumno.

 

Según la alimentación que reciba el alumno, unida a sus características fisiólogicas y al ejercicio que practique, su cuerpo adquirirá más o menos fuerza, y soportará en diferente medida las enfermedades e inclemencias. De igual modo, es en la adolescencia cuando se forja su carácter, que será más o menos fuerte según su alimentación espiritual, sus características psicológicas y la moralidad que practique. Los latinos denominaban al carácter “alimento o crecimiento interior”, o indu-ales, forma arcaica de la preposición in (equivalente al griego endo) y el sustantivo ales, derivado del verbo alere. Esta palabra se contrajo en indoles, que pasó al castellano como índole, y extendió su significado primero a la naturaleza de las personas en cualquier edad, y luego a la de las cosas. La índole de un adolescente puede ser tímida, estudiosa, honesta, hijadeputa e incluso indolente, que significa literalmente insensible al dolor (in-dolere, no doler), y que extendió su significado a mostrarse insensible ante cualquier cosa: alguien que pasa de todo y no muestra interés por nada. No, indolente no tiene nada que ver con índole ni con el tema que nos ocupa: es otro ejemplo de la confusión entre palabras cuasi-homónimas; como la que sufrían los latinos entre estos dos términos y el verbo indolescere, que no significa “no doler” sino todo lo contrario, “sentir un dolor profundo”, y que está relacionado con nuestro querido adolecer. Ya vemos que el lío que tenemos hoy con respecto a lo que a-dolecen los ad-olescentes cuenta con una larga y gloriosa tradición.

 

Pero todo lo malo se acaba, y llega un día en que el alumno, el que se está nutriendo, ya está completamente nutrido: se convierte en alitus, participio de alere, contraído en altus > alto. Un adolescente es alto porque está bien alimentado, al menos en lo que al cuerpo se refiere: se ha hecho grande, tanto a lo ancho (a veces, demasiado ancho) como a lo largo. Este sentido de estatura fue el que terminó por prevalecer, y lo alto acabó siendo lo que se eleva o alza < altiare sobre la tierra; o sobre los hombres, y de ahí la connotación de noble, ilustre, excelso, que tiene un Alto Tribunal o la Alta Costura. No obstante, el significado original de alto permaneció en otras expresiones. Por ejemplo, mantuvo el sentido de “grande, enorme”, mezclado con el de “superior, por encima” que había adquirido a través de los ilustres adolescentes altos, y el resultado fue un sinónimo de “superlativo, máximo”, como en la alta traición o los centros de alto rendimiento. Y por otro lado, hemos dicho que lo alto pasó a significar lo largo, pero la longitud puede manifestarse tanto hacia arriba como hacia abajo: de ahí el significado de “profundo” que vemos en la alta mar.

 

El adolescente alto está ya nutrido, alimentado, y debido a que esto se manifiesta en un aumento de masa corporal, el propio verbo alere pasó a significar también “crecer”. Pero ya hemos dicho que esta acepción es la propia del verbo adolescere, que ahora, al final del camino, recupera de nuevo su primacía. El adolescente, el que está creciendo, llega un infeliz y ansiado día en que está completamente crecido: está adolitus, contraído en adultus > adulto. Su cuerpo ha llegado a la madurez y deja de crecer por mucho que lo alimente. Ante él se inicia el resto de su vida, en el que puede optar por seguir nutriendo su espíritu en algún alma mater, o también nutrir a otros, proalimentar, pro-ales > prole. Alguien con la facultad de criar prole, engendrar progenie, es un prolífico, como los conejos o los pollos que se fabrican industrialmente para llevarlos de inmediato al matadero. El mismo destino que solían tener los proletarios, ciudadanos romanos que vivían en la miseria y peor que muchos esclavos, cuya única utilidad pública era engendrar hombres para el ejército, pero que sólo podían costearse un armamento ridículo, y por tanto sólo servían para hacer bulto y dejarse matar. Lo mismo que les esperaba a los proletarios del siglo XIX, aunque a éstos se les encontró también la utilidad de engendrar brazos para las fábricas.

 

Quizá sea también éste el destino que le aguarde a nuestro adolescente una vez sea adulto. En todo caso, hay uno del que no podrá escapar: desnutrirse, en latín ab-alere > abolere > abolir. Llega un momento en que su cuerpo ha crecido demasiado y empieza a decrecer de manera acelerada. Hemos visto que “crecido” se decía en latín altus, y de su misma raíz procede el germánico alt, del que derivó el inglés old, que significa propiamente “demasiado crecido”, y de ahí “viejo”. Este mismo sentido lo podemos encontrar en expresiones como “a altas horas”, que equivale a decir “crecida, de edad avanzada, envejecida la noche”. El antiguo adolescente es ahora un viejo cuyo cuerpo se ve privado de alimento, de vida, por la enfermedad y el tiempo. Adolece de falta de energía interna, de suerte que su existencia queda extinguida, suprimida como una ley caduca que ya no sirve para la nueva generación que ocupa su lugar.

 

¡Oh Maravilloso Nuevo Mundo, un mundo feliz donde la vejez queda abolida, y la vida es una continua e indolente adolescencia!

 

 

Tenga una flor, bella dama, para que deje de llorar, que haga solazar su espíritu y una sonrisa brotar.

La palabra flor deriva del latín florem, acusativo de flos < flors. La etimología más probable dice que deriva de una raíz indoeuropea, bhla- o bhlo-, que significa “inflarse, expandirse, abrirse”, y por extensión “brotar”, sea de la tierra, del agua, de la piel o incluso de la boca. Esta raíz mantuvo el sonido “b” en las lenguas germánicas, y de ahí deriva el alemán blume y el inglés bloom, la palabra tradicional para referirse a las flores antes de la extensión del galicismo flower. Incluso en esta última lengua tenemos también la palabra blow, que aunque lo traduzcamos normalmente como “soplar, aspirar, succionar” originariamente significaba “inflar la boca de aire”. Ya ven que cuando a usted le practican un blowjob, una mamada, en puridad le están hinchando los huevos. No obstante, la palabra que más nos afecta en este caso es la propia brotar, que posiblemente deriva del germánico bruton < bluton, “crecer”. La trasliteración entre la “r” y la “l” es un fenómeno muy corriente, como bien nos indican los chistes sobre chinos.

En griego, esta misma raíz derivó en palabras de poco uso corriente hoy día, pero que se emplean en terminología científica: blastos “germen [que brota de la tierra]” (como en blastema, “células embrionarias”, o blastodermo, “células en forma de membrana procedentes de la segmentación del huevo”); o bryos, “musgo”, como en briofito, que es el orden botánico al que pertenece el musgo. Por otro lado, la aspiración que ya comentamos del sonido “bh” derivó finalmente en el sonido “ph”, y así tenemos phlykhtaina > flictena “pústula, ampolla [que brota de la piel]“; y también phyllon, “hoja”, y del que proceden algunos términos botánicos comenzados por filo- (no confundir con el homónimo que significa “amigo de”, como filosofía o francofilia).

En latín, el sonido “bh” se aspiró en la “f”, y de ahí viene nuestra flor y sus derivados, como florido o floral. Y también viene foliumhoja, folio”, que es el equivalente latino del ya visto phyllon, con su derivado follaje, que también crece y se expande, y de la cual nacen las flores. Pero quizá no venga Flora, la diosa de la vegetación, sino que es posible que derive del griego chlora, que significa “verde” (como el cloro y la clorofila), y que por una confusión de nombres se identificó más tarde con la diosa de las flores; a ustedes no les crecen claveles en la tripa, ¿verdad?, aunque sí una serie de bacterias vegetales que se denominan flora intestinal. Chlora se pronunciaba “jlora”, y así como la “f” latina se convirtió en español en “j” y luego en “h” muda, el fenómeno contrario es perfectamente lógico. Sin embargo, ni de flor ni de flora deriva floresta, la cual es una mala pronunciación del francés forest > forêt “bosque”, que tiene una raíz diferente.

Muy bien, bella dama. Un galán se ha acercado y le ha obsequiado con un brote de colorines, es decir, una flor. Al mismo tiempo ensalza su hermosura y donaire, su gracia al caminar y su fiereza al foll… Tal conjunto de alabanzas es lo que, como ya sabrá, se denomina echar flores, porque estas son el símbolo de la belleza natural. Usted sonríe ligeramente y agradece al caballero su floreo, es decir, que sus halagos serán todo lo bonitos que él quiera, pero en realidad son palabras huecas, vanas y supérfluas, un exceso de verborrea como una flor de enormes pétalos que esconde una mísera semilla, que es lo que de verdad importa.

No obstante, el seductor no se da por enterado, y ante sus palabras se siente transportado a la época de d’Artagnan y sus galantes mosqueteros. Quisiera tener en las manos un florete, sin darse cuenta de que era un espadín con el que entrenaban las mujeres y los imberbes, y que para su protección no tenía filo, y además terminaba en un botón de cuero que semejaba el brote de una flor sin pétalos, es decir, una florecilla. Entonces sacaría el florete y haría unos movimientos con ella para impresionarla, pero como no tiene punta lo que haría sería ondear la florecilla, es decir, florear, realizar un floreo, que ya vemos cómo puede tener un doble significado. Y otro más, porque esta vibración que se ejerce con la punta del florete, y por extensión de cualquier espada, ha trasladado su significado a cualquier otro movimiento metálico, como puede ser el rasgueo de una guitarra; un cante flamenco, por ejemplo, con el cual realizar todo tipo de florituras, que literalmente significa “florecimiento”, pero que lo usamos para referirnos a cualquier adorno precioso pero innecesario, como la flor de un jardin.

Ya ve lo que da de sí un simple brote, florecilla indomable en la flor de la edad, que quizá añore la flor de su virginidad, aunque tenga la sensualidad y el deseo siempre a flor de piel.

¿Cuándo fue la última vez que ustedes gritaron ¡hurra!? ¿Fue una manifestación incontrolable de alegría por ver un triunfo de la selección española, o se lo dedicaron a ustedes mismos en secreto después de que por fin hicieran un trabajo satisfactorio en la cama?

La verdad es que en estos tiempos el grito de ¡hurra! ha caído en descrédito, bien porque hay pocas cosas tan palmariamente exitosas que merezcan gritarlo y oírlo, bien porque una excesiva manifestación de júbilo suena a espíritu infantil, propio de pipiolos sin mucho mundo o de beatos que se deshacen ante una estatua de madera. Pero hay que tener en cuenta que, en un principio, hurra no era una demostración de alegría, sino un grito de ánimo que buscaba excitar el entusiasmo; así que equivalía a expresiones con menos pedigrí pero con mucha mayor capacidad de tocar la fibra sensible, tales como “¡venga, cojones!” o “¿es que no tenéis huevos, panda de maricas?”

La palabra hurra viene del inglés hurrah, y hay un consenso general sobre que fue esta lengua la que la popularizó por todo el mundo. ¿Pero cuál es la etimología de hurrah? Aquí nos podemos encontrar con varias explicaciones, que quizá estén todas relacionadas.

Según la mayoría de los anglosajones, en un principio se utilizaba la expresión marinera huzzah, la cual derivaría a su vez de un vocablo medieval, hisse, que significa “arriba, con fuerza”, y que se empleaba especialmente a la hora de levantar un gran peso; como un fardo en la bodega de un barco, o las pesadas velas para huir de los piratas. Fue durante la Guerra de los Treinta Años, en el siglo XVII, cuando el cielo europeo se llenó de un nuevo grito de guerra, ¡hurra!, “¡coraje”!, nacido de las gargantas alemanas, danesas y suecas. De modo que los ingleses adoptaron el nuevo grito, pero conservaron también el significado de su anterior huzzah.

Así que, en última instancia, el origen de esta palabra es germánico, con lo que nos quedamos igual de ignorantes que antes. Como no significa nada, es posible que la cogieran como préstamo de alguna lengua vecina, posiblemente eslava. Y en efecto, ya en la Edad Media nos encontramos voces como la rusa ura y la polaca hura, que significan lo mismo. ¿De dónde vendrán? Una teoría es que provienen de la expresión hur-aj, que significa “al paraíso”. Sería un grito de guerra de las tropas rusas, en especial los famosos cosacos, derivado de la antigua idea de que el hombre que muere en combate va directamente al cielo.

Esta idea puede tener origen escandinavo; quizá no lo sepan, pero el estado ruso nació de un grupo de vikingos suecos paganos establecidos en la ruta comercial entre Novgorod y Constantinopla, cuyos descendientes gobernaron esos principados durante más de quinientos años. Pero Rusia también fue conquistada por un pueblo guerrero y pagano, los mongoles, en cuya lengua nos encontramos con el grito de guerra urra. ¿Y qué significa? Pues no lo sabemos, aunque lo más probable es que sea una onomatopeya, es decir, nacido por imitación de un sonido natural, como puede ser un rugido: “grrrrr”. En verdad, el origen más probable de hurra es que sea un simple rugido para enardecer a los guerreros y asustar a los enemigos. De igual modo, en una lengua vecina y emparentada con el mongol, el japonés, nos encontramos con la voz uraa, que es igualmente un rugido y un grito de guerra.

¿Y de dónde viene la expresión hip, hip, ¡hurra!? Se sabe que hip deriva de hep, y que la expresión hep, hep se usaba en los pogromos antisemitas del siglo XIX para azuzar a los judíos europeos. Una teoría es que es un acrónimo de Hierosolyma est perdita, “Jerusalén está perdida”; y si a eso le añadimos la anterior explicación de que hurra proviene de huraj, “al paraíso”, el grito completo sería una llamada a matar infieles (los que habían hecho caer Jerusalén) para ir directamente al cielo. Pero la verdad es que hep parece ser otro sonido onomatopéyico, semejante a nuestro “Hey, eh”, con el que los pastores azuzaban a los rebaños para conducirlos por donde querían. Así que la expresión hip, hip, ¡hurra! significaría en su origen algo así como “hey, hey, ¡venga!”, y que luego emplearían los antisemitas para acorralar a los judíos como si fuesen ovejas.

Así que ya ven: de un rugido de guerra hemos pasado a un grito infantil de júbilo; de una expresión propia de pastores, hemos derivado en una exclamación de cumpleaños. Así es el mágico y chusco mundo de la evolución de las palabras.

Uno de los materiales más excelsos a la hora de fabricar obras de arte es la criselefantina, nombre que recibe la mezcla de oro (en griego, chrysos) y elefantina. ¿Y qué es la tal palabra? Como podrán suponer, no se trata de las vísceras, ni la grasa, ni el esperma solidificado, ni la piel curtida del elefante, sino que es un nombre alternativo del marfil. Esta denominación tiene su origen en una falsa etimología, sumamente extendida en particular entre los aficionados al arte, y que es preciso erradicar de una vez por todas. Según esta caterva de “expertos”, la palabra elefante significaría originariamente “marfil”, y por metonimia el nombre habría pasado después al enorme animal cuya característica más prominente sería, justamente, ostentar unos prominentes colmillos de un blanco exquisito y refulgente. En realidad, la situación es exactamente la contraria: el elefante no se denomina así por sus colmillos de elefantina, sino que la elefantina recibe su nombre por ser propia del elefante (si bien también la podemos encontrar en los dientes del hipopótamo).

La palabra elefante procede, a través del latín, del griego elephas, elephantos. No está completamente claro su origen. Una de las teorías la relaciona con el griego alphos, nombre que recibía una variante menos dañina de la lepra llamada “lepra blanca”, y emparentado con el latín albus, “albo, albino, blanco”. Como es obvio, la idea que subyace bajo esta hipótesis es la que vimos antes de que elefante designaba originariamente al marfil. Sin embargo, teniendo en cuenta el lugar de procedencia de estos animales, la teoría más plausible es que el nombre derive del fenicio aleph-hind, que significa “buey indio, buey de la India”. Si han leído a Borges ya sabrán que la primera letra del alfabeto fenicio y hebreo se llamaba aleph porque representaba la cabeza de un buey, y que luego los griegos la rebautizaron como alfa.

Ya vimos en otra ocasión el fenómeno del iotacismo, por el cual la “a” y la “i” pueden transformarse entre sí tras fusionarse en un sonido intermedio; de modo que alephind puede muy bien convertirse en alephand > elephant, al que luego se le añadiría la “s” del nominativo, elephants, que por las reglas internas del griego suprime a continuación el grupo -nt- precedente: elephas. Aunque los europeos asociemos fundamentalmente a los elefantes con Tarzán y las selvas de Africa, los pueblos de Oriente Medio los conocieron en primer lugar a través de las junglas del valle del Indo. Y en cuanto a su asimiliación con los bueyes, tenemos el ejemplo de los romanos: la primera vez que éstos tuvieron ocasión de verlos no fue durante la invasión de Aníbal, sino mucho antes, cuando el rey Pirro del Epiro se enfrentó con ellos en la batalla de Heraclea con ayuda de 20 elefantes; los romanos quedaron tan atónitos ante algo jamás visto que los llamaron “bueyes lucanos”, debido a que la región donde tuvo lugar la batalla, y de dónde suponían que eran originarios los bicharracos, se llamaba Lucania (la actual Basilicata, en el arco de la bota italiana).

El adjetivo de elefante es elefantino, y que, de empezar denominando a todo lo propio de este animal, acabó restringido a lo más exclusivo y característico de él: los colmillos de marfil. Pero ya hemos dicho que éste era un nombre alternativo, porque los latinos lo llamaban de otra manera: ebur, evolucionado del más antiguo ebors < ebos. La teoría más sólida dice que el origen de esta palabra es también fenicio, y que derivaría a su vez del egipcio ab “elefante” o ebu “marfil”; una vez más, el nombre del colmillo procede del animal, y no al revés. El adjetivo de ebur era ebureus, del cual proceden el francés ivoire y el inglés ivory, que con el tiempo han pasado a significar también el sustantivo “marfil”. En castellano, sin embargo, la palabra que ha sobrevivido es ebúrneo, forma sumamente poética y pedante de decir “de marfil o parecido a él”, y que procede a su vez de eburno, forma obsoleta de llamar a esa sustancia.

¿Y de dónde procede la propia palabra marfil, que es la que impera con holgura en el castellano actual? Pues del árabe azm-al-fil, que significa “hueso del elefante”. Es curioso observar cómo para los beduinos los colmillos del paquidermo no eran dientes, sino una prolongación del hueso de la mandíbula. El castellano y las lenguas romances en general son refractarias a pronunciar dos sílabas seguidas acabadas en “l”, así que suelen aliterar una de ellas en “r”: en este caso, de malfil se pasó pronto a marfil. Y los aficionados al ajedrez pueden reconocer la palabra fil en alfil, que significa literalmente “el elefante”, puesto que era lo que representaba esta pieza en sus orígenes persas antes de que, tras su paso a la Europa cristiana, se transformase en una especie de obispo o arcipreste.

Así que, tras este pequeño viaje etimológico, ya hemos descubierto nuevas formas de llamar a la criselefantina: criseburno, crismarfil; y si recordamos la denominación de oro en latín, tenemos aurelefantina, aureburno, aureomarfil… Ahora contemplen el cuerpo desnudo de su amado o deseada, dedíquenle el epíteto que prefieran, y añoren los tiempos en que lucir un cuerpo ebúrneo era lo más excelso y precioso que podía existir, aun más si embellecido por un pendiente o una gargantilla de oro.

Es ya un lugar común considerar que la incapacidad española para aprender idiomas es fruto del franquismo, con su cerrada defensa de la lengua castellana, la prohibición de usar las regionales (hoy autonómicas), y la autarquía (incluso material) que quiso imponer a la “reserva espiritual de Occidente”. Aparte de la pretensión de traducir football como “balompié”, o sandwich como “emparedado”, siempre se pone como ejemplo el doblaje de las películas extranjeras, y su empeño en traducir todos los títulos. Eso produjo muchas veces resultados ridículos, que aún continúan en los inefables “Aterriza como puedas” o en los siempre sugerentes títulos de las pelis porno. Pero al mismo tiempo creo que es innegable que a veces la traducción, por muy fantasiosa que fuera, ha ayudado a mantener en el recuerdo películas cuyo título original era absurdo o insípido. El cine es un juguete muy caro cuyos costes hay que cubrir como sea, y un buen título puede ser tan buen anzuelo como el argumento o los actores. ¿A usted le habría atraído la atención un filme llamado North by Northwest? Ahora podrá juzgar si los mandamases de la época hicieron lo correcto al retitularlo “Con la muerte en los talones”.

Sea por culpa del franquismo o de nuestros genes, que los españoles somos unos inútiles para los idiomas es harto evidente. Para suplir nuestra carencia, siempre florecen métodos que no hacen sino cobrarnos por lo que hacemos de manera espontánea: coger unas decenas o cientos de palabras inglesas, memorizar la española equivalente, y repetir el término inglés siempre que creamos que deberíamos usar el español, sin importar que el contexto gramatical o social lo hagan inconveniente, ininteligible o incluso ofensivo. Así, hemos aprendido que by es la preposición que equivale a nuestro “por”, y lo repetimos sin chistar en todo momento y lugar. En las novelas inglesas del siglo XIX aparece con mucha frecuencia la expresión By Jove!, que nosotros traducimos como “¡Por Júpiter!”; y vio el español que todo estaba bien. En las oraciones pasivas se utiliza continuamente, como vemos sin cesar en la pantalla: Directed by Alfred Hitchcock, y lo traducimos correctamente como “Dirigido por Alfred Hitchcock”; y vio el español que todo estaba bien. Entonces, ¿qué significa North by Northwest? Pues muy fácil: “Norte por Noroeste”. ¿Y qué coño quiere decir eso, me dirán? También lo digo yo, que no tengo ni la menor idea. No, no, nos replican, esa es una traducción literal, en realidad significa “Al norte por el noroeste”, o “Del norte al noroeste”, o “El norte pasa por el noroeste”, y teorías aun más ridículas. Al final, los sesudos críticos zanjan la cuestión con un “Es un giro lingüístico muy complicado e intraducible al castellano. Pero eso es secundario, lo fundamental es que habla del Norte y del Noroeste, y que lo de “muerte en los talones” es un absurdo del franquismo y blablabla”. De manera que seguimos tan ignorantes como al principio. Y la cuestión es que estamos tan encorsetados por nuestro “método” de aprender idiomas, que no se nos ocurre pensar que by puede tener otros significados aparte de “por”.

Para resolver el misterio, no hace falta recurrir a ningún manual de lingüística, ni un sesudo libro de etimologías: basta con abrir cualquier diccionario inglés-español, que casi todo el mundo tiene guardando polvo en su casa. Veamos que dice uno de bolsillo que me vino de regalo años ha con los Choco-Krispis: “by [bai] prep. junto a, cerca de, al lado de”. El sempiterno “por” aparece como segunda acepción. En efecto, el significado original de by es “junto a”, el mismo que sigue teniendo su equivalente alemán bei. Ambos proceden de la misma raíz indoeuropea de la que también derivaron el griego amphi “alrededor, en torno a” y el latín ambi, que ya vimos al hablar de la ambición. Ese sentido original se mantiene en multitud de expresiones inglesas actuales: por ejemplo, step by step no es “paso por paso”, sino “un paso al lado de otro paso”, es decir, “paso tras paso, paso a paso”; cuando apagamos un televisor con el mando a distancia, decimos que la lucecita roja indica que está en stand by, es decir, “estar cerca, permanecer al lado”, que es lo mismo que decir “estar a la espera [de volverlo a encender]”; un bypass no es más que una ruta que pasa al lado (o mejor dicho, alrededor) de una ciudad o de un corazón; y también tenemos by the way, “junto al camino”, que luego cambió a “camino lateral”, y de ahí el sentido moderno de “a propósito” para cambiar el curso del discurso o conversación. Ya que hablamos de caminos, en latín se decía via, y por metáfora pasó a significar también “mediante, por medio de, a través de”: el inglés moderno ha recuperado este cultismo y lo ha exportado via periodistas y políticos a todo el mundo. Pero el inglés antiguo ya lo había incorporado a su vocabulario a través del francés medieval vie, también escrito vy y pronunciado [vi], y por una confusión añadió su significado a by (que al principio se pronunciaba [bi]): éste es el origen de que se use by en las oraciones pasivas, de manera que Directed by significa propiamente “Dirigido a través de, por medio de”; el mismo sentido original del castellano por, en latín per.

De modo que North by Northwest significa “Norte cerca del Noroeste”. ¿Y qué coño quiere decir eso, volverán a preguntarse? Quédense un momento en stand by, al pairo como dicen los marinos. Y ya que hablamos de terminología naútica, les presento a la Rosa de los Vientos, que consiste en una estrella semejante a un reloj de manecillas, cuyas puntas indican la dirección desde la que puede soplar el viento, y por extensión, el rumbo que puede tomar la embarcación. El nombre de Rosa obedece a que las puntas están situadas en distintas capas o niveles, como pétalos de rosa, según el número de divisiones y subdivisiones que se pretendan señalar. La forma de denominar cada punta es un tanto compleja, y depende del nivel en que esté situada. Bástenos saber que el punto intermedio entre el Norte y el Oeste se llama Noroeste; el equidistante entre el Norte y el Noroeste es el Nor-Noroeste; y el situado entre el Noroeste y el Nor-Noroeste se llama “Noroeste cuarta al Norte“, es decir, un cuarto de grado desde el Noroeste en dirección Norte. Sin embargo, los ingleses decidieron olvidarse de momento de los grados, y lo denominaron simplemente “Noroeste cerca del Norte”, o más bien “Noroeste acercándose al Norte”: es decir, Northwest by North.


En suma, si el nombre correcto es Northwest by North, ¿qué coño quiere decir North by Northwest? Pues lisa y llanamente, nada. Es un rumbo fantasma, una dirección que no existe, como no existe el espía a quien busca Cary Grant en un viaje confuso y surrealista. Un viaje que ni siquiera va hacia el “Norte cuarta al Noroeste”, sino más bien ligeramente hacia el Oeste. En la última etapa, nuestro amigo parte de Chicago en un avión de la aerolínea “Northwest”, rumbo a resolver todos los enigmas en el Monte Rushmore; pero ese trayecto no se realiza hacia el Norte por la Northwest (North by “Northwest”), sino hacia el Noroeste. Un viaje errático a ninguna parte en el que lleva consigo al espectador.

Y ahora, díganme: ¿siguen prefiriendo el título original a Con la muerte en los talones?

Los antiguos indoeuropeos se fijaron en que el agua que fluye plácidamente por un río, formando un único cuerpo que cambia de forma mientras discurre por el cauce, era diferente de la que se arroja desde las manos, un recipiente o una cascada: en este caso, el agua se rompe, se disgrega en lágrimas, se desintegra hasta que vuelve de nuevo a fundirse con la carne líquida de la que procede. De modo que al agua en esta situación la denominaron con una raíz que significa “verter un líquido”, de la cual proviene la palabra latina gutta, que derivó en castellano como gota.

La propiedad de los líquidos para deshacerse momentáneamente en gotas ha tenido siempre una gran importancia. En medicina, por ejemplo, se consideraba que las inflamaciones en las articulaciones de los pies o las manos se debían a las gotas de algún humor corrupto; de ahí que a los que sufrían tal tortura se les llamara gotosos, o enfermos de gota. La apoplejía o infarto cerebral también se denominó en otros tiempos gota, ya que se consideraba causada por gotas de sangre que obstruían el cerebro tras romperse alguna arteria. Por otro lado, el agua de lluvia cae siempre en gotas, que se infiltraban en las casas a través de las grietas o goteras, antes de que a algún arquitecto se le ocurriera conducirlas por unos canalones en la cara inferior de las cornisas, llamadas por esa razón goterones. El concepto de gotero, aunque ahora lo apliquemos en exclusiva al dispensador de suero en una cama de hospital, tiene su origen en un antiguo recipiente de cuello estrecho y boca pequeña, con el que se vertía el vino gota a gota para efectuar sacrificios, y que se utilizaba también para guardar el preciado aceite.

Cuando el mar se desborda por un barco hasta anegar el fondo y la cubierta, es preciso expulsar todo el líquido antes de que el peso le haga naufragar. Para tal fin, los marineros utilizaban una pala de madera con forma de cuchara llamada gotaza, derivado del adjetivo < guttacea, es decir, “[pala] de gotas”, puesto que al golpear el agua la convertía en gotas que volaban de vuelta al mar. Esta ardua labor se denominaba ab guttare > aguttare, “desde la gota”, es decir, “gota a gota, gotear”, porque el agua se sacaba a gotas con ayuda de la gotaza. Con este sentido original pasó al castellano como agotar, hasta que posteriormente su significado se mezcló con ex guttare > eguttare “extraer las gotas”, y de ahí procede la acepción actual de “extraer hasta la última gota”.

Gracias a la etimología, ya sabe que, si alguna vez le llaman inagotable, es que no han logrado exprimirle hasta la última gota, sea de sudor o cualquier otro fluido del cuerpo. Siempre tendrá más en la reserva, así como fuerzas que emplear de la manera que juzgue más adecuada.

Como todos los seres vivos, las palabras nacen, crecen, maduran, engendran su propia descendencia, evolucionan, son sustituidas por sus vástagos y bastardos, acaban abandonadas en algún asilo, y mucho tiempo después, mueren en el olvido. Así ha sucedido desde la más remota antigüedad, y mientras los hombres gocen de un mínimo de libertad, seguirá ocurriendo en el futuro. Las cambios de forma se han visto prácticamente detenidos desde que las palabras quedaron fijadas por la escritura, y en especial desde que ésta se generalizó mediante la alfabetización. Pero las mutaciones de significado no acaban nunca, y se producen a cada instante en que alguien las utiliza: cada hablante les da un matiz ligeramente diferente según sus propias circunstancias e intenciones del momento, y siempre que encuentre un interlocutor propicio, se abre el camino para que esa desviación particular se extienda al resto de personas.

Vamos a hablar de un cambio de significado no tan brutal como otros que ya hemos visto, pero que no deja de tener su enjundia. Del antiguo indoeuropeo nos ha llegado la raíz ant-, que en principio significaba “de frente”. Se aplicaba a todos los objetos o personas con las que nos topábamos en nuestro camino, inclusive el final de éste, por ejemplo en forma de límite o frontera (que, como es obvio, significa “lo que está colocado enfrente”). Ahora bien, cuando nos topamos con alguien en nuestro camino, pueden ocurrir dos situaciones: que esa persona vaya en nuestra misma dirección, y por tanto nos preceda, o que vaya en dirección contraria, y entonces nos obstaculice el paso; puede suceder incluso que la sigamos a escasa distancia, que nos detengamos junto a ella, o que la esquivemos y la dejemos a un lado del camino.

Todas estas connotaciones pasaron a las lenguas derivadas del indoeuropeo de un modo diverso, puesto que se conservaron en algunas, mientras que se perdieron en otras. En lo que nos interesa, las acepciones de “al lado” o “a lo largo” se olvidaron en la preposición griega anti- y en la latina ante-, las cuales por otro lado explotaron el resto de posibilidades.

Anti- se concentró sobre todo en el sentido de “obstáculo con que nos encontramos de frente”. De aquí procede la acepción de “opuesto, contrario, enfrente”, que es la que más se utiliza con diferencia en los neologismos actuales, como los célebres antiglobalización, antisemita, anticonceptivo, etc; o en palabras tradicionales como antagonista (< anti agones, “el que lucha contra uno, el enemigo”) o antípodas, que literalmente significa “el que anda al revés”, es decir, que se refiere a las gentes que viven al otro lado del mundo y que por tanto debería usar el masculino genérico, pero que también sirve para designar el lugar donde viven aquéllos, y entonces puede emplear el femenino: las [tierras de los] antípodas.

Sin embargo, anti- desarrolló también en el pasado otros significados derivados del original, aunque se hayan olvidado por la omnipresencia de “opuesto”, y eso lleve a muchos errores y falsas etimologías. Por ejemplo, tenemos el de “acudir al reencuentro”, y de aquí “responder, contestar”, que sobrevive en términos propios de la retórica y la poesía, como la antífona, “el que habla en respuesta, el que responde”, que es la frase con la que los fieles responden repetidamente a los salmos del cura tras la lectura del Evangelio; o la antistrofa “estrofa que responde a la primera > segunda estrofa”. Cuando alguien te responde hace lo mismo que tú, ocupa tu lugar, te sustituye, y de aquí proviene la acepción de “en vez de”, como en anticresis, que no significa luchar contra los cresos o ricos, sino “sustituir la riqueza”, quedarse con el usufructo de algo en pago de una deuda. Y para que algo te sustituya con eficacia debe ser idéntico o al menos parecido a ti, y eso nos lleva a la última acepción, “semejante, similar”, que encontramos en antílope < antalops < anti elaphos “similar a un ciervo”, o en la famosa Antígona, que no significa “ir contra un ángulo” (pentágono, “cinco ángulos”) ni “ir contra sus padres” (gonos, “generación, antepasados, padres”), sino “semejante a sus padres”, porque se encarga de mantener las tradiciones heredadas de ellos.

Por su parte, el latín ante- heredó un atisbo de los significados anteriores en la acepción “en presencia de”, es decir, lo que está ante nuestras narices. Pero sobre todo se fijó en el sentido de precedencia, lo que nos encontramos en el camino en nuestra misma dirección: lo que está antes de nosotros, lo que va por delante < denante < de in ante “desde aquí en adelante”; en suma, lo anterior, “más antes”. La Historia es un largo camino donde lo que marcha antes es lo antiguo < antiquo < antiquus, aunque ahora sólo designe a lo que va muy por delante de nosotros. Los objetos antiguos, los que nos preceden a tanta distancia que ni nos molestamos en seguir su estela, acaban por volverse trastos inútiles, que a veces conservamos por cariño o por su belleza. La labor de antiguar los objetos viejos, declararlos antiguos y cifrar su antigüedad exacta, corresponde el antiguario o anticuario, y el objeto antiguado o anticuado se convierte en una antigualla, del italiano anticaglia, que originariamente sólo designaba un objeto antiquísimo, sin el matiz despectivo que ha adquirido hoy día.

La vida, así como la historia de las sucesivas generaciones, es también un largo camino, que como es obvio es abierto por nuestros antecesores, es decir, “los que anteceden, los que caminan antes”, del latín antecessor, que en francés se convirtió en antcessetour > ancestour > ancestre, en castellano ancestro. Los que marchan por delante son los ancianos < antianus, “los que están antes”, los antiguos de la familia, y que en la Antigüedad eran quienes gozaban de mayor sabiduría y autoridad, hasta que hoy han quedado anticuados, y se les arrincona o abandona como a vulgares antiguallas.

Las puertas, sean las de tu casa, tu cuerpo o tu corazón, se idearon para estar cerradas. En un principio sólo existía una abertura, todo lo más cubierta por una frágil tela, por la que podías asomarte cuando quisieras, y cualquiera podría entrar y ser bienvenido. En un momento determinado eso cambió: los invitados se tornaron intrusos, los huéspedes abusaron de tu confianza, las visitas se mostraron hostiles, y fue preciso tomar medidas. No importaba que te resultase más difícil salir, con tal de que nadie entrase a menos que tú lo desearas.

La forma de mantener cerrada una puerta, y que al mismo tiempo no impida abrirla a gusto del morador, no ha variado en su esencia desde hace cientos o miles de años. La hoja, la tabla que conforma la puerta, se fija a unas clavijas ancladas en la pared, antes de madera y hoy de metal, sobre las que bascula y puede moverse de un lado a otro. Tan simple y a la vez ingenioso sistema no surgió de la nada, sino que fue por imitación de las articulaciones del cuerpo humano, que permiten mover los miembros casi con entera libertad. A su vez, los antiguos ya se fijaron en que una articulación consiste en una pieza alargada en la cual se inserta una hueca, de tal forma que una de las dos rota alrededor de la otra. Sin embargo, para designar a esa clavija, esa pieza penetrante, no se recurrió a ninguna palabra que nos remitiera a los hombros, codos, caderas, y rodillas, que es en lo que pensamos al hablar de articulaciones. En su lugar, se utilizó la raíz indoeuropea gembh o gombh, que significa “sobresalir, brotar”.

Es importante tener en cuenta que el concepto de sobresalir implica que la diferencia con el resto no puede ser excesiva, porque entonces estaríamos hablando de una prolongación, o de un crecimiento en el caso de seres vivos. Así, tenemos palabras procedentes de esta misma raíz, como yema, que brota del árbol, y que al crecer se convierte en una rama, y la gema, que se pensaba que brotaba de la tierra, ambas derivadas de la misma palabra latina, gemma. En el caso del cuerpo, ¿qué parte de él sobresale ligeramente con respecto al resto, y que además día a día podemos ver cómo va brotando desde la raíz anclada en los huesos? Efectivamente, se trata de los dientes, en concreto las muelas. De manera que la antedicha raíz gombh pasó a denominar también cualquier objeto que semejara una hilera de dientes, como puede ser una sierra, un peine (en inglés, comb, de esa misma raíz), la columna vertebral, etc.

Una de las particularidades de los objetos dentados es que, al encajar unos sobre otros (lo que se denomina técnicamente engranaje), permiten mover máquinas incluso de gran tamaño. Pero no adelantemos acontecimientos, y de regreso a la Prehistoria quedémonos en el espinazo dentado que nos mantiene erguidos. Supongo que ya sabrán que la mayoría de las vértebras no están soldadas entre sí, sino que están unidas de manera flexible, lo que permite que hagamos gimnasia individual o a dúo sin que se nos parta la espalda. Poseen además unos salientes espinosos (las apófisis), cuya visión lateral semeja una hilera de dientes a lo largo de toda la columna. Y como en ellos se enganchan los músculos, o las costillas en el caso de las vértebras dorsales, la raíz gombh pronto significó también “clavija, colgante”. Pero el caso es que todos los huesos del cuerpo poseen salientes parecidos, con los que se unen entre sí para formar las articulaciones. Y éste es el tercer significado que adquirió la mencionada raíz.

En esas estamos, cuando la raíz gombh evoluciona a la palabra griega gomphos, con el significado de “saliente dentado en el que se engancha una pieza hueca a modo de articulación móvil”. El latín la coge prestada con el nombre de gomphus, y a partir de aquí se inicia una transformación fonética bastante extraña. De seguir un proceso normal, debería haber evolucionado como *gonfo, *gompo o *gombo. En lugar de ello, al parecer la palabra desaparece del latín culto (sustituida por cardenal, que significa lo mismo) y pasa a manos del vulgo, que al transmitirlo oralmente lo corrompe en mayor medida. Así, gomphus deriva a gomphius > gomphio > gontio, pasa al leonés como goncio y al galaicoportugués como gonzo. Por cierto, el famoso teleñeco no debe su nombre a esta palabra, sino a la homónima italiana, que significa “ganso”. En cambio, ese vocablo pasa al castellano como gonce, a través del francés gonte > gont, ya avanzado el Medievo, y fue esa tardanza lo que le impidió diptongar a *güence, como sería lo más lógico.

Para esta época, gonce ha perdido el significado de “diente”, ha conservado los de “clavija” y “articulación”, y le ha añadido el de “pernio, gozne, bisagra”, puesto que sirve para abrir tanto las puertas como los cofres y baúles. En ese momento, se produce un nuevo proceso fonético, conocido como metaplasmo por trasposición: en el lenguaje oral, debido a la ley del menor esfuerzo, los hablantes alteran el orden de los sonidos para suavizar o facilitar su pronunciación. De igual manera que cabresto cambió a cabestro, ahora el pueblo considera que gonce es difícil de pronunciar y lo sustituye por gozne. A primera vista nos puede parecer un cambio absurdo, pero hemos de tener en cuenta que gonce se pronunciaba como [gontze], mientras que gozne se decía [gosne], con lo que puede resultar más fácil en un discurso rápido y atropellado.

Sea como fuere, gozne es la palabra que impera hoy día. No obstante, gonce no ha desaparecido por completo, sino que sigue siendo un sinónimo válido. Tiene un verbo derivado, como desgonzar, “desquiciar, desencajar, desgoznar”. Incluso ejerce su influencia sobre el vulgarismo descojonar, y así nos encontramos con descojonciar. Por su parte, la antigua palabra gomphus ha resucitado en el lenguaje científico para denominar varias especies de libélulas, que como bien sabrán muestran un aspecto semejante al de una bisagra en pleno vuelo.

Gracias a la etimología, ahora saben que pueden abrir y cerrar sus puertas con una bisagra, una clavija, una vértebra, un peine, una muela o incluso una yema. Procuren no pillarse los dedos y no las tengan cerradas más tiempo del necesario; es necesario que entre aire y visitas frescas de vez en cuando.

A la mayoría de ustedes, supongo, les crecerá horizontalmente el ego cuando otra persona de su sexo predilecto les dice que “está muy bueno”; aumentará de manera exponencial cuando añade “y es muy bueno”, dando a entender que se refiere a labores camastrales, y subsidiariamente culinarias o de bricolaje; y menguará en la misma proporción cuando remata “pero es un buenazo” o “tiene cara de bueno”, con un tono burlesco bajo una capa de conmiseración. Bondad y belleza se nos antojan términos antitéticos en esta época de exacerbada sexualidad, y todo lo más se asocian en un contexto monjil o infantiloide, de recatadas novicias con la bendita expresión de quien ha soñado con Dios, o de ingenuos querubines que aún no han manchado su cuerpo con la masturbación. Los valores humanos cambian, y el supremo ideal de virtud entre los griegos, kalos kai agathos, bello y bueno, ha expirado bajo el peso de lo absoluto e impracticable. ¿Qué pensar de un mortal a quien le fuera dado contemplar la belleza pura?, se preguntaba Platón. Hoy lo tildaríamos de beato sensiblero, y le daríamos un escapulario o una acuarela en tonos pastel para entretenerse, mientras nos deleitamos atisbando la carne hecha animal instintivo, promesa de un corazón impredecible y demoniaco. La belleza se marchita tras una ventana diáfana. La Victoria de Samotracia con rostro de ángel caído vuelve a ser más hermosa que un bólido de carreras.

La palabra bueno deriva del latín bonus, pero por inscripciones de la época de Aníbal sabemos que es una evolución del arcaico dvonus < dvenos. Y aunque hoy día pocos aceptan que se les tilde de “buena persona”, y apelan a eufemismos como “honrado, honesto, justo, leal, de confianza…”, o incluso “humanitario” o “sensible”, en su origen esta palabra era merecedora del mayor de los respetos. Tanto es así, que dvenos procede de una antigua raíz, du- o deu-, que significa, efectivamente, “respeto, poder, honor, veneración, adoración”. A través de palabras derivadas en otras lenguas indoeuropeas, como el alemán o el celta, podemos afinar la etimología y perfilar mejor las características de la bondad primitiva, la cual va unida desde el principio al concepto de preeminencia y superioridad. El buen señor se equipara al buen padre, o incluso al Buen Pastor, que no es un zagal prepúber que da golosinas a las ovejitas mientras les acaricia la lana, sino un hombre de barba severa, que las lleva a los mejores pastos sólo a cambio de que se dejen esquilar, ordeñar y matar, y las protege del lobo no por compasión sino por satisfacer su propio interés. El buen señor es rico (en latín, dives, de la misma raíz) en cosas buenas o bienes < benus < dvenos, que le procuran un opulento bienestar; pero es al mismo tiempo generoso con sus súbditos, ya que les devuelve en ocasiones parte de lo que éstos le han regalado previamente como muestra de respeto. El buen señor es poderoso y fuerte, robusto como los muros tras los cuales se guarecen los súbditos que pagan sus tributos. Cuando es capaz de brindarles esa protección, y les abre sus graneros en tiempos de hambruna, éstos le consideran alguien eficaz, bueno en su oficio de padre y señor. A su sombra nadie sufre miedo ni privaciones, es una roca sólida que proporciona estabilidad y seguridad, tanto la física como la de conocer de qué cuerda penderás cuando faltes a sus leyes. El buen señor no se comporta de forma arbitraria, sino justa, pues castiga a los pillos y desleales, y recompensa con largueza a sus fieles, a quienes ofrece dádivas para reafirmar su lealtad, o procura una muerte rápida cuando dejan de ser útiles. Los fieles súbditos ven así cómo obedecer al buen señor enriquece su alma y su hacienda, de modo que el deber cumplido les hace sentirse felices y afortunados, es decir, beatos. Así que corren a presentarse ante su casa, y le saludan deseándole un buen día, o sea, “afortunado y propicio día”, y que tenga buena suerte en sus negocios, que equivale a desear una beata suerte, o incluso la suerte de los beatos. ¡Dios, qué buen vasallo el que tiene buen señor!

Agradecidos por su inmensa bondad, los súbditos del buen señor nunca cesan en sus muestras de respeto, y le honran y veneran como si fuese un dios. Y lo cierto es que la raíz du- puede tener alguna relación con diu-, “brillante”, de la cual proceden Dios y divinidad. El Dios del Antiguo Testamento es la perfecta encarnación de la bondad primigenia, entendida ésta como el poder supremo y absoluto sobre Sus criaturas. Éstas no entienden a menudo Sus motivos, lo juzgan caprichoso y despótico, y aunque temen Su cólera le obedecen por miedo en vez de respeto. Craso error, porque el buen Dios es quien sabe qué es lo correcto y justo, es decir, qué es el bien; y lo sabe mejor que nadie por la sencilla razón de que Él es quien decide lo que es correcto y lo que no: Dios es la fuente última del bien, el ser benigno < benigenus “que engendra el bien” por excelencia. Y como es benévolo “que desea el bien”, es por lo que Yahveh impone sacrificios a Sus fieles y holocaustos a los apóstatas, promete tierras a quienes le sirven y envía plagas a quienes se resisten. Y aunque no lo merezcamos ni comprendamos, hemos de considerar Sus duras pero justísimas pruebas como un premio a nuestra fidelidad, un parabién, ya que son para nuestro bien. Pues aquellos que conservan la fe a pesar de tanto sufrimiento, el buen Dios considera que han hecho méritos para merecer el supremo bien y parabién, es decir, son beneméritos; y Yahveh se lo procura por medio de una bendición, o sea, diciendo el bien, como la que se dispensa en el momento de la muerte, a fin de que los beatos benditos pasen a sentarse a Su diestra en el cielo.

Sin embargo, tanta muestra de generosidad por parte del buen señor se cobra su precio en forma de corrupción del significado. Ya en el antiguo germánico existen palabras derivadas de la misma raíz que significan “otorgar, complacer”, lo que denota una creciente debilidad del buen señor para mantener la fidelidad de sus súbditos. Los preceptos ya no son sagrados, la autoridad se resiente, no basta con los derechos adquiridos para conservar la supremacía: hay que comprar la obediencia por medio de continuas concesiones que hagan beatos a los súbditos, a precio de socavar el poder del buen señor. En último término pierde quizá no sus bienes, pero sí toda su capacidad de imponerse a los demás mediante el miedo, no digamos ya el respeto: debe rebajarse a suplicarles en voz queda y pedigüeña que al menos mantengan la apariencia de hacerle caso. Y así nos encontramos en la misma lengua germánica con palabras de esa raíz que significan “dócil, manso, complaciente, sumiso”: el fuerte acaba siendo blando, el poderoso se somete, el severo se apiada; en suma, las características del súbdito acaban siendo asumidas por el buen señor. Incluso el colérico Yahveh se dulcifica: el Buen Pastor ya no castiga de inmediato a la oveja que se aparta del rebaño, sino que siente lástima de ella y procura convencerla para que regrese. Y en este mundo de lobos, la bondad entra en una espiral de desprestigio a la que arrastra incluso a los beatos, que de ser los dichosos por contemplar a Dios degeneran en los que se encierran en el confesionario, hipocondriacos por no llegar a tan beato momento.

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