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Las puertas, sean las de tu casa, tu cuerpo o tu corazón, se idearon para estar cerradas. En un principio sólo existía una abertura, todo lo más cubierta por una frágil tela, por la que podías asomarte cuando quisieras, y cualquiera podría entrar y ser bienvenido. En un momento determinado eso cambió: los invitados se tornaron intrusos, los huéspedes abusaron de tu confianza, las visitas se mostraron hostiles, y fue preciso tomar medidas. No importaba que te resultase más difícil salir, con tal de que nadie entrase a menos que tú lo desearas.

La forma de mantener cerrada una puerta, y que al mismo tiempo no impida abrirla a gusto del morador, no ha variado en su esencia desde hace cientos o miles de años. La hoja, la tabla que conforma la puerta, se fija a unas clavijas ancladas en la pared, antes de madera y hoy de metal, sobre las que bascula y puede moverse de un lado a otro. Tan simple y a la vez ingenioso sistema no surgió de la nada, sino que fue por imitación de las articulaciones del cuerpo humano, que permiten mover los miembros casi con entera libertad. A su vez, los antiguos ya se fijaron en que una articulación consiste en una pieza alargada en la cual se inserta una hueca, de tal forma que una de las dos rota alrededor de la otra. Sin embargo, para designar a esa clavija, esa pieza penetrante, no se recurrió a ninguna palabra que nos remitiera a los hombros, codos, caderas, y rodillas, que es en lo que pensamos al hablar de articulaciones. En su lugar, se utilizó la raíz indoeuropea gembh o gombh, que significa “sobresalir, brotar”.

Es importante tener en cuenta que el concepto de sobresalir implica que la diferencia con el resto no puede ser excesiva, porque entonces estaríamos hablando de una prolongación, o de un crecimiento en el caso de seres vivos. Así, tenemos palabras procedentes de esta misma raíz, como yema, que brota del árbol, y que al crecer se convierte en una rama, y la gema, que se pensaba que brotaba de la tierra, ambas derivadas de la misma palabra latina, gemma. En el caso del cuerpo, ¿qué parte de él sobresale ligeramente con respecto al resto, y que además día a día podemos ver cómo va brotando desde la raíz anclada en los huesos? Efectivamente, se trata de los dientes, en concreto las muelas. De manera que la antedicha raíz gombh pasó a denominar también cualquier objeto que semejara una hilera de dientes, como puede ser una sierra, un peine (en inglés, comb, de esa misma raíz), la columna vertebral, etc.

Una de las particularidades de los objetos dentados es que, al encajar unos sobre otros (lo que se denomina técnicamente engranaje), permiten mover máquinas incluso de gran tamaño. Pero no adelantemos acontecimientos, y de regreso a la Prehistoria quedémonos en el espinazo dentado que nos mantiene erguidos. Supongo que ya sabrán que la mayoría de las vértebras no están soldadas entre sí, sino que están unidas de manera flexible, lo que permite que hagamos gimnasia individual o a dúo sin que se nos parta la espalda. Poseen además unos salientes espinosos (las apófisis), cuya visión lateral semeja una hilera de dientes a lo largo de toda la columna. Y como en ellos se enganchan los músculos, o las costillas en el caso de las vértebras dorsales, la raíz gombh pronto significó también “clavija, colgante”. Pero el caso es que todos los huesos del cuerpo poseen salientes parecidos, con los que se unen entre sí para formar las articulaciones. Y éste es el tercer significado que adquirió la mencionada raíz.

En esas estamos, cuando la raíz gombh evoluciona a la palabra griega gomphos, con el significado de “saliente dentado en el que se engancha una pieza hueca a modo de articulación móvil”. El latín la coge prestada con el nombre de gomphus, y a partir de aquí se inicia una transformación fonética bastante extraña. De seguir un proceso normal, debería haber evolucionado como *gonfo, *gompo o *gombo. En lugar de ello, al parecer la palabra desaparece del latín culto (sustituida por cardenal, que significa lo mismo) y pasa a manos del vulgo, que al transmitirlo oralmente lo corrompe en mayor medida. Así, gomphus deriva a gomphius > gomphio > gontio, pasa al leonés como goncio y al galaicoportugués como gonzo. Por cierto, el famoso teleñeco no debe su nombre a esta palabra, sino a la homónima italiana, que significa “ganso”. En cambio, ese vocablo pasa al castellano como gonce, a través del francés gonte > gont, ya avanzado el Medievo, y fue esa tardanza lo que le impidió diptongar a *güence, como sería lo más lógico.

Para esta época, gonce ha perdido el significado de “diente”, ha conservado los de “clavija” y “articulación”, y le ha añadido el de “pernio, gozne, bisagra”, puesto que sirve para abrir tanto las puertas como los cofres y baúles. En ese momento, se produce un nuevo proceso fonético, conocido como metaplasmo por trasposición: en el lenguaje oral, debido a la ley del menor esfuerzo, los hablantes alteran el orden de los sonidos para suavizar o facilitar su pronunciación. De igual manera que cabresto cambió a cabestro, ahora el pueblo considera que gonce es difícil de pronunciar y lo sustituye por gozne. A primera vista nos puede parecer un cambio absurdo, pero hemos de tener en cuenta que gonce se pronunciaba como [gontze], mientras que gozne se decía [gosne], con lo que puede resultar más fácil en un discurso rápido y atropellado.

Sea como fuere, gozne es la palabra que impera hoy día. No obstante, gonce no ha desaparecido por completo, sino que sigue siendo un sinónimo válido. Tiene un verbo derivado, como desgonzar, “desquiciar, desencajar, desgoznar”. Incluso ejerce su influencia sobre el vulgarismo descojonar, y así nos encontramos con descojonciar. Por su parte, la antigua palabra gomphus ha resucitado en el lenguaje científico para denominar varias especies de libélulas, que como bien sabrán muestran un aspecto semejante al de una bisagra en pleno vuelo.

Gracias a la etimología, ahora saben que pueden abrir y cerrar sus puertas con una bisagra, una clavija, una vértebra, un peine, una muela o incluso una yema. Procuren no pillarse los dedos y no las tengan cerradas más tiempo del necesario; es necesario que entre aire y visitas frescas de vez en cuando.

En un texto anterior, habíamos comentado que torcer venía probablemente de tortiare < torctiare, derivado de tortus < torctus < torcitus, participio de torquere. La sílaba latina ti+vocal se convirtió en las lenguas romances en c+vocal, que en un principio tenía un sonido muy semejante a la “tz” vasca o catalana actual, o a la “cc” del moderno italiano. Este fenómeno ocurrió también en castellano, si bien la evolución fonética posterior derivó en el sonido “zeta” de hoy en día. De esta forma, como ya hemos visto, tortiare derivó a [/i]tortiere[/i], y luego se convirtió en torcere > torcer. Pero asímismo, de tortiare proviene una variante, torciare > torzar, que no ha sobrevivido en el español actual, pero del cual han derivado una serie de palabras muy interesantes.

El concepto de torcer o torzar se puede aplicar a multitud de objetos, pero ahora vamos a fijarnos en uno en concreto: los hilos. Aunque no tengan ni la menor idea de usar la aguja, sabrán al menos que un tejido se confecciona entrelazando diversas hebras en varias direcciones, hasta formar una trama tan apretada que es difícil de desligar meramente con las manos. Pero la cualidad más importante que tenían los hilos era que podían entrelazarse y retorcerse unos alrededor de otros, de manera que las finas hebras se transformaban en estrechos cordeles o incluso gruesas cuerdas con una capacidad de resistencia mucho mayor. Como podrán imaginar, semejante operación de alta tecnología cualificada exigió un cambio semántico en consonancia.

En un primer instante, nuestra lengua se empeñó en aferrarse al ya conocido verbo tortiare: pero en vez de fijarse en torcer, se inclinó por la forma torzar, de la cual derivó un adjetivo, tortialis, “torcido, retorcido”, que pasó al español como torcial > torzal. Esta palabra es la que ha subsistido para definir un hilo algo grueso compuesto por varias hebras trenzadas y torcidas unas sobre otras. Como suele suceder, el significado se ha traspasado a todo aquello semejante a un hilo, y también se utiliza para los alambres o incluso las tiras de cuero, y por supuesto el cabello: una trenza básica, que si continuara nos convertiría el cabello en una maroma capaz de sujetar un buque, se denomina también torzada.

Pero en este momento entra en escena un nuevo verbo derivado de torcer: intorquere. La preposición in-, aparte de servir de negación (in-útil), tiene el significado de “adentro, interior”. De modo que intorquere significa “torcer hacia dentro”, y con el tiempo pasó a indicar “torcerse alrededor de sí mismo, enrollarse, entrelazarse”. Si como hemos visto torquere derivó en castellano a “torcer”, intorquere debiera haberse convertido en “entorcer”. Pero una interferencia tuvo lugar: la lengua francesa que trajeron los peregrinos a Santiago, y que tuvo una profunda influencia sobre el castellano durante la Edad Media. Resulta que en esa lengua, la forma explicada antes c+vocal evolucionó hacia ch+vocal, que antiguamente sonaba igual que en castellano (de hecho, el francés fue el inventor de esa grafía que luego adoptó nuestra lengua), antes de que pasara a pronunciarse como la “sh” actual. De esta manera, para los gabachos torcere derivó en torcher, y su compuesto intorcere se convirtió en entorcher. ¿Todo más o menos claro hasta aquí? Aunque pueda resultar árido, son necesarios ciertos fundamentos de fonética para comprender la evolución de las palabras.

La manera en que entorcher se abrió paso en el castellano medieval y hasta toparse con torzal es un tanto curiosa. Entre las múltiples aplicaciones que tenían los hilos torzados, es decir, trenzados para crear otro más grueso, estaban las mechas (del francés mèche). Aunque ahora se empleen para señalar cualquier conjunto de hebras separadas del resto (como las mechas de cabellos tintados, o los mechones de pelo natural), antes esta palabra definía exclusivamente los hilos entrelazados en un cordel fino al que se prendía fuego para que ardiera: es la mecha de las velas, también llamada pabilo, o la de los cañones y barriles de pólvora. Pero incluso ésta es una innovación posterior, puesto que en un principio las mechas, en particular las de esparto, se enrollaban alrededor de un palo hasta adquirir un gran grosor; luego se le echaba alquitrán, se prendía fuego, y así podían arder sin que el viento las apagara. Los franceses llamaron a este tipo de mecha entorche, procedente de intorcta, “torcida sobre sí misma, enrollada”, que pasó al castellano como entorcha > antorcha.

De esta forma, entorchar entró en nuestro idioma como “fabricar antorchas”, pero no tardó en extender su significado a “enrollar, entrelazar cualquier cosa”. Y por semejanza, el primer objeto al que se aplicó fueron las mechas, los hilos que se retorcían para confeccionar no sólo antorchas, sino también cuerdas y tejidos. Y al llegar a este punto, el hilo entorchado francés se encontró con el hilo torzado o torzal castellano, y tras una breve pelea el recio mesetario se llevó la parte del león en el reparto del significado: así, se quedó con el significado general de “unión de varias hilos trenzados y torcidos”, y con el particular de “cordoncillo delgado de seda, hecho de varias hebras torcidas, que se emplea para coser y bordar”. Al pobre entorchado no le quedó más remedio que quedarse con las sobras de este último: “cuerda o hilo de seda, cubierto con otro hilo de seda o de metal, retorcido alrededor para darle consistencia”.

Pero hete aquí que un botín en apariencia tan exigua ha resultado ser el de más alta alcurnia y prestigio: porque un torzal puede ser cualquier hebra entrelazada, sea cabello, hilo o alambre, lo más vulgar y rastrero posible, mientras que el entorchado se utiliza en objetos de calidad y renombre. De esta forma tenemos las cuerdas del violín de Stradivarius o el piano de Liszt, así como los bordados del traje de Luis XVI o del lecho de la reina Victoria, con seda cubierta de oro y plata. Y un tipo de entorchado muy especial es el que se borda en forma de galones en las bocamangas de los uniformes de los generales y almirantes, así como de los ministros en traje de gala. El entorchado se convierte así en símbolo del rango alcanzado por cada uno de ellos: cuantos más luzca en la manga, más alto habrá llegado a la jerarquía, más triunfos tendrá en su carrera; y esa es la razón de que entorchado se emplee también como sinónimo de éxito deportivo, de medalla que añadir a la solapa para que resalte en un traje reluciente de bordados.

Como colofón, ¿saben a qué se debe el nombre de torcida brasileña, los hinchas de aquel país? Tal vez me esté tirando a una piscina vacía, y el apelativo tenga un motivo completamente trivial y diferente, pero creo que no ando muy errado. En portugués, una torcida es una mecha de algodón o trapo torcido, que se pone en las velas y candiles; es decir, una antorcha, que en esa lengua también se llama tocha. Así que es muy posible que el nombre de torcida sea una forma anquilosada de denominar a las bengalas, que tanto ayer como hoy alumbran el escenario donde los equipos de fútbol logran un nuevo entorchado o se hunden en el fracaso.

Durante las últimas semanas ha estado usted atormentando al objeto de su amor o de su deseo, mientras le explicaba el origen de cualesquiera palabras que salían en la conversación. Ha sido usted la antorcha que iluminaba el tortuoso sendero hacia el conocimiento científico y bíblico; pero también se ha mostrado excesivamente torticero, retorciendo los significados hasta distorsionarlos por completo. Ahora el objeto de su amor se ha hartado y usted se estruja los sesos, pensando cómo ha podido torcerse lo que iba tan bien encaminado. No puede dormir, el pesar le provoca violentos retortijones y se pregunta si acaso le ha mirado un tuerto.

No se torture más. Con este texto le garantizamos que obtendrá un nuevo entorchado en su larga lista de éxitos, y que recibirá una aclamación ruidosa digna de la torcida brasileña.

El verbo torcer viene del latín torquere, que significa propiamente “girar, dar la vuelta”. Deriva de la raíz tark- o tork-, que se piensa que puede ser una modificación de otra raíz más antigua, tar-, que significa “mover”, y de la que hablaremos en su momento. Así pues, torcerse no es más que moverse en giros, desviándose de la dirección originaria.

Del torquere original el castellano ha heredado muy pocas palabras. La más famosa es la torques, un collarín de oro o bronce terminado en extremos redondeados y que se abría en la garganta. Se supone que fue un invento de los celtas, o al menos fueron estos los que la popularizaron. Durante el saqueo de Roma por los galos en el 390 a.C., algunos romanos simpatizaron con la bravura y nobleza de los antepasados de Asterix, y adoptaron su gargantilla: por eso ganaron el sobrenombre de Torcuatos. Y un tipo de paloma (en latín era masculino, palomo) que lleva una mancha en el cuello a modo de collarín fue denominada torquatus > torquatu > torcuace > torcaz.

En puridad, de torquere habría derivado torguer, troguer o troyer. Torcer viene probablemente de tortiare < torctiare, derivado de tortus < torctus < torcitus, participio de ese verbo. Recordemos que, en latín antiguo, la letra “c” se pronunciaba como “k”, y que sólo siglos después derivó hacia el sonido “ch”, y de ahí al “zeta” actual.

Ya estamos en torctus, a través de un camino tal vez tortuoso (es decir, con muchas vueltas, giros y rodeos; lleno de torceduras, en suma). ¿Le tortura saber a dónde le va a llevar? Hace bien, porque esa palabra, tortura, deriva de torctura < torcitura, y significa literalmente “lo que va a torcer, lo que va a retorcer”. Y lo que va a torcer no es más que el potro de tortura, el aparato donde se amarraban con fuerza los brazos y piernas del reo para estirarlos, descoyuntarlos, retorcerlos. ¿Qué tormento, verdad? No es de extrañar, ya que el tormento deriva de torcmentum, y se refiere a ese instrumento de retorcimiento ideado por una mente retorcida, el potro de tortura. El tormento era el medio material, la tortura era la consecuencia de utilizarlo. Ahora ambas palabras significan cualquier medio de infligir dolor físico, sea retorcer o desollar, y por extensión el dolor del corazón o de la mente. ¿Nunca le han dicho que no se torture por las malas experiencias? Quiere decir que no retuerza una y otra vez los recuerdos en su cerebro, sino que déjelos fluir en dirección hacia el olvido.

Y ya puestos, ¿qué es una tormenta? No tiene nada que ver con Thor, el dios escandinavo cuyo martillo al chocar contra las nubes desata los truenos, cuyos chispazos son los relámpagos. Lisa y llanamente, es el plural de torcmentum. No está claro si se refiere a las nubes que giran rápidamente sobre el mar y se retuercen alrededor de las montañas, hasta que forman una masa irregular y compacta que cae con furia sobre la tierra; una tormenta, entonces, no sería más que la forma tradicional de llamar a los huracanes. O tal vez se refiera a que las tormentas lanzan rayos y agua con gran furia, como si fuese el antiguo instrumento de guerra llamado tormento, un antepasado de la catapulta que disparaba proyectiles a base de girar a toda velocidad.

Vuelta atrás de nuevo hacia torctus. Qué torticero es el autor, ¿verdad? Esa palabra designa a alguien injusto (es decir, torcido del camino recto), con intenciones tortuosas (o sea, torcidas, desviadas), o que aplica mal la razón, torciendo los argumentos para extraer falsas deducciones o contrapone a su interlocutor los mismos argumentos usados contra él. Procede de tortitia, concepto abstracto nacido de torctus(como iustitia, “justicia”, viene de iustus, “justo”), para designar la cualidad de los torcidos o, como diríamos ahora, retorcidos. Y es que lo torcido siempre ha tenido mala fama, como bien saben los tuertos (< torctus), originariamente los de mirada torcta, torcida, bizca.

Si vamos al femenino de torctus nos sale torcta, de la cual parece derivarse torta, y su diminutivo tortilla. Se haría referencia a que la masa se retuerce y voltea hasta aplanarla y redondearla. Pero es una explicación un tanto rebuscada, y otros prefieren derivarla de tracta, “masa manejada, amasada”.

¿Y saben qué es una tortillera? Pues una torcida, una desviada. Esa palabra deriva de tortiliare, “torcer”, verbo creado a partir de tortilis, “torcido”, otro derivado de torctus. En castellano, ese verbo dio en tortijar, y aún mejor, retortijar, de donde vienen los famosos retortijones, “retorcimientos extremos”. Así que ya saben que, ateniéndonos a la etimología, quienes sufren los mayores retortijones por su mal comportamiento son las tortilleras.

En latín antiguo, la “t” después de consonante acostumbra a convertirse en ch > sh > s. Es un fenómeno que se da en multitud de participios, y en este caso concreto torctus derivó también a torsus. A partir de aquí tenemos el sustantivo torsión, “torcimiento”, con sus derivados contorsión, “torcerse uno mismo, torcerse con gran fuerza”, distorsión, “torcerse de manera equivocada; deformarse”, y extorsión, “retorcer en exceso, con gran fuerza y sin justicia > usurpar mediante la violencia y amenaza”. También existe torso, “tronco del cuerpo humano; estatua sin cabeza, brazos y piernas”: sin embargo, no se ve gran relación entre esta palabra y el hecho de torcerse, así que se supone que deriva más bien de tursus, “erguido, erecto, de pie”.

Por último, de torquere nació el tórculo, un mecanismo para prensar uvas o aceitunas a base de retorcer una especie de tornillo. Es posible que esa palabra sea la matriz, o incluso un diminutivo, de nuestra familiar tuerca (< ¿torca?). A partir de ella se creó el verbo torculare, con el aumentativo extorculare, “prensar en exceso, exprimir”, que en castellano derivó a extorclare > extorglare > extrollar > estrullar > estrujar.