Etimología


A la mayoría de ustedes, supongo, les crecerá horizontalmente el ego cuando otra persona de su sexo predilecto les dice que “está muy bueno”; aumentará de manera exponencial cuando añade “y es muy bueno”, dando a entender que se refiere a labores camastrales, y subsidiariamente culinarias o de bricolaje; y menguará en la misma proporción cuando remata “pero es un buenazo” o “tiene cara de bueno”, con un tono burlesco bajo una capa de conmiseración. Bondad y belleza se nos antojan términos antitéticos en esta época de exacerbada sexualidad, y todo lo más se asocian en un contexto monjil o infantiloide, de recatadas novicias con la bendita expresión de quien ha soñado con Dios, o de ingenuos querubines que aún no han manchado su cuerpo con la masturbación. Los valores humanos cambian, y el supremo ideal de virtud entre los griegos, kalos kai agathos, bello y bueno, ha expirado bajo el peso de lo absoluto e impracticable. ¿Qué pensar de un mortal a quien le fuera dado contemplar la belleza pura?, se preguntaba Platón. Hoy lo tildaríamos de beato sensiblero, y le daríamos un escapulario o una acuarela en tonos pastel para entretenerse, mientras nos deleitamos atisbando la carne hecha animal instintivo, promesa de un corazón impredecible y demoniaco. La belleza se marchita tras una ventana diáfana. La Victoria de Samotracia con rostro de ángel caído vuelve a ser más hermosa que un bólido de carreras.

La palabra bueno deriva del latín bonus, pero por inscripciones de la época de Aníbal sabemos que es una evolución del arcaico dvonus < dvenos. Y aunque hoy día pocos aceptan que se les tilde de “buena persona”, y apelan a eufemismos como “honrado, honesto, justo, leal, de confianza…”, o incluso “humanitario” o “sensible”, en su origen esta palabra era merecedora del mayor de los respetos. Tanto es así, que dvenos procede de una antigua raíz, du- o deu-, que significa, efectivamente, “respeto, poder, honor, veneración, adoración”. A través de palabras derivadas en otras lenguas indoeuropeas, como el alemán o el celta, podemos afinar la etimología y perfilar mejor las características de la bondad primitiva, la cual va unida desde el principio al concepto de preeminencia y superioridad. El buen señor se equipara al buen padre, o incluso al Buen Pastor, que no es un zagal prepúber que da golosinas a las ovejitas mientras les acaricia la lana, sino un hombre de barba severa, que las lleva a los mejores pastos sólo a cambio de que se dejen esquilar, ordeñar y matar, y las protege del lobo no por compasión sino por satisfacer su propio interés. El buen señor es rico (en latín, dives, de la misma raíz) en cosas buenas o bienes < benus < dvenos, que le procuran un opulento bienestar; pero es al mismo tiempo generoso con sus súbditos, ya que les devuelve en ocasiones parte de lo que éstos le han regalado previamente como muestra de respeto. El buen señor es poderoso y fuerte, robusto como los muros tras los cuales se guarecen los súbditos que pagan sus tributos. Cuando es capaz de brindarles esa protección, y les abre sus graneros en tiempos de hambruna, éstos le consideran alguien eficaz, bueno en su oficio de padre y señor. A su sombra nadie sufre miedo ni privaciones, es una roca sólida que proporciona estabilidad y seguridad, tanto la física como la de conocer de qué cuerda penderás cuando faltes a sus leyes. El buen señor no se comporta de forma arbitraria, sino justa, pues castiga a los pillos y desleales, y recompensa con largueza a sus fieles, a quienes ofrece dádivas para reafirmar su lealtad, o procura una muerte rápida cuando dejan de ser útiles. Los fieles súbditos ven así cómo obedecer al buen señor enriquece su alma y su hacienda, de modo que el deber cumplido les hace sentirse felices y afortunados, es decir, beatos. Así que corren a presentarse ante su casa, y le saludan deseándole un buen día, o sea, “afortunado y propicio día”, y que tenga buena suerte en sus negocios, que equivale a desear una beata suerte, o incluso la suerte de los beatos. ¡Dios, qué buen vasallo el que tiene buen señor!

Agradecidos por su inmensa bondad, los súbditos del buen señor nunca cesan en sus muestras de respeto, y le honran y veneran como si fuese un dios. Y lo cierto es que la raíz du- puede tener alguna relación con diu-, “brillante”, de la cual proceden Dios y divinidad. El Dios del Antiguo Testamento es la perfecta encarnación de la bondad primigenia, entendida ésta como el poder supremo y absoluto sobre Sus criaturas. Éstas no entienden a menudo Sus motivos, lo juzgan caprichoso y despótico, y aunque temen Su cólera le obedecen por miedo en vez de respeto. Craso error, porque el buen Dios es quien sabe qué es lo correcto y justo, es decir, qué es el bien; y lo sabe mejor que nadie por la sencilla razón de que Él es quien decide lo que es correcto y lo que no: Dios es la fuente última del bien, el ser benigno < benigenus “que engendra el bien” por excelencia. Y como es benévolo “que desea el bien”, es por lo que Yahveh impone sacrificios a Sus fieles y holocaustos a los apóstatas, promete tierras a quienes le sirven y envía plagas a quienes se resisten. Y aunque no lo merezcamos ni comprendamos, hemos de considerar Sus duras pero justísimas pruebas como un premio a nuestra fidelidad, un parabién, ya que son para nuestro bien. Pues aquellos que conservan la fe a pesar de tanto sufrimiento, el buen Dios considera que han hecho méritos para merecer el supremo bien y parabién, es decir, son beneméritos; y Yahveh se lo procura por medio de una bendición, o sea, diciendo el bien, como la que se dispensa en el momento de la muerte, a fin de que los beatos benditos pasen a sentarse a Su diestra en el cielo.

Sin embargo, tanta muestra de generosidad por parte del buen señor se cobra su precio en forma de corrupción del significado. Ya en el antiguo germánico existen palabras derivadas de la misma raíz que significan “otorgar, complacer”, lo que denota una creciente debilidad del buen señor para mantener la fidelidad de sus súbditos. Los preceptos ya no son sagrados, la autoridad se resiente, no basta con los derechos adquiridos para conservar la supremacía: hay que comprar la obediencia por medio de continuas concesiones que hagan beatos a los súbditos, a precio de socavar el poder del buen señor. En último término pierde quizá no sus bienes, pero sí toda su capacidad de imponerse a los demás mediante el miedo, no digamos ya el respeto: debe rebajarse a suplicarles en voz queda y pedigüeña que al menos mantengan la apariencia de hacerle caso. Y así nos encontramos en la misma lengua germánica con palabras de esa raíz que significan “dócil, manso, complaciente, sumiso”: el fuerte acaba siendo blando, el poderoso se somete, el severo se apiada; en suma, las características del súbdito acaban siendo asumidas por el buen señor. Incluso el colérico Yahveh se dulcifica: el Buen Pastor ya no castiga de inmediato a la oveja que se aparta del rebaño, sino que siente lástima de ella y procura convencerla para que regrese. Y en este mundo de lobos, la bondad entra en una espiral de desprestigio a la que arrastra incluso a los beatos, que de ser los dichosos por contemplar a Dios degeneran en los que se encierran en el confesionario, hipocondriacos por no llegar a tan beato momento.

A veces te asalta la tristeza y no sabes a qué se debe. El día puede ser completamente luminoso, y sin embargo parece como si una neblina te velara los ojos, tal vez por las lágrimas que no encuentran hueco por el que brotar. Otras veces conoces a la perfección los motivos, pero no encuentras los medios para resolverlos, y te relames morbosamente en tu sufrimiento, imaginando las desdichas que esperas que ocurran al doblar el camino. Te invade la abulia y la desgana, los placeres cotidianos dejan de proporcionarte goce, reflexionas sobre tus actos y deseos, y los encuentras irreales y absurdos. Vagas por la calle con un brillo mate en la piel, y no sientes ánimos ni para llorar. La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?

Triste deriva del latín tristis, cuya etimología ha sido objeto de toda clase de especulaciones y fantasías, puesto que no parece conectada con ninguna otra palabra. Por supuesto, no faltan las asociaciones simplistas, como ya vimos al hablar de la orina, donde todo topónimo que empezaba por aur- se adjudicaba invariablemente a aurus, “oro”; en este caso, las divagaciones conducen al número tres. Por ejemplo, para algunos tristis no es más que una variación de testis < terstis < trestis, tristis, “testigo”, la cual se habría formado a partir de tri- “tres” o “tercero”, y sti- “estar, permanecer”. Un testigo sería el tercer hombre en un juicio, por detrás del acusador y el acusado, donde está como convidado de piedra que ve y oye todo; pero a veces asiste a actos desagradables, luctuosos, fatídicos, que le llenan de congoja el corazón, y de ahí habría derivado otro significado que acabó congelado en un nuevo vocablo. En suma, la esquiva palabra habría nacido para denominar a un triste tristón testigo de hechos tristes. No obstante, si bien esta etimología de testigo es bastante discutible y la analizaremos en su momento, no se sostiene de ninguna manera en el caso de triste: lo que define a éste no es contemplar la tristeza, sino padecerla, mientras que el testigo, por más que se compadezca de él, jamás podrá sentir esa tristeza de modo tan intenso. Y además, esta explicación obvia por completo las diversas connotaciones que esta palabra ha tenido desde muy antiguo, y que paso a explicarles a continuación.

El origen remoto de esta palabra se encuentra probablemente en la onomatopeya tr, que imita el sonido de los pequeños objetos al romperse. De ella habría nacido la raíz indoeuropea ter- o tre-, que significa “frotar, restregar”. Cuando se frota algo con fuerza, como un grano de trigo sobre una piedra afilada, se va desgastando poco a poco, de modo que la raíz no tardó en adquirir la acepción de “consumir, roer”. ¿Entonces un triste sería alguien con el corazón roto, consumido por pensamientos funestos que roe sin cesar hasta que acaba con el alma deshecha? No nos precipitemos y sigamos frotando el grano, pero ahora vamos a hacerlo con mucha más fuerza, hasta que acabe completamente triturado. Como resultado, la raíz evolucionó al intensivo treis-, con sus variantes treisk- y treist-, que significa “aplastar, machacar”. De ella deriva el germánico thriskan, que pasó al castellano como triscar, y que al principio denominaba todo ruido que se produce al pisar, pero que luego se concretó en “pisar el grano”, es decir, “trillar”.

En este punto la raíz experimenta un giro metafórico, y de aplastar el grano pasa a significar aplastar a los enemigos. El triste no es el ser apático y pasivo con el que lo identificamos ahora, sino alguien sumamente nervioso e incluso violento, que lejos de tener el alma deshecha está dispuesto a deshacer almas y cuerpos. En las lenguas germánicas y célticas su carácter se dulcifica, y sólo se fijan en el coraje que muestra en el combate: la raíz evoluciona a dreist, “valiente, audaz, atrevido”, no sólo en la guerra sino en el amor y en todas las vicisitudes de la vida, como es el caso de Tristán < Drystan, que no recibe su nombre por su triste final junto a su enamorada Isolda, sino por la osadía y malas artes de que hace gala en las primitivas versiones de la leyenda. Pero en el resto de lenguas lo que deja huella es su rabia y crueldad, su determinación de hacer daño, de machacar sin piedad a sus rivales. El triste es aquel dispuesto a causar el máximo dolor y sufrimiento posible. Aun hoy día, el italiano conserva un eco de aquellos tiempos al diferenciar la tristezza, “tristeza, melancolía, pesadumbre”, de la tristizia, “atrocidad, ferocidad, inhumanidad”.

Llegados a este punto, hay un paso muy tenue entre causar dolor y sufrir el dolor, y nuestro triste empieza a bascular entre ambos significados. Pero al mismo tiempo adquiere otros nuevos, que inclinarán definitivamente la balanza. Para los latinos, el triste empieza a ser alguien afligido, pero que en vez de mostrarse abúlico y resignado reacciona con rabia e indignación, profiere lamentos llenos de furia y enojo, mientras busca obstinadamente la manera de resolver el problema, o al menos de vengarse. Sin embargo, poco a poco va callando esos pensamientos, si bien su rostro refleja la ira que le corroe. Se convierte en un ser desagradable de modales ásperos y rudos, y de ahí nace la expresión “sabor triste” con el sentido de “amargo”, si bien ahora quiere decir que es insípido. Siempre de mal humor, con un aspecto sombrío que oculta un alma consumida y negra como la muerte, y por esa razón tristis se sigue usando en botánica y zoología como sinónimo de “negro, gris muy oscuro”. Un egoísta de intenciones aviesas, a quien no conviene acercarse, no porque te contagie su pesadumbre, sino por el daño que puede causarte de manera cruel e inmisericorde, como represalia gratuita por el que le han causado a él.

De manera que regrese a la alcoba y acérquese a la princesa. Enjugue sus lágrimas e intente consolarla de su tristeza, sin olvidar que quizás su corazón albergue a un demonio celoso, incapaz de soportar que puedan existir sonrisas en el mundo mientras ella se pudre en la oscuridad.

Qué sonrisa más radiante exhibe usted. La persona que desea acaba de fijarse en usted y le ha dejado el corazón henchido de felicidad. Mira de reojo el espejo y vuelve a descubrir las bolsas bajo los párpados, las estrías que arañan sus mejilas y las entradas que ralean su cabello. Ayer eran motivo para añadir una nueva arruga de expresión amarga; hoy son la fuente del placer que le supone recibir el epíteto de guapo. Si supiera lo que eso significa quizá debiera buscar un cuarto oscuro y aislado donde preguntarse si se estarán burlando de usted.

Vamos a remontarnos varios milenios atrás, hasta la raíz indoeuropea kvoap-, que significa “exhalar”, es decir “despedir gases, vapores u olores”. Ya ven que, aunque utilicemos el término “exhalar” para referirnos al aliento que se expulsa por la boca, o al aroma de una rosa, es perfectamente legítimo emplear esa palabra a propósito de las flatulencias. Esa raíz es un alargamiento de otra más antigua, koap-, que podemos encontrar en el griego capnos, “humo” (del cual procede capnomancia, “adivinación por el humo”); o en el también griego copros, “excremento”, cuya cualidad más notoria es que despide un olor fétido. Pero no nos desviemos del camino, porque en lo que nos interesa esa raíz llega casi incólume hasta el latín, donde nos la encontramos en la forma cvapor > vapor.

¿Un guapo es un tipo gvaporoso? Calma, que aún no hemos llegado a nuestro destino, aunque no va desencaminada la apreciación. Ya sabrán que el vapor es el gas que surge de los cuerpos húmedos, que al elevarse (es decir, al evaporarse) lleva consigo parte de las sustancias presentes en aquellos. Es lo que sucede con la niebla, el vapor de agua al calentarse, o con el alcohol (uno de cuyos significados, como ya vimos, era el del espíritu que emanaba de las bebidas, justamente, espirituosas). Ahora bien, como cualquier sumiller les podrá decir, es necesario abrir una botella de vino de reserva unos cuantos minutos antes de servirlo, a fin de que el caldo respire, es decir, libere sus aromas, sus efluvios, sus vapores, y sea más delicioso al olfato y paladar. Y como el mismo sumiller les dirá, si dejan abierta esa botella durante muchos días o semanas, los efluvios se evaporarán por completo, el vino perderá su sustancia, se volverá insípido e incluso desagradable, y al final se tornará vinagre.

Esto es justo lo que ocurrió durante muchos siglos, antes de la invención del plástico y el tetra-brik. El vino, en especial el de barril, acababa por estropearse y nadie quería beberlo, aunque un buen bodeguero sabía cómo disimularlo mezclándolo con otro de mejor calidad, así como los posaderos ocultaban la carne podrida bajo un kilo de especias. Ese vino depauperado, sin sustancia ni sabor, era llamado “vino evaporado”, en latín vapidus, que pasó a la lengua vulgar como vapida > vapda > vappa.

A partir de aquí se inicia un proceso de transferencia de significado, lo que técnicamente se llama metáfora. Así como una persona de carácter áspero y rudo decimos que es un avinagrado, un tío vinagre, alguien que se había echado a perder se le empezó a denominar un “evaporado”, un vappa. El concepto de “echar a perder” abarca todas las connotaciones posibles, desde un vagabundo hasta un delincuente, pasando por todo tipo de depravados. Pero en particular se aplicaba a aquellas personas cuyo aspecto y modales, como un buen vino de reserva, prometía encerrar grandes facultades, pero que por pereza, abandono o malicia, en el fondo ya no servían para nada positivo.

A continuación esta palabra evoluciona en el francés medieval como vape > wape, y de ahí pasa al castellano como guapo. En la España del Siglo de Oro, poblada por matasietes y perdonavidas prestos a buscar camorra por un simple cruce de miradas, el término hace fortuna entre el populacho. De allí pasa a Nápoles durante la dominación española, de donde se extiende al resto de Italia como guappo, con el significado de “bravucón, fanfarrón”; un chuloputas, que diríamos hoy. Ahora bien, no olvidemos que uno de los motivos fundamentales de las bravuconadas, y de las peleas, era pavonearse ante las damas para demostrar que uno era el más arrogante, y por ende, el más atractivo. Y como para lograr eso no bastaba con ser osado, ni manejar con destreza el puñal, sino que había que mostrarse galante y lujosamente ataviado, el término fue adquiriendo el significado de “bello, hermoso”, que es el que impera hoy día.

En suma, un guapo es un vanidoso, soberbio, prepotente, arrogante, connotaciones que prácticamente ha perdido en favor de chulo. No obstante, cuando vemos a un joven agraciado andar con decisión por la calle, o a una mujer mostrándose altanera entre un coro de babeantes, el término que nos viene a la cabeza no es “hermoso”, sino guapo, como eco de su antiguo significado.

De modo que vuelva a mirarse al espejo, y pregúntese por qué a usted, un chico muy formal educado en la más estricta moralidad, cuya vida sigue unos cauces perfectamente sanos y sensatos, que nunca se entromete en peleas, con fama de soso y serio, más tímido que una almeja y que, por qué negarlo, tiene un rostro bastante vulgar, a alguien se le ha ocurrido llamarle guapo.

A todos ustedes, supongo, les gustaría que en el juego erótico les dijesen “qué malo eres”, mientras su compañera esgrime una sonrisa de tímida lascivia ante sus requiebros. Es también de suponer que esa misma expresión, si además va acompañada de un vocativo tal que “tío” o “chaval”, no les gustará nada si brota de unos labios fruncidos y decepcionados tras una sesión insatisfactoria de abdominales. ¿Es usted malo, o sólo está mal?

No está clara la etimología de malus. Una teoría la relaciona con el griego melas, melanos, “negro, oscuro”, que originariamente significaba “manchado”, y que es afín a palabras de otras lenguas indoeuropeas que significan “inmundo, sucio, puerco”. Pero otra hipótesis se fija en la raíz del griego malakos “blando, lánguido, débil”, es decir, “enfermo”, de la cual procede malagva > malgva > malva, “blando, lánguido”, como esas flores moradas que se dejaban reblandecer y marchitar para usarlas como cataplasmas. No se lancen a imaginar que esta palabra tiene relación con el hebreo Malaquías, “mensajero”, no con el árabe Malik, “rey”. Probablemente ambas palabras estén relacionadas, ya que en la antigüedad los enfermos no vivían en el mundo aséptico y esterilizado de los hospitales modernos, y así malo ha reunido los dos significados que tiene en la actualidad: lo que es nocivo tanto para la salud del cuerpo como para la limpieza del alma.

Hay diversos grados del mal, según nazcan del corazón, del pensamiento, o de las acciones realizadas. Vamos a verlos.

Alguien que tiene la disposición natural a hacer el mal es maligno, derivado de < maligenus, que significa “creador, engendrador del mal”. Protegeos del Maligno y su ponzoña. Algo que es malo nada más nacer no puede evitar ser propenso a cometer malas acciones, nos dice la jurisprudencia más conservadora y favorable a la pena de muerte: así como un tumor maligno no se puede curar, sino sólo atajar con el bisturí o mediante las armas químicas, así hay que proceder con los malignos recalcitrantes.

La cualidad del mal era la malitas, -atis, de la cual deriva el español maldad. Malitas evolucionó más tarde a malitia, de la cual viene malicia. Así que ya ven que, en origen, ambas palabras significaban lo mismo, tener el pensamiento, muchas veces oculto y simulado, de hacer el mal, pero el sentido ha variado hoy día: el mal puro, la perversidad, la intención de hacer un terrible daño, incluso el crimen, es propio de alguien que actúa con maldad; la malicia, por su parte, ha quedado reducida cada vez más a la picardía, la travesura, la diablura, la jugarreta, algo que causa poco daño o que es, en última instancia, inocuo.

Las acciones malas y criminales son propias de alguien malvado. Esta palabra procede del latín tardío malvasius, pero no está clara su etimología. Para unos proviene de male levatus, “mal llevado”, es decir, que lo han introducido en el camino del mal y ahora no sabe ni quiere salir de él. Para otros, procede de male vatius < male fatius, “mal torcido”, es decir, que iba por el camino recto, la senda del bien, pero en un momento dado se desvió al lado oscuro. Y una tercera explicación lo hace derivar del germánico balvasi, “perjudicial, pernicioso”. Sea como fuera, malvado ya no es sólo el que comete malas acciones, sino también el que las piensa o está inclinado hacia ellas de nacimiento. Pero así como maligno o malicioso tienen hoy día las connotaciones positivas de “pícaro, burlón”, creo que a pocos de ustedes les guste que la gente les tilde de malvados. Y no, la malvasía no es la bebida favorita de los malvasios o malvados: es una trasliteración de Monemvassía, la bellísima ciudad del sur del Peloponeso de donde es natural ese tipo de vino blanco.

Como última curiosidad, podemos añadir que alguien que se comporta mal, en el sentido moral, se dice que tiene una mala costumbre, un mal hábito, como soltar tacos o sonarse los mocos encima del plato de sopa. Curiosamente, en otras lenguas románicas la expresión male habitus, contraída en malhábitus > malabtus > malaptus, se convirtió en el francés malade y el catalán malalt, que significan “el que tiene un mal físico”, es decir, el enfermo.

En un texto anterior, habíamos comentado que torcer venía probablemente de tortiare < torctiare, derivado de tortus < torctus < torcitus, participio de torquere. La sílaba latina ti+vocal se convirtió en las lenguas romances en c+vocal, que en un principio tenía un sonido muy semejante a la “tz” vasca o catalana actual, o a la “cc” del moderno italiano. Este fenómeno ocurrió también en castellano, si bien la evolución fonética posterior derivó en el sonido “zeta” de hoy en día. De esta forma, como ya hemos visto, tortiare derivó a [/i]tortiere[/i], y luego se convirtió en torcere > torcer. Pero asímismo, de tortiare proviene una variante, torciare > torzar, que no ha sobrevivido en el español actual, pero del cual han derivado una serie de palabras muy interesantes.

El concepto de torcer o torzar se puede aplicar a multitud de objetos, pero ahora vamos a fijarnos en uno en concreto: los hilos. Aunque no tengan ni la menor idea de usar la aguja, sabrán al menos que un tejido se confecciona entrelazando diversas hebras en varias direcciones, hasta formar una trama tan apretada que es difícil de desligar meramente con las manos. Pero la cualidad más importante que tenían los hilos era que podían entrelazarse y retorcerse unos alrededor de otros, de manera que las finas hebras se transformaban en estrechos cordeles o incluso gruesas cuerdas con una capacidad de resistencia mucho mayor. Como podrán imaginar, semejante operación de alta tecnología cualificada exigió un cambio semántico en consonancia.

En un primer instante, nuestra lengua se empeñó en aferrarse al ya conocido verbo tortiare: pero en vez de fijarse en torcer, se inclinó por la forma torzar, de la cual derivó un adjetivo, tortialis, “torcido, retorcido”, que pasó al español como torcial > torzal. Esta palabra es la que ha subsistido para definir un hilo algo grueso compuesto por varias hebras trenzadas y torcidas unas sobre otras. Como suele suceder, el significado se ha traspasado a todo aquello semejante a un hilo, y también se utiliza para los alambres o incluso las tiras de cuero, y por supuesto el cabello: una trenza básica, que si continuara nos convertiría el cabello en una maroma capaz de sujetar un buque, se denomina también torzada.

Pero en este momento entra en escena un nuevo verbo derivado de torcer: intorquere. La preposición in-, aparte de servir de negación (in-útil), tiene el significado de “adentro, interior”. De modo que intorquere significa “torcer hacia dentro”, y con el tiempo pasó a indicar “torcerse alrededor de sí mismo, enrollarse, entrelazarse”. Si como hemos visto torquere derivó en castellano a “torcer”, intorquere debiera haberse convertido en “entorcer”. Pero una interferencia tuvo lugar: la lengua francesa que trajeron los peregrinos a Santiago, y que tuvo una profunda influencia sobre el castellano durante la Edad Media. Resulta que en esa lengua, la forma explicada antes c+vocal evolucionó hacia ch+vocal, que antiguamente sonaba igual que en castellano (de hecho, el francés fue el inventor de esa grafía que luego adoptó nuestra lengua), antes de que pasara a pronunciarse como la “sh” actual. De esta manera, para los gabachos torcere derivó en torcher, y su compuesto intorcere se convirtió en entorcher. ¿Todo más o menos claro hasta aquí? Aunque pueda resultar árido, son necesarios ciertos fundamentos de fonética para comprender la evolución de las palabras.

La manera en que entorcher se abrió paso en el castellano medieval y hasta toparse con torzal es un tanto curiosa. Entre las múltiples aplicaciones que tenían los hilos torzados, es decir, trenzados para crear otro más grueso, estaban las mechas (del francés mèche). Aunque ahora se empleen para señalar cualquier conjunto de hebras separadas del resto (como las mechas de cabellos tintados, o los mechones de pelo natural), antes esta palabra definía exclusivamente los hilos entrelazados en un cordel fino al que se prendía fuego para que ardiera: es la mecha de las velas, también llamada pabilo, o la de los cañones y barriles de pólvora. Pero incluso ésta es una innovación posterior, puesto que en un principio las mechas, en particular las de esparto, se enrollaban alrededor de un palo hasta adquirir un gran grosor; luego se le echaba alquitrán, se prendía fuego, y así podían arder sin que el viento las apagara. Los franceses llamaron a este tipo de mecha entorche, procedente de intorcta, “torcida sobre sí misma, enrollada”, que pasó al castellano como entorcha > antorcha.

De esta forma, entorchar entró en nuestro idioma como “fabricar antorchas”, pero no tardó en extender su significado a “enrollar, entrelazar cualquier cosa”. Y por semejanza, el primer objeto al que se aplicó fueron las mechas, los hilos que se retorcían para confeccionar no sólo antorchas, sino también cuerdas y tejidos. Y al llegar a este punto, el hilo entorchado francés se encontró con el hilo torzado o torzal castellano, y tras una breve pelea el recio mesetario se llevó la parte del león en el reparto del significado: así, se quedó con el significado general de “unión de varias hilos trenzados y torcidos”, y con el particular de “cordoncillo delgado de seda, hecho de varias hebras torcidas, que se emplea para coser y bordar”. Al pobre entorchado no le quedó más remedio que quedarse con las sobras de este último: “cuerda o hilo de seda, cubierto con otro hilo de seda o de metal, retorcido alrededor para darle consistencia”.

Pero hete aquí que un botín en apariencia tan exigua ha resultado ser el de más alta alcurnia y prestigio: porque un torzal puede ser cualquier hebra entrelazada, sea cabello, hilo o alambre, lo más vulgar y rastrero posible, mientras que el entorchado se utiliza en objetos de calidad y renombre. De esta forma tenemos las cuerdas del violín de Stradivarius o el piano de Liszt, así como los bordados del traje de Luis XVI o del lecho de la reina Victoria, con seda cubierta de oro y plata. Y un tipo de entorchado muy especial es el que se borda en forma de galones en las bocamangas de los uniformes de los generales y almirantes, así como de los ministros en traje de gala. El entorchado se convierte así en símbolo del rango alcanzado por cada uno de ellos: cuantos más luzca en la manga, más alto habrá llegado a la jerarquía, más triunfos tendrá en su carrera; y esa es la razón de que entorchado se emplee también como sinónimo de éxito deportivo, de medalla que añadir a la solapa para que resalte en un traje reluciente de bordados.

Como colofón, ¿saben a qué se debe el nombre de torcida brasileña, los hinchas de aquel país? Tal vez me esté tirando a una piscina vacía, y el apelativo tenga un motivo completamente trivial y diferente, pero creo que no ando muy errado. En portugués, una torcida es una mecha de algodón o trapo torcido, que se pone en las velas y candiles; es decir, una antorcha, que en esa lengua también se llama tocha. Así que es muy posible que el nombre de torcida sea una forma anquilosada de denominar a las bengalas, que tanto ayer como hoy alumbran el escenario donde los equipos de fútbol logran un nuevo entorchado o se hunden en el fracaso.

Es bien sabido que el acto fundamental de las Navidades es la reunión familiar en Nochebuena, en la cual ves a gente con la que apenas tratas el resto del año, o estás harto de toparte cada fin de semana (si es que no convives con ellos, por supuesto). Es una fiesta que se espera con alegría o resignación, lo cual va por barrios, y también suele depender de con quien te toque cenar esa noche. Hoy vamos a tratar de la parentela de tu cónyuge.

Encabezando la mesa, mirándote de manera que él pretende ser amable y afectuosa, pero que tú sabes que es suspicaz y algo despreciativa, se sienta tu suegro. Ha bebido bastante y está contando anécdotas de emigrante en la postguerra, una época muy dura y llena de privaciones, pero que acepta con la satisfacción de ver a su prole sana, crecida y en buena situación económica, gracias a él. Sus hijos se burlan de sus batallitas, y de que pretenda concluir que él salió adelante por sí solo mientras que ellos han vivido entre almohadones. Te animan a unirte a sus chanzas, pero tú no lo harás, porque sabes que suegro viene del latín socrus < socerus < svocerus, y éste a su vez de una antiquísima palabra indoeuropea, svasuras, que significa “Su Señoría”. Entre los antiguos arios existía un profundo respeto por el padre de la mujer, y no digamos por el del marido, en cuya casa solía vivir la esposa como huésped. Así que no se te ocurra bromear con tu suegro incluso aunque él te lo pida, como tampoco lo harías con Su Ilustrísima el obispo, ni con Su Alteza el príncipe.

De modo que con una sonrisa te zafas de la trampa que pretenden tenderte tus cuñados para desprestigiarte ante Su Señoría, y los miras de reojo. No se puede escoger a los parientes, y menos aún a los que te vienen impuestos. Y con horror te das cuenta de que cuñado procede de cognatus, y significa “nacido a la vez”, es decir, “consanguíneo, nacido de tu mismo antepasado”. ¿Esos gilipollas comparten tu sangre, tus mismos abuelos? Hoy día no, afortunadamente, pero en un principio los cuñados eran los consanguíneos de la esposa en cualquier grado, ya fueran hermanos o primos segundos, y por afinidad se convertían en parientes del esposo. A su vez, para dejar bien claro que el linaje se transmitía por línea paterna, los parientes por parte de padre recibían un nombre especial: eran los agnados, del latin agnatus < ad gnatus, “los nacidos cerca”.

Absorto en tus reflexiones, no te das cuenta de que los sobrinos de tu cónyuge han iniciado una guerra de langostinos, y antes de que concluya con una bofetada tienen tiempo de arrojarte una cáscara en plena cara. Angelitos, dicen todos ante su bramido de lágrimas; hijos de puto, piensas tú, al fijarte en que son hijos de un hermano de tu cónyuge. Pero eso contraviene la etimología, porque sobrino es un apócope de consobrino, el cual es una contracción de consororinus, que significa “nacido de la hermana”. En latín, hermana se decía soror, de donde proviene el francés soeur > sor “monja”. A su vez, soror deriva de sosor < svosor, que a su vez procede de otra palabra indoeuropea, svasutri, que significa “su nacida”, o más propiamente “congénita”. Puedes reconocer esta palabra en otra muy conocida, la inglesa sister, del germánico swestar.

Es curiosa la historia de sobrino. La mayoría de las lenguas han usado para esta acepción la raíz de la cual procede el latín nepote, que originariamente significaba “nieto, descendiente”, y que encontramos en el inglés nephew, por ejemplo. Ya sabrán que nepotismo es el favoritismo con los sobrinos, y por extensión con toda la parentela. A su vez, consororinus se contrajo en cosrinus, del cual procede el francés e inglés cousin, y pasó a significar tanto la relación de los sobrinos con sus tíos como la que tenían entre ellos. Pero hay muchos grados entre los sobrinos, y ya en francés tenemos la expresión premier cousin, que pasó al castellano como “sobrino primo”, y después se redujo a “primo”, reduciendo su significado meramente al de relación entre los sobrinos.

Uno de esos monstruos te llama tío, y sin querer te palpas el pecho para comprobar si te han salido mamas. Porque tío proviene del latín thius, y este a su vez del griego theios, derivado de thetios, de la misma raíz que titthe, “mama, teta”. Un tío en realidad es una tía, una nodriza, porque las hermanas de la esposa solían ayudarla en la tarea de amamantar a los bebés. Tío es una derivación posterior, ya que al principio se le denominaba con el severo nombre de patruus, procedente de pater, “padre”.

Uno de tus cuñados ha visto tu gesto y se burla a tu costa con tu cónyuge. A ti te repele, pero es su hermano y ella le adora. En latín se decia frater, de la misma raíz que el inglés brother, y originariamente significaba “el que sostiene, el que sustenta, protector”, dando a entender que todos los hijos del patriarca tenían la obligación de encontrar alimento para la tribu. Semejante acepción te parece ridícula para ese imbécil que nunca tuvo que buscarse la vida. Ni siquiera consideras apropiada para ese cornudo otra acepción, “marido”, porque en las familias antiguas el esposo debía velar por el alimento y seguridad de las mujeres. Con las familias patriarcales, donde se juntaban hermanos y cuñados, la denominación de frater podía aplicarse a cualquiera de ellos. ¿Te imaginas ser hermano de tu cuñado? Afortunadamente, más tarde se extendió el apelativo frater germanus, es decir, hermanos del mismo germen, de la misma semilla (o sea, del mismo semen), que con el tiempo se redujo a germano > hermano.

En ese momento, Su Señoría, tu suegro, te hace el honor de dirigir sus sabias y profundas palabras hacia ti, y te pregunta “hijo, ¿y para cuándo me daréis un nieto?”. Te quedas sin responder durante unos segundos mientras esbozas una sonrisa de conveniencia. Sabes que algo no concuerda en esas palabras que dirige a su yerno. Porque esa palabra deriva mediante trasliteración del latín genro < generum, que según algunos pertenece a la misma raíz que generar: es decir, que es el yerno, más que los propios hijos, quien tiene la misión de procrear vástagos para el patriarca. Pero en realidad tú sabes que generum es una derivación de gemerum, palabra que proviene del verbo griego gamo, que significa “unirse, casarse” (como en poligamia). El generum, el yerno, era en principio todo aquel que emparentaba con una familia por medio del matrimonio, incluidos los suegros y cuñados, pero al final su significado se redujo al de hijo político. De modo que, con el respeto debido a Su Señoría, le respondes mansamente que no mereces de ninguna manera que te llame “hijo”, y que de los nietos Dios proveerá.

Tu suegro se dirige entonces a una de sus nueras y le formula la misma pregunta. Tú sonríes porque en este caso el apelativo de “hija” está justificado. Nuera deriva del latín nurus, que no tiene ninguna relación con nupcia “boda” ni con núbil “joven casadera”. Nurus es una derivación de nursus < snursus < sunusus, una palabra del latín primitivo emparentada con el inglés son, “hijo”, y que significa “hija, hijastra”.

¿Has tenido bastante por esta buena noche? Quizá entonces no quieras saber que abuelo viene de aviolus, diminutivo de avus, que literalmente significa “el protector” o “el predilecto”. Ni que otro diminutivo de este mismo, avunculus, pasó a significar “tío materno”, y derivó en el francés oncle y el inglés uncle. Ni que nieto, como ya hemos visto, deriva de neptus < nepote, “descendiente”. La cabeza te da vueltas de tanto mirar a tus parientes e intentar recordar sus nombres y lo que significan. De modo que olvida todo esto, sigue disfrutando de la reunión, y procura pasar el trago cuanto antes, que mañana será otro día.

Según la historia tradicional, Alonso de Ojeda, Américo Vespucio y Juan de la Cosa fueron los primeros en explorar la costa de Venezuela en 1499. Al llegar a lo que es hoy día el Lago de Maracaibo, encontraron unos nativos cuyas casas estaban construidas sobre estacas de madera clavadas en el agua, lo que se conoce como palafitos. El italiano Vespucio encontró aquellas construcciones semejantes a las de la ciudad de Venecia, y por esa razón llamó a esa región Venezuela, es decir Pequeña Venecia, de igual modo que una plaza pequeña se denomina “plazuela”. No obstante, habría que saber hasta qué punto el -uela, del latino -ola < -ula, -ila, era corriente en aquella época, y si no habría empezado a adquirir la connotación despectiva que tiene hoy día. Por otro lado, el diminutivo de Venecia no sería propiamente Venezuela, sino más bien Veneciola (que podría haber evolucionado a Venezuela durante la formación del castellano en la Edad Media, pero no después), Veneciela o Venecilla. Y por último, las crónicas dicen claramente que a Vespucio los palafitos del lago le recordaron a Venecia, pero no dice explícitamente que a ese sitio le llamó Pequeña Venecia o piccola Venezia, sino que es una deducción posterior. Así que esta teoría tradicional ha quedado en entredicho, y se abre paso la que explicamos a continuación.

Resulta que Martín Fernández de Enciso, un geográfo que al parecer acompañaba a la expedición, afirma en su obra Summa de Geografia (1519) que junto al lago existía una gran roca plana, encima de la cual había un poblado indígena conocido como Veneçiuela, Veniçeuela o Veneçuela, que pudo haberse transformado en Venezuela por pura pronunciación natural. De modo que el topónimo del país ya no sería de origen europeo, sino autóctono, por lo que esta teoría ha sido acogida con gran entusiasmo por los intelectuales locales, aunque no sabemos si resultará de consuelo para los escasos descendientes de indígenas que aún sobreviven allí. Pero la cosa no está tan clara, ya que el texto menciona a un sito al que llaman Veneciuela, pero no dice explícitamente que los indios lo llamaran así antes de que llegasen los europeos y que, por lo tanto, se pueda concluir que el origen del vocablo Venezuela sea indígena. Además, se conoce muy poco de este geógrafo, y lo de que acompañara a la expedición de Vespucio es pura especulación: en ningún sitio se afirma claramente que viajaran juntos, y bien pudiera ser que escribiera su crónica a partir de lo que le relataron los descubridores.

De modo que el origen de Venezuela sigue en el limbo. ¿Y si en última instancia el nombre tampoco fuese indígena? O mejor dicho, ¿y si fuese indígena, pero no de los indios caribes sino de mucho más lejos, en concreto de los guanches canarios? La última teoría que ha surgido sugiere que la colonización canaria de Venezuela empezó unos cuantos siglos o milenios atrás de lo que imaginábamos. El autor se fija en la palabra guanche aguer > guera, que al parecer significa “laguna”. A continuación nos habla de la palabra de origen germano uela, que significa “onda” y por extensión “río, laguna”, y que se introdujo en el guanche hace unos dos milenios, no sabemos cómo ni por qué. Con estos datos, el autor se fija en el topónimo Wi-n-aguer > Veneguera, que al parecer se traduce por “Los de la Laguna”, y que ante la aparición del nuevo vocablo se transformó también en Veneuela. Con ese nombre viajó hasta América, puesto que, por si no lo saben, los canarios descubrieron ese continente mucho antes que Colón, los vikingos y los catalanes, y fue por arrebatarles el secreto por lo que acabaron conquistados por Castilla. Una vez en América, el vocablo se aposentó en las riberas de una pequeña laguna en las inmediaciones del lago de Maracaibo, y para adaptarse a la nueva situación echó mano del afijo ibero ci, “pequeño”: de esta forma el topónimo se transformó en Vene-ci-uela, “los de la pequeña laguna”, y así quedó congelado y sin modificarse hasta que varios siglos después aparecieron los europeos. Una perfecta muestra de viajes astrales y espaciotemporales que les dejo como ejemplo de etimología de baratillo.

Una lengua refleja la mentalidad del pueblo que la habla, tanto en el momento de crearla como en toda su evolución posterior. Rasgos que hoy nos parecen intolerables, como el machismo o el racismo, han informado la sociedad desde los albores de los tiempos, y por muchos eufemismos que empleemos siguen latentes en lo más profundo de las palabras, y a veces encuentran resquicios para barnizar o modificar por completo su significado. Caso parecido es el de los colores: dos pueblos no ven igual, o mejor dicho, sus ojos captan lo mismo, pero su cerebro lo interpreta de distinta manera. Para unos el verde es un color independiente; para otros es una modalidad de amarillo. Incluso las metáforas son diferentes: los hispanos y franceses asocian el marrón a la castaña, los anglosajones a la piel tostada. Y en una misma lengua, un color puede variar de tonalidad tras un largo periodo de exposición al tiempo: al principio, el crudo era el color de la carne destripada y sanguinolenta, hoy es el rosa desleído del cutis de un alemán recién llegado a Mallorca. Estas variaciones afectan de manera muy particular al cabello, y el ejemplo paradigmático es uno de los colores más escasos y por tanto más preciados del género humano: el rubio.

La palabra rubio procede del latín rubeus, que curiosamente significa “enrojecido, rojizo”. No se trata de que los padres del Cid sufrieran una suerte del daltonismo, por el cual veían que de las heridas manaba cerveza en vez de sangre, sino que se produjo un acercamiento de colores que devino en transferencia de significado. Verán, los escritores latinos distinguían entre una enorme gama de tonalidades, a cada una de las cuales le daban un nombre que deja en mantillas a cualquier muestrario de tintes: cerasinus “cereza”, cervinus “marrón piel de ciervo”, electricus “ambarino”, etc. Cuando en su expansión hubieron de chocar contra los guerreros celtas y germanos del norte de Italia, se fijaron en que éstos portaban unas greñas en líneas generales de color anaranjado, pero con tonalidades que variaban de un espécimen a otro: a veces tiraban hacia el rojizo, otras hacia el dorado, y las más hacia el pajizo o trigueño. Semejante amalgama no era obstáculo para los más cultos de estos literatos, antes bien, era un acicate para exhibir su pedantería, empleando o inventando un término distinto para cada ocasión. Por desgracia, en aquella época también abundaban los juntaletras que no quería perder el tiempo en tamañas disquisiciones, y englobaron todos esos tonos en lo que hoy llamaríamos “pelirrojo”. Para ello emplearon el término rubeus > rubio, así como su variante dialectal rufus > rufo.

Durante mucho tiempo, tanto rufo como rubio mantuvieron ambos significados de “pelirrojo”, con la mezcla de tonalidades antes expuesta, y “enrojecido”. Sin embargo, progresivamente se produjo una diferenciación que afectó sólo al castellano, y por influencia de éste, a otras lenguas ibéricas como el gallego o asturiano. El motivo fundamental es la irrupción del término rojo < rosso < russus, que de designar el marrón rojizo pasó a ser el genérico del color rojo. Hasta ese momento, el pelo propiamente rojo era ya patrimonio de rufo, pero debido a la economía léxica no tardó en verse suplantado por rojo, y reducido al ámbito rural. Por lo que respecta a rubio, no tuvo más remedio que correrse hacia el lado amarillo del espectro, y en su camino, acabó por cerrar el paso a otro vocablo que había hecho fortuna en las demás lenguas: el germánico blondo. No obstante, su acepción original persistió en palabras cultas derivadas de rubeus, tales como rubicundo “piel de color encarnado, lo que denota buena salud, en contraste con la amarillenta o pálida”, y por confusión, “cabello de color rubio rojizo”; rubéola “enfermedad caracterizada por erupciones rojas en la piel”; rubinus > rubín > rubí, la piedra preciosa que simboliza la pasión; o el cultismo pedante rúbeo, el cual ha mantenido el significado primitivo de “rojizo”. ¿El cobre con que se fabricaban las antiguas pesetas rubias les parecía amarillento o rojizo? En realidad su nombre procede del árabe rubiyya, “cuarta parte”, porque su valor equivalía a la cuarta parte de otra moneda, el cianí.

Recuperen fuerzas con una cerveza rubia, que vamos a emprender un viaje a lomos de rubeus, el cual es un derivado de ruber, “rojo intenso”. De esta última palabra procede el abstracto rubor, es decir, “rojez”, aplicado a la piel sonrojada por cualquier motivo, sea el calor o una bofetada, aunque ahora se use sobre todo para designar la vergüenza propia y ajena. La intensidad del rojo siempre ha servido para llamar la atención de parte de un texto, como seguimos haciendo hoy día con los lápices bicolores, o hasta no hace mucho con la cinta roja de las máquinas de escribir. Pero este truco ya era conocido desde muy antiguo, y ya los romanos escribían el título de los capítulos con tinta roja a base de minio, cinabrio o púrpura: a esos epígrafes, en particular los de libros de leyes y, posteriormente, eclesiásticos, se les llamaba rúbricas, palabra que luego pasó a designar la firma porque al principio se hacía con un signo de color rojo.

El origen de todas estas palabras se encuentra en la raíz indoeuropea rudh- o reudh-, que significa “del color de la sangre”. En latín evolucionó por un lado a la raíz rubh- > rub-, pero también se mantuvo en su forma original. Es el caso ya visto de rudosus > rudsus > russus > rosso > rojo, que de ser una palabra arrinconada a los sótanos del latín, ha pasado a doblegar a todas las demás en sus lenguas derivadas. Por cierto, no crean que acaban de probar un chiste fácil, y no asocien russus con la Rossija > Russia > Rusia comunista; en realidad, el país de Rus fue fundado por vikingos suecos, los cuales eran llamados ruotsi por los fineses y estonianos que habitaban allí. Y también se mantuvo la raíz en rutilante < rutilus, pero se produjo una vez más un cambio de significado: de refulgir como un atardecer de fuego, acabó, de igual modo que rubio, a resplandecer como el oro. Pero ha sido en las demás lenguas indoeuropeas donde la raíz rudh- ha mantenido con persistencia su significado original de “rojo”. En las lenguas germánicas evolucionó a rauthas, de donde procede el alemán rot y el inglés red. Incluso en el griego tenemos rythros, al que se le añadió una “e” para facilitar la pronunciación, y derivó en el prefijo eritro-, como en eritrocito “glóbulo rojo”, o Eritrea “País Rojo, País del Mar Rojo”.

De modo que podrán extraer unas cuantas conclusiones para cuando intenten seducir a una rubicunda rubia rubia en mano. Si la llaman “pelirroja” no es síntoma de borrachera, sino pura muestra de sabiduría etimológica. No tengan rubor en afirmar que le regalarían allí mismo una piedra rubia, es decir, un rutilante rubí. Y si quieren terminar de epatarla, en caso de que la rubia se jacte de progre rojilla, rubriquen su actuación con un “vaya, así que eres toda una rufa”.

¿Es usted un borde con sus compañeros, y se encuentra al borde del abismo de la soledad y el abandono? Quizá le guste saborear ese estado, o esté tan harto de sí mismo que prefiera gastar sus últimos ahorros en un burdel, antes de tirar su vida por la borda. Vamos a investigar un poco todo esto.

Los filólogos no se ponen de acuerdo sobre si alguna vez existió una única raza indoeuropea, de la cual descienden las etnias románicas, germánicas, bálticas, célticas, indoiranias, etc., o si algunas de estas ramas fueron siempre independientes de las otras, y su contacto se limitó a meros préstamos de palabras, y luego también formas gramaticales. Por supuesto, es mucho más romántico y sugestivo creer en un punto de origen común, una suerte de Paraíso Terrenal ario, del cual se fueron desgajando las distintas etnias y lenguas mientras se erigía una Torre de Babel superpoblada. La búsqueda de ese foco original ha durado dos siglos, y se ha localizado en el Himalaya, Irán, norte del Mar Negro, Dinamarca, Suiza, Yugoslavia… Hoy se cree que no existió una única raza original, pero quizá sí una primitiva lengua indoeuropea, que ejerció una gran influencia sobre las tribus vecinas hasta el punto de superponerse, o incluso sustituir, a su antigua lengua.

El mayor problema del primitivo indoeuropeo es que no existen documentos de cómo podría ser, y todo se basa en reconstrucciones hipotéticas, elucubraciones, a partir de comparar las diferentes lenguas derivadas (aunque las lenguas bálticas, el letón y el lituano, se jactan de ser las más fieles a la gramática y fonética del indoeuropeo). Ahora mismo existe un amplio catálogo de raíces, cuya forma precisa, al ser desconocida, admite diferentes variantes, como la que ya hemos visto dru- o drau-, ya que las palabras que se suponen derivadas han adoptado formas algo diferentes en los diversos idiomas. Estas raíces expresan objetos materiales de la época (un árbol, una oveja, una piedra…) o ideas a partir de las cuales crear palabras de significado más complejo, y que exigen un nivel de abstracción un tanto difusa para el hombre del Neolítico: la idea de ir hacia adelante, de subir, de bajar, de arrojar, de arrastrarse, de volar, etc.

Una de esas raíces reconstruidas es bhar-, con el significado de “punta, extremidad”, o incluso “uña, garra”. El dígrafo “bh” denota una “b” aspirada, que puede convertirse en “f” o incluso desaparecer. En lo que nos interesa no desaparece, sino que conserva el sonido “b” hasta las primitivas lenguas germánicas, donde derivó en dos palabras: brort, con el significado de “punta, aguja, extremidad afilada”, y bort, con el sentido de “extremidad lateral, margen”.

De brort, la aguja, derivó el verbo francés broder, que en español se convirtió en bordar, el cual originalmente significaba tan sólo “usar la aguja”. Pero ese sentido se confundió con la irrupción de bort, el margen, es decir, el borde, y bordar pasó a significar “usar la aguja en el borde”, es decir, “orlar, guarnecer, recamar”, que al ser el lugar más delicado hay que hacerlo con gran primor, e intentar que el trabajo nos quede bordado. Hay que aclarar que bordar, aunque se confunda muchas veces con coser, en realidad significa ejecutar un relieve en el tejido, una orilla, un borde. ¿Todo claro hasta aquí? Seguimos.

Sepan que bort, el borde, se convirtió en antiguo alemán en bord, donde adquirió en primer lugar el significado de “borde de madera”. Con este sentido pasó al castellano el término náutico borda, es decir, el borde superior de la embarcación, que al igual que el resto estaba fabricado en madera. Un buque tiene dos lados, dos bordas, pero en vez de llamarse “borda derecha” y “borda izquierda” el punto de referencia no fue el centro de la nave, sino el timón, que en la Edad Media se encontraba a la derecha. Así que la borda derecha se denominó según el islandés styribord , que pasó al francés como estribord , y de ahí el castellano estribor, “borda del timón”; y la izquierda se llamó a partir del holandés bacboord, que pasó al francés como bâbord, babor, “borda posterior”, porque al girar el enorme timón hacia la izquierda el piloto debe hacer tal esfuerzo que se coloca de espaldas a ese flanco. En ese punto, lo que está a su izquierda es precisamente la parte delantera de la nave, la proa, del griego prora “hacia adelante”, mientras que lo que está a su derecha es la parte trasera, la popa, del latín puppis, que según parece deriva del griego epopis, “lugar de observación” (los que no hayan estado en la Armada, que sepan que la popa es el lugar más noble del barco, donde se sitúan las estancias principales, debido a que es el punto donde menos oscila la nave y se puede uno relajar tranquilamente). ¿Menudo lío, verdad?

Pero la evolución semántica no se detuvo aquí. El germánico bord pasó a significar “listón de madera”, y después “tabla”, y por extensión “cabaña construida a base de tablas”, para diferenciarla de las tradicionales que se construían con paja. De aquí tenemos la borda, que es como se denomina en Navarra y el Pirineo a las chozas donde se refugian los pastores y animales. Pero así como en latín existía ya la taberna, derivada de tabula “tabla”, para indicar una cabaña con una tabla a modo de mostrador, que servía de hostería e incluso de prostíbulo, la nueva palabra para significar “tabla” también creó su propio tipo de cabaña: el bordellum, “tablilla” que a través del provenzal bordel nos ha llegado como burdel. El proceso es el mismo por el cual el inglés bar, que significa “barra” (del mostrador) ha pasado a denominar el local entero. Y es que en aquella época, donde los únicos que salían a beber eran los hombres, y las únicas mujeres que se encontraban eran la familia del tabernero y sus criadas-prostitutas, la diferencia entre un club y un puticlub no estaba tan delimitada como ahora.

Y en suma, ¿tiene todo esto algo que ver con que usted sea un borde? Pues no, sólo es una mezcla de palabras de diferente origen y significado que han pasado a tener la misma forma: lo que se llama homofonía, contrario de homonimia, que son palabras de distinta forma pero que significan lo mismo (como Presidente del Gobierno español, homónimo del Primer Ministro británico). Borde deriva, posiblemente, del catalán bord, y este del latín burdo, que significa “mulo”, es decir, un caballo degenerado, mestizo, bastardo de asno y yegua (lo contrario es un burdégano, fruto de caballo y asna). Burdo pasó a significar lo rústico, tosco, zafio, y ese es el sentido que también heredó nuestro querido borde.

“En este mundo podrido y sin ética, a las personas sensibles sólo nos queda la estética“, decía Makinavaja para justificar su chaqueta fucsia y su navaja ensangrentada. Obviando el cinismo, hay que reconocer que está en lo cierto: la sensiblería y el sentimentalismo forman parte, etimológicamente, del carácter de todo esteta.

La palabra estética no es de origen griego, aunque podamos creer que nació de la garganta de Pericles al contemplar la belleza del Erecteion y el Partenón. De igual modo que hidrógeno o cosmología, en realidad es un neologismo acuñado por el filósofo alemán Alexander Baumgarten a mediados del siglo XVIII, cuando empiezan a aflorar las semillas del romanticismo. Como reacción contra el racionalismo de Descartes, la ciencia mecanicista de Newton, la lógica matemática de Liebnitz, el exclusivo poder del intelecto, en suma, nuestro amigo resaltaba la importancia de las sensaciones y percepciones como medio de conocer la realidad que nos rodea. Siento, luego existo.

En una época en la que todo pensador que se preciara ansiaba no sólo crear una nueva ciencia, sino darle un nombre que perdurara por encima de las modas, Baumgarten fijó sus sentidos en una palabra latina que ya había usado Kant, aestheticus, “sensible, perceptual, capaz de sentir”, préstamo a su vez del griego aisthesis > aesthesia > estesia, “sensación, sentimiento, percepción”. Con estos mimbres, el teutón no tardó en concebir la denominación Aesthetica > Estética, con el significado de “Ciencia del conocimiento sensitivo, a través de los sentidos”. No obstante, el campo de aplicación de esta disciplina no se restringía a los cinco sentidos del cuerpo tradicionales, sino que pretendía estudiar también por qué las personas se sienten atraídas por una determinada ideología, por el carácter de una persona, por el clima de un lugar, etc. Lo que Baumgarten pretendía era descubrir por qué las personas juzgan de manera diferente lo que perciben, cómo influyen las condiciones sociales y particulares en nuestros gustos y opiniones, y su aplicación en nuestras relaciones con el prójimo. Su Estética pretendía alejarse tanto del gusto arbitrario, a merced de la opinión particular de cada cual, como de implantar unas rígidas reglas sobre el buen gusto al estilo de las del Neoclasicismo francés, que sostenía que todos los edificios debían ser copias de Versalles, y toda la literatura plagiar a Corneille y Racine.

Como suele ser habitual, los ambiciosos objetivos de Baumgarten han sido olvidados con el tiempo, y en la actualidad la Estética ha dejado de ser la psicología del sentimiento para verse reducida a la teoría de la belleza, en particular de la percibida por la vista (¿alguno de ustedes habla del goce estético al saborear un vino o un solomillo?), y el adjetivo estético se emplea como sinónimo de “artístico, bello”. No obstante, su significado original de “sensitivo, sensible”, se manifiesta en una serie de términos propios de la medicina y la psicología, fruto de la unión de estesia a determinados prefijos de origen griego. De este modo, a partir de la partícula negativa an- tenemos anestesia “falta de sensaciones, insensibilidad”; si se muestra usted insensible ante un cuadro del Greco es que tiene el alma anestesiada. De hiper- “mucho, grande” obtenemos un compuesto de significado evidente, hiperestesia “sensibilidad excesiva o dolorosa”. A partir de koinos- “común” formamos koinoesthesia > coenoesthesia > cenestesia “percepción del propio cuerpo con independencia de los sentidos externos”; no hay que confundirlo con la kinestesia o cinestesia, derivado de kinesis “movimiento”, que es la “percepción interna de la extensión, duración, posición o peso del movimiento a nivel muscular u óseo”. De la preposición para- “junto a” deriva parestesia “sensaciones anormales, tales como el hormigueo o el adormecimiento”. Y de sin- “junto, en unión” tenemos la sinestesia “experimentar sensaciones por un órgano sensitivo como si vinieran de otro órgano, tal como ver los sonidos como colores o imágenes”.

Lo más curioso de la Estética es que su acepción más habitual hoy día, constreñida al arte y la belleza visual, está en flagrante contradicción con su etimología. En efecto, la palabra aisthesis procede de una antigua raíz indoeuropea auisth-, que en latín se convirtió en auisdh-, la cual derivó en ausdire > audire > odire > oír. A su vez, dicha raíz es un intensivo de otra más antigua, auis- < aus-, que podemos encontrar en palabras griegas como aus > ous, otos “oreja”, de la cual derivan términos médicos como otitis “inflamación del oído” u otología “medicina del oído”; mientras que en latín se convirtió en ausis > auris, diminutivo auricula > oricla > oregla > orella > oreja.

En efecto, estas raíces nos sugieren que, para los antiguos, el oído era el sentido por excelencia, el medio más importante por el que percibimos el mundo, mientras que la vista, etimológicamente, está relacionada con el conocimiento, la inteligencia racional. Cómo ha cambiado desde entonces nuestro juicio de la realidad, que ahora consideramos la vista como un órgano pasivo, incapaz de discriminar ni discernir, cuyo abuso nos convierte en seres estúpidos que se tragan todo lo que nos ofrece la televisión. En cambio, el oído era y es un órgano activo, que implica prestar atención a lo que percibimos por él, atender a nuestro interlocutor, escuchar (< auscultar, de ausiculitare, derivado de ausicula < auricula, “oreja”), incluso obedecer (< obedire < oboedire < ob audire, “oír de frente, escuchar con total atención”). No son de extrañar estas acepciones, puesto que la mencionada raíz aus- deriva a su vez de otra más antigua, au- o av-, y que significa “dirigirse hacia algo, ir de frente, encontrar”.

De modo que ya vemos el largo viaje que ha emprendido la Estética desde los lejanos tiempos en los que sólo significaba oír, luego sentir, y ahora gozar con la belleza. Lo cierto es que, si queremos ser un poco fieles a la etimología, deberíamos desterrar el adjetivo estético de las obras pictóricas, escultóricas o arquitectónicas, por no hablar de la peluquería y el maquillaje de las esteticistas, y restringirlo al arte original, la belleza primordial, la que se percibe a través del sentido por antonomasia: la música.

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