Minerales y Geología


Los hombres desean a las mujeres, como las mujeres desean las esmeraldas; un equilibrio antiguo como el tiempo. Así reza un antiguo adagio, y si bien en nuestra época puede sonar a sexista y anticuado (la categoría de una mujer ya no se mide en función de las joyas de su ajuar, sino de los zapatos de Prada y los bolsos de Fendi que coleccione en su vestidor), lo cierto es que en otros tiempos fue un fiel reflejo de la realidad. Es paradigmático el collar de herretes que Luis XIII de Francia regaló a su mujer, y ésta a su vez a su amigo el duque de Buckingham, y que hubieron de ser rescatados por D’Artagnan y sus mosqueteros de los letales guantes de Milady de Winter. Por no hablar del collar de diamantes que María Antonieta se negó a pagar, lo que exacerbó el odio que le profesaba el pueblo y fue causa indirecta de la Revolución Francesa. El oro ha cegado a los hombres, y las gemas han poseído a las mujeres, podríamos simplificar. El oro mantiene su valor transformado en cualquier cosa, pero las piedras dejan de ser preciosas al ceder a su fragilidad. La belleza de lo efímero.

La esmeralda simboliza el amor, la felicidad y la fidelidad. Es la gema del amor conyugal, la que todo marido modelo y buen padre de familia debería regalar a su esposa en su aniversario de boda, en vez de perlas cultivadas o diamantes de imitación. ¿Pero ha tenido siempre esas connotaciones tan hogareñas? ¿El rubí honra la cama, y la esmeralda la casa? A ver si la etimología nos puede sacar de dudas.

La palabra esmeralda entró al español a través del francés antiguo esmeraude. El diptongo “au” se convierte en numerosas ocasiones en “o”, de forma que la palabra española debería haber sido “esmeroda”. Pero estas transformaciones tienen lugar con el tiempo; cuando los antiguos castellanos oían hablar a sus vecinos gabachos, entendían algo semejante a “esmeraad”: la “u” era casi inaudible, y dejaba un espacio en blanco que llevaba a un alargamiento de la “a”. Dado que las vocales alargadas no son propias del español, había que rellenar el hueco con otro sonido (lo que se conoce como epéntesis), y la elegida fue la “l”, como resucitación del sonido original, como veremos a continuación.

Estos cambios de consonantes son muy curiosos. El mismo proceso por el que esmeraude pasó a esmeralda sucedió, pero de modo inverso, entre esmeraude y la palabra de la que procedía, el latín vulgar esmaraldus o esmaralda. Ahora son los franceses los que no pueden pronunciar la “l” intercalada (de hecho, también les resulta muy difícil pronunciar la “s” intercalada, salvo excepciones como Espagne), así que alargan la “a”; pero como las vocales alargadas tampoco son propias del francés, la segunda “a” acaba por transformarse en otra vocal, la “u”, hasta que, finalmente, todos esos procesos han desembocado en el francés moderno emeraude (pronunciado “emerod”)

Si nos remontamos hacia atrás vemos que estos cambios fonéticos siguen ocurriendo, por la incapacidad de algunos pueblos para pronunciar ciertos sonidos, y la necesidad de cubrir el hueco que deja el alargamiento de la vocal precedente. Porque el latín vulgar esmaraldus proviene, otra vez, del latín tardío smaraudus. Y éste, a su vez, del latín clásico smaragdus, préstamo del griego smaragdos, donde detenemos de momento nuestro camino.

Smaragdos, o maragdos, no designaba propiamente nuestra esmeralda, sino más bien la aguamarina, que tiene un color verde más claro y transparente que aquella. No significa nada en griego, y de hecho no nació de esta lengua, sino que proviene de otra. Sobre este asunto hay dos teorías diferentes.

Para unos, el origen es semita, y provendría de la raíz fenicia baraq, “brillar, iluminar” (de la que proviene el apellido de Amílcar y Aníbal Barca, conocidos como “Hijos del Trueno”, aunque más bien sería “Hijos del relámpago”). La “b” y la “m” son muy parecidas, como puede comprobar cualquiera que se apriete la nariz mientras intenta pronunciar “mamá”: ese sonido gangoso es el intermedio entre las dos consonantes, y el que permite su fácil transformación. Vean el ejemplo de plumbum, que no tardó en pronunciarse como plummum, y de ahí plomo; o también palumba > palumma > paloma. Esta hipótesis es factible, y hemos de tener en cuenta que la esmeralda proviene de la India, y que pudieron ser los mercaderes fenicios los que la introdujeran en Occidente. Y, además, la palabra hebrea para designar a la esmeralda es bareqeth, que bien pudiera haber pasado al griego como bareqethos > mareqethos > mareqtos > maregdos, maragdos.

La segunda teoría busca los orígenes en el sánscrito, la lengua de los primitivos arios de, justamente, la India. Ahí nos encontramos con la palabra marakatas o maraktas, que significa “esmeralda”, y la verdad es que es sumamente fácil su transformación en maragdos. ¿Pero nació esa palabra del propio sánscrito, o es a su vez un préstamo de la raíz semita que hemos visto antes? Pues la verdad es que en esa lengua existe una raíz, marak-, que significa “luz, brillo”, aunque es perfectamente posible, por su semejanza, que provenga del semita baraq.

En suma, ya vemos cómo, en última instancia, una esmeralda no es más que una piedra que brilla, lo cual puede englobar a la totalidad de las gemas, sean del color que sean. Y la verdad es que el griego smaragdos, e incluso el castellano esmeralda, se usaron durante mucho tiempo como sinónimo de “piedra preciosa en general”. Su reducción a nuestra querida piedra verde tal vez se deba a que, para los pueblos indoeuropeos, los colores amarillo y verde claro (que en el fondo es una variante de aquel) siempre han representado la idea de brillo y resplandor, incluso en su etimología.

¿Y qué hay entonces de la felicidad que nos proporciona regalar una esmeralda a nuestra esposa, como medio de fomentar el amor y prevenir la infidelidad? Nada nos puede decir la etimología al respecto. Más bien habría que apelar al simbolismo del verde como color de la esperanza, de lo que hablaremos en otra ocasión. En todo caso, yo les recomiendo que bajen al parque con el rocío de la madrugada, cojan un puñado de hierba fresca y resplandeciente, la impregnen del aroma de un beso, y la depositen junto al desayuno que previamente habrán preparado para ella. Manifestarán mucho más amor que con todas las esmeraldas del mundo, y obtendrán mucha más felicidad.

El oro expresa sentimientos, dice un eslogan publicitario. Su brillo, su escasez, su fácil manejo y ductilidad, el hecho de que sea prácticamente indestructible, han alimentado la codicia humana desde tiempos remotos. Es el metal de los dioses y de los reyes, de las reinas y de las cortesanas. El deseo de poseerlo, incluso de crearlo, ha fomentado la guerra y la ciencia, la historia y la alquimia. ¿Qué nos puede decir la etimología sobre él?

La palabra oro proviene del latín vulgar orum, que era una contracción del clásico aurum, el cual a su vez proviene de un antiguo ausrum < ausum. Sí, la “s” se puede convertir en “r”, por increíble que resulte. En otro post ya les hablé con más detalle de estas asombrosas transformaciones fonéticas. Básteles saber por ahora que la “s” primitiva no se pronunciaba como ahora, sino de un modo mucho más sibilante, “shhh”, parecida a la forma que tienen los argentinos de pronunciar “yo”. Ese sonido evolucionó hacia otro de transición, que los latinos representaron como “sr”, los polacos como “rz” y los checos como “ř” (como en el músico Dvořák, pronúnciese “duóryak”), antes de diferenciarse definitivamente en la “r” y la “s” actuales.

Ausum proviene de una antiquísima raíz indoeuropea, aus-, que es un alargamiento de otra más antigua, us-. Podemos encontrar esta raíz en lenguas muertas como el sánscrito, y en otras actuales pero que mantienen, fosilizados, los sonidos y formas gramaticales del antiguo indoeuropeo, tales como el letón y el lituano. Estudiando estas lenguas, llegamos a la conclusión de que la raíz us- significaba “luz, claridad, resplandor”. Una de las comparaciones típicas en poesía es que el oro son las lágrimas del sol; y que, debido a que el sol fue siempre la representación de la divinidad, esa era la razón por la cual el oro se asociaba siempre a los dioses y la religión. Pero esto es una simbología posterior, porque el oro nativo, el que se encuentra en los ríos, no brilla con una intensidad semejante al del sol, tal como se nos muestra en las joyerías después de mezclarlo con cobre o plata. Tiene un brillo mucho más apagado, que es el que los antiguos veían en el cielo al despuntar el día, cuando aún no había salido el sol por el horizonte. En suma, que la raíz us- > aus-, y la propia palabra ausum > aurum > oro, nos remiten a la aurora < ausrosra < ausosa (y no al revés, como se creía antiguamente que aurora era una contracción de aurea hora, “la hora del color del oro”). El dorado, el color del oro, es el color de la mañana, entendida ésta como el rato que media desde que la claridad comienza a inundar el cielo hasta el momento en que brota el sol, y desvirtúa esa magia con sus brillantes rayos de color naranja y amarillo.

La aurora es la claridad que precede al sol, y como tal surge en el Oriente. No, oriente no procede de ningún *aurente ni está relacionado con aurum, sino que viene de una raíz que significa “brotar, nacer”. Pero en las primitivas lenguas germánicas, el oriente se denomina austo, de la misma raíz aus-, que en alemán moderno dio en ost, en inglés east, y en castellano este. El equivalente latino de austo es auster, en castellano austro. El austro era en su origen el viento que procedía del Este. Pero para los primitivos romanos, la península italiana no tenía un inclinación diagonal hacia el Sudeste, como es en realidad, sino que estaba situada verticalmente sobre el mar. De forma que, para ellos, el viento que en realidad venía del Este, del Adriático, parecía venir del Sudeste e incluso del Sur, por lo que al final el austro se convirtió en el viento del Sur, y su derivado austral pasó a significar “del Sur, meridional”. Y como del Sur viene el calor y la sequía, otra palabra emparentada con austro, austerus > austero, pasó a significar “árido, reseco”, y por extensión “severo, riguroso, áspero”. No obstante, a veces el significado original vuelve a brotar como en el caso de Austria, forma latina de Osterreich, “Reino del Este”.

El equivalente griego del austro es el euro, de euros < eusros < eusos, de la misma raíz aus-, y que significa también “viento del Este”. Pero de euro no parece provenir Europa, puesto que esta palabra siempre ha tenido la connotación de “Oeste, Occidente”, ya desde los tiempos de Homero. La explicación tradicional es que Europa (en griego Europs) es una contracción de eurys “ancho” y ops “cara”, y que haría referencia a la parte continental de Grecia, en contraposición a los archipiélagos del Egeo. Otra teoría es que proviene de una palabra fenicia, erebu, “puesta de sol, Oeste”, que aunque podría ser la correcta por el significado, no está claro cómo podría haber derivado a Europa.

Ya ven cómo hemos desviado el camino, del oro a la aurora, y de ésta al euro, unidad monetaria como antes lo fue el metal amarillo. Los caminos de la etimología son inescrutables. Otro día les hablaré de cómo se dice “oro” en griego o en inglés, y que ha tenido curiosas derivaciones en el castellano. Ahora cojan el crucifijo o el anillo de bodas, esperen al próximo amanecer sin nubes, y colóquenlo frente a ustedes, a ver si son capaces de distinguir su color del de la aurora.

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