Medicina


Los antiguos indoeuropeos se fijaron en que el agua que fluye plácidamente por un río, formando un único cuerpo que cambia de forma mientras discurre por el cauce, era diferente de la que se arroja desde las manos, un recipiente o una cascada: en este caso, el agua se rompe, se disgrega en lágrimas, se desintegra hasta que vuelve de nuevo a fundirse con la carne líquida de la que procede. De modo que al agua en esta situación la denominaron con una raíz que significa “verter un líquido”, de la cual proviene la palabra latina gutta, que derivó en castellano como gota.

La propiedad de los líquidos para deshacerse momentáneamente en gotas ha tenido siempre una gran importancia. En medicina, por ejemplo, se consideraba que las inflamaciones en las articulaciones de los pies o las manos se debían a las gotas de algún humor corrupto; de ahí que a los que sufrían tal tortura se les llamara gotosos, o enfermos de gota. La apoplejía o infarto cerebral también se denominó en otros tiempos gota, ya que se consideraba causada por gotas de sangre que obstruían el cerebro tras romperse alguna arteria. Por otro lado, el agua de lluvia cae siempre en gotas, que se infiltraban en las casas a través de las grietas o goteras, antes de que a algún arquitecto se le ocurriera conducirlas por unos canalones en la cara inferior de las cornisas, llamadas por esa razón goterones. El concepto de gotero, aunque ahora lo apliquemos en exclusiva al dispensador de suero en una cama de hospital, tiene su origen en un antiguo recipiente de cuello estrecho y boca pequeña, con el que se vertía el vino gota a gota para efectuar sacrificios, y que se utilizaba también para guardar el preciado aceite.

Cuando el mar se desborda por un barco hasta anegar el fondo y la cubierta, es preciso expulsar todo el líquido antes de que el peso le haga naufragar. Para tal fin, los marineros utilizaban una pala de madera con forma de cuchara llamada gotaza, derivado del adjetivo < guttacea, es decir, “[pala] de gotas”, puesto que al golpear el agua la convertía en gotas que volaban de vuelta al mar. Esta ardua labor se denominaba ab guttare > aguttare, “desde la gota”, es decir, “gota a gota, gotear”, porque el agua se sacaba a gotas con ayuda de la gotaza. Con este sentido original pasó al castellano como agotar, hasta que posteriormente su significado se mezcló con ex guttare > eguttare “extraer las gotas”, y de ahí procede la acepción actual de “extraer hasta la última gota”.

Gracias a la etimología, ya sabe que, si alguna vez le llaman inagotable, es que no han logrado exprimirle hasta la última gota, sea de sudor o cualquier otro fluido del cuerpo. Siempre tendrá más en la reserva, así como fuerzas que emplear de la manera que juzgue más adecuada.

Una lengua refleja la mentalidad del pueblo que la habla, tanto en el momento de crearla como en toda su evolución posterior. Rasgos que hoy nos parecen intolerables, como el machismo o el racismo, han informado la sociedad desde los albores de los tiempos, y por muchos eufemismos que empleemos siguen latentes en lo más profundo de las palabras, y a veces encuentran resquicios para barnizar o modificar por completo su significado. Caso parecido es el de los colores: dos pueblos no ven igual, o mejor dicho, sus ojos captan lo mismo, pero su cerebro lo interpreta de distinta manera. Para unos el verde es un color independiente; para otros es una modalidad de amarillo. Incluso las metáforas son diferentes: los hispanos y franceses asocian el marrón a la castaña, los anglosajones a la piel tostada. Y en una misma lengua, un color puede variar de tonalidad tras un largo periodo de exposición al tiempo: al principio, el crudo era el color de la carne destripada y sanguinolenta, hoy es el rosa desleído del cutis de un alemán recién llegado a Mallorca. Estas variaciones afectan de manera muy particular al cabello, y el ejemplo paradigmático es uno de los colores más escasos y por tanto más preciados del género humano: el rubio.

La palabra rubio procede del latín rubeus, que curiosamente significa “enrojecido, rojizo”. No se trata de que los padres del Cid sufrieran una suerte del daltonismo, por el cual veían que de las heridas manaba cerveza en vez de sangre, sino que se produjo un acercamiento de colores que devino en transferencia de significado. Verán, los escritores latinos distinguían entre una enorme gama de tonalidades, a cada una de las cuales le daban un nombre que deja en mantillas a cualquier muestrario de tintes: cerasinus “cereza”, cervinus “marrón piel de ciervo”, electricus “ambarino”, etc. Cuando en su expansión hubieron de chocar contra los guerreros celtas y germanos del norte de Italia, se fijaron en que éstos portaban unas greñas en líneas generales de color anaranjado, pero con tonalidades que variaban de un espécimen a otro: a veces tiraban hacia el rojizo, otras hacia el dorado, y las más hacia el pajizo o trigueño. Semejante amalgama no era obstáculo para los más cultos de estos literatos, antes bien, era un acicate para exhibir su pedantería, empleando o inventando un término distinto para cada ocasión. Por desgracia, en aquella época también abundaban los juntaletras que no quería perder el tiempo en tamañas disquisiciones, y englobaron todos esos tonos en lo que hoy llamaríamos “pelirrojo”. Para ello emplearon el término rubeus > rubio, así como su variante dialectal rufus > rufo.

Durante mucho tiempo, tanto rufo como rubio mantuvieron ambos significados de “pelirrojo”, con la mezcla de tonalidades antes expuesta, y “enrojecido”. Sin embargo, progresivamente se produjo una diferenciación que afectó sólo al castellano, y por influencia de éste, a otras lenguas ibéricas como el gallego o asturiano. El motivo fundamental es la irrupción del término rojo < rosso < russus, que de designar el marrón rojizo pasó a ser el genérico del color rojo. Hasta ese momento, el pelo propiamente rojo era ya patrimonio de rufo, pero debido a la economía léxica no tardó en verse suplantado por rojo, y reducido al ámbito rural. Por lo que respecta a rubio, no tuvo más remedio que correrse hacia el lado amarillo del espectro, y en su camino, acabó por cerrar el paso a otro vocablo que había hecho fortuna en las demás lenguas: el germánico blondo. No obstante, su acepción original persistió en palabras cultas derivadas de rubeus, tales como rubicundo “piel de color encarnado, lo que denota buena salud, en contraste con la amarillenta o pálida”, y por confusión, “cabello de color rubio rojizo”; rubéola “enfermedad caracterizada por erupciones rojas en la piel”; rubinus > rubín > rubí, la piedra preciosa que simboliza la pasión; o el cultismo pedante rúbeo, el cual ha mantenido el significado primitivo de “rojizo”. ¿El cobre con que se fabricaban las antiguas pesetas rubias les parecía amarillento o rojizo? En realidad su nombre procede del árabe rubiyya, “cuarta parte”, porque su valor equivalía a la cuarta parte de otra moneda, el cianí.

Recuperen fuerzas con una cerveza rubia, que vamos a emprender un viaje a lomos de rubeus, el cual es un derivado de ruber, “rojo intenso”. De esta última palabra procede el abstracto rubor, es decir, “rojez”, aplicado a la piel sonrojada por cualquier motivo, sea el calor o una bofetada, aunque ahora se use sobre todo para designar la vergüenza propia y ajena. La intensidad del rojo siempre ha servido para llamar la atención de parte de un texto, como seguimos haciendo hoy día con los lápices bicolores, o hasta no hace mucho con la cinta roja de las máquinas de escribir. Pero este truco ya era conocido desde muy antiguo, y ya los romanos escribían el título de los capítulos con tinta roja a base de minio, cinabrio o púrpura: a esos epígrafes, en particular los de libros de leyes y, posteriormente, eclesiásticos, se les llamaba rúbricas, palabra que luego pasó a designar la firma porque al principio se hacía con un signo de color rojo.

El origen de todas estas palabras se encuentra en la raíz indoeuropea rudh- o reudh-, que significa “del color de la sangre”. En latín evolucionó por un lado a la raíz rubh- > rub-, pero también se mantuvo en su forma original. Es el caso ya visto de rudosus > rudsus > russus > rosso > rojo, que de ser una palabra arrinconada a los sótanos del latín, ha pasado a doblegar a todas las demás en sus lenguas derivadas. Por cierto, no crean que acaban de probar un chiste fácil, y no asocien russus con la Rossija > Russia > Rusia comunista; en realidad, el país de Rus fue fundado por vikingos suecos, los cuales eran llamados ruotsi por los fineses y estonianos que habitaban allí. Y también se mantuvo la raíz en rutilante < rutilus, pero se produjo una vez más un cambio de significado: de refulgir como un atardecer de fuego, acabó, de igual modo que rubio, a resplandecer como el oro. Pero ha sido en las demás lenguas indoeuropeas donde la raíz rudh- ha mantenido con persistencia su significado original de “rojo”. En las lenguas germánicas evolucionó a rauthas, de donde procede el alemán rot y el inglés red. Incluso en el griego tenemos rythros, al que se le añadió una “e” para facilitar la pronunciación, y derivó en el prefijo eritro-, como en eritrocito “glóbulo rojo”, o Eritrea “País Rojo, País del Mar Rojo”.

De modo que podrán extraer unas cuantas conclusiones para cuando intenten seducir a una rubicunda rubia rubia en mano. Si la llaman “pelirroja” no es síntoma de borrachera, sino pura muestra de sabiduría etimológica. No tengan rubor en afirmar que le regalarían allí mismo una piedra rubia, es decir, un rutilante rubí. Y si quieren terminar de epatarla, en caso de que la rubia se jacte de progre rojilla, rubriquen su actuación con un “vaya, así que eres toda una rufa”.

“En este mundo podrido y sin ética, a las personas sensibles sólo nos queda la estética“, decía Makinavaja para justificar su chaqueta fucsia y su navaja ensangrentada. Obviando el cinismo, hay que reconocer que está en lo cierto: la sensiblería y el sentimentalismo forman parte, etimológicamente, del carácter de todo esteta.

La palabra estética no es de origen griego, aunque podamos creer que nació de la garganta de Pericles al contemplar la belleza del Erecteion y el Partenón. De igual modo que hidrógeno o cosmología, en realidad es un neologismo acuñado por el filósofo alemán Alexander Baumgarten a mediados del siglo XVIII, cuando empiezan a aflorar las semillas del romanticismo. Como reacción contra el racionalismo de Descartes, la ciencia mecanicista de Newton, la lógica matemática de Liebnitz, el exclusivo poder del intelecto, en suma, nuestro amigo resaltaba la importancia de las sensaciones y percepciones como medio de conocer la realidad que nos rodea. Siento, luego existo.

En una época en la que todo pensador que se preciara ansiaba no sólo crear una nueva ciencia, sino darle un nombre que perdurara por encima de las modas, Baumgarten fijó sus sentidos en una palabra latina que ya había usado Kant, aestheticus, “sensible, perceptual, capaz de sentir”, préstamo a su vez del griego aisthesis > aesthesia > estesia, “sensación, sentimiento, percepción”. Con estos mimbres, el teutón no tardó en concebir la denominación Aesthetica > Estética, con el significado de “Ciencia del conocimiento sensitivo, a través de los sentidos”. No obstante, el campo de aplicación de esta disciplina no se restringía a los cinco sentidos del cuerpo tradicionales, sino que pretendía estudiar también por qué las personas se sienten atraídas por una determinada ideología, por el carácter de una persona, por el clima de un lugar, etc. Lo que Baumgarten pretendía era descubrir por qué las personas juzgan de manera diferente lo que perciben, cómo influyen las condiciones sociales y particulares en nuestros gustos y opiniones, y su aplicación en nuestras relaciones con el prójimo. Su Estética pretendía alejarse tanto del gusto arbitrario, a merced de la opinión particular de cada cual, como de implantar unas rígidas reglas sobre el buen gusto al estilo de las del Neoclasicismo francés, que sostenía que todos los edificios debían ser copias de Versalles, y toda la literatura plagiar a Corneille y Racine.

Como suele ser habitual, los ambiciosos objetivos de Baumgarten han sido olvidados con el tiempo, y en la actualidad la Estética ha dejado de ser la psicología del sentimiento para verse reducida a la teoría de la belleza, en particular de la percibida por la vista (¿alguno de ustedes habla del goce estético al saborear un vino o un solomillo?), y el adjetivo estético se emplea como sinónimo de “artístico, bello”. No obstante, su significado original de “sensitivo, sensible”, se manifiesta en una serie de términos propios de la medicina y la psicología, fruto de la unión de estesia a determinados prefijos de origen griego. De este modo, a partir de la partícula negativa an- tenemos anestesia “falta de sensaciones, insensibilidad”; si se muestra usted insensible ante un cuadro del Greco es que tiene el alma anestesiada. De hiper- “mucho, grande” obtenemos un compuesto de significado evidente, hiperestesia “sensibilidad excesiva o dolorosa”. A partir de koinos- “común” formamos koinoesthesia > coenoesthesia > cenestesia “percepción del propio cuerpo con independencia de los sentidos externos”; no hay que confundirlo con la kinestesia o cinestesia, derivado de kinesis “movimiento”, que es la “percepción interna de la extensión, duración, posición o peso del movimiento a nivel muscular u óseo”. De la preposición para- “junto a” deriva parestesia “sensaciones anormales, tales como el hormigueo o el adormecimiento”. Y de sin- “junto, en unión” tenemos la sinestesia “experimentar sensaciones por un órgano sensitivo como si vinieran de otro órgano, tal como ver los sonidos como colores o imágenes”.

Lo más curioso de la Estética es que su acepción más habitual hoy día, constreñida al arte y la belleza visual, está en flagrante contradicción con su etimología. En efecto, la palabra aisthesis procede de una antigua raíz indoeuropea auisth-, que en latín se convirtió en auisdh-, la cual derivó en ausdire > audire > odire > oír. A su vez, dicha raíz es un intensivo de otra más antigua, auis- < aus-, que podemos encontrar en palabras griegas como aus > ous, otos “oreja”, de la cual derivan términos médicos como otitis “inflamación del oído” u otología “medicina del oído”; mientras que en latín se convirtió en ausis > auris, diminutivo auricula > oricla > oregla > orella > oreja.

En efecto, estas raíces nos sugieren que, para los antiguos, el oído era el sentido por excelencia, el medio más importante por el que percibimos el mundo, mientras que la vista, etimológicamente, está relacionada con el conocimiento, la inteligencia racional. Cómo ha cambiado desde entonces nuestro juicio de la realidad, que ahora consideramos la vista como un órgano pasivo, incapaz de discriminar ni discernir, cuyo abuso nos convierte en seres estúpidos que se tragan todo lo que nos ofrece la televisión. En cambio, el oído era y es un órgano activo, que implica prestar atención a lo que percibimos por él, atender a nuestro interlocutor, escuchar (< auscultar, de ausiculitare, derivado de ausicula < auricula, “oreja”), incluso obedecer (< obedire < oboedire < ob audire, “oír de frente, escuchar con total atención”). No son de extrañar estas acepciones, puesto que la mencionada raíz aus- deriva a su vez de otra más antigua, au- o av-, y que significa “dirigirse hacia algo, ir de frente, encontrar”.

De modo que ya vemos el largo viaje que ha emprendido la Estética desde los lejanos tiempos en los que sólo significaba oír, luego sentir, y ahora gozar con la belleza. Lo cierto es que, si queremos ser un poco fieles a la etimología, deberíamos desterrar el adjetivo estético de las obras pictóricas, escultóricas o arquitectónicas, por no hablar de la peluquería y el maquillaje de las esteticistas, y restringirlo al arte original, la belleza primordial, la que se percibe a través del sentido por antonomasia: la música.

No está clara la etimología de loco, y su derivado locura. Vamos a analizar las diferentes teorías que existen.

En portugués se dice louco, y eso suele ser señal de que la palabra original era lauco. A partir de aquí, Coromines propone que derivaría del árabe láwqa, láwq, femenino y plural del adjetivo alwaq “tonto, estúpido”. A través del castellano, la palabra se extendería después a otras lenguas románicas, como el portugués y diversos dialectos del norte de Italia. En la actualidad, esta teoría se tiene como la más probable, aunque de ningún modo firme y segura.

Otros consideran que lauco viene de las palabras griegas glauco “verde” o leuco “blanco”, dando a entender que los ojos de un enajenado pueden cegarse por completo de forma transitoria. Sin embargo, es muy difícil que una palabra griega derivara al castellano sin antes pasar por el latín, lengua en la cual no hay ninguna referencia a que los ojos de esos colores se asocien a la locura.

Si buscamos en el latín, algunos se detienen en el verbo loqui, que significa “hablar mucho, parlotear”. Es la raíz que encontramos en soliloquio “hablar solo”, elocuencia < ex loquentia “que la locuencia le sale hacia fuera, facilidad de hablar”, locuaz “parlanchín, charlatán”, ventrílocuo < ventriloquio “que habla desde el vientre”, locutorio “lugar donde hablar” y locutor, que ya sabemos que hablan y hablan por los codos. Loqui se pronunciaba “locui”, y tal vez podría haber derivado a “louqui”, aunque es poco probable, ya que eso no sucedió en los demás derivados de la palabra. En todo caso, tiene sentido considerar a un loco como alguien que habla mucho, rondando por los pasillos mientras parlotea palabras sin sentido.

Algunos se fijan en que otras lenguas indoeuropeas, como el celta o el sánscrito, tienen palabras como lokore o locaka que significan “idiota, estúpido, falto de razón”. En ese caso, loco sería una palabra de origen prerromano, de las muchas que informaron el primitivo castellano durante los albores de la Edad Media. Pero no hay ninguna constancia de ello, y sólo es pura especulación.

Finalmente, una antigua teoría hace derivar loco < lucus < ulucus o alucus. Esta palabra contiene la raíz onomatopéyica ul-, de la cual deriva el culto ulular y el vulgar aullar, que significan propiamente “dar gritos o alaridos”. Un ulucus es una especie de lechuza, cuyo sonido “uh uh” se denomina ulular. Así que un loco sería alguien que deambula por la noche, tal vez por influjo de la luna (es decir, un lunático), mientras profiere gritos y alaridos sin ningún sentido.

Algunos de ustedes, en particular los que no hayan visto jamás una tienda de barrio y toda su vida transite en centros comerciales, seguramente creerán que etimología de la palabra droga viene del inglés drug; y que no se implantó en castellano hasta que Jimi Hendrix palmó por la heroína, o cuando sus Satánicas Majestades (vaya epíteto más imbécil) dedicaron una oda a la cocaína; los más pedantes recordarán probablemente a Sherlock Holmes o Sigmund Freud, alabando las virtudes del polvo blanco ya en el siglo XIX. Pues desengáñense, señores: la palabra droga es bastante anterior a todo eso.

Situémonos a finales del siglo XVI. España es la mayor potencia del mundo, e inunda Europa con el oro y la plata de América, que va a parar directamente a las manos de los banqueros alemanes y flamencos que financian sus inútiles e incesantes guerras. Una de ellas la libran contra los rebeldes holandeses, que a falta de poder militar prefieren dedicarse al comercio. Poco a poco, aprovechando que los portugueses ahora pertenecen al opresor Imperio Español, se van apoderando de sus antiguas colonias en Asia, en particular las islas que ahora forman parte de Indonesia, y que se llamaban las Islas de las Especias. De allí traen una serie de plantas machacadas y en polvo que debido a su aroma sirven para condimentar las insípidas comidas renacentistas, junto con otras que poseen beneficiosos, o al menos insólitos, efectos medicinales. Las colocan por toda Europa en una forma que ya habrán visto en cualquiera de los repetitivos mercados medievales de hoy día, junto con la etiqueta “plantas secas” o “áridos”: en holandés droog, relacionado con el alemán trock-en y el inglés dry, es decir, “seco”.

Esta palabra pasó primero al francés como drogue, y de allí se extendió al resto de lenguas europeas. Las drogas se vendieron primero en las boticas, que ya dijimos que eran una especie de colmado donde había de todo, y que con el tiempo se quedaron sólo con las drogas medicinales. Por su parte, las alimenticias como el azafrán pasaron a venderse en establecimientos denominados ultramarinos, porque ofrecían productos de ultramar, como eran las especias asiáticas y americanas. Y las de cosmética, como los polvos para ennegrecer los ojos o blanquear la piel, se vendían en las droguerías (en inglés, drugstore, tantas veces visto en las películas), establecimientos que fueron ampliando su oferta hasta abarcar productos de limpieza y perfumería. Así que la palabra droga se fue limitando cada vez más a la medicina y farmacia, ámbito donde nacieron y se desarrollaron las drogas modernas, los estimulantes y los narcóticos.

Otra teoría hace derivar las drogas de las lenguas célticas, como el bretón o el gaélico, donde existen palabras como droug o droch, que significan “cosa perjudicial”. Pero esta hipótesis está influenciada por el sentido actual de la palabra droga, muy alejado del que tenía antiguamente y que persiste en el nombre droguería, cuando una droga no era más que un producto de herbolario. Y es que decir “droga en polvo” es una pura obviedad, una perogrullada: lo extraño, lo sorprendente, es que una droga sea líquida o gaseosa.

La primera vez que fui a Hungría, a mediados de los 90, encontré un país que había escapado poco antes de la tutela soviética y del totalitarismo de partido único, y que luchaba por asemejarse al vecino Occidente. Los alumnos desertaban de estudiar ruso en favor del inglés y el alemán, y los precios aún eran bajos para atraer a las masas de turistas que acudían a contemplar el Danubio marrón, o a fantasear con un cuerpo Danone en el balneario del hotel Géllert. Sin embargo, aún se encontraban muchos rastros de su pasado, como las carreteras llenas de Trabants contaminantes, o los horribles escaparates, impropios de cualquier ultramarinos de aldea española.

La estética publicitaria luchaba entre la modernidad de las multinacionales y el paletismo de los autóctonos. Un día encontré en la carretera un enorme cartel de una marca de zumo o extracto de naranja. “Naranja” se dice en húngaro narancs (pronúnciese [náranch]), pero al yerno del propietario se le debió ocurrir que quedaría mucho más cool un nombre que recordase al omnipresente Orange inglés. Posiblemente pensó en Orangina, pero al ser un nombre ya registrado no concibió mejor idea que bautizar a su criatura como Orina. Ni siquiera mi novia húngara, que hablaba con gran fluidez el castellano, podía entender el motivo de mis risotadas. Huelga decir que, al año siguiente, los coloristas reclamos de la orina embotellada habían desaparecido de las carreteras y de los estantes de las tiendas; y aún hoy lamento no haber aprovechado la ocasión para comprar una botella y pegar su etiqueta en mi frigorífico. (Eso sí, acabo de descubrir que existe una empresa llamada Orina, que fabrica equipamiento de moteros y ciclistas: http://www.orina.hu)

Aunque la orina adquiera un tono dorado tras ingerir diez cervezas, su nombre no tiene ninguna relación con el del oro, sino que proviene del latín urina. Tengan muy presente esta afirmación, porque no será la última vez que el oro se entrometa en este asunto a lomos de la etimología de baratillo. No está claro si urina entró en el latín como préstamo del griego ouron, de donde proviene el prefijo uro- (como en urología, “ciencia de la orina y del aparato urinario”, que casi ha quedado restringida al aparato urinario, y por extensión también el reproductor, masculino). Pero es bastante probable, conocidas las relaciones de hermandad entre el latín y el griego primitivos, que ambas palabras fuesen independientes, aunque con un origen común: la raíz indoeuropea auar- o aur-, que significa “fluir, discurrir un líquido”.

Como suele ocurrir en las raíces antiquísimas, y más si, como en este caso, están plagadas de vocales, sufren una fuerte variación con el transcurso del tiempo. Para descubrirlo el instrumento esencial es la filología comparada, y así podemos ver cómo ha evolucionado en las diversas lenguas derivadas del indoeuropeo. Por ejemplo, en las lenguas orientales, como el sánscrito de los arios de la India, la raíz se convirtió en uar- > var-, donde nos encontramos varias palabras que significan “agua” o “lluvia”. En cambio, en las lenguas celtas la raíz se mantuvo originariamente en aur-, con el significado de “agua corriente, río”, de la cual aún derivan algunos topónimos que, como se podrán imaginar, se han confundido con el latín aurum, “oro”. En el norte de Italia, antes dominio de los galos cisalpinos, nos encontramos con el río Metauro, donde pereció Asdrúbal Barca, cuando acudía en auxilio de su famoso hermano Aníbal. En el sur de Francia, tierra de los galos transalpinos, vemos también el río Hérault < Ar-auris y otros parecidos. Y en España tenemos varios ríos llamados Auria, que dieron nombre a las poblaciones adyacentes, las cuales contrajeron el diptongo au- en o- por un proceso bastante universal en las lenguas europeas. La más famosa adquirió su nombre a partir del gentilicio, auriensis > aurense > Orense. Olvídense de estupideces como que se llamó así a partir del oro de las Médulas, que navegaría por el Sil y luego el Miño hasta llegar al Atlántico; no, la ciudad recibió su nombre por el propio río Miño, y por la abundancia de fuentes termales en sus alrededores. Y en el norte de España, concretamente en Guipúzcoa, otro río Auria derivó en Oria; no, este río no era de color parduzco antes de la industrialización, y no se llamó así ni a partir del latino aurea “de oro”, ni del vasco horia “amarillo” (por cierto, esta última palabra tampoco es de origen vasco, sino celta).

Pero el propio celta acortó también la raíz en ur-, con el significado de “agua, lluvia”. De hecho, la mantuvo en una simple palabra, ur, que significa lo mismo que su homónima en euskera: “agua”. Así que creo que tenemos aquí, una vez más, un caso de palabra patrimonial vasca de origen extranjero. Y esa misma raíz es la que acabó derivando también en el latín y el griego, con el significado ya visto relacionado con la idea de “agua”. Por ejemplo, ya se imaginarán que del latín urinare proviene orinar. ¿Pero a que no sabían que otro verbo, urinari, que de haber sobrevivido también habría derivado en orinar, significa “nadar bajo el agua”? De hecho, la palabra urinator significaba tanto “orinador, meón” como “buceador”. ¿Les apetece un chapuzón en un lago de orines?

De la urina primitiva, cuando sólo significaba “agua”, algunos sostienen que deriva urna, puesto que en su origen era una botella de cuello estrecho y vientre abombado, que se utilizaba para recoger agua de las fuentes y ríos. Es la misma que podrán ver en cualquier imagen del signo zodiacal Acuario, que representaba al dios de las aguas. De hecho, una acepción de urna es la de ser una medida antigua para líquidos. En las urnas también se introducían las cenizas de los muertos, y con el tiempo adquirieron una forma cuadrangular, que es la misma que ahora nos imaginamos nada más oír la palabra urna. No obstante, ésta sigue siendo una etimología discutible, y otros prefieren derivarla de otra voz que significa “arcilla, terracota”.

En la medicina actual se utilizan especialmente los términos derivados del ouron griego. Así tenemos a la urea, que para los latinos era otra forma de denominar a la orina, pero que ahora denomina la sustancia orgánica que da a la meada su textura densa, y que al parecer es sumamente beneficiosa para el cutis. Esta misma sustancia nos la encontramos en el marisco, en forma de ácido úrico. La orina viaja de los riñones a la vejiga a través del uréter, una palabra griega que significa literalmente “orinador”, o quizá incluso “submarinista”, como vimos antes. Y sale de la vejiga al exterior a través de la uretra, del griego ourethra, “canal de la orina”. Lo relativo a la uretra y a los uréteres es lo urético; y lo que promueve la circulación de la orina es lo diurético < dia oureo, “orinar a través de algo”.

¿Recuerdan la clásica canción de los Toreros Muertos “Mi agüita amarilla”? Sale de mí un agüita amarilla… y llega a un río, la bebe el pastor… y baja al mar, juega con las medusas que tú te comes… viaja por el cielo y empieza a diluviar… tu madre lava la vajilla con mi agüita amarilla… No hay mejor explicación etimológica que ésta, para comprender de un vistazo el discurrir de la orina desde los lejanos tiempos de la raíz auar-.

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