Arte


Como todos los seres vivos, las palabras nacen, crecen, maduran, engendran su propia descendencia, evolucionan, son sustituidas por sus vástagos y bastardos, acaban abandonadas en algún asilo, y mucho tiempo después, mueren en el olvido. Así ha sucedido desde la más remota antigüedad, y mientras los hombres gocen de un mínimo de libertad, seguirá ocurriendo en el futuro. Las cambios de forma se han visto prácticamente detenidos desde que las palabras quedaron fijadas por la escritura, y en especial desde que ésta se generalizó mediante la alfabetización. Pero las mutaciones de significado no acaban nunca, y se producen a cada instante en que alguien las utiliza: cada hablante les da un matiz ligeramente diferente según sus propias circunstancias e intenciones del momento, y siempre que encuentre un interlocutor propicio, se abre el camino para que esa desviación particular se extienda al resto de personas.

Vamos a hablar de un cambio de significado no tan brutal como otros que ya hemos visto, pero que no deja de tener su enjundia. Del antiguo indoeuropeo nos ha llegado la raíz ant-, que en principio significaba “de frente”. Se aplicaba a todos los objetos o personas con las que nos topábamos en nuestro camino, inclusive el final de éste, por ejemplo en forma de límite o frontera (que, como es obvio, significa “lo que está colocado enfrente”). Ahora bien, cuando nos topamos con alguien en nuestro camino, pueden ocurrir dos situaciones: que esa persona vaya en nuestra misma dirección, y por tanto nos preceda, o que vaya en dirección contraria, y entonces nos obstaculice el paso; puede suceder incluso que la sigamos a escasa distancia, que nos detengamos junto a ella, o que la esquivemos y la dejemos a un lado del camino.

Todas estas connotaciones pasaron a las lenguas derivadas del indoeuropeo de un modo diverso, puesto que se conservaron en algunas, mientras que se perdieron en otras. En lo que nos interesa, las acepciones de “al lado” o “a lo largo” se olvidaron en la preposición griega anti- y en la latina ante-, las cuales por otro lado explotaron el resto de posibilidades.

Anti- se concentró sobre todo en el sentido de “obstáculo con que nos encontramos de frente”. De aquí procede la acepción de “opuesto, contrario, enfrente”, que es la que más se utiliza con diferencia en los neologismos actuales, como los célebres antiglobalización, antisemita, anticonceptivo, etc; o en palabras tradicionales como antagonista (< anti agones, “el que lucha contra uno, el enemigo”) o antípodas, que literalmente significa “el que anda al revés”, es decir, que se refiere a las gentes que viven al otro lado del mundo y que por tanto debería usar el masculino genérico, pero que también sirve para designar el lugar donde viven aquéllos, y entonces puede emplear el femenino: las [tierras de los] antípodas.

Sin embargo, anti- desarrolló también en el pasado otros significados derivados del original, aunque se hayan olvidado por la omnipresencia de “opuesto”, y eso lleve a muchos errores y falsas etimologías. Por ejemplo, tenemos el de “acudir al reencuentro”, y de aquí “responder, contestar”, que sobrevive en términos propios de la retórica y la poesía, como la antífona, “el que habla en respuesta, el que responde”, que es la frase con la que los fieles responden repetidamente a los salmos del cura tras la lectura del Evangelio; o la antistrofa “estrofa que responde a la primera > segunda estrofa”. Cuando alguien te responde hace lo mismo que tú, ocupa tu lugar, te sustituye, y de aquí proviene la acepción de “en vez de”, como en anticresis, que no significa luchar contra los cresos o ricos, sino “sustituir la riqueza”, quedarse con el usufructo de algo en pago de una deuda. Y para que algo te sustituya con eficacia debe ser idéntico o al menos parecido a ti, y eso nos lleva a la última acepción, “semejante, similar”, que encontramos en antílope < antalops < anti elaphos “similar a un ciervo”, o en la famosa Antígona, que no significa “ir contra un ángulo” (pentágono, “cinco ángulos”) ni “ir contra sus padres” (gonos, “generación, antepasados, padres”), sino “semejante a sus padres”, porque se encarga de mantener las tradiciones heredadas de ellos.

Por su parte, el latín ante- heredó un atisbo de los significados anteriores en la acepción “en presencia de”, es decir, lo que está ante nuestras narices. Pero sobre todo se fijó en el sentido de precedencia, lo que nos encontramos en el camino en nuestra misma dirección: lo que está antes de nosotros, lo que va por delante < denante < de in ante “desde aquí en adelante”; en suma, lo anterior, “más antes”. La Historia es un largo camino donde lo que marcha antes es lo antiguo < antiquo < antiquus, aunque ahora sólo designe a lo que va muy por delante de nosotros. Los objetos antiguos, los que nos preceden a tanta distancia que ni nos molestamos en seguir su estela, acaban por volverse trastos inútiles, que a veces conservamos por cariño o por su belleza. La labor de antiguar los objetos viejos, declararlos antiguos y cifrar su antigüedad exacta, corresponde el antiguario o anticuario, y el objeto antiguado o anticuado se convierte en una antigualla, del italiano anticaglia, que originariamente sólo designaba un objeto antiquísimo, sin el matiz despectivo que ha adquirido hoy día.

La vida, así como la historia de las sucesivas generaciones, es también un largo camino, que como es obvio es abierto por nuestros antecesores, es decir, “los que anteceden, los que caminan antes”, del latín antecessor, que en francés se convirtió en antcessetour > ancestour > ancestre, en castellano ancestro. Los que marchan por delante son los ancianos < antianus, “los que están antes”, los antiguos de la familia, y que en la Antigüedad eran quienes gozaban de mayor sabiduría y autoridad, hasta que hoy han quedado anticuados, y se les arrincona o abandona como a vulgares antiguallas.

En un texto anterior, habíamos comentado que torcer venía probablemente de tortiare < torctiare, derivado de tortus < torctus < torcitus, participio de torquere. La sílaba latina ti+vocal se convirtió en las lenguas romances en c+vocal, que en un principio tenía un sonido muy semejante a la “tz” vasca o catalana actual, o a la “cc” del moderno italiano. Este fenómeno ocurrió también en castellano, si bien la evolución fonética posterior derivó en el sonido “zeta” de hoy en día. De esta forma, como ya hemos visto, tortiare derivó a [/i]tortiere[/i], y luego se convirtió en torcere > torcer. Pero asímismo, de tortiare proviene una variante, torciare > torzar, que no ha sobrevivido en el español actual, pero del cual han derivado una serie de palabras muy interesantes.

El concepto de torcer o torzar se puede aplicar a multitud de objetos, pero ahora vamos a fijarnos en uno en concreto: los hilos. Aunque no tengan ni la menor idea de usar la aguja, sabrán al menos que un tejido se confecciona entrelazando diversas hebras en varias direcciones, hasta formar una trama tan apretada que es difícil de desligar meramente con las manos. Pero la cualidad más importante que tenían los hilos era que podían entrelazarse y retorcerse unos alrededor de otros, de manera que las finas hebras se transformaban en estrechos cordeles o incluso gruesas cuerdas con una capacidad de resistencia mucho mayor. Como podrán imaginar, semejante operación de alta tecnología cualificada exigió un cambio semántico en consonancia.

En un primer instante, nuestra lengua se empeñó en aferrarse al ya conocido verbo tortiare: pero en vez de fijarse en torcer, se inclinó por la forma torzar, de la cual derivó un adjetivo, tortialis, “torcido, retorcido”, que pasó al español como torcial > torzal. Esta palabra es la que ha subsistido para definir un hilo algo grueso compuesto por varias hebras trenzadas y torcidas unas sobre otras. Como suele suceder, el significado se ha traspasado a todo aquello semejante a un hilo, y también se utiliza para los alambres o incluso las tiras de cuero, y por supuesto el cabello: una trenza básica, que si continuara nos convertiría el cabello en una maroma capaz de sujetar un buque, se denomina también torzada.

Pero en este momento entra en escena un nuevo verbo derivado de torcer: intorquere. La preposición in-, aparte de servir de negación (in-útil), tiene el significado de “adentro, interior”. De modo que intorquere significa “torcer hacia dentro”, y con el tiempo pasó a indicar “torcerse alrededor de sí mismo, enrollarse, entrelazarse”. Si como hemos visto torquere derivó en castellano a “torcer”, intorquere debiera haberse convertido en “entorcer”. Pero una interferencia tuvo lugar: la lengua francesa que trajeron los peregrinos a Santiago, y que tuvo una profunda influencia sobre el castellano durante la Edad Media. Resulta que en esa lengua, la forma explicada antes c+vocal evolucionó hacia ch+vocal, que antiguamente sonaba igual que en castellano (de hecho, el francés fue el inventor de esa grafía que luego adoptó nuestra lengua), antes de que pasara a pronunciarse como la “sh” actual. De esta manera, para los gabachos torcere derivó en torcher, y su compuesto intorcere se convirtió en entorcher. ¿Todo más o menos claro hasta aquí? Aunque pueda resultar árido, son necesarios ciertos fundamentos de fonética para comprender la evolución de las palabras.

La manera en que entorcher se abrió paso en el castellano medieval y hasta toparse con torzal es un tanto curiosa. Entre las múltiples aplicaciones que tenían los hilos torzados, es decir, trenzados para crear otro más grueso, estaban las mechas (del francés mèche). Aunque ahora se empleen para señalar cualquier conjunto de hebras separadas del resto (como las mechas de cabellos tintados, o los mechones de pelo natural), antes esta palabra definía exclusivamente los hilos entrelazados en un cordel fino al que se prendía fuego para que ardiera: es la mecha de las velas, también llamada pabilo, o la de los cañones y barriles de pólvora. Pero incluso ésta es una innovación posterior, puesto que en un principio las mechas, en particular las de esparto, se enrollaban alrededor de un palo hasta adquirir un gran grosor; luego se le echaba alquitrán, se prendía fuego, y así podían arder sin que el viento las apagara. Los franceses llamaron a este tipo de mecha entorche, procedente de intorcta, “torcida sobre sí misma, enrollada”, que pasó al castellano como entorcha > antorcha.

De esta forma, entorchar entró en nuestro idioma como “fabricar antorchas”, pero no tardó en extender su significado a “enrollar, entrelazar cualquier cosa”. Y por semejanza, el primer objeto al que se aplicó fueron las mechas, los hilos que se retorcían para confeccionar no sólo antorchas, sino también cuerdas y tejidos. Y al llegar a este punto, el hilo entorchado francés se encontró con el hilo torzado o torzal castellano, y tras una breve pelea el recio mesetario se llevó la parte del león en el reparto del significado: así, se quedó con el significado general de “unión de varias hilos trenzados y torcidos”, y con el particular de “cordoncillo delgado de seda, hecho de varias hebras torcidas, que se emplea para coser y bordar”. Al pobre entorchado no le quedó más remedio que quedarse con las sobras de este último: “cuerda o hilo de seda, cubierto con otro hilo de seda o de metal, retorcido alrededor para darle consistencia”.

Pero hete aquí que un botín en apariencia tan exigua ha resultado ser el de más alta alcurnia y prestigio: porque un torzal puede ser cualquier hebra entrelazada, sea cabello, hilo o alambre, lo más vulgar y rastrero posible, mientras que el entorchado se utiliza en objetos de calidad y renombre. De esta forma tenemos las cuerdas del violín de Stradivarius o el piano de Liszt, así como los bordados del traje de Luis XVI o del lecho de la reina Victoria, con seda cubierta de oro y plata. Y un tipo de entorchado muy especial es el que se borda en forma de galones en las bocamangas de los uniformes de los generales y almirantes, así como de los ministros en traje de gala. El entorchado se convierte así en símbolo del rango alcanzado por cada uno de ellos: cuantos más luzca en la manga, más alto habrá llegado a la jerarquía, más triunfos tendrá en su carrera; y esa es la razón de que entorchado se emplee también como sinónimo de éxito deportivo, de medalla que añadir a la solapa para que resalte en un traje reluciente de bordados.

Como colofón, ¿saben a qué se debe el nombre de torcida brasileña, los hinchas de aquel país? Tal vez me esté tirando a una piscina vacía, y el apelativo tenga un motivo completamente trivial y diferente, pero creo que no ando muy errado. En portugués, una torcida es una mecha de algodón o trapo torcido, que se pone en las velas y candiles; es decir, una antorcha, que en esa lengua también se llama tocha. Así que es muy posible que el nombre de torcida sea una forma anquilosada de denominar a las bengalas, que tanto ayer como hoy alumbran el escenario donde los equipos de fútbol logran un nuevo entorchado o se hunden en el fracaso.

“En este mundo podrido y sin ética, a las personas sensibles sólo nos queda la estética“, decía Makinavaja para justificar su chaqueta fucsia y su navaja ensangrentada. Obviando el cinismo, hay que reconocer que está en lo cierto: la sensiblería y el sentimentalismo forman parte, etimológicamente, del carácter de todo esteta.

La palabra estética no es de origen griego, aunque podamos creer que nació de la garganta de Pericles al contemplar la belleza del Erecteion y el Partenón. De igual modo que hidrógeno o cosmología, en realidad es un neologismo acuñado por el filósofo alemán Alexander Baumgarten a mediados del siglo XVIII, cuando empiezan a aflorar las semillas del romanticismo. Como reacción contra el racionalismo de Descartes, la ciencia mecanicista de Newton, la lógica matemática de Liebnitz, el exclusivo poder del intelecto, en suma, nuestro amigo resaltaba la importancia de las sensaciones y percepciones como medio de conocer la realidad que nos rodea. Siento, luego existo.

En una época en la que todo pensador que se preciara ansiaba no sólo crear una nueva ciencia, sino darle un nombre que perdurara por encima de las modas, Baumgarten fijó sus sentidos en una palabra latina que ya había usado Kant, aestheticus, “sensible, perceptual, capaz de sentir”, préstamo a su vez del griego aisthesis > aesthesia > estesia, “sensación, sentimiento, percepción”. Con estos mimbres, el teutón no tardó en concebir la denominación Aesthetica > Estética, con el significado de “Ciencia del conocimiento sensitivo, a través de los sentidos”. No obstante, el campo de aplicación de esta disciplina no se restringía a los cinco sentidos del cuerpo tradicionales, sino que pretendía estudiar también por qué las personas se sienten atraídas por una determinada ideología, por el carácter de una persona, por el clima de un lugar, etc. Lo que Baumgarten pretendía era descubrir por qué las personas juzgan de manera diferente lo que perciben, cómo influyen las condiciones sociales y particulares en nuestros gustos y opiniones, y su aplicación en nuestras relaciones con el prójimo. Su Estética pretendía alejarse tanto del gusto arbitrario, a merced de la opinión particular de cada cual, como de implantar unas rígidas reglas sobre el buen gusto al estilo de las del Neoclasicismo francés, que sostenía que todos los edificios debían ser copias de Versalles, y toda la literatura plagiar a Corneille y Racine.

Como suele ser habitual, los ambiciosos objetivos de Baumgarten han sido olvidados con el tiempo, y en la actualidad la Estética ha dejado de ser la psicología del sentimiento para verse reducida a la teoría de la belleza, en particular de la percibida por la vista (¿alguno de ustedes habla del goce estético al saborear un vino o un solomillo?), y el adjetivo estético se emplea como sinónimo de “artístico, bello”. No obstante, su significado original de “sensitivo, sensible”, se manifiesta en una serie de términos propios de la medicina y la psicología, fruto de la unión de estesia a determinados prefijos de origen griego. De este modo, a partir de la partícula negativa an- tenemos anestesia “falta de sensaciones, insensibilidad”; si se muestra usted insensible ante un cuadro del Greco es que tiene el alma anestesiada. De hiper- “mucho, grande” obtenemos un compuesto de significado evidente, hiperestesia “sensibilidad excesiva o dolorosa”. A partir de koinos- “común” formamos koinoesthesia > coenoesthesia > cenestesia “percepción del propio cuerpo con independencia de los sentidos externos”; no hay que confundirlo con la kinestesia o cinestesia, derivado de kinesis “movimiento”, que es la “percepción interna de la extensión, duración, posición o peso del movimiento a nivel muscular u óseo”. De la preposición para- “junto a” deriva parestesia “sensaciones anormales, tales como el hormigueo o el adormecimiento”. Y de sin- “junto, en unión” tenemos la sinestesia “experimentar sensaciones por un órgano sensitivo como si vinieran de otro órgano, tal como ver los sonidos como colores o imágenes”.

Lo más curioso de la Estética es que su acepción más habitual hoy día, constreñida al arte y la belleza visual, está en flagrante contradicción con su etimología. En efecto, la palabra aisthesis procede de una antigua raíz indoeuropea auisth-, que en latín se convirtió en auisdh-, la cual derivó en ausdire > audire > odire > oír. A su vez, dicha raíz es un intensivo de otra más antigua, auis- < aus-, que podemos encontrar en palabras griegas como aus > ous, otos “oreja”, de la cual derivan términos médicos como otitis “inflamación del oído” u otología “medicina del oído”; mientras que en latín se convirtió en ausis > auris, diminutivo auricula > oricla > oregla > orella > oreja.

En efecto, estas raíces nos sugieren que, para los antiguos, el oído era el sentido por excelencia, el medio más importante por el que percibimos el mundo, mientras que la vista, etimológicamente, está relacionada con el conocimiento, la inteligencia racional. Cómo ha cambiado desde entonces nuestro juicio de la realidad, que ahora consideramos la vista como un órgano pasivo, incapaz de discriminar ni discernir, cuyo abuso nos convierte en seres estúpidos que se tragan todo lo que nos ofrece la televisión. En cambio, el oído era y es un órgano activo, que implica prestar atención a lo que percibimos por él, atender a nuestro interlocutor, escuchar (< auscultar, de ausiculitare, derivado de ausicula < auricula, “oreja”), incluso obedecer (< obedire < oboedire < ob audire, “oír de frente, escuchar con total atención”). No son de extrañar estas acepciones, puesto que la mencionada raíz aus- deriva a su vez de otra más antigua, au- o av-, y que significa “dirigirse hacia algo, ir de frente, encontrar”.

De modo que ya vemos el largo viaje que ha emprendido la Estética desde los lejanos tiempos en los que sólo significaba oír, luego sentir, y ahora gozar con la belleza. Lo cierto es que, si queremos ser un poco fieles a la etimología, deberíamos desterrar el adjetivo estético de las obras pictóricas, escultóricas o arquitectónicas, por no hablar de la peluquería y el maquillaje de las esteticistas, y restringirlo al arte original, la belleza primordial, la que se percibe a través del sentido por antonomasia: la música.