Cualidades


Todo subordinado tiene hacia sus superiores el deber de obedecerlos de frente y criticarlos a sus espaldas, y lamentar que le quintupliquen en sueldo sólo por firmar, reunirse y gritar. La ilusión de los más ingenuos es ocupar su puesto, disfrutar de sus prebendas y entregarse a la molicie; pero si supieran lo que eso significa, muchos renunciarían antes de acercarse siquiera a su sillón. Lo que distingue al que tiene madera de jefe de quien sólo aspira a ser su secretario no es que tenga más conocimientos, ni ansia de membretes o participación en los beneficios, sino que desea ejercer de jefe: es decir, mandar. ¿Y qué significa mandar? Pues ordenar que otros cumplan sus decisiones, para lo cual es imprescindible ser capaz de tomarlas: una menudencia que sin embargo escapa al común de los mortales, agobiados por las dudas mucho más que por las deudas. El jefe no necesita saberlo todo; para eso cuenta con expertos y asesores. Estos discuten durante horas sobre lo que se debería hacer, pero quien se atreve a decir lo que se va a hacer, ése será el jefe. En la disyuntiva entre esperar hasta adoptar la mejor decisión, y adoptar una con la esperanza de que sea la mejor, todo jefe que se precie elige la segunda opción. En la salvaje lucha por obtener y retener el poder, quien triunfa no es el que sabe más, sino el que aparenta saber más rápido. Como es obvio, el ansia por demostrar que se es capaz de decidir puede llevar a decisiones precipitadas, y ante la amenaza del error, surge la tentación de echarse atrás. Si rectificar es de sabios, ratificar es de listos, y aunque los cursos de training y coaching le animen a ser flexible como el junco, se arriesga a que lo tomen por un lirio endeble de tacto sedoso y mullida consistencia, que se inclina de un lado a otro a merced del viento. De modo que, una vez tomada la decisión, el jefe se aferra a ella con la tozudez del burro, a fin de que los que envidian su puesto no puedan acusarle de débil, voluble o simple incompetente. Sin mirar las estatuas de sal que deja atrás, se dispone con determinación a afrontar el fracaso y asumir la culpa; y cuando llega el desastre y la guillotina, no se esconde tras la excusa de que “yo sólo obedecía órdenes”, sino que reafirma su opinión mediante “mis órdenes no se obedecieron”. Incluso a la hora de echar la culpa a otros se precisa un carácter fuerte y enérgico: energía que nace de la confianza en sí mismo, la certeza de sus convicciones, la seguridad de realizarlas, y su voluntad de proseguir hasta el final a pesar de los reveses y los muertos.

 

Por el contrario, el dubitativo, el manipulable, el sensiblero, el débil, el blando, sufre atenazado por el miedo más paralizador: el terror a equivocarse, y luego lamentarse. El blando duda y vacila hasta la exasperación, a la espera de que los acontecimientos le ayuden a decidir con transparente claridad; o aun mejor, a que se resuelvan por sí mismos, aunque sea de manera catastrófica, y entonces su decisión no pueda ser sino aceptar los hechos consumados, y pueda echar la culpa al destino o los elementos. Señor, aleja de mí el cáliz de la responsabilidad, parece suplicar su mirada bonachona. A fin de cuentas, decidir no es sino cortar un nudo gordiano a hachazos, con un filo áspero o pulido pero de igual modo mortífero. Y si es preciso negar un caramelo a un niño, romper un contrato laboral o conyugal, o exigir a un amigo el pago de una deuda, el blando reza porque los afectados tomen la iniciativa de cumplir su voluntad y le libren a él de pedírselo. Lejos de humillarle, le alivia que su pareja le abandone por aburrido antes de que él deba sentirse cruel por hacer lo mismo. Sin embargo, bajo la excusa de que no desea hacer daño, lo que teme en realidad es ver el rostro de aquel a quien debe hacer daño. ¿Quién no se apiadaría ante los lloros y las súplicas, o unos ojos yertos de tristeza? Cual abuelete feliz de que los nietos se acerquen a él aunque sea sólo para pedirle dinero, no se atreve a zanjar las protestas con un puñetazo en la mesa, y repetir la primera palabra que aprendió a pronunciar de niño: no. Aunque quizá lo que más teme el blando es enfrentarse a alguien que no es ningún blando, y que, a diferencia de él, no huye de la discusión ni de la bronca. Aquejado de una timidez que disfraza de buenos modales, no se encara con el dueño de un restaurante por la mala comida y el pésimo servicio, sino que prefiere callar, pagar y no regresar, y a lo sumo liberar su enojo por Internet. Y cuando no tiene más remedio que luchar, la batalla es, por su brevedad, dos veces buena para su adversario: si no puede convencer mediante argumentos o súplicas, no tarda en retirarse, o en ceder a la presión ajena. Quizá se retire al baño a carraspear a fin de endurecer la voz, y ensayar gestos imperativos para la siguiente oportunidad, que volverá a desperdiciar mientras no le salgan callos en el corazón. De modo que hagan examen de conciencia, distinguidos jefes o secretarios: ¿se consideran dignos de su puesto o creen que deberían ascenderlos, o incluso degradarlos? ¿Prefieren tener un carácter más duro, más blando, o su alma rebosa de satisfacción? Veamos si la etimología puede ayudarles a decidir este asunto.

 

La palabra blando procede del adjetivo latino blandus, cuyo significado original se podría traducir como “zalamero, lisonjero”. El blando era el individuo que, armado de su voz meliflua y seductora, halagaba el oído de las damas para enamorarlas, del esposo para que disculpara su infidelidad, del poderoso cuyo favor deseaba obtener, o del maestro que blandía una vara para azotarle por perezoso. Carente de fuerza, autoridad o rostro aterrador para imponer su voluntad, buscaba someter la de los demás mediante el camino más sutil de la persuasión y demás artimañas anexas, como el engaño, la adulación, la retórica y el disimulo. Todos pueden defenderse de un cumplido, pero pocos de quien simula estar en desacuerdo contigo, hasta que al final se rinde a tu preclara inteligencia. Hacer la pelota es un arte milenario que no está al alcance de los insípidos lameculos, que acaban relegados al sótano del escalafón más por su fracaso a la hora de embaucar que a la de trabajar. Incluso la cruel naturaleza plagada de depredadores esconde huecos donde hallar un rastro de compasión: el hombre es un lobo para el hombre, pero el lobo es un niño para el lobo que le ha vencido en combate, quien no dejará de enternecerse al ver que el derrotado baja el rabo, se postra inerme ante él, orina con cuidadoso temor, y le ofrece su delicado vientre para que acepte lamerlo en vez de desgarrarlo. Muy al contrario del sensiblero de hoy día, era el blando quien acariciaba la fibra sensible de otros a fin de moverlos al amor o a la piedad y que actuaran en beneficio de él mismo, que sabía identificar con el de ellos. Dueño de una técnica que va perfeccionando con los siglos, sabía cómo manipular a su antojo los sentimientos del prójimo, y así exaltar su vanidad con alabanzas, invocar su honor a base de reproches, provocar su ira mediante burlas, y luego hundirle en la culpa y la vergüenza con lloriqueos. De modales exquisitos, dechado de urbanidad, untuoso como la miel, parece un gatito mimoso al que hubieran arrancado las uñas pero salvado la lengua rasposa. No sólo podemos verlo como el antecesor de Don Juan, sino también de los diplomáticos y cortesanos que sueltan insinuaciones tras las cortinas, conscientes de que la palabra y el mohín son más fuertes que la espada.

 

En última instancia, el blando podía convertirse en lo que conocemos como lengua de serpiente, de mirada hipnótica y susurro venenoso, que no fuerza a Eva sino que la tienta alabando sus virtudes, los méritos que le niegan por envidia, y la grandeza que le espera si tiene el valor de tomarla. En verdad que el término blandus parece aplicarse al principio no al carácter de una persona sino exclusivamente a su voz, y se piensa que su significado original era “de voz suave, halagadora, meliflua”. Esto se habría reflejado en compuestos arcaicos como blandiloquus > blandílocuo “hablar con voz lisonjera”, del que más tarde deriva blandiloquens > blandilocuente “de voz meliflua”. A semejanza de ello, una vez que el término sale de la garganta se crean otros compuestos culteranos, que les ofrezco para bañar en almíbar sus poemas y cartas de amor: blandi dicere > blandidicus > blandicus > blandiciente “que dice palabras dulces”; blandi facere > blandificus > blandífico “que actúa de modo afectuoso”; blandi fluere > blandifluus > blandífluo “que derrama gestos y palabras tiernas; meloso, empalagoso”. Si están a punto de vomitar azúcar, no les extrañe que nuestros ancestros mostrasen un enorme desprecio hacia los blandos. Más nefastos que los cuervos, que sólo arrancan los ojos a los muertos, son los aduladores ya que ciegan a los vivos. No obstante, la comedia y los bailes de máscaras siempre han hallado un público ansioso por confundir ilusión y realidad, y así en todas las cortes se odiaba a la par que admiraba a los consejeros y susurrones, que halagaban a los mismos reyes que pensaban traicionar. Taimados y oportunistas, trepaban por la escala social gracias a su pegajosa labia y al más descarnado cinismo, tanto a la hora de mentir como a la de confesar que la palabra se le ha dado al hombre para encubrir su pensamiento. Sin embargo, no crean que el blando se limitaba a los aduladores palaciegos. También era conveniente saber adular a los electores, a fin de asegurarse un cargo o una votación en el Senado: eblandita suffragia, votos obtenidos con halagos, porque sois la fuerza de la República y sólo en vuestras manos descansa su porvenir. A pesar de todo, aunque los halagos fueran sinceros o al menos piadosos, como los de una madre a su bebé, si se aborrecía a los blandos era por el concepto mismo de andar repartiendo caricias en vez de bofetadas. El músico amansa las fieras, pero el guerrero las caza; y el que inmoviliza a una víbora con una flauta en vez de con un tajo de espada, es porque quizá no se atreve a desafiar sus colmillos. Y así como la Biblia culpa a Eva de dejarse persuadir por la blanda y viscosa serpiente para luego seducir a Adán, los pueblos antiguos asociaban tal conducta suave y reptilínea a los seres que se encargaban de criar la prole y calmar la lujuria: las mujeres.

 

En tiempos pretéritos, antes de que la publicidad nos habituara a que los hombres amamanten a sus hijos con los pectorales depilados, al nacer un niño el padre se limitaba a sopesarlo con recelo, examinarlo en busca de defectos, dejar los lisiados a los perros y colocar en sus rodillas a los sanos. Acto seguido, lo dejaba al cuidado de la madre, que escoltada por las abuelas, tías, hermanas y demás familia aislaba al bebé en un cómodo pesebre de arrullos, besitos, cariños y dulces regañinas. El padre vigilaba con el ceño fruncido, que no lograba ocultar su temor. Su retoño corría el riesgo de degenerar en un mocoso cándido y consentido, que creía que el mundo era un delicioso jardín protegido por los brazos y abrazos de su madre, donde cualquier capricho era colmado con sólo alzar un lloro. Una vez que las mujeres le habían ayudado a sobrevivir de cría, el padre lo tomaba a su cargo para enseñarle a sobrevivir de adulto. Y la primera lección consistía en destetar su mente y enfrentarlo al mundo real: un entorno peligroso del que no le protegería ninguna ONG de mamás mimosas, sino que debía aprender a protegerse por sí mismo. La vida consistía en un juego de asesinos, donde quien prodigaba abrazos se quedaba sin brazos, el compasivo moría a manos de aquel a quien perdonaba la vida, y el remilgado recibía la caricia de un hacha ante sus carantoñas humanitarias. Quien no era exterminado, caía esclavizado, junto con su mujer y sus hijos, y los bienes que con tanto esfuerzo había reunido. Malaventurados los mansos, porque les desposeerán de la tierra. Y para evitarlo, nada mejor que imitar la vida con una disciplina igual de severa aun en las situaciones más triviales, a fin de entrenarse para las importantes. Y si era válida la excusa de “yo soy sólo un mandado”, no se aceptaba la de ser un desmandado; como pudo atestiguar cierto capitán romano que, tras obtener una gran victoria, fue ejecutado por su propio padre por desobedecer su orden de no atacar al enemigo.

 

Semejante educación producía pueblos belicosos dirigidos por hombres adustos e implacables, que rehuían a las mujeres para no infectarse de su delicadeza. Los espartanos pasaban el día con sus compañeros de armas, y sólo trataban a sus mujeres durante escarceos nocturnos: sin que nadie se enterase, se deslizaban a escondidas en su propio hogar, copulaban furiosamente con la esposa, y regresaban en silencio con los hombres. Aparte de engendrar hijos de su mismo temple y fortaleza, la pasión mutua se mantenía ardiente, alimentada por la espera y el morbo de compartir una relación casi secreta. Y lo más importante, tratar al cónyuge como a un amante prohibido no sólo no enternecía a los hombres, sino tampoco a las mujeres, capaces de matar a su hijo si era el único superviviente de una batalla. Por su parte, Catón el Censor, guardián de las tradiciones romanas, el mismo que terminaba todos sus discursos con etcetera delenda Carthago, “y además, Cartago debe ser destruida”, recomendaba besar a la esposa sólo cuando truene; en público, era inimaginable. La fórmula romántica de “puede besar a la novia” se traducía en que el marido acogía la mano de la esposa entre las suyas, como símbolo de su poder sobre ella. Con razón manus, la mano, acabó siendo el término habitual para designar el matrimonio. No había lugar para ñoños sentimentalismos durante la sobria Roma republicana, antes de que, o tempora o mores, los triunfos les enseñaran a disfrutar de la vida muelle. Las caricias y halagos al amado, la tristeza por su ausencia, quedaba para las charlas íntimas de las mujeres en el gineceo. Todo lo que un varón podía alabar de una mujer en las termas era su destreza en la alcoba, caso de ser su amante, o en la rueca de tejer, caso de ser su esposa. Confesar que estaba enamorado, que su gentil mirada le traspasaba el corazón, que ansiaba oír su dulce voz y que le dolían sus desplantes, era el mejor modo de que los demás hombres le repudiaran por mariquita. Incluso un latin lover, con cientos de conquistas en su calzón, sería tildado por los latinos de posible afeminado: tanta necesidad de trabar contacto con hembras era señal de que dependía en exceso de ellas, tanto como un enamorado de su amada, o un eunuco del harén que custodiaba.

 

Así que ya ven que los antiguos romanos, cuya repugnancia hacia el empalago no han precisamente heredado sus actuales sucesores, pensaban que emplear la ternura al modo de las féminas implicaba parecerse a ellas. Y como no podía ser de otra forma, tiñeron nuestra palabra de las connotaciones peyorativas que posee hoy día. El blando va poco a poco alejándose de la víbora seductora, para refugiarse en el cariño maternal y conyugal. En el calor del hogar aprende a ser afable y tranquilo, un encanto de hombre que agrada a todo el mundo con sus modales suaves y delicados. De hecho, el concepto de suavidad, tanto en el plano material como espiritual, se convierte en decisivo. El conjunto de las artes del blando, la blandimenta, no sólo comprende las caricias para aliviar las penas del alma, sino también los linimentos, los bálsamos para mitigar el dolor del cuerpo.

 

Todas estas acepciones de blandus serán las que el latín transmita a las lenguas romances, las cuales añadieron una más: aunque la dulzura posea a nuestro paladar un sabor característico, antaño se entendió como falto de sabor, es decir, falto de sal; de ahí que lo blando fuera también sinónimo de insulso, insípido, soso y, por extensión, aburrido. Y lo mismo sucedió con sus derivados, como el sustantivo blanditia “caricia, halago, atractivo” y el verbo blandiri “halagar, acariciar, suavizar”. En italiano, aún perviven blando, blanditia > blandizia y blandiri > blandire con los mismos significados que sus orígenes latinos. En cambio, en francés ha desaparecido todo rastro del antiguo bland, y sólo subsiste blanditia > blandice “encanto, atractivo” como término poético. Antes de extinguirse, pudo reencarnarse en el inglés bland, el cual nos legó la expresión bland diet, mal traducida como dieta blanda: en realidad, no se refiere a alimentos “blandos” en el sentido actual, que se deshacen en la boca y en tu mano (de hecho, incluye el pan tostado y crujiente), sino que se trata de una dieta suave; es decir, alimentos que no irritan ni estimulan el intestino, para no provocar vómitos ni diarreas.

 

¿Y qué ocurrió en español? Pues, al igual que sus hermanas, nuestra lengua recibió y conservó durante mucho tiempo su herencia romana. Es el caso de los términos antiguos y ya obsoletos blandiri > blandir “halagar, adular, acariciar” y blanditia > blandicia “adulación halago”, el cual produjo blandicioso “adulador”. En cuanto al núcleo del sistema, blando, conservará las acepciones de “suave, dulce, cariñoso”, pero irá olvidando las de lisonjero y seductor. En su lugar, absorberá las de otra palabra lejanamente relacionada, en un proceso que no siguieron las demás lenguas romances, salvo de modo limitado el portugués brando. La blandicia halagadora mutará en la blandeza mullida y tierna. El blando dejará de ser el persuasivo para dejarse persuadir, se amoldará a pacer como un asno manso y domesticado, y su meliflua voz adquirirá la textura blandengue del merengue.

 

No se me impacienten, que por muy blandos que sean al estilo latino no hallarán en mí su homónimo castellano, y esperen a que se lo explique en el próximo artículo.

El alma es, sin lugar a dudas, uno de los conceptos más defenestrados en la actualidad. Omnipresente durante milenios en todas las culturas por su íntima conexión con la religión, desde el momento en que ésta cayó de su pedestal el alma corrió igual suerte. “Cosas de curas”, se dice con desdén, incluso por parte de muchos de los que creen en algún tipo de Dios, pero difusamente en la vida de ultratumba, y de ningún modo en una réplica albina a escala diminuta, que se ennegrece cual pulmón de fumador a causa de los vicios y pecados, y que en el último momento sale revoloteando hacia las alturas. Los hombres han perdido su alma, y aún no está claro si los perros la han encontrado. En los últimos tiempos ha experimentado una resurrección, pero se ve como síntoma de infantilismo o demencia, propio de la pseudoespiritualidad New Age, el neopaganismo, sectas que adoran a Satán o al anticiclón de las Azores, creyentes en semidioses extraterrestres, y místicos de todo pelaje. Sin embargo, como la etimología les demostrará, sepan todos ustedes que aun los desalmados tienen alma, así como sus mascotas y cachorrillos, aunque no tengan el ánimo de reconocerlo.

 

La palabra alma es una aliteración de arma, a la andaluza manera, la cual es una disimilación de anma, contracción a su vez de la voz latina anima (mediante un proceso semejante a hominem > homne > homre > hombre). El origen de esta última se encuentra en la raíz indoeuropea an- o ane-, que significa “soplar, aire”, nacida probablemente como onomatopeya de la respiración fuerte y dificultosa, como es el caso de los asmáticos o moribundos. En aquellos tiempos remotos, cuando aún no existía el electroencefalograma, y se desconocía el funcionamiento y propósito del corazón, la prueba más evidente que separaba a los vivos de los muertos era que aquéllos se pasaban el rato suspirando por una nueva bocanada de aire. El hombre o animal con el cuerpo atravesado por una estaca, por mucho que se desangrara o perdiera la consciencia, aún seguía con vida en tanto respirase, y era al dejar de hacerlo cuando podía darse por muerto. La respiración se vio por tanto como el principio básico e indispensable para la vida, la fuerza elemental que sustenta, es decir, alimenta los cuerpos, y por ello debe retroalimentarse sin cesar en una sucesión ininterrumpida de jadeos. Pero en el acto de respirar, la inspiración ha sido siempre menos perceptible que la espiración, y de ahí que anima, el alma, significase originariamente “soplo”. Jehová sopla en la boca fangosa de Adán, y de este modo le insufla la vida, el aliento vital que recorre todo su cuerpo y lo mantiene en movimiento, hasta que un aciago día lo abandona sin más despedida que un último suspiro.

 

Si el anima es el soplo que permite la vida, es obvio que todos los seres que soplan, que respiran, poseen alma, incluido cualquier animal, como su propio nombre indica: animalis, el que respira, el que tiene anima; el que está vivo, en suma. Anima es una función fisiológica más, como producir plaquetas o segregar jugos gástricos, y por eso el hombre es un simple animal, por muy superior que se crea. A despecho de saber que comparte su misma naturaleza, o quizás por eso mismo, siempre ha querido distanciarse de ellos, considerándolos no sólo inferiores, sino dañinos o peligrosos, con los cuales sólo se puede tratar a palos o incluso a hachazos. Llamar a alguien ¡animal! es un insulto con el que expresamos el mayor de los desprecios hacia su comportamiento. Tal es el rechazo que profesamos a los animales, que su propio nombre nos pareció repugnante por cuanto revelaba que podían compartir nuestra misma anima, y siempre hemos buscado sinónimos para no pronunciarlo, o sin más lo hemos manoseado con guantes de hierro. Así, el conjunto de animalis era animalia, y con ese nombre pasó a las lenguas romances; pero en el Medievo se olvidó que era un plural, cambió a auimalia > alimalia, y de ahí al francés almaille, portugués alimária, y castellano alimania > alimaña, lengua en la que adquirió el sentido de bicho infecto y nocivo del cual no basta con defenderse, sino que hay que matar y erradicar de la faz de la tierra. A los animales se les ha negado el alma y a las alimañas la vida, y tanto unos como otros siguen suspirando porque les den un respiro. Quizá exhalen su último aliento en forma de dibujos animados, los cuales no respiran pero están vivos, o al menos se mueven como si lo estuvieran. Porque al ser lo más esencial para la vida, anima se convierte en sinónimo de ésta, y de ahí que animar sea dar, crear vida, como hace Frankenstein con su criatura; y que reanimar sea devolver la vida a los muertos, como el protagonista de Re-animator, y por extensión a los que están a punto de serlo, como los infartados, apopléjicos y comatosos. Los animales que aún respiran, salvo los que sirven de carne o juguete de compañía, puede que llegue un día en que caigan al suelo exánimes, de ex-animus “fuera del alma”, es decir, que han perdido el aliento y con él la vida, o se hallan tan debilitados que dan la apariencia de haberla perdido. Y sólo podrán habitar en museos bajo la piel de figuras inánimes < in-animus, “sin alma”, que llevan tanto tiempo privados de aliento y vida que nos producen la impresión de seres inanimados que nunca la han tenido.

 

Aunque nosotros hablemos del alma, considerada como una sola entidad para cada ser vivo, en las culturas antiguas se consideraba que el cuerpo humano albergaba dos o incluso tres tipos de sustancias o conceptos intangibles. En el caso de los griegos, ya desde los tiempos de Homero marcaban una distinción entre la psyche > psique, “soplo, aire”, el thymos > timo “olor, humor”, y el nous “conocimiento”. La psique era el principio esencial que sustentaba el cuerpo y lo mantenía vivo, el tenue suspiro que emparejaba al hombre con los animales e incluso con los vegetales. El aire no huele a nada, es siempre el mismo en todas partes, una sombra difusa que fluye inerte por todo el cuerpo a merced de los instintos, y aun de las necesidades fisiológicas. La psique es una boca recién lavada con un dentífrico aséptico, reproducido en serie para llenar el mundo de fotocopias de besos con sabor a flúor. Por el contrario, el timo, el olor, es el aliento personal e intransferible, impregnado de los humores que fermentan en el interior de cada uno: sus deseos, odios, anhelos, angustias y temores, que lo empujan a la acción y lo diferencian del resto de sus semejantes. La psique da vida al cuerpo, pero el timo lo llena de vida. La psique es el principio pasivo, la esencia vital, mientras que el timo es el activo, la fuerza vital. En el timo residen los afectos y pasiones, es el coraje y el fervor que impulsa a los reyes a buscar la gloria en lejanas tierras, a los guerreros a matar y saquear, a los poetas a desangrar la vida en versos, a los artistas a morir por la belleza, a los amantes a huir del marido y la sociedad, a los ricos a seguir enriqueciéndose, a los derrotados a suicidarse… El timo no es tenue sino denso y caliente como la sangre, un fuego que quema en el pecho y en especial en el corazón. El aire inspirado, la psique, templa y enfría su ardor, de modo que acaba convirtiéndose en la voluntad y el carácter capaz de dominar las pasiones desmedidas. Y en ese proceso de refrigeración, el timo llega incluso a absorber las funciones del nous, que se nos había quedado colgado, y que era la sustancia encargada de la razón, el conocimiento, y el pensamiento: en suma, la inteligencia.

 

Trasladados estos conceptos a los textos latinos, la psique se traduce por anima, a la cual corresponde de manera literal, mientras que para timo se escoge el término animus, el ánimo. No está claro si ambas palabras son hermanas, o si una nació de la otra; o quizá anima llegó al latín directamente desde el indoeuropeo, mientras que animus vino como calco del griego anemos, el viento que sopla del mar o las montañas (y por extensión de una garganta animal o humana), y del cual procede anemómetro, “instrumento para medir la velocidad del viento”. Sea como sea, podemos observar que animus, el principio superior, la parte más noble del ser humano, es masculino, mientras que anima, el principio inferior, que iguala al hombre con los animales, es femenino. Es una dualidad semejante a la que existe en todos los cuerpos animados, porque tanto animus como anima se consideran partes indisolubles de un mismo principio y comparten la misma naturaleza, aunque tengan una jerarquía: el masculino controla al femenino, lo que responde a la mentalidad de la sociedad romana, donde toda mujer se hallaba siempre bajo la autoridad de un tutor varón, fuera éste su marido, padre o hermanos.

 

El ánimo, a semejanza del timo, es originariamente el asiento de las pasiones y los apetitos, sean positivos o negativos. De ahí vienen expresiones como refrenar los ánimos, que es lo mismo que “refrenar los arrebatos, la ira, las pasiones”; o a causa del ánimo, en latín animi causa, que no significa propiamente “por causa del ánimo” sino “por placer, por diversión”. Asímismo, derivan una serie de expresiones y vocablos que mezclan las acepciones de “coraje, valor”, “esfuerzo, energía”, como dar ánimos “infundir valor, infundir energía”, o su contrario perder el ánimo. Estas expresiones equivalen al verbo animar, el cual ya vimos como derivado de anima con el significado de “crear vida”, y a su opuesto desanimar, de los cuales procede a su vez el reflexivo animarse “tener valor, tener energía”. El que posee ánimo es un animoso < animosus, es decir, “valeroso, ardiente, enérgico”. Pero el valor y el ardor llevados al paroxismo pueden desembocar en la soberbia y la ira, que cuando se dirige contra alguien conduce a la hostilidad y la beligerancia; de ahí que la cualidad de animoso, animosidad, adquiera en el latín eclesiástico el sentido de “aversión, ojeriza”, de donde pasa al francés y de éste al castellano en el siglo XIX. Pero al igual que el timo, el ánimo también templa los ánimos, refrena sus instintos y se vuelve cauce de la voluntad y los deseos; de ahí expresiones como tener ánimos, “tener deseo o voluntad”; con ánimo de “con deseo o intención de hacer algo”; o tener en ánimo “estar decidido, estar resuelto, tener la intención de hacer algo”. Y de igual modo, llega un punto en que el ánimo absorbe las funciones del nous, la mente, y se confunde con la inteligencia. No sólo es el refugio de las pasiones, los sentimientos y la voluntad, sino también del pensamiento, la razón, el juicio y la memoria. Se convierte en el principio pensante, el alma racional, opuesto al anima, el principio vital, el alma irracional. Es todo aquello que permite al ser humano superar su condición animal y hacerse persona, de forma que no se limita a reaccionar de manera instintiva ante las pulsiones inmediatas, sino que puede analizar su comportamiento y su entorno, y fijarse un proyecto de vida a largo plazo. Este sentido global es el que encontramos en la palabra animadversión < animum adversio, “volver el ánimo, la voluntad, la mente hacia algo”, de donde “observar, fijarse, advertir”; pero no tardo en adquirir un matiz de censura y reprobación, y pasó a significar “castigar con severidad”, hasta que en el siglo XVII tomó el sentido de “ojeriza” por influencia de aversión y de la animosidad hostil; y también porque todos saben que si un profesor me censura y castiga, no es porque yo me porte mal, sino simple y llanamente porque me tiene manía.

 

Esta dicotomia entre animus y anima, razón y sinrazón, se difumina cuando se traducen los textos de nuevos filósofos griegos. En su afán por encontrar el término que mejor se adapte a sus propias ideas, empiezan a arrinconar al timo (que había pasado a significar “calor, ardor”) y buscan otro término que refleje la idea original de aire y respiración. El elegido es pneuma, que como todas los demás que estamos tratando aquí significa “soplo, viento, suspiro, aliento”, y cuya traducción literal al latín es spiritus > espíritu. El espíritu sopla donde quiere y tiende a sustituir a animus como alma que regula la sensibilidad y la inteligencia del hombre. Como si quisiera rellenar ese vacío, el anima, el alma vegetativa e irracional, amplía su significado y se utiliza muchas veces con el sentido de animus. Es el caso de una serie de derivados indistinguibles de uno u otro, como aequanimus > ecuánime, “de alma o ánimo igual, constante, inalterable, imparcial”; magnanimus > magnánimo, “de alma o ánimo grande, elevado”; unanimus > unánime, “que actúa con una única mente, voluntad, sentimiento”; o longanimus > longánime, “que posee largueza de alma o ánimo, generosidad, clemencia”.

 

Con el latín eclesiástico y la Escolástica medieval, la confusión entre anima y animus, alma y espíritu, es completa y definitiva. El motivo es de índole teológica. Ya hemos dicho que los griegos y latinos, como reflejo de una concepción común a todos los pueblos primitivos, consideraban ambos conceptos como contrapuestos y de diferente jerarquía, pero a la vez indisolubles y que compartían la misma naturaleza. En el momento de la muerte, el ánimo, el timo, el alma racional y sensitiva que proporcionaba la fuerza vital al cuerpo, desaparecía para siempre a la muerte de éste. Privado de él, el ánima, la psique, el alma irracional, salía del cuerpo en el último suspiro y pasaba a vegetar en el infierno como un fantasma sin conciencia ni sensaciones, sombra difusa de la persona que había habitado en la tierra. El Cristianismo suprimió esta diferencia: ya no existen dos almas, una irracional e inmortal, y la otra racional pero mortal; por el contrario, ambas se funden en una sola, inmortal y de la misma naturaleza que Dios, quien la infunde en el cuerpo de los hombres en el momento de su concepción, y al que regresa tras la muerte de éstos hasta la resurrección final. El alma sólo mantiene con la respiración un vínculo metafórico: es un préstamo que Dios concede en usufructo a los hombres, y por lo tanto éstos deben devolverla intacta, y no pueden disponer de ella como ni cuando les apetezca. No sólo el homicidio, sino el suicido está también prohibido, al igual que la eutanasia: como dice San Isidoro, “la vida puede seguir existiendo aunque falte el “ánimo”; y el “alma” subsiste aun careciendo de inteligencia”.

 

Anima pasará como “alma” al castellano, si bien mantendrá una diferencia por obra del latín eclesiástico: conservará la forma romance entre los vivos, y regresará al latín cuando se trate de difuntos, como las ánimas del purgatorio. Espíritu se convierte en mero sinónimo de alma, aunque mantendrá ciertas diferencias como eco de que en su origen era un concepto más elevado que ésta: esa es la razón de que digamos “pobre de espíritu”, pero no “pobre de alma”, o desalmado “sin conciencia, sin corazón”, en vez de desespiritualizado. En cuanto a animus, sepultado por el alma y el espíritu, no sobrevivirá en las lenguas romances. Algunas, como el español e italiano, lo recuperarán como cultismo, razón por la cual se dice ánimo y no almo. Y en el siglo XX resucitará por obra del psicoanálisis, que lo convierte en la parte racional y lógica del alma femenina, como oposición al anima, ahora reducida al lado afectivo, pasional e irracional del alma masculina. Dos mil años después, los animales aún no han recuperado su alma, pero hombres y mujeres siguen empeñados en separar la suya.

 

 

La etimología es la ciencia que trata de indagar el origen y evolución de las palabras, tanto en el plano formal (por qué decimos mucho si procede de multus) como sobre todo el semántico: qué significaban en un principio, lo cual nos puede dar una idea de lo que significan realmente ahora. Pero hay que tener en cuenta que, si bien la evolución formal suele ser lenta, la semántica es mucho más rápida: cada hablante añade un pequeño matiz a una palabra, y si tiene éxito y lo contagia al resto de hablantes, la acepción cambia con respecto a la generación precedente. Por otro lado, cada palabra que deriva de otra no sólo hereda esos matices de significado, sino que añade los suyos propios, con lo cual aumenta progresivamente la distancia con respecto a las palabras que proceden de la misma raíz, como esos primos en décimoquinto grado que, aunque desciendan del mismo recontratatarabuelo, nadie en su sano juicio considera que son parientes. Por esa razón, el mayor peligro para un aficionado a la etimología es analizar una palabra a partir de un diccionario actual, el cual indica lo que significa en ese momento, que puede y suele ser muy diferente de lo que significaba en sus orígenes. Luego vienen las falsas conexiones con palabras homónimas, como pensar que dos niños son primos porque ambos tienen la nariz aguileña, las teorías delirantes que conjugan el tocino con la velocidad, y las empanadas mentales que acaban en el ridículo y el desprestigio… en suma, la etimología de baratillo. Analicemos el caso de la adolescencia.

 

En más de un libro de psicología he leído que un adolescente es aquel que adolece. ¿Y qué significa adolecer? La acepción vulgar y corriente es “faltar, privar”: adolece de información, leemos en los artículos de muchos periodistas que pretenden pasar por cultos, intercalando palabras extrañas para disimular que, justamente, “adolecen” de información y formación lingüística. Este sentido de adolecer se halla tan extendido que no tardará en ser admitido por la Academia, y caen en saco roto las advertencias de quienes explican que ese verbo significa realmente “padecer, sufrir”: la frase correcta debería ser adolece de falta de información, pero se hace tan larga, y suena a la vez tan rebuscada, que la indigencia y la pereza verbal la reducen a lo ya visto. Pero en ese momento, una vez ridiculizados los periodistas que van de cultos, intervienen los que van de más cultos, y nos instruyen sobre su teoría de los adolescentes: seres que padecen el conflicto entre una pubertad de la que tratan de escapar, y una madurez a la que desean y a la vez temen llegar, lo que les ocasiona un sufrimiento que se manifiesta psicosomáticamente en acné, masturbación y botellón contestatario. Bien, pues ahora me toca a mí ir de aun más culto y les digo que esta bonita teoría esta edificada sobre arena. A-dolecer es la forma antigua en que el castellano asumió dolecer < dolescere (hoy las reglas de derivación son más simples, y diríamos *dolecear), que significa “doler, causar dolor”. Por su parte, un adolescente es, literalmente, “el que está creciendo”, sea de modo doliente, paciente o sonriente. No, adolescente no deriva tampoco de una mezcla de ambas raíces, como también he leído en otros sitios: en inglés y francés nunca se creó ningún a-dolescere, pero sí adolescent desde el Medievo.

 

El verbo latino adolescere significa “comenzar a crecer”, y es un compuesto del verbo adolere “crecer” y el sufijo incoativo -scere (el cual indica el comienzo de la acción, como en negrescere > ennegrecer, propiamente “comenzar a ponerse negro”). A su vez, este verbo adolere se compone de dos palabras: la preposición ad, que indica dirección o proximidad, y el verbo alere, que en compuestos adquiere la forma olere (ya les hablé de que la a y la o pueden confundirse muchas veces en un sonido intermedio, como sucede en húngaro e inglés). Por su parte, este verbo alere significa simplemente “nutrir, dar de comer”, y lo pueden reconocer en su derivado más famoso: alimento, es decir, “nutrimento, lo que sirve para nutrirse”. Fíjense, futuros imitadores de Tolkien, en el modo natural de inventar nuevas palabras a partir de la derivación y la composición: para los latinos, el concepto de “crecer” no sale de la manga, sino que es la evolución lógica de “nutrir hacia [arriba]”. No obstante, hay que decir que este sentido ascendente es una perogrullada, por cuanto viene incluido en el propio verbo alere, el cual procede de la raíz indoeuropea al-, que significa “mover hacia arriba, levantar, alzar”.

 

A la adolescencia se la denomina de manera coloquial la “edad del pavo”, posiblemente porque es una época de especial sensibilidad, y al púber se le sube el moco del pavo (es decir, el rubor) ante cualquier tontería. Sin embargo, según la etimología hay que concluir que esta expresión significa que el adolescente está creciendo a marchas forzadas, y necesita por tanto un sustancioso alimento material y espiritual, para lo cual se atiborra el vientre de hamburguesas y el cerebro de vídeos porno. Quien está siendo alimentado, sea de cuerpo o mente, se denomina en griego alomenos, cuyo equivalente latino es alumenus > alumnus > alumno. Por muy adecuados que sean los conocimientos con los que pretendan alimentar nuestro futuro, o quizás por culpa de ello, la vida de alumno puede llegar a ser muy amarga, pero no por ello hay que relacionar alumenus con alumen “sal amarga”, de la cual proceden alumbre y aluminio. Los días de examen, cuando nos hemos alimentado mucho de cubatas y poco de libros, es tiempo de encomendarse a los santos o a la Virgen, para que nos proteja en su regazo como a un niño de pecho. La Virgen es el Alma Mater, que no significa “madre del alma”, sino “Madre nutricia, madre que alimenta a su bebé”; era la patrona de la Universidad de Bolonia, la primera del mundo, y por eso se denomina alma mater a cualquier universidad, y por extensión a las escuelas o academias donde se nutre de conocimientos al alumno.

 

Según la alimentación que reciba el alumno, unida a sus características fisiólogicas y al ejercicio que practique, su cuerpo adquirirá más o menos fuerza, y soportará en diferente medida las enfermedades e inclemencias. De igual modo, es en la adolescencia cuando se forja su carácter, que será más o menos fuerte según su alimentación espiritual, sus características psicológicas y la moralidad que practique. Los latinos denominaban al carácter “alimento o crecimiento interior”, o indu-ales, forma arcaica de la preposición in (equivalente al griego endo) y el sustantivo ales, derivado del verbo alere. Esta palabra se contrajo en indoles, que pasó al castellano como índole, y extendió su significado primero a la naturaleza de las personas en cualquier edad, y luego a la de las cosas. La índole de un adolescente puede ser tímida, estudiosa, honesta, hijadeputa e incluso indolente, que significa literalmente insensible al dolor (in-dolere, no doler), y que extendió su significado a mostrarse insensible ante cualquier cosa: alguien que pasa de todo y no muestra interés por nada. No, indolente no tiene nada que ver con índole ni con el tema que nos ocupa: es otro ejemplo de la confusión entre palabras cuasi-homónimas; como la que sufrían los latinos entre estos dos términos y el verbo indolescere, que no significa “no doler” sino todo lo contrario, “sentir un dolor profundo”, y que está relacionado con nuestro querido adolecer. Ya vemos que el lío que tenemos hoy con respecto a lo que a-dolecen los ad-olescentes cuenta con una larga y gloriosa tradición.

 

Pero todo lo malo se acaba, y llega un día en que el alumno, el que se está nutriendo, ya está completamente nutrido: se convierte en alitus, participio de alere, contraído en altus > alto. Un adolescente es alto porque está bien alimentado, al menos en lo que al cuerpo se refiere: se ha hecho grande, tanto a lo ancho (a veces, demasiado ancho) como a lo largo. Este sentido de estatura fue el que terminó por prevalecer, y lo alto acabó siendo lo que se eleva o alza < altiare sobre la tierra; o sobre los hombres, y de ahí la connotación de noble, ilustre, excelso, que tiene un Alto Tribunal o la Alta Costura. No obstante, el significado original de alto permaneció en otras expresiones. Por ejemplo, mantuvo el sentido de “grande, enorme”, mezclado con el de “superior, por encima” que había adquirido a través de los ilustres adolescentes altos, y el resultado fue un sinónimo de “superlativo, máximo”, como en la alta traición o los centros de alto rendimiento. Y por otro lado, hemos dicho que lo alto pasó a significar lo largo, pero la longitud puede manifestarse tanto hacia arriba como hacia abajo: de ahí el significado de “profundo” que vemos en la alta mar.

 

El adolescente alto está ya nutrido, alimentado, y debido a que esto se manifiesta en un aumento de masa corporal, el propio verbo alere pasó a significar también “crecer”. Pero ya hemos dicho que esta acepción es la propia del verbo adolescere, que ahora, al final del camino, recupera de nuevo su primacía. El adolescente, el que está creciendo, llega un infeliz y ansiado día en que está completamente crecido: está adolitus, contraído en adultus > adulto. Su cuerpo ha llegado a la madurez y deja de crecer por mucho que lo alimente. Ante él se inicia el resto de su vida, en el que puede optar por seguir nutriendo su espíritu en algún alma mater, o también nutrir a otros, proalimentar, pro-ales > prole. Alguien con la facultad de criar prole, engendrar progenie, es un prolífico, como los conejos o los pollos que se fabrican industrialmente para llevarlos de inmediato al matadero. El mismo destino que solían tener los proletarios, ciudadanos romanos que vivían en la miseria y peor que muchos esclavos, cuya única utilidad pública era engendrar hombres para el ejército, pero que sólo podían costearse un armamento ridículo, y por tanto sólo servían para hacer bulto y dejarse matar. Lo mismo que les esperaba a los proletarios del siglo XIX, aunque a éstos se les encontró también la utilidad de engendrar brazos para las fábricas.

 

Quizá sea también éste el destino que le aguarde a nuestro adolescente una vez sea adulto. En todo caso, hay uno del que no podrá escapar: desnutrirse, en latín ab-alere > abolere > abolir. Llega un momento en que su cuerpo ha crecido demasiado y empieza a decrecer de manera acelerada. Hemos visto que “crecido” se decía en latín altus, y de su misma raíz procede el germánico alt, del que derivó el inglés old, que significa propiamente “demasiado crecido”, y de ahí “viejo”. Este mismo sentido lo podemos encontrar en expresiones como “a altas horas”, que equivale a decir “crecida, de edad avanzada, envejecida la noche”. El antiguo adolescente es ahora un viejo cuyo cuerpo se ve privado de alimento, de vida, por la enfermedad y el tiempo. Adolece de falta de energía interna, de suerte que su existencia queda extinguida, suprimida como una ley caduca que ya no sirve para la nueva generación que ocupa su lugar.

 

¡Oh Maravilloso Nuevo Mundo, un mundo feliz donde la vejez queda abolida, y la vida es una continua e indolente adolescencia!

 

 

A la mayoría de ustedes, supongo, les crecerá horizontalmente el ego cuando otra persona de su sexo predilecto les dice que “está muy bueno”; aumentará de manera exponencial cuando añade “y es muy bueno”, dando a entender que se refiere a labores camastrales, y subsidiariamente culinarias o de bricolaje; y menguará en la misma proporción cuando remata “pero es un buenazo” o “tiene cara de bueno”, con un tono burlesco bajo una capa de conmiseración. Bondad y belleza se nos antojan términos antitéticos en esta época de exacerbada sexualidad, y todo lo más se asocian en un contexto monjil o infantiloide, de recatadas novicias con la bendita expresión de quien ha soñado con Dios, o de ingenuos querubines que aún no han manchado su cuerpo con la masturbación. Los valores humanos cambian, y el supremo ideal de virtud entre los griegos, kalos kai agathos, bello y bueno, ha expirado bajo el peso de lo absoluto e impracticable. ¿Qué pensar de un mortal a quien le fuera dado contemplar la belleza pura?, se preguntaba Platón. Hoy lo tildaríamos de beato sensiblero, y le daríamos un escapulario o una acuarela en tonos pastel para entretenerse, mientras nos deleitamos atisbando la carne hecha animal instintivo, promesa de un corazón impredecible y demoniaco. La belleza se marchita tras una ventana diáfana. La Victoria de Samotracia con rostro de ángel caído vuelve a ser más hermosa que un bólido de carreras.

La palabra bueno deriva del latín bonus, pero por inscripciones de la época de Aníbal sabemos que es una evolución del arcaico dvonus < dvenos. Y aunque hoy día pocos aceptan que se les tilde de “buena persona”, y apelan a eufemismos como “honrado, honesto, justo, leal, de confianza…”, o incluso “humanitario” o “sensible”, en su origen esta palabra era merecedora del mayor de los respetos. Tanto es así, que dvenos procede de una antigua raíz, du- o deu-, que significa, efectivamente, “respeto, poder, honor, veneración, adoración”. A través de palabras derivadas en otras lenguas indoeuropeas, como el alemán o el celta, podemos afinar la etimología y perfilar mejor las características de la bondad primitiva, la cual va unida desde el principio al concepto de preeminencia y superioridad. El buen señor se equipara al buen padre, o incluso al Buen Pastor, que no es un zagal prepúber que da golosinas a las ovejitas mientras les acaricia la lana, sino un hombre de barba severa, que las lleva a los mejores pastos sólo a cambio de que se dejen esquilar, ordeñar y matar, y las protege del lobo no por compasión sino por satisfacer su propio interés. El buen señor es rico (en latín, dives, de la misma raíz) en cosas buenas o bienes < benus < dvenos, que le procuran un opulento bienestar; pero es al mismo tiempo generoso con sus súbditos, ya que les devuelve en ocasiones parte de lo que éstos le han regalado previamente como muestra de respeto. El buen señor es poderoso y fuerte, robusto como los muros tras los cuales se guarecen los súbditos que pagan sus tributos. Cuando es capaz de brindarles esa protección, y les abre sus graneros en tiempos de hambruna, éstos le consideran alguien eficaz, bueno en su oficio de padre y señor. A su sombra nadie sufre miedo ni privaciones, es una roca sólida que proporciona estabilidad y seguridad, tanto la física como la de conocer de qué cuerda penderás cuando faltes a sus leyes. El buen señor no se comporta de forma arbitraria, sino justa, pues castiga a los pillos y desleales, y recompensa con largueza a sus fieles, a quienes ofrece dádivas para reafirmar su lealtad, o procura una muerte rápida cuando dejan de ser útiles. Los fieles súbditos ven así cómo obedecer al buen señor enriquece su alma y su hacienda, de modo que el deber cumplido les hace sentirse felices y afortunados, es decir, beatos. Así que corren a presentarse ante su casa, y le saludan deseándole un buen día, o sea, “afortunado y propicio día”, y que tenga buena suerte en sus negocios, que equivale a desear una beata suerte, o incluso la suerte de los beatos. ¡Dios, qué buen vasallo el que tiene buen señor!

Agradecidos por su inmensa bondad, los súbditos del buen señor nunca cesan en sus muestras de respeto, y le honran y veneran como si fuese un dios. Y lo cierto es que la raíz du- puede tener alguna relación con diu-, “brillante”, de la cual proceden Dios y divinidad. El Dios del Antiguo Testamento es la perfecta encarnación de la bondad primigenia, entendida ésta como el poder supremo y absoluto sobre Sus criaturas. Éstas no entienden a menudo Sus motivos, lo juzgan caprichoso y despótico, y aunque temen Su cólera le obedecen por miedo en vez de respeto. Craso error, porque el buen Dios es quien sabe qué es lo correcto y justo, es decir, qué es el bien; y lo sabe mejor que nadie por la sencilla razón de que Él es quien decide lo que es correcto y lo que no: Dios es la fuente última del bien, el ser benigno < benigenus “que engendra el bien” por excelencia. Y como es benévolo “que desea el bien”, es por lo que Yahveh impone sacrificios a Sus fieles y holocaustos a los apóstatas, promete tierras a quienes le sirven y envía plagas a quienes se resisten. Y aunque no lo merezcamos ni comprendamos, hemos de considerar Sus duras pero justísimas pruebas como un premio a nuestra fidelidad, un parabién, ya que son para nuestro bien. Pues aquellos que conservan la fe a pesar de tanto sufrimiento, el buen Dios considera que han hecho méritos para merecer el supremo bien y parabién, es decir, son beneméritos; y Yahveh se lo procura por medio de una bendición, o sea, diciendo el bien, como la que se dispensa en el momento de la muerte, a fin de que los beatos benditos pasen a sentarse a Su diestra en el cielo.

Sin embargo, tanta muestra de generosidad por parte del buen señor se cobra su precio en forma de corrupción del significado. Ya en el antiguo germánico existen palabras derivadas de la misma raíz que significan “otorgar, complacer”, lo que denota una creciente debilidad del buen señor para mantener la fidelidad de sus súbditos. Los preceptos ya no son sagrados, la autoridad se resiente, no basta con los derechos adquiridos para conservar la supremacía: hay que comprar la obediencia por medio de continuas concesiones que hagan beatos a los súbditos, a precio de socavar el poder del buen señor. En último término pierde quizá no sus bienes, pero sí toda su capacidad de imponerse a los demás mediante el miedo, no digamos ya el respeto: debe rebajarse a suplicarles en voz queda y pedigüeña que al menos mantengan la apariencia de hacerle caso. Y así nos encontramos en la misma lengua germánica con palabras de esa raíz que significan “dócil, manso, complaciente, sumiso”: el fuerte acaba siendo blando, el poderoso se somete, el severo se apiada; en suma, las características del súbdito acaban siendo asumidas por el buen señor. Incluso el colérico Yahveh se dulcifica: el Buen Pastor ya no castiga de inmediato a la oveja que se aparta del rebaño, sino que siente lástima de ella y procura convencerla para que regrese. Y en este mundo de lobos, la bondad entra en una espiral de desprestigio a la que arrastra incluso a los beatos, que de ser los dichosos por contemplar a Dios degeneran en los que se encierran en el confesionario, hipocondriacos por no llegar a tan beato momento.

Qué sonrisa más radiante exhibe usted. La persona que desea acaba de fijarse en usted y le ha dejado el corazón henchido de felicidad. Mira de reojo el espejo y vuelve a descubrir las bolsas bajo los párpados, las estrías que arañan sus mejilas y las entradas que ralean su cabello. Ayer eran motivo para añadir una nueva arruga de expresión amarga; hoy son la fuente del placer que le supone recibir el epíteto de guapo. Si supiera lo que eso significa quizá debiera buscar un cuarto oscuro y aislado donde preguntarse si se estarán burlando de usted.

Vamos a remontarnos varios milenios atrás, hasta la raíz indoeuropea kvoap-, que significa “exhalar”, es decir “despedir gases, vapores u olores”. Ya ven que, aunque utilicemos el término “exhalar” para referirnos al aliento que se expulsa por la boca, o al aroma de una rosa, es perfectamente legítimo emplear esa palabra a propósito de las flatulencias. Esa raíz es un alargamiento de otra más antigua, koap-, que podemos encontrar en el griego capnos, “humo” (del cual procede capnomancia, “adivinación por el humo”); o en el también griego copros, “excremento”, cuya cualidad más notoria es que despide un olor fétido. Pero no nos desviemos del camino, porque en lo que nos interesa esa raíz llega casi incólume hasta el latín, donde nos la encontramos en la forma cvapor > vapor.

¿Un guapo es un tipo gvaporoso? Calma, que aún no hemos llegado a nuestro destino, aunque no va desencaminada la apreciación. Ya sabrán que el vapor es el gas que surge de los cuerpos húmedos, que al elevarse (es decir, al evaporarse) lleva consigo parte de las sustancias presentes en aquellos. Es lo que sucede con la niebla, el vapor de agua al calentarse, o con el alcohol (uno de cuyos significados, como ya vimos, era el del espíritu que emanaba de las bebidas, justamente, espirituosas). Ahora bien, como cualquier sumiller les podrá decir, es necesario abrir una botella de vino de reserva unos cuantos minutos antes de servirlo, a fin de que el caldo respire, es decir, libere sus aromas, sus efluvios, sus vapores, y sea más delicioso al olfato y paladar. Y como el mismo sumiller les dirá, si dejan abierta esa botella durante muchos días o semanas, los efluvios se evaporarán por completo, el vino perderá su sustancia, se volverá insípido e incluso desagradable, y al final se tornará vinagre.

Esto es justo lo que ocurrió durante muchos siglos, antes de la invención del plástico y el tetra-brik. El vino, en especial el de barril, acababa por estropearse y nadie quería beberlo, aunque un buen bodeguero sabía cómo disimularlo mezclándolo con otro de mejor calidad, así como los posaderos ocultaban la carne podrida bajo un kilo de especias. Ese vino depauperado, sin sustancia ni sabor, era llamado “vino evaporado”, en latín vapidus, que pasó a la lengua vulgar como vapida > vapda > vappa.

A partir de aquí se inicia un proceso de transferencia de significado, lo que técnicamente se llama metáfora. Así como una persona de carácter áspero y rudo decimos que es un avinagrado, un tío vinagre, alguien que se había echado a perder se le empezó a denominar un “evaporado”, un vappa. El concepto de “echar a perder” abarca todas las connotaciones posibles, desde un vagabundo hasta un delincuente, pasando por todo tipo de depravados. Pero en particular se aplicaba a aquellas personas cuyo aspecto y modales, como un buen vino de reserva, prometía encerrar grandes facultades, pero que por pereza, abandono o malicia, en el fondo ya no servían para nada positivo.

A continuación esta palabra evoluciona en el francés medieval como vape > wape, y de ahí pasa al castellano como guapo. En la España del Siglo de Oro, poblada por matasietes y perdonavidas prestos a buscar camorra por un simple cruce de miradas, el término hace fortuna entre el populacho. De allí pasa a Nápoles durante la dominación española, de donde se extiende al resto de Italia como guappo, con el significado de “bravucón, fanfarrón”; un chuloputas, que diríamos hoy. Ahora bien, no olvidemos que uno de los motivos fundamentales de las bravuconadas, y de las peleas, era pavonearse ante las damas para demostrar que uno era el más arrogante, y por ende, el más atractivo. Y como para lograr eso no bastaba con ser osado, ni manejar con destreza el puñal, sino que había que mostrarse galante y lujosamente ataviado, el término fue adquiriendo el significado de “bello, hermoso”, que es el que impera hoy día.

En suma, un guapo es un vanidoso, soberbio, prepotente, arrogante, connotaciones que prácticamente ha perdido en favor de chulo. No obstante, cuando vemos a un joven agraciado andar con decisión por la calle, o a una mujer mostrándose altanera entre un coro de babeantes, el término que nos viene a la cabeza no es “hermoso”, sino guapo, como eco de su antiguo significado.

De modo que vuelva a mirarse al espejo, y pregúntese por qué a usted, un chico muy formal educado en la más estricta moralidad, cuya vida sigue unos cauces perfectamente sanos y sensatos, que nunca se entromete en peleas, con fama de soso y serio, más tímido que una almeja y que, por qué negarlo, tiene un rostro bastante vulgar, a alguien se le ha ocurrido llamarle guapo.

A todos ustedes, supongo, les gustaría que en el juego erótico les dijesen “qué malo eres”, mientras su compañera esgrime una sonrisa de tímida lascivia ante sus requiebros. Es también de suponer que esa misma expresión, si además va acompañada de un vocativo tal que “tío” o “chaval”, no les gustará nada si brota de unos labios fruncidos y decepcionados tras una sesión insatisfactoria de abdominales. ¿Es usted malo, o sólo está mal?

No está clara la etimología de malus. Una teoría la relaciona con el griego melas, melanos, “negro, oscuro”, que originariamente significaba “manchado”, y que es afín a palabras de otras lenguas indoeuropeas que significan “inmundo, sucio, puerco”. Pero otra hipótesis se fija en la raíz del griego malakos “blando, lánguido, débil”, es decir, “enfermo”, de la cual procede malagva > malgva > malva, “blando, lánguido”, como esas flores moradas que se dejaban reblandecer y marchitar para usarlas como cataplasmas. No se lancen a imaginar que esta palabra tiene relación con el hebreo Malaquías, “mensajero”, no con el árabe Malik, “rey”. Probablemente ambas palabras estén relacionadas, ya que en la antigüedad los enfermos no vivían en el mundo aséptico y esterilizado de los hospitales modernos, y así malo ha reunido los dos significados que tiene en la actualidad: lo que es nocivo tanto para la salud del cuerpo como para la limpieza del alma.

Hay diversos grados del mal, según nazcan del corazón, del pensamiento, o de las acciones realizadas. Vamos a verlos.

Alguien que tiene la disposición natural a hacer el mal es maligno, derivado de < maligenus, que significa “creador, engendrador del mal”. Protegeos del Maligno y su ponzoña. Algo que es malo nada más nacer no puede evitar ser propenso a cometer malas acciones, nos dice la jurisprudencia más conservadora y favorable a la pena de muerte: así como un tumor maligno no se puede curar, sino sólo atajar con el bisturí o mediante las armas químicas, así hay que proceder con los malignos recalcitrantes.

La cualidad del mal era la malitas, -atis, de la cual deriva el español maldad. Malitas evolucionó más tarde a malitia, de la cual viene malicia. Así que ya ven que, en origen, ambas palabras significaban lo mismo, tener el pensamiento, muchas veces oculto y simulado, de hacer el mal, pero el sentido ha variado hoy día: el mal puro, la perversidad, la intención de hacer un terrible daño, incluso el crimen, es propio de alguien que actúa con maldad; la malicia, por su parte, ha quedado reducida cada vez más a la picardía, la travesura, la diablura, la jugarreta, algo que causa poco daño o que es, en última instancia, inocuo.

Las acciones malas y criminales son propias de alguien malvado. Esta palabra procede del latín tardío malvasius, pero no está clara su etimología. Para unos proviene de male levatus, “mal llevado”, es decir, que lo han introducido en el camino del mal y ahora no sabe ni quiere salir de él. Para otros, procede de male vatius < male fatius, “mal torcido”, es decir, que iba por el camino recto, la senda del bien, pero en un momento dado se desvió al lado oscuro. Y una tercera explicación lo hace derivar del germánico balvasi, “perjudicial, pernicioso”. Sea como fuera, malvado ya no es sólo el que comete malas acciones, sino también el que las piensa o está inclinado hacia ellas de nacimiento. Pero así como maligno o malicioso tienen hoy día las connotaciones positivas de “pícaro, burlón”, creo que a pocos de ustedes les guste que la gente les tilde de malvados. Y no, la malvasía no es la bebida favorita de los malvasios o malvados: es una trasliteración de Monemvassía, la bellísima ciudad del sur del Peloponeso de donde es natural ese tipo de vino blanco.

Como última curiosidad, podemos añadir que alguien que se comporta mal, en el sentido moral, se dice que tiene una mala costumbre, un mal hábito, como soltar tacos o sonarse los mocos encima del plato de sopa. Curiosamente, en otras lenguas románicas la expresión male habitus, contraída en malhábitus > malabtus > malaptus, se convirtió en el francés malade y el catalán malalt, que significan “el que tiene un mal físico”, es decir, el enfermo.

¿Es usted un borde con sus compañeros, y se encuentra al borde del abismo de la soledad y el abandono? Quizá le guste saborear ese estado, o esté tan harto de sí mismo que prefiera gastar sus últimos ahorros en un burdel, antes de tirar su vida por la borda. Vamos a investigar un poco todo esto.

Los filólogos no se ponen de acuerdo sobre si alguna vez existió una única raza indoeuropea, de la cual descienden las etnias románicas, germánicas, bálticas, célticas, indoiranias, etc., o si algunas de estas ramas fueron siempre independientes de las otras, y su contacto se limitó a meros préstamos de palabras, y luego también formas gramaticales. Por supuesto, es mucho más romántico y sugestivo creer en un punto de origen común, una suerte de Paraíso Terrenal ario, del cual se fueron desgajando las distintas etnias y lenguas mientras se erigía una Torre de Babel superpoblada. La búsqueda de ese foco original ha durado dos siglos, y se ha localizado en el Himalaya, Irán, norte del Mar Negro, Dinamarca, Suiza, Yugoslavia… Hoy se cree que no existió una única raza original, pero quizá sí una primitiva lengua indoeuropea, que ejerció una gran influencia sobre las tribus vecinas hasta el punto de superponerse, o incluso sustituir, a su antigua lengua.

El mayor problema del primitivo indoeuropeo es que no existen documentos de cómo podría ser, y todo se basa en reconstrucciones hipotéticas, elucubraciones, a partir de comparar las diferentes lenguas derivadas (aunque las lenguas bálticas, el letón y el lituano, se jactan de ser las más fieles a la gramática y fonética del indoeuropeo). Ahora mismo existe un amplio catálogo de raíces, cuya forma precisa, al ser desconocida, admite diferentes variantes, como la que ya hemos visto dru- o drau-, ya que las palabras que se suponen derivadas han adoptado formas algo diferentes en los diversos idiomas. Estas raíces expresan objetos materiales de la época (un árbol, una oveja, una piedra…) o ideas a partir de las cuales crear palabras de significado más complejo, y que exigen un nivel de abstracción un tanto difusa para el hombre del Neolítico: la idea de ir hacia adelante, de subir, de bajar, de arrojar, de arrastrarse, de volar, etc.

Una de esas raíces reconstruidas es bhar-, con el significado de “punta, extremidad”, o incluso “uña, garra”. El dígrafo “bh” denota una “b” aspirada, que puede convertirse en “f” o incluso desaparecer. En lo que nos interesa no desaparece, sino que conserva el sonido “b” hasta las primitivas lenguas germánicas, donde derivó en dos palabras: brort, con el significado de “punta, aguja, extremidad afilada”, y bort, con el sentido de “extremidad lateral, margen”.

De brort, la aguja, derivó el verbo francés broder, que en español se convirtió en bordar, el cual originalmente significaba tan sólo “usar la aguja”. Pero ese sentido se confundió con la irrupción de bort, el margen, es decir, el borde, y bordar pasó a significar “usar la aguja en el borde”, es decir, “orlar, guarnecer, recamar”, que al ser el lugar más delicado hay que hacerlo con gran primor, e intentar que el trabajo nos quede bordado. Hay que aclarar que bordar, aunque se confunda muchas veces con coser, en realidad significa ejecutar un relieve en el tejido, una orilla, un borde. ¿Todo claro hasta aquí? Seguimos.

Sepan que bort, el borde, se convirtió en antiguo alemán en bord, donde adquirió en primer lugar el significado de “borde de madera”. Con este sentido pasó al castellano el término náutico borda, es decir, el borde superior de la embarcación, que al igual que el resto estaba fabricado en madera. Un buque tiene dos lados, dos bordas, pero en vez de llamarse “borda derecha” y “borda izquierda” el punto de referencia no fue el centro de la nave, sino el timón, que en la Edad Media se encontraba a la derecha. Así que la borda derecha se denominó según el islandés styribord , que pasó al francés como estribord , y de ahí el castellano estribor, “borda del timón”; y la izquierda se llamó a partir del holandés bacboord, que pasó al francés como bâbord, babor, “borda posterior”, porque al girar el enorme timón hacia la izquierda el piloto debe hacer tal esfuerzo que se coloca de espaldas a ese flanco. En ese punto, lo que está a su izquierda es precisamente la parte delantera de la nave, la proa, del griego prora “hacia adelante”, mientras que lo que está a su derecha es la parte trasera, la popa, del latín puppis, que según parece deriva del griego epopis, “lugar de observación” (los que no hayan estado en la Armada, que sepan que la popa es el lugar más noble del barco, donde se sitúan las estancias principales, debido a que es el punto donde menos oscila la nave y se puede uno relajar tranquilamente). ¿Menudo lío, verdad?

Pero la evolución semántica no se detuvo aquí. El germánico bord pasó a significar “listón de madera”, y después “tabla”, y por extensión “cabaña construida a base de tablas”, para diferenciarla de las tradicionales que se construían con paja. De aquí tenemos la borda, que es como se denomina en Navarra y el Pirineo a las chozas donde se refugian los pastores y animales. Pero así como en latín existía ya la taberna, derivada de tabula “tabla”, para indicar una cabaña con una tabla a modo de mostrador, que servía de hostería e incluso de prostíbulo, la nueva palabra para significar “tabla” también creó su propio tipo de cabaña: el bordellum, “tablilla” que a través del provenzal bordel nos ha llegado como burdel. El proceso es el mismo por el cual el inglés bar, que significa “barra” (del mostrador) ha pasado a denominar el local entero. Y es que en aquella época, donde los únicos que salían a beber eran los hombres, y las únicas mujeres que se encontraban eran la familia del tabernero y sus criadas-prostitutas, la diferencia entre un club y un puticlub no estaba tan delimitada como ahora.

Y en suma, ¿tiene todo esto algo que ver con que usted sea un borde? Pues no, sólo es una mezcla de palabras de diferente origen y significado que han pasado a tener la misma forma: lo que se llama homofonía, contrario de homonimia, que son palabras de distinta forma pero que significan lo mismo (como Presidente del Gobierno español, homónimo del Primer Ministro británico). Borde deriva, posiblemente, del catalán bord, y este del latín burdo, que significa “mulo”, es decir, un caballo degenerado, mestizo, bastardo de asno y yegua (lo contrario es un burdégano, fruto de caballo y asna). Burdo pasó a significar lo rústico, tosco, zafio, y ese es el sentido que también heredó nuestro querido borde.

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