El concepto de pecado nefando, el mas abominable de los crímenes, que atraía sobre su autor la eterna maldición de los dioses y los hombres, ha ido cambiando a lo largo de los siglos. El canibalismo y el bestialismo eran innombrables al ser propios de animales humanoides; sólo hace muy poco y en algunas culturas dejó de serlo la sodomía; el infanticidio aún se practica con las niñas y antes era habitual con los bebés deformes; pero la que pervive con toda su fuerza en cualquier rincón del mundo es la traición. Desde muy antiguo, el mayor enemigo de la patria no era el que amenazaba con invadir sus fronteras, sino el súbdito felón que intentaba destruirla desde dentro, mediante la cobardía, la desobediencia, el sacrilegio e incluso el adulterio. Al violarse la confianza entre los miembros del grupo, se ponía en peligro la cohesión, la seguridad y la misma supervivencia del grupo en su conjunto. En el máximo nivel se encontraba la alta traición, que en teoría significaba poner el Estado en manos del enemigo, pero que en la práctica consistía en faltar a la lealtad debida al rey y conspirar para derrocarlo. El Estado soy yo se había dicho con otras palabras muchos siglos antes de Luis XIV, desde los primeros clanes familiares sujetos al poder incontestable de un jefe; Hitler se aseguró la obediencia de los militares a su régimen mediante un juramento de fidelidad a su persona. Cree el traidor que todos son de su condición, y los propios tiranos que se adueñaban del poder merced a un puñal en las regias espaldas, se cuidaban mucho de vigilar y ejecutar a cualquier sospechoso de pretender emularlos. Siguiendo una larga tradición que se remonta al menos a los emperadores romanos, los bienes del traidor ejecutado eran confiscados para expiar su execrable crimen. De modo que los juicios por traición no sólo eliminaban a los desobedientes y protestones, sino que constituían un suculento negocio para las arcas públicas, que era lo mismo que decir las privadas de Su Majestad. Roma no paga a traidores, aun cuando no pudiera gobernar sin ellos, así que siempre se podía recurrir a su amenaza cuando no había más presas a las que esquilmar; o para crear un mundo de guerreros fanáticos, temerosos de la traición y llenos de odio militante, como en 1984 o en cualquier estado totalitario, donde la nación se confunde con el partido y sus dirigentes. Aun hoy día, la alemana Marlene Dietrich sigue siendo repudiada en su patria por animar a las tropas aliadas a luchar contra los nazis. De igual modo, dejando al margen a los pocos inmortales cuya hazaña fue de tal magnitud que su nombre se convirtió en sinónimo de traidor, como el noruego Quisling o el griego Efialtes, la desconfianza y el miedo a la traición rigen a escala mezquina las relaciones personales del común de las gentes. Los infames son los otros, que quizá no te causen una ruina digna de titulares de prensa, como secuestrarte, ocupar tu casa o matar a tu pez de colores, pero que te pueden dejar abandonado cuando precises su ayuda, o divulgar datos falsos o ciertos a tus espaldas. Hay que ser fieles a lo prometido, y a lo debido por reglas inamovibles e inquebrantables por más que se nos antojen ajenas, obsoletas y ridículas, sin importar que ello sea malo, perverso o dañino. No se traiciona al amigo que traicionó a su pareja, ni se descubre al compañero que husmea en los vestuarios de las secretarias, ni mucho menos se delata al cuñado aficionado a los niños. ¡Eso no se hace a un amigo!, clama con escándalo y sonrojo nuestra conciencia, tras enterrar en lo profundo que uno sea amigo de semejante ser. ¿Y qué decir cuando estamos amarrados por los lazos sanguinolentos de la parentela natural y política? La ley legal nos exhorta a denunciar, pero la ley social, la tradición de la amistad o del mero compañerismo, nos obliga a callar, mientras que la ley del clan nos exige incluso apoyar. Te puedes fiar de quien es íntimo amigo del asesino que quizá un día te acuchille, pero no de quien lo ha delatado. ¿Quién te asegura que la vida no te llevará a ti mismo a convertirte en criminal, y que entonces no necesitarás a un camarada fiel que te apoye o al menos te encubra? Acusar se considera una conducta tan vil e indigna, que incluso surgen escrúpulos morales en un conflicto de lealtades en apariencia fácil, cuando piensas en traicionar al amigo de la infancia justamente por encubrir la traición de otro amigo de segunda fila. Chivato, los días que te quedan son una cuenta atrás. Traicionas a tus semejantes por temor a que se te anticipen. Traicionas a tus mayores al apostatar de su fe inerte y renunciar a sus costumbres inveteradas. Traicionas tus principios, cuando de repente observas con horror que tus valores se derrumban por la desesperación, y te enfrentas realmente a situaciones que, con estúpida inocencia, proclamabas que no te harían conculcar tus ideales. Y te preguntas si eres un renegado o tan sólo has evolucionado, ya que es de sabios rectificar a tiempo; o quizá seas consciente de tu traición, pero no estás seguro de arrepentirte de ella, ni te atreves a jurar que no la repetirás de nuevo. Nunca olvidamos las traiciones que hemos padecido, pero nunca recordamos las que hemos cometido.

 

La palabra traición procede del latín traditionem, acusativo de traditio, sustantivo creado a partir del verbo tradere. A su vez, éste es una reducción de transdere, formado por la preposición trans, que ya los romanos pronunciaban [tras], y luego [tra] ante consonante sonora, y el verbo dere, variante de dare “dar” en compuestos. Acostumbrados como estamos por los diccionarios, los neologismos y los sabihondos a que trans signifique “al otro lado” o “a través de” (así transalpino, que puede indicar tanto “lugar al otro lado de los Alpes” como “recorrido a través de los Alpes”), no nos percatamos de que su auténtica acepción es “de un lado a otro”. Y sin embargo, lo podemos comprobar en decenas de palabras de uso común, tales como transformar “cambiar de una forma a otra”, transportar “llevar algo de un lugar a otro”, o transexual “que cambia de un sexo a otro”. De manera que la modificación que efectúa trans no radica en la existencia de un objeto o concepto que se desplaza de un lugar o situación a otro, sino en la existencia de un lugar o situación de origen y otro de destino. De igual modo, nuestro transdere > tradere se diferencia del mero dare en que no se fija en el objeto o concepto que se da, sino en el sujeto que lo da y, sobre todo, en el que lo recibe. Y así es como podemos deducir que tradere significa propiamente “dar algo a alguien”, “pasar de mano en mano” o también “poner en manos de otro”; en resumen, todo lo que comprende hoy día la noción de ”entregar”. No damos un brindis al sol, a la espera de que alguien lo recoja, sino que ponemos directamente la copa en las manos del destinatario escogido. La traditio, la abominable traición, era en su origen un término neutro que hacía referencia al simple acto de entregar algo a alguien, y se empleaba sobre todo en el ámbito comercial y jurídico a propósito de la compraventa de bienes y mercancías. Aun hoy día, un derivado culto, la tradición, se sigue utilizando con ese sentido como tecnicismo del Derecho comercial: la entrega de una cosa de manos del antiguo propietario al nuevo; un documento por el que se realiza una transmisión de propiedad, como la escritura pública de una casa, se dice que tiene valor o efecto traditorio. Por cierto, aunque el intercambio sea un proceso basado en entregar y recibir, de tradere no proviene el inglés trade “comercio”, sino que esta palabra deriva de un término germánico que significa “rastro, estela, curso”, y que aludía a la ruta marítima que seguían los barcos que se dedicaban a llevar mercancías de un puerto a otro. En el entorno legal de los antiguos latinos, traicionar no era atentar contra esa misma legalidad, sino tan sólo cambiar de dueño, antaño de tus propiedades y luego de tu lealtad, hasta que las pésimas connotaciones de ese verbo hicieron preferible sustituirlo por “transmitir”: vender, ceder o legar a otro, sean tus acreedores o herederos, un derecho o un objeto. Por su parte, el traditor, el traidor, no era más que el encargado de realizar dicha entrega o transmisión a otra persona. Desde el punto de vista de la etimología, el mensajero que te notifica el despido, el cartero que te lleva una multa de tráfico, el repartidor de pizzas a domicilio, no son sino traidores a sueldo. Y en efecto, el concepto de ser un vendido, de vender a tu patria, convicción o compañeros a cambio de poder y riquezas, es algo que siempre se ha asociado a la traición; aunque ésta pueda realizarse también de manera gratuita, o más bien diríamos a cambio de un beneficio íntimo e intransferible, tal como la venganza, el rencor o la supervivencia. Es el caso de los traditores o donantes eclesiásticos, obispos que durante las Persecuciones entregaban a los romanos copias de las sagradas Escrituras que habían jurado salvaguardar, a fin de salvar y guardar intacto su propio pellejo.

 

Mas no es de estos traditores de donde procede el sentido moderno de traidor. Si bien en algunos textos del latín clásico encontramos ejemplos que apuntan a dicha equiparación, la acepción dominante de traditor sigue siendo en aquella época la de mero transmisor de algo. En su lugar, los códigos legales prefieren otros términos de más alcurnia. Por un lado está la proditio, que de ser la perfidia o desobediencia desleal al jefe militar, pasa a designar la colaboración con el enemigo y se convierte en sinónimo de traditio, pero cargada plenamente de connotaciones negativas: entregar o rendir al enemigo una fortaleza o un ejército, e incluso información confidencial, con lo cual acaba también significando “desvelar, denunciar”. Por otro lado tenemos la perduellio (de perduellis, “enemigo”, derivado de duellum > bellum “guerra”), que consistía en convertirse en enemigo público de la patria por cualquier medio, tal como la deserción o la rebelión violenta a fin de usurpar el poder. Y en la cúspide se hallaba el crimen de lesa majestad, que al principio se aplicaba a la tiranía o abuso de poder por parte de las autoridades, pero que con la llegada del Imperio acabó irónicamente por convertirse en lo contrario: todo atentado, pacífico o violento, de palabra u obra, por acción u omisión, contra el poder y el orden establecido, con la excusa de que suponía atentar contra la seguridad del pueblo y del Estado romanos.

 

Esta situación cambia drásticamente en la Edad Media con el surgimiento de las naciones europeas. Por influjo de los códigos germánicos, el soberano desciende de las alturas de la omnipotencia divina, y pasa a ocupar un simple y frágil escalón por encima de sus vasallos, cuyos derechos y apetencias se ve obligado a respetar: nos, que valemos tanto como vos, y juntos más que vos, os hacemos rey con tal que guardéis nuestros fueros y libertades, y si no, no, conminan a jurar los nobles aragoneses a su flamante rey. Aunque situado en la cima de la jerarquía, el rey no deja de ser un primus inter pares, el primero entre sus iguales, uno más de ellos, que tan pronto lo elevan como pueden deponerlo. El poder de los vasallos era tal que se aceptaba que tenían derecho a rebelarse cuando se considerasen ultrajados por su señor; y tras unas cuantas granjas incendiadas e iglesias saqueadas, el vasallo suplicaba perdón, se arrodillaba en la nieve como penitencia, llegaba a un acuerdo con su señor, y volvían la paz y los villancicos al reino. Sin embargo, el rey no cejará en su empeño por recuperar su antigua condición y ser considerado no sólo superior a todos sus vasallos, sino incluso extraño a ellos, de otra índole o naturaleza, y que merece por tanto un respeto, poder y lealtad casi sagrados. Y en su ayuda acudirá la Iglesia, con el recuerdo del traditor por antonomasia, el arquetipo del traidor por los siglos de los siglos en la tradición de la cultura occidental: Judas Iscariote. Unus vestrum me traditurus est, “uno de vosotros me ha de entregar”, escuchaban los oídos del pueblo año tras año durante la Pascua, en la conmemoración de la Ultima Cena. En las continuas misas y procesiones, los clérigos no dejaban de hablar de traditor y traditio para designar el supremo crimen de un hombre contra otro: Judas, a quien se le había entregado el máximo honor y confianza, entregaba al martirio a quien debía proteger y servir; era un rebelde ante su maestro y señor, de igual modo que Lucifer ante Dios; y cual ángel caído, sufrió una muerte infame y pecaminosa que le hizo más acreedor si cabe de la condenación eterna, donde todo será llanto y rechinar de dientes. De este modo, gracias a Judas el acto de entregar a alguien adquiere terribles matices de significado: se quiebra la necesaria confianza entre los hombres, la víctima queda reducida a simple mercancía que se compra y vende a cambio de una recompensa, tienen lugar consecuencias tan fatales como matar al mismo Dios, y se hace por tanto indispensable infligir un castigo ejemplar al criminal. Al mismo tiempo, con el nacimiento de los romances y los cantares de gesta, los términos traición y traidor se extienden entre el pueblo en boca de los juglares: la Canción de Roldán, el Poema de Mío Cid y semejantes se llenan de comparaciones entre Judas y los vasallos desleales. Al igual que Judas, los vasallos son depositarios de la máxima confianza de su señor, y están ligados a él por fuertes lazos de lealtad, basados en el linaje, parentesco matrimonial, o el juramento de vasallaje; y al igual que aquél, le acaban entregando a sus enemigos a cambio de cargos, prebendas, castillos o tierras. La rebelión deja de ser considerada una pendencia de borrachos, molesta pero efímera, y no sólo se convierte en un atentado intolerable contra la paz y seguridad del reino, sino incluso en un acto de soberbia contra el orden social establecido por Dios; y tal como hizo éste frente a Judas y Lucifer, ya no caben el perdón ni las componendas, sino la completa aniquilación de la traición y de la persona del traidor.

 

Por su parte, sus propios súbditos equiparan a Judas con el mismísimo rey, cuando éste actúa de manera desleal y egoísta y, en vez de velar por el bien común y la paz del reino, impone su voluntad arbitrariamente sobre los derechos de sus vasallos, a quienes despoja de sus feudos, roba sus mujeres y caza sus venados. A partir de aquí, cualquier falta de fidelidad entre los hombres, aun una burla o una mentira ridícula que no merezca un cantar de gesta ni un simple sermón dominical, merecerá sin embargo su propia similitud con Judas. Y así es como el término traditio, gracias a haber sido el escogido en la Vulgata, la traducción de la Biblia al latín que hablaba el vulgo, se impone en las lenguas vulgares nacidas del latín, en las que suplanta y borra a los términos clásicos y prestigiosos: proditio, perduellio y lesa majestad. No obstante, esta última sobrevivirá como sinónimo de la alta traición, la traición suprema y definitiva, dirigida contra el país y su soberano, en contraposición a la pequeña traición, que antes de ser abolida por la corrección política consistía en matar simplemente al soberano del hogar, fuese el amo o el marido. La /d/ intervocálica se pierde en las lenguas romances occidentales, y el verbo tradere deriva a trair en francés (con la ortografía moderna trahir), catalán y portugués, mientras que en castellano antiguo se convierte en traer. A mediados del Medievo, traer las manos significaba “entregar las manos”, es decir, “entregarse, rendirse”, pero pueden imaginar la confusión que se armaría con el verbo homónimo traer, derivado de trahere “trasladar”. En la cruenta batalla que siguió, el traer que les entregó tradere acabó traicionado por sus hablantes, y desapareció de la lengua en favor del traer que trajo trahere; lamentable pérdida que nos privó del juego de palabras “el traedor es un traidor”, al estilo del conocido dicho italiano traduttore, traditore, “el traductor es un traidor”. Y a falta de verbo que expresara el acto de la traición, se recurrió a dicho sustantivo para crear la locución hacer traición, que posteriormente evolucionó a la más culta cometer traición. Durante muchos siglos no hubo verbo simple, hasta que en el siglo XIX nace el neologismo traicionar: es seguro que al principio sonó tan artificial y antigramatical como particionar o recepcionar, pero durante el siglo XX el vulgo se entregó de lleno al nuevo verbo, y abandonó a sus predecesores en el baúl de los términos rebuscados y pedantes.

 

Como ustedes son muy listos, a estas alturas ya se habrán percatado de que, de la misma traditio en la que se gestó la traición, nació también la tradición. Ya hemos dicho que esta palabra aún subsiste para definir la entrega de una cosa a manos del nuevo propietario, sea mediante la venta, regalo, o el legado de un testamento. Y aparte del ajuar doméstico, los muebles apolillados, las deudas e hipotecas, los prados ahora cubiertos de asfalto y hollín, ¿qué mejor cosa podía legar un hombre a sus descendientes, sino la explicación de por qué la luna y el sol tienen el mismo tamaño aparente, la forma apropiada de eructar en la mesa, o cómo bailar la danza en la que cortejó a la mujer con la que le habían comprometido sus padres? Ya en la época romana, el término traditio tenía bien asentada la acepción de patrimonio inmaterial que una generación entregaba a la siguiente. Desde los tiempos cavernarios, los mayores reunían a su familia alrededor del fuego, y aparte de anécdotas propias en cacerías y peleas, les narraban con certeza y rotundidad histórica hechos de un pasado nebuloso, cuentos en los que Blancanieves bajaba envuelta en llamas de los cielos, y tras ser violada por su padre y matar a sus hermanos, engendraba al bisabuelo que convirtió en ciudad un yermo infestado de alimañas y cañaverales. La tradición pasaba de boca en boca a base de recuerdos y leyendas, con lo que llegó a significar también “relato”; pero si bien servía para amenizar las largas veladas en compañía de los mismos rostros y voces, su propósito fundamental era la educación. Aunque los padres desean que sus hijos disfruten de una vida mejor que la que ellos tuvieron, también desean que vivan de la misma manera que ellos, con su misma escala de valores, ya que es la única que conocieron y por tanto la mejor posible. De modo que el hogar servía también de escuela y templo, donde a través de las historias y los rituales se enseñaban las creencias y costumbres de la comunidad. El término traditio se convierte entonces en sinónimo de entrega de conocimientos, con intención didáctica pero sobre todo moral, a fin de adoctrinar a los discípulos en el camino correcto: tradere virtutem hominibus, “entregar (es decir, enseñar) a los hombres la virtud”, proclama Cicerón. Las tradiciones, incluso las más nimias y aparentemente inocuas, se constituyen por lo tanto en fuente de las normas de comportamiento de los miembros de la sociedad, tanto entre ellos como con respecto a sus gobernantes y los mismos dioses. Sin embargo, la propia tradición no tiene un por qué, una justificación más allá de su propia existencia a lo largo de siglos o milenios, así que se erige en axioma incuestionable por sí misma. De modo que no está al cuidado de doctores y expertos que expliquen su fundamento lógico y racional, sino de sabios y hechiceros capaces de interpretar la verdad que se esconde tras los símbolos y ritos que el pueblo repite de manera inconsciente. Los custodios de la tradición no saben ni desean explicar la razón de que sea perjudicial limpiarse el culo con la mano derecha, pero saben con certeza que es un sacrilegio que vuelve impuro al infractor y a sus vecinos, y para evitar el castigo de los dioses promueven el castigo de los hombres. La tradición se convierte entonces en instrumento de control por parte de reyes y sacerdotes, que ven así legitimados tanto su posición como el orden social en el que se asienta su poder: atentar contra sus leyes y personas supone traicionar la tradición, no sólo es un crimen sino incluso un pecado, que debe expiarse con todo rigor. A pesar de todo, ¡ay!, las tradiciones que se entregan a la generación venidera, con la esperanza de que ésta haga lo propio con la que le suceda, y los hábitos se perpetúen por los siglos de los siglos, acaban pervertidas en manos de sus depositarios. El mundo que dejamos a nuestros hijos no es el que ellos quieren, nuestros usos y costumbres les producen hastío y sonrojo, los vestidos huelen a rancio y los bailes sólo emparejan a los viejos, las leyendas avergüenzan a los niños de pecho, las ceremonias retumban en el vacío inane, y los dioses ya no asustan ni reciben sacrificios. Se rebelan ante nuestros ideales y traicionan nuestra memoria con orgullo; no quieren conservar tradiciones caducas sino progresar hacia un futuro desconocido pero propio. Al final, el único patrimonio que transmitimos incólume a nuestros vástagos lo conforman los mismos reproches que escuchamos a su vez de nuestros padres: no sé dónde vamos a parar, ya no hay respeto por nada, esta juventud no tiene remedio, en mis tiempos había más educación, ahora todo es orgía y desenfreno, vamos cada vez a peor, hambre y guerra es lo que haría falta… o tempora, o mores, “qué tiempos, qué costumbres”, se lamentaba con más estilo el ínclito Cicerón. Las tradiciones que con tanto celo protegíamos para entregárselas, privadas de toda vitalidad y significado, acaban comercializadas como souvenirs y espectáculos para turistas. Y sin embargo, los rituales, la repetición automática de actos, nos salvan del insoportable vértigo de la libertad, de la obligación de tomar decisiones a cada momento, con el temor de que resulten perjudiciales o peligrosas; y cuando no existen tradiciones sociales, la ansiedad nos impulsa a crear las nuestras, en forma de manías como la limpieza obsesiva del cuerpo o mascar chicle durante el coito, o de adicción al trabajo, al chocolate con vodka o a los culebrones de televisión.

 

Como hemos dicho al principio del artículo, traditio pasó al español como traición, que si dejó difuminado el concepto original de entrega, perdió por completo la acepción de entrega de conocimientos y creencias. De modo que durante el Renacimiento se recuperó el cultismo tradición, y a partir de éste una serie de derivados que el latín sólo conoció en las encíclicas modernas: es el caso de tradicional, traducción literal de un inexistente traditionalis. Pero en el camino, el verbo correspondiente, que como sabemos debería haber sido tradere > traer, llevaba siglos muerto y enterrado, una calamidad que nos privó de juegos de palabras con triple significado, y nos obligó a buscar otro verbo que le sustituyera. Y puesto que el neologismo tradicionar se le antojó al vulgo poseído de una afectación grotesca que al parecer no encontraba en traicionar, hubo que echar mano de sinónimos de diferente etimología. El más empleado es transmitir, del cual les hablaré con detalle en otra ocasión, pero que significa “enviar de un lado a otro”, un concepto muy semejante al “dar de mano en mano” del primitivo tradere. Y así es como el verbo traer, momificado, nos ha entregado póstumamente su significado bajo la carne de otro verbo bienhechor, y puede dormir con una sonrisa en el país de los chistes perdidos.

 

En resumen, hemos visto cómo el concepto original de “entregar” de la primitiva traditio se perdió a causa de la traición, y se diluyó a medida que se transmitía la tradición. Sin embargo, no nos entreguemos a la pena y la añoranza, ya que ha sobrevivido en un neologismo de cuyo significado pocos se percatan: extradición. Mucha gente sigue pensando que esta palabra se descompone en extra-dición, que significaría algo parecido a “decir fuera”, o sea, “decir en el exterior del país”: se supone que sería un modo resumido de indicar “dictar sentencia para echar a alguien fuera del país”, tal vez por influjo de otro término jurídico, jurisdicción. Y a causa de ésta y de palabras semejantes, como contradicción, escriben erróneamente extradicción. En realidad, esta palabra se compone de la preposición ex “fuera” y de tradición, ahora con el sentido pleno y genuino de “entregar”, con lo que el correcto significado de ex-tradición es “entregar a alguien fuera del país”: se distingue del exilio o destierro en que no se le echa sin más de las fronteras para que perezca en el mar o en el desierto, y de la deportación en que no se limita a confinarlo en el punto más remoto de Siberia. Traicionando tan veteranas y conspicuas tradiciones, estos tiempos legalistas exigen un trato más justo incluso para un criminal de lesa majestad, de manera que se le pone directamente en manos del país extranjero que lo reclama para juzgarlo, un lento y fastidioso trámite antes de condenarlo. Si extradicion fuese un término latino, posiblemente ahora los humoristas y presentadores de late-shows disfrutarían de la extraición y de las polisemias graciosillas del verbo extraer, pero para su desgracia se acuñó durante el siglo XIX mediante el francés extradition. Con esa misma forma pasó al inglés, que incluso le añadió una nueva acepción en psicología: proceso por el cual la mente traslada una sensación a un punto situado a cierta distancia del centro de la sensación; es decir, lo que ocurre cuando la mente siente que le duele en otra parte. Como los anglosajones no tienen nuestros reparos gramaticales a la hora de idear derivados, hicieron con extradition lo que rehusaron con tradition: crear por regresión el verbo extradite. Un término que adaptamos al español como extraditar, ya que al parecer nuestros oídos hallaron en él una belleza y precisión que no mereció extradicionar, ni mucho menos extraicionar.

 

Misterios del lenguaje que dejo a su consideración, con la esperanza de que hayan pasado un rato ameno e instructivo. No me traicionen y permanezcan atentos a que yo corresponda a su fidelidad con un nuevo artículo, que como manda la tradición, tardará un tiempo.

 

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