No es ningún secreto que, cuando contemplamos por televisión un documental de naturaleza, lo que más nos interesa no es observar las gacelas mientras pastan hierba o copulan en medio de la sabana, sino el momento en que huyen despavoridas del león o hiena que, a fin de no frustrar a su ansiosa audiencia, siempre acaba por capturar, matar y destripar alguna. La fascinación por los depredadores ha acompañado al ser humano desde que aprendió a temerlos y luego dominarlos, y ha aumentado aún más si cabe desde que se convirtió en el mayor de ellos. Un sentimiento contradictorio en el que también interviene el asco y la repulsión: al mismo tiempo que nos gusta ver animales desgarrando los intestinos de otros, la mayoría no soporta contemplar a humanos abriendo en canal un cerdo o clavando bicheros en la cabeza de un atún. Queremos gozar del fruto de la depredación, pero sin sufrir el espectáculo y el esfuerzo de matar. Una contradicción muchas veces farisea, pues el dolor que sentimos por un zorro despellejado no parece merecerlo la ternera reducida a chaqueta de cuero o hamburguesa al microondas. Poca ternura y compasión nos producen las presas, salvo cuando su depredador se transforma en nuestra presa, como el lobo esquilmador de ovejas, el tigre matador de hombres y la encantadora cría de foca que se convertirá en feroz asesina de pingüinos. Y es que aún hay clases entre los animales, así como entre los carnívoros: un depredador, que caza y mata la presa, no compartirá mesa con un parásito, que necesita que la presa sobreviva durante un tiempo, sea toda la vida mientras se alimenta de ella, o hasta que sus crías acaben de crecer en las entrañas de la incauta; y ninguno de ellos se rebajará a mezclarse con un carroñero, que no se atreve a cazar ni acercarse a la presa hasta que esté muerta. Quizá ese respeto que profesamos a los depredadores se deba a que son escasos como el oro, y a que matar sea un trabajo no exento de fracasos y peligros. Para convertirse en tal, la presa debe ser apresada, por lo que es preciso que sea capaz de escapar y defenderse: un trozo de hierba arrancada no convierte a una vaca en depredador por mucha saña con que la mastique; y cuanta mayor sea la fuerza, inteligencia o rapidez de la presa, más mérito y diversión para el depredador. Por el contrario, no apreciamos cómo se gana el jornal la inmensa plebe de la escala zoológica, el complejo mecanismo con el que la vaca transforma la hierba en leche pura, pero siempre nos admira la perfecta elegancia con la que nada el tiburón antes de arrancar una pierna de un bocado ¿Son bellos porque matan, o disculpamos que maten porque son bellos? Monstruos, pero hermosos, se dice de los vampiros de discoteca new age, lejos de las criaturas grotescas de los mitos aldeanos. Pues si la depredación se nos aparece como un fenómeno connatural al Universo, por mucha ira o dolor que nos cause, es lógico que numerosos teóricos lo consideren asímismo natural con respecto al hombre. Homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre, dejó sentenciado Plauto dos mil años antes que Hobbes. Algo que asumen hasta sus últimas consecuencias los violadores y asesinos en serie, aristócratas ante el espejo aunque sean chusma a nuestros ojos: el que mata tiene en su mano el máximo poder sobre el que huye, impone sus propias reglas, está más allá del bien y del mal y, a fin de cuentas, ejerce de vicario de Dios en la tierra. El débil cae para que el fuerte gane vida, máxima que ha llevado a justificar el darwinismo social, el belicismo, el genocidio, el racismo y nazismo; y en última instancia la sociedad de La máquina del tiempo de H.G. Wells, donde en un futuro remoto una parte de la humanidad sirve de presa y alimento a la otra. Una postura horriblemente sincera, que cuando se vuelve cínica anima incluso a justificar la cleptocracia, el estado depredador o ladrón, como los paupérrimos países del Tercer Mundo que nadan entre inmensas riquezas naturales: un estado que no produce, sino que expolia la riqueza que otros producen, mediante impuestos salvajes o la corrupción generalizada y sistemática. En los últimos tiempos, “depredador” ha pasado a ser una palabra comodín que se emplea para denigrar cualquier cosa que nos moleste: capitalismo depredador, turismo depredador, urbanismo depredador, mujeriego depredador… muchos conceptos que dan para infinidad de páginas y conciertos de solidaridad ética y etílica, pero aquí somos más humildes y nos ocuparemos sólo de su etimología.

 

La palabra depredador procede del latín tardío depraedator, compuesto de la preposición de, que en este caso ejerce una función intensiva, y del sustantivo praedator “cazador”, o con más propiedad, “apresador, captor”. Aunque se empleen a menudo como sinónimos, el depredador pertenece a una categoría superior a la del simple predador: éste se limita a matar el número de presas necesarias para saciar su apetito, mientras que el depredador necesita un número ilimitado de presas movido por su insaciable apetito de matar. Llevado por su vesania, el depredador se instala en un territorio y se dedica a asolarlo a conciencia, hasta el punto de diezmar la población de presas y poner en peligro la supervivencia de éstas, así como en última instancia la suya propia. Lo cual no le supone un problema irresoluble, ya que tras la devastación abandona ese erial, y emigra a parajes vírgenes o al menos todavía fértiles. Aparte de los consabidos ejemplos sobre la destrucción de la tierra y los recursos naturales, una muestra de ello lo tendríamos en el sueño existencial de muchos de nosotros, el de ser un notorio predador sexual que conquista hombres o mujeres de manera compulsiva y eficaz. Sin embargo, hay quien no se conforma con hacer acopio y alarde de una larga lista de piezas capturadas, y se ve impelido a convertirse en un depredador sexual al que no le basta con seducir, sino que debe destruir a su conquista, arruinar su vida e ilusiones, y reducirla a un despojo que se arrastra abyectamente suplicando un instante más de cariño y atención. Si bien el diccionario sanciona la confusión entre ambos términos, mantiene una sutil diferencia al establecer dos acepciones de depredar: cazar para subsistir (o sea, predar), y saquear con gran violencia y destrozo (que es la depredación propiamente dicha). El italiano, por el contrario, atribuye a depredar únicamente la segunda acepción, y la ejemplifica en la soldadesca, con una larga tradición en la península transalpina de cobrarse en la ciudad que la había contratado el botín prometido y no entregado.

No obstante, estas disquisiciones entre ambos términos eran más difusas al principio, porque desde sus orígenes la predación ha estado teñida de sangre y violencia. En efecto, dicha palabra es un derivado del latín praeda, un nombre colectivo que designaba las cosas capturadas como botín al enemigo, ya fuera en acción de guerra o de rapiña, actividades que en tiempos antiguos solían ir unidas de la mano. La praeda era por tanto el despojo (y no despojos, que son los restos de cadáveres y cabañas carbonizadas que quedan pudriéndose en el campo de batalla) de objetos valiosos que se practicaba a los vencidos, y constituía uno de los principales medios por los que los hombres buenos de antaño acrecentaban su patrimonio o res. Viendo que rendía más robar que mendigar, al tiempo que ganaban honra y respeto entre sus convecinos, muchas víctimas de la praeda que se quedaban sin tierras, o sin ganas de cultivarlas, se iniciaban a su vez en el negocio de predar < praedari, que no es sino saquear y piratear, por mucho que Homero y demás hagiógrafos prefiriesen eufemismos tales como despojar o expoliar. El que se dedicaba a la praeda era el praedo “saqueador”, una palabra que ha subsistido en el italiano predone, pero que en español desapareció en favor de predador, el que se dedica a predar, verbo que como suponen acabó cambiando de significado. Pero antes de que Isabel de Inglaterra regulara la piratería como contribución extraordinaria a las arcas públicas, las naciones se encontraban con que acogían a un gran número de predadores o bandidos que, aparte del daño que causaban a sus contribuyentes, no les pagaban ningún impuesto por atacar a los extranjeros. Con lo que, a fin de remediar tamaña injusticia, los soberanos decidieron lanzarse a la predación < praedatio o pillaje a escala militar: no se practica el pillaje como castigo al vencido en guerra; se emprende la guerra para practicar el pillaje.

 

De modo que que ya ven que un genuino predador, y así sigue figurando como primera acepción del diccionario, no es más que un simple ladrón que vive furtivamente de la rapiña y el saqueo. Lejos de la imagen del león como valeroso cazador que gobierna la sabana, se identificaría más bien con una pequeña ave rapaz como el halcón o el cernícalo, que tras vigilar a su presa cae de improviso sobre ella, y luego huye con celeridad a lugar seguro donde poder disfrutar de su captura. La comparación entre atacar una manada de ciervos para arrancarles la piel y los cuernos, y atacar una población de personas para arrebatarles pieles y joyas, no tardó en surgir, y la praeda, el botín, se convirtió en la presa que persigue el predador o cazador. Y aunque éste es el principal significado que perdura en la actualidad, se produjo asímismo una evolución semántica que ha perdurado en español. En primer lugar, siendo la praeda el fruto de la rapiña, obtenida mediante el pillaje o la caza, se convirtió después en sinónimo de ganancia o beneficio; algo que contradice la máxima de estos tiempos legalistas de que “los bienes mal habidos nunca aprovechan”, pero que podemos ver en una de las acepciones de la expresión hacer presa: aprovechar la circunstancia, acción o situación en perjuicio ajeno y en favor del intento propio. Y en segundo lugar, la praeda pasó a denominar cualquier cosa obtenida por la fuerza, no sólo física sino también mental e incluso legal: la predación ya no precisa ser sanguinaria, sino que puede ejercerse a través de coacciones y amenazas, sobornos y engaños, chantajes y extorsión, y como en los viejos tiempos de las naciones piratas, adquirir prestigio y respeto mediante la propia ley.

 

No obstante, lo más importante para nosotros es que la propia palabra praeda experimentó cambios morfológicos. En las lenguas románicas evolucionó a preda, y así permaneció en italiano, pero en español cambió en el Medievo a prea (del mismo modo que lauda > loda > loa), así como su verbo derivado prear. En cambio, al pasar al catalán, preda sufrió un curioso fenómeno que se produjo asímismo en unas cuantas palabras de esa lengua, por el cual se pronunció en primer lugar como [predja] y luego como [preça], que fue tomada por el español en la forma presa. El significado original de esta palabra era “víctima de la predación”, entendida como caza o saqueo, que luego se extendió a sufrir cualquier tipo de daño físico o moral. Pero entonces tuvo lugar una homonimia con otra palabra que vimos en otro artículo, la presa derivada de praensa, participio a su vez de praehendere “prender, coger, apresar”, y se produjo una transferencia de significados en varias direcciones. Por un lado, la mencionada acepción de “víctima” pasó a incorporarse a presa entendida como sustantivo derivado de praeda, pero no como adjetivo derivado de praensa, razón por la cual hasta el hombre más ufano de su recia virilidad debería decir con propiedad que es presa, y no preso, de los nervios o de un rapto de cólera; no obstante, en este caso se han mezclado los diversos significados de presa, y nuestro sentido gramatical considera que el empleo del masculino es correcto por cuanto somos presos, es decir, prisioneros de las emociones que nos tienen aferrada el alma, aunque aún no nos hayan derrotado y seamos sólo objeto de su ataque o agresión. A continuación, prea fue presa de presa, y hubo de ver cómo ésta invadía su territorio semántico y le arrebataba un rico botín en forma del propio concepto de botín, obtenido tanto del saqueo como de la caza. Incapaz de resistir a la depredadora presa, prea aún sobrevive en las anticuadas madrigueras del diccionario, pero se ha extinguido en el habla común. El mismo destino que sufrió el verbo prear, suplantado por apresar, que a su significado anterior de “hacer presa”, derivado de la presa prendida, sumó el de “hacer presas”, nacido de la presa predada. Y a su vez, el propio verbo apresar perdió el favor de los científicos y literatos en beneficio del cultismo predar y sus derivados, hasta que todos ellos quedaron relegados tiempo después por la estirpe de depredar.

 

Si depredar equivale a cazar, que como sabemos significa “capturar”, podríamos relacionarlo con el ya visto deprehendere, “coger, prender de manera imprevista”, que como analizamos debería haber dado en español deprender si no hubiera sido anulado por sorprender. Y lo cierto es que esta continua interferencia entre prender y predar tiene un sólido fundamento, ya que en última instancia los dos tienen un mismo origen. En latín arcaico, praeda se decía praida, contracción a su vez de prai-heda, primo hermano del mismo prae-hendere que derivó en nuestro prender. Y el antecesor de ambos se considera que es la raíz indoeuropea ghed-, o su variante nasalizada ghend-, donde la gh representa un sonido intermedio entre la [g] española de gato y la [h] inglesa de house. La reconstrucción de dicha raíz ha llevado a pensar que debió de significar “coger, asir, agarrar”, así como “contener”, y quizá nació de una onomatopeya que reflejaba vagamente el sonido producido al aferrar una piedra o un trozo de madera con la mano, o incluso al frotarse las manos. O quizá al frotarse las zarpas un depredador, pero dejemos los delirios oníricos y echemos mano a lo que sabemos con un mínimo de certeza.

 

Mano” en inglés se dice hand, que pese a la semejanza con ghend- no parece provenir de esta raíz sino de komt- o tal vez kant-, pero como éstas significan asímismo “coger, alcanzar”, es posible que haya un antepasado común devorado por la larga noche de la Edad de Piedra. De igual modo, en la misma lengua inglesa nos encontramos con el verbo hunt “cazar”, y por tanto también “depredar”, que al principio quería decir “coger, capturar”, y cuyo linaje se ha remontado a kend-: una raíz indoeuropea que tanto por forma como por significado podría ser un pariente lejano de la anterior o de la propia ghend-, pero en este terreno debemos andar con tiento si no queremos ser presa de especulaciones deshonestas. Y sin abandonar el inglés, lo que se puede afirmar con la “seguridad” que permite la ciencia etimológica es que la variante ghed- evolucionó, a través de otras lenguas germánicas, al conocido verbo get, de múltiples significados que orbitan alrededor de una idea básica: “obtener, conseguir, alcanzar”. Como imaginarán, estos verbos no son sino sinónimos rebuscados del concepto original que venimos tratando aquí, “coger, prender”, el cual podemos hallar en el pozo semántico de dos compuestos de get que perviven hoy día. Por un lado tenemos beget, un verbo poco utilizado y que al principio significaba lo mismo que get, pero de una manera más intensa y férrea, debido a la partícula be-; y de igual modo que aprender pasó de significar “coger algo con fuerza” a “coger, captar algo por la mente o el espíritu”, beget pasó a ser “prender una idea” y después “concebir una idea”, de donde se extendió a “concebir, engendrar, originar” en sentido amplio, tal como se emplea hoy día en el lenguaje literario y arcaizante. Y por otra parte tenemos un verbo mucho más conocido, forget, que por obra de la partícula privativa for- “al lado, aparte” era en sus orígenes un antónimo de get: “dejar de coger, soltar”, en especial en el ámbito de las ideas y recuerdos, donde acabó por adquirir el sentido moderno de “olvidar, perdonar”. Mas no podemos acabar este repaso al anglosajón sin mencionar el verbo gessen, que al principio significaba “tratar de coger”: al igual que los anteriores, abandonó el territorio físico para instalarse en el de las ideas, donde mantuvo su carácter dubitativo y cambió a “apuntar o dirigir la atención hacia algo”; pero la atención a veces se desvía, el ataque yerra el blanco porque no está donde pensábamos, de suerte que lanzamos la mirada en todas direcciones cual depredador hambriento que confía en capturar alguna presa por mera casualidad; y fue así como este verbo, ya con la forma actual guess, varió su significado a “creer, estimar, conjeturar”.

 

Por lo que respecta al latín, es probable, pero de ningún modo seguro, que la raíz ghed- diese lugar a hedera > hiedra, cuyo significado original reflejaría la afición de esta planta por prenderse, aferrarse, a las paredes de los edificios. Las dudas provienen de que no hay más ejemplos de que la raíz evolucionase en soledad, sino que, tanto en prai-heda > praeda como en prae-hendere, viene siempre prendida a la preposición prae, procedente de un arcaico prai. Como bien sabrán, dicha partícula indica anterioridad de tiempo o lugar, con lo cual ambas palabras significarían algo parecido a “coger previamente”, o “coger lo que está colocado antes de otra cosa”, que no parece tener mucho sentido. No obstante, en el caso de praeda, cuyo origen hemos dicho que se remonta al botín de guerra, podemos hallar un par explicaciones plausibles. Por un lado, prae puede hacer referencia a la caución o garantía: al rendir una ciudad, ésta intentaba negociar con su agresor lo que le iba a entregar en concepto de “molestias” por el esfuerzo invertido en reducirla a cenizas; así que, a fin de librarse de enojosos intermediarios que no hacen sino enrevesarlo todo, el predador se apoderaba previamente de todo el botín, y luego ya hablaría, o no, de la cantidad exacta con que se iba a quedar al final. Pero estas disquisiciones no son propias de una época en la que un saqueador de prestigio no se rebajaba a negociar cual mercachifle. De modo que lo más probable es que praeda fuera el nombre que recibía el botín que el predador mostraba triunfante al regresar a su patria, el cual había cogido previamente en las ciudades cuya destrucción motivaba justamente el homenaje de sus compatriotas. En cuanto a la otra palabra en disputa, así como sabemos que praeda se escribía antes praida, y por tanto lo remontamos a prai-heda, no hay testimonios de prai-hendere, pero sí numerosos de prehendere. En realidad, la inmensa mayoría de las fuentes ofrecen esta forma, en vez de praehendere como debería ser lo normal, y se sospecha que esta última es una hipercorrección: un cambio artificial que se aplica a una palabra, en especial en su forma escrita, para adecuarla a lo que se supone que debería ser lo correcto, aunque realmente estemos equivocados al respecto. Esto ha llevado a suponer que la auténtica forma era pre-hendere, aliteración a su vez de per-hendere, donde la preposición per ejercería una función intensiva: de manera que su significado sería “coger por completo, apoderarse de algo”, a fin de indicar que la mano no se limita a acariciar esos objetos sino a aferrarlos con fuerza, llevarlos consigo, y en última instancia incluso a considerarlos de su propiedad.

 

Y de esta forma termina el gran viaje que hemos emprendido en estos tres últimos artículos, en los que hemos visto a los depredadores aprehender sus presas por sorpresa. Espero que quedaran resueltas todas sus dudas, y que les haya resultado ameno e instructivo. No se pierdan la próxima entrega, en la que abordaremos un tema muy distinto a la vez que interesante, y sin duda polémico.

 

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