En un artículo anterior analizamos la etimología de sorpresa y del verbo del que procede, praehendere > prender. Vamos a proseguir con el tema, y aprender otros derivados de este último.

 

En un primer momento, como es obvio, praehendere denotaba la acción de coger o agarrar algo físico, material, pero progresivamente se va extendiendo al sentido de coger o captar algo mediante la mente, el espíritu: lo mismo que vimos con respecto al verbo capere y sus derivados, como captar, percibir o decepción. Con el declive de la lengua y la sociedad romanas a finales del Imperio, el verbo se concentrará de nuevo en el aspecto físico, que será el que se transmita al latín vulgar, y de ahí al castellano, en los ejemplos ya vistos de prender y prisión. El aspecto moral de la palabra parecía haberse olvidado en boca de los labriegos que apestaban a ajo y morcilla, pero pervivió en el latín eclesiástico en el que escribían las gentes letradas del Medievo, y resurgió en el Renacimiento mediante una serie de cultismos compuestos con una preposición. La principal característica de éstos es que, al sustantivarse, conservan el dígrafo consonántico -ns de -prensión y no evolucionan a -prisión, lo que nos ayuda a diferenciarlos de los derivados de -presión procedentes de oprimir, comprimir y semejantes.

 

Por ejemplo, el compuesto ad praehendere > apprehendere, que era al principio un intensivo que expresaba “coger algo con fuerza, apoderarse de algo”, sustituyó en el ámbito coloquial al genérico praehendere como equivalente a “asir, coger”, hasta que en latín tardío pasó a ser “coger, captar algo por la mente o el espíritu”. Podría haber sido un simple sinónimo de percibir, pero se utilizó en el ámbito pedagógico como “captar algo nuevo por la mente”, es decir, “coger, adquirir conocimientos” por parte de los alumnos. Con ese significado barrió al venerable verbo discere, “recibir enseñanza” (del cual proceden discente y discípulo), y pasó al castellano como aprender. Y así como el que entiende es en el habla popular un entendido, el que aprende es un aprendido, apócope de “el que tiene un conocimiento aprendido”, en latín vulgar apprenditus; a continuación se le añadió el sufijo -icius, que unido a los participios sirve para formar adjetivos que indican estado, cualidad o condición (como de factus “hecho” > facticius o ficticius, “que tiene la característica de ser hecho”, o sea, “artificial”), dando lugar a apprenditicius, “que tiene la cualidad de ser aprendido”; luego se contrajo a apprenticius, que de denominar a cualquier alumno se limitó a los que se iniciaban en un oficio de la mano de un maestro artesano; y por último pasó a las lenguas romances: en castellano debería haber producido aprendicio, pero recorrió un camino tortuoso a través del francés medieval aprentiz o aprentis, y acabó siendo aprendiz. A pesar de todo, aprender conservó la acepción original de “coger, asir, prender algo o alguien”, sea físico o inmaterial, pero a fin de evitar confusiones la transfirió al cultismo aprehender, cuya doble /e/ siempre remarcamos de manera ridícula para distinguirlo del otro término. No obstante, su antiguo significado aún pervive en expresiones como para que aprendas o aprender la lección: prender o grabar un suceso en la memoria, a fin de escarmentar y no volver a cometer el mismo error. La acción de aprehender es la apprehensio > aprehensión, que en el plano espiritual pasó a definir la inteligencia, la perspicacia, la capacidad de considerar las cosas, es decir, de mirarlas con suma atención a fin de conocerlas. El dotado de aprehensión es un aprehensivo > aprensivo, pero esta acepción hizo sobre todo fortuna con su opuesto desaprensivo: el que no muestra consideración, atenciones ni miramientos hacia nada ni nadie, por mucho que lo conozca. Pero cuando la aprehensión se convirtió en aprensión dio un paso más: la inteligencia no es sino la capacidad de conocer los problemas y de poder resolverlos, de modo que el estadio superior es poder prever los problemas futuros, a fin de tener preparada la respuesta en el momento en que se planteen. Sin embargo, esta necesaria previsión puede convertirse en obsesión, por creer que todo lo que va a traer el futuro serán problemas y desgracias a los que hay que anticiparse de inmediato. Y así es casi inevitable que la aprensión se convierta en el temor o sospecha infundada de que hay peligros y riesgos por doquier, que no sólo surgirán en el futuro sino también ahora mismo, siempre al acecho del aprensivo, que pasa a ser una persona acobardada y cohibida que recela de cuantas personas y circunstancias le rodean. De este modo, la aprensión acaba perdiendo en castellano no sólo las referencias a aprehender, sino también a aprender, y debe ser sustituida en ambas acepciones por el cultismo aprehensión.

 

Parecida es la evolución de de praehendere > deprehendere, “coger, prender de manera imprevista”, que debiera haber dado deprender, pero al ser ocupado su significado por sorprender sólo se conserva hoy día en rumano. Y lo mismo con respecto a cum praehendere > comprehendere “coger algo por completo”, que derivó en castellano como comprender, y que debido a los cambios que, como hemos visto, experimentaron prender, aprehender y aprender, sustituyó a estos como equivalente genérico de “coger, asir”. A partir de aquí pasó a significar “coger algo hasta donde alcanzan sus límites,” sea en el aspecto físico de abarcar, abrazar, contener (como la extensión de terreno que comprende una propiedad, o las deudas e hipotecas que comprende la herencia que ansiabas recibir), como en el moral de entender, conocer algo en profundidad. Y debido a que quien intenta defender sus acciones presupone que apoyaremos su punto de vista cuando nos lo explique, comprender significa también tolerar e incluso justificar, razón por la cual cuando alguien dice que se muestra comprensivo con los terroristas debe puntualizar que conoce sus motivos, pero no los comparte. Y como podrán comprender, por muy larga que sea una compresa < compressa, y mucha extensión de entrepierna que comprenda, no proviene de este verbo sino de comprimir: una compresa está comprimida, aplastada entre el pubis y la braga, para que no se note y tengas la máxima protección y comodidad durante tus días de regla.

 

Del mismo modo, la represa < repressa procede de reprimir, ya que es el agua corriente reprimida, que quiere decir contenida y refrenada por un muro o presa, hasta que por metonimia el significado se transfirió a esta última. Pero al mismo tiempo la represa procede también de repraensa < repraehensa, y en este caso se refiere a una cosa que ha sido cogida o prendida de nuevo; es decir, re-prendida, de re praehendere > reprehendere > reprender. Esta semejanza entre los participios de reprimir y reprender ha provocado que ambos verbos se mezclen y confundan hasta hacerse en muchos casos indistinguibles. Intentaremos aclararlo con un ejemplo. Supongamos que usted, probo progenitor, tiene un hijo díscolo que todas las noches pretende irse de putas y borrachera. A fin de reprimirle, es decir, retenerle a su lado, y retenerle a su vez de las garras del pecado y el vicio, usted le re-prende, esto es, le prende de los hombros una y otra vez siempre que intenta escaparse. De este modo, el significado propio de reprender, “recoger”, se va deslizando poco a poco hacia el de retener, y se empieza a confundir con reprimir; y de igual manera, el acto de reprender, la reprensión, pasa a equivaler a retención. Pero como usted no puede pasarse el día agarrando a su vástago de la chaqueta, y éste sigue escapándose en cuanto usted se aleja, no basta con retenerle, sino que hay que inculcarle buenos modales e imbuirle del sentido de culpa por desobedecer, a fin de que se retenga él mismo y corrija su mal comportamiento. Éste fue el motivo de que reprensión pasara a ser “amonestación, censura, reproche”, y arrastrara en su cambio de significado al verbo reprender, que abandonó la acepción de “retener” y la volvió a ceder en exclusiva a reprimir. Sin embargo, a pesar de sus ímprobos esfuerzos pedagógicos, el mal comportamiento de su hijo persiste y se convierte en una reprimenda, es decir, una acción que merece ser reprimida, refrenada no con buenas razones sino con duras palabras, pero que por una nueva metonimia pasó a designar la severa amonestación con que se reprende al infractor para que se reprima. Mas llega un momento en que su hijo no atiende a razones, ignora sus palabras sean dulces o severas, comprensivas o amenazantes, y es obvio que sólo reprimirá sus malos instintos ante el poder del látigo. Así que usted acaba abandonando la reprensión y las reprimendas, y pasa a ejercer la represión, que en puridad no es sino el acto de reprimir o contener, pero que debido a la insistencia con que se practica para contrarrestar la terquedad con que se le resiste, acaba adquiriendo los tintes de violencia y aun crueldad que posee hoy día.

 

Retrocedamos de nuevo a la mencionada represa, y a su verbo derivado, represar. Al ser una palabra con dos posibles significados, uno de ellos suele dominar e incluso anular por completo al otro, y en este caso concreto el vencedor ha sido el que se refiere a reprimir o contener el agua, y por extensión cualquier otra cosa. No obstante, algunos términos procedentes de represa han conservado el significado propio de reprender, que como hemos dicho es “recoger, recobrar”. Por ejemplo, cuando estamos conduciendo un automóvil y aumentamos de marcha, por mucho que aceleremos se produce una pérdida de potencia, en tanto el motor se habitúa a la nueva situación. El lapso de tiempo que transcurre hasta que el vehículo recobra las fuerzas ha ido disminuyendo hasta hacerse imperceptible según los avances tecnológicos del vehículo, sumado a la pericia del conductor al combinar embrague y acelerador. Esta recuperación se denomina retomada o reprise, el equivalente en francés de la represa, e indica que el motor recoge o retoma la potencia de la marcha anterior y la aumenta sin alteraciones bruscas. Por otra parte, la represa como acción de recobrar algo de tu propiedad ha producido otros términos en el ámbito jurídico; o más bien diríamos antijurídico, pero que luego pasó a ser legal, o al menos legítimo, por la vía de los hechos consumados. Cuando el vecino te arrebata el coche puedes recurrir a los tribunales para recuperarlo, pero cuando el ladrón pertenece a otra nación hostil o en guerra declarada, antes de que existiera el Tribunal Internacional de la Haya no había nadie ante quien plantear esa exigencia. De modo que lo único que podía hacer el agredido era resignarse al pataleo, o tomarse la justicia por su mano, y mediante un golpe de efecto re-prender por la fuerza lo robado, fuese una ciudad fronteriza, un islote en disputa o, muy comúnmente, un navío con las bodegas repletas de ámbar o sal. Y así se arroga el derecho a ejercer la represa o reprensión, o más bien habría que decir reaprehensión, ya que consiste en apoderarse por la fuerza de los bienes que otro ha usurpado previamente mediante esa misma fuerza. Podemos ver que la represa no es sino la típica venganza disfrazada de castigo, y como todas ellas en primer lugar se extendió a apoderarse de cualquier otro bien, aunque no fuese el mismo que te habían robado; y a continuación, buscó adelantarse a las intenciones reales o imaginarias del enemigo, robándole algo como medida de seguridad y precaución antes de que el otro lo hiciera, con lo cual el agredido se convierte en agresor y legitima al otro para responder de igual forma. En este punto la venganza se ha desbocado y se extiende a infligir sin límite cualquier tipo de daño al enemigo, no sólo mediante el robo sino también bloqueos, asedios, incendios, violaciones, destrucción y asesinatos. Se inicia por lo tanto una reacción en cadena de actos represales o de represa, en latín repraehensalis, de donde procede repraehensalia > represalia: el sufijo -alia indica el neutro plural del adjetivo terminado en -alis, y sirve para formar sustantivos colectivos, en este caso “conjunto de represas o cosas reprendidas”, razón por la cual suele decirse represalias, como recordatorio del plural original.

 

¿Han sido capaces de aprehender y comprender la evolución de prender en todos los derivados que hemos visto hasta ahora? Hagan acopio de energías, porque aún deben aprender otro más: in praehendere > imprehendere > emprender, donde in no ejerce de partícula negativa, sino que corresponde a nuestra preposición en. Así como vimos que, en sus orígenes, sorprender equivalía a sobrecoger, reprender a recoger y, en cierto modo, aprender a acoger, emprender debería emparejarse con encoger, pero en este caso ambos verbos han tomado caminos opuestos a partir del doble sentido de la preposición en. Encoger toma de ésta la acepción estática de “estar dentro de algo”, y nace por lo tanto con el sentido de “cogerse (el cuerpo) hacia dentro”, de donde cambia a “contraerse”, y luego adquiere el sentido figurado de retirarse, e incluso acobardarse, con los brazos pegados al cuerpo, los testículos en la garganta y el rabo entre las piernas. Por el contrario, emprender toma la acepción dinámica de “entrar, dirigirse al interior de algo”, por lo cual significa propiamente “coger algo dentro”, y con el tiempo llegará a ser “lanzarse, arrojarse, decidirse”. Intentaremos explicar con detalle el proceso. En un primer momento, el sentido de coger algo que está dentro de otra cosa se desliza fácilmente a “meter la mano para cogerlo”, que por metáfora pasa a equivaler a “encargarse de ello”. A partir de aquí, una tarea que se emprende pasa a ser la que se acomete o ataca, es decir, la que se empieza a ejecutar y poner en práctica. Este sentido aséptico de iniciar una acción cualquiera pervive hoy día en expresiones como emprender la marcha o emprender la huida; así como en el espíritu de iniciativa que se exige a todo aquel que tenga alma de emprendedor, sea para pedir una cita a su amada, despedirse y trabajar como autónomo, o dirigir una carga de caballería. Sin embargo, podemos percibir que las acciones que se emprenden, a diferencia de las que meramente se inician, tienden a ser aquéllas que entrañan cierto riesgo o peligro, quizá porque la mano que se mete a ciegas para coger o tocar algo nunca puede estar segura de encontrar labios o dientes. Y en efecto, lo que emprende un emprendedor, que no es sino una empresa, asume en primer lugar el sentido militar de “proeza, gesta, hazaña”, y a continuación se convierte en cualquier obra ardua y difícil, cuyo éxito es bastante incierto: por ejemplo, la empresa colombina, la empresa de conquista y colonización, o una empresa comercial, entendida no como una firma o sociedad, sino como una operación concreta, que podía ser el establecimiento de una factoría de pieles en Siberia, o la formación de una caravana por el desierto. Y ya que hablamos de gestas, sabrán que todo caballero llevaba un escudo heráldico con las armas de su familia, herencia de sus ancestros o ganado por sus propios méritos. La mayor parte de las veces, dicho escudo sólo mostraba un conjunto de figuras, pero las familias más distinguidas, así como los reinos y ducados poderosos, lucían también un lema, como es el caso del Liberté, Egalité, Fraternité de Francia, el Austria Est Imperare Orbis Universo (“Austria dominará el mundo”) austriaco, o el Plus Ultra de España. Dicho emblema se llamaba en italiano impresa, no porque estuviera imprimida o impresa (en cuyo caso sería impressa), sino porque representaba la empresa o ideal que se proponía llevar a cabo quien lo ostentaba. Y cuando las primeras firmas comerciales adoptaron también su propio emblema, la empresa pasó a designar por metonimia la entidad que se proponía realizar tal empresa.

 

De manera que, como podrán comprender, un empresario que abandera una empresa no es completamente sinónimo de un emprendedor que emprende una empresa. Sin embargo, en otras lenguas, como el francés e inglés, el empresario es indistinguible del emprendedor o entrepreneur. El verbo imprehendere pasó al francés como emprendre, pero experimentó una curiosa desviación. En cierto momento del Medievo, surgió en esa lengua el verbo entreprendre, que se podría traducir por interprender o entrecoger, con el significado de “coger entre dos o más cosas”; es decir, “escoger”. Ahora bien, como entreprendre se pronuncia de modo parecido a emprendre, acabó por confundirse con éste y absorber su significado. Y de igual modo, el antiguo emprise dejó su puesto a entreprise, que es la empresa considerada tanto como gesta o aventura, e incluso una tentativa de seducción, como firma comercial. Con estos datos, creo que no hará falta aclararles que la nave Enterprise de Star Trek lleva ese nombre como emblema de la empresa que pretende llevar a cabo, la cual consiste en explorar el Universo y no en fundar una empresa en comandita con los klingons.

 

Así que ya ven cuántos matices de significado comprende el verbo prender y sus derivados. Comprendo que aprender este tema es una ardua empresa, y que puede provocar aprensión a los aprendices de etimología, pero con unas diez relecturas creo que serán capaces de aprehenderlo. El caso es que la lección no acaba aquí, pero dejaré para la siguiente entrega la raíz última de la que proceden estos términos, así como otras curiosas palabras emparentadas. Sigan a la escucha y no emprendan la huida.

 

About these ads