A la mayoría de ustedes, supongo, les crecerá horizontalmente el ego cuando otra persona de su sexo predilecto les dice que “está muy bueno”; aumentará de manera exponencial cuando añade “y es muy bueno”, dando a entender que se refiere a labores camastrales, y subsidiariamente culinarias o de bricolaje; y menguará en la misma proporción cuando remata “pero es un buenazo” o “tiene cara de bueno”, con un tono burlesco bajo una capa de conmiseración. Bondad y belleza se nos antojan términos antitéticos en esta época de exacerbada sexualidad, y todo lo más se asocian en un contexto monjil o infantiloide, de recatadas novicias con la bendita expresión de quien ha soñado con Dios, o de ingenuos querubines que aún no han manchado su cuerpo con la masturbación. Los valores humanos cambian, y el supremo ideal de virtud entre los griegos, kalos kai agathos, bello y bueno, ha expirado bajo el peso de lo absoluto e impracticable. ¿Qué pensar de un mortal a quien le fuera dado contemplar la belleza pura?, se preguntaba Platón. Hoy lo tildaríamos de beato sensiblero, y le daríamos un escapulario o una acuarela en tonos pastel para entretenerse, mientras nos deleitamos atisbando la carne hecha animal instintivo, promesa de un corazón impredecible y demoniaco. La belleza se marchita tras una ventana diáfana. La Victoria de Samotracia con rostro de ángel caído vuelve a ser más hermosa que un bólido de carreras.

La palabra bueno deriva del latín bonus, pero por inscripciones de la época de Aníbal sabemos que es una evolución del arcaico dvonus < dvenos. Y aunque hoy día pocos aceptan que se les tilde de “buena persona”, y apelan a eufemismos como “honrado, honesto, justo, leal, de confianza…”, o incluso “humanitario” o “sensible”, en su origen esta palabra era merecedora del mayor de los respetos. Tanto es así, que dvenos procede de una antigua raíz, du- o deu-, que significa, efectivamente, “respeto, poder, honor, veneración, adoración”. A través de palabras derivadas en otras lenguas indoeuropeas, como el alemán o el celta, podemos afinar la etimología y perfilar mejor las características de la bondad primitiva, la cual va unida desde el principio al concepto de preeminencia y superioridad. El buen señor se equipara al buen padre, o incluso al Buen Pastor, que no es un zagal prepúber que da golosinas a las ovejitas mientras les acaricia la lana, sino un hombre de barba severa, que las lleva a los mejores pastos sólo a cambio de que se dejen esquilar, ordeñar y matar, y las protege del lobo no por compasión sino por satisfacer su propio interés. El buen señor es rico (en latín, dives, de la misma raíz) en cosas buenas o bienes < benus < dvenos, que le procuran un opulento bienestar; pero es al mismo tiempo generoso con sus súbditos, ya que les devuelve en ocasiones parte de lo que éstos le han regalado previamente como muestra de respeto. El buen señor es poderoso y fuerte, robusto como los muros tras los cuales se guarecen los súbditos que pagan sus tributos. Cuando es capaz de brindarles esa protección, y les abre sus graneros en tiempos de hambruna, éstos le consideran alguien eficaz, bueno en su oficio de padre y señor. A su sombra nadie sufre miedo ni privaciones, es una roca sólida que proporciona estabilidad y seguridad, tanto la física como la de conocer de qué cuerda penderás cuando faltes a sus leyes. El buen señor no se comporta de forma arbitraria, sino justa, pues castiga a los pillos y desleales, y recompensa con largueza a sus fieles, a quienes ofrece dádivas para reafirmar su lealtad, o procura una muerte rápida cuando dejan de ser útiles. Los fieles súbditos ven así cómo obedecer al buen señor enriquece su alma y su hacienda, de modo que el deber cumplido les hace sentirse felices y afortunados, es decir, beatos. Así que corren a presentarse ante su casa, y le saludan deseándole un buen día, o sea, “afortunado y propicio día”, y que tenga buena suerte en sus negocios, que equivale a desear una beata suerte, o incluso la suerte de los beatos. ¡Dios, qué buen vasallo el que tiene buen señor!

Agradecidos por su inmensa bondad, los súbditos del buen señor nunca cesan en sus muestras de respeto, y le honran y veneran como si fuese un dios. Y lo cierto es que la raíz du- puede tener alguna relación con diu-, “brillante”, de la cual proceden Dios y divinidad. El Dios del Antiguo Testamento es la perfecta encarnación de la bondad primigenia, entendida ésta como el poder supremo y absoluto sobre Sus criaturas. Éstas no entienden a menudo Sus motivos, lo juzgan caprichoso y despótico, y aunque temen Su cólera le obedecen por miedo en vez de respeto. Craso error, porque el buen Dios es quien sabe qué es lo correcto y justo, es decir, qué es el bien; y lo sabe mejor que nadie por la sencilla razón de que Él es quien decide lo que es correcto y lo que no: Dios es la fuente última del bien, el ser benigno < benigenus “que engendra el bien” por excelencia. Y como es benévolo “que desea el bien”, es por lo que Yahveh impone sacrificios a Sus fieles y holocaustos a los apóstatas, promete tierras a quienes le sirven y envía plagas a quienes se resisten. Y aunque no lo merezcamos ni comprendamos, hemos de considerar Sus duras pero justísimas pruebas como un premio a nuestra fidelidad, un parabién, ya que son para nuestro bien. Pues aquellos que conservan la fe a pesar de tanto sufrimiento, el buen Dios considera que han hecho méritos para merecer el supremo bien y parabién, es decir, son beneméritos; y Yahveh se lo procura por medio de una bendición, o sea, diciendo el bien, como la que se dispensa en el momento de la muerte, a fin de que los beatos benditos pasen a sentarse a Su diestra en el cielo.

Sin embargo, tanta muestra de generosidad por parte del buen señor se cobra su precio en forma de corrupción del significado. Ya en el antiguo germánico existen palabras derivadas de la misma raíz que significan “otorgar, complacer”, lo que denota una creciente debilidad del buen señor para mantener la fidelidad de sus súbditos. Los preceptos ya no son sagrados, la autoridad se resiente, no basta con los derechos adquiridos para conservar la supremacía: hay que comprar la obediencia por medio de continuas concesiones que hagan beatos a los súbditos, a precio de socavar el poder del buen señor. En último término pierde quizá no sus bienes, pero sí toda su capacidad de imponerse a los demás mediante el miedo, no digamos ya el respeto: debe rebajarse a suplicarles en voz queda y pedigüeña que al menos mantengan la apariencia de hacerle caso. Y así nos encontramos en la misma lengua germánica con palabras de esa raíz que significan “dócil, manso, complaciente, sumiso”: el fuerte acaba siendo blando, el poderoso se somete, el severo se apiada; en suma, las características del súbdito acaban siendo asumidas por el buen señor. Incluso el colérico Yahveh se dulcifica: el Buen Pastor ya no castiga de inmediato a la oveja que se aparta del rebaño, sino que siente lástima de ella y procura convencerla para que regrese. Y en este mundo de lobos, la bondad entra en una espiral de desprestigio a la que arrastra incluso a los beatos, que de ser los dichosos por contemplar a Dios degeneran en los que se encierran en el confesionario, hipocondriacos por no llegar a tan beato momento.

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