A veces te asalta la tristeza y no sabes a qué se debe. El día puede ser completamente luminoso, y sin embargo parece como si una neblina te velara los ojos, tal vez por las lágrimas que no encuentran hueco por el que brotar. Otras veces conoces a la perfección los motivos, pero no encuentras los medios para resolverlos, y te relames morbosamente en tu sufrimiento, imaginando las desdichas que esperas que ocurran al doblar el camino. Te invade la abulia y la desgana, los placeres cotidianos dejan de proporcionarte goce, reflexionas sobre tus actos y deseos, y los encuentras irreales y absurdos. Vagas por la calle con un brillo mate en la piel, y no sientes ánimos ni para llorar. La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?

Triste deriva del latín tristis, cuya etimología ha sido objeto de toda clase de especulaciones y fantasías, puesto que no parece conectada con ninguna otra palabra. Por supuesto, no faltan las asociaciones simplistas, como ya vimos al hablar de la orina, donde todo topónimo que empezaba por aur- se adjudicaba invariablemente a aurus, “oro”; en este caso, las divagaciones conducen al número tres. Por ejemplo, para algunos tristis no es más que una variación de testis < terstis < trestis, tristis, “testigo”, la cual se habría formado a partir de tri- “tres” o “tercero”, y sti- “estar, permanecer”. Un testigo sería el tercer hombre en un juicio, por detrás del acusador y el acusado, donde está como convidado de piedra que ve y oye todo; pero a veces asiste a actos desagradables, luctuosos, fatídicos, que le llenan de congoja el corazón, y de ahí habría derivado otro significado que acabó congelado en un nuevo vocablo. En suma, la esquiva palabra habría nacido para denominar a un triste tristón testigo de hechos tristes. No obstante, si bien esta etimología de testigo es bastante discutible y la analizaremos en su momento, no se sostiene de ninguna manera en el caso de triste: lo que define a éste no es contemplar la tristeza, sino padecerla, mientras que el testigo, por más que se compadezca de él, jamás podrá sentir esa tristeza de modo tan intenso. Y además, esta explicación obvia por completo las diversas connotaciones que esta palabra ha tenido desde muy antiguo, y que paso a explicarles a continuación.

El origen remoto de esta palabra se encuentra probablemente en la onomatopeya tr, que imita el sonido de los pequeños objetos al romperse. De ella habría nacido la raíz indoeuropea ter- o tre-, que significa “frotar, restregar”. Cuando se frota algo con fuerza, como un grano de trigo sobre una piedra afilada, se va desgastando poco a poco, de modo que la raíz no tardó en adquirir la acepción de “consumir, roer”. ¿Entonces un triste sería alguien con el corazón roto, consumido por pensamientos funestos que roe sin cesar hasta que acaba con el alma deshecha? No nos precipitemos y sigamos frotando el grano, pero ahora vamos a hacerlo con mucha más fuerza, hasta que acabe completamente triturado. Como resultado, la raíz evolucionó al intensivo treis-, con sus variantes treisk- y treist-, que significa “aplastar, machacar”. De ella deriva el germánico thriskan, que pasó al castellano como triscar, y que al principio denominaba todo ruido que se produce al pisar, pero que luego se concretó en “pisar el grano”, es decir, “trillar”.

En este punto la raíz experimenta un giro metafórico, y de aplastar el grano pasa a significar aplastar a los enemigos. El triste no es el ser apático y pasivo con el que lo identificamos ahora, sino alguien sumamente nervioso e incluso violento, que lejos de tener el alma deshecha está dispuesto a deshacer almas y cuerpos. En las lenguas germánicas y célticas su carácter se dulcifica, y sólo se fijan en el coraje que muestra en el combate: la raíz evoluciona a dreist, “valiente, audaz, atrevido”, no sólo en la guerra sino en el amor y en todas las vicisitudes de la vida, como es el caso de Tristán < Drystan, que no recibe su nombre por su triste final junto a su enamorada Isolda, sino por la osadía y malas artes de que hace gala en las primitivas versiones de la leyenda. Pero en el resto de lenguas lo que deja huella es su rabia y crueldad, su determinación de hacer daño, de machacar sin piedad a sus rivales. El triste es aquel dispuesto a causar el máximo dolor y sufrimiento posible. Aun hoy día, el italiano conserva un eco de aquellos tiempos al diferenciar la tristezza, “tristeza, melancolía, pesadumbre”, de la tristizia, “atrocidad, ferocidad, inhumanidad”.

Llegados a este punto, hay un paso muy tenue entre causar dolor y sufrir el dolor, y nuestro triste empieza a bascular entre ambos significados. Pero al mismo tiempo adquiere otros nuevos, que inclinarán definitivamente la balanza. Para los latinos, el triste empieza a ser alguien afligido, pero que en vez de mostrarse abúlico y resignado reacciona con rabia e indignación, profiere lamentos llenos de furia y enojo, mientras busca obstinadamente la manera de resolver el problema, o al menos de vengarse. Sin embargo, poco a poco va callando esos pensamientos, si bien su rostro refleja la ira que le corroe. Se convierte en un ser desagradable de modales ásperos y rudos, y de ahí nace la expresión “sabor triste” con el sentido de “amargo”, si bien ahora quiere decir que es insípido. Siempre de mal humor, con un aspecto sombrío que oculta un alma consumida y negra como la muerte, y por esa razón tristis se sigue usando en botánica y zoología como sinónimo de “negro, gris muy oscuro”. Un egoísta de intenciones aviesas, a quien no conviene acercarse, no porque te contagie su pesadumbre, sino por el daño que puede causarte de manera cruel e inmisericorde, como represalia gratuita por el que le han causado a él.

De manera que regrese a la alcoba y acérquese a la princesa. Enjugue sus lágrimas e intente consolarla de su tristeza, sin olvidar que quizás su corazón albergue a un demonio celoso, incapaz de soportar que puedan existir sonrisas en el mundo mientras ella se pudre en la oscuridad.

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