Les voy a hablar de otra curiosa etimología. Del verbo latino fari, “hablar, decir”, emparentado con el griego femi (del cual deriva fama, “aquello de lo que se habla”), procede la palabra fatum: en principio significaba “lo dicho”, luego pasó a indicar “lo predicho, el vaticinio, la profecía”, y por último indicó “aquello que se ha predicho, vaticinado, profetizado”; es decir, el destino, el hado.

El que pronunciaba el fatum, el vaticinio, era el fatuus, es decir, el adivino. Y como suele suceder, a veces acertaba y a veces no, y cuando alguien se mostraba suspicaz con sus profecías, o le reprochase que no se hubiesen cumplido en el pasado, el fatuus (o sea, el fatuo) desplegaba toda su arrogancia y le recordaba que él y sólo él era quien sabía interpretar el designio de los dioses. De modo que fatuo empezó pronto a tomar su significado actual: presuntuoso, vanidoso, que se jacta de quien es y lo que dice.

No obstante, como a pesar de su arrogancia las profecías del fatuo seguían fallando, la palabra tomó un nuevo significado: no sólo presume, sino que presume de lo que no es, de lo que no tiene y de lo que no sabe. Una jactancia infundada y ridícula, un necio que sólo produce risa y desprecio ajeno.

Pero el fatuo no se cae de la burra. Ya no sólo proclama que él es un auténtico adivino, el intérprete de la voluntad de los dioses, sino que además se lo cree. El profeta se convierte en un orate, un loco que clama en el desierto, un enajenado esquizoide y paranoico. Vive en su mundo de fantasía, está convencido de lo que dice y de la maldad de los demás por no creerle, y no hay forma de que entre en razón. Así, fatuo adquirió un nuevo significado: alguien falto de razón y entendimiento, alguien que ha perdido por completo el juicio.

Y es aquí donde los ingleses dan un nuevo significado a infatuarse, es decir, volverse fatuo: el fatuo no es sólo el presuntuoso, el necio, el charlatán que no sabe de lo que habla. Es también alguien que se ha vuelto completamente idiota por sus propias obsesiones y fantasías, vive en un mundo de ilusión y no quiere salir de él, no hay forma de que vea la realidad. Y el caso más paradigmático es el enamoramiento ciego, la pasión arrebatada por alguien a quien adornamos de las mayores alabanzas, y a quien no podemos olvidar por más que veamos que no nos corresponde, o que nos desprecia, o que nos humilla, o que nos trata de la forma más cruel y rastrera que podamos imaginar. Nada de eso importa al fatuo, al infatuado, que sólo ve lo que quiere ver, completamente fascinado por esa luz difusa y móvil, ese fuego fatuo que sólo él distingue en el objeto de su pasión, y a quien sigue obnubilado hasta caer en el cementerio.

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